miércoles, 24 de febrero de 2021
LAS MAÑAS QUE IMPIDEN LA ESCUCHA ACTIVA
jueves, 11 de febrero de 2021
LA LIDOM, LOS CRONISTAS DEPORTIVOS Y EL NOMBRE DE NUESTRO PAÍS
Por: Domingo Caba Ramos.
El fundador de la nacionalidad dominicana, Juan Pablo Duarte, en su muy famoso e histórico Juramento Trinitario, apunta lo siguiente:
«En nombre de la Santísima, augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en nombre de nuestro presidente, Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano, y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana…»
Mientras que nuestra constitución, en su Art. 1, establece que:
« El pueblo dominicano constituye una Nación organizada en Estado libre e independiente, con el nombre de República Dominicana…»
Eso quiere decir que, según lo ideó el patricio Juan Pablo Duarte y lo consignó luego el legislador en nuestra Carta Magna, el nombre de nuestro país es República Dominicana, no «Dominicana», como se lee en las páginas deportivas y se escucha en la cadena de radio y televisión que todos los años transmite los juegos de béisbol correspondientes a la Serie del Caribe. En otras palabras, aunque no existe en el mundo ningún país llamado «Dominicana», nuestros cronistas deportivos persisten en llamar así a una nación cuyo verdadero nombre es República Dominicana, incurriendo de esa manera en una innecesaria distorsión de la esencia de la auténtica denominación.
Pero no solo los cronistas. En el mismo error incurre la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana (LIDOM), cuando decide identificar el uniforme del equipo representativo de este país en la Serie del Caribe con el nombre de «Dominicana».
Es posible que se alegue que el nombre que
identifica a nuestra patria es muy largo, y que por esa razón resulta difícil
inscribirlo completo en un uniforme. De ser así, ¿por qué entonces no se
escribe en este REP. DOM., o, simplemente, R.D.?, sigla esta última que
históricamente ha sido utilizada para representar el nombre de la patria de
Duarte, Sánchez, Mella y Luperón.
Al decir simplemente «Dominicana», ¿qué mensaje les
transmiten nuestros cronistas deportivos y la LIDOM a los demás países que
participan en esa caribeña competencia?
Sencillamente, que nuestro país se llama «Dominicana». Por eso no me
extrañó que estando hace ya varios años en México, un nativo de esta nación me
preguntó que si yo era de «Dominicana». Acto seguido le respondí, ocultando
naturalmente mi molestia:
« De “Dominicana” no. Yo soy de
la República Dominicana».
El que el amigo mexicano creyera que así se llamaba mi patria, no me
sorprendió, por cuanto es bien sabido que los medios de comunicación,
conscientes o inconscientemente, y debido a la gran influencia que ejercen,
trazan las pautas en el uso de la lengua. De tanto leer y escuchar el
término «Dominicana», es lógico, pues, que todo extranjero piense
que así se llama la patria que hace casi dos siglos independizó Juan Pablo
Duarte. Y, peor aún, hasta los niños dominicanos podrían pensar lo mismo.
Conviene tener siempre presente que la palabra República forma parte del nombre
de nuestro país, razón por la cual nunca deberá omitirse cuando este se
exprese, ya sea en forma oral como escrita. Con el nombre de República
Dominicana, vale aclarar, sucede lo mismo que con el de La Romana, cuyo artículo antepuesto (La) suele
omitirse, a pesar de ser parte de dicho nombre. Cuando se refieren a esta
ciudad, muchos cronistas deportivos prefieren decir simplemente Romana, como se
aprecia en frases del tipo:
a) « Hoy no habrá juego en Romana…»
b) «En Romana
Escogido vence a Toros»
En el uso de la lengua, conviene siempre recordarlo, no debemos
distorsionar la realidad. En tal virtud, los nombres que designan esa realidad,
hay que emplearlos en su justa, auténtica y completa denominación.
domingo, 24 de enero de 2021
DUARTE A TRAVÉS DE SUS VERSOS
Por: Domingo Caba Ramos
« Duarte no fue ajeno al quehacer poético. La Providencia le concedió el don profético de la inspiración…»
Julio Jaime Julia.
En el sentido técnico y artístico del término, el patricio Juan Pablo Duarte no fue poeta. O “no presumía de poeta”, al decir del destacado historiador Vetilio Alfau Durán. La poesía no constituyó para él una actividad constante y permanente. No fue un quehacer habitual en su vida. Por eso apenas trece poemas conforman su producción poética: «Tristezas de la noche», «Santana», «Canto de guerra», «Antífona», «El criollo», «Desconsuelo», «Súplica», «Himno», «La cartera del proscrito» y otros cuatro carentes de títulos.
Escribió
impulsado por las circunstancias o los imperativos del momento, y muy
particularmente, como una forma de desahogo sentimental, vale decir, como un
instrumento de expresión de sus sentimientos patrióticos. Y de manera muy especial, para expresar la
pena, el dolor, la angustia y las emociones que el destierro y el exilio
desencadenaban en su alma atribulada.
Sus
poesías, al decir de Joaquín Balaguer, fueron “escritas sin pretensiones literarias, no estaban destinadas a la
publicidad y en su mayor parte desaparecieron en el destierro con el resto de
sus papeles íntimos…”. A través de estas se puede determinar la dimensión
de sus sentimientos patrióticos y conocer aspectos importantes de su
personalidad. La casi totalidad de sus versos constituyen el más fiel retrato
de la figura del padre de nuestra independencia. Las siguientes muestras
poéticas así lo ponen de manifiesto:
En «La
cartera del proscrito» expresa Duarte el pesar que se siente en la vida
azarosa del destierro:
«Cuan triste, largo y cansado,
cuan angustioso camino,
señala el Ente divino,
al infeliz desterrado.
Llegar a tierra extranjera,
sin idea alguna ilusoria,
sin porvenir y sin gloria,
sin penates ni bandera…»
En «Tristeza
de la noche» la soledad, las nostalgias, el dolor y la melancolía
pueblan la mente atormentada del fundador de nacionalidad dominicana:
«Triste es la noche, muy triste,
para el mísero mendigo,
que sin pan, tal vez, ni abrigo
maldice la soledad.
Triste es la noche, muy triste,
para el bueno y leal patricio,
a quien aguarda el suplicio,
que le alzó la iniquidad…»
El 22 de agosto de 1844, el entonces presidente de la República, dictador Pedro
Santana, firma la sentencia mediante la cual se destierra a perpetuidad a
Duarte junto a otros patriotas, acusados de “traidores de la Patria”. El 10 de agosto,
los desterrados abandonan el país e inician la tortuosa ruta del destierro
rumbo al puerto de Hamburgo, Alemania. La larga travesía es aprovechada por
nuestro libertador para en la que se considera su mejor composición poética, «Romance»,
describir o dejar gravado en románticos y épicos versos el dolor que siente
quien se ve obligado a abandonar su lar nativo e iniciar el recorrido que
conduce al mundo pesaroso del exilio:
«Era la noche sombría,
y de silencio y de calma,
era una noche de oprobio,
para la gente de Ozama,
noche de mengua y quebranto,
para la patria adorada,
y el recordarla tan sólo,
el corazón apesara.
Ocho los míseros eran,
que mano aviesa lanzaba,
en pos de sus compañeros,
hacia la extrajera playa…»
La humildad característica del patricio no le permite referirse en primera persona
del singular a un acontecimiento del cual fue él su principal actor. Por eso informa
en tercera persona del plural:
«Ellos
que al nombre de Dios,
patria y libertad se alzaran,
ellos que al pueblo le dieron,
la independencia anhelada,
lanzados fueron del suelo,
por cuya dicha lucharan.
Proscritos sí por traidores,
los que de lealtad sobraban…»
Sólo para presentarse como un simple testigo o relator de los lamentos
percibidos, emplea Duarte la primera persona:
«Se les miró descender,
a la ribera callada,
se les oyó despedirse,
y de su voz apagada,
yo recogí los acentos,
que por el aire vagaban»
«Los blancos, morenos,
cobrizos, cruzados,
marchando serenos,
unidos y osados,
la patria salvemos,
de viles tiranos,
y al mundo mostremos,
que somos hermanos»
lunes, 18 de enero de 2021
LA CALUMNIA Y SUS LETALES EFECTOS
Por: Domingo Caba Ramos.
Difícilmente exista un ser en el
mundo que alguna vez no haya sido calumniado. Muy especialmente en los procesos
electorales, en países de escaso desarrollo como el nuestro, las calumnias perversas
brillan por su presencia. Según el mundialmente famoso pensador y mejor orador
romano, Marcos Tulio Cicerón:
«Nada hay tan veloz como la calumnia; ninguna
cosa más fácil de lanzar, más fácil de aceptar, ni más rápida en extenderse »
Y yo afirmo al respecto:
La calumnia, "hermana gemela de la envidia", es el arma de los
mediocres, el argumento de los perversos, la verdad de los degenerados, el
parto perturbador de las lenguas letales.
El diccionario de la Real Academia Española (RAE), de su lado, define el
término, estableciendo que calumnia es una:
1. «Acusación falsa,
hecha maliciosamente para causar daño»
2. « Imputación
de un delito hecha a sabiendas de su falsedad»
Independientemente de la naturaleza
falaz de la calumnia, hay que admitir que el calumniador logra, en términos
parciales, su propósito, por cuanto si bien podría parecer carente de
credibilidad, su juicio siembra las dudas en el sujeto perceptor del mensaje
calumnioso propalado. Opera, pues, como esas heridas aparentemente inofensivas
o sin importancia: se sanan, pero queda la cicatriz.
Pablo Neruda, en su breve, pero muy aleccionador poema «La calumnia », la describe como sigue:
LA
CALUMNIA
«Puede una gota de lodo,
sobre un diamante caer;
puede también de este modo,
su fulgor oscurecer,
pero aunque el diamante todo,
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno,
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante,
por más que lo manche el cieno »
martes, 12 de enero de 2021
LA MAGIA DE LA LECTURA
Por: Domingo Caba Ramos
En los tiempos modernos, la lectura ocupa un lugar de primerísima importancia.
Cada vez se hace más imperiosa la necesidad de poseer una mayor información y
formación cultural, esto es, de estar al día de los últimos acontecimientos
acaecidos tanto en el ámbito nacional como internacional. Y eso, obviamente, solo
se logra a través de la lectura.
La lectura nutre el intelecto, recrea el espíritu, activa la imaginación y
orienta el rumbo que conduce a la meta deseada. Ella nos permite captar una
nueva y más amplia visión del mundo y un agudo conocimiento del medio que nos
rodea.
La lectura franquea el camino del arte y abre las puertas del conocimiento
científico. Los grandes hombres y mujeres de la humanidad fueron antes que
todo, grandes lectores.
Emmanuel Kant, por ejemplo, gracias a su constante actividad lectora, logró
forjarse un dominio casi enciclopédico tanto de la filosofía como de la cultura
universal sin haber salido nunca de su natal y pequeño pueblo, Konigsberg
(Alemania); en tanto que de Miguel Cervantes, autor de la más grandiosa novela
escrita en lengua española, "El Quijote", se afirma que leía hasta
los papeles rotos que encontraba en la calle.
Es innegable la poderosa influencia que ejerce un libro en el desarrollo
histórico social. “Del destino de los
libros - apunta M. Ilim - depende con
frecuencia el destino de las gentes, de los pueblos y hasta de los países”.
La lectura actúa como soporte teórico de la práctica profesional. Esto quiere
decir que un médico, maestro, abogado, ingeniero o cualquier otro profesional
que no se actualice mediante la lectura constante, está condenado a ser un profesional
mediocre o atrasado académicamente.
Urge, pues, incentivar la lectura de obras literarias, tratados científicos,
periódicos, revistas y todo tipo de material bibliográfico. Como reza en la muy
conocida frase: " Quien no lee no
tiene derecho a la palabra"
La escuela dominicana, en este sentido, está llamada a desempeñar un papel
protagónico, vale decir, se hace necesario que la lectura cubra un espacio
privilegiado en el trabajo escolar. Porque como bien observó don Pedro
Henríquez Ureña: “El hábito y amor a la
lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para
abrirle el mundo de la cultura universal”.
Sabemos, como afirma el gran humanista dominicano, que el bajo “desarrollo de las bibliotecas públicas y de
las bibliotecas escolares no permite todavía a los maestros disponer de la
variedad de libros que necesitarían para revelar al niño la multitud de casos
interesantes que le brinda la lectura”. Pero entendemos, no obstante, que
unidos, optimistas y animados de la mejor intención es mucho lo que podemos
hacer para que en República Dominicana se ensanche cada vez más el reducido
círculo de lectores que hasta ahora tenemos.
Sólo así podemos ensanchar nuestro horizonte cultural. Solo así es posible
evitar que los dominicanos continúen “pesando”
los libros antes de leerlos. Y sólo así podemos evitar también que unas lindas
jóvenes vuelvan a declarar en un concurso de belleza que América fue
descubierta en 1980, que este continente fue descubierto por Juan Pablo Duarte,
que a Juan Bosch se le concedió el Premio Nobel de Literatura y que Gabriel
García Márquez es uno de los más brillantes dominicanos.
martes, 5 de enero de 2021
«ILUMÍNAME, POR FAVOR»
Por: Domingo Caba Ramos
(A: Adriano Miguel Tejada - In Memoriam)
Adriano Miguel TejadaEl día 12 del recién pasado mes de octubre, justamente ocho días antes de cesar en su puesto como director de Diario Libre y casi dos meses antes de su sentido fallecimiento (2 de dic.), Adriano Miguel Tejada o “Linche”, como lo llamábamos los cibaeños de mocana procedencia, me envió, vía correo electrónico, la nota consultiva que se trascribe más abajo:
«No
encuentro el origen de “ni” con significado de “muchos”. Ej. “ni cuántos
niños”… Ilumíname, por favor». Adriano.
Se trató, obviamente, de una inquietud lingüística
que el destacado comunicador e intelectual mocano, dando muestras de su
humildad característica, quiso compartir conmigo.
Dos días después, procedí a escribir la respuesta
correspondiente; pero por confusión, nunca se la envié, aun cuando estaba seguro
de que así lo había hecho.
Esta vez, al cumplirse el sábado de la pasada
semana el primer mes de su dolorosa y definitiva partida, me permito publicar
el contenido de la referida respuesta. En esta, yo le decía a mi amigo Adriano
lo siguiente:
«Apreciado
Adriano:
Ciertamente en contextos como el que usted señala (“ni cuántos niños”, “ni cuántas niñas…”),
en el español dominicano es frecuente el uso de la conjunción copulativa “ni”. Un uso bastante extraño a la luz de
la función sintáctica que esa partícula de enlace desempeña. Y debido a ese
extraño uso, no descarto que se trate de una construcción morfosintáctica
característica del habla dominicana, como sucede en esta con la archiutilizada
expresión « Ello hay…»
«Ni», una de las primeras conjunciones que
aparece en el lenguaje del niño, al decir de Samuel Gili Gaya (Curso superior de sintaxis española (1972),
en su empleo normal encierra una doble significación negativa y conjuntiva, y
en virtud de su copulativa esencia, expresa relación de simple suma cuando las
oraciones sumadas son negativas: El nunca
incumplió con sus deberes ni violó las normas establecida.
Más explícita resulta la explicación que ofrece la “Nueva gramática de la lengua española”
(2010) cuando establece que «… los grupos
coordinados por “ni” en posición posverbal exigen una negación preverbal…»: a) Nunca escribe ni llama b) Ella no
escribió ni llamó.
En tal virtud, en un enunciado exclamativo del tipo:
¡Ni cuántos niños había allí…!
claramente se percibe la ausencia de la negación preverbal de que nos habla el
precitado texto académico. En semejante contexto, “ni” dista bastante de
desempeñar su papel habitual de unir o coordinar de manera aditiva elementos,
en el primero de los cuales se exprese un mensaje negativo. Y hasta podría pensarse, como lo plantea usted
en su breve nota, que al susodicho nexo se le está confiriendo valor adverbial
y utilizando erróneamente con el significado de “muchos”
Mi punto de vista al respecto es distinto. Pienso que cuando en un contexto exclamativo,
el hablante expresa: « ¡Ni cuántos
niños…!», mas que emplear erróneamente una conjunción (“ni”) con valor
semántico igual al de un adverbio (“muchos”) lo que en esencia hace es reemplazar,
también de manera irregular, una conjunción (“pero”) por otra conjunción (“ni”).
Ese cambio irregular conduce al hablante a decir, por ejemplo: « ¡Ni cuántos niños, señores…!», en
lugar de: « ¡Pero cuántos niños, señores…!
Afectuosamente,
Domingo Caba R.»
14/10/2020
miércoles, 30 de diciembre de 2020
EL HOMBRE LIGHT
Por: Domingo Caba Ramos.
¿Conoce usted, amigo lector, los rasgos
caracterizadores del hombre light? ¿Conoce usted el perfil psicológico de este
nuevo personaje, típico de la postmodernidad?
El Dr. Enrique Rojas (1949), afamado investigador,
ensayista y siquiatra español, lo describe en forma magistral en su libro “El hombre light” (1996)
El hombre light, al decir del citado autor, emerge
en sociedades moralmente enfermas. Entre ese individuo y los llamados productos
light no existen diferencias algunas. Así como estos productos carecen de
grasa, alcohol, azúcar, caloría, glucosa, cafeína, nicotina y otros elementos
esenciales, el light es un ente que carece por completo de sustancia, principios,
contenido, ideales y valores. Se trata de un ser, hombre o mujer,
sumamente superficial, “entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo
ilimitado y sin restricciones” (pág.11), un individuo “relativamente
bien informado, pero con escasa educación humana” (pág. 13) Un ser frío que
no cree en casi nada y cuyas opiniones cambian rápidamente y se ha apartado de
los valores trascendentes.
Plantea Rojas que este hombre carece de referentes.
En su mundo interior posee un profundo vacío existencial, y no es feliz aun
cuando tenga todas sus necesidades materiales resueltas. Su condición de
persona light, lo transforma en un sujeto insustancial, indiferente,
consumista, falso, hipócrita, materialista, simulador y dueño de una conducta
desprovista de sólidos principios.
Apunta el reputado profesional de la conducta, que
al hombre light “Todo le interesa,
pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que
percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial,
ligero, frívolo. Que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos
en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo…”
(pág.14)
El hedonismo y la permisividad, según Rojas,
constituyen las dos notas distintivas del comportamiento light.
A la persona light nada le atormenta. Nada le
preocupa. Nada le quita el sueño. Siempre que logre sus propósitos, para él el
mundo está perfecto. Es un ser eminentemente ataráxico, hedonista y aséptico,
en cuyo cerebro brillan por su ausencia valores como la vergüenza, la pasión,
el sentimiento de culpa, la solidaridad, la lealtad, la sinceridad, la seriedad
y la responsabilidad, entre otros.
«
Estamos – subraya Enrique Rojas – en la era del plástico, el nuevo signos de los tiempos»
(p.17). Era en la que «el ideal
aséptico es la nueva utopía» (p.16)
Y así es.
Como afirma el citado escritor madrileño, en
nuestras cotidianas relaciones interpersonales estamos rodeados de personas
plásticas, frívolas, livianas, fofas y acomodaticias. De seres descomprometidos
o desvinculados de casi todo lo que los rodea. De seres con un ansia desmedida
de protagonismo, cuyo propósito fundamental es despertar admiración y envidia.
Seres para quien el protagonismo ajeno poco importa y hasta cierto grado le asquea,
apelando, en tal virtud, a todos los recursos par opacarlo.
En términos generales, el hombre light se
caracteriza porque es un ser:
1) Hedonista: el placer para él
está por encima de todo.
2)
Débil de
pensamiento:
sus convicciones carecen de firmeza y sus opiniones cambian con facilidad.
3)
Ideológicamente pragmatista.
4)
Plástico o superficial.
5)
Frío, indiferente o neutral: se resiste
a asumir compromisos.
6)
Carente de valores y /o principios
trascendentes.
7)
Ciegamente aferrado a lo que está de moda o
vigente socialmente.
8)
Moralmente vacío.
9) Individualista y
materialista:
débil concepto de la solidaridad y colaboración humanas.
¿Dónde podemos encontrarnos con esta categoría de
individuo?
Sencillamente mire a su alrededor, observe con
detenimiento y ahí usted encontrará no sólo uno, sino decenas de estos
inauténticos, plásticos y muchas veces ponzoñosos personajes.




