jueves, 5 de septiembre de 2019

EN TORNO A LA ESCRITURA DEL APODO el Abusador Y OTROS ALIAS

Por : DOMINGO CABA RAMOS

El uso de las mayúsculas es la cuestión más caótica de la ortografía

(MARIA MOLINER )

Las reglas acerca del uso de las letras mayúsculas están claramente definidas en la Ortografía de la lengua española (OLE, 2010); pero a pesar de esto, son muchos los usuarios de la lengua, especialmente periodistas, que escriben dichas letras como si tales reglas no existieran. Es lo que sucede, por ejemplo, con la escritura de los sobrenombres, apodos o alias y seudónimos, vale decir, cada quien los escribe a su manera, como bien se pone de manifiesto en la escritura del apodo del famoso narcotraficante César Emilio Peralta, el cual, en los diarios dominicanos, aparece escrito de las más diversas e incorrectas formas : César (El Abusador) ; César, «El Abusador»;  César, El abusador; César, el abusador; pero mayoritariamente, César El Abusador.

Tanto  el texto precitado como  el Diccionario panhispánico de dudas (DPD,2005) establecen que los sobrenombres, apodos o alias y seudónimos deben escribirse con letra inicial mayúscula,  los sustantivos y adjetivos que los componen, y en minúscula inicial, el artículo que habitualmente los precede, por no formar este parte de la denominación, como bien se aprecia en los ejemplos que siguen : César Emilio Peralta, el Abusador; Héctor Acosta, el Torito;  Fernando Villalona, el Mayimbe; Frederick Martínez, el Pachá; Johnny Ventura, el Caballo Mayor;  Alfonso X el Sabio; Jack el destripador; Fefita la Grande;  Isabel la Católica  y el Pobrecito Hablador. Este último, seudónimo del escritor Mariano José de Larra.

Si el artículo que antecede a los sobrenombres, apodos y seudónimos va precedido de las preposiciones a o de, forma con ellas las contracciones al y del: a) Las autoridades no han podido apresar al (no a el) Abusador b) Me encantan los merengues del (no de el) Mayimbe.

Y en cuanto a las marcas tipográficas (comillas, cursivas y paréntesis), estas denominaciones no las requieren, salvo casos especiales, como ocurre en el español de América, en los que se hace necesario marcar con cursivas o comillas los apodos que, sin artículo previo, están colocados entre el nombre de pila y el apellido:

 a) Joaquín «el Chapo» Guzmán 
 b) Ernesto «Che» Guevara.
c) Roberto «Mano de Piedra» Durán

En los medios de comunicación dominicanos, sin embargo, es frecuente encontrar frases del tipo:

a) «Se entregó este lunes a la Policía Luis Alexánder Lambert (La Falacia)
  b) «Fefita La Grande enfurece por meme sobre su muerte»
 c) «Ministerio Público detalla cómo va el caso César “el abusador”
d) «Se entrega a las autoridades otro de los vinculados a red de César El Abusador»
e)  «César Peralta " El Abusador" dice que se entregará, pero a la DEA»
 f) «Fernando Villalona, El Mayimbe, es uno de los intérpretes del gusto popular que ha logrado mantenerse en el mercado a través de los años»

En consecuencia, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir:

a)      «Se entregó este lunes a la Policía, Luis Alexánder Lambert, la Falacia »
b)      «Fefita la Grande enfurece por meme sobre su muerte»
c)      «Ministerio Público detalla cómo va el caso César, el Abusador”
d)      «Se entrega a las autoridades otro de los vinculados a red de César, el Abusador»
e)        César Peralta, el Abusador, dice que se entregará, pero a la DEA»
f)        f) Fernando Villalona, el Mayimbe, es uno de los intérpretes del gusto popular que ha logrado mantenerse en el mercado a través de los años» 

APODOS Y SOBRENOMBRES: DIFERENCIAS

Apodos o alias. Son denominaciones de carácter descriptivo basadas en algún rasgo o condición de la persona que nombran. Se utilizan en lugar del nombre propio (el Abusador, el Torito, la Hormiga Atómica, el Cocodrilo) o acompañando a este (César Peralta, el Abusador, Héctor Acosta, el Torito, Luis Polonia, la Hormiga Atómica, Nelson Javier, el Cocodrilo), funcionando, en tal virtud, como aposición explicativa, razón por la cual debe separarse mediante coma del   nombre que acompaña.

Sobrenombres. Son nombres que suelen añadirse o sustituir al nombre verdadero de una persona y que hacen referencia a algún defecto, cualidad o característica física o moral que distingue a esta. Se trata de calificaficativos que siempre deben ir acompañados del nombre propio de una persona, del cual, contario a lo que sucede con los apodos, no deben separarse con coma: (Alfonso el Sabio, Fefita la Grande, Isabel la Católica)




 [n1]

LA MUERTE DEL PADRE CANALES, JUAN RINCÓN Y LA JUSTICIA DE SANTO DOMINGO.



 Por: Domingo Caba Ramos

"Las leyes son como las telaraña: a través de ella pasan libremente las moscas grandes; pero las pequeñas quedan atrapadas." 

(Honoré de Balzac)

El relato “La muerte del padre Canales”, del eximio narrador y tradicionalista dominicano, César Nicolás Penson (1855 – 1901), y contenido en su obra cumbre, Cosa añejas (1891), constituye el más fiel retrato de las debilidades y podredumbre moral que históricamente ha afectado al sistema judicial de la República Dominicana. 

Demuestra la brillante narración que la justicia dominicana siempre ha sido la misma y que, por esa razón, nada tiene de extraño la medida adoptada recientemente por las autoridades del departamento judicial de San Pedro de Macorís, mediante la cual le concedieron, de manera irregular, la libertad a un ciudadano (empresario) que apenas había cumplido año y medio de prisión de los cinco a que fue condenado por haber intentado asesinar a su esposa en el 2017. Empresario y esposo que, como el monstruo Juan Rincón, una vez libre logró materializar sus criminales propósitos, cuando de manera bestial introdujo en el cuerpo de la madre de sus tres niñas los mortales proyectiles que la excluyeron para siempre del mundo de los vivos.

El protagonista de la historia que nos ocupa es don Juan Rincón, descrito por el narrador como un violento personaje y matón compulsivo, “un ente raro”, “un monstruo” que “acaso padeció lo que llama manía de sangre” y cuyo origen arrancaba “de familias muy distinguidas, las primeras de esta capital…”.

Especialista en agredir mujeres, asesinó a su primera esposa encinta, pero esa horrenda hazaña quedó impune, “merced acaso a lo distinguido de su familia y a las influencias que hizo o no hizo valer en su favor su tío el Deán. Ya antes dizque había metido a una hija suya en un sótano” (Ídem)
Después de cometidos estos hechos pudo libremente huir hacia Puerto Rico, donde no tardó en contraer nupcias por segunda vez.  A esta nueva esposa, muy pronto la amenazó con hacerle lo mismo que a la primera. La mujer lo denunció y, en tal virtud, la justicia borinqueña procedió a deportarlo y “Entonces aquí lo dejaron libre, ¿Cómo no? Por respeto de su tío el Deán” (Ídem, 59)
Su insaciable sed de sangre lo impulsó a elaborar una larga lista de nuevas víctimas encabezada por el sacerdote Francisco José Canales.

El crimen del cura se perpetró y Juan Rincón, por primera vez, fue sometido a la justicia. Cuando el juez del crimen le preguntó: « ¿Quién mató al padre Canales?», acto seguido el monstruo asesino, impasible y con tono fiero respondió:

 «-¡La justicia de Santo Domingo! »

Sorprendido el magistrado, procedió, esta vez con voz severa, a preguntarle de nuevo al prevenido: « ¿Quién mató al padre Canales?»

«- He dicho, insistió el asesino, que la justicia de Santo Domingo, porque si cuando yo, agregó con tono sentencioso e insolente, maté a mi primera mujer embarazada, me hubieran quitado la vida, no habría podido matar al padre Canales» (Pág.66)

Merced a tan contundente respuesta, el narrador introduce una crítica reflexión que no podía ser más aleccionadora en un momento, como ahora, en el que la justicia dominicana adolece de las mismas fallas y debilidades que la justicia de los tiempos de Juan Rincón:

« Jamás inculpación más grave ni más sangrienta se arrojó a la faz de los hombres de la ley. Era un cargo que contra sí Rincón hacía, pero con el fin de apostrofar a la justicia humana por su culpable lenidad dejando impune un crimen atroz por atender a mezquinas consideraciones sociales y a influencias malsanas de valedores poderosos, que lograron hacer irrisoriamente nula la acción de la ley. ¡Lección tremenda para quienes pierden el respeto a esta y a la sociedad, vulnerando los fueros de la una y burlando a la otra para burlar a entrambas, haciéndose realmente con semejante lenidad más criminales que el criminal que pretenden sustraer a la acción reparadora de la justicia! » (Ídem)

Así, magistralmente, describe César Nicolás Penson la justicia dominicana del siglo XIX. Compárela, amigo lector, con el sistema judicial dominicano de pleno siglo XXI, y estoy seguro que usted, al igual que yo, habrá de concluir afirmando con las palabras del Nobel de Literatura y afamado novelista, Gabriel García Márquez:

« ES LA MISMA VAINA…»

domingo, 1 de septiembre de 2019

MI DECESO

 Por: Héctor J. Díaz (*)


 «Yo moriré, no importa. Me he dado mucho gusto, 
he vivido mi vida siempre a cuerpo de rey, 
ni me importa el infierno, ni del cielo me asusto, 
he vivido en la Tierra como chivo sin ley.

 Vendrán a mi velorio muchos nuevos cuentistas, 
los poetas llorones me irán a despedir, 
dos o tres prostitutas fingirán como artistas, 
y exclamarán: “¡El pobre… no debió de morir!”

 Me moriré una tarde, para que haya velorio,
 y todos los borrachos vengan a trasnochar, 
ya por la madrugada, todo será un jolgorio, 
y yo en mi caja tieso, más serio que un fiscal. 

 Bandejas de galletas vendrán de la cocina,
 para decir a todos: “Coged, tomad, venid”, 
y al coger todos juntos será una tremolina, 
como la más castiza del lejano Madrid. 

Al venir la mañana, entierro de tercera,
 para decir a todos lo pobre que morí,
 un grupo de borrachos a paso de carreta, 
con rumbo a Villa Duarte para salir de mí.

 Quedaré allí apretado bajo la tierra dura,
 mientras el alma vague hacia lejano cielo,
 tanto calor que hace en esta sepultura, 
y yo que en mi existencia derroché tanto hielo. 

 Y todo acabará: fama, belleza, gloria, 
mujeres, melodías, merengues, posición, 
solo seré en la tierra el recuerdo de un hombre, 
que quiso en su existencia acabar con el ron » 

 (*) – Héctor J. Díaz (Azua, 1910- Nueva York, 1950) no solo fue un brillante locutor y un muy inspirado y destacado poeta, sino un bohemio a tiempo completo. Su vida se desarrolló en medio de versos, copas y faldas. Libre de encadenadores prejuicios o convencionalismos sociales, vivió a su manera, como le pareció, “como le dio las ganas” o al margen de toda mirada sancionadora. Y hasta su posible muerte, como se aprecia en el poema, la describió de manera muy personal. « Lo cierto es que amó furtivamente a muchas mujeres, – escribió acerca de él uno de sus biógrafos, William Mejía - y de retazos a otras tantas; a las cuales contentó o engañó de manera hasta cruel, y solo se sabe de algún caso en que pareció darle amor sincero a algunas de ellas. Lo que tampoco se puede comprobar, pues en sus años finales parecía dar al alcohol más importancia que a la vida » (Antología poética, 2010: 53)