Por: Domingo Caba Ramos
«En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero»
(Del cuento “Dos
pesos de agua”, de Juan Bosch)
Hace más de dos semanas que la lluvia no ha parado de caer en la República
Dominicana. Como reza la frase popular: ¡Llueve a cántaros! Y es tanta la
lluvia caída, que por momentos he pensado que la vieja Remigia, de “Paso
Hondo”, se “mudó” a esta nación, y de nuevo les prendió, para que lloviera,
velas a las ánimas del purgatorio
La historia de la vieja Remigia y Paso Hondo parece repetirse en cada rincón
del país; pero muy particularmente en el Cibao Central, Santo Domingo y Puerto
Plata.
Paso Hondo es el ambiente imaginario adonde se desarrolla el hecho (una
sequía) que magistralmente relata Juan Bosch en uno de sus cuentos
capitales: “Dos pesos de agua”,
incluido en el volumen Cuentos escritos antes del exilio (1982)
En términos generales el cuento nos relata la historia de Remigia,
la vieja campesina y el extremo optimismo o fe inquebrantable de esta ante los
peores desastres que la furia de la naturaleza
pueda producir. Y el argumento es bastante sencillo:
Paso Hondo, lugar donde reside la vieja Remigia, es afectado por una gran
sequía que genera la desesperación y la emigración en masa de los residentes de
este lugar. La tragedia natural no solo afecta a la anciana campesina, sino
también a sus vecinos, quienes forzados por las circunstancias deciden abandonar
sus tierras y salir en busca de mejores condiciones de vida.
Al decir de los lugareños, la sequía, cual castigo divino, se presentó en el
momento en que menos se esperaba:
« Todo iba bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella
sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que
cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:
- Tiempo bravo, Remigia
Ella aprobaba en silencio.
Acaso comentaba:
- Prendiendo velas a las ánimas pasa
esto» (1982:
19)
Fue así como poco a poco, la angustia fue aposentándose en el cerebro de todos
los residentes de Paso Hondo:
« Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia
tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían
desaparecidos; toda la vegetación de la loma había sido quemada…» (p. 20)
Antes de abandonar el lugar, los vecinos de la vieja pasaban a despedirse
de ella y a externar el último lamento:
«-Yo no aguanto, Remigia; a este
lugar le han echado mal de ojo...» (p.21)
Todos se marchan, menos Remigia, la cual se queda, confiando en que las ánimas
del purgatorio, a las cuales ella ha estado prendiendo velas, un día se
compadecerán de Paso Hondo y mandarán la lluvia. Y a todos, la vieja les
regalaba monedas para que compraran velas y se las prendieran a las
ánimas del purgatorio :
«-Tenga; préndamele esto de velas a las ánimas en mi nombre... » (p.21)
«La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna
tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del
aguacero sobre el ardido techo de yaguas…» (p.18)
Después que sus insistentes pedidos habían sido ignorados, las ánimas
descubren que Remigia ha gastado dos pesos en velas, un monto considerado por
ella bastante alto. Es entonces cuando de inmediato comienzan a dar respuestas
a sus oraciones, enviando la tan esperada lluvia y causando, inconscientemente,
una segunda tragedia: la inundación que destruye a Paso Hondo y se lleva consigo
a doña Remigia.
«Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el
camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el
conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio
descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y
despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, rabiosa» (p.26)
En paso Hondo, como presa desbordada, las nubes no cesaban de enviar agua
a la tierra:
«Pasó una semana; pasaron diez días, quince... Zumbaba el aguacero sin
una hora de tregua…. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se
adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los
conucos» (p.27)
Por esa razón, como sucede hoy en diferentes zonas del país, «… El agua sucia entró por los quicios y
empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos
parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró
el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los
troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el
camino real se formaba un río torrentoso.» (p.27)
Remigia, que fue capaz de soportar estoicamente los embates de la primera
tragedia (sequía) sucumbió ante la furia de la segunda (inundación):
«Cuando sintió el bohío torcerse por la tormenta, Remigia desistió de
esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con
el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera.
A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El
terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la
distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y
tornó a pararse. Seguía sujetando al nieto y gritando: - ¡Virgen Santísima,
Virgen Santísima!» (p. 18)
En tanto las ánimas, allá en el cielo, gritaban enloquecidas, como enloquecidas
parece que también gritando en estos momentos :
«- ¡Ya va medio peso de agua!
¡Ya va medio peso de agua!» (p. 29)
«-¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son
dos pesos de agua!» (p. 30





