viernes, 29 de abril de 2022

DON JUAN COLLADO : MAESTRO Y POETA DE FINO ESTRO


 Por: Domingo Caba Ramos  

                                                                                            Don Juan Collado
                                                                             

 Un día de estos, mientras desempolvaba y organizaba mis libros, dentro de uno de ellos encontré un breve poema manuscrito titulado Hay un alma que llora, fechado en Jánico (1934) y firmado por Juan Collado.

 Confieso que mi sorpresa fue inmensa, por cuanto desconocía por completo la faceta literaria de este distinguido educador. Sin embargo, no me extrañó del todo; pues sabido es que en la historia de la cultura hispanoamericana en general, y de la dominicana en particular, son muchos los maestros que han prestigiado con sus firmas las páginas de la literatura, fundamentalmente en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX. Significa esto que
el trabajo docente siempre ha estado estrechamente vinculado la creación literaria en sus diferentes vertientes.

En la literatura dominicana, maestros fueron autores de la talla de Félix María del Monte, José Joaquín Pérez, Emilio Prud -Homme, Salomé Ureña, Nicolás Ureña de Mendoza, los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, los hermanos Francisco y Federico Henríquez y Carvajal, Miguel Ángel Garrido, Manuel de Jesús Peña y Reinoso, Alejandro Angulo Guridi, Antera Mota, Pedro Mir. Domingo Moreno Jiménez, Félix Evaristo Mejía y Ramón Emilo Jiménez, entre otros. Y en la literatura hispanoamericana maestros fueron también el argentino Domingo Faustino Sarmiento y la brillante poetisa chilena y Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral.

Todo lo antes expresado significa que, independientemente de la mayor o menor calidad del arte literario cultivado o del carácter público o inédito de las composiciones de este resultantes, la creación literaria y el ejercicio magisterial, vale reiterarlo, son dos quehaceres que a través del tiempo se han desarrollado en forma paralela y mancomunada en el curso de la literatura hispanoamericana y, de manera muy especial, de la literatura dominicana.

¿Quién fue Juan Collado?

 Don Juan Antonio Collado fue un consagrado y respetado maestro, oriundo de   Santo Tomás de Jánico, provincia Santiago, municipio donde nació el 7 de abril de 1900. Aquí, con apenas veinte años, inició una fructífera carrera educativa que terminó en Tamboril, lugar hacia donde fue trasladado en 1942 como director de la Escuela Primaria e Intermedia “Prof. Sergio Hernández”, en su momento, el más importante centro educativo de este municipio. En esta comunidad, estableció residencia definitiva, desarrolló una ingente labor socioeducativa y supo ganarse el cariño y respeto de todos los tamborileños. Y aquí falleció el día 24 de julio de 1972.

 Contrajo nupcias con la también distinguida y apreciada maestra, Fredesvinda Halls (doña Fredé), y de esa relación nacieron sus hijas, destacadas abogadas ambas : Icelsa y Alba Nery Collado Halls, esta última expresidenta de la Cámara Civil y Comercial de la Corte de Apelación del Departamento Judicial de Santiago, en cuyo desempeño dio siempre muestras de gran  responsabilidad, probidad y competencia

 Diferente a la educativa, de la faceta poética de este veterano educador casi nada se conoce. Lo poco que de él se sabe al respecto se debe a informaciones aportadas por sus más cercanos parientes. Una buena parte de sus versos aún se conservan en cuadernillos, a la espera de que un buen día vean la luz pública. No conozco tales composiciones, pero el poema que nos ocupa, Hay un alma que llora, lo devela como un poeta de fino estro y elevada sensibilidad.

 Se trata Hay un alma que llora, de un poema de corte romántico o en cuyos versos (versos de juventud) late la expresión del sentimiento íntimo o personal, la desesperanza, la angustia metafísica, el desengaño, el quebramiento del ánimo y, en fin, las reminiscencias propias del romanticismo literario que en la cultura dominicana aún se percibían y ejercían notable influencia durante la primera mitad del siglo XX. Los mismos rasgos que se aprecian en la obra poética de un contemporáneo suyo como lo fue el cubano José Ángel Buesa (1910-1982). Veamos su contenido:

 HAY UN ALMA QUE LLORA

 «Hay un alma que llora,
 con angustia doliente,
 la desgracia infinita, 
de un amor que se fue… 
Hay un alma que implora, 
con la fe del creyente, 
y, en afanes se agita,
 en espera, ¿de qué?

¡Ah! el alma está triste, 

está enferma y muy sola,
 pues huyó su esperanza, 
a lejanas regiones,
 y, para ella no existe, 
ni el rumor de la ola, 
de una dulce bonanza, 
en sus negras visiones»

 
Juan Ant. Collado 
Jánico, abril de 1934.

OTRO POEMA

«De los poemas de mi abuelo – confiesa su nieta, Alba Almonte - recuerdo uno, sin título y sin fecha, dedicado al pueblo de Tamboril». Los versos de este poema son los siguientes:

«Al pie de la norteña cordillera,
plena de sol, radiante de belleza,
se recuesta la Villa romancera,
ofreciendo cultura y gentileza.

Del valle prodigioso de La Vega,
es punto culminante, centro rico,
región maravillosa veraniega,
como nunca jamás ojos han visto.

Sus valientes e hidalgos caballeros,
amantes del trabajo y la cultura,
son firmes y templados, cuál acero,
si la patria reclama su bravura.

¡Qué decir de sus vírgenes hermosas!,
todas llenas de encantos y de gracia,
son lindas como trovas armoniosas
y émulas de Penélope y aspacias»

Y, cuando hay que llegar al sacrificio
de salvar el honor de la bandera,
cada Tamborileño es el patricio
de la villa gloriosa y romancera»

 

miércoles, 27 de abril de 2022

TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO : UN ILUSTRE POBREMENTE CONOCIDO


Por: Domingo Caba Ramos


 
«Tomás Hernández Franco fue un poeta de originales encantos»

(Mariano Lebrón Saviñón)


Don Héctor Inchaustegui Cabral (1912 - 1978), en el prólogo al libro La poesía dominicana en el siglo XX (1975, tomo I), del poeta y crítico chileno Alberto Baeza Flores (1914 ), escribe lo siguiente:

“La literatura dominicana no ha tenido las proyecciones que a uno se le antoja que merece. Quiero decir: las obras de los autores dominicanos no han logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos” (P. VIII). Y al explicar los motivos que generan tal indiferencia, don Héctor señala de manera enfática que “Aquí nadie se ocupa de nadie que se haya muerto y si hay excepciones, son muy escasas: libro editado por escritor desaparecido, libro enterrado con su autor” (P. IX).

Las palabras de Inchaustegui Cabral cobran fuerza y validez a la luz de numerosos ejemplos extraídos de nuestra historia literaria. El más vivo de ellos lo constituye el anonimato en que yace sepultado el nombre de eximio poeta y escritor tamborileño Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), quien no obstante ser uno de los máximos exponentes de la poesía dominicana y una de las figuras representativas de la literatura hispanoamericana, su obra, por no haber “logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos”, resulta desconocida en el ambiente cultural dominicano, y por esa razón hoy su nombre es ignorado casi de manera total hasta en el mismo pueblo que lo vio nacer. En sintonía con esta idea debemos decir, sin temor a errar, que de la producción literaria de Tomás Hernández Franco apenas si se conoce su obra maestra: el poema Yelidá (1942). De las demás composiciones, por no decir nada, es muy poco lo que se sabe.

Tomás Rafael Hernández Franco. Poeta, cuentista, ensayista, orador, periodista y diplomático. De temperamento bohemio y espíritu aventurero, nació en el municipio de Tamboril, provincia Santiago, el 29 de abril de 1904 y murió en la ciudad de Santo Domingo el día 1 de septiembre de 1952. Fueron sus padres el comerciante don Rafael Hernández Almánzar y doña Dolores Franco Bidó. Cursó los estudios básicos en su pueblo natal y en la ciudad de Santiago de los Caballeros y de aquí viajó a Europa a estudiar Derecho en la mundialmente famosa Universidad de la Sorbona de París, Francia, carrera que pronto hubo de abandonar para dedicarse por completo al estudio y cultivo de las letras.

En el viejo continente Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (cubismo, futurismo, dadaísmo, surrealismo, etc.) y publicó muchas de sus obras. Sobre su permanencia en el mundo parisiense, el crítico literario, Pedro René Contín Aybar, nos presenta un informe bastante resumido al sostener que: “Tuvo una vida accidentada, multiforme, aventurera y muy pocos instantes de reposo. Vivió en Europa, casi siempre en París, donde además de estudiante, poeta, bohemio, conferenciante, adinerado, en la pobreza, feliz, angustiado, batallador fue hasta... ¡boxeador!” (In Memoriam)Cuadernos Dominicanos de Cultura No. 118, septiembre 1952).

Residió en Francia hasta 1929, año en que tuvo que regresar al país con motivo de la muerte de su señora madre.

Contrajo nupcias en dos oportunidades. La primera unión, de la cual no nacieron hijos, se llevó a cabo con la joven Thelma Hernández. Luego se casó nuevamente con la distinguida dama doña Amparo Tolentino, hija del escritor Vicente Tolentino Rojas, relación producto de la cual nacieron dos hijos: Tomás y Rafael Luciano, ambos herederos fieles de la vocación poética de su padre. El primero de ellos, Tomás Hernández Tolentino, publicó en 1960 un libro de versos intitulado Poemas de mi otro Yo, y por la gran calidad que se advierte en muchas de sus composiciones estamos seguros de que su autor, de no haber sido por su muerte a destiempo, hubiera brillado con luz propia en el exigente horizonte poético dominicano. Fuera del matrimonio, Hernández Franco procreó dos hijos: Norma Guareño y Salvador.

La vida de este “genial inspirado”, como lo llamó Máximo Lovatón Pittaluga, giró alrededor de tres actividades fundamentales: el periodismo, la política y la literatura. Su labor periodística se inicia antes de los quince años en el diario La Información, órgano en el que aparte de redactor, tanto en Santiago como en París, llegó a compartir su dirección con los entonces jóvenes escritores Rafael César Tolentino y Joaquín Balaguer. Colaboró igualmente en el desaparecido diario La Nación y formó parte del consejo de dirección de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, revistas literarias publicadas a partir de 1943 y en las cuales colaboraban los más connotados intelectuales de la época.

Hernández Franco tuvo una destacada participación en la vida política de la nación. Tan pronto regresó de Europa desarrolló una intensa campaña de prensa desde la tribuna del periódico La Información contra el gobierno del presidente y general Horacio Vásquez, y aliado a Rafael Estrella Ureña se integró de manera militante al movimiento cívico del 23 de febrero de 1930 que puso fin al ejercicio presidencial del político mocano.

En la administración pública y en el servicio diplomático desempeñó con probidad y competencia numerosas funciones oficiales: fue subsecretario de Estado, diputado al Congreso Nacional por la provincia de Santiago, oficial mayor de la Secretaría de Agricultura, cónsul en Amberes, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario en Haití, encargado de negocios en Cuba, secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe, La Habana y San Salvador. También cumplió funciones consulares en Francia, Bélgica y otras naciones europeas. Además representó a la República Dominicana en varias conferencias internacionales. Mientras participaba en una de estas, en la Conferencia Internacional del Trabajo, celebrada en Bogotá, Colombia, en 1943, le correspondió defender con las armas en las manos las más nobles causas enarboladas por el movimiento popular de carácter conspirativo que la historia americana registra con el nombre de El Bogotazo.

No obstante haber desempeñado todos estos cargos, Tomás Hernández Franco murió en medio de la más absoluta pobreza.

Labor literaria

En la vida y trayectoria de Tomás Hernández Franco resalta sobremanera no sólo su gran talento y fértil imaginación, sino también su impresionante precocidad intelectual. Bachiller a los dieciséis años, ya a los catorce lo encontramos escribiendo sobre literatura y arte vanguardista en las páginas del periódico La Información. En 1921 publica sus dos primeros libros: Rezos bohemios y Capitulario, después de haber leído, al decir de Pierre Loiselet, a Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Herrera Reissig y José Santos Chocano, de quienes probablemente recibió la influencia modernista que se percibe en todos sus libros de iniciación.

Aunque escribió cuentos y ensayos, Hernández Franco fue antes que todo poeta. Entre sus mejores cuentos se destacan El asalto de los generales y Anselma y Malena. El primero de estos, vale aclarar, fue seleccionado por la Yale University, en los Estados Unidos, para ser incluido en una antología de cuentos españoles e hispanoamericanos destinada a los estudiantes norteamericanos que tomaban los cursos lingüísticos que se impartían en esa prestigiosa institución docente.

Dio a conocer dos libros de cuentos: El hombre que había perdido su eje (París, 1925) y Cibao Esta obra, de la cual forman parte los dos cuentos mencionados en el párrafo anterior, fue editada en nuestro país en noviembre de 1951. Se trata del último libro de Tomás Hernández Franco.

En París dictó una conferencia en Francés, cuando apenas tenía 19 años, con el título de La poesía en la República Dominicana Esta conferencia, leída en la Universidad de la Soborna, fue luego publicada en forma de libro en la misma capital francesa. Otros de sus ensayos fueron La más bella revolución de América (Amberes, 1930) y Apuntes sobre poesía negra y popular en las Antillas (El Salvador, 1942).

Como ya dijimos antes, Hernández Franco descolló en la poesía. Entre sus obras poéticas merecen citarse Rezos bohemios (Santiago, 1921); De amor, inquietud, cansancio (París, 1923); Canciones del litoral alegre (Ciudad Trujillo, 1936) y Yelidá, su obra cumbre, escrita y publicada en El Salvador en 1942, cuando su autor se desempeñaba como secretario de la Legación Dominicana en aquel país centroamericano. Junto a los destacados poetas Héctor Inchaustegui Cabral, Pedro Mir y Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco formó parte de los llamados Independientes del 40.

En junio de 1952 compuso en Tamboril En esta alta cuesta de la noche, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, triste hecho acaecido la noche del 1 de septiembre de 1952.


Además de artista literario, Hernández Franco sentía una extraordinaria afición por los deportes. Su pensamiento deportivo aparece magistralmente expresado en El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización, título de la conferencia leída por el propio autor en el teatro “Apolo” de Tamboril, la noche del 27 de octubre de 1931 en provecho del tem de beisbol “Senadores” de este municipio. En esa disertación, cuyo propósito central estuvo dirigido a poner de manifiesto los estrechos vínculos que unen al arte con el deporte, el bardo tamborileño supo plasmar al mismo tiempo todo el amor que siempre sintió por su “Pajiza Aldea”, afectiva y poética denominación que solía usar para referirse al pueblo que donde nació.

¡Pero no sólo eso!

Hernández Franco fue también promotor de boxeo en Santiago y cuando estudiaba en París se coronó campeón amateur de boxeo universitario al noquear o derrotar a un estudiante alemán que ostentaba tan importante galardón.

El mismo día, o en los días próximos a su muerte, fueron muchas las voces que se levantaron para lamentar el caso y exaltar sus glorias.

«La irreparable muerte del distinguido escritor dominicano - reseñó el periódico La Nación - quien fue uno de los más apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales» (sept. 1952).

Por su parte el diario La Información emitió también sus consideraciones al respecto, al opinar que:

«La muerte arrastra con Tomás Hernández Franco, a uno de los más caracterizados talentos del país; su inteligencia y su cultura rielaron paralelamente con sus magníficas condiciones de hombre bueno. En el periodismo dominicano, principalmente como redactor de La Información, su pluma tuvo aureolas proceras, sobre todo en la prosa combativa y mordaz. Era capaz de enrolar una sentencia en una frase corta. “En la oratoria dominicana - continúa diciendo La Información - tuvo la virtud de arrebatar muchedumbre, tanto por los conceptos como por la elocuencia de su peroración. Fue poeta, gran poeta, trilló luminosamente las reformas de la métrica y de la consonancia haciendo obra verdaderamente artística» (sept. 1, 1852).

En un artículo titulado Tomás Hernández Franco: Positivo valor nacional, publicado en las mismas páginas del rotativo santiagués, el escrito Máximo Lovatón Pittaluga nos presenta lo que entendemos como el mejor retrato intelectual del autor de Yelidá:

«Era Tomás Hernández Franco, el dominicano que traspasó triunfal las fronteras literarias, la más genuina expresión del talento en los trópicos de Hispanoamérica. Es el cuentista que deleita, el orador tonante en la barricada política, festivo en la charla del culto salón, de austera expresión, de seriedad en el Ateneo, la más ática y fácil de las plumas que militaron en el periodismo dominicano por espacio de más de 25 años y el mismo que nos sorprende y provoca desconcertante admiración con YELIDA, su maravilloso poema en versos, gloria verdadera de las letras nacionales, escasamente conocido en este nuestro medio a donde impera el sórdido materialismo, injusto a veces con nuestros positivos valores. Yelidá sólo consagra el nombre de Hernández Franco entre los grandes poetas de América» (La Información, sept. 3, 1952).

En junio de 1952 compuso en Tamboril En esta alta cuesta de la noche, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gaut
ier, la noche del 1 de septiembre de 1952.

 (Publicado originalmente en el suplemento cultural Isla Abierta, del periódico Hoy, el 20 de abril de 1991) 

 


lunes, 18 de abril de 2022

EL LOCUTOR Y EL PERIODISTA

Por : Domingo Caba Ramos


Hoy es Día Nacional del Locutor, como el 5 de abril lo fue del periodista. Felicitamos, pues, a los locutores de verdad en su día.

Tratándose de estos oficios, sus oficiantes se confunden y confunden: el locutor se cree periodista porque tal vez lee o comenta noticias en una cabina de radio o televisión, y el periodista se cree locutor, porque quizás transmite en vivo para estos medios y porque a través de estos participa en un programa de comentarios; pero debe quedar claro que si bien el ejercicio del periodismo y la locución están muy relacionados, uno y otro quehaceres requieren de competencias distintas.

En otras palabras, quien nunca haya ejercido la locución como su principal modo de vida ni está certificado como tal, no puede autodenominarse locutor. De igual forma, si usted no ha estudiado periodismo ni ejercido esta carrera, aunque sea de manera empírica, tampoco puede llamarse periodista.

Existen, sin embargo, comunicadores que cumplen con esa doble condición, como es el caso del apreciado y dilecto amigo, Carlos Manuel Estrella, que me acompaña en la imagen anexa a estas notas.

sábado, 16 de abril de 2022

«LA VERDAD DEL CUENTO»


Por: Domingo Caba Ramos.

                                                                                         Gabriel García Márquez

 «La verdad del cuento», posiblemente sea uno los textos menos conocidos del laureado narrador y Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Nos permitimos reproducirlo para lectura y disfrute de nuestros amables lectores:

 La VERDAD DEL CUENTO

 «La historia es como la cuentan, pero tiene sus variantes. Es verdad que él hizo un agujero en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novia. Y es verdad también que ella hizo un agujero, a su vez, en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novio. Pero no había más que un agujero. Un agujero común que los enamorados perforaron, no de común acuerdo, pero sí en colaboración, y sin que tampoco esta colaboración hubiera sido acordada previamente.

 Así las cosas, un día amaneció un agujero en la alcoba de ella, a través del cual podría vigilarse el movimiento más insignificante que él intentara en su cuarto.

Simultáneamente - puesto que era un agujero común - igual cosa ocurrió en el cuarto del novio. Pero como él había hecho las cosas por su propia iniciativa, y ella a su vez, había procedido a perforar la pared medianera, ninguno de los dos tomó precaución alguna con respecto al otro, puesto que ambos se sentían autores de ese agujero único, indiscreto, tremendo que vulneraba la intimidad de los cuartos respectivos.

 El error de quienes cuentan la historia radica en que comienzan a contarla como si él y ella fueran novios en el momento en que perforaron el agujero. Y no fue así, porque ellos no se conocían, y si lo perforaron, fue precisamente porque cada uno de ellos, por su lado, tenía interés de saber quién vivía en el cuarto vecino.

 Pocas horas después de perforado el agujero, ella sabía que su vecino era un hombre joven. Y él, por su parte, sabía que su vecina era una mujer joven que procedía de la puerta para adentro con la naturalidad de quien ignora la existencia de un vecino observador. Las cosas estuvieron de esa manera durante varias semanas. Ella llegaba temprano, apagaba las luces y se acostaba en la oscuridad a esperar a que sonara la puerta de al lado, y después las pisadas y se encendiera la luz. Entonces se escurría hasta el agujero y se dedicaba a observar los movimientos de él minuciosamente hasta cuando apagaba la luz y se metía en la cama.

 La diferencia consistía en que él no acostumbraba a hacer sus observaciones sino por la mañana, y ella por la noche. Así que ella conocía la manera de acostarse de él, que es lo que verdaderamente vale la pena en un hombre, y él conocía la manera de levantarse de ella, que en una mujer es lo que verdaderamente vale la pena.

 Tres semanas después de perforado el agujero se conocían entre sí, mucho más que si hubieran tenido muchos años de casados; pero se ignoraban por completo en la vida. Y así habrían seguido las cosas si no es porque una mañana cuando se aplicaba a hacer sus observaciones, a ella se le ocurrió saber cómo era él cuando se levantaba. Cuando aplicó el ojo al agujero, se encontró con el ojo de él, y supuso avergonzada que su vecino había descubierto la clave de todo y había tapado el agujero. El, por su parte, en el momento en que ella acercó el ojo al agujero, supuso que era ella quien en ese preciso instante había acabado de taparlo. Sin embargo, un momento después empezaron las dudas. Y entonces fue cuando ambos salieron al corredor, se encontraron frente a frente, y sin hacer ningún comentario se dieron cuenta de que en realidad habían vivido durante varios meses en una misma pieza. Entonces hicieron lo único sensato que podría hacerse en ese caso: se casaron y tumbaron la pared”

 GABRIEL GARCIA MARQUEZ

¿QUÉ TIPO DE MAESTRO ERES TÚ?


Por : Domingo Caba Ramos

 «Los discípulos son la biografía del maestro»

 (Domingo Faustino Sarmiento)


Todos los tratadistas de la Pedagogía coinciden al proponer las cualidades que debe reunir un buen maestro
: justicia, comprensión, paciencia, bondad, respeto, delicadeza, control y madurez emocional, sentido del humor, inteligencia, simpatía, honestidad, puntualidad, competencias técnicas y pedagógicas .


 El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante, estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la materia que imparte.

 ¿Qué significa todo eso?

 Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un trabajo que desprecian o sobre el que ninguna pasión siente y acerca del cual solo les importa lo mucho o lo poco que por su ejecución puedan pagarles. Son esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como cualquier cosa menos como maestros.

 Merced a los rasgos antes descritos, se han establecido diferentes tipologías de maestros, como las dos que  a continuación presentamos, la primera propuesta por Imídeo Nérici en su muy consultado libro Hacia una didáctica general dinámica, 1973, y la segunda por Luis Alves de Mattos, en su no menos valorado texto Compendio de Didáctica General, 1974.

 Nérici, págs. 107-110, nos presenta las siguientes clases de maestros:

a) El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso académico de estos.

b) El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y altibajos.

c) El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el cumplimiento de las exigencias burocráticas.

d) El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.

e) El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la fantasía.

f) El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su persona.

g) El educador. Es el maestro ideal. «Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación, despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos»

 Con el subtítulo de Aberraciones en la personalidad del profesor, Luis Alves de Mattos, en su antes citado  texto, p.294, propone doce  clases de maestros, acerca de los cuales  afirma que «constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente», categorías  cuya presencia fácil resulta encontrarla  en todos los niveles de enseñanza, pero muy especialmente en las aulas universitarias. Entiende A. de Matos que entre los maestros que imparten clases en los diferentes grados académicos se encuentran :

 1) El tipo introvertido y hermético, 2) El tipo nervioso y desconfiado,3) El tipo indeciso y confuso, 4) El tipo incoherente y contradictorio, 5) El tipo colérico y explosivo, 6) El tipo irónico y mordaz, 7) El tipo injusto, mezquino y vengativo, 8) El tipo vanidoso, arrogante, prepotente, desdeñoso y presuntuoso, 9) El tipo cursi y donjuanesco,10)  El tipo ingenuo, bonachón e indulgente,11)  El tipo sentimental y quejumbroso, 12)  El tipo egoísta, exclusivista que demuestra afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros. 

MI TIPOLOGÌA

 Aparte de la categorización docente establecida por los dos connotados pedagogos antes citados, pienso que existen otros tipos de maestros como los que, basado en mi experiencia docente y discente, me permito proponer a continuación:

1) El negligente o apático. El proceso enseñanza - aprendizaje poco le importa, y mucho menos el protagonista de este proceso: el estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no varía, vale decir, años tras años aplica las mismas evaluaciones. Difícilmente compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que el tiempo pase.

 2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta, nada le quita el sueño. Todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»

 Para el Estoicismo, una de las escuelas filosóficas, la más significativa e influyente, surgidas en Grecia a partir de la muerte de Aristóteles (Escuelas helenísticas o posaristotélicas), la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán enteramente infeliz.

3) El efectista. Consiste su habilidad en generar impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo. Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del “vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.

 4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos es común oírle decir frases como las siguientes: 

 a) «A mí nadie me pasa… » b) «No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) «Ustedes están estudiando esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar a ningunas partes»  f) «Cuando tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran disparate, una pura porquería»

 5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia incontenible: 

 « Yo soy licenciado en… Tengo dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy esto y aquello… Mi padre fue fundador de esto y aquello… En la última investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… » 

 Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando, oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata termine de una vez y para siempre.

Todo ello significa que si bien son muchos los que han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada y reivindicada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e información. Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora de inmediato a mi mente:

 ¿Y tú, qué tipo de maestro eres?

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura.

 

 

«HABEMOS» O LA TRAMPA DE LA NO INCLUSIÓN


Por: DOMINGO CABA RAMOS

 En el uso del verbo haber es común que se produzca la confusión entre el sujeto y el objeto gramatical. Esa confusión, por ejemplo, se pone de manifiesto cuando un objeto plural tiene carácter inclusivo, esto es, cuando de una u otra forma el hablante se siente por él aludido. Al no considerarse incluida o afectada por la acción verbal, la persona recurre a la personificación del verbo y a la modificación de la persona gramatical, y es entonces cuando surge la forma “habemos” en expresiones tales como:


1. “Habemos muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”

2. “Aquí habemos cinco personas detenidas…”

 

Se trata,” habemos”, de un arcaísmo carente por completo de pertinencia sintáctica y morfológica, por cuanto si se conjuga el verbo haber en todos los modos, personas y tiempos, se descubrirá que la forma “habemos” no aparece. Particularmente en presente del modo indicativo (primera persona del plural) sí aparece “hemos”, pero nunca “habemos”. La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su “Diccionario panhispánico de dudas”, establece al respecto lo siguiente:

“La primera persona del plural del presente de indicativo es hemos, y no la arcaica habemos, cuyo uso en la formación de los tiempos compuestos es hoy un vulgarismo propio del habla popular. También es propio del habla popular el uso de habemos con el sentido de ‘somos y estamos’ (2004, pág.330).

Y más adelante, en la misma página, el citado y muy consultado lexicón advierte lo siguiente:

 “No debe usarse la forma arcaica habemos para formar la primera persona del plural del presente perfecto o antepresente de indicativo, como a veces ocurre en el habla popular…”  

En su lugar se recomienda la forma impersonal “hay”. Merced a esta recomendación, y en relación con los dos ejemplos antes presentados, lo adecuado hubiera sido escribir: 

    1. “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”

     2. “Aquí hay cinco personas detenidas…”

 Es posible que al utilizar hay en lugar de habemos, el emisor del mensaje no se sienta incluido o se considere fuera de la acción expresada por el verbo, razón que lo impulsa a emplear la voz “habemos”. Para su satisfacción, remediar la situación o enfatizar el carácter inclusivo del ‘hay’ impersonal, entonces se recomienda acompañar esta forma verbal acompañada de otras (estamos – somos, etc.), expresada en primera persona del plural. Así, en lugar de: “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…” y “Hay hay cinco personas detenidas…”, bien podría decirse:


1. “Hay muchos dominicanos que estamos preocupados por los actos delincuencia…”

2. “Aquí hay cinco personas que estamos detenidas …” 

«Ello hay»…

Igualmente procederemos erróneamente al usar el verbo haber cuando a la forma impersonal “hay “le anteponemos la voz neutra “ello”, tanto al afirmar como al preguntar:

 _“¿Ello hay gente ahí?

_“Sí, ello hay…” 

Semejante “fósil lingüístico”, característico del habla dominicana, nada aporta, nada amplía, nada aclara y nada añade al sentido de la expresado. Y su uso lo único que contribuye es a violar el Principio de Economía Lingüística. Se trata de una de las tantas “expresiones chatarra” que utilizamos los hablantes dominicanos.

En resumen, el verbo haber tiene dos usos generales: funciona como auxiliar e impersonal. En el primer caso puede utilizarse tanto en plural como en singular:

1. Él había llegado

2. Ellos habían llegado. 

Mientras que el segundo solo se empleará en tercera persona del singular:

a) Había miles de personas…

b) Habrá numerosas presentaciones artísticas…

 

En relación con la expresión: “habemos” y la construcción léxica “Ello hay”, conviene siempre recordar que en la actualidad una y otra se consideran verdaderos arcaísmos, razón por la cual sus usos, a todas luces, carecen de pertinencia lingüística.

 

 

«ABRIL 84» EN LOS VERSOS DE LUPO HERNÁNDEZ RUEDA


Por: DOMINGO CABA RAMOS

                                                                                           Lupo Hernández Rueda
 

En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao»

Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana (Capotillo, Gualey, Villa Juana, Cristo Rey, Las Cañitas, Villas Agrícolas,  Villa Duarte, etc.) una serie de protestas que al día siguiente, martes 24, se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada». 

El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.

Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales  saqueados y destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos  y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.

Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido en el otro abril, el del 24 de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida.

 Lupo Hernández Rueda (1930 – 2017), uno de nuestros primerísimos poetas y miembro prominente de la Generación del 48, recrea magistralmente la histórica «poblada»   en el poema « Abril 84»:

ABRIL 84

«Entonces abril trajo la muerte en sus alforjas.

En duermevela oigo los disparos,

en duermevela siento las pisadas de la muerte,

en techos y farmacias,

en la calles pobladas,

donde el pulpero de la esquina.

 

Oigo gemidos, risas,

la pólvora avanzando,

lenguaje torpe y ruin e intermitente,

decapitando, decapitándose,

mordiendo la agonía,

el rumor de los vientres vacíos;

imágenes dantescas de la muerte ordenada.

No. No es cierto que esto ocurra, pero ha sucedido.

Palpo el llanto,

la sangre,

el desorden, sus nombres.

Todos mueren y no se sabe cuántos.

Y una sombra muy larga,

cada vez más oscura,

recubre lentamente el horizonte,

sin que nadie la toque,

sin que nadie quebrante su silencio,

puerta rota,

poblada que deambula,

concitando el incendio,

en los barrios cerrados al milagro»

(De su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»)