domingo, 2 de noviembre de 2025

RELEVANTES Y CURIOSAS REFERENCIAS SOCIOCULTURALES EN EL LIBRO INFRAESTRUCTURA, DE FRANK MOYA PONS


(Al Ing. Víctor Polanco)

Por: Domingo Caba Ramos

 

Mi gran amigo Víctor Polanco, hoy exitoso ingeniero civil, es un tamborileño, otrora superestrella, no solo de la exitosa y temible selección municipal de su pueblo durante las décadas 70/80, sino también selección provincial (Santiago), selección regional (Cibao) y selección nacional. A pesar del perfil numérico de su formación profesional, este ingeniero es muy aficionado a la lectura. Por esa razón, con él, además de cálculos, diseños, topografía, Geología, estructuras físicas, y otros aspectos afines a su carrera, se puede hablar de historia, literatura, política, deportes y otros temas del saber humanístico.


Una noche cualquiera del  mes de diciembre del 2019, se presentó a mi residencia, y me sorprendió con el mejor regalo que al final de ese año recibí con motivo de Navidad: el libro Infraestructuras: Las bases físicas del desarrollo dominicano
, del destacado historiador, Dr. Frank Moya Pons, valiosísimo texto, con cuya  puesta en circulación en Santiago de los Caballeros, el Grupo Empresarial Estrella celebró (nov. 2019) sus treinta y cinco (35) años de trayectoria en el sector construcción del país.


Pedro Delgado Malagón, al presentar el libro, resaltó que sus páginas recogen una síntesis histórica y fotográfica de las principales instalaciones y obras construidas en la República Dominicana desde 1853 hasta 2018, y que este enfoca su atención en la ejecución de grandes proyectos: ferrocarriles, carreteras, autopistas, avenidas, caminos vecinales, puentes, muelles, aeropuertos, hidroeléctricas, canales de irrigación y urbanizaciones. Una historia del desarrollo, construcción e implantación de las infraestructuras fundamentales que explican el desarrollo dominicano.


El libro vale no solo por la relación que nos presenta acerca de las infraestructuras físicas ya señaladas, sino además por el contexto histórico – cultural en el que esa síntesis se inscribe. Como parte de este contexto, el autor presenta una serie de informaciones que por raras, desconocidas y no menos curiosas, atraparon grandemente mi atención. Entre otras, conviene citar las siguientes:

1) Hasta el 1917, la falta de caminos y carreteras en el país, aparte de obstaculizar el aprovechamiento de los recursos naturales y el crecimiento de las fuerzas productivas, dificultaba también el desplazamiento de los dominicanos de un lugar a otro. «Los caminos existentes – apunta el autor – no pasaban de ser meros senderos aptos para el paso de animales de montura y carga». De ahí que trasladarse de la capital a Santiago tardaba tres (3) días y dos (2) noches siempre que no hubiera lluvia. De Bonao a La Vega, siete (7) horas y otras tres (3) horas consumía el viaje de La Vega a Santiago. El traslado de un pueblo a otro se hacía a lomo de caballo, como bien lo describe Tulio Manuel Cestero (1977-1955), autor de la novela La sangre (1914), quien en 1900 emprendió un viaje a caballo capital – Cibao, que duró días, moviéndose entre montes, breñales y lodazales hasta llegar a La Vega. Después que aquí llegó, Cestero relata lo siguiente:

De Santo Domingo hasta La Vega, el camino es un solo pantano; no caminaban veinte pasos las bestias sin atravesar charcos, verdaderos arroyos de lodo, en los cuales el animal se sumerge hasta la barriga y sale gracias a la voluntad de las bestias criollas, a la espuela y los gritos del jinete…

2)  A partir de 1896, año en que se inauguró en Santo Domingo la primera planta eléctrica del país, los ayuntamientos de las ciudades más grandes, Santiago entre ellas, optaron por instalar sus propios sistemas de alumbrado eléctrico. Para economizar combustible, esos ayuntamientos formalizaron la costumbre de dejar sin energía el alumbrado público durante las noches de luna llena, es decir, en lugar de utilizar luz eléctrica, los funcionarios los preferían que los ciudadanos se alumbraran con la luz de la luna. ¡Sorprendente y original medida!


3)  En 1915, el ingeniero Louis Bogaert, de origen belga, estando en Mao, concibió la idea de construir un sistema de riego para irrigar las tierras que podían ser dedicadas a la agricultura. Tiempo después obtiene en el sector Hatico, de este municipio, para desarrollar su proyecto agrícola, la cantidad de 8,640 tareas de tierra a precios que oscilaban entre 25 y 50 centavos la tarea. Y es aquí donde en mayo de 1918 inicia la construcción del canal concebido, logrando que a través de este llegara agua por primera vez a la referida comunidad, el 28 de diciembre de ese mismo año, casi a la media noche. La sorpresa y la curiosidad no pudieron ser más impactantes. Se cuenta que hasta allí (Hatico) acudió todo el pueblo de Mao con jachos, cuaba y velones encendidos a contemplar el agua que fuía no desde las nubes, sino a través del recién terminado y extraño canal.

      Un dato que resalta en el texto que nos ocupa es que si bien Cristóbal Colón descubrió la isla de Santo Domingo el 5 de diciembre de 1492 durante su primer viaje al continente americano, no fue si no hasta el año 1922 cuando empezaron a inaugurarse las primeras carreteras en el territorio dominicano.

Curiosidades o extrañas realidades como las antes presentadas, sumadas a los datos que conforman el tejido conceptual central de este importante libro de Frank Moya Pons, le imprimen al libro Infraestructuras…  un innegable y trascendental valor que habrá de catapultarlo como una fuente obligada de consulta en la bibliografía histórico – cultural de la República Dominicana.

(Publicado en Diario Libre en fecha 10/10/2025)

¡LOOR A NUESTROS MERENGUEROS!

Por: Domingo Caba Ramos

 Así como en España existió un siglo de oro debido al extraordinario esplendor o florecimiento que se operó en la literatura, las letras y las artes, en la República Dominicana existió una década de oro del merengue, años ochenta, en virtud del gran auge que este ritmo alcanzó durante ese período.  De ahí que con razones sobradas dicho período haya sido denominado «Años dorados del merengue»

 Una simple revisión y evaluación de la calidad literaria de las letras de la mayoría de los merengues que lograron la máxima popularidad, bastaría para llegar a la conclusión de que los dominicanos hemos sido demasiado injustos con sus autores.

Pienso que “compositores” de la talla de Kinito Méndez, Pochi Familia, Toño Rosario, Musiquito y otros más, califican para ocupar un lugar de primerísima importancia en las páginas de nuestra literatura. Pienso que de la misma manera que Mariano Lebrón Saviñon, Pedro Mir, Manuel del Cabral y Juan Bosch han sido favorecidos con el Premio Nacional de Literatura, también a muchos de nuestros merengueros debería otorgárseles tan importante presea literaria.  Porque ellos también han demostrado ser “verdaderos poetas”.

Hay que ser poeta de verdad para en versos de «elevado acento metafórico» informarle al mundo: «Hay un hoyo / hay un hoyo / hay un hoyo a la orilla de mar.…».

Hay que estar provisto de una fértil imaginación creadora y de un envidiable poder de síntesis, para componer un merengue en cuyas letras no se diga más que: «alegría / alegría / alegría. Te conozco bacalao / aunque venga disfrazado...»

Rubén Darío, el talentoso bardo nicaragüense, fundador del modernismo, jamás contó con el talento para componer versos de irrepetible esencia lírica como los que conforman esa “brillante joya poética”, apenas constituida por los siguientes "versos": «Kulikitaka, Kulikitaka /Kulikitakatí, kulikitakatá».

Pablo Neruda obtuvo en 1973 el Premio Nobel de Literatura, pero a pesar de haber recibido la más alta distinción que se concede en el mudo literario, este autor jamás compuso un solo poema capaz de competir en calidad con «El baile del perrito».

 Y en cuanto a Fabio Fiallo, máximo exponente de la poesía amorosa en la literatura dominicana, pienso que careció de la suficiente capacidad o del vuelo poético necesario para preguntarle artísticamente a su amada: «¿Tú sabes a que yo vine / tú sabes a que yo vine? /. Yo vine pa' que mee... / yo vine pa’ que mee...»

 O para interrogar y aconsejar a la vez: «¿Tú la quiere mucho?  / pues cómetela ripiá…».

Con las muestras antes presentadas basta para formarse una clara idea acerca de la “trascendente” calidad que se percibe tanto en la forma como en las letras de nuestro principal ritmo folklórico.

Si Luis Camejo, el genial epigramista santiaguero, estuviera vivo, ya no tendría razones para burlarse de la pobreza literaria del merengue nuestro, como lo hizo hace ya a principios del siglo XX en unos mortificantes y ponzoñosos versos publicados en su libro “Puyas de la Jabilla” (1936). 

Dichos versos dicen así:


                        «Un músico de acordeón,

                        en una fiesta tocaba,

                        un merengue que ya hastiaba

                        a la típica reunión,

                           pues metido en un rincón,

                        tanto y tanto abría la boca,

                        cuando cantando decía:

                        “¡Ay... ay!, de Santiago a Moca”

 

                        Y cansado un bailador,

                        que sudaba como un potro,

                        le dijo: “¿no tiene otro,

                        merengue que sea mejor”?

                       

                        Y él contestó: “Sí señor

                        pero antes quisiera en pago,

                        de ron Coñac un buen trago,


                        para poderlo cambiar,

                        y de nuevo así cantar:

                        ¡Ay... ay!, “de Moca a Santiago”».

(Publicado en Diario Libre en fecha 25/9/2025)

 

 

 

EL POLICÍA DOMINICANO, SU VISIÓN DE LA AUTORIDAD, SU VIOLENTA CONDUCTA Y AUSENCIA DE PALABRAS


Por: Domingo Caba Ramos.

«Mi abuela siempre decía que había que acabar con los uniformes que le dan autoridad a cualquiera, porque ¿qué carajo es un general desnudo?»

(Facundo Cabral)

Desde que a un dominicano le enganchan un arma de fuego en la cintura y lo enfundan en un uniforme gris, parecen decirle:

 «Ya tú no eres una persona común, tú eres un jefe, una autoridad, tu humildad debes sepultarla. Por tanto, contigo hay que tener cuidado, y cualquier conflicto que te afecte, debes siempre resolverlo de manera violenta o diferente a como lo resuelve el ciudadano común; pues de lo contrario, tú no parecerías policía ni autoridad. Para tal fin, te estamos entregando esa arma. Sin hablar ni escuchar mucho, si tienes que golpear, golpea; si tienes que matar, mata… No olvides que tú eres un policía»

Por esa razón, cuando a un ciudadano común lo chocan o le rozan el vehículo, en la mayoría de los casos se desmonta de este, habla y hasta discute con quien le produjo el daño; pero no más de ahí. Cuando es a un policía o militar a quien le chocan o rayan su vehículo, especialmente si es oficial, se desmonta con pistola en manos, insulta, golpea, hiere o mata al otro conductor. Sencillamente, porque él es policía, y al policía hay que respetarlo y, por tal razón, aunque no haya habido descuido ni dañina intención, no se le puede rayar ni chocar su vehículo. No está para hablar mucho.  Si no reacciona con arrogancia violencia y poder, ese policía entiende que no es policía ni autoridad.

Recuerdo, a propósito, lo que hace cuatro años (2021) le sucedió a una arquitecta en Boca Chica. Junto a una niña, hija suya, la mujer, quien se encontraba en estado embarazo, se desplazaba por una de las calles del sector cuando sin querer chocó a un agente policial. Eso fue más que suficiente para que el miembro de la institución del orden asesinara a la arquitecta de un disparo a la cabeza, aun cuando también iba acompañado de dos hijos y su esposa.

Cuando a un ciudadano común, varios delincuentes intentan atracarlo, este entrega todas sus pertenencias a dichos atracadores para preservar su vida. El policía, más si tiene rango de oficial, enfrenta a los delincuentes, pues si se humilla ante estos para preservar su vida, considera que ya no parece policía ni autoridad. De ahí que, en la mayoría de intentos de atracos, los policías resultan muertos.

De manera que no solo fue el agente que salvajemente asesinó a la joven arquitecta. A cualquier policía que usted le choque o raye su vehículo, prepárese, que palo, insultos o tiros usted va a recibir, mucho más si ese agente está acompañado de otro agente. Porque para nuestros policías, solo el ciudadano común, cuando recibe un daño involuntario, debe reaccionar civilizadamente o en forma racional. El policía debe demostrar que es policía, que es una autoridad y, por tal motivo, prefiere poner de manifiesto esa autoridad, hablando más con la pistola y la macana que con la palabra.

Cuando el policía anda sin el uniforme y sin el arma de reglamento, se comporta como un manso corderito; pero desde que su cuerpo siente el calor de la tela gris o del recio cañón de la metralleta y la pistola, su ego se transforma de repente y se convierte en una verdadera fiera enjaulada.

Semejante conducta se repetirá en nuestro país, hasta que en el cuerpo policial se continúe “enganchando” gente carente por completo de sentido humano, conciencia cívica, valores éticos, saneada estructura mental, inteligencia emocional y la debida formación académica. O, lo que es lo mismo, mientras no se lleve a cabo una real y auténtica reforma policial.

Y nunca habrá verdadera reforma policial en la República, si primero no se trasforma la mente y la visión de autoridad que históricamente ha motorizado el accionar de la Policía Nacional.

(Publicado en Diario Libre en fecha 19/9/2025)

jueves, 11 de septiembre de 2025

ENTRE EL NIETO MAYOR DE MARÍA CRISTINA CAMILO Y YO


Por: Domingo Caba Ramos


De entrada, debo aclarar que los temas relacionados con el ámbito de la farándula no forman parte de mi centro de interés. Sin embargo, la dimensión educativa, artística y cultural que en vida tuvo, y hasta en la muerte tendrá, doña María Cristina Camilo, todo lo que a ella aluda, debe ser asunto de importancia para quienes directa o indirectamente hemos estado vinculado al mundo de la educación, la lengua, las letras y la cultura.
  Ante semejante contexto, proceder de manera indiferente no se correspondería con nuestra formación y oficio. Por esa razón, acerca de ella, hace cuatro años, publiqué un artículo. Y por igual razón, lo mismo hago esta vez.

El 15 de junio del 2021, la Asociación de Cronistas de Arte (ACROARTE) realizó su acostumbrado y anual acto de premiación en el cual se dieron a conocer los ganadores de los ya tradicionales Premios Soberanos. En esa ocasión, todo el país estaba a la expectativa, esperanzado en que el máximo galardón, el Gran Soberano, se le otorgaría, ¡por fin!, a la connotada, venerada y centenaria comunicadora, María Cristina Camilo (Maíta); pero para disgusto y frustración de muchos, no sucedió así. La ACROARTE prefirió conceder la más alta presea de su programa de reconocimientos a un joven cantautor de origen estadounidense, mientras que, con evidente propósito compensador, a doña María Cristina se le entregó una distinción (estatuilla) de muy inferior categoría.

Había que “rumiar” de alguna manera el enfado que tan inexplicable decisión generó en la conciencia colectiva, y fue entonces cuando a mí se me ocurrió escribir el artículo titulado «María Cristina: Una estatuilla, un insulto y una falta de respeto», publicado en este mismo diario en fecha 18/6/2021

Cuando el ingeniero José Danilo González, nieto mayor de la afamada locutora y actriz, leyó el artículo, en la misma fecha de su publicación me remitió una muy afectiva nota de gratitud, la cual, junto a mi respuesta, y por considerarlo de interés, me permito compartir, como homenaje póstumo a un ser grandioso, a una artista trascendente y a una comunicadora irrepetible.  A una locutora y actriz que, como bien lo afirma su amoroso nieto, supo desarrollar «Una carrera que continúa, a pesar de las arrugas que el tiempo dibuja en un rostro que sólo destila amor y agradecimiento…»

La nota del ingeniero González dice lo siguiente:

«Profesor Caba :

Permítame presentarme. Soy el Ing. José Danilo González Ortiz, nieto mayor de la Sra. María Cristina Camilo (Maíta). Resido desde hace cuarenta (40) años en Puerto Rico, y vine sólo a estar cerca de Maíta, en un momento que pensé iba (y así terminó siéndolo) a ser especial.

Leí el artículo que escribiera en el periódico Diario Libre, en referencia a mi amada abuela. Quiero agradecerle, en mi carácter individual de nieto, no con el ánimo de representar a mi familia, sus palabras objetivas, llenas de elogios merecidos hacia mi abuela. 

Lo sucedido en esta semana, por las razones que sean y que han pasado a un plano inferior, ha servido sin duda alguna para que tanto usted como la inmensa mayoría del pueblo dominicano le haya demostrado a mi abuela lo grande y soberana que es. 

Monumento nacional y ejemplo intachable para su familia, amigos, compañeros de trabajo y la propia historia. Una carrera que continúa, a pesar de las arrugas que el tiempo dibuja en un rostro que sólo destila amor y agradecimiento.

Quedo agradecido y a sus órdenes.

Ing. José Danilo González Ortiz»

Y un día después, 19/6/2021, yo le respondí lo que sigue:


«Gracias ingeniero, muchas gracias a usted por sus amables y sentidas palabras. Créame que si no escribo ese artículo, exploto. Mi madre, que ya hace veinticuatro años está en el cielo, me enseñó a admirar, seguir, respetar y querer a su abuela, a quien ella, mi madre, daba seguimiento, no solo en los programas de televisión, sino en las obras teatrales, a las cuales nosotros, sus hijos, teníamos que llevarla cuando Maíta se presentaba aquí, en Santiago de los Caballeros. Por eso me dolió en el alma lo que con su abuela se hizo. Yo, que por lo general no veo el desarrollo de esa larga ceremonia de premiación, esa noche, con una copa de vino servida, esperaba con emoción mi gran momento, el de la entrega del Gran Soberano a doña María Cristina.  

 

Pero cuando vi que en vez de a ella, el galardón se lo dieron a un joven cantante extranjero, las ganas de probar el vino se ausentaron como por encanto.   

 

Yo sé que en esta Era de los antivalores, los verdaderos valores poco importan, y que lo que no sirve, sirve; y lo que sirve, no sirve. Pero pensé que no se llegaría tan lejos. 

 

Siempre he creído, ingeniero, que cada institución social que nace debe cumplir un rol. Un rol cuyo desempeño debe siempre fundamentarse en la capacidad, buen juicio, objetividad, seriedad, responsabilidad, buena fe y sentido humano. De lo contrario, debería clausurarse, por cuanto su razón de ser, no tendría sentido.

 

A doña Maíta, dígale que la admiro y quiero mucho desde la distancia, y que, desde el cielo, mi adorada madre, doña Libra Ramos, la bendice y todavía la sigue. Y y que no hay más auténtico Gran Soberano que aquel que el pueblo dominicano, de manera soberana, acaba de poner espiritualmente en sus manos. 

 

Abrazos y saludos cordiales. 

 

Prof. Domingo Caba Ramos 

Santiago de los Caballeros 

 

 

sábado, 6 de septiembre de 2025

LA EXPRESIÓN DE DOBLE SENTIDO

Por : Domingo Caba Ramos

                                                                                          Juan Antonio Alix

En la expresión lingüística, el doble sentido siempre ha existido. Un verso, frase o palabra posee doble sentido cuando el mensaje que quiso expresar el emisor es interpretado de manera distinta por el lector, oyente o receptor. Por lo general, el doble sentido casi siempre alude a todo lo relacionado con el sexo o lo sexual, y según la construcción formal de la idea expresada, bien podría clasificarse en artístico y vulgar. Este último dice, esto es, alude a la realidad de manera directa, explícita o transparente. Ejemplos de este podemos encontrarlo en las letras de bachatas, merengues, reguetones y en los llamados cuentos «coloraos».

 El primero, el doble sentido artístico, sugiere, no dice, vale decir, expresa la realidad en forma indirecta, estética o metafórica, entrañando en todo momento un fino humorismo y una elegante picardía, como los versos que se transcriben a continuación, pertenecientes a nuestro folklor poético:

 «SI YO FUERA ZAPATICO»

 «Si yo fuera zapatico,
yo me calzara en tu pie,
y ahora tuviera viendo,
lo que zapatico ve»

 (Anónimo)

 Pero fue nuestro genial poeta popular, Juan Antonio Alix (1833 – 1918), quien con mayor salero, picardía, gracias y maestría cultivó este tipo de doble sentido, es decir, el artístico. Veamos una auténtica muestra:

 «Estando una vez Teresa,
subida en un algarrobo,
desde el tronco, un Juan Bobo,
le pregunta esta simpleza:
-Muchacha, ¿qué fruta es esa?,
y teresa que no quiso,
pasar por boba ante Juan,
le contesta al truchimán:¨
- ¿Tú has visto frutas sin rizo?,
- ¡Ay, ¡cómo no!, y la que Adán,
se comió en el paraíso»

 Pero ¡cuidado!

 No debe confundir ambigüedad con doble sentido. Cuando nuestra Gloria Juan Luis Guerra dice, por ejemplo: «Quisiera ser un pez/para tocar mi nariz en tu pecera…», en poética alusión al sexo oral, eso no es doble sentido, sino ambigüedad, que es el rasgo por excelencia del texto literario.

 Un texto es ambiguo cuando admite varias interpretaciones, esto es, cuando dos o más personas lo interpretan de maneras distintas. En el doble sentido, en cambio, y como nombre lo indica, solo intervienen dos sentidos: el sentido del emisor que expresa el mensaje y del receptor que lo interpreta de manera distinta.


 

 

 

 

 

jueves, 4 de septiembre de 2025

FALSAS CREENCIAS ACERCA DE LA FORMA DE HABLAR Y BAILAR MERENGUE DEL CAMPESINO DOMINICANO


Por : Domingo Caba Ramos

Con el título de «¿El merengue se bailó descalzo y con machete?» (Diario Libre,3/9/2025), acabo de leer un artículo escrito por el sociólogo y comunicador Juan Cruz Trifolio, el cual me pareció sumamente importante, tanto por su claridad expositiva como por la relevancia del tema tratado. Versa dicho trabajo periodístico acerca de la falsa idea que en nuestro país se tiene, y que falsamente se le ha transmitido al mundo, consistente en que el campesino dominicano baila o bailó nuestro merengue típico (“perico ripiao”) descalzo y con machete al cinto. Y yo les agregaría a estos atuendos: con pantalones remangados y sombreros de cana, los hombres; y con un voluminoso vestido multicolores y turbante o paño en la cabeza, las mujeres, que en nada representa el traje típico dominicano.

El texto del conocido comunicador atrapó mi atención, por cuanto alude a un fenómeno de la cultura dominicana que, por la distorsión que entraña su expresión, siempre ha despertado mi curiosidad e interés, y originado que, en contextos académicos, yo lo haya colocado con muchas frecuencias en la mesa de discusión. A tono con este decir, valoro los juicios de autores tan autorizados como Fadrique Lizardo y Rafael Solano, citados por Trifolio, quienes coinciden al señalar que "La representación gráfica para fines turísticos del campesino bailando el merengue, descalzo, con machete a la cintura y sombrero puesto, es falsa".

Y es falsa, reafirmo yo; porque como bien lo establecen dichos autores, según lo expone Cruz Trifolio, a mí me consta, por experiencias vividas, que realmente «Los campesinos cibaeños asistían a sus bailes dominicales de enramada…vestidos con sus mejores galas, las mujeres con zapatos de tacón bajo y los hombres con zapatos o alpargatas». Nunca, agrego yo, descalzos.  

Proyectar, entonces, la imagen de unos bailadores campesinos provistos de un “faldón” multicolor, descalza y un “turbante” de adorno en la cabeza (las damas), y un pantalón remangado, sombrero de cana y “colín “dentro de una baqueta y sujeto a la cintura (los caballeros) es presentarles a los turistas que nos visitan y a la actual y futuras generaciones de dominicanos, una imagen distorsionada de la identidad cultural del pueblo dominicano.

El merengue típico siempre ha tenido mayor cultivo y difusión en los campos del Cibao. Yo nací en las entrañas de un campo cibaeño perteneciente al municipio de Moca. Cuando niño me acercaba tímidamente a los locales adonde se tocaba “perico ripiao”. Y que yo recuerde, nunca, nunca vi a mis vecinos mayores proyectar, mientras bailaban, tal imagen gráfica. Ya un joven, participé en bailes típicos en otros pueblos del Cibao, e igualmente no recuerdo haber visto a ningún bailador con semejante perfil.

Vale aclarar que nuestros hombres del campo solo usaban sombreros de cana cuando realizaban sus faenas agrícolas, jamás en una fiesta. En las galas, el sombrero de tela era lo que primaba.  Lo mismo debo decir de la mujer campesina: el “turbante” o paño enrollado alrededor de la cabeza era utilizado fundamentalmente en el momento en que ella ejercía sus quehaceres domésticos. En las actividades formales de carácter públicos (bodas, fiestas, cumpleaños, etc.), el pelo de las damas se exhibía al descubierto e impecablemente acicalado.

Por último, y para desmontar la falsa imagen del colín o machete enganchado en la cintura del campesino bailador, bastante ilustradora es el juicio del afamado folklorista Fradique Lizardo, citado también por el articulista que nos ocupa:

"A todo el que iba a una fiesta lo desarmaban en la entrada del lugar a fin de evitar encontronazos o escenificación de hechos que pudiesen terminar en sangre. Al final, las armas eran devueltas a sus propietarios. Por eso, entre otras cosas, créanme que no entiendo para qué se representa, gráficamente, al campesino bailando merengue con un machete en la cintura…"

Y sobre lo expresado en el párrafo precitado, yo puedo dar fe, también por experiencias propias. Los bailes típicos en mi campo y en todos campos del Cibao eran muy intensos y efusivos. Las emociones, activadas por la ingesta de alcohol, se tornaban desbordantes y hasta cierto grado incontrolables, manifestación del ánimo que solían degenerar en sangrientos enfrentamientos.   Quizás por esto tuvo mucha razón el expresidente dominicano, Ulises Francisco Espaillat (1823-1878), cuando impulsado por su aristocrática visión del mundo, al decir de Emilio Rodríguez Demorizi, «pensaba que el merengue afectaba demasiado el sistema nervioso y que dejaba el achaque de no poder dominar la imaginación…» (Música y baile en Santo Domingo, 1971:136)

 Como medidas preventivas entonces se apelaba al recurso expuesto por Lizardo: desarmar a los hombres cuando ingresaban al lugar adonde el baile se celebraba, y devolverles las armas al final. ¿Qué significa esto? Sencillamente, que ningún hombre podía bailar con un “colín” embanquetado sujeto al cinto; pues mientras danzaba, su arma, blanca o de fuego, yacía celosamente guardada en un lugar hasta que este se marchara o la fiesta terminara.

¿Todos los campesinos dominicanos hablan con la /i/?

Cuando se habla de vocalización cibaeña en el contexto de las particularidades de lengua hablada en los pueblos del Cibao, se hace alusión a la pronunciación de las l -r como i en posición final de sílaba y de palabra (“doblai”, por doblar; “coimado”, por colmado; “caitera”, por cartera, etc.). Con este fenómeno fonético ocurre algo igual o parecido a lo que sucede con la imagen del bailador rural dominicano de épocas pasadas. Se tiene la falsa convicción de que todos los campesinos dominicanos hablan con la i. Por esa razón, cada vez que un humorista o actor representa a un habitante rural, lo hace empleando siempre las particularidades o formas expresivas propias de la lengua campesina cibaeña.

 En tal virtud, si al hablar alguien articula la /i/ en vez de la /l/ o la /r/, diciendo, por ejemplo; “voivei”, por volver, a su interlocutor se le escuchará de inmediato corregir: «Tú pareces del campo…» en lugar de: «Tú pareces cibaeño…», pues debe entenderse que la vocalización o hablar con la i es un rasgo fonético distintivo, no de una zona específica de la región cibaeña, sino de la región completa. Y que cuando uno de nuestros humoristas, cantantes, etc. imita la expresión campesina, articulando constantemente la /i/ en lugar de la /l/ o la /r/, no está reproduciendo el habla campesina dominicana, sino el habla campesina cibaeña. A tono con este planteo, el connotado lingüista, profesor y ensayista dominicano Carlisle González, plantea lo siguiente:

«Existe una creencia tradicional mediante la cual se considera como expresión campesina dominicana únicamente la variante dialectal cibaeña. Por lo menos, esa es la conducta que se aprecia en los medios de comunicación social, fundamentalmente, en la radio y la televisión, cuando un hablante (actor o actriz), (se dedica a imitar el habla campesina o representa a algún personaje campesino…» (El habla campesina dominicana, 1999: 2/3).

  E interesado en que quede clara la idea de que la variante dialectal del Cibao no representa el habla del campo dominicano en general, el doctor González, y exprofesor uasdiano, concluye indicando que:

«En resumen, para nosotros el habla campesina dominicana deberá comprender todas las manifestaciones lingüísticas que han usado y usan en su comunicación ordinaria todas las personas que han nacido y se han criado en las distintas zonas rurales de nuestro país» (ídem, 4)

(PUBLICADO EN DIARIO LIBRE EN FECHA 5/9/2025)

miércoles, 3 de septiembre de 2025

CARTA ABIERTA A UN QUERIDO Y ADMIRADO LADRÓN

Por: Domingo Caba Ramos

Mi querido y respetado ladrón:

 Si te resultas difícil aprovecharte de lo que no es tuyo, por favor, no cometas el error de robar poco: un puerco, un carro, una pasola, un pavo, o simplemente llevarte un salami de un supermercado. No, por favor, no lo hagas, pues además de los golpes que te pueda dar la Policía, corres el riesgo de que te tranquen en la cárcel y no haya forma de salir de ella. Además, te ficharán, te rechazarán socialmente y dirán que eres ladrón.

No, mi apreciado y admirado ladrón. Cuando de nuevo decidas robar, especialmente si se trata de bienes del Estado, trata de que sea dinero, y que la cantidad supere los mil millones de pesos. De esa manera, nadie se atreverá a golpearte, miles de dominicanos te alabarán y defenderán lo que hiciste, el Ministerio Público se acercará a ti, negociará contigo y tú solo tendrás que devolver PARTE de los millones robados.

Y si por casualidad te “meten preso”, tú puedes estar seguro de que a más de siete años no te condenarán. Al final, tú quedarás libre, vistiendo saco y corbata podrás desplazarte en tu yipeta último modelo, y todos seguirán llamándote «honorable». ¡Oh!, se me olvidaba. Si en el proceso puedes demostrar que eres cuñado, hermano, primo o pariente de algún expresidente de nuestro país, mucho mejor; más consideración y mayor respeto lograrás.

Finalmente, y como se dice ahora en la jerga juvenil: «Llévate de mí…», y me declaro siempre a tu orden.