miércoles, 8 de diciembre de 2021

LAS VIVENCIAS DE RAMON DE LUNA (*)

Por : Domingo Caba Ramos.
                                                                       Domingo Caba Ramos

En mi mente, el nombre del periodista y veterano locutor Ramón de Luna está íntimamente asociado a los dorados años de mi infancia. Junto a su esposa Minucha, producía todos los días, durante el mes de diciembre, un programa radial llamado El rey Melchor y su secretaria Minucha. Se trasmitía en las primeras horas de la noche y cuan indescriptible era la emoción que asaltaba el alma de los menores cuando escuchábamos el sonido del motor de la nave en la que supuestamente el rey Melchor descendía a la tierra para conversar y leer las cartas que los niños le remitían. Las cartas, naturalmente, eran leídas por su atenta secretaria.

Nuestra inolvidable madre, amorosa como siempre, estaba siempre muy pendiente a sintonizar la emisora por donde se difundía el popularísimo programa, con tal de que sus hijos no dejaran de escucharlo. Creo, sin temor a equivocarme, que ella lo disfrutaba igual o más que sus inocentes retoños. Para entonces, los niños todavía creíamos que los Reyes Magos “ponían” y, merced a esta creencia, el referido programa contribuía grandemente a poblar nuestras mentes infantiles de las más tiernas, agradables y fantásticas imágenes. Cómo no recordar aquella exclamativa frase en la que el rey, para expresar el cansancio que le produjo el viaje, le decía a su amable secretaria: «¡Ay caramba Minuchita!».

Pero no sólo a los años de mi infancia. Más que a éstos, el nombre de Ramón de Luna está estrechamente vinculado a mis años juveniles, y, muy particularmente a mi tiempo de estudios del nivel medio en el Liceo Domingo Faustino Sarmiento, de la ciudad de Moca, durante el período de los famosos doce años de gobierno que encabezó el doctor Joaquín Balaguer , tiempo en el que la represión política que ejerció el referido gobierno en contra de sus adversarios estaba en  pleno apogeo. Época en la que ser joven constituía un gran peligro, mucho más si era estudiante, por cuanto para los miembros de la Policía Nacional y otros organismos de seguridad del Estado, ser estudiante era lo mismo que ser comunista. Y ser comunista equivalía a ser enemigo de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, como bien rezaba en un mensaje que se exhibía en todos los recintos militares y policiales del país.

En semejante panorama los apresamientos, torturas, persecuciones y desapariciones, no sólo de líderes estudiantiles, sino de otros líderes nacionales, eran mucho más que comunes o constituían, como dice el pueblo, “el pan nuestro de cada día”.

En medio de tan tétrica realidad, una voz, como la del Fray Antón de Montesinos de los nuevos tiempos, tronaba todos los días, de lunes a viernes, a las doce meridiano, no desde las alturas del púlpito, como procedió en aquel histórico y famoso sermón de Adviento el fogoso cura dominico antes mencionado, sino desde la tribuna combativa de La situación mundial, para condenar el crimen de Estado, las injusticias sociales, el irrespeto a los derechos humanos y el terror político imperante en la República Dominicana.

Esa voz grave, modulada, valiente y desafiante retumbaba, cual grito de guerra, en todos los hogares de la región del Cibao. Y gracias a ella fueron muchos los que lograron salir de la cárcel, preservar sus vidas y evitar que se les persiguiera. Esa voz, a la que hasta ahora nos hemos referido, tenía un nombre: don Ramón de Luna. Y el programa, a través del cual diariamente se escuchaba, también tenía su nombre: La situación mundial.
                                                                        Don Ramón de Luna

Activo en el aire desde el 15 de octubre 1965 hasta el año 1986, La situación mundial se convirtió en un programa irrepetible, único en su género. Un proyecto noticioso cuyo nivel de audiencia difícilmente sea superado en nuestro país. A la hora en que se producía, en la mayoría de los hogares no se escuchaba otro programa, y eso fue posible gracias al alto grado de credibilidad por el que dicho espacio siempre se caracterizó. La gran masa de radioyentes confiaba y creía en lo que se decía a través de La situación mundial, porque el pueblo estaba convencido de que su director era un ser incorruptible y había dado muestras fehacientes de su honestidad y de que no vendía su voz, su pluma y su silencio.

Acerca del muy popular programa, en su libro Mis 50 años en la radio, página 61, apunta  don Ramón de Luna lo siguiente:

"La situación mundial se mantenía como espacio noticioso en donde la verdad no se decía a medias. Además, el noticiero se había convertido en el paño de lágrimas de cuanto perseguido político acudía a sus productores. Tenía una credibilidad casi absoluta y una audiencia jamás lograda por otro noticiero. En los barrios y campos La situación mundial imponía la audiencia, tanto así que “era un solo radio”. El vecino lo tenía sintonizado, y el otro vecino, y el otro, y el otro… "

El programa lo realizaba su productor en compañía de su esposa, doña Minucha Pezzotti de Luna, posiblemente, o sin posible, la voz más tierna, dulce y melodiosa de la radio dominicana.

Era La situación mundial una tribuna de denuncias sobre los desmanes y atropellos cometidos por el régimen balaguerista. Era la voz de los sin voz y el abogado de las víctimas de esos atropellos. Sus editoriales constituían verdaderos cantos que clamaban redención, justicia y libertad y condenaban los abusos, la tiranía y la opresión. Cantos que contribuyeron grandemente a despertar conciencia política entre todos los ciudadanos y, de manera muy particular, entre los jóvenes de entonces.

Como un milagro podría considerarse el hecho de que el periodista de Luna haya podido escapársele a la muerte en un momento en el que la más alta autoridad de la nación no perdonaba las disensiones ni las críticas del pueblo y, muy particularmente, si éstas provenían de la prensa nacional. Los horrendos crímenes de que fueron víctimas el periodista Orlando Martínez y el profesor universitario Narciso González (Narcisazo) constituyen ejemplos más que ilustradores.

Pero aparte de su contenido sociopolítico, muchos de esos editoriales bien podían considerarse verdaderas piezas poéticas, cuyas lecturas despertaban las más diversas sensaciones y sentimientos, especialmente cuando el autor, con su grave voz y estilo inconfundible, los leía utilizando como fondo sonoro los acordes de una clásica pieza instrumental.

De esa manera fue don Ramón conformando poco a poco una bien ganada reputación de hombre íntegro que le concitó respeto y admiración tanto en el Cibao como en el resto del país. Así se fue convirtiendo en lo que fue y continúa siendo: un símbolo, un auténtico y verdadero símbolo. Un símbolo del honor. Un símbolo de la radiodifusión nacional. Un símbolo de la comunicación en general y de la locución en particular. Un símbolo de la honestidad y del decoro. Un símbolo de la prudencia y la decencia. Un símbolo de la lucha militante en pos de los mejores intereses de nuestro país. Un símbolo, en fin, del ciudadano ejemplar.

Para los jóvenes, Ramón de Luna era como una especie de cómplice desconocido, nuestro referente, nuestro ídolo, el ejemplo a seguir. Sentíamos que nuestras inquietudes eran canalizadas y solidariamente compartidas por él. Por eso comenzamos a respetarlo, apreciarlo y admirarlo. Un respeto, aprecio y admiración que, a pesar del paso de los años, aún se mantiene.

Hijo de padre de origen mocano, Emilio Ramón de Luna, y madre seibana, Bélgica María Peguero, Ramón de Luna Peguero nació en El Seibo, República Dominicana, el 6 de febrero de 1932. Por los orígenes geográficos de sus progenitores, a nadie ha de extrañar la valentía y espíritu reivindicativo que siempre ha caracterizado al experimentado locutor, vale decir, por la tradición de lucha de Moca y El Seibo, él arrastra consigo el heroísmo del mocano y el espíritu combativo del seibano.

En 1947 se inició como locutor en San Pedro de Macorís y cuatro años después decide abandonar la Sultana del Este para radicarse en Santiago de los Caballeros, ciudad en la que muy pronto conoció a su hoy adorada esposa y también afamada locutora, doña Minucha, una de las voces de más agradable timbre de la radio nacional.

En la locución ha ejercido como locutor noticioso, maestro de ceremonias, narrador deportivo, locutor musical y comentarista de radio y televisión. En fin, ha incursionado en casi todas las ramas de este noble oficio.

Defensor radical de los derechos humanos y las libertades públicas, el tercer hijo de doña Bélgica y don Emilio fue víctima de persecuciones, amenazas y apresamientos tanto en los años de la dictadura que encabezó Rafael Leonidas Trujillo como en los famosos doce años de represión encabezados por Joaquín Balaguer. Su hoy desaparecido programa La situación mundial se convirtió, durante este período, en la más escuchada, contundente y valiente voz de denuncia y protesta que medio alguno haya podido levantar en nuestro país para criticar acciones irregulares cometidas en un determinado período de gobierno. Acerca de él, escribió el destacado académico, Dr. Carlos Dobal, en el prólogo al libro Mis 50 años en la radio:

"Él es un ser íntegro, incorruptible y seguro de sí mismo, fiel a sus principios, que responde a una trayectoria vital que pretende ser ejemplo para sus conciudadanos. Despojado de todo falso orgullo y de toda superflua vanidad, se siente seguro de la posición asumida ante las distintas circunstancias históricas y graves devenires procesares que él ha afrontado con el valor y la sencillez de la estampa clásica del hombre dominicano."

 Eso es don Ramón de Luna: un locutor de verdad y un ejemplar y digno ciudadano a quien todos admiramos y respetamos por su capacidad, sencillez y honestidad. Es Ramón de Luna el ejemplo a seguir o el espejo en donde cotidianamente deberían mirarse las nuevas generaciones de locutores y otros comunicadores sociales.

En 1998 puso en circulación Mis 50 años en la radio, un libro que, al decir de Carlos Dobal, se trata de “un compendio que recoge organizadamente la historia bien vivida, sentida, gozada y sufrida de un hombre que desde la cima de su existencia quiere dejar testimonio para el futuro”. (Ídem. Pág. 7).

Esta vez don Ramón da a la luz pública una nueva e importante obra: Vivencias, la cual no es más que la continuación o parte última de la primera, como bien lo especifica el propio autor en las líneas introductorias, al afirmar que “El libro que hoy llega a vuestras manos es una humilde obra que vendría a ser una segunda edición de Mis 50 años en la radio, que vio la luz pública en el 1998”.

Indudablemente que don Ramón de Luna tiene mucho que contar, no sólo por lo dilatada que relativamente ha sido su existencia, sino por su condición de protagonista en procesos importantes de la vida nacional, y porque su más de medio siglo en el mundo de la comunicación le han permitido establecer contactos con personalidades destacadas en los diferentes ámbitos de la sociedad, y ser testigo fiel de múltiples experiencias de alta repercusión social. Porque ¿qué son las experiencias, sino vivencias, como él, acertadamente, tituló el presente libro?

Y lo mismo que Mis 50 años en la radio, su primer libro, el que el lector tiene ahora en sus manos, Vivencias, de eso trata, de la historia bien vivida, sentida y sufrida de un comunicador social que ha hecho del servicio, el culto a los valores y el bien social su filosofía de vida.

Aborda este valioso texto aspectos relevantes de la vida del autor, los cuales versan sobre sus relaciones familiares, amigos y compañeros de trabajo, su labor periodística, política, hechos y circunstancias. Y a cada uno de esos aspectos le reserva un capítulo especial: A su padre, don Emilio, y a su madre, doña Bélgica; a sus hermanos, vecinos, amigos y relacionados; a sus seres queridos ya fallecidos; a los primeros locutores y estaciones de radio de Santiago; al SIM (Servicio de Inteligencia Militar); a los Panfleteros de Santiago; a Huchi Lora y La hora del café; a sus andanzas por el pico Duarte; a sus viajes por América y Europa; a su labor de reforestación en la cordillera Central; a su intercambio de correspondencias con líderes políticos y empresariales, tales como Jacobo Majluta, don José León y don Poppy Bermúdez; a su llegada a la ciudad de Santiago; a sus problemas con los gobiernos de Trujillo y Balaguer y, por supuesto, a su programa de noticias La situación mundial y su adorada esposa, doña Minucha, entre otros.


La impresión de don Ramón acerca de la mujer con la cual lleva cincuenta y seis años casados no podía entrañar más ternura y amor:

"Minucha, compañera que ha estado a mi lado en las buenas y en las malas, no podía faltar en estas Vivencias. No sé quién sobrevivirá a quién. El Señor dirá, pero debo reconocer aquí que la vida a su lado ha sido más llevadera y feliz. Ella ha sido parte muy importante en mi vida"

Así apunta el enamorado esposo con afecto inigualable. Juicios como los antes citados ponen de manifiesto la dimensión humana y los nobles sentimientos que se aposentan en el corazón de este ser humano de virtudes excepcionales.

En la relación de las experiencias que conforman el vasto horizonte vivencial de don Ramón de Luna no podía faltar el nombre de Refugiado, uno de los tantos perros que habitan la casa del comunicador. Tiene por costumbre el afectuoso animalito adelantar la marcha para llegar primero que su amo a la casa del vecino hacia la cual ambos se dirigen. En el vecindario, por esa celosa y flanqueadora práctica, han bautizado al perro con el pintoresco y sugerente nombre de “Pepe Goico”, por aquello de la “avanzada presidencial”.

Don Ramón, en sus Vivencias, vale reiterarlo, describe los hechos y acontecimientos que ha vivido como protagonista o como testigo, y eso inscribe el libro en el género de las memorias, un género escasamente cultivado en nuestro país y otras partes del mundo hispánico, razón por la cual, tanto en la literatura dominicana como hispanoamericana, son muy pocos los títulos que se registran al respecto.

Con la publicación de esta obra, su autor ha procedido al margen de esa apática tradición, con la intención de ofertarles a las presentes y futuras generaciones un testimonio de vida, hecho éste sumamente importante, por cuanto sólo así podríamos aproximarnos al verdadero ser que se oculta tras un nombre y descubrir las luces que iluminan su existencia.

Vale la pena leer estas Vivencias. Vale la pena seguir la trayectoria o conocer la ruta recorrida por un hombre de quien la sociedad, dentro y fuera de Santiago, tan buenos aportes ha recibido, y a quien esa misma sociedad tiene tanto que agradecerle. Vale la pena leer este libro, porque sólo de esa manera es posible conocer la grandeza interior de su autor.

Sirvan las notas que integran este prólogo como la más sincera muestra de respeto y admiración por un ciudadano cuya voz y pluma siempre han estado al servicio de los mejores intereses de la patria. Un comunicador que tanto ha luchado para que en su país se respeten los derechos humanos, impere la justicia social, el respeto a la ley y la igualdad entre todos los dominicanos.


(*) - Prólogo al libro Vivencias del destacado periodista y locutor Ramón de Luna, leído en la puesta en circulación en la sala Julio Alberto Hernández del Gran Teatro del Cibao el 29 de febrero del 2012.