El
prejuicio racial antinegro en la República Dominicana visto a través de la
lengua.
Por: Domingo Caba Ramos
En términos de la vigencia de la
negrofobia , más de una investigación
social ha revelado que en Latinoamérica, adonde por imperar el mulataje, los nativos de esta zona
llevan “el negro tras de la oreja”,
paradójicamente es notoria la presencia de sesgos racistas que no siempre de
manifiestan, agrego yo, en forma explícita. Entre esos países hay
que incluir, necesariamente, a la República Dominicana, mulato territorio en el
que a pesar de que sus nativos son de piel mayoritariamente negra, una cantidad
considerable de estos, sin embargo, como afirmara Sócrates Nolasco, siempre se
han considerado “mentalmente blancos”.
Y es por esa razón que en el
subconsciente del criollo dominicano late un prejuicio racial (prejuicio
implícito) que en cualquier momento se expresa o patentiza a través de las más
diversas formas de expresión lingüística, tales como adivinanzas, frases
hechas, comentarios, refranes, etc.; pero sobre todo , mediante las más
variadas formas del verso popular. Esta realidad lingüística origina una
especie de dicotomía entre hechos y palabras, por cuanto el mismo sujeto que
alega no ser racista ni estar racialmente prejuiciado, cuando habla o se
expresa, ese prejuicio (implícito), arraigado en lo más profundo de su
inconsciente brota con toda su fuerza.
Así lo expuse en un extenso ensayo publicado en la prensa nacional entre los días 25 de mayo y 5 de junio 1990, como aporte al debate intelectual que se suscitó en el país ante la agresiva campaña racista que sectores políticos desarrollaron para descalificar y frenar las aspiraciones presidenciales del Dr. José Francisco Peña Gómez, cuyas expectativas de triunfo lucían cada vez bastante altas. Como resultado de semejante campaña, el presidente de entonces, Joaquín Balaguer, llegó al extremo de ordenar que en todas las estaciones de radio, a las 12 m., se interpretaran las notas del Himno Nacional, supuestamente con el fin de despertar o encender el sentimiento nacionalista del pueblo dominicano.
¿Existe
el prejuicio racial en la República Dominicana?, se convirtió en la pregunta
centro del debate intelectual que a través de los medios de comunicación en ese
momento se desarrolló en ese momento. Unos contestaban negativamente, otros,
entre los que me encontraba, de manera afirmativa. Mi posición teórica, de
indiscutible sustrato sicológico, la justificaba estableciendo que dicho
prejuicio sí existe en nuestro país, pero como al parecer este yace arraigado
en el subconsciente de los dominicanos (prejuicio implícito), podría originarse
la falsa sensación de que no existe. Y que los mismos que niegan su existencia,
en ocasiones, y también de manera inconsciente, lo sacan a flote cuando se
expresan, tanto en forma oral como escrita.
Por considerarlo de interés, me
permito compartir de nuevo el contenido del prealudido ensayo, el cual esta vez se publica con el
título modificado para que en la conciencia del lector quede claro que no se
trata de un estudio acerca del antihiatianismo o prejuicio antihaitiano, sino
del prejuicio racial antinegro en general. Como este, históricamente, ha estado
indisolublemente asociado al antihaitianismo, debido, entre otros factores, al
alto grado de tirantez que durante siglos ha primado en las relaciones políticas entre
las dos naciones que conforman la isla de Santo Domingo, y como merced a ese vínculo parece imposible abordar el primer tema al margen del
segundo, son muchos los que en el plano conceptual, vale reiterarlo, se
confunden y erróneamente entienden que
hablar acerca del prejuicio racial contra el negro es lo mismo que referirse al
sentimiento antihaitiano.
Si bien uno y otro concepto,
como ya se estableció, están profundamente interconectados y obran juntos en el
contexto del Caribe, en su sentido profundo acusan notables diferencias. Mientras
el prejuicio antihaitiano implica el rechazo del pueblo haitiano y sus
manifestaciones culturales, la negrofobia se enfoca en el rechazo al color de
la piel negra y los rasgos africanos. Se trata, el antinegrismo, de una forma de racismo global basado en el color de piel y la ascendencia
africana. El antihiatianismo, más que racial, es un
prejuicio de tipo histórico, político y
cultural enfocado de manera específica contra el haitiano y lo haitiano.
El prejuicio racial antinegro
en la República Dominicana, visto a través de la lengua.
1
«Cuando el negro fue colocado por el colonizador en el lugar más bajo de la escala social, los prejuicios de clases que contra él se abatieron fueron fácilmente desdoblados en prejuicios raciales».
(Hugo Tolentino Dipp).
Según el punto de vista de historiadores, sociólogos y antropólogos dominicanos, el prejuicio racial en Santo Domingo aparece en el mismo momento en que los españoles introdujeron los negros africanos en el gobierno de Nicolás de Ovando (1502 - 1509) en condición de esclavos, para reemplazar la fuerza de trabajo indígena que para esa época estaba a punto de desaparecer. La esclavitud en la Isla Española se implantó, para ser más preciso, en el año 1505. Así lo consigna Carlos Larrazábal Blanco en su libro “Los negros y la esclavitud en Santo Domingo”, al afirmar que:
«Sin embargo en 1505, muerta la reina Isabel, una embarcación arribó a la
ciudad de Santo Domingo con diecisiete esclavos negros que se dedicarían al
trabajo de las minas de cobre recién descubiertas. Ovando aceptó el hecho
cumplido, y conociendo mejor las necesidades e intereses de la colonia resolvió
pedir más esclavos con lo que dejó establecida de una manera definitiva, desde
el punto de vista oficial, el sistema de la esclavitud en la Isla». (1975, pág. 13).
Como consecuencia de la esclavitud, el esclavo pasó a ocupar el lugar
más bajo en la escala social. Ser esclavo era signo de inferioridad. Como el
negro era esclavo, el negro era inferior a las demás personas. Esta idea aún la
conserva el pueblo dominicano como herencia histórica de la época de la
colonia, alimentada, naturalmente, por la clase dominante.
La presencia del negro africano unida a la del indio nativo y al
conquistador español es lo que va a conformar nuestra identidad nacional y
definir los rasgos étnicos y culturales de nuestro territorio. Tan pronto los
negros esclavos arriban a la isla se relacionan carnalmente con los amos o
conquistadores y se produce así el tipo racial denominado mulato, que es la
mezcla del blanco con el negro. Otras categorías raciales existentes en Santo
Domingo y demás pueblos del continente americano son el mestizo, producto de la
unión de indio y blanco y grifo que la mezcla de indio y negro.
Nosotros, los americanos, y como parte de estos, los dominicanos, somos
mestizos, grifos o mulatos. Esto queda reforzado con la siguiente cita:
«De ahí que el
verdadero substrato de nuestra sociedad, en términos etnológicos, fuera y sigue
siéndolo afrohispánico» (Balcácer, Juan Daniel.
Revista ¡Ahora! No. 695. 1977, pág. 25).
Podría pensarse y hasta afirmarse que en virtud de nuestra composición
afrohispánica, los dominicanos no somos racistas. Pero en realidad no sucede
así. El prejuicio antinegro, fundamentalmente implícito, siempre ha estado
vigente en la República Dominicana, y tan acentuado está el prejuicio racial en
el subconsciente de los dominicanos, que hasta las personas de piel oscura
rechazan o discriminan al negro. O, lo que es lo mismo, tienden a
autodiscriminarse. En torno a este juicio, Sócrates Nolasco llegó a decir
que “el negro dominicano es mentalmente blanco”. (Citado por Bruno
Rosario Candelier en “Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, 1977, pág.
272).
Mientras que para el brillante declamador e intérprete de la poesía negroide,
Carlos Lebrón Saviñón, “el primer discriminador del negro es el propio
negro”. Es como si al percibir la oscuridad de su piel, en su rostro se
dibujara el dolor que ese hecho le produce. Por eso canta el poeta:
«Negra Pulula, que bien,
que planchas la ropa ajena,
¡Cuándo plancharás tu cara,
mapa de penas!»
Nuestro sueño dorado es llegar a ser blancos y con semejante actitud, mostramos
un profundo desconocimiento o no resistimos a reconocer las verdaderas raíces
biológicas y culturales que nos dieron origen. Ya lo dijo poéticamente nuestro
gran cantor popular, Juan Antonio Alix:
«Todo aquel que es blanco fino,
jamás se fija en blancura,
y el que no es de sangre pura,
por ser blanco pierde el
tino...»
Es bien sabido que el otrora Generalísimo y dictador Rafael Leónidas Trujillo
Molina, autor de la horrible masacre de más de quince mil haitianos ejecutada
en 1937, y entre cuyos abuelos se registran el capitán español José Trujillo
Monagas y la haitiana Luisa Erciná Chevalier, revivió el culto a lo hispano,
bastante resquebrajado a partir de la derrota de las fuerzas anexionistas
españolas (1863 - 65), y lo utilizó como uno de los instrumentos o rasgos
ideológicos sustentadores de su esquema de dominación política.
«La exaltación de los valores
hispánicos - apunta el afamado sociólogo e historiador Franklin
Franco - fue una herencia
recogida con toda fidelidad por el sistema ideológico del trujillato. Incluso
desde el punto de vista personal, Trujillo intentó buscar su ascendencia
hispánica, al tiempo que mantenía permanentemente una intensa campaña
propagandística dirigida a mostrar al pueblo la unidad cultural entre la República
y su vieja metrópolis» (Historia de las ideas políticas en
la República Dominicana, págs. 121 - 122)
No es extraño, pues, que uno de los más cercanos colaboradores del tirano, el
doctor Joaquín Balaguer, se expresara en parecidos términos al afirmar
que «Santo Domingo es el pueblo más español de América» (La
Isla al Revés, 1983, p.. 63).
Entiende este autor, quien extrañamente niega la existencia del prejuicio
racial en la República Dominicana, que «nuestro origen racial y nuestra
tradición de pueblo hispánico, no nos deben impedir reconocer que la
nacionalidad se halla en peligro de desintegrarse si no se emplean remedios
drásticos contra la amenaza que se deriva para ella de la vecindad del pueblo
haitiano», que «el contacto con el negro ha contribuido, sin ningún
género de dudas, a relajar nuestras costumbres públicas» (p. 45),
que «una gran parte de los negros que emigran a Santo Domingo (p. 49)
son seres tarados por lacras físicas deprimentes», transmisores de «las
enfermedades más repugnantes», así como los verdaderos causantes «de
la corrupción de nuestras costumbres patriarcales» (p. 50).
Y no es extraño que el mismo autor justificara la espantosa matanza de
haitianos llevada a cabo por Trujillo argumentando que: «La República, para poder subsistir como nación española, necesita afianzar
las diferencias somáticas que la separan de Haití...» (La realidad dominicana, 1947 :115)
Trujillo, que no desperdició recurso alguno para demostrar al país y al mundo
que por sus venas no corría sangre africana, sino exclusivamente española,
jamás hizo alusión, ni mucho menos sus fieles acólitos, a las raíces haitianas
que sirvieron de punto de apoyo a su árbol genealógico. Mucha razón tuvo al
respecto el ya mencionado “Cantor del Yaque”, cuando en la segunda mitad del
pasado siglo condenó semejante comportamiento en una de sus más famosas y
conocidas décimas:
«El blanco que tuvo abuela,
tan prieta como el carbón,
nunca de ella hace mención,
aunque le peguen
candela.
Y a la tía Doña Habichuela,
como que era blanca vieja,
de mentarla nunca deja,
para dar a comprender,
que nunca puede tener,
el negro tras de la oreja».
(PUBLICADO EN DIARIO LIBRE, 22/5/2026)

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