jueves, 5 de septiembre de 2019

EN TORNO A LA ESCRITURA DEL APODO el Abusador Y OTROS ALIAS

Por : DOMINGO CABA RAMOS

El uso de las mayúsculas es la cuestión más caótica de la ortografía

(MARIA MOLINER )

Las reglas acerca del uso de las letras mayúsculas están claramente definidas en la Ortografía de la lengua española (OLE, 2010); pero a pesar de esto, son muchos los usuarios de la lengua, especialmente periodistas, que escriben dichas letras como si tales reglas no existieran. Es lo que sucede, por ejemplo, con la escritura de los sobrenombres, apodos o alias y seudónimos, vale decir, cada quien los escribe a su manera, como bien se pone de manifiesto en la escritura del apodo del famoso narcotraficante César Emilio Peralta, el cual, en los diarios dominicanos, aparece escrito de las más diversas e incorrectas formas : César (El Abusador) ; César, «El Abusador»;  César, El abusador; César, el abusador; pero mayoritariamente, César El Abusador.

Tanto  el texto precitado como  el Diccionario panhispánico de dudas (DPD,2005) establecen que los sobrenombres, apodos o alias y seudónimos deben escribirse con letra inicial mayúscula,  los sustantivos y adjetivos que los componen, y en minúscula inicial, el artículo que habitualmente los precede, por no formar este parte de la denominación, como bien se aprecia en los ejemplos que siguen : César Emilio Peralta, el Abusador; Héctor Acosta, el Torito;  Fernando Villalona, el Mayimbe; Frederick Martínez, el Pachá; Johnny Ventura, el Caballo Mayor;  Alfonso X el Sabio; Jack el destripador; Fefita la Grande;  Isabel la Católica  y el Pobrecito Hablador. Este último, seudónimo del escritor Mariano José de Larra.

Si el artículo que antecede a los sobrenombres, apodos y seudónimos va precedido de las preposiciones a o de, forma con ellas las contracciones al y del: a) Las autoridades no han podido apresar al (no a el) Abusador b) Me encantan los merengues del (no de el) Mayimbe.

Y en cuanto a las marcas tipográficas (comillas, cursivas y paréntesis), estas denominaciones no las requieren, salvo casos especiales, como ocurre en el español de América, en los que se hace necesario marcar con cursivas o comillas los apodos que, sin artículo previo, están colocados entre el nombre de pila y el apellido:

 a) Joaquín «el Chapo» Guzmán 
 b) Ernesto «Che» Guevara.
c) Roberto «Mano de Piedra» Durán

En los medios de comunicación dominicanos, sin embargo, es frecuente encontrar frases del tipo:

a) «Se entregó este lunes a la Policía Luis Alexánder Lambert (La Falacia)
  b) «Fefita La Grande enfurece por meme sobre su muerte»
 c) «Ministerio Público detalla cómo va el caso César “el abusador”
d) «Se entrega a las autoridades otro de los vinculados a red de César El Abusador»
e)  «César Peralta " El Abusador" dice que se entregará, pero a la DEA»
 f) «Fernando Villalona, El Mayimbe, es uno de los intérpretes del gusto popular que ha logrado mantenerse en el mercado a través de los años»

En consecuencia, en los ejemplos anteriores lo apropiado habría sido escribir:

a)      «Se entregó este lunes a la Policía, Luis Alexánder Lambert, la Falacia »
b)      «Fefita la Grande enfurece por meme sobre su muerte»
c)      «Ministerio Público detalla cómo va el caso César, el Abusador”
d)      «Se entrega a las autoridades otro de los vinculados a red de César, el Abusador»
e)        César Peralta, el Abusador, dice que se entregará, pero a la DEA»
f)        f) Fernando Villalona, el Mayimbe, es uno de los intérpretes del gusto popular que ha logrado mantenerse en el mercado a través de los años» 

APODOS Y SOBRENOMBRES: DIFERENCIAS

Apodos o alias. Son denominaciones de carácter descriptivo basadas en algún rasgo o condición de la persona que nombran. Se utilizan en lugar del nombre propio (el Abusador, el Torito, la Hormiga Atómica, el Cocodrilo) o acompañando a este (César Peralta, el Abusador, Héctor Acosta, el Torito, Luis Polonia, la Hormiga Atómica, Nelson Javier, el Cocodrilo), funcionando, en tal virtud, como aposición explicativa, razón por la cual debe separarse mediante coma del   nombre que acompaña.

Sobrenombres. Son nombres que suelen añadirse o sustituir al nombre verdadero de una persona y que hacen referencia a algún defecto, cualidad o característica física o moral que distingue a esta. Se trata de calificaficativos que siempre deben ir acompañados del nombre propio de una persona, del cual, contario a lo que sucede con los apodos, no deben separarse con coma: (Alfonso el Sabio, Fefita la Grande, Isabel la Católica)




 [n1]

LA MUERTE DEL PADRE CANALES, JUAN RINCÓN Y LA JUSTICIA DE SANTO DOMINGO.



 Por: Domingo Caba Ramos

"Las leyes son como las telaraña: a través de ella pasan libremente las moscas grandes; pero las pequeñas quedan atrapadas." 

(Honoré de Balzac)

El relato “La muerte del padre Canales”, del eximio narrador y tradicionalista dominicano, César Nicolás Penson (1855 – 1901), y contenido en su obra cumbre, Cosa añejas (1891), constituye el más fiel retrato de las debilidades y podredumbre moral que históricamente ha afectado al sistema judicial de la República Dominicana. 

Demuestra la brillante narración que la justicia dominicana siempre ha sido la misma y que, por esa razón, nada tiene de extraño la medida adoptada recientemente por las autoridades del departamento judicial de San Pedro de Macorís, mediante la cual le concedieron, de manera irregular, la libertad a un ciudadano (empresario) que apenas había cumplido año y medio de prisión de los cinco a que fue condenado por haber intentado asesinar a su esposa en el 2017. Empresario y esposo que, como el monstruo Juan Rincón, una vez libre logró materializar sus criminales propósitos, cuando de manera bestial introdujo en el cuerpo de la madre de sus tres niñas los mortales proyectiles que la excluyeron para siempre del mundo de los vivos.

El protagonista de la historia que nos ocupa es don Juan Rincón, descrito por el narrador como un violento personaje y matón compulsivo, “un ente raro”, “un monstruo” que “acaso padeció lo que llama manía de sangre” y cuyo origen arrancaba “de familias muy distinguidas, las primeras de esta capital…”.

Especialista en agredir mujeres, asesinó a su primera esposa encinta, pero esa horrenda hazaña quedó impune, “merced acaso a lo distinguido de su familia y a las influencias que hizo o no hizo valer en su favor su tío el Deán. Ya antes dizque había metido a una hija suya en un sótano” (Ídem)
Después de cometidos estos hechos pudo libremente huir hacia Puerto Rico, donde no tardó en contraer nupcias por segunda vez.  A esta nueva esposa, muy pronto la amenazó con hacerle lo mismo que a la primera. La mujer lo denunció y, en tal virtud, la justicia borinqueña procedió a deportarlo y “Entonces aquí lo dejaron libre, ¿Cómo no? Por respeto de su tío el Deán” (Ídem, 59)
Su insaciable sed de sangre lo impulsó a elaborar una larga lista de nuevas víctimas encabezada por el sacerdote Francisco José Canales.

El crimen del cura se perpetró y Juan Rincón, por primera vez, fue sometido a la justicia. Cuando el juez del crimen le preguntó: « ¿Quién mató al padre Canales?», acto seguido el monstruo asesino, impasible y con tono fiero respondió:

 «-¡La justicia de Santo Domingo! »

Sorprendido el magistrado, procedió, esta vez con voz severa, a preguntarle de nuevo al prevenido: « ¿Quién mató al padre Canales?»

«- He dicho, insistió el asesino, que la justicia de Santo Domingo, porque si cuando yo, agregó con tono sentencioso e insolente, maté a mi primera mujer embarazada, me hubieran quitado la vida, no habría podido matar al padre Canales» (Pág.66)

Merced a tan contundente respuesta, el narrador introduce una crítica reflexión que no podía ser más aleccionadora en un momento, como ahora, en el que la justicia dominicana adolece de las mismas fallas y debilidades que la justicia de los tiempos de Juan Rincón:

« Jamás inculpación más grave ni más sangrienta se arrojó a la faz de los hombres de la ley. Era un cargo que contra sí Rincón hacía, pero con el fin de apostrofar a la justicia humana por su culpable lenidad dejando impune un crimen atroz por atender a mezquinas consideraciones sociales y a influencias malsanas de valedores poderosos, que lograron hacer irrisoriamente nula la acción de la ley. ¡Lección tremenda para quienes pierden el respeto a esta y a la sociedad, vulnerando los fueros de la una y burlando a la otra para burlar a entrambas, haciéndose realmente con semejante lenidad más criminales que el criminal que pretenden sustraer a la acción reparadora de la justicia! » (Ídem)

Así, magistralmente, describe César Nicolás Penson la justicia dominicana del siglo XIX. Compárela, amigo lector, con el sistema judicial dominicano de pleno siglo XXI, y estoy seguro que usted, al igual que yo, habrá de concluir afirmando con las palabras del Nobel de Literatura y afamado novelista, Gabriel García Márquez:

« ES LA MISMA VAINA…»

domingo, 1 de septiembre de 2019

MI DECESO

 Por: Héctor J. Díaz (*)


 «Yo moriré, no importa. Me he dado mucho gusto, 
he vivido mi vida siempre a cuerpo de rey, 
ni me importa el infierno, ni del cielo me asusto, 
he vivido en la Tierra como chivo sin ley.

 Vendrán a mi velorio muchos nuevos cuentistas, 
los poetas llorones me irán a despedir, 
dos o tres prostitutas fingirán como artistas, 
y exclamarán: “¡El pobre… no debió de morir!”

 Me moriré una tarde, para que haya velorio,
 y todos los borrachos vengan a trasnochar, 
ya por la madrugada, todo será un jolgorio, 
y yo en mi caja tieso, más serio que un fiscal. 

 Bandejas de galletas vendrán de la cocina,
 para decir a todos: “Coged, tomad, venid”, 
y al coger todos juntos será una tremolina, 
como la más castiza del lejano Madrid. 

Al venir la mañana, entierro de tercera,
 para decir a todos lo pobre que morí,
 un grupo de borrachos a paso de carreta, 
con rumbo a Villa Duarte para salir de mí.

 Quedaré allí apretado bajo la tierra dura,
 mientras el alma vague hacia lejano cielo,
 tanto calor que hace en esta sepultura, 
y yo que en mi existencia derroché tanto hielo. 

 Y todo acabará: fama, belleza, gloria, 
mujeres, melodías, merengues, posición, 
solo seré en la tierra el recuerdo de un hombre, 
que quiso en su existencia acabar con el ron » 

 (*) – Héctor J. Díaz (Azua, 1910- Nueva York, 1950) no solo fue un brillante locutor y un muy inspirado y destacado poeta, sino un bohemio a tiempo completo. Su vida se desarrolló en medio de versos, copas y faldas. Libre de encadenadores prejuicios o convencionalismos sociales, vivió a su manera, como le pareció, “como le dio las ganas” o al margen de toda mirada sancionadora. Y hasta su posible muerte, como se aprecia en el poema, la describió de manera muy personal. « Lo cierto es que amó furtivamente a muchas mujeres, – escribió acerca de él uno de sus biógrafos, William Mejía - y de retazos a otras tantas; a las cuales contentó o engañó de manera hasta cruel, y solo se sabe de algún caso en que pareció darle amor sincero a algunas de ellas. Lo que tampoco se puede comprobar, pues en sus años finales parecía dar al alcohol más importancia que a la vida » (Antología poética, 2010: 53) 

jueves, 29 de agosto de 2019

MI HERMANO MARCELO, EL OTRO POETA




                                                        Alexis Díaz - Pimienta y Marcelo Díáz - Pimienta

(Por su indiscutible valor literario, elegíaco, humano y fraternal que su contenido entraña, acojo como invitado el texto que a continuación se transcribe, del destacado poeta y escritor cubano, Alexis Díaz-Pimienta. DCabaR)

Por: Alexis Díaz Pimienta (*)
Diciembre, 20/2017

¡Y pensar que no podremos
jamás volver a la infancia!

«Desde que tengo uso de razón, desde que yo me acuerdo, he estado siempre con mi hermano Marcelo, el otro poeta de la familia, el otro repentista. En los años 70 y 80 a mucha gente le parecíamos gemelos porque, aunque yo le llevaba dos años, Marcelo siempre fue alto y fuerte, así que teníamos la misma estatura y usábamos la misma talla de ropas y zapatos. Durante nuestra infancia, Marcelo y yo compartíamos todo: ropas, calzado, décimas, vida, juegos, broncas, viajes, platos de comida, platós televisivos, décimas otra vez, siempre décimas.

Desde que tengo uso de razón mi hermano ha estado ahí, en la misma mesa y el mismo sofá-cama, en el mismo escenario y el mismo camerino, o al otro lado del teléfono, o en la sala y el patio de alguna de nuestras tantas casas familiares, en la Isla de la Juventud, en San Miguel del Padrón, en su querido Luyanó de los últimos años. Siempre Marcelo, siempre Ichito, el otro poeta, ahí, conmigo. Compañero de versos y de anécdotas, de borracheras y de controversias encendidas. Pero ya no. Ahora no. Desde el 13 de diciembre de 2017 ya nunca más Marcelo.

Mi hermano Marcelo, mi otro yo, mi perfecto partenaire poético, se ha ido para siempre y dudo que otros entiendan (o que yo sea capaz de expresar) cómo me siento, el vacío tan grande que deja en mi vida. Me jode incluso imaginar que tal vez no lo supo, que tal vez nunca supo cuánto lo quería y lo admiraba y lo necesitaba; tal vez no se lo dije, convencido de las absurdas obviedades; tal vez incluso Marcelo pensaba que el importante era yo, el famoso Alexis, el hermano poeta, y ya ven, no han pasado ni cinco días desde su entierro y aquí sigo yo, desorientado, intentando ordenar mi vida sin Marcelo, aceptando que ya nunca más me gritará desde el público «¡caballo!», que ya nunca más dirá al que esté a su lado mientras yo improviso, «¡qué bestia!, ¡qué animal!”, emocionado por algún hallazgo.

No diré que es injusto que se haya ido tan pronto (que lo es, y mucho); no diré que es muy triste y lacerante para todos nosotros (que estamos destrozados). Diré lo mismo que dije cuando murió mi hermana Caridad, hace unos años, parafraseando a Naborí cuando perdió a su hijo Noel con solo cuatro añitos: “esto es un disparate de la naturaleza”. Por suerte, Marcelo sembró tanto, en tanta gente diferente, que será imposible no recordarlo y honrar su memoria agradeciendo todo lo que dio, todo lo que nos enseñó sin proponérselo.

A mí, su compañero de juegos poéticos y juergas artísticas desde que ambos teníamos uso de razón (no recuerdo ningún momento de juegos infantiles con Marcelo que no esté asociado a la décima y al repentismo), me enseñó mucho, muchísimo, largas lecciones de humildad y militancia insobornable en el amor a la poesía; y ahora solo me queda recordarlo en voz alta (improvisando) y poner sobre papel su vida, para que no olvidemos nunca cómo fue Marcelo, el otro poeta, como es y debe seguir siendo para todos nosotros.

Muchas veces sonaba el teléfono de madrugada, a las 3 de la mañana o 3 y media, y era él; o muy temprano en la mañana, a las 6 o 6 y media, y era él. Yo siempre sabía que era él, Marcelo. Pero lo sorprendente no era la llamada, sino el contenido de la conversación telefónica.

Llamaba porque tenía alguna duda gramatical o etimológica, porque quería saber si una palabra se acentuaba o no, o si llevaba h o no, o si había sinalefa o no había sinalefa en ciertos versos. Yo evacuaba sus dudas, pero lo que me emocionaba era imaginar el entorno y el contexto situacional en el que surgían esos temas de conversación de mi hermano y su capacidad y voluntad de aprendizaje contra viento y marea, a cualquier hora. Podía haber estado en un bar de mala muerte, o en la sala de su cuarto (La Guarida), o sentado en un contén del barrio bebiendo y charlando con sus amigos, o en la cama con alguna novia; no importaba; cuando se quedaba solo Marcelo me llamaba para la consulta pertinente. Y sus amigos y sus novias, dicho sea de paso, no eran poetas, no eran repentistas, no eran intelectuales, no eran cultos, no eran ni siquiera personas interesadas en el literatura o en el repentismo. Eran los negrones del barrio, las novias ocasionales, los compañeros de cantina. Mi hermano Marcelo los arrastraba a todos hacia un mundo poético que les parecía, a ellos, exótico y a la vez excitante. Y lo es, sin duda. Sobre todo cuando el líder, el poeta del grupo, saca a flote esos temas y los defiende con pasión, como otros defienden a su equipo de béisbol; cuando tras la acalorada discusión por un hiato, recitaba de memoria décimas de su hermano Alexis, o de un “salvaje” llamado Chanchito Pereira. Lo más curioso, lo más significativo, es que en cuanto yo descolgaba el teléfono mi hermano Marcelo se presentaba con una frase latina que él convirtió con los años en su santo y seña, clave, mote, firma, comodín interjectivo: quia Pulvis eris et pulvis in pulverem reverteris. A veces la acortaba: Pulvis et pulvis, o la soltaba como respuesta corta y rápida, afirmativa ante cualquier pregunta: ¡Pulvis!

Suele pasar que en la vida cotidiana, doméstica, uno no repara en la grandeza de estas cosas, en la belleza de estos detalles, hasta que la muerte te los tira sobre la mesa como monedas cantarinas, te los devuelve con una desfachatez triste y prosaica: “Me llevo a tu hermano; quédate el vuelto”. Y el vuelto es esto: frases, pequeños gestos, anécdotas que lo rescatan como lo que era, como lo que es aunque no nos diéramos cuenta: un ser humano especial, único, diferente, un poeta bohemio del siglo XIX nacido en La Habana de finales del XX y fallecido en La Habana de principios del siglo XXI; es decir, un poeta de tres siglos, auténtico poeta maldito, personaje lopesco protagonista de una historia vital llena de luces y de sombras, de mala suerte y mala vida y pobreza y desgracias personales que conformaron (deformaron, reformaron) su personalidad.

Un poeta envuelto por el vaho del dolor, de la tristeza, de la supervivencia, males para los que solo encontró dos antídotos: el alcohol y la décima. Todos los dolores familiares, las tantas muertes que tan de cerca vio (padre, tíos, primos, pareja), se convirtieron en Marcelo en una sola Muerte, grande y con mayúscula, ramificada en nombres y rostros que lo perseguían; una muerte a la que Marcelo no temía (o sí, pero a su forma), y a la que desafiaba con dos únicas armas, alcohol y décimas; a la que se enfrentaba con los ojos encendidos de lágrimas y alcohol, diariamente.


                                                                                        Marcelo Diáz-Pimienta

Nadie en mi familia ha dialogado con la muerte tanto, tantas veces, tan de frente y tan fuerte. Nadie en mi familia le ha gritado ni le gritará a la muerte las cosas que mi hermano Marcelo le debe estar diciendo ahora mismo, en prosa y verso, con su silencio lleno de palabrotas, con su español de barrio periférico y su latín macarrónico. Pulvis et pulvis. Lo imagino cogiéndola del cuello, guapo de Luyanó él, bravo y no bravucón, zarandeándola como los buenos héroes de las malas películas, como el Ichi que fue desde pequeño, samurái invencible, sacudiéndola tanto que a la muerte, estoy seguro, le deben haber dado ganas de morirse.

La afición de mi hermano por los latinajos (sobre todo por el Memento homo) le vino del viejo Horacio. Pero no Horacio el gran poeta griego antiguo, sino el viejo Horacio, nuestro vecino basurero del reparto La Cumbre, otro personaje inmenso, otra enciclopedia poética y, sobre todo, un gran rapsoda, un decidor de poemas como he visto a pocos en mi vida. Daba un enorme gusto ver a mi hermano Marcelo y a Horacio juntarse para recitar poemas detrás de una botella de chispaetrén o de ron bueno; daba un inmenso gusto escuchar sus carcajadas de barítono callejero cuando acababa el texto, y celebrarlo con un sorbo de brebaje, y cerrar el discurso con un misterioso y sonoro ¡Pulvis!
Mi hermano Marcelo se echó toda la vida recitando décimas improvisadas mías. Tenía una memoria prodigiosa que especializó en mí, en mis improvisaciones. Era mi fan número 1, y no exagero si digo que un devoto incondicional, mi mayor y mejor admirador, mi memoria viviente.
Yo no recuerdo ni el 1 por ciento de las décimas que he improvisado y que mi hermano se sabía de memoria y usaba para bombardear a todo aquel que estuviera a su alcance. A mí el primero, cada vez que nos veíamos. Al resto de la familia luego (sobre todos a sus sobrinos improvisadores, Axel, Roly, Alex); y a sus amigos, y a sus parejas.

Además, las contaba como tiene que ser, como debe contarse toda décima improvisada: rescatando el contexto, relatando (gran narrador oral también), el antes y el durante y el después de la décima de marras. Solo este detalle, y él no lo sabía, es de una inteligencia y de una sabiduría y de una finura profundísimas.

Mi hermano era un experto oralitor, un juglar medieval del tipo Plaza Jemaa el-Fna, un verdadero réthor redivivo. Y no solo recitaba mis décimas improvisadas; también varios poemas de mi adolescencia, que, por cierto (y solo ahora me doy cuenta), únicamente existían en su memoria y se han perdido para siempre.

Sonetos y poemas en verso libre, mis primeros ejercicios de versolibrismo con 13, 14, 15 años. Y una novela. Mi hermano Marcelo conservaba en su memoria, íntegra, la única novela en versos que he escrito, una novela romántica que escribí con 14 o 15 años, bajo el melodramático título Juan, el niño mendigo. Mi hermano se la aprendió con 12 o 13 años y la recitaba de memoria más de tres décadas después. También esta novela se ha perdido para siempre. Seguramente ninguno de estos textos tenía valor literario alguno, por supuesto, pero sí un valor documental, sentimental, emocional, que se lleva consigo.

Ese era Marcelo, la enciclopedia Marcelo, el memorión de la familia. Décimas mías y de Chanchito, de Valiente y Pedro Guerra, de Soriano, Candelita, Monguito Alfonso, Naborí, Laguardia, Chanito, Riverón, Emiliano, Juan Antonio, suyas propias. Miles de décimas de repentistas cubanos de todos los tiempos que se sabía y compartía con los demás, tan generoso siempre, una auténtica biblioteca ambulante, la “eoloteca” guajira más completa que he visto.

Otras veces me recitaba de memoria largos fragmentos de poetas románticos, cubanos, españoles, latinoamericanos, de los siglos XIX y XX. Sobre un largo poema que hablaba sobre el cráneo de Yorick. Y otro largo poema que terminaba hablando del Guadalquivir. Mi hermano, estoy casi seguro, nunca leyó a Shakespeare, ni viajó a España, ni vio el Guadalquivir con su silencio líquido reflejando los árboles sevillanos o la Torre del Oro. Sin embargo, su cabeza estaba llena de mundos poéticos que lo alejaban de la vida pedestre que le tocó vivir, lo elevaban, lo rescataban de las sombras y lo envolvían en un halo mítico.

Entre las tristezas que provoca la muerte temprana y repentina de mi hermano Marcelo está el haberse malogrado un libro que pensábamos hacer con todo esto, o dos libros, uno de memorias compartidas (él y yo) y otro con todo el material que guardaba en su memoria, auténticos documentos orales de este Patrimonio Inmaterial que es el Punto Cubano. Este proyecto, no obstante, lo retomaremos. Debo buscar en la memoria de mis móviles, porque muchas veces lo grabé y tal vez no todo se ha perdido.

Mi hermano Marcelo desde muy joven fue un improvisador de gran voz y de alta tesitura. Siempre tuvo mejor voz que yo, más potente, con un timbre más alto. Herencia directa de nuestro padre. Nuestro padre, Jesús Díaz Martínez, era una de las voces más potentes del repentismo habanero en los años 70 y 80. Por eso le decían “El Jilguero de Guanabacoa”. Voz de jilguero, canto melodioso, afinadísimo, agradable. Mi padre era imitador de uno de sus amigos, todo un clásico, “El Jilguero de Cienfuegos”, y lo calcaba como nadie, lo reproducía a la perfección, podía haberlo sustituido en cualquier programa radiofónico sin que el gran público se diera cuenta. Era uno de los pocos repentistas de su época que se atrevía a cantar la seguidilla, o las difíciles tonadas “de la risa” y “del burro”, por ejemplo, tan caras al Jilguero cienfueguero.

Marcelo no. Marcelo no cantaba tonadas. Él era y se sabía poeta, no tonadista, y cantaba por la tonada libre imitando, sin saberlo, sin proponérselo, a uno de nuestros grandes maestros: Chanchito Pereira. Sus gestos, sus pausas, su entonación, eran absolutamente pereirianas. Digamos que Marcelo logró una personalidad propia y un “estilo Marcelo” mezclando dos modelos: el de Chanchito Pereira y el de su hermano Alexis. Sí, mi hermano no me imitaba a mí, sino que nos mezclaba a Chanchito y a mí en su voz, nos confundía, fundía los estilos de ambos hasta sacar una tercera voz, la suya, y su propia personalidad sobre los escenarios. No existe un solo escenario de las peñas o trovas campesinas habaneras en el que mi hermano Marcelo no dejara su voz, su impronta, sus décimas. Desde la mítica trova de Guamacaro, en Lawton, posiblemente donde más cantó, hasta las peñas de Jacomino, el Cotorro, Carlos III, el Wajay, el Cano.

Él fue, sin duda, durante más de treinta años, uno de los principales animadores y promotores de estos pequeños espacios culturales. Y era el más joven repentista cubano que iba a esas peñas campesinas en los años 80, cuando había muy pocos jóvenes que hacían repentismo. Y fue el más pequeño niño repentista de Cuba en los años 70, cuando en Cuba no había niños repentistas, solo él y yo, que le llevo dos años. Por eso su nombre a partir de ahora estará asociado a dos proyectos-homenaje: una peña y un taller de repentismo infantil que lleven su nombre.



Mi hermano Marcelo era andariego, un caminante indetenible que se movía rápido y con grandes zancadas y que no duraba mucho tiempo en ningún sitio. Sus visitas familiares eran siempre muy cortas, rápidas, fugaces. Llegaba, saludaba, decía alguna décima, bebía ron y se iba. Era su manera, creo, de participar del rito familiar, de sentirse parte del clan de los Pimienta, pero sin dejar de vivir en su mundo. Y estas visitas fugaces incluyeron a vecinos y amigos. Cuenta mi hermano Iván, el tercer repentista entre mis 11 hermanos, que los 24 y 31 de diciembre Marcelo lo arrastraba a una larga peregrinación vecinal, de puerta en puerta, y que en cada casa improvisaban una décima, o dos cada uno; luego bebían ron, reían, charlaban y volvían al camino. Marcelo era un poeta nómada, un guajiro on the road con un extraño y extemporáneo espíritu beat que, por supuesto, desconocía. Yo soy un poeta de sillón, de buró, de escenarios; Marcelo era un poeta de camino, un poeta de a pie, un poeta trotacalles.

Mi hermano Marcelo lloraba con facilidad. Era lo que se dice, “un tipo de lágrima fácil”. Un hombretón de lágrima alegre, un sentimental poeta de barrio. Era difícil que nos juntáramos los hermanos, que montáramos alguna fiesta cumpleañera o alguna canturía y Marcelo no acabara llorando. En un momento cualquiera dejaba de hablarnos, de improvisar, se le aguaban los ojos, lloraba en silencio y se iba corriendo, desaparecía. La mayoría de las veces todos sabíamos lo que le pasaba: extrañaba al viejo, a Pipo, a nuestro padre muerto en el ya lejano año 1994 (que para él siempre había sido el día antes). Cada vez que yo cantaba, o ganaba algún premio literario, o hacía algo que para él era triunfal, Marcelo lloraba. Sin disimulo: lloraba como el hombretón sensible que era, como el poeta de verdad que siempre fue. En los últimos años, mucho más. Después de la muerte de nuestra hermana Caridad, la pequeña Lulú, la primera en dejarnos, ya el llanto de mi hermano era más hondo y más tempranero: apenas soportaba cuatro décimas, dos bailes, tres tragos de ron, cinco carcajadas. Solo, sin interrumpir la fiesta, hacía auténticos mohines de niño pequeño, pucheros de poeta, y se iba, no sin antes soltar un lacerante “no sé cómo ustedes pueden estar alegres, si falta Caridad”. Era tremendo. Nos dejaba de piedra, paralizados, tristes, pero con una tristeza que solo él sabía calibrar, pesar, convertir en certeza y que llevaba en el regaño el perdón, en la escapada la comprensión doliente.

Así era Marcelo, Ichito, nuestro hermano querido. Así lo recordamos y lo recordaremos siempre. Un hombre todo corazón. Un hombre con un corazón tan grande en el pecho que no encuentro palabras para describirlo. El más generoso y desprendido de los seres humanos que he conocido. Nada era suyo, todo lo compartía. Con los hermanos, con los sobrinos, con los amigos y vecinos. Por eso cuando murió estaba rodeado de la familia numerosa y variopinta que siempre lo ha querido como lo que es: un poeta-hijo, poeta-hermano, poeta-tío y primo; pero también de vecinos y amigas que jamás en su vida hubieran oído un verso si no se hubieran tropezado con Marcelo, quien los catequizó con improvisaciones y anécdotas poéticas.

Un poeta de verdad, un poeta auténtico, eso era mi hermano Marcelo, Ichito para la familia. No era, como a veces han dicho, como he dicho yo mismo muchas veces para presentarlo, “el otro poeta”; no; Marcelo era el Poeta, con mayúsculas, el poeta mayor de mi familia, de nuestros barrios pobres, de nuestro círculo de amigos. El otro poeta, que no lo dude nadie, siempre he sido yo. ¡Pulvis!»

(Tomado del periódico Cuba News)

(*) - ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA 

(La Habana, 1966). Escritor y repentista. Director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada y Subdirector de Desarrollo del Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado (CIDVI), ambos con sede en La Habana, Cuba. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al italiano, francés, inglés, japonés, árabe, farsi (lengua autóctona iraní) y alemán. Ha publicado hasta la fecha vente libros, en diferentes género.utor de cuarenta libros en varios géneros. Traducido al inglés, italiano, francés, alemán, finés, búlgaro, portugués y farsi. Ha obtenido siete premios internacionales de poesía y cuatro premios internacionales de narrativa.

lunes, 5 de agosto de 2019

EL CONTROL DE LA PALABRA Y LOS IMPULSOS EN LAS RELACIONES DE TRABAJO









Mientras se trasmitía el programa Telenoticias, un técnico cometió un error, y eso fue más que suficiente para que su jefe, el comunicador de origen cubano, Roberto Cavada, le gritara públicamente “animal”.
   
Con excepción del momento presente, en que me desempeño como profesor universitario, debo confesar que la mayor parte de los años que conforman mi experiencia laboral los he ejercido como dirigente, primero como director de escuela y segundo como gerente de recursos humanos en un prestigioso grupo empresarial de la ciudad de Santiago. Y mi formación y experiencia acumuladas me convencen de que al empleado, cuando comete un error, se le orienta, amonesta y, en última instancia, cancela su contrato de trabajo; pero nunca se le debe irrespetar con palabras, humillar e herir su dignidad. Porque si hay algo que al ser humano siempre debe respetársele, es su dignidad.
   
Quien dirige, debe controlar sus impulsos e indeseables exabruptos, si en realidad desea que el personal bajo su mando no lo odie y, por el contrario, se identifique con él y con la institución. Y debe recordar que nadie, absolutamente nadie, ha podido lograr que sus dirigidos mejoren sus comportamientos con amenazas, ofensas e injurias. Así solo actúan los jefes mediocres y acomplejados. Los líderes proceden en forma diferente. Un dirigente, por último, debe siempre recordar que la gente responde cuando se le trata con dignidad. Se esfuerza más cuando tiene jefes que le agradan.
   
Si queremos formarnos una idea acerca del malestar o atmósfera negativa que en el ambiente del trabajo generan los jefes arrogantes, prepotentes y que tratan a los empleados como si fueran cosas, basta leer la respuesta que en una encuesta laboral ofreció un trabajador.

-“¿Por qué decidiste separarte de la empresa?” – se le preguntó.

-“El sueldo es excelente. El trabajo también. Pero mi jefe es insoportable. Es tan difícil trabajar con él que decidí que la vida era demasiado corta para pasarla trabajando con un cretino”- respondió el atribulado trabajador.

LA INCOMUNICACIÓN EN LA ERA DE LA COMUNICACIÓN


(“Telefonía”, “Feibumanía” y “Twitermanía”)
Por: Domingo Caba Ramos.

Primer caso.
A un restaurant de la ciudad de Santiago, la pareja de esposos llega acompañada de un niño de unos cinco años de edad. Se sientan. La dama se encarga de solicitar la carta del menú y elegir lo que van a comer. Acto seguido él, el esposo, indiferente a todo, comienza a “sobar” y/ o a navegar en su teléfono celular.
El niño, tiernamente, le habla al padre; pero este no lo escucha. La esposa pregunta e intenta sostener una cordial conversación con su esposo, pero este no le responde. El hombre, interno en su mundo, “soba” y “soba” la pantalla de su aparato, y en cada “sobadera” deja escapar una que otra sonrisa.
En lo que la comida llega, ni una sola palabra se escucha en la mesa. Quince minutos después, el mozo procede a servir el manjar solicitado. El niño come con entusiasmo. Lo mismo hace la madre. El hombre, con la cuchara en su mano derecha y el celular en la izquierda, continúa concentrado en la pantalla de su venerado teléfono celular. Aparte del tintineo de los platos y las ocasionales preguntas formuladas por el niño a la madre, ni una sola palabra, emanada de las bocas adultas, allí se escuchaba.
El mozo trae la cuenta. El hombre le entrega una tarjeta de crédito y sigue “sobando”. Solo en el momento en que quiso enseñarle algo al niño en el celular, se le escuchó pronunciar la primera palabra. Aun cuando ya abandonaron el lugar, aunque iba caminando, el hombre continuaba sobando, sobando, sobando…
Segundo caso.
En otro restaurant, tres jóvenes y elegantes damas llegan y se sientan a una de las mesas bastante cercana a la mía. Cada una portaba en sus manos uno de esos teléfonos inteligentes mejor conocidos con el nombre de “iPhone” (Aifon).
Los tres “monumentos femeninos” apenas hablaron para ponerse de acuerdo acerca del servicio que ordenarían: una cerveza. A partir de ese momento, ni una sola palabra. Cada una, como si las otras no existieran, comenzó a navegar, sobar, sobar, sobar, hablar y sonreír con la pantalla de su muy embriagante iPhone.
¿Qué significa eso?
Sencillamente, que en la Era de comunicación, como ha sido llamada la que ahora estamos viviendo, la incomunicación es cada vez mayor , tanto que la historia de la comunicación interpersonal en la República Dominicana, bien puede dividirse en dos períodos : antes y después de la llegada (1987) del teléfono celular. La adicción a ese mágico artefacto ha borrado toda intención de, en forma presencial, conversar animadamente con los amigos, parientes y relacionados. Se trata, a mi juicio, de la enfermedad mental de los tiempos posmodernos.
Es preocupante semejante adicción. Yo le he asignado el nombre de “telefomanía”, o impulsos irresistibles que conducen a las personas a usar el teléfono celular. Una adicción que cada vez pone en peligro las buenas relaciones interpersonales y origina que hablemos más con el celular que con las personas que nos rodean.
Los mismos nocivos resultados para una efectiva convivencia social, está generando la adicción a redes sociales como Facebook (feibumanía) y Twitter (“twittermanía”).
Semejante conducta conlleva el que dos o más personas, aparentemente juntas, se encuentren, en la práctica, sumamente separadas; o a que aquel que más lejos se encuentra físicamente, lo sentimos más cerca que aquel que al lado nuestro yace.
Conocer, saber usar y emplear los recursos que nos proporciona la tecnología, más si se es profesional, es de suma importancia en estos modernos tiempos; pero ese uso deberá ser siempre racional, productivo y antiadictivo. No debe convertirse en una práctica viciosa.