lunes, 5 de agosto de 2019

EL CONTROL DE LA PALABRA Y LOS IMPULSOS EN LAS RELACIONES DE TRABAJO









Mientras se trasmitía el programa Telenoticias, un técnico cometió un error, y eso fue más que suficiente para que su jefe, el comunicador de origen cubano, Roberto Cavada, le gritara públicamente “animal”.
   
Con excepción del momento presente, en que me desempeño como profesor universitario, debo confesar que la mayor parte de los años que conforman mi experiencia laboral los he ejercido como dirigente, primero como director de escuela y segundo como gerente de recursos humanos en un prestigioso grupo empresarial de la ciudad de Santiago. Y mi formación y experiencia acumuladas me convencen de que al empleado, cuando comete un error, se le orienta, amonesta y, en última instancia, cancela su contrato de trabajo; pero nunca se le debe irrespetar con palabras, humillar e herir su dignidad. Porque si hay algo que al ser humano siempre debe respetársele, es su dignidad.
   
Quien dirige, debe controlar sus impulsos e indeseables exabruptos, si en realidad desea que el personal bajo su mando no lo odie y, por el contrario, se identifique con él y con la institución. Y debe recordar que nadie, absolutamente nadie, ha podido lograr que sus dirigidos mejoren sus comportamientos con amenazas, ofensas e injurias. Así solo actúan los jefes mediocres y acomplejados. Los líderes proceden en forma diferente. Un dirigente, por último, debe siempre recordar que la gente responde cuando se le trata con dignidad. Se esfuerza más cuando tiene jefes que le agradan.
   
Si queremos formarnos una idea acerca del malestar o atmósfera negativa que en el ambiente del trabajo generan los jefes arrogantes, prepotentes y que tratan a los empleados como si fueran cosas, basta leer la respuesta que en una encuesta laboral ofreció un trabajador.

-“¿Por qué decidiste separarte de la empresa?” – se le preguntó.

-“El sueldo es excelente. El trabajo también. Pero mi jefe es insoportable. Es tan difícil trabajar con él que decidí que la vida era demasiado corta para pasarla trabajando con un cretino”- respondió el atribulado trabajador.

LA INCOMUNICACIÓN EN LA ERA DE LA COMUNICACIÓN


(“Telefonía”, “Feibumanía” y “Twitermanía”)
Por: Domingo Caba Ramos.

Primer caso.
A un restaurant de la ciudad de Santiago, la pareja de esposos llega acompañada de un niño de unos cinco años de edad. Se sientan. La dama se encarga de solicitar la carta del menú y elegir lo que van a comer. Acto seguido él, el esposo, indiferente a todo, comienza a “sobar” y/ o a navegar en su teléfono celular.
El niño, tiernamente, le habla al padre; pero este no lo escucha. La esposa pregunta e intenta sostener una cordial conversación con su esposo, pero este no le responde. El hombre, interno en su mundo, “soba” y “soba” la pantalla de su aparato, y en cada “sobadera” deja escapar una que otra sonrisa.
En lo que la comida llega, ni una sola palabra se escucha en la mesa. Quince minutos después, el mozo procede a servir el manjar solicitado. El niño come con entusiasmo. Lo mismo hace la madre. El hombre, con la cuchara en su mano derecha y el celular en la izquierda, continúa concentrado en la pantalla de su venerado teléfono celular. Aparte del tintineo de los platos y las ocasionales preguntas formuladas por el niño a la madre, ni una sola palabra, emanada de las bocas adultas, allí se escuchaba.
El mozo trae la cuenta. El hombre le entrega una tarjeta de crédito y sigue “sobando”. Solo en el momento en que quiso enseñarle algo al niño en el celular, se le escuchó pronunciar la primera palabra. Aun cuando ya abandonaron el lugar, aunque iba caminando, el hombre continuaba sobando, sobando, sobando…
Segundo caso.
En otro restaurant, tres jóvenes y elegantes damas llegan y se sientan a una de las mesas bastante cercana a la mía. Cada una portaba en sus manos uno de esos teléfonos inteligentes mejor conocidos con el nombre de “iPhone” (Aifon).
Los tres “monumentos femeninos” apenas hablaron para ponerse de acuerdo acerca del servicio que ordenarían: una cerveza. A partir de ese momento, ni una sola palabra. Cada una, como si las otras no existieran, comenzó a navegar, sobar, sobar, sobar, hablar y sonreír con la pantalla de su muy embriagante iPhone.
¿Qué significa eso?
Sencillamente, que en la Era de comunicación, como ha sido llamada la que ahora estamos viviendo, la incomunicación es cada vez mayor , tanto que la historia de la comunicación interpersonal en la República Dominicana, bien puede dividirse en dos períodos : antes y después de la llegada (1987) del teléfono celular. La adicción a ese mágico artefacto ha borrado toda intención de, en forma presencial, conversar animadamente con los amigos, parientes y relacionados. Se trata, a mi juicio, de la enfermedad mental de los tiempos posmodernos.
Es preocupante semejante adicción. Yo le he asignado el nombre de “telefomanía”, o impulsos irresistibles que conducen a las personas a usar el teléfono celular. Una adicción que cada vez pone en peligro las buenas relaciones interpersonales y origina que hablemos más con el celular que con las personas que nos rodean.
Los mismos nocivos resultados para una efectiva convivencia social, está generando la adicción a redes sociales como Facebook (feibumanía) y Twitter (“twittermanía”).
Semejante conducta conlleva el que dos o más personas, aparentemente juntas, se encuentren, en la práctica, sumamente separadas; o a que aquel que más lejos se encuentra físicamente, lo sentimos más cerca que aquel que al lado nuestro yace.
Conocer, saber usar y emplear los recursos que nos proporciona la tecnología, más si se es profesional, es de suma importancia en estos modernos tiempos; pero ese uso deberá ser siempre racional, productivo y antiadictivo. No debe convertirse en una práctica viciosa.