martes, 30 de agosto de 2016

LENGUA, COMUNICACIÓN Y ORATORIA.

Por: Domingo Caba Ramos.

 LENGUA. Entre otros conceptos, la lengua ha sido definida como el instrumento de comunicación o sistema de signos convencionales utilizados por una comunidad para entenderse. Su función fundamental es la comunicación.

 LA COMUNICACIÓN. Es el proceso que consiste en el intercambio de ideas entre dos o más personas. Se trata de un proceso en el que, entre otros factores, intervienen un emisor o sujeto comunicante que elabora, codifica y transmite la información y un receptor que recibe, decodifica e interpreta el mensaje.

 Para que la comunicación se produzca o resulte efectiva, el mensaje emitido por el emisor debe ser comprendido o debidamente interpretado por el receptor; pero desafortunadamente no siempre sucede así. El receptor, ya sea por ignorancia (inintencional) o por un interés marcado (intencional) suele distorsionar la esencia de la idea, amplificando, restringiendo o modificando el mensaje percibido. Se originan de esa manera lo que en la teoría de la comunicación técnicamente se conoce con el nombre de ruidos, los cuales se definen como todos aquellos obstáculos, barreras o interferencia que impiden la debida interpretación del mensaje.

En la comunicación lingüística, los ruidos se producen cuando el emisor no se da a entender (no se expresa con claridad), o cuando el receptor no sabe entender, interpretar o desentrañar el sentido profundo del mensaje percibido (no sabe leer ni escuchar). De ahí que en ocasiones, un mismo mensaje, sin ser poético, reciba las más diversas interpretaciones por parte de intérpretes distintos.

Para que la comunicación se produzca o resulte efectiva, entre otras condiciones, se requiere saber hablar, y saber hablar significa pensar siempre en el receptor del mensaje, esto es, emplear las palabras de acuerdo a la capacidad o nivel de comprensión del oyente. Esta condición está estrechamente articulada al propósito general que persigue el arte de la oratoria: persuadir.

 ORATORIA.

Se ha definido como el arte de convencer o persuadir por medio de la palabra hablada. El discurso como pieza oratoria es una exposición en la que se suman la intencionalidad y la aplicación de estrategias encaminadas a persuadir a un auditorio para que piense y sienta de determinada manera, para que adopte una posición específica o para que emprenda acciones particulares, según el objetivo o propósito que persigue el orador.

 Para convencer, es necesario mover la voluntad del oyente, y esto solo es posible cuando el receptor está dotado de las competencias lingüísticas y comunicativas requeridas para captar o desentrañar el contenido profundo del mensaje escuchado. De ahí la importancia de saber hablar, de saber a quién se le habla, a quién va dirigido el discurso.

En Grecia, y particularmente en Atenas, se produjo un notable desarrollo de las ideas democráticas durante el siglo V a. de C., y este hecho abre las posibilidades para una mayor participación en la vida política. De ahí que el arte de hablar en público, a partir de ese momento, en la democracia griega, se erigió en una práctica de primerísima importancia. La oratoria era concebida por los griegos como la base del éxito social. Es así como surgen los sofistas, maestros o pensadores dedicados a la enseñanza de la Retórica o Arte del buen decir. El fin de estos era enseñar cómo hablar en público para que los ciudadanos obtuvieran éxito en la vida social; pero fundamentalmente éxitos en el debate político. Convencer y/o vencer el punto de vista del oponente constituía el fin último de todo buen orador.

El buen orador ha sido y continúa siendo líder y promotor de los pueblos a través de la historia, como lo atestigua Demóstenes en Grecia y Cicerón en Roma. Actualmente la pericia en el uso de la palabra sigue siendo la llave para los predicadores, los líderes políticos, dirigentes sindicales, defensores públicos, etc. Para toda persona, en cualquier rol que desempeñe, contar con la capacidad para convencer a un público, es una poderosa herramienta de éxito y progreso. Como bien lo afirma Dale Carnegie: “La satisfacción personal, comercial o social depende sobre manera de la capacidad que tiene una persona de comunicar claramente a los demás lo que siente, lo que desea y lo que cree” (Carnegie, 1968)

La elocuencia o dotes del orador se fundamentan, además de la práctica y otros recursos, en un adecuado manejo de la lengua que le permitan vencer las dudas, confusiones y escollos lingüísticos, así como evitar los vicios de dicción que tanto afectan la claridad, concisión , precisión y elegancia del mensaje.

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