jueves, 30 de noviembre de 2023

DON JUAN COLLADO : MAESTRO Y POETA DE FINO ESTRO


 Por: Domingo Caba Ramos

 Un día de estos , mientras desempolvaba y organizaba mis libros, dentro de uno de ellosencontré un breve poema manuscrito titulado  «Hay un alma que llora», fechado en Jánico (1934) y firmado por Juan Collado.


 Confieso que mi sorpresa fue inmensa, por cuanto desconocía por completo la faceta literaria de este distinguido educador. Sin embargo, no me extrañó del todo; pues sabido es que en la historia de la cultura hispanoamericana en general, y de la dominicana en particular, son muchos los maestros que han prestigiado con sus firmas las páginas de la literatura, fundamentalmente en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX. Significa esto que
el trabajo docente siempre ha estado estrechamente vinculado la creación literaria en sus diferentes vertientes.

En la literatura dominicana, maestros fueron autores de la talla de Félix María del Monte, José Joaquín Pérez, Emilio Prud -Homme, Salomé Ureña, Nicolás Ureña de Mendoza, los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, los hermanos Francisco y Federico Henríquez y Carvajal, Miguel Ángel Garrido, Manuel de Jesús Peña y Reinoso, Alejandro Angulo Guridi, Antera Mota, Pedro Mir. Domingo Moreno Jiménez, Félix Evaristo Mejía y Ramón Emilo Jiménez, entre otros. Y en la literatura hispanoamericana maestros fueron también el argentino Domingo Faustino Sarmiento y la brillante poetisa chilena y Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral.

Todo lo antes expresado significa que, independientemente de la mayor o menor calidad del arte literario cultivado o del carácter público o inédito de las composiciones de este resultantes, la creación literaria y el ejercicio magisterial, vale reiterarlo, son dos quehaceres que a través del tiempo se han desarrollado en forma paralela y mancomunada en el curso de la literatura hispanoamericana y, de manera muy especial, de la literatura dominicana.


¿Quién fue Juan Collado?


 Don Juan Antonio Collado fue un consagrado y respetado maestro, oriundo de   Santo Tomás de Jánico, provincia Santiago, municipio donde nació el 7 de abril de 1900. Aquí, con apenas veinte años, inició una fructífera carrera educativa que terminó en Tamboril, lugar hacia donde fue trasladado en 1942 como director de la Escuela Primaria e Intermedia “Prof. Sergio Hernández”, en su momento, el más importante centro educativo de este municipio. En esta comunidad, estableció residencia definitiva, desarrolló una ingente labor socioeducativa y supo ganarse el cariño y respeto de todos los tamborileños. Y aquí falleció el día 24 de julio de 1972.

 Contrajo nupcias con la también distinguida y apreciada maestra, Fredesvinda Halls (doña Fredé), y de esa relación nacieron sus hijas, destacadas abogadas ambas : Icelsa y Alba Nery Collado Halls, esta última expresidenta de la Cámara Civil y Comercial de la Corte de Apelación del Departamento Judicial de Santiago, en cuyo desempeño dio siempre muestras de gran  responsabilidad, probidad y competencia

 Diferente a la educativa, de la faceta poética de este veterano educador casi nada se conoce. Lo poco que de él se sabe al respecto se debe a informaciones aportadas por sus más cercanos parientes. Una buena parte de sus versos aún se conservan en cuadernillos, a la espera de que un buen día vean la luz pública. No conozco tales composiciones, pero el poema que nos ocupa, «Hay un alma que llora», lo devela como un poeta de fino estro y elevada sensibilidad.

 Se trata «Hay un alma que llora», de un poema de corte romántico o en cuyos versos (versos de juventud) late la expresión del sentimiento íntimo o personal, la desesperanza, la angustia metafísica, el desengaño, el quebramiento del ánimo y, en fin, las reminiscencias propias del romanticismo literario que en la cultura dominicana aún se percibían y ejercían notable influencia durante la primera mitad del siglo XX. Los mismos rasgos que se aprecian en la obra poética de un contemporáneo suyo como lo fue el cubano José Ángel Buesa (1910-1982). Veamos su contenido:

 HAY UN ALMA QUE LLORA

 
«Hay un alma que llora,
 con angustia doliente,
 la desgracia infinita, 
de un amor que se fue… 
Hay un alma que implora, 
con la fe del creyente, 
y, en afanes se agita,
 en espera, ¿de qué?

¡Ah! el alma está triste, 

está enferma y muy sola,
 pues huyó su esperanza, 
a lejanas regiones,
 y, para ella no existe, 
ni el rumor de la ola, 
de una dulce bonanza, 
en sus negras visiones»

 
Juan Ant. Collado 
Jánico, abril de 1934.

 

OTRO POEMA

«De los poemas de mi abuelo – confiesa su nieta Alba Almonte - recuerdo uno, sin título y sin fecha, dedicado al pueblo de Tamboril». Los versos de este poema son los siguientes:

«Al pie de la norteña cordillera,
plena de sol, radiante de belleza,
se recuesta la Villa romancera,
ofreciendo cultura y gentileza.

Del valle prodigioso de La Vega,
es punto culminante, centro rico,
región maravillosa veraniega,
como nunca jamás ojos han visto.

Sus valientes e hidalgos caballeros,
amantes del trabajo y la cultura,
son firmes y templados, cuál acero,
si la patria reclama su bravura.

¡Qué decir de sus vírgenes hermosas!,
todas llenas de encantos y de gracia,
son lindas como trovas armoniosas
y émulas de Penélope y aspacias»

Y, cuando hay que llegar al sacrificio
de salvar el honor de la bandera,
cada Tamborileño es el patricio
de la villa gloriosa y romancera»


 

sábado, 9 de septiembre de 2023

LUIS CAMEJO : EL EPIGRAMISTA IGNORADO


( 1)

¿Qué es un epigrama?

Martín Duque y Marino Fernández Cuesta (193:31), lo definen de manera escueta como “un breve poema festivo”, en tanto que Fernando Lázaro Carreter (1923 – 2004), desarrolla más el concepto al establecer que epigrama es una «Composición poética breve, en la que, con agudeza y precisión, se expresa un pensamiento festivo o satírico, de manera ingeniosa». Se trata, el epigrama de una estrofa breve cuyos versos entrañan  un contenido satírico, irónico, jocoso y mordaz, así como una verdad profunda y un sentido oculto. Versos que como saetas punzantes, por lo general hieren o producen llagas, ronchas y escozor. Como muy bien y poéticamente lo definió Juan de Iriarte  en el siglo XV111:

«A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser

pequeño, dulce y punzante»

 El epigrama  surgió en Grecia,  a finales del siglo V a. de C., y a partir de su nacimiento ha sido cultivado en diferentes países y  por  famosos poetas, tanto cultos como populares : Marco Valerio Marcial (Roma, 40-104), Juan de Iriarte (España, 1702 -1771), Francisco Quevedo (España, 1580-1645), Voltaire (Francia, 1664 – 1778), Alexander Pope ( Londres, 1686 – 1744), Oscar Wide (Inglaterra, 1854-1900), Federico García Lorca ( España,1899-1936), Ramón Gómez de la Serna (España, 1888 – 1963), Ernesto Cardenal (Nicaragua,1925-2020) y Camilo José Cela ( España, 1916 – 2002), entre otros

En nuestro país, « El cultivo del epigrama – apunta el poeta Rubens Suro (1916 – 2006) - da un salto feliz de Meso Mónica a Juan Antonio Alix, y de este a Joaquín María Bobea y Luis M. Camejo. Para mi ver y observar, – amplía Suro – son los más sobresalientes de todas las épocas. Guardando las distancias de tiempos y de méritos, yo me atrevería, actualizando un poco las cosas, agregar a esos nombres los de Narciso González (Narcisazo) y Tomás Casals Pastoriza (Tomasito), quienes han puesto durante varios años la nota jocosa y alegre con sus chispeantes epigramas en los periódicos donde su colaboración ha sido altamente apreciada por parte de los lectores…» (Discurso de ingreso como miembro de número de la Academia Dominicana de la Lengua, febrero 8, 1987).

 Al lado de estos dos últimos nombres propuestos por Rubén Suro, considero que no debe faltar el del periodista santiaguero Huchi Lora, ingenioso versificador y verdadero continuador, hasta la fecha, de la labor epigramática llevada a cabo por Narciso González (Narcisazo) a través de la otrora y popular columna periodística «El pueblo se queja en versos». Pero a pesar de los poetas citados en el párrafo anterior, nadie como el también santiaguero Luis María Camejo Aracena cultivó con igual maestría   el género del epigrama en la República Dominicana, razón por la cual ha sido considerado como el más destacado epigramista dominicano de todos los tiempos. Sus pimentosos y punzantes versos fueron reunidos en el libro “Puyas de la javilla” (1936), el único que publicó, y en cuya portada, el autor, al responder la pregunta  ¿“Quién soy”?, se autopresenta y presenta su libro de la siguiente manera:

«Un obrero reclutado,

para servir a las musas,

que a pesar de mis excusas,

me obligan a ser soldado,

soy un árbol deshojado,

un barquichuelo sin quilla,

una sembrada semilla,

 en un campo sin arar,

que solo he podido dar,

estas Puyas de la jabilla…»

En calidad y talento, a Luis Camejo solo Juan Antonio Alix (1833-1918), nuestro celebrado Cantor del Yaque, se le aproxima.  Pero no obstante su innegable ingenio poético, el nombre de ese insigne bardo popular siempre ha sido desconocido, casi por completo, en el ámbito literario dominicano, incluyendo la ciudad (Santiago de los Caballeros). Sobre su vida y obra es muy poco lo que afirman los textos. Y en el caso particular de sus datos personales, solo Rubén Suro, en el ya citado discurso de ingreso a la Academia Dominicana de  la Legua aporta al respecto una muy escasa información. En tal virtud, escribe Suro lo siguiente:

«No tuve la satisfacción de conocer personalmente a Luis M. Camejo. Mis primeros contactos con sus trabajos literarios fueron a través de Muchas gracias, periódico que dirigía el periodista Agustín Aybar, el Parlero de las columnas del diario La Información y El anunciador, que piloteaba el escritor Rafael Morel, todos editados en la la Ciudad del Yaque, donde aparecían con mucha frecuencia sus pimentosos epigramas, los cuales fueron recogidos en un libro, el único que publicó: Puyas de la javilla, cuyo prólogo lo editó el mismo Agustín Aybar… Fue editado en 1936…»

Y sobre sus datos personales, en el párrafo que sigue al anterior, Suro dice de Camejo:

«Su nombre completo era LUIS MARÍA CAMEJO ARACENA. A Las personas que me ayudaron, no les fue posible localizar el acta de nacimiento, únicamente el acta de bautismo, el cual se celebró el día 23 de agosto de 1874, en la entonces Iglesia Mayor de Santiago. Fueron sus padres Raymundo Camejo y María de las Mercedes Aracena. Murió en Santiago el 24 de noviembre de 1946, a los 74 años de edad, ya que nació, probablemente, según se dice y comenta, en el 1872…»

Hasta el año en que Suro pronuncia su discurso (1987), el poeta y abogado vegano entendía que por el hecho de haber pasado más de cuarenta años a partir de la muerte de Luis Camejo, el nombre de este había sido víctima de la indiferencia de los santiagueros, y caído en el plano del olvido, razón por la cual propuso en ese solemne acto de ingreso que una de las calles de la Ciudad Corazón llevara el nombre del afamado epigramista. Y concluye su propuesta recordando:

«Uno de sus más distinguidos munícipes (de Santiago, D.C.), el licenciado Aurelio Saleta Llenas, lo sugirió hace varios años, y el ayuntamiento de turno no dio la importancia que merecía, por lo que todavía el proyecto duerme el imperturbable sueño de las gavetas…»

No sé si en la actualidad alguna calle de Santiago lleva el nombre de Luis Camejo. De lo contrario, ojalá que las actuales autoridades municipales de esta demarcación   le concedan a la idea, antes y doblemente sugerida, la importancia que históricamente el ayuntamiento le ha negado, logrando así que tan justiciero proyecto despierte del «imperturbable sueño de las gavetas…»

8/ SEPT/2023


LA LENGUA DE LA CALLE EN LA CULTURA IDIOMÁTICA DOMINICANA


y 2

3.    3. Presencia de la metáfora en la lengua de la calle.

 Antonio Quilis (España, 1933 – 2003), define la metáfora como  un «cambio semántico por el cual un significante acepta otro significado distinto al propio en virtud de una comparación no expresada: el mar de esta vida». Para Fernando Lázaro Carreter (España, 1923 – 2004)   es un «Tropo mediante el cual se presentan como idénticos dos términos distintos…» (Las perlas de su boca).

En otras palabras , la metáfora se puede definir como la figura literaria, tropo o cambio semántico a través del cual se establece una comparación entre dos términos (real y evocado) que guardan una relación de igualdad o semejanza. Se denominará metáfora pura cuando entre de los dos términos de la comparación se establece una identidad semántica, razón por la cual, solo el irreal, evocado o metafórico se menciona (las perlas de su boca) y metáfora impura, gastada o lexicalizada cuando ambos términos aparecen expresados, tanto el metafórico como el real o metaforizado (dientes de perla, dientes como la perla). De los conceptos antes trascritos, bien puede inferirse que  mientras la metáfora pura o literaria pertenece al habla, la impura o lingüística, corresponde a la lengua.

Siempre se ha dicho que el español dominicano es una lengua dominantemente metafórica. Significa eso que es bastante común en la práctica lingüística de los hablantes criollos, no referirse a la realidad aludida de manera directa, sino a través de las más diversas construcciones metafóricas configuradas a partir de comparaciones estructuradas en función de los elementos que conforman su mundo natural y social. Y son esas imágenes, comparaciones o formas figuradas las que le confieren al discurso cotidiano el perfil ambiguo, multívoco e impreciso propio del código callejero. Obviamente que se trata de metáforas gastadas, que por haberse lexicalizados perdieron su emoción original  y poder de sugerencia, logrando, por esa razón, incorporarse o formar parte del léxico común de los dominicanos.

Merced a lo expresado en el párrafo precedente, en la expresión callejera abundan las frases de indiscutible peso figurado del tipo  : «En el salón no cabía ni un mandado» ( El salón estaba completamente lleno) ; « Lo cogieron con las manos en la masa» (Lo sorprendieron “infraganti”, mientras  ejecutaba el acto»; «Hablar con el corazón en la mano» (Hablar con sinceridad);«Eso ta feo pa la foto» ( grave, complicado o difícil ); « Pico de oro» (Brillante orador) ;« Tirar la casa por la ventana» ( Regalar o vender de manera extraordinaria productos a muy bajos precios) ; « No le pares a eso» (No te preocupes por eso ); « Esa tipa es una máquina» (es muy elegante ); «Empezó a coquetearme y me la tiré» ( la desvirgué); «Ese tipo tiene sangre de maco» (mucha paciencia)

Pero al tiempo que metafórica, la dominicana, vale reiterarlo, es al mismo tiempo una lengua indiscutiblemente fáunica  y vegetariana. El mundo animal y vegetal están permanentemente presentes en las manifestaciones expresivas de los hablantes dominicanos; pero muy especialmente en el habla callejera:

 Así, alusivas a la realidad vegetal en el código callejero, es posible percibir la presencia de expresiones como las siguientes:  

«En lo que dicen berenjena» (Acción realizada con suma rapidez); «Para obtener su título, tuvo que “guayar la yuca”» (sacrificarse o trabajar mucho) ; «Nacer como la auyama» ( Ser muy dichoso ); «Comerse a alguien con yuca» es insultarlo, humillarlo o decirle fuertes verdades;  un «tronco de hembra» es lo mismo que una  mujer bella y elegante; atrapar a alguien «asando batatas», es  sorprenderlo mientras  procede en forma inadvertida y muy  confiada; ponerse «como un ají» o «rojo como un tomate» es molestarse ,  enfadarse o “coger pique”;  El más antiguo miembro de un lugar o una institución, más que  eso, será denominado «viejo roble». Del anciano que luce fuerte y vigoroso  se dirá que está «como un campeche», en tanto que se denominará «ñame» a todo ser humano que actúe con torpeza y brutalidad; «Tratar por la rama» un problema es enfrentarlo de manera superficial o poco profunda.  Para resaltar la imposibilidad de superar el problema de conducta no corregido en la infancia, el botánico refrán no se hace esperar: “Árbol que nace torcido jamás sus ramas endereza”. Y para indicar que una realidad, aunque desafortunada, tenemos que aceptarla, la frase utilizada no podía ser menos vegetariana y folklórica: “El tabaco es fuerte, pero que fumárselo…»

 El mundo animal, igual o talvez más que el vegetal, está permanentemente presente en el habla popular dominicana. Esta se nos presenta pletórica de referencias zoológicas que en forma figurada o metafórica (“tiermetapher” llaman a esa metáfora en alemán), aluden a las más diversas manifestaciones de la vida nacional.

 En nuestro país, por citar solo algunos ejemplos, a la persona odiosa la llaman “perro”; a la  antihigiénica, “puerco”; “gato”, al ladrón; “burro”, al iletrado ; “chivo” o “culebro”, al desconfiado o  de esquivo proceder; “avispa” y “cacata”, a la mujer conflictiva o  de bélico comportamiento; “pato”, a quien muestra destrezas al nadar; “gallina”, al  cobarde ;“cotorra”, a quien  habla demasiado; “mono o mona” , al hombre o mujer  feos; “pichón”, al joven inexperto; “zorro”, al muy astuto, “triguerito”, al niño travieso o de reducida edad , “pájaro” y “pato”, al hombre  homosexual o afeminado y “tíguere” al hombre astuto, hábil y delincuente.

Y las frases populares no podían faltar: «Puerco no se rasca en jabilla», «A otro perro con ese hueso», «Se quedó como el perico en la estaca», «El negro es comía e puerco…»

Vale resaltar que así como en el ámbito vegetal, el vocablo “vaina” parece ser la de mayor presencia o vitalidad en el habla callejera dominicana, en el mundo animal, ese sitial parecen ocuparlo las voces “chivo” y “tigre”.

Pero lo cierto es que así se comporta nuestra lengua o variante dialectal llamada español dominicano: desde que empezamos a hablarla, comenzamos a pasear la flora y la fauna dominicana por los senderos comunicativos de nuestra cotidiana práctica lingüística.

Pero no solo la flora y la fauna dominicanas mantienen vigencia permanente en la también llamada “lengua del trillo”, sino también en el léxico beisbolístico. En el habla popular dominicana todo se compara con el béisbol. En otras palabras, el juego de pelota yace permanentemente presente en nuestra diaria conversación... A tono con este juicio, ¿cuántas veces no hemos escuchado frases como las que siguen : «Yo me atrevo a picharle un juego es dama» ( A una mujer hermosa); «¡Diablo!, ese nuevo jefe “vino por la goma” o “duro y curvero”»; «Yo estoy pasando por la peor racha de mi vida”; “Allá abajo, en el barrio, la pelota ta que arde»; «Al ladrón, ¡por fin le hicieron out!» ;« -¡Muchacho!”, ese examen estaba fácil,  fue un “flaicito” al cátcher»

Los dominicanos llevamos el béisbol en la sangre, vale decir, nacemos beisbolista, crecemos beisbolista y morimos beisbolista. Y como el sujeto-hablante construye sus comparaciones a partir de los elementos que forman parte de la realidad que lo rodea, no es raro, pues, la continua presencia del léxico beisbolístico en la expresión callejera dominicana.

El alto poder activo, dinámico y creativo de la  lengua callejera dominicana se pone de manifiesto en la aparición de diferentes formas creadas para designar una misma realidad. Basta solo pensar en las numerosas denominaciones utilizadas en el contexto informal para referirse a la moneda nacional, el peso : (“tolete”, “lágrima”, “Duarte”, “aldaba”, “turururo”, “ripio” y “moña”, etc.), así como para nombrar la vulva, el pene y el acto sexual.

Si bien es cierto que existe una lengua de la calle común a todos los hablantes dominicanos, no menos cierto es que cada región, cada lugar, cada época y cada grupo social posee su código callejero particular. Significa esto que en el código callejero propio de la cultura idiomática dominicana están implicadas todas las variantes dialectales de la lengua española: diacrónica, diatópica, diastrática y diafásica. Cada una de estas variantes, que en su conjunto conforman lo que se conoce como diversidad lingüística,   incide en forma determinante, en el origen, desarrollo y dinámica interna del dialecto dominicano...

Cuando de los jóvenes se trata, su sociolecto junto con el correspondiente a las variantes típicas del barrio, revelan el uso de nuevas  voces y expresiones, a las cuales  sus creadores  les atribuyen significados muy particulares, cuyo dominio no siempre representa una tarea fácil para el hablante que no comparte de manera habitual  dicho sociolecto.  En tal virtud, es ya más que común escuchar a un joven o residente en uno de nuestros barrios decir, por ejemplos  :  «Alante, alante» (está bien, al día, a la vanguardia); «Manín» (amigo); « Qué lo qué» ( Forma de saludo entre amigos»; «Loco» ( amigo, pana) ; “Ahí e’ que prende” ( eso está bueno, eso me gusta) ; «Monstruo» (amigo, pana); «Yo soy la para» (yo soy el que resuelve, el que sé, el protagonista…», «Mangar» (realizar una acción : “Lo busqué, saqué mi tabla y lo mangué…” ); «Componente» (cómplice); «Darle pa’abajo» (matar a alguien); «Junte» (encuentro festivo); «Vuelta» (cualquier acción, momento o circunstancia : : a) « Él siempre se sale con la suya, pero en esta “vuelta” (en esta ocasión) tendrá que pagarme» b) « Qué pasa, cuál es la “vuelta”…» (¿Qué pasa, cuál es el problema?); «Chancear» (dar un chance, una oportunidad); «Tabla» (arma de fuego); «Dime a ver…» (forma de saludo); « ¿Me copiaste?» (¿Me entendiste?

1.     4. A manera de epílogo

¿ ¿Es el lenguaje de la calle exclusivamente de la calle?

Cuando se habla del lenguaje de la calle, de inmediato se piensa que se trata de un estilo de lengua empleado de manera exclusiva fuera de los ámbitos formales por los hablantes de más bajo nivel instrucción. La práctica lingüística, sin embargo, ha demostrado que no necesariamente es así.  Contario a lo que sucedía en tiempos pasados en el ambiente cultural dominicano, la modalidad callejera de la lengua coloquial ha desbordado los límites de su entorno natural y penetrado en forma avasallante en espacios formales que antes estaban estrictamente reservados a la lengua académica, como son, entre otros, los medios de comunicación y los centros educativos.

En el aula, ese profesor que antes tanto cuidaba su forma de expresión, hoy procede con un descuido y una informalidad que espantan, violentando de esa manera las más elementales normas de la lengua española.  Habla como si estuvieran en una esquina cualquiera del sector donde reside. Igual ocurre con los estudiantes. Semejante conducta lingüística se verifica tanto en la escuela elemental como en la universidad.

En los medios de comunicación, el panorama es aún más preocupante. Allí, especialmente en los programas de opinión de radio y televisión  se dice de todo, se oye de todo, se grita, insulta, injuria y pronuncian  palabras obscenas o pletóricas de procacidad, y prima el criterio de que se debe hablar y escribir para los iletrados e imitar sus  construcciones  morfosintácticas y lexicosemánticas; pues solo así, según su errado parecer, esos iletrados y ciudadanos de bajo nivel de instrucción, estarían en capacidad de entender o decodificar los mensajes emitidos por   los  profesionales. 

Esa misma línea de pensamiento y conducta se repite en las agencias publicitarias y en los partidos políticos, cuyos anuncios comerciales y textos de campaña política suelen aparecer redactados y expresados en el nivel callejero de la lengua. Para muestras, dos ejemplos bastan: «E’pa lante que vamos» y «E’pa fuera que van…», popularizados hace ya muchos años por uno de nuestros líderes políticos. Como también conviene recordar la molesta reacción de una diputada por San Pedro de Macorís cuando para alertar a sus colegas de que ella no cedía ante ningún tipo de presión, voceó en plena sesión aquello de que «Yo no cojo corte».

El Dr. José Javier Amorós, escritor, abogado y profesor de oratoria de la Universidad de Córdoba, plantea al respecto lo siguiente:

«Si el orador emplea el lenguaje de la calle para hacer concesiones al auditorio, lo que está haciendo es despreciar al auditorio. Porque lo supone intelectualmente limitado. El orador, cualquiera que sea su nivel, tiene la obligación de contribuir a elevar el lenguaje de la calle. “Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”, decía Mallarmé»

SEPTIEMBRE 1/2023

 

LA LENGUA DE LA CALLE EN LA CULTURA IDIOMÁTICA DOMINICANA


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1.     Consideraciones generales

 Cuando hablamos del lenguaje de la calle o de lo que en inglés  se conoce con el nombre de “slang”, obviamente  hacemos referencia a las múltiples  expresiones que se utilizan de manera preferencial en los ámbitos no formales de carácter popular, tales como las vías públicas,  carros de  concho,  salones de belleza, centros deportivos, talleres de mecánica,  centros  de salud y, en fin, en en todos aquellos contextos donde se emplea la lengua viva para  comunicar  ideas y situaciones  concretas relativas a la vida cotidiana. Se trata, la callejera, de una forma de expresión propia de la lengua coloquial y, por ser así, se emplea en la conversación familiar o en el diálogo entre amigos, y suele tener una mayor carga expresiva, afectiva y emotiva.


El lingüista y filólogo alemán, Wener Beinhauer (1896 -1983) define el lenguaje coloquial como «el habla tal como brota natural y espontáneamente en la conversación diaria, a diferencia de las manifestaciones lingüísticas conscientes, y por tanto más cerebrales, de oradores, predicadores, abogados, conferenciantes, etc., o las artísticamente modeladas y engalanadas de escritores, periodistas o poetas».

Constituye esta una modalidad lingüística de naturaleza predominantemente difásica, por cuanto su empleo depende en gran medida del contexto o circunstancias en que se encuentre el hablante y, por tanto, de ningún modo refleja el nivel sociocultural de la persona que la utiliza.  Su uso no está del todo determinado por las características del emisor del mensaje —como en las variantes diatónicas, diacrónicas y diastáticas— sino por determinadas situaciones.  Merced a este planteo, en su Gramática esencial del español (1996:391), escribe Manuel Seco lo siguiente:

«Dentro de su nivel de lengua, el hablante puede escoger y debe escoger el nivel de habla que convenga en cada momento. No se expresa de la misma manera cuando conversa con un compañero que cuando le escriba una carta; ni, al dirigirse a un amigo, su forma de hacerlo es la misma que cuando se dirige a un desconocido; ni sus palabras, sus frases ni aún su pronunciación son iguales cuando habla en la mesa familiar que cuando habla ante un público; ni se manifiesta de igual manera ante un ministro que en una tertulia…»

¿Qué significa eso?

Sencillamente, que el mismo hablante que emplea la lengua normalizada cuando habla en un entorno académico, se aparta casi por completo de los preceptos idiomáticos cuando se comunica en el bar, en la discoteca, en la playa, en el seno de la familia, en el hospital, esto es,   cuando utiliza la llamada lengua espontánea o no formal. De ahí que no resulte dable ni cónsono con la verdad lingüística   establecer relación de igualdad entre la lengua coloquial, callejera y popular con el nivel de expresión no culto o vulgar. Este último, como su nombre lo indica, hace referencia a la ausencia o formación de cultura académica o, en su defecto, a una muy pobre presencia de este tipo de formación cultural. Se caracteriza esta modalidad de la lengua por el predominio de un léxico de origen vulgar, una sintaxis muy sencilla o de rústica elaboración y una pronunciación bastante distanciada de las reglas generales del idioma. La pobreza léxica es notoria, y es esa la razón por la que el vocabulario resulta bastante repetitivo y poco fluido.

 Los rasgos antes citados, sin embargo, no siempre están presentes en la expresión callejera, por cuanto el hablante que hace uso de ella, si bien puede ser un iletrado, también puede tratarse de un escritor, intelectual, académico o cualquier persona que haya cursado estudios avanzados. Un ejemplo podría resultar bastante ilustrativo:

 En el habla dominicana, la eliminación de la /s/ implosiva (final de sílaba o de palabra) y  la /d/ intervocálica ( “Esos niño”, “asutao…”); el acortamiento o apócope de palabras (“na”, “pa”),  lo mismo que en  la vocalización  de la /l/ y la /r/ en  i (“doblaí”, “coitai”)  , no deben considerarse fenómenos fonéticos atribuibles a la lengua de la calle, toda vez que se trata de rasgos característicos del español dominicano, realizados  por el sujeto hablante independientemente de su profesión, edad , nivel de estudios  o la posición que ocupe en la estructura social. No sucede lo mismo cuando a un dominicano se le escucha articular frases como: “Echar una pajita” (dormir siesta), “Guindar los tenis» (fallecer), “Vivir donde el Diablo dio las tres voces” (Vivir muy lejos); “Yo no cojo corte…” (No cojo presión), etc., frases estas que por ser generalmente empleadas en contextos estrictamente informales, sí deben considerarse típicas de la expresión callejera.

Pero además, los usuarios del nivel de expresión vulgar, por desconocimiento, carecen de plena conciencia lingüística del desajuste idiomático en que suelen incurrir, conciencia que sí la posee una cantidad numéricamente elevada de quienes emplean el código también denominado
“lenguaje del trillo o de la vereda”. Esa conciencia   les permite a estos   modificar sus hábitos lingüísticos y adaptarlos a cada situación particular.

A nivel lingüístico, el tipo de cultura oral le confiere al código coloquial callejero rasgos muy particulares o característicos:

1.    En primer orden, es una forma de expresión natural, espontánea rejada y expresiva.

2.    Se trata de una modalidad lingüística muy dada al cambio y a la evolución de la lengua estándar.

3.    Es sobre todo un código de expresión bastante activo o dinámico, en el que las palabras se transforman en un medio  para servir a los fines concretos de la vida cotidiana,

4.    En ella, lo expresivo se impone a lo lógico,

5.    Uso de voces y expresiones de carácter popular tales como vocablos,   jergas, locuciones, giros, adagios, refranes, modismos y frases populares.

6.    Imprecisión, multivocidad o alto grado de ambigüedad y polisemia de muchos vocablos y expresiones. Estos adquieren matices y significados diferentes según el contexto situacional en que se encuentren los hablantes en el momento en que se produce la comunicación oral...

7.    Es fundamentalmente oral o  conversacional, aunque también lo podemos encontrar en algunos textos, especialmente en obras de carácter narrativo, como bien se pone de manifiesto en las citas que siguen, tomados de la novela La tranca (2003), de Francisco Nolasco Cordero (1932 – 2007) :

 a) «Podía decirse que era una santa, a pesar de que ese “tirigüillo” con esa muestra de cuerpo y unas 80 libras, algo debía tener en la bola para amarrar a Francio Florentino, hombre “culebro, más rodado que una bola de billar…» (p.29)

 

a)   «Como a los 32 años de edad se le murió el marido y Munda quedó desorientada y sin sustento y no tardó en perder la cabeza de arriba, y lo grande es que pronto perdió también la de abajo y se botó a la calle…» (Ídem)


b)   « De ahí van al parque, toma ron “a pico de botella” y, a pesar de la brisa del mar, los mosquitos los acosan» (p.33)


c)   «El Diablo no duerme ; comenzó a beber no más para complacer a sus clientes…»p.30)


d)   «Tú pareces que tienes el Diablo adentro…» (p.33)


2.   ¿Qué provoca el surgimiento y uso del lenguaje de la calle?


a)   La naturaleza cambiante o evolutiva afín a toda lengua.

b)   Reacción natural contra la norma lingüística.

c)   Deseo de conectar o sintonizar con el pueblo.

d)   La masificación lingüística.

e)   Culto a lo fácil o al menor esfuerzo

Como resultado de la evolución de la lengua, en la modalidad callejera, el significado denotativo de muchas de las voces o expresiones de la lengua estándar, especialmente verbos y adjetivos, son reemplazadas por nuevas formas. A saber: «Me hija se “metió” con ese hombre» (se casó); «Me “quillé”» (me molesté); «Le “echaron” el guante» (Lo apresaron); «“Suéltame” en banda» (Déjame quieto, no me fastidies…); «Intentó provocarme, pero lo “solté” en banda…» (… no le hice caso, lo ignoré); « Ella es mi mano derecha» (asistente o persona de confianza ) ; «Él está “caliente” conmigo» (Yo  estoy molesto  con él »; «Dicen que ella se “acuesta” con su jefe» (sostiene relaciones sexuales…); «Ese trabajador es un cabeza caliente» (agitador); «Desde que supe que estaba en el barrio, prendí la pasola y le “frené” en la casa» ( me le aparecí…); « Vivir a sus anchas» (cómodo )

 Y en  el sociolecto callejero de la juventud es muy común escuchar frases del tipo: «Pila de bobos» (muchos problemas); « Ese tipo es el final» (Es lo máximo); « Esta mañana escuché a Boca de Piano, y debo decirte que me “hizo¯ el día» (Me alegró el día); « ¿Y te pagaron buena moña por el trabajo?» (¿Y te pagaron mucho dinero...?

En semejante contexto callejero - juvenil, adjetivos como “sicópata» y «sicario» cambiaron su original esencia semántica o sus nada apreciables sentidos de “asesino a sueldo” y “Persona que padece anomalía síquica”, por el de “Persona hábil o competente”, en tanto que en vez de construcciones propias de la función  fáticas  de la lengua, tales  como «¿Entendiste?» y «Así es…», se prefiere preguntar: « ¿Le llegaste?» y exclamar: « ¡Llévate de mí!», respectivamente.

24/AGOSTO/2023

PERFIL LINGÜÍSTICO Y SICOLÓGICO DE LA ENVIDIA


"Espero que tengas una buena razón para envidiarme, pues yo tengo miles para que tu envidia no me importe

Anónimo»

¿Qué es la envidia?

1.    La «Tristeza o pesar del bien ajeno» - se lee en el diccionario académico.

2.     La «Pasión de los mediocres” – apunta, entre otros conceptos, José Ingenieros (1877 – 1925) en su muy leída y citada obra El hombre mediocre.

Del primer concepto se infiere que el germen moral de la envidia yace en el sufrimiento que se genera frente al triunfo ajeno, triunfo que el envidioso asume como su propia derrota. Por esa razón, al igual que los  hipócritas,  los envidiosos se tornan renuentes a   reconocer  los méritos y el éxito de  de los demás, y cuando elogian, sus elogios resultan ser siempre falsos, irónicos, simulados o  carentes de  sinceridad. Esto quiere decir, que entre la envidia y la hipocresía, las fronteras que las diferencian son bastante difusas. La segunda, no es más que la más fiel expresión de la primera.

El gran parecido entre una y otra lacra de la personalidad, lo describe magistralmente José Ingenieros, cuando acerca de la envidia afirma que «Es pasión traidora y propicia a las hipocresías» (p.138)

«La envidia – amplía Ingenieros en la precitada obra - « Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloriaajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia» (p.137)

Los envidiosos son seres inauténticos, peligrosos, angustiados, sumidos en una tristeza eterna, avergonzados de sus fracasos y ausencia de méritos; y su agria reacción, sin sospecharlo, se traduce en el más auténtico homenaje al ser envidiado. Ingenieros así lo concibe al establecer que:

  «Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno» (Ídem)

Entre las diversas lacras que empañan el comportamiento humano (hipocresía, envidia, traición, celos, mentira, simulación…), la envidia, para Ingenieros, es la más innoble de todas. Entiende al respecto el afamado escritor, siquiatra y sicólogo argentino que la envidia:

«Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres 

vulgares. El que envidia – argumenta Ingenieros - se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno. Esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal…» (Ídem)

« Entre las malas pasiones – resume el autor - ninguna la aventaja…»  (Ídem)

Por su conducta lingüística “los conoceréis”

¿Cómo identificar  a los seres envidiosos?

Basta escucharlos con detenimiento y analizar  lo que dicen. Siempre están recordándole el pasado de pobreza y humildad a todo aquel que en base a trabajo y sacrificio ha triunfado o escalado hasta la cima del éxito. De este siempre dirán que es “privón”, “arrogante”, “orgulloso” o “comparón”. Veamos algunas de sus rabiosas expresiones:

1.    « ¡Señores, quien era Salustiano!, “un pata rajá”, y mírenlo ahora… Después que consiguió tres pesos, ya no saluda a nadie…»

2.    « ¡Pero a ese “pata polvosa” parece que ya se le olvidó de dónde viene o dónde nació y  se crio!»

3.    « ¡No lo soporto por engreído y comparón! Parece que ya no recuerda quién era…»

4.    «Ese tipo era un simple operario en la Zona Franca y ahora, porque tiene un cargo en el gobierno, se cree que es “la última Coca-Cola”»

Todo aquel que así se expresa o  constantemente vive resaltando las antiguas carencias o penurias del triunfador, es porque la envidia le está devorando el alma o quemando las entrañas. Se trata de palabras que, en su sentido profundo, entrañan pesar, sufrimiento y delatan molestia o una rabiosa resistencia a aceptar el triunfo de los demás. Palabras, en fin, que ponen de manifiesto el tormentoso dolor que sentimos cuando vemos que alguien disfruta el éxito y bienestar que tanto deseamos.

 3/AGOSTO/2023