Por: Domingo Caba Ramos.
( Al afamado linguista y mi maestro de siempre, Dr. Celso Benavides - Q.E.P. D.)
Todos los tratadistas de la Pedagogía coinciden al proponer las cualidades que debe reunir un buen maestro : justicia, comprensión, paciencia, bondad, respeto, delicadeza, control y madurez emocional, sentido del humor, inteligencia, simpatía, honestidad, puntualidad, competencias técnicas y pedagógicas .
El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante, estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la materia que imparte.
¿Qué significa todo eso?
Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un trabajo que desprecian, que no sienten y al cual solo le encuentran sentido en la medida en que puedan derivar de él beneficios extras, económicos y/o pasionales, provenientes de los alumnos y generados casi siempre de manera compulsiva al calor de una relación de intercambio o transacción. Son esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como cualquier cosa menos como maestros.
Merced a los rasgos antes descritos se han establecido diferentes tipos de maestros, como los dos que presentamos a continuación, el primero, por Imídeo Nérici, en su libro Hacia una didáctica general dinámica, 1973, Págs. 107 y 110), y el segundo, por Luis A. de Mattos (Compendio de Didáctica General, 1974):
El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso de los mismos.
El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y altibajos.
El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el cumplimiento de las exigencias burocráticas.
El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.
El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la fantasía.
El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su persona.
El educador. Es el maestro ideal. “Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación, despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos".
Con el subtítulo de " Aberraciones en la personalidad del profesor”, Luis Alves de Mattos, en su muy valioso y siempre consultado texto " Compendio de Didáctica General", ( Ob.cit.,p.294 ) nos presenta otras clase de maestros que a su decir, " constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente" , tipos cuya presencia nos encontramos con ellos a diario en todos los niveles de enseñanza, pero especialmente en las aulas universitarias. Estos son los siguientes ;
1) - El tipo introvertido y hermético. 2) - El tipo nervioso y desconfiado. 3) - El tipo indeciso y confuso. 4) El tipo incoherente y contradictorio. 5) - El tipo colérico y explosivo. 6) - El tipo irónico y mordaz. 7) - El tipo injusto, mezquino y vengativo. 8) - El tipo vanidoso, arrogante, prepotente, desdeñoso y presuntuoso. 9) - -El tipo cursi y donjuanesco. 10) - El tipo ingenuo, bonachón e indulgente. 11) - El tipo sentimental y quejumbroso. 12) - El tipo egoísta, exclusivista que demuestra afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros.
MI TIPOLOGÌA PROPUESTA
Aparte de las clases de maestros establecidas por los dos connotados pedagogos antes citados, pienso que existen otras categorías como las que, basadas en mi experiencia docente, me permito proponer a continuación:
1) El negligente o apático. El proceso enseñanza - aprendizaje poco le importa, y mucho menos le importa el protagonista de este proceso: el estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no varía, vale decir, años tras años aplica los mismos exámenes. Difícilmente compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que el tiempo pase.
2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta, , nada le quita el sueño, todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»
Para el Estoicismo, la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán enteramente infeliz.
3) El efectista. Consiste su habilidad en generar impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo. Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del “vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.
4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos es común oírle decir frases como las siguientes:
a) «A mí nadie me pasa… » b) «No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) Ustedes están estudiando esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar a ningunas partes» f) «Cuando tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran disparate, una pura porquería»
5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia incontenible:
« Yo soy licenciado en… Tengo dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy esto y aquello… Mi padre fue fundador de… En la última investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… »
Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando, oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata termine de una vez y para siempre.
Todo ello significa que si bien son muchos los que han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e información.
Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora de inmediato a mi mente:
¿Y tú, qué tipo de maestro eres?
lunes, 3 de junio de 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
LO SEXUAL, LO HUMORÍSTICO Y LO LINGUÍSTICO EN " LOS MONÓLOGOS DE LA VAGINA"
Por: Domingo Caba Ramos
«Mi vulva es una flor/es una concha/un higo/un terciopelo está llena de aromas de sabores y rincones/es color de rosa, suave, íntima, carnosa… /siente, vibra, sangra, se enoja, se moja, palpita, me habla/ guarda celosa entre sus pliegues el centro exacto de mi cosmos»
(Del poema Gioconda, de Rosa María Roffiel -1945), poetisa mexicana)
En el año 2002 fue escenificada en nuestro país la divertidísima y aleccionadora obra Los monólogos de la vagina (1996), escrita por la dramaturga , feminista y activista social estadounidense, Eve Ensler ( 1953) ,que se ha vuelto el epicentro de un movimiento sin ánimo de lucro que lucha en contra de la violencia doméstica.
La obra nos presenta una original historia sustentada en los testimonios de más de doscientas mujeres de todo el mundo y de diferentes estratos sociales, que al ser entrevistadas relataron sus sensaciones y experiencias íntimas en el ámbito de la sexualidad. Sus vivencias e impresiones acerca del sexo, las relaciones amorosas y la violencia doméstica.
En su investigación, Eve Ensler recogió las diferentes denominaciones que en distintos estados y países del mundo hispanohablantes se utilizan para nombrar la vagina y/o la vulva. Entre esos nombres merecen citarse los siguientes:
Gallo (Colombia, Hondura y Rep. Dom.)
Canoa y chocha (Puerto Rico)
Cuchara (Venezuela y Guatemala)
Concha (México, Guatemala y Argentina)
Coño (El Salvador, España, Venezuela, México y Rep. Dom. )
Chocho (España, México y Cuba)
Panocha, pucha, mono, bacalao (México)
Torta (El Salvador y Venezuela)
Sapo (Venezuela)
Coneja (Cuba y Guatemala)
Pepa (Hondura, Venezuela y México y Rep. Dom.)
Pocha (Ecuador y Perú)
Bollo, bollito, bollazo, tota y chocha (Cuba)
Toto (Rep. Dom., Cuba y Andalucía)
Papayón (Cuba)
Mico (Costa Rica)
Ñame, coso, panal, popola, creta, crica y rabo (Rep. Dom.)
Papaya (Cuba y Ecuador)
Cachucha (Argentina, Paraguay y Uruguay)
Conchita (Argentina)
Boca de mono (Chile)
Cuca (Rep. Dom., Venezuela, México y El Salvador)
Semilla (Rep. Dom. y El Salvador)
Cajeta, conchita, cachufla y cuchufleta (Argentina)
Raja (Rep. Dom. Colombia y Andalucía)
Cosita (México, Honduras y Ecuador)
Estrenada en Nueva York en 1996, dicha pieza teatral ha recorrido los más exigentes escenarios de los Estados Unidos, América Latina y Europa, e interpretadas por actrices de primera categoría. En España, por ejemplo, se calcula que mil quinientas veces fue representada y novecientas mil personas se registran como espectadores. En la República Dominicana estuvo dirigida por Manuel Chapuseaux, afamado actor y director teatral, y protagonizada por Ivón Beras Goico, conjuntamente con nuestras primerísimas actrices Elvita Taveras y Yamilé Schecker.
La obra aborda en toda su extensión la temática sexual y su forma de expresión se pone de manifiesto en los monólogos o parlamentos de una vagina humanizada. Y sorprende la manera abierta, sin inhibición, sin tabúes ni prejuicios como se habla en ella acerca de todo lo relativo al sexo. Y es que todos sabemos que en la cultura americana y, mucho más en la dominicana, lo sexual se nos presenta como algo pecaminoso, restringido, fuera de los común y, por ende, prohibido. Merced a esta concepción, hay quienes califican de vulgar, indelicado y grosero hablar sobre hechos que aludan al sexo y/o a los órganos sexuales, razón por la cual, cuando por obligación hay que referirse al tema, se prefiere “maquillar” la expresión sustituyendo los términos comunes o sexo – contundentes de la lengua coloquial por otros considerados más elegantes, delicados o decorosos, que en el ámbito lingüístico se conocen técnicamente con el nombre de eufemismos. La magnitud del prejuicio es de tal naturaleza, que hasta los nombres de las prendas íntimas de vestir se mencionan con cierta cautela, temor o vergüenza.
En Los monólogos de la vagina todo parece suceder de manera diferente. Sin trascender al plano de lo grotesco, aquí se habla de sexo libremente, y esa descripción cruda de la realidad sexual es lo que permite que en ningún instante de la puesta en escena descienda o desaparezca el tono humorístico que a todas luces late en la estructura contextual de la obra.
Semejante tratamiento, talvez por tabúes sexuales vigentes, no es muy común apreciarlo en los textos dramáticos, poéticos y novelescos de nuestros creadores literarios. Hasta los más convencidos vanguardistas se comportan con inocultable sigilo en ese aspecto. En el caso particular de la literatura dominicana, solo una novela de naturaleza estrictamente sexual se ha escrito: La tranca (1994), del laureado narrador francomacorisano Francisco Nolasco Cordero (1932 – 2007). Solo en ella se aborda la realidad sexual libre de prejuicios inhibidores o con toda crudeza o desnudez. Aparte de esta, ese abierto léxico sexual propio de la lengua coloquial, aunque en menor grado, apenas se puede apreciar en la novela Solo cenizas hallarás (1980), de Pedro Vergés (1945), y el volumen de cuentos titulado Rompan fila y viva el jefe (2001), de Federico Jovine Bermúdez (1944)
miércoles, 15 de mayo de 2013
EL BOGOTAZO: VISTO Y RELATADO POR TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO.
(Al Ing. Rafael Tomás Hernández Ramos)
Por: Domingo Caba Ramos.
El día 9 de abril de 1948, mientras se llevaba a cabo en Bogotá, Colombia, la Novena Conferencia Internacional Americana, muere, asesinado en plena vía pública de la capital colombiana, el fogoso y carismático líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903 – 1948), originando tan repudiado crimen la revuelta cívico – popular que la historia iberoamericana registra con el nombre de El Bogotazo.
El asesinato del popularísimo líder, considerado por el doctor Joaquín Balaguer (1906-2002) como “el mayor conductor de masas que he conocido”, provocó violentos disturbios y un incontrolable motín popular en todo el territorio colombiano; pero especialmente en la capital, que costó numerosas víctimas y depredaciones.
En torno al histórico acontecimiento, Balaguer, quien junto al poeta, narrador y periodista tamborileño Tomás Hernández Franco, participaba en la precitada Conferencia como delegado, en representación de la República Dominicana, en su libro autobiográfico “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, 1998, pág.313, apunta lo siguiente :
« Cuando una hora después descendimos hacia la Plaza Santander, caminando hacia el antiguo Hotel Granada, ya desaparecido, advertimos que las calles empezaban a ser invadidas por multitudes vociferantes que se hacían rápidamente dueñas de la ciudad. Bogotá fue prácticamente saqueada. El palacio de San Carlos, asiento del Ministro de Relaciones Exteriores, había sido convertido en un montón de ruinas. El Palacio del Arzobispado, así como numerosos conventos fueron pastos de las llamas. Hubo un miembro de la Delegación Dominicana, el poeta Tomás Hernández Franco, que se mezcló imprudentemente entre los revoltosos y estuvo a punto de perder la vida arrastrado por la marea de esos tumultos callejeros…»
Como podrá apreciarse, Hernández Franco (1904 -1952), además de testigo y relator, fue también actor en los hechos que conformaron el famoso Bogotazo. Sus impresiones acerca de este histórico acontecimiento están contenidas en un interesantísimo texto – reportaje muy poco conocido en el mundo literario dominicano, cuyo contenido se trascribe a continuación, consciente de su inmenso valor histórico, periodístico y literario:
BOGOTÁ (*)
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”
(Luis de Mesa Neira)
«Eran las 8 de la mañana cuando terminaba de leer un comentario sustantivo del doctor Luis López Mesa, dirigiéndome al Hotel Granada para desayunarme. Bogotá no había querido compartir la aurora y permanecía escondida en el casquete inmenso de la lluvia.
La ciudad vivía sin inmutarse en lo más mínimo bajo el azote de la lluvia pertinaz. ¿Qué más daba un aguacero prolongado, si el agua benéfica hermoseaba la ornamentación caprichosa de sus grandes monumentos, la belleza sugerente de sus carreras y de sus paseos, y ponía en movimiento a millares de autos, tranvías y autobuses que le daban a la metrópolis arrestos de ciudad gigante?
El Hotel Granada era un colmenar. Entraban y salían los forasteros. Eran rostros de hombres que confluían de toda América, y las terrazas y los pasillos y los mil compartimientos constituían sitios propicios a los más diversos cambios de impresiones. Yo abandoné el hotel, y fui de compras por tiendas y por bazares, dejando apartados muchísimos objetos que luego se me enviarían al “Granada”.
Entretanto, el tiempo se iba engullendo las horas. Era ya el mediodía. Seguían moviéndose por la Carretera Sétima, y en la fauces lejanas de la avenida iban perdiéndose el sin fin de transeúntes y carromotores. Yo, regresado a mi hospedaje, había hecho de mi ventana balcón que no dejaba. Desde allí observé, cómo acercándose ya la una, salían de oficinas y de comercios, de fábricas y de bufetes, las lindas bogotanas y los graves caballeros que arrebataban a los golfos “El Espectador”, “El Siglo”, o “El Tiempo”, en tanto que la vocinglería de los radios, bocinas y sirenas multiplicaban la manifestación potente de vida que daba la ciudad bajo la lluvia.
Miré el reloj. Faltaban diez minutos para la una de la tarde, cuando de pronto unas detonaciones de revólver y un caramillo que se hacía casi a mis pies, hacíame volverme rápido hacia poniente: a menos de veinte codos yacía el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, a quien había visto dejar su bufete en asocio de Plinio Mendoza Neira y de otras relevantes figuras del liberalismo colombiano, para dirigirse a un restaurant a hacer del buen yantar un motivo para continuar la ininterrumpida charla política.
Disparar sobre Gaitán y manifestarse a plenitud el corazón de la ciudad hecho ansiedad y confusión demoledora, fue uno. No pude distinguir más que el peso avasallador de la multitud enardecida: eran mujeres y eran hombres; eran chicos y eran viejos, todos con los rostros crispados, los brazos en altos, los puños amenazantes, convergiendo hacia el sitio de la tragedia, volcando autos y derribando tranvías, destruyendo ventanas e incendiando edificios. Era un ciclón colosal, sin nombre, inenarrable, del que no destacó más que, en un instante dado, segundos después de los disparos hechos al ídolo del liberalismo colombiano, que un muchacho alto, rubio, vigoroso que gritaba a voz en cuello : ¡Viva la revolución! ¡Abajo la Panamericana!, y tras él seguía la multitud enfebrecida, delirante, desenfrenada, destruyendo, destruyendo y destruyendo con fervor implacable y salvaje.
La tromba humana seguía atropellando. Por todas partes oíanse, disparos, descargas de metralla, llamas, caras siniestras, ruidos disímiles e ininterrumpidos y lluvia. La lluvia continuaba más fuerte, más inclemente que nunca. Bogotá era un remolino de pasiones desbordadas. «Mataron a Gaitán!, se oía decir a veces, y hombres y mujeres inundados en llanto y en cólera continuaban su marcha sin reposo y su acción destructora. Yo fui absorbido por aquella tromba humana y salvaje. Me olvidé de mi condición de diplomático. ¿Quién iba a saberlo? Yo tampoco lo sabía. Lo había olvidado. Yo no era yo. Era un ion perdido entre aquel maremágnum incontrolable.
Había dejado mi hotel y quise avanzar sin saber a dónde, ni por qué. Me empujaba una fuerza ciega, como ciega era aquella ola embravecida y apasionada que se olvidó de la lluvia, del trabajo, de la amistad y hasta de Dios. Caminé. Dí unos pasos. Retrocedí. Caí cien veces y otras tantas me levantó el grupo que pateaba y vociferaba, que disparaba tiros y blandía cuchillos y maderos, que lanzaba piedras y recibía ráfagas de metralla y lluvia de granadas y de gases lacrimógenos. En un momento dado, cuando había peleado yo con aquella masa anónima, arrebaté un rifle a un policía y avancé, disparando, haciendo fuego a diestro y siniestro, quebrando a culatazo a quien se me oponía. No sé cómo no me mataron. Yo continuaba ebrio de rabia y de locura, llegando a las cercanías de la antañona iglesia de San Fernando que ya no era más que un hacinamiento de ruinas humeantes.
El agua continuaba cayendo a cántaros. Serían ya las cinco de la tarde, y el combate continuaba. Estaba yo en las vecindades del Capitolio y a mis pies, casi, cayeron, barridos por el plomo vomitado por la riflería, quién sabe cuántos hombres. Paré un instante. Por un décimo de segundo me hice la pregunta de por qué estaba allí, en medio del peligro, cuando un machetazo despegaba la cabeza a un muchacho que gritaba casi a mi diestra. Entonces me acerqué a un muro, casi en el momento en que un poste ornamental caía arrancado de cuajo por un grupo rabioso que inundaba la plaza.
Alguien me habló. No sé qué me dijo. No pude avanzar más. No supe qué fue de mí. Había perdido el conocimiento. Se había hecho la sombra en mi cerebro. Yo no era yo. ¿Era cierto cuanto estaba viendo? A las ocho de la noche, la batahola sin nombre entraba a su término. Amainaba un poco. No así los incendios que seguían consumiendo manzanas enteras. Treinta y cinco edificios inmensos estaban hechos pavesas y no sé cuántos centenares de pequeñas edificaciones, barriadas enteras habían corrido igual suerte. Bogotá estaba en escombros.
Ocho horas habían bastado para quebrar todo el encanto de aquella urbe magnífica y orgullosa que se había convertido en el asiento de todo un continente. Ocho horas de furia humana, llegada a los extremos más inexplicables, había sido suficientes para producir una catástrofe que no la habría hecho mayor un terremoto ni un ciclón. Ocho horas de fuego, de lanzamientos de gases y de combate cuerpo a cuerpo en mil sitios distintos al mismo tiempo, botaron a la Atenas de América con su tradición de civilización helena gaya maestría y su belleza y modernidad no igualada a mil leguas a la redonda. Bogotá era esa noche un hacinamiento humeante.
Y no había sido pesadilla todo aquello. Era la visión directa de aquella gran tragedia, cuando todo un pueblo se arrancó furioso a Dios y se convirtió en bestia incontrolada e indómita, dejando lejos, perdida como epitafio a lo que Bogotá y Colombia habían sido, la frase de López de Mesa:
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”»
(*) - Este texto, escrito por Hernández Franco tres semanas después de ocurrido el hecho que se relata, permaneció inédito hasta 1990, año en que lo publiqué en el periódico La Información, de Santiago. Años más tarde, el 28 de mayo del 2003, fue publicado en la edición especial del suplemento literario “Biblioteca” (Listín Diario), dirigido por el escritor y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua. A partir de esta fecha ha sido publicado en otros medios, entre estos, la revista literaria Mythos , julio 2010. : https://issuu.com/revistamythos/docs/mythos_46 (D.C.).
(Al Ing. Rafael Tomás Hernández Ramos)
Por: Domingo Caba Ramos.
El asesinato del popularísimo líder, considerado por el doctor Joaquín Balaguer (1906-2002) como “el mayor conductor de masas que he conocido”, provocó violentos disturbios y un incontrolable motín popular en todo el territorio colombiano; pero especialmente en la capital, que costó numerosas víctimas y depredaciones.
En torno al histórico acontecimiento, Balaguer, quien junto al poeta, narrador y periodista tamborileño Tomás Hernández Franco, participaba en la precitada Conferencia como delegado, en representación de la República Dominicana, en su libro autobiográfico “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, 1998, pág.313, apunta lo siguiente :
« Cuando una hora después descendimos hacia la Plaza Santander, caminando hacia el antiguo Hotel Granada, ya desaparecido, advertimos que las calles empezaban a ser invadidas por multitudes vociferantes que se hacían rápidamente dueñas de la ciudad. Bogotá fue prácticamente saqueada. El palacio de San Carlos, asiento del Ministro de Relaciones Exteriores, había sido convertido en un montón de ruinas. El Palacio del Arzobispado, así como numerosos conventos fueron pastos de las llamas. Hubo un miembro de la Delegación Dominicana, el poeta Tomás Hernández Franco, que se mezcló imprudentemente entre los revoltosos y estuvo a punto de perder la vida arrastrado por la marea de esos tumultos callejeros…»
Como podrá apreciarse, Hernández Franco (1904 -1952), además de testigo y relator, fue también actor en los hechos que conformaron el famoso Bogotazo. Sus impresiones acerca de este histórico acontecimiento están contenidas en un interesantísimo texto – reportaje muy poco conocido en el mundo literario dominicano, cuyo contenido se trascribe a continuación, consciente de su inmenso valor histórico, periodístico y literario:
BOGOTÁ (*)
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”
(Luis de Mesa Neira)
«Eran las 8 de la mañana cuando terminaba de leer un comentario sustantivo del doctor Luis López Mesa, dirigiéndome al Hotel Granada para desayunarme. Bogotá no había querido compartir la aurora y permanecía escondida en el casquete inmenso de la lluvia.
La ciudad vivía sin inmutarse en lo más mínimo bajo el azote de la lluvia pertinaz. ¿Qué más daba un aguacero prolongado, si el agua benéfica hermoseaba la ornamentación caprichosa de sus grandes monumentos, la belleza sugerente de sus carreras y de sus paseos, y ponía en movimiento a millares de autos, tranvías y autobuses que le daban a la metrópolis arrestos de ciudad gigante?
El Hotel Granada era un colmenar. Entraban y salían los forasteros. Eran rostros de hombres que confluían de toda América, y las terrazas y los pasillos y los mil compartimientos constituían sitios propicios a los más diversos cambios de impresiones. Yo abandoné el hotel, y fui de compras por tiendas y por bazares, dejando apartados muchísimos objetos que luego se me enviarían al “Granada”.
Entretanto, el tiempo se iba engullendo las horas. Era ya el mediodía. Seguían moviéndose por la Carretera Sétima, y en la fauces lejanas de la avenida iban perdiéndose el sin fin de transeúntes y carromotores. Yo, regresado a mi hospedaje, había hecho de mi ventana balcón que no dejaba. Desde allí observé, cómo acercándose ya la una, salían de oficinas y de comercios, de fábricas y de bufetes, las lindas bogotanas y los graves caballeros que arrebataban a los golfos “El Espectador”, “El Siglo”, o “El Tiempo”, en tanto que la vocinglería de los radios, bocinas y sirenas multiplicaban la manifestación potente de vida que daba la ciudad bajo la lluvia.
Miré el reloj. Faltaban diez minutos para la una de la tarde, cuando de pronto unas detonaciones de revólver y un caramillo que se hacía casi a mis pies, hacíame volverme rápido hacia poniente: a menos de veinte codos yacía el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, a quien había visto dejar su bufete en asocio de Plinio Mendoza Neira y de otras relevantes figuras del liberalismo colombiano, para dirigirse a un restaurant a hacer del buen yantar un motivo para continuar la ininterrumpida charla política.
Disparar sobre Gaitán y manifestarse a plenitud el corazón de la ciudad hecho ansiedad y confusión demoledora, fue uno. No pude distinguir más que el peso avasallador de la multitud enardecida: eran mujeres y eran hombres; eran chicos y eran viejos, todos con los rostros crispados, los brazos en altos, los puños amenazantes, convergiendo hacia el sitio de la tragedia, volcando autos y derribando tranvías, destruyendo ventanas e incendiando edificios. Era un ciclón colosal, sin nombre, inenarrable, del que no destacó más que, en un instante dado, segundos después de los disparos hechos al ídolo del liberalismo colombiano, que un muchacho alto, rubio, vigoroso que gritaba a voz en cuello : ¡Viva la revolución! ¡Abajo la Panamericana!, y tras él seguía la multitud enfebrecida, delirante, desenfrenada, destruyendo, destruyendo y destruyendo con fervor implacable y salvaje.
La tromba humana seguía atropellando. Por todas partes oíanse, disparos, descargas de metralla, llamas, caras siniestras, ruidos disímiles e ininterrumpidos y lluvia. La lluvia continuaba más fuerte, más inclemente que nunca. Bogotá era un remolino de pasiones desbordadas. «Mataron a Gaitán!, se oía decir a veces, y hombres y mujeres inundados en llanto y en cólera continuaban su marcha sin reposo y su acción destructora. Yo fui absorbido por aquella tromba humana y salvaje. Me olvidé de mi condición de diplomático. ¿Quién iba a saberlo? Yo tampoco lo sabía. Lo había olvidado. Yo no era yo. Era un ion perdido entre aquel maremágnum incontrolable.
Había dejado mi hotel y quise avanzar sin saber a dónde, ni por qué. Me empujaba una fuerza ciega, como ciega era aquella ola embravecida y apasionada que se olvidó de la lluvia, del trabajo, de la amistad y hasta de Dios. Caminé. Dí unos pasos. Retrocedí. Caí cien veces y otras tantas me levantó el grupo que pateaba y vociferaba, que disparaba tiros y blandía cuchillos y maderos, que lanzaba piedras y recibía ráfagas de metralla y lluvia de granadas y de gases lacrimógenos. En un momento dado, cuando había peleado yo con aquella masa anónima, arrebaté un rifle a un policía y avancé, disparando, haciendo fuego a diestro y siniestro, quebrando a culatazo a quien se me oponía. No sé cómo no me mataron. Yo continuaba ebrio de rabia y de locura, llegando a las cercanías de la antañona iglesia de San Fernando que ya no era más que un hacinamiento de ruinas humeantes.
El agua continuaba cayendo a cántaros. Serían ya las cinco de la tarde, y el combate continuaba. Estaba yo en las vecindades del Capitolio y a mis pies, casi, cayeron, barridos por el plomo vomitado por la riflería, quién sabe cuántos hombres. Paré un instante. Por un décimo de segundo me hice la pregunta de por qué estaba allí, en medio del peligro, cuando un machetazo despegaba la cabeza a un muchacho que gritaba casi a mi diestra. Entonces me acerqué a un muro, casi en el momento en que un poste ornamental caía arrancado de cuajo por un grupo rabioso que inundaba la plaza.
Alguien me habló. No sé qué me dijo. No pude avanzar más. No supe qué fue de mí. Había perdido el conocimiento. Se había hecho la sombra en mi cerebro. Yo no era yo. ¿Era cierto cuanto estaba viendo? A las ocho de la noche, la batahola sin nombre entraba a su término. Amainaba un poco. No así los incendios que seguían consumiendo manzanas enteras. Treinta y cinco edificios inmensos estaban hechos pavesas y no sé cuántos centenares de pequeñas edificaciones, barriadas enteras habían corrido igual suerte. Bogotá estaba en escombros.
Ocho horas habían bastado para quebrar todo el encanto de aquella urbe magnífica y orgullosa que se había convertido en el asiento de todo un continente. Ocho horas de furia humana, llegada a los extremos más inexplicables, había sido suficientes para producir una catástrofe que no la habría hecho mayor un terremoto ni un ciclón. Ocho horas de fuego, de lanzamientos de gases y de combate cuerpo a cuerpo en mil sitios distintos al mismo tiempo, botaron a la Atenas de América con su tradición de civilización helena gaya maestría y su belleza y modernidad no igualada a mil leguas a la redonda. Bogotá era esa noche un hacinamiento humeante.
Y no había sido pesadilla todo aquello. Era la visión directa de aquella gran tragedia, cuando todo un pueblo se arrancó furioso a Dios y se convirtió en bestia incontrolada e indómita, dejando lejos, perdida como epitafio a lo que Bogotá y Colombia habían sido, la frase de López de Mesa:
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”»
(*) - Este texto, escrito por Hernández Franco tres semanas después de ocurrido el hecho que se relata, permaneció inédito hasta 1990, año en que lo publiqué en el periódico La Información, de Santiago. Años más tarde, el 28 de mayo del 2003, fue publicado en la edición especial del suplemento literario “Biblioteca” (Listín Diario), dirigido por el escritor y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua. A partir de esta fecha ha sido publicado en otros medios, entre estos, la revista literaria Mythos , julio 2010. : https://issuu.com/revistamythos/docs/mythos_46 (D.C.).
lunes, 6 de mayo de 2013
¿EL MARATÓN O LA MARATÓN ?
Por: Domingo Caba Ramos.
En un cable de prensa publicado en el diario ecuatoriano El Universo (17/4/2013) se lee lo siguiente:
«Las dos bombas que estallaron en medio de una multitud cerca de la meta en la Maratón de Boston causando la muerte de tres personas dispararon una búsqueda exhaustiva de los autores de un ataque que la Casa Blanca dijo que sería tratado como "un acto terrorista"»
Sobre el mismo hecho, la agencia de noticias británica Reuters informó que :
«Las bombas usadas el lunes contra el Maratón de Boston, que causaron tres muertos y 176 heridos, fueron fabricadas usando ollas a presión como superestructura, pólvora como el explosivo y perdigones como metralla adicional»
Nótese que mientras en el primer cable se habla de “la maratón”, en femenino; el segundo se refiere a “el maratón”, en masculino. Ante esta doble forma genérica, sé que más de un lector se preguntará de inmediato, ¿cuál, entonces, es la forma correcta, “el maratón” o “la maratón”?
Es posible que la mayoría afirme que la primera, pues se escucha más agradable y concordante, y al mismo tiempo rechace la segunda por percibirla discordante, chocante y desagradable, toda vez que la voz masculina maratón aparece modificada por un determinante femenino (la), sintagma que a todas luces contraviene una de las reglas generales de la concordancia que establece que el artículo concuerda con el sustantivo en género y número.
Sin embargo, según el criterio académico, ambas formas, “el maratón” y “la maratón”, son adecuadas; vale decir, la palabra maratón puede emplearse tanto en masculino como en femenino. Acerca de dicha palabra, el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, p.417, establece lo siguiente:
maratón. ‘Carrera pedestre de resistencia’ y, en general, ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’. Esta voz comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino; posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido: «Kurtis fue segundo en el maratón de Hong Kong» (Clarín [Arg.] 3.7.87); «Lo vimos de pantalón corto y cintillo corriendo una maratón» (Hoy [Chile] 2-8.6.97). No debe usarse la grafía marathón.
De la cita anterior se infiere que el término maratón puede utilizarse en doble género, primero, porque dicha palabra, por su propia naturaleza, pertenece al género masculino (concordancia gramatical)); segundo, porque alude a dos formas femeninas: a una ‘carrera’ y a una ‘competición’ (concordancia de sentido). Merced a este juicio, son gramaticalmente válidos enunciados del tipo:
1. Él nunca ha competido en un maratón.
2. Él nunca ha competido en una maratón.
Por: Domingo Caba Ramos.
En un cable de prensa publicado en el diario ecuatoriano El Universo (17/4/2013) se lee lo siguiente:
«Las dos bombas que estallaron en medio de una multitud cerca de la meta en la Maratón de Boston causando la muerte de tres personas dispararon una búsqueda exhaustiva de los autores de un ataque que la Casa Blanca dijo que sería tratado como "un acto terrorista"»
Sobre el mismo hecho, la agencia de noticias británica Reuters informó que :
«Las bombas usadas el lunes contra el Maratón de Boston, que causaron tres muertos y 176 heridos, fueron fabricadas usando ollas a presión como superestructura, pólvora como el explosivo y perdigones como metralla adicional»
Nótese que mientras en el primer cable se habla de “la maratón”, en femenino; el segundo se refiere a “el maratón”, en masculino. Ante esta doble forma genérica, sé que más de un lector se preguntará de inmediato, ¿cuál, entonces, es la forma correcta, “el maratón” o “la maratón”?
Es posible que la mayoría afirme que la primera, pues se escucha más agradable y concordante, y al mismo tiempo rechace la segunda por percibirla discordante, chocante y desagradable, toda vez que la voz masculina maratón aparece modificada por un determinante femenino (la), sintagma que a todas luces contraviene una de las reglas generales de la concordancia que establece que el artículo concuerda con el sustantivo en género y número.
Sin embargo, según el criterio académico, ambas formas, “el maratón” y “la maratón”, son adecuadas; vale decir, la palabra maratón puede emplearse tanto en masculino como en femenino. Acerca de dicha palabra, el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, p.417, establece lo siguiente:
maratón. ‘Carrera pedestre de resistencia’ y, en general, ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’. Esta voz comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino; posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido: «Kurtis fue segundo en el maratón de Hong Kong» (Clarín [Arg.] 3.7.87); «Lo vimos de pantalón corto y cintillo corriendo una maratón» (Hoy [Chile] 2-8.6.97). No debe usarse la grafía marathón.
De la cita anterior se infiere que el término maratón puede utilizarse en doble género, primero, porque dicha palabra, por su propia naturaleza, pertenece al género masculino (concordancia gramatical)); segundo, porque alude a dos formas femeninas: a una ‘carrera’ y a una ‘competición’ (concordancia de sentido). Merced a este juicio, son gramaticalmente válidos enunciados del tipo:
1. Él nunca ha competido en un maratón.
2. Él nunca ha competido en una maratón.
viernes, 26 de abril de 2013
LA MAGIA DE LA LECTURA
.
Por: Domingo Caba Ramos
La lectura es una actividad, una operación, un proceso mental que capacita al hombre para alcanzar diferentes metas y enfrentar muchos de los problemas que la vida le plantea.
En los tiempos modernos la lectura ocupa un lugar de primerísima importancia. Cada vez se hace más imperiosa la necesidad de poseer una mayor información y formación cultural, esto es, de estar al día de los últimos acontecimientos acaecidos tanto en el ámbito nacional como internacional. Y eso, obviamente, solo se logra a través de la lectura.
La lectura nutre el intelecto, recrea el espíritu, activa la imaginación y orienta el rumbo que conduce a la meta deseada. Ella nos permite captar una nueva y más amplia visión del mundo y un agudo conocimiento del medio que nos rodea.
La lectura franquea el camino del arte y abre las puertas del conocimiento científico. Los grandes hombres y mujeres de la humanidad fueron antes que todo, grandes lectores.
Emmanuel Kant, por ejemplo, gracias a su constante actividad lectora, logró forjarse un dominio casi enciclopédico de la filosofía y cultura universal sin haber salido nunca de su natal pueblecito, Konigsberg (Alemania); en tanto que de Miguel Cervantes, autor de una de la más genial de las novelas escritas en lengua española, El Quijote, se afirma que leía hasta los papeles rotos que encontraba en la calle.
Es innegable la poderosa influencia que ejerce un libro en el desarrollo histórico social. “Del destino de los libros - apunta M. Ilim - depende con frecuencia el destino de las gentes, de los pueblos y hasta de los países”.
La lectura actúa como soporte teórico de la práctica profesional. Esto quiere decir que un médico, maestro, abogado, ingeniero o cualquier otro profesional que no se actualice mediante la lectura constante, está condenado a ser un profesional mediocre o atrasado académicamente.
Urge, pues, incentivar la lectura de obras literarias, tratados científicos, periódicos, revistas y todo tipo de material bibliográfico. Como reza en la muy conocida frase: " Quien no lee no tiene derecho a la palabra"
La escuela, en este sentido, está llamada a desempeñar un papel protagónico, vale decir, se hace necesario que la lectura cubra un espacio privilegiado en el trabajo escolar. Porque como bien observó don Pedro Henríquez Ureña: “El hábito y amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal”.
Sabemos, como afirma el gran humanista dominicano, que el bajo “desarrollo de las bibliotecas públicas y de las bibliotecas escolares no permite todavía a los maestros disponer de la variedad de libros que necesitarían para revelar al niño la multitud de casos interesantes que le brinda la lectura”. Pero entendemos, no obstante, que unidos, optimistas y animados de la mejor intención es mucho lo que podemos hacer para que en República Dominicana se ensanche cada vez más el reducido círculo de lectores que hasta ahora tenemos.
Sólo así podemos evitar que los dominicanos continúen “pesando” los libros antes de leerlos. Y sólo así evitaremos que unas lindas jóvenes vuelvan a declarar en un Concurso de Belleza que América fue descubierta en 1980, que este continente fue descubierto por Juan Pablo Duarte, que a Juan Bosch se le concedió el Premio Nóbel de Literatura, que Gabriel García Márquez es dominicano y que Confucio fue un “sabio chino, japonés que inventó la confusión”
Por: Domingo Caba Ramos
La lectura es una actividad, una operación, un proceso mental que capacita al hombre para alcanzar diferentes metas y enfrentar muchos de los problemas que la vida le plantea.
En los tiempos modernos la lectura ocupa un lugar de primerísima importancia. Cada vez se hace más imperiosa la necesidad de poseer una mayor información y formación cultural, esto es, de estar al día de los últimos acontecimientos acaecidos tanto en el ámbito nacional como internacional. Y eso, obviamente, solo se logra a través de la lectura.
La lectura nutre el intelecto, recrea el espíritu, activa la imaginación y orienta el rumbo que conduce a la meta deseada. Ella nos permite captar una nueva y más amplia visión del mundo y un agudo conocimiento del medio que nos rodea.
La lectura franquea el camino del arte y abre las puertas del conocimiento científico. Los grandes hombres y mujeres de la humanidad fueron antes que todo, grandes lectores.
Emmanuel Kant, por ejemplo, gracias a su constante actividad lectora, logró forjarse un dominio casi enciclopédico de la filosofía y cultura universal sin haber salido nunca de su natal pueblecito, Konigsberg (Alemania); en tanto que de Miguel Cervantes, autor de una de la más genial de las novelas escritas en lengua española, El Quijote, se afirma que leía hasta los papeles rotos que encontraba en la calle.
Es innegable la poderosa influencia que ejerce un libro en el desarrollo histórico social. “Del destino de los libros - apunta M. Ilim - depende con frecuencia el destino de las gentes, de los pueblos y hasta de los países”.
La lectura actúa como soporte teórico de la práctica profesional. Esto quiere decir que un médico, maestro, abogado, ingeniero o cualquier otro profesional que no se actualice mediante la lectura constante, está condenado a ser un profesional mediocre o atrasado académicamente.
Urge, pues, incentivar la lectura de obras literarias, tratados científicos, periódicos, revistas y todo tipo de material bibliográfico. Como reza en la muy conocida frase: " Quien no lee no tiene derecho a la palabra"
La escuela, en este sentido, está llamada a desempeñar un papel protagónico, vale decir, se hace necesario que la lectura cubra un espacio privilegiado en el trabajo escolar. Porque como bien observó don Pedro Henríquez Ureña: “El hábito y amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal”.
Sabemos, como afirma el gran humanista dominicano, que el bajo “desarrollo de las bibliotecas públicas y de las bibliotecas escolares no permite todavía a los maestros disponer de la variedad de libros que necesitarían para revelar al niño la multitud de casos interesantes que le brinda la lectura”. Pero entendemos, no obstante, que unidos, optimistas y animados de la mejor intención es mucho lo que podemos hacer para que en República Dominicana se ensanche cada vez más el reducido círculo de lectores que hasta ahora tenemos.
Sólo así podemos evitar que los dominicanos continúen “pesando” los libros antes de leerlos. Y sólo así evitaremos que unas lindas jóvenes vuelvan a declarar en un Concurso de Belleza que América fue descubierta en 1980, que este continente fue descubierto por Juan Pablo Duarte, que a Juan Bosch se le concedió el Premio Nóbel de Literatura, que Gabriel García Márquez es dominicano y que Confucio fue un “sabio chino, japonés que inventó la confusión”
viernes, 19 de abril de 2013
LECTURA Y ORTOGRAFÍA
(Con motivo del Día internacional del libro : 24 de abril)
Por : Domingo Caba Ramos.
Cuando yo ejercía como Gerente de Recursos Humanos en un prestigioso grupo empresarial de Santiago, un ingeniero industrial me remitió, vía correo electrónico, una breve comunicación parte de cuyo texto decía así:
« La reunión se llebara a cabo a la sinco de la tarde en el salon de conferencia y en ella trataremos asunto muy inportante para la compañía y para todo los empleado…»
Al saber que un profesional graduado en una de las más prestigiosas universidades del país era el autor de semejante texto , una pregunta afloró casi de manera inconsciente a mis labios:
¿Cómo es posible que una persona provista de un título universitario pueda incurrir en tan elementales desaciertos ortográficos?
Y aunque me imaginaba la respuesta, no tardé mucho en confirmarla. El susodicho ingeniero es uno de los tantos dominicanos que sufren de “lecturofobia”, de los muchos que pesan los libros antes de leerlos, o los cierran para siempre si estos son muy voluminosos. Cuando estudiante lo obligaron a leer tres obras literarias, las únicas que ha leído en su vida. En los periódicos quizás mensualmente suele leer una que otra nota deportiva y, como si todo eso esto fuera poco, parece disfrutar cuando afirma que “las librerías conmigo difícilmente progresen”
En el 2000, por ejemplo, le envié a mi apreciado y siempre recordado amigo un ejemplar del libro que en octubre de ese año puse en circulación. Seis meses después nos encontramos y le pregunté sobre la impresión que el texto le había causado.
-“Creo que leí el índice” – me contestó con el más frío desparpajo y sorprendente naturalidad.
-“Si logré que tú leyeras aunque fuera el índice de mi libro, pienso que entonces valió la pena publicarlo” - le respondí en forma irónica y con el mismo desparpajo.
Pedagógicamente está más que comprobado que el poco hábito de lectura constituye una de las principales causas que originan las faltas ortográficas. Que a escribir correctamente aprendemos cuando internalizamos en nuestros cerebros o nos familiarizamos con la imagen gráfica de esos dibujitos llamados letras. Y ese proceso de familiarización o fijación de los rasgos físicos de las palabras sólo es posible lograrlo a través de la lectura constante. O, lo que es lo mismo, a mayor actividad lectora, mayor calidad de la escritura.
Por eso no resulta extraño que personas con muy bajo nivel de instrucción, pero muy dedicadas a la práctica de la lectura, muestren un dominio ortográfico, cuando no perfecto, aceptable. Y por eso no tiene nada de extraño que profesionales como el ingeniero precitado escriban tal y como aparece en la nota más arriba transcrita. Porque como muy acertadamente afirma el lingüista y profesor universitario, Santiago Cabanes:
« La lengua hablada entra por el oído y sale por la boca; los mudos los son por sordos. Pero la lengua escrita entra por los ojos y sale por la punta del lapicero o por la pantalla de la computadora; y todo por la magia de la lectura. Por lo tanto: buena escritura = mucha y buena lectura»
(Con motivo del Día internacional del libro : 24 de abril)
Por : Domingo Caba Ramos.
Cuando yo ejercía como Gerente de Recursos Humanos en un prestigioso grupo empresarial de Santiago, un ingeniero industrial me remitió, vía correo electrónico, una breve comunicación parte de cuyo texto decía así:
« La reunión se llebara a cabo a la sinco de la tarde en el salon de conferencia y en ella trataremos asunto muy inportante para la compañía y para todo los empleado…»
Al saber que un profesional graduado en una de las más prestigiosas universidades del país era el autor de semejante texto , una pregunta afloró casi de manera inconsciente a mis labios:
¿Cómo es posible que una persona provista de un título universitario pueda incurrir en tan elementales desaciertos ortográficos?
Y aunque me imaginaba la respuesta, no tardé mucho en confirmarla. El susodicho ingeniero es uno de los tantos dominicanos que sufren de “lecturofobia”, de los muchos que pesan los libros antes de leerlos, o los cierran para siempre si estos son muy voluminosos. Cuando estudiante lo obligaron a leer tres obras literarias, las únicas que ha leído en su vida. En los periódicos quizás mensualmente suele leer una que otra nota deportiva y, como si todo eso esto fuera poco, parece disfrutar cuando afirma que “las librerías conmigo difícilmente progresen”
En el 2000, por ejemplo, le envié a mi apreciado y siempre recordado amigo un ejemplar del libro que en octubre de ese año puse en circulación. Seis meses después nos encontramos y le pregunté sobre la impresión que el texto le había causado.
-“Creo que leí el índice” – me contestó con el más frío desparpajo y sorprendente naturalidad.
-“Si logré que tú leyeras aunque fuera el índice de mi libro, pienso que entonces valió la pena publicarlo” - le respondí en forma irónica y con el mismo desparpajo.
Pedagógicamente está más que comprobado que el poco hábito de lectura constituye una de las principales causas que originan las faltas ortográficas. Que a escribir correctamente aprendemos cuando internalizamos en nuestros cerebros o nos familiarizamos con la imagen gráfica de esos dibujitos llamados letras. Y ese proceso de familiarización o fijación de los rasgos físicos de las palabras sólo es posible lograrlo a través de la lectura constante. O, lo que es lo mismo, a mayor actividad lectora, mayor calidad de la escritura.
Por eso no resulta extraño que personas con muy bajo nivel de instrucción, pero muy dedicadas a la práctica de la lectura, muestren un dominio ortográfico, cuando no perfecto, aceptable. Y por eso no tiene nada de extraño que profesionales como el ingeniero precitado escriban tal y como aparece en la nota más arriba transcrita. Porque como muy acertadamente afirma el lingüista y profesor universitario, Santiago Cabanes:
« La lengua hablada entra por el oído y sale por la boca; los mudos los son por sordos. Pero la lengua escrita entra por los ojos y sale por la punta del lapicero o por la pantalla de la computadora; y todo por la magia de la lectura. Por lo tanto: buena escritura = mucha y buena lectura»
jueves, 11 de abril de 2013
DE LO GRACIOSO A LO RIDÍCULO.
(Exabrupto de un bachatero emocionado)
Por: Domingo Caba Ramos.
Durante la dictadura de Trujillo, por razones políticas, cientos de dominicanos perdieron la vida, cientos fueron torturados y cientos sufrieron los rigores de injustas prisiones. Como resultado de esa realidad, cientos de hijos quedaron huérfanos, cientos de esposas quedaron viudas y cientos de madres perdieron a sus hijos. El dolor no se aparta de las víctimas del tenebroso régimen, y las cicatrices de las torturas, como huellas malditas, aún yacen plasmadas en los cuerpos de los que lograron escapársele a la muerte.
Cuando un bachatero llamado Anthony Santos, emborrachado por la emoción e impulsado, talvez, por el endiosamiento y la ignorancia, incurre en el irrespeto de alabar públicamente a Trujillo, insulta, se burla, ofende y les falta el respeto, no solo a quienes desaparecieron, fueron asesinados y padecieron los tormentos de las cárceles trujillistas, sino también a esas viudas, a esos huérfanos y a esas madres adoloridas.
Su inoportuno, ridículo y desagradable « ¡Viva Trujillo!, constituye un hecho sin precedente en nuestro país, por cuanto en el tiempo que llevo respirando, jamás había visto que alguien, en un acto público, se atreviera a ensalzar la imagen del sanguinario dictador.
Me informan que este bachatero, cuando en las fiestas que ameniza, sus emociones alcanzan el tope , suele incurrir en todo tipo de exabruptos, disparates o extravagancias léxicas y en cuantas prácticas le permitan "hacerse el gracioso"; pero él debería saber que esa gracia se torna ridícula y odiosa cuando de manera torpe e irracional se atreve a emitir un ¡Viva Trujillo! en un acto observado por miles de niños, jóvenes y adolescentes, y posiblemente por muchos de los dominicanos que sufrieron los rigores de la de férrea dictadura.
¿A qué se debe semejante conducta lingüística?
Anthony Santos, tenemos que admitirlo, es el más popular y cotizado cantante de bachata de la República Dominicana. Su popularidad ha alcanzado niveles que desbordan los límites de la idolatría y el endiosamiento. Como existe una estrecha relación entre la conducta lingüística y el autoconcepto de la persona, es común que cuando un individuo se siente endiosado, idolatrado y magnificado por la valoración social, más si carece de formación académica y emerge de la pobreza extrema, entienda que está por encima del bien y el mal, que todo lo que dice “le luce” o genera gracia, que las leyes no rozan su epidermis, razón por la cual todo lo puede decir sin temor a ser penalizado. Es exactamente lo que sucede con el anciano comunicador Álvaro Arvelo (Alvarito), el más endiosado dominicano después de la muerte de Balaguer, cuyas “pleberías”, pestilencias y deformadoras cloacas verbales gravitan de manera negativa en el habla de los dominicanos.
¿Sabrá Anthony Santos quién fue realmente Trujillo? ¿Sabrá que existe una ley en nuestro país que prohíbe la propaganda trujillista? ¿Entenderá que cada lugar demanda un tipo espacial de comportamiento? ¿Entenderá que en la solemnidad del Teatro Nacional no se puede actuar y hablar igual que en el bullicio e informalidad de un rancho típico?
Ojalá que el popular y talentoso bachatero noroestano no repita tan repudiado comportamiento y, en tal virtud, quizás convenga recordarle lo que no hace mucho escribí en uno de mis artículos:
«El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza. El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar. El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar»
(Exabrupto de un bachatero emocionado)
Por: Domingo Caba Ramos.
Durante la dictadura de Trujillo, por razones políticas, cientos de dominicanos perdieron la vida, cientos fueron torturados y cientos sufrieron los rigores de injustas prisiones. Como resultado de esa realidad, cientos de hijos quedaron huérfanos, cientos de esposas quedaron viudas y cientos de madres perdieron a sus hijos. El dolor no se aparta de las víctimas del tenebroso régimen, y las cicatrices de las torturas, como huellas malditas, aún yacen plasmadas en los cuerpos de los que lograron escapársele a la muerte.
Cuando un bachatero llamado Anthony Santos, emborrachado por la emoción e impulsado, talvez, por el endiosamiento y la ignorancia, incurre en el irrespeto de alabar públicamente a Trujillo, insulta, se burla, ofende y les falta el respeto, no solo a quienes desaparecieron, fueron asesinados y padecieron los tormentos de las cárceles trujillistas, sino también a esas viudas, a esos huérfanos y a esas madres adoloridas.
Su inoportuno, ridículo y desagradable « ¡Viva Trujillo!, constituye un hecho sin precedente en nuestro país, por cuanto en el tiempo que llevo respirando, jamás había visto que alguien, en un acto público, se atreviera a ensalzar la imagen del sanguinario dictador.
Me informan que este bachatero, cuando en las fiestas que ameniza, sus emociones alcanzan el tope , suele incurrir en todo tipo de exabruptos, disparates o extravagancias léxicas y en cuantas prácticas le permitan "hacerse el gracioso"; pero él debería saber que esa gracia se torna ridícula y odiosa cuando de manera torpe e irracional se atreve a emitir un ¡Viva Trujillo! en un acto observado por miles de niños, jóvenes y adolescentes, y posiblemente por muchos de los dominicanos que sufrieron los rigores de la de férrea dictadura.
¿A qué se debe semejante conducta lingüística?
Anthony Santos, tenemos que admitirlo, es el más popular y cotizado cantante de bachata de la República Dominicana. Su popularidad ha alcanzado niveles que desbordan los límites de la idolatría y el endiosamiento. Como existe una estrecha relación entre la conducta lingüística y el autoconcepto de la persona, es común que cuando un individuo se siente endiosado, idolatrado y magnificado por la valoración social, más si carece de formación académica y emerge de la pobreza extrema, entienda que está por encima del bien y el mal, que todo lo que dice “le luce” o genera gracia, que las leyes no rozan su epidermis, razón por la cual todo lo puede decir sin temor a ser penalizado. Es exactamente lo que sucede con el anciano comunicador Álvaro Arvelo (Alvarito), el más endiosado dominicano después de la muerte de Balaguer, cuyas “pleberías”, pestilencias y deformadoras cloacas verbales gravitan de manera negativa en el habla de los dominicanos.
¿Sabrá Anthony Santos quién fue realmente Trujillo? ¿Sabrá que existe una ley en nuestro país que prohíbe la propaganda trujillista? ¿Entenderá que cada lugar demanda un tipo espacial de comportamiento? ¿Entenderá que en la solemnidad del Teatro Nacional no se puede actuar y hablar igual que en el bullicio e informalidad de un rancho típico?
Ojalá que el popular y talentoso bachatero noroestano no repita tan repudiado comportamiento y, en tal virtud, quizás convenga recordarle lo que no hace mucho escribí en uno de mis artículos:
«El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza. El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar. El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar»
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