sábado, 16 de abril de 2022

«LA VERDAD DEL CUENTO»


Por: Domingo Caba Ramos.

                                                                                         Gabriel García Márquez

 «La verdad del cuento», posiblemente sea uno los textos menos conocidos del laureado narrador y Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez. Nos permitimos reproducirlo para lectura y disfrute de nuestros amables lectores:

 La VERDAD DEL CUENTO

 «La historia es como la cuentan, pero tiene sus variantes. Es verdad que él hizo un agujero en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novia. Y es verdad también que ella hizo un agujero, a su vez, en la pared que separaba su alcoba del cuarto de su novio. Pero no había más que un agujero. Un agujero común que los enamorados perforaron, no de común acuerdo, pero sí en colaboración, y sin que tampoco esta colaboración hubiera sido acordada previamente.

 Así las cosas, un día amaneció un agujero en la alcoba de ella, a través del cual podría vigilarse el movimiento más insignificante que él intentara en su cuarto.

Simultáneamente - puesto que era un agujero común - igual cosa ocurrió en el cuarto del novio. Pero como él había hecho las cosas por su propia iniciativa, y ella a su vez, había procedido a perforar la pared medianera, ninguno de los dos tomó precaución alguna con respecto al otro, puesto que ambos se sentían autores de ese agujero único, indiscreto, tremendo que vulneraba la intimidad de los cuartos respectivos.

 El error de quienes cuentan la historia radica en que comienzan a contarla como si él y ella fueran novios en el momento en que perforaron el agujero. Y no fue así, porque ellos no se conocían, y si lo perforaron, fue precisamente porque cada uno de ellos, por su lado, tenía interés de saber quién vivía en el cuarto vecino.

 Pocas horas después de perforado el agujero, ella sabía que su vecino era un hombre joven. Y él, por su parte, sabía que su vecina era una mujer joven que procedía de la puerta para adentro con la naturalidad de quien ignora la existencia de un vecino observador. Las cosas estuvieron de esa manera durante varias semanas. Ella llegaba temprano, apagaba las luces y se acostaba en la oscuridad a esperar a que sonara la puerta de al lado, y después las pisadas y se encendiera la luz. Entonces se escurría hasta el agujero y se dedicaba a observar los movimientos de él minuciosamente hasta cuando apagaba la luz y se metía en la cama.

 La diferencia consistía en que él no acostumbraba a hacer sus observaciones sino por la mañana, y ella por la noche. Así que ella conocía la manera de acostarse de él, que es lo que verdaderamente vale la pena en un hombre, y él conocía la manera de levantarse de ella, que en una mujer es lo que verdaderamente vale la pena.

 Tres semanas después de perforado el agujero se conocían entre sí, mucho más que si hubieran tenido muchos años de casados; pero se ignoraban por completo en la vida. Y así habrían seguido las cosas si no es porque una mañana cuando se aplicaba a hacer sus observaciones, a ella se le ocurrió saber cómo era él cuando se levantaba. Cuando aplicó el ojo al agujero, se encontró con el ojo de él, y supuso avergonzada que su vecino había descubierto la clave de todo y había tapado el agujero. El, por su parte, en el momento en que ella acercó el ojo al agujero, supuso que era ella quien en ese preciso instante había acabado de taparlo. Sin embargo, un momento después empezaron las dudas. Y entonces fue cuando ambos salieron al corredor, se encontraron frente a frente, y sin hacer ningún comentario se dieron cuenta de que en realidad habían vivido durante varios meses en una misma pieza. Entonces hicieron lo único sensato que podría hacerse en ese caso: se casaron y tumbaron la pared”

 GABRIEL GARCIA MARQUEZ

¿QUÉ TIPO DE MAESTRO ERES TÚ?


Por : Domingo Caba Ramos

 «Los discípulos son la biografía del maestro»

 (Domingo Faustino Sarmiento)


Todos los tratadistas de la Pedagogía coinciden al proponer las cualidades que debe reunir un buen maestro
: justicia, comprensión, paciencia, bondad, respeto, delicadeza, control y madurez emocional, sentido del humor, inteligencia, simpatía, honestidad, puntualidad, competencias técnicas y pedagógicas .


 El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante, estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la materia que imparte.

 ¿Qué significa todo eso?

 Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un trabajo que desprecian o sobre el que ninguna pasión siente y acerca del cual solo les importa lo mucho o lo poco que por su ejecución puedan pagarles. Son esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como cualquier cosa menos como maestros.

 Merced a los rasgos antes descritos, se han establecido diferentes tipologías de maestros, como las dos que  a continuación presentamos, la primera propuesta por Imídeo Nérici en su muy consultado libro Hacia una didáctica general dinámica, 1973, y la segunda por Luis Alves de Mattos, en su no menos valorado texto Compendio de Didáctica General, 1974.

 Nérici, págs. 107-110, nos presenta las siguientes clases de maestros:

a) El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso académico de estos.

b) El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y altibajos.

c) El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el cumplimiento de las exigencias burocráticas.

d) El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.

e) El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la fantasía.

f) El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su persona.

g) El educador. Es el maestro ideal. «Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación, despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos»

 Con el subtítulo de Aberraciones en la personalidad del profesor, Luis Alves de Mattos, en su antes citado  texto, p.294, propone doce  clases de maestros, acerca de los cuales  afirma que «constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente», categorías  cuya presencia fácil resulta encontrarla  en todos los niveles de enseñanza, pero muy especialmente en las aulas universitarias. Entiende A. de Matos que entre los maestros que imparten clases en los diferentes grados académicos se encuentran :

 1) El tipo introvertido y hermético, 2) El tipo nervioso y desconfiado,3) El tipo indeciso y confuso, 4) El tipo incoherente y contradictorio, 5) El tipo colérico y explosivo, 6) El tipo irónico y mordaz, 7) El tipo injusto, mezquino y vengativo, 8) El tipo vanidoso, arrogante, prepotente, desdeñoso y presuntuoso, 9) El tipo cursi y donjuanesco,10)  El tipo ingenuo, bonachón e indulgente,11)  El tipo sentimental y quejumbroso, 12)  El tipo egoísta, exclusivista que demuestra afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros. 

MI TIPOLOGÌA

 Aparte de la categorización docente establecida por los dos connotados pedagogos antes citados, pienso que existen otros tipos de maestros como los que, basado en mi experiencia docente y discente, me permito proponer a continuación:

1) El negligente o apático. El proceso enseñanza - aprendizaje poco le importa, y mucho menos el protagonista de este proceso: el estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no varía, vale decir, años tras años aplica las mismas evaluaciones. Difícilmente compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que el tiempo pase.

 2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta, nada le quita el sueño. Todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»

 Para el Estoicismo, una de las escuelas filosóficas, la más significativa e influyente, surgidas en Grecia a partir de la muerte de Aristóteles (Escuelas helenísticas o posaristotélicas), la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán enteramente infeliz.

3) El efectista. Consiste su habilidad en generar impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo. Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del “vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.

 4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos es común oírle decir frases como las siguientes: 

 a) «A mí nadie me pasa… » b) «No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) «Ustedes están estudiando esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar a ningunas partes»  f) «Cuando tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran disparate, una pura porquería»

 5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia incontenible: 

 « Yo soy licenciado en… Tengo dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy esto y aquello… Mi padre fue fundador de esto y aquello… En la última investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… » 

 Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando, oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata termine de una vez y para siempre.

Todo ello significa que si bien son muchos los que han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada y reivindicada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e información. Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora de inmediato a mi mente:

 ¿Y tú, qué tipo de maestro eres?

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura.

 

 

«HABEMOS» O LA TRAMPA DE LA NO INCLUSIÓN


Por: DOMINGO CABA RAMOS

 En el uso del verbo haber es común que se produzca la confusión entre el sujeto y el objeto gramatical. Esa confusión, por ejemplo, se pone de manifiesto cuando un objeto plural tiene carácter inclusivo, esto es, cuando de una u otra forma el hablante se siente por él aludido. Al no considerarse incluida o afectada por la acción verbal, la persona recurre a la personificación del verbo y a la modificación de la persona gramatical, y es entonces cuando surge la forma “habemos” en expresiones tales como:


1. “Habemos muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”

2. “Aquí habemos cinco personas detenidas…”

 

Se trata,” habemos”, de un arcaísmo carente por completo de pertinencia sintáctica y morfológica, por cuanto si se conjuga el verbo haber en todos los modos, personas y tiempos, se descubrirá que la forma “habemos” no aparece. Particularmente en presente del modo indicativo (primera persona del plural) sí aparece “hemos”, pero nunca “habemos”. La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su “Diccionario panhispánico de dudas”, establece al respecto lo siguiente:

“La primera persona del plural del presente de indicativo es hemos, y no la arcaica habemos, cuyo uso en la formación de los tiempos compuestos es hoy un vulgarismo propio del habla popular. También es propio del habla popular el uso de habemos con el sentido de ‘somos y estamos’ (2004, pág.330).

Y más adelante, en la misma página, el citado y muy consultado lexicón advierte lo siguiente:

 “No debe usarse la forma arcaica habemos para formar la primera persona del plural del presente perfecto o antepresente de indicativo, como a veces ocurre en el habla popular…”  

En su lugar se recomienda la forma impersonal “hay”. Merced a esta recomendación, y en relación con los dos ejemplos antes presentados, lo adecuado hubiera sido escribir: 

    1. “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”

     2. “Aquí hay cinco personas detenidas…”

 Es posible que al utilizar hay en lugar de habemos, el emisor del mensaje no se sienta incluido o se considere fuera de la acción expresada por el verbo, razón que lo impulsa a emplear la voz “habemos”. Para su satisfacción, remediar la situación o enfatizar el carácter inclusivo del ‘hay’ impersonal, entonces se recomienda acompañar esta forma verbal acompañada de otras (estamos – somos, etc.), expresada en primera persona del plural. Así, en lugar de: “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…” y “Hay hay cinco personas detenidas…”, bien podría decirse:


1. “Hay muchos dominicanos que estamos preocupados por los actos delincuencia…”

2. “Aquí hay cinco personas que estamos detenidas …” 

«Ello hay»…

Igualmente procederemos erróneamente al usar el verbo haber cuando a la forma impersonal “hay “le anteponemos la voz neutra “ello”, tanto al afirmar como al preguntar:

 _“¿Ello hay gente ahí?

_“Sí, ello hay…” 

Semejante “fósil lingüístico”, característico del habla dominicana, nada aporta, nada amplía, nada aclara y nada añade al sentido de la expresado. Y su uso lo único que contribuye es a violar el Principio de Economía Lingüística. Se trata de una de las tantas “expresiones chatarra” que utilizamos los hablantes dominicanos.

En resumen, el verbo haber tiene dos usos generales: funciona como auxiliar e impersonal. En el primer caso puede utilizarse tanto en plural como en singular:

1. Él había llegado

2. Ellos habían llegado. 

Mientras que el segundo solo se empleará en tercera persona del singular:

a) Había miles de personas…

b) Habrá numerosas presentaciones artísticas…

 

En relación con la expresión: “habemos” y la construcción léxica “Ello hay”, conviene siempre recordar que en la actualidad una y otra se consideran verdaderos arcaísmos, razón por la cual sus usos, a todas luces, carecen de pertinencia lingüística.

 

 

«ABRIL 84» EN LOS VERSOS DE LUPO HERNÁNDEZ RUEDA


Por: DOMINGO CABA RAMOS

                                                                                           Lupo Hernández Rueda
 

En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao»

Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana (Capotillo, Gualey, Villa Juana, Cristo Rey, Las Cañitas, Villas Agrícolas,  Villa Duarte, etc.) una serie de protestas que al día siguiente, martes 24, se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada». 

El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.

Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales  saqueados y destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos  y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.

Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido en el otro abril, el del 24 de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida.

 Lupo Hernández Rueda (1930 – 2017), uno de nuestros primerísimos poetas y miembro prominente de la Generación del 48, recrea magistralmente la histórica «poblada»   en el poema « Abril 84»:

ABRIL 84

«Entonces abril trajo la muerte en sus alforjas.

En duermevela oigo los disparos,

en duermevela siento las pisadas de la muerte,

en techos y farmacias,

en la calles pobladas,

donde el pulpero de la esquina.

 

Oigo gemidos, risas,

la pólvora avanzando,

lenguaje torpe y ruin e intermitente,

decapitando, decapitándose,

mordiendo la agonía,

el rumor de los vientres vacíos;

imágenes dantescas de la muerte ordenada.

No. No es cierto que esto ocurra, pero ha sucedido.

Palpo el llanto,

la sangre,

el desorden, sus nombres.

Todos mueren y no se sabe cuántos.

Y una sombra muy larga,

cada vez más oscura,

recubre lentamente el horizonte,

sin que nadie la toque,

sin que nadie quebrante su silencio,

puerta rota,

poblada que deambula,

concitando el incendio,

en los barrios cerrados al milagro»

(De su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»)