Por : Domingo Caba Ramos
"E l feminismo ortodoxo, acrítico y
acultural entiende, tal como se lo enseñó el marxismo o la sociolingüística,
que la lengua es un instrumento de dominación al servicio de la sociedad machista"
(Diógenes Céspedes)
El ala radical del movimiento feminista considera
que la lengua española es androcentrista, sexista, machista y, por ende,
discriminatoria. Así la califica el feminismo ortodoxo, por entender que en ella
se emplean formas lingüísticas que pudiendo aludir a los dos géneros en
determinados contextos (masculino/femenino) solo
hacen referencias al género masculino. Que por destacar el predominio de este,
tales formas resultan discriminatorias por razones de sexo, y que, por tal
razón, al emplearlas se incurre en “sexismo
lingüístico”.
Para combatirlo, el feminismo publicó en la segunda mitad
de la década de los ochenta unas propuestas o recomendaciones que buscaban
«visibilizar» a la mujer (incluirla en el discurso) a través del uso de
dobletes genéricos o de la doble mención genérica, consistentes en utilizar,
tanto en masculino como en femenino, el sustantivo núcleo y las palabras que en
su rol de modificadores lo acompañan: «Los
dominicanos y las dominicanas luchadores
y luchadoras…», «Todos y todas…»,
«Los ciudadanos y las ciudadanas…», «Bienvenidos y bienvenidas…»
Tales normas, al decir de Miguel
García Posada (1944 – 2012) filólogo, escritor y crítico literario español,
carecen por completo de pertinencia lingüística, por cuanto a su juicio «fueron
redactadas por gente
que, sin duda, sabe mucho de sexismo; pero muy poco de lenguaje”. Al respecto, yo considero lo
mismo. Y adicionalmente entiendo que de
haber enfocado el problema con una visión científico - lingüística y no desde
una perspectiva ideológico - clasista
los propulsores de dichas propuestas en general y de la doble mención genérica
en particular, bien pudieron entender que al utilizar los dobletes
genéricos propios de la denominada lengua con perspectiva de género o sexista:
1) Se confunde el género biológico (hembra/varón) con el género gramatical (masculino/ femenino) o, lo que es lo mismo, se identifica el género gramatical con sexo, olvidando talvez, que existen seres asexuados (las cosas) a los que sí se les puede atribuir un género; pero jamás encasillarlos en un sexo determinado. ¿A qué conduce eso? “A una confusión semántica y a una sintaxis enemiga de la ley del menor esfuerzo como principio innegociable de la comunicación lingüística” –responde el profesor Diógenes Céspedes.
2) Se viola el principio de economía lingüística o ley del menor esfuerzo. Para comprobar esto, sólo hay que descubrir las palabras que sobran cada vez que se utilizan monótonos dobletes genéricos en frases del tipo: los y las amigos y amigas, todos y todas, maestros y maestras, etc.; o en párrafos como: “Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por haber sido instados e instadas, e incluso obligados y obligadas, a declararse católicos y católicas”.
3) Se incurre en violación o desconocimiento de las reglas de la concordancia del español. Una de estas establece que dos sustantivos de diferentes géneros demandan en masculino plural el adjetivo que los califica: “Niños y niñas traviesos…”. Pero el ultrafeminismo rechaza por machista este precepto y le opone sus engorrosas e indigeribles duplicaciones: “Niños y niñas traviesos y traviesas”.
4) Se olvida que la función fundamental de la lengua es la comunicación. La construcción sintáctica que pretende el feminismo, por farragosa, resulta confusa, oscura y poco comunicativa.
5) Se olvida que la lengua española no es en sí misma tan sexista como parece, sino el uso que de ella hace el hablante. En tal virtud vale destacar que el escritor, profesor e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España, Álvaro García Meseguer (1934 -2009), publicó en 1977 el libro Lenguaje y discriminación sexual , donde establecía que la lengua española era profundamente sexista; pero diecinueve años después se retracta cuando en su nueva obra, ¿Es sexista la lengua española?, (Paidós, 1996, Barcelona, pág.17), admite que había confundido género y sexo, que la lengua española es inocente y que el sexismo lingüístico radica en el hablante o en el oyente, pero no en la lengua.
6) Se ignora, como muy juiciosamente afirma Miguel García Posada, que el genérico masculino no es suprimible: pertenece al código básico del idioma, no al uso individual. Que en español, el masculino es el término no marcado y por eso “niño” puede servir para ambos géneros, contrario a niña que sólo significa “niña”, toda vez que el femenino es el término marcado.
7)
Se Incurre en vacilaciones frecuentes. Esta
vacilación se manifiesta de dos maneras:
a) Se distinguen o expresan los dos géneros en el sustantivo, pero no en el adjetivo que lo califica: “No votaré por candidatos y candidatas corruptos…” (¿Por qué no corruptas?)
b)
Tanto en la expresión oral como escrita, una
misma palabra aparece usada con distinción de género en un momento, y en otro
no. Así, es común leer publicaciones en uno de cuyos párrafos se lee: «Es papel de los/las maestras/maestras es
leer y fomentar el amor por la lectura…». Sin embargo, en el párrafo
siguiente, el mismo autor escribe que: «Sabemos
que los maestros siempre han sido los grandes olvidados…» (¿Por qué esta
vez se obvió la distinción genérica, al expresar solamente maestros y no
los/las maestros y maestras?
¿Por qué se producen estos casos de
vacilación?
Sencillamente, porque el hablante que así
procede no tiene internalizada en su cerebro esa estructura sintáctica, esto
es, los desdoblamientos o dobletes genéricos; porque actúa movido por la moda,
por la imitación, sin conciencia lingüística, por presión, esto es, para evitar
la etiqueta de machista, o quizás para estar bien o no entrar en contradicción
con el movimiento feminista.
El feminismo ha sabido penetrar e insertar sus
normas en los documentos de muchas instituciones públicas de la República
Dominicana; pero fundamentalmente en aquellos que versan sobre el proceso de
transformación curricular de la educación dominicana. De ahí que sea muy común
escuchar a maestros, técnicos, empleados y funcionarios del Ministerio de
Educación hablar de alumnos y alumnas, maestros y maestras, profesores
y profesoras, etc., los cuales, al igual que otros carecen por completo de
pertinencia desde el punto de vista lingüístico.
A esa profusión de dobletes, algunos autores
los llaman «cursilerías », « insensatez, ñoñeces o locuras feministas», «
plagas de género » “piruetas”, “circunloquios”, “tonterías”, “mojigatería”,”
ridiculeces”, etc. Yo, en cambio, prefiero denominarlos “ridiculez lingüística” y “extravagancias
léxicas”. Y las voces que se oponen a esas formas feministas han sido
denominadas por sus defensoras: “alaridos
misóginos”, “posturas patriarcales”, “rugidos discrepantes”
Ya nos imaginamos cómo variarían los nombres y
las siglas de nuestras instituciones en caso de que se cumpla ciegamente el
mandato feminista:
a)
a) Cámara de diputados y
diputadas de la República Dominicana
b)
b) Asociación Dominicana de Profesores y
profesoras (ADPP)
c)
c) Sociedad de padres y madres, amigos y amigas
de la escuela
d)
d) Colegio de ingenieros e ingenieras,
arquitectos y arquitectas, agrimensores y agrimensoras
e)
e) Colegio de abogados y abogadas de la República
Dominicana
f)
f) Día de los enamorados y enamoradas
g)
g) Día de los /las fieles difuntos y difuntas
h)
g) Partido de los/las
Trabajadores y Trabajadores Dominicanos y Dominicanas ( PTTDD) , etc.
Oponerse a estas formas de expresión, de
ningún modo implica desconocer o resistirse a la evolución de la lengua o
adoptar una actitud en contra de la igualdad de derechos de la mujer, como
afirman o contraargumentan sus radicales defensoras.
La lengua, como afirma el afamado lingüista y
lexicógrafo español Samuel Gili Gaya (1892 -1976) «no permanece inalterable», vale
decir, cambia, evoluciona. Y cambia, nadie lo discute; porque solo así puede
cumplir con su función y renovarse permanentemente, y porque necesita adaptarse
constantemente a los cambios que se producen en el mundo, como única forma de
dar respuestas a las necesidades de sus usuarios; pero esa evolución, conviene
precisarlo, se origina de manera natural, nunca por presión externa de un grupo
reducido de hablantes, sino impulsada por la fuerza de su dinámica interna.
La lengua se resiste de inmediato a cualquier
tipo de control externo, y es de ahí que el cambio lingüístico, el cual se
caracteriza por ser armónico y sistémico, ni se propone ni se impone; pues de
ocurrir así, los hablantes no lo asumirían o adoptarían una actitud de radical
resistencia. Por eso a nadie ha de extrañar el rechazo casi unánime que ha
recibido el intento del movimiento feminista de tratar de imponer sus formas
expresivas en el mundo hispanohablante.
Cónsono con la ideología y el discurso
feminista, un colega, escritor y
destacado maestro universitario, al referirse al tema del sexismo lingüístico
escribe que «el sexismo
discursivo y lingüístico refuerzan la desigualdad y la discriminación hacia la
mujer» . A tono con este planteo, el precitado autor
establece un paralelo entre lengua no sexista y trato a la mujer, al sostener
que «Hay que rescatar lo
femenino de la marginación discursiva. Si no se valora la mujer en el
discurso, - puntualiza – tampoco se valorará lo suficiente en la práctica. También lo
inverso aplica; si no se valora la mujer en la realidad o la práctica, tampoco
se valorará en el discurso»
Necesariamente tengo que disentir o expresar
mi desacuerdo con el punto de vista precitado, toda vez que a la luz de la realidad, tan reivindicativo y
no menos dignificador juicio no se sostiene, por cuanto son muchos los casos de hombres que cuando
hablan en público, abarrotan su léxico de formas feministas, asumiendo así un
discurso inclusivo que no sienten ni comparten; mas, en el ámbito familiar,
ejercen contra sus parejas la más bestial de las violencias. Otros, como muchos
dirigentes y candidatos políticos, muy especialmente en los procesos
electorales, apelan al recurso de hablar destacando los dos géneros, con el
único y deliberado propósito de vender una falsa imagen de identidad con el
mundo femenino y captar de esa manera la simpatía y el voto de la mujer.
Los ideólogos del archifeminismo califican de
“machista” a todo aquel que se oponga o no comulgue con sus postulados y
prácticas lingüísticas “antisexistas”. Pensar así, es poseer una visión
desenfocada o al margen por completo de la verdadera esencia del problema.
Todos debemos apoyar la justa lucha de las
mujeres en pos de sus derechos de igualdad y en contra de la irracional violencia
masculina que mentes insensatas ejecutan en su perjuicio. Pero esa violencia,
de entrada, hay que tratar de encontrarla y combatirla primero en el seno
profundo de la sociedad y no en la estructura interna de la lengua.

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