Por : Domingo Caba Ramos
«El
tíguere tiene que salirse con las suyas y sacar beneficio en todo lo que
hace, lo cual se expresa en la actitud de “dame lo mío”. Al mismo tiempo, el
tíguere hace su juego al margen de las normas establecidas, pues de lo
contrario sería simplemente una persona exitosa y noble. El toque final
consiste en hacer lo que sea, incluso “partirle el pescuezo a cualquiera”,
aparentando ser un “angelito caído del cielo”»
José Dúnker
El año 2025 cierra con el
más escandaloso caso de corrupción administrativa que se conozca en la historia
política de la República Dominicana: el caso Senasa. Tan escandaloso ha sido considerado este, que ni siquiera uno solo de
los tantos hechos de corrupción que caracterizaron a los gobiernos del PLD
lograron superarlo.
La
corrupción en nuestro país, al decir del destacado siquiatra, ensayista y
profesor universitario, Dr. José Dúnker, debe concebirse como la versión
evolucionada del antiguo “tigueraje” reinante en los barrios dominicanos. Este concepto, el “tigueraje”, debe
concebirse como la cultura, mentalidad o forma de conducta propia del
“tíguere”, a quien el precitado especialista de la conducta humana define como
aquel muchacho de clase baja residente en los barrios, que tenía la habilidad
de “salirse con la suya” o incurrir
en actos violatorios de las normas sociales establecidas, sin que nada pasara.
Ese “tigueraje” original, aclara Dúnker, se infiltró y
penetró en todos los estratos sociales, públicos y privados, no faltando
entre estos, la administración pública. En lo que respecta a la política
dominicana, destaca el reputado siquiatra, lo que la rige hoy, es el “tigueraje”.
Yo prefiero decir, al respecto, que en la política dominicana lo que prima es la
cultura de la corrupción. Se trata esta, de una cultura endémica o arraigada en
la conciencia colectiva, y promovida o incentivada por los mismos que
contradictoriamente la combaten. Una cultura que se manifiesta a través del
robo, el soborno, el arribismo, el oportunismo, el transfuguismo, la
falsificación, el nepotismo, la desviación de fondos, la estafa y las
sobrevaloraciones, entre otras prácticas ilícitas.
Una cultura en la que el comportamiento ético y la honestidad
no se perdonan y critican con sañas, llamándole, por consiguiente, “pendejo”, “tonto” y “pariguayo” al
funcionario que, una vez cesado en el puesto, muestre signos de pobreza o
ausencia total de opulencia. Se origina así en la conciencia del ser dominicano
una visión falsa y contradictoria de la realidad, por cuanto el mismo que
solicita condena para el funcionario que hizo uso indebido de los fondos
públicos, lo critica con furia si ya fuera del cargo lo ve desplazándose en un
vehículo de modelo muy atrasado o residiendo en un sector y en una casa
humilde.
De ahí que más arriba
hayamos dicho que en la República Dominicana, la misma persona que en un
momento rechaza las prácticas corruptas, en otro las justifica, promueve y
recomienda. Y esto último es posible que se deba al arraigo o carácter endémico
de tales prácticas.
Merced a esa cultura de la corrupción en la sociedad
dominicana, un líder y expresidente de la república, Joaquín Balaguer, en una
ocasión declaró aquello de que «En mi
gobierno, la corrupción se detiene en la puerta de mi despacho…». Y merced a
esa misma realidad, aún se mantienen abiertos los expedientes por corrupción correspondientes,
nada más y nada menos, que a dos hermanos, un cuñado y al jefe de la seguridad
del anterior presidente del país, Danilo Medina.
Tan arraigada se encuentra esa cultura en la conciencia
colectiva del pueblo dominicano, que el robo, la estafa y el peculado,
históricamente se han considerado usos o prácticas normales, ante cuya
ejecución, por ende, no hay por qué arrepentirse.
Así se pone de manifiesto en la anécdota que en su opúsculo titulado
El
verso octosílabo en la ruta de lo popular (2002, p.3) nos presenta el
famoso profesor, versificador y activista social, Narciso González (1941-1994):
«Una tarde en que tomaba un café frente a uno de los
paleteros que tienen su sede en la UASD — escribe Narcisazo —ese minicomerciante le había vendido un
lápiz a un estudiante, cobrándole una suma dos veces mayor a su precio real.
Cuando lo acusé de haberse aprovechado de la rapidez con que andaba su
comprador, el paletero se limitó a responder con esta cuarteta:
“Al tonto, dejarlo tonto,
y al inocente, inocente,
y el que se deja joder
seguirlo jodiendo siempre…”
Pero no solo ese anónimo paletero asume la conducta antiética
como un recurso normal, y hasta necesario, de obtención de ingresos o bienes
personales. Juan Antonio Alíx (1833-1918), el ultracitado y famoso «Cantor del Yaque», cuando perseguía
algún interés o favor político, con ferocidad despiadada destacaba los rasgos
negativos del líder déspota del momento, y tiempo después, olvidando los
elogios antes tributados y, al decir del crítico y escritor Joaquín Balaguer
(1902-2002), «como la mayoría de los
hombres de su época, aplaude sus crímenes y exalta al déspota hasta la
exageración en el lenguaje villano de las adulaciones…»
Tan oportunista y arribista comportamiento, en vez de generar
arrepentimientos en la conciencia individual del poeta, el afamado decimero
mocano – santiaguero trató de justificarlo con los versos que más abajo se
reproducen y los cuales, más que «ser
citados como un modelo de cinismo…», como argumenta Balaguer, a todas luces
revelan cómo la cultura de la corrupción hace que, en el ámbito ético – moral,
dependiendo de los intereses que se persigan, lo anormal se asume como normal y
viceversa. A tono con este juicio vale resaltar que ningún sentimiento de culpa
muestra Alix cuando con el mayor desenfado y estoica postura les dice a quienes
quizás osaron condenar su abierto oportunismo:
«Como Alix Antonio Juan,
gana la vida cantando,
en nada se anda fijando,
para conseguir el pan.
Lo más que decir podrán,
es que ayer cantó a un tirano,
y hoy le canta al ciudadano,
Jiménez, noble caudillo,
patriota, probo y sencillo,
prez del pueblo quisqueyano.
Yo le canto al padre eterno,
le canto a Dios y a sus santos,
a los demonios y a cuantos,
habitan en el infierno»
(PUBLICADO EN DIARIO LIBRE EL 1 DE ENERO DEL 2026)

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