sábado, 6 de junio de 2026

LIMINAR

 

He leído con sumo interés la obra Pacto de generales: Trujillo y Piro Estrella. Un libro de recreación histórica que viene a sumarse y, por tanto, nutrir la profusa bibliografía que en la República Dominicana versa acerca de la Era de Trujillo.  Y es que por la importancia, trascendencia y controvertida esencia de este dilatado y estudiado período de nuestra historia, así como por la relevancia histórica del personaje que en él fungió de protagonista, todo texto o estudio cuyo contenido aluda a este, no solo concita mucho interés, sino también curiosidad, pasión y los más diversos y encontrados sentimientos. Pacto de generales: Trujillo y Piro Estrella, con buena tinta, se inscribe desde ya en tan significativa lista.

Arturo Taveras, su autor, es un competente y veterano periodista, por cuya labor profesional, eficientemente ejercida, siento el gran orgullo de haber sido su maestro de literatura cuando cursaba estudios secundarios en el Liceo Nocturno «Tamboril». Nacido en el distrito municipal de Canca La Piedra, Tamboril, ha ejercido el periodismo en medios escritos, radiales y televisivos, en cada uno de los cuales, en todo momento ha puesto de manifiesto su comportamiento cívico, sentido humano y fina sensibilidad social, académica, artística y literaria.  

No es lingüista, tampoco historiador; pero a pesar de eso, su quehacer discursivo pone de manifiesto las inquietudes intelectuales que desde muy joven siempre ha tenido este acucioso comunicador.  Así, en septiembre del año 2011, nos sorprendió con la publicación de su libro, el primero, Las vainas de papá: Léxico y ocurrencias de un presidente, obra en la que presenta una bien documentada relación de ilustrativas e importantes muestras expresivas que fielmente revelan el estilo de lengua coloquial o particular forma de expresión del expresidente de la república, Ing. agrónomo, Hipólito Mejía.

Y esta vez vuelve a sorprendernos con la puesta en circulación de un libro que aborda un asunto que, envuelto en la magia del relato, nos presenta los vínculos militares, políticos y de poder que existieron entre el dictador, con rango de generalísimo, Rafael Leónidas Trujillo Molina y uno de sus más fieles colaboradores o principales soportes con que contó el régimen en el plano militar: el general Piro Estrella. O, para ser más específico, describe el comportamiento, reciamente cuestionado hasta por muchos de sus más cercanos parientes, asumido por este alto oficial ante a la férrea dictadura que durante treinta y un años encabezó el tirano presidente.

La aparición de este texto, Pacto de generales: Trujillo y Piro Estrella, constituye un valioso aporte para el conocimiento de muchos de los hechos o aspectos que, quizás hasta ahora desconocidos, conformaron uno de los períodos históricos más impactantes y sobresalientes de la vida dominicana contemporánea…

¡Saludamos!, pues, la materialización de tan importante parto bibliográfico.  Con su publicación, Arturo Taveras reafirma su condición de periodista; logrando desbordar los límites que el diarismo y la cotidianidad le trazan en su desempeño como tal, para trascender a los planos superiores de la investigación científica.

Domingo Caba Ramos
21 de mayo del 2026

viernes, 5 de junio de 2026

EL PREJUICIO RACIAL ANTINEGRO EN LA REPÚBLICA DOMINICANA, VISTO A TRAVÉS DE LA LENGUA


Por: Domingo Caba Ramos

(Tercera y última parte)

“¿Por qué te pones tan brabo, 
cuando te disen negro bembón, 
si tienes la boca santa,
negro bembón?”

(Nicolás Guillén)

4.   El prejuicio racial en la poesía folklórica dominicana.

 Las alusiones más degradantes, satíricas, ofensivas a los rasgos físicos, morales y espirituales del negro se pueden recoger en muestras extraídas de nuestra poesía folklórica. Son muy escasos los rasgos del negro que no son objeto de desprecio y ataque en las dos principales manifestaciones del folklore poético dominicano: la décima y la copla anónima.

Para las mentes prejuiciadas o racistas, el “pelo bueno” es propio del blanco, mientras que el “malo” pertenece al negro. Así queda expresado en la siguiente copla:

 “Ayer te mandé un pan blanco,
 y un arenque pa’ que cene,
 y no te mandé pimientas,
 porque tu cabeza tiene”.

 Tanto en nuestro país como en otros afroamericanos los labios del negro reciben el despectivo nombre de bembas o bembes. Una copla popular dice:

 “En la puerta de mi casa,
 hay una mata de bambú,
 donde beben mis amigos,
 no bebe un negro bembú”.

 Cuando el general Ulises Heureaux (Lilís) gobernó la República Dominicana, muchos dominicanos se apoyaron en su color negro para molestarlo y mortificarlo con términos y expresiones que se referían a su persona en forma peyorativa. De él se llegó a decir que era brujo, que se volvía galipote y que estaba “untao”, o sea, preparado para que a su organismo no penetraran las balas. En cierta ocasión una señora de la alta sociedad lo confundió maliciosamente con un “nublado”. Ni siquiera con su muerte se le dejó tranquilo, como se refleja en esta socarrona y mortificante copla:

“De los bembes de Lilís,
 sabiéndolos compartir,
 salen dos tocinos gordos,
 muy sabrosos para freír”.

 Nicolás Guillén, Poeta Nacional de Cuba y genial exponente de la poesía negroamericana, en su famoso poema “Negro bembón”, eleva un canto de aliento al negro que rechaza airadamente la sarcástica denominación de sus labios, cuando pregunta:

“¿Po qué te pones tan brabo, 
cuando te disen negro bembón, 
si tienes la boca santa,
negro bembón?”.


 Como en otra parte del presente ensayo se expuso, para las mentes racistas los pies del negro no merecen, como los del blanco y otras categorías raciales, llamarse pies, sino “patas”. Así se pone de manifiesto en los muy sarcásticos y populares versos de indiscutible acento epigramático que a continuación se trascriben :

 “El negro pata de arepa,
 narices de berenjena,
 aunque Dios baje del cielo,
 el negro no es cosa buena”.

 Quienes se refieren  despectivamente  al negro no escatiman esfuerzos en desvalorizarlo, comparándolo en todos los aspectos con el blanco:

 “Los blancos huelen a polvo,
 y los indios a canela,
 y los malditos negros,
 a berrenchín de culebra”.

 ¿Para qué fue creado el negro?

 Tres coplas en variantes diferentes tratan de responder la pregunta. En ellas es fácil notar la relación negro – diablo. La primera dice:

 “El negro lo hizo Dios,
 para completar un grupo,
 y el negro salió tan bruto,
 que el diablo se lo llevó”.

 Esta segunda variante es bastante parecida a la primera:

“El negro lo mandó Dios,
 para completar un grupo,
 pero lo encontró tan bruto,
 que al diablo se lo entregó”.

Y en esta tercera estrofa se alude indirectamente a la condición de esclavo de que fue objeto el negro por parte de los conquistadores españoles:

 “El negro lo hizo Dios,
 para servirles a los blancos,
 y después que va pa viejo,
 de cuco pa los muchachos”.

 La asociación del negro con el diablo logra su más sólida expresión en la copla que dice:

 “El blanco es hijo de Dios,
 y el mulato de san Pedro,
 y al negro lo engendró el diablo,
 para tizón del infierno” .

 Al negro, como se aprecia en los versos que siguen, siempre se le ha querido presentar como un ser bruto, tonto, idiota y sin importancia; comparable por consiguiente, a elementos desechables o a seres irracionales de la realidad:

 “El negro y la sica de vaca,
 son dos cosas parecidas,
 que por fuera está reseca,
 y por dentro resumida”.

 “El negro por justa ley,
 y por su mala conducta,
 debe andar con una tusa,
 limpiándole el rabo al buey”.

 “El negro y el mulo son,
 según se dice, parientes,
 el mulo por sus resabios,
 y el negro por creerse gente".

 La mezcla del negro con el blanco parece ser incompatible. Esto sólo puede ocurrir cuando el blanco piensa obtener del negro algún beneficio. Muestra de esta idea se extrae de la presente estrofa:

“Si ves a un blanco comiendo,
 de un negro en su compañía,
 o el blanco le debe al negro,
 o es del negro la comía”.

 El original estado de inferioridad social del negro aparece fielmente plasmado o sugerido en el siguiente  epigrama:

“Negro no se sienta en silla, 
ni tampoco en taburete,
 negro se sienta en el suelo,
 o si no hala un tolete”.

Y también en este otro :

 “El negro y el sinvergüenza,
 nacieron de una barriga,
 el negro nació primero,
 con el sinvergüenza arriba”. 

5.     A modo de conclusión

En la República Dominicana son muchos los que sostienen que no existe la negrofobia o el prejuicio racial antinegro. Quienes defienden dicha tesis justifican su punto de vista argumentando que el negro criollo tiene cabida en los diferentes círculos sociales que convergen en este país, tales como clubes,empresas, partidos políticos, académicos, religiosos, etc. Ciertamente es así, pero tal integración social de ningún modo revela la no existencia del prejuicio racial (juicio previo o actitud mental negativa hacia las personas de piel negra), sino la ausencia de discriminación racial.

Y es que, si bien la discriminación debe asumirse como la expresión concreta del prejuicio, una y otro no siempre confluyen de manera simultánea en todas las comunidades. Como sucede en la República Dominicana, puede existir prejuicio (juicio de valor o estereotipo negativo), pero no discriminación (acción excluyente y negadora de derechos).

 Las muestras lingüísticas y poéticas antes presentadas nos permiten refutar el argumento de la no existencia del prejuicio racial antinegro en la República Dominicana, y reafirmar nuestra tesis original: los dominicanos, sin importar el color de la piel, somos racistas. Heredamos un complejo étnico que por estar alojado en la zona del inconsciente, ignoramos su presencia, originándose, de esa manera, la falsa creencia de que en nuestra mente y en la de los demás no existe el prejuicio contra el negro.

 Pero no sólo en Santo Domingo. En el folklore literario de otras zonas de Hispanoamérica, como Cuba, Venezuela y Colombia, entre otros países,  también se registran puyazos poéticos dirigidos directamente a la epidermis del negro:

 “Me puse a lavar un negro,
 a ver qué color cogía,
 mientras más jabón le echaba,
 más cenizo se ponía”.

 “La negra que se echa polvo,
 y viste de muselina,
 parece troncón quemado,
 cubierto por la ceniza”.

 Y también socarrones versos como los que a continuación se transcriben , por medio de los cuales un cantor venezolano relata su infeliz experiencia amorosa con una negra:

“Queriendo estuve a una negra,
 un verano y un invierno,
 y me parece que estuve,
 diez años en el infierno.”

 La relación sentimental del blanco con el negro es ironizada de manera punzante por otro coplero venezolano:

 " La mujer que por locura,
 tiene un negro por amante,
 aunque el sol esté radiante,
 siempre ve la casa oscura."

 El profesor e investigador cubano José Juan Arrom reconoce, sin embargo, que el tono del improperio se eleva según la proporción de las llamadas “personas de color” en cada región. De ahí que en aquellos países de América donde la densidad de la población negra es escasa o moderada, «el puyazo es usualmente ligero y no deja escozor», apunta el precitado autor. Y acto seguido argumenta: «.... En cambio en Santo Domingo, que posee un alto índice de habitantes negros y ha sido dominado por gobernantes negros más de una vez, el insulto se hace caustico y deja llagas” (“Certidumbre de América», 1971, pág. 137).

 Tan consolidado está ese prejuicio en nuestro país, que de las muestras poéticas investigadas sólo encontramos dos en las que el negro es visualizado con cierto grado de defensa y simpatía:

“Negro, no te pongas bravo, 
porque te digan ladrón,
 que los blancos también roban, 
cuando tienen la ocasión.”

Y también los siguientes versos del laureado vate dominicano ido a destiempo, Juan Sánchez Lamouth (1929-1969):

“Si en mi alma hay flores, 
son flores morenas,
 también mis auroras,
 son auroras negras”

 En semejante contexto, bastante reveladora es la copla en la que negros y blancos quedan conductual y éticamente emparejados:

 " Todo blanco es embustero,
 todo pulpero, ladrón, 
todo negro pelo liso, 
tiene muy mala intención".

 Hasta aquí, nuestras consideraciones respecto a tan polémico y debatido tema. Para terminar, nada mejor que hacerlo con los versos que se transcriben más abajo por entender que constituyen la más genuina síntesis de todo lo planteado en el presente texto. En ellos, su autor, el afamado poeta Manuel del Cabral (1907 -1999), le recuerda a un negro dominicano que:

“Cualquier cosa tuya te pone triste; 
cualquier cosa tuya, 
por ejemplo: tu espejo...”

Referencias bibliográficas

1.    Alcántara, Almánzar, José. (1979).  Estudios de poesía dominicana. Alfa y Omega.

2.    Alix, Juan Antonio. (1969). Décimas (Tomo 1). Librería Dominicana.

3.    Arom, José Juan. (1971). Certidumbre de América. Gredos

4.    Balaguer, Joaquín. (1947). La realidad dominicana. Ferrari Hermanos.

5.    -------- . (1985). La isla al revés. Librería Dominicana.

6.    Balaguer, Joaquín. (1947). La realidad dominicana. Ferrari Hermanos.

7.    Blanco, Carlos Larrazábal. (1975). Los negros y la esclavitud en Santo Domingo. Julio D. Postigo e Hijos Editores.

8.    Candelier, Bruno. (1977). Lo popular y lo culto en la poesía dominicana. UCMM.

9.    Del Cabral, Manuel. (2000). Antología poética. Ediciones Nuevos Tiempos.

10. Franco, Franklin J. (1979).  Santo Domingo: Cultura, política e ideología. Editora Nacional.

11. --------. (1981). Historia de las ideas políticas en la República Dominicana. Editora Nacional.

12. Guillén, Nicolás. (2004). Obra poética (Tomo 1). Editorial Letras Cubanas.

13. Hernández Franco, Tomás. (1975). Yelidá. Taller

14. Rodríguez Demorizi, Emilio. (1979). Poesía popular dominicana. UCMM

15. Tolentino Dipp, Hugo. (1974). Raza e historia en Santo Domingo. (Tomo 1). Editora de la UASD.

16. Vicioso, Abelardo. (1983). El freno hatero en la literatura dominicana. Editora de la UASD.

 

 (PUBLICADO EN DIARIO LIBRE : 5/6/2026)


 

 

 

domingo, 31 de mayo de 2026

EL PREJUICIO RACIAL ANTINEGRO EN LA REPÚBLICA DOMINICANA, VISTO A TRAVÉS DE LA LENGUA


Por: Domingo Caba Ramos 

(Segunda parte)

 «El racismo vigente hoy en el país se originó en la época colonial, pero la clase dominante lo ha mantenido y reforzado repitiendo los mismos estereotipos negativos con los que tipificaron a los negros inferiores a los blancos»

 (Carlos Esteban Deive)

1.    Incremento del prejuicio racial antinegro

El prejuicio racial antinegro del pueblo dominicano que, como ya apuntamos tuvo su punto de partida en la época de la colonia, parece haber cobrado su mayor fuerza a partir de la proclamación de la Independencia Nacional el 27 de febrero de 1844. Al menos eso es lo que se desprende de las declaraciones ofrecidas por muchos de los intelectuales y especialistas que han abordado tan importante asunto. 

«La guerra que tuvo que librar el pueblo dominicano- plantea al respecto el poeta y ensayista Abelardo Vicioso para defenderse de las constantes agresiones del ejército haitiano dejó una secuela de odios contra el país vecino, que las clases dominantes se han esforzado en prolongar hasta nuestros días». (Vicioso, Abelardo, El freno hatero en la literatura dominicana,1983 :167 ).

 Los propulsores de la Independencia, imbuidos por su sentimiento patriótico o nacionalista, orquestaron un movimiento propagandístico de carácter antihaitiano mediante el cual se buscaba destacar los más negativos atributos del territorio haitiano , así como las agresiones que de él recibimos, y justificar, al mismo tiempo, la intervención de países civilizados como España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos.

«Ese corrompido y falso sentimiento nacionalista – argumenta Franklin Franco - que traducía en el fondo un profundo prejuicio racial fue un arma verdaderamente eficaz para el desarrollo aquí del pensamiento colonialista de la oligarquía gobernante». (Franco, Franklin J. Santo Domingo: Cultura, política e ideología, 1979 : 90).

La propaganda antihaitiana utilizó la prensa y la literatura como medios eficaces y poderosos para difundir sus ideas. 

“Esta literatura antihaitiana - agrega Abelardo Vicioso- contribuyó a degradar la conciencia nacional, creando un prejuicio contra el pueblo vecino con profundas raíces en el dominicano, que aún resulta difícil arrancar”. (ídem, 169 :170).

 Importante es subrayar que la propaganda en contra del pueblo haitiano fue obra no sólo de los intelectuales más conservadores y reaccionarios de la época, sino también de prominentes miembros de la Sociedad Secreta La Trinitaria, entre los que se distinguen el poeta Félix María del Monte ( 1819 -1899 ) . A este trinitario se le atribuye haber compuesto el primer himno de guerra dominicano que nuestra historia literaria registra con el título de “Canción dominicana” o “Himno de la Independencia” (1844); pero más que un himno dominicano, la referida pieza, por su contenido, más bien puede considerarse como un canto antihaitiano y prohispánico a la vez, carente por completo de un genuino sentimiento dominicanita. Así queda  evidenciado en la primera estrofa del himno, en cuyo primer verso el autor llama españoles a los dominicanos:

 «Al arma, españoles!
 ¡Volad a la lid!
 ¡Tomad por divisa"!
 ¡Vencer o morir!»

 El antihaitianismo vigente  en las creaciones de Félix María del Monte se percibe con mayor vigor en los  versos que siguen, tomados de sus “Cantos dominicanos”, en los cuales el poeta y patriota describe así a los haitianos:

«Quien tiene lazos de unión,
 con esos diablos sañudos,
 que beben sangre y desnudos,
 en pacto con Belzebú,
 bailan su horrible vudú,
 y comen muchachos crudos».

 Todavía son muchos los dominicanos mantienen viva la creencia de que los haitianos son brujos, tienen pactos con el diablo y practican la antropofagia, esto es, comen niños; y todavía persiste la práctica de exhibir el sentimiento nacionalista del pueblo dominicano envuelto de manera exclusiva en el traje del antihaitianismo.

2.   El prejuicio racial antinegro en nuestros días. 

 «Negra Pulula, que bien,
 que planchas la ropa ajena.
 ¡Cuándo plancharás tu cara,
 mapa de penas!».

 (Manuel del Cabral).

 El sentimiento antihaitiano sustentado y propagado por los escritores de la Independencia fue desarrollándose paulatinamente hasta crear en el subconsciente de los dominicanos un fuerte prejuicio contra los haitianos o cualquier persona de piel negra.  Ese rechazo al negro, con mayor o menor intensidad, continúa vigente desde la época de la colonia no sólo en Santo Domingo, sino también en otros pueblos de América, como se revela en el popular poema “Angelitos negros” en el cual su autor, el poeta venezolano Andrés Eloy Blanco (1896 – 1955), eleva un canto de dolor y lamento ante el pintor que no incluye al negro en su obra de arte:

 «Pintor de santos y alcoba, 
pintor sin tierra en el pecho,
 que cuando pintas tus santos,
 no te acuerdas de tu pueblo,
 que cuando pintas tus vírgenes,
 pintas angelitos bellos,
 pero nunca te acordaste,
 de pintar un ángel negro.».

 La prueba más fehaciente de que en la República Dominicana  existe la negrofobia , podemos encontrarla en la literatura folklórica dominicana, la cual comprende un considerable número de expresiones, refranes, coplas, décimas y sentencias que aluden ofensiva y despectivamente a los distintos rasgos del negro.

 En la imaginación colectiva, el color negro se asocia al mal, al crimen, al infortunio y al mismo diablo. Carlos Esteban Deive, domínico - español versado en asuntos étnicos, apunta al respecto lo siguiente:

«La relación entre el diablo y el negro es antigua, y ya hemos señalado que aparece en la Edad Media. La imaginería religiosa medieval describe al diablo como un negro feo, de cuernos y cola» (Revista ¡Ahora! No. 706. 1977:34).

Cuando a alguien se le hace imposible materializar sus proyectos, de él o ella se afirma que tiene una suerte negra o un destino negro. Si se le presagia un porvenir negativo, comúnmente se le dice que su futuro es negro. Cuando una persona de piel negra comete un acto de travesura o reñido con las buenas costumbres, de inmediato se escucha la frase prejuiciada: «no puede negar que es prieto».

 En franca oposición al negro, el color blanco es para el común de los nacidos en tierra dominicana sinónimo de puro, luminoso, inocente e inmaculado. Las personas de nobles sentimientos tienen el corazón blanco, pero cuando sus ideas y actitudes son malsanas y perversas, entonces suele decirse que tienen el corazón negro. Si tiene la piel oscura y se ha distinguido por su buen proceder en bien de los demás, se dirá enseguida que es un negro con el corazón blanco. O también es común escuchar: «Ese solamente es prieto.., frase con la cual, en su sentido profundo, se estaría afirmando que todas sus cualidades son apreciables, y que su único defecto es ser negro. Y del hijo que en la familia se diferencia de los demás por sus travesuras o mala conducta, acto seguido se dirá que “es la oveja negra de la casa”

Podemos constatar en los juicios precedentes que el enfrentamiento entre blancos y negros, no es más que la viva expresión de la eterna y clásica lucha entre el bien y el mal. Los blancos representan el bien, y a los negros se les pinta como los genios del mal. Es el mismo choque de visión ideológica que se aprecia en “Yelidá” (1942), monumental poema de carácter étnico - social compuesto por el culto poeta tamborileño Tomás Hernández Franco. (1904 - 1952).

El poema nos presenta el enfrentamiento entre dioses blancos noruegos y dioses negros africanos. El tratamiento afectivo que en el texto se les da a ambos dioses, favorece siempre a los primeros en detrimento de los segundos. Los dioses blancos son inocentes, pacíficos e inofensivos y aparecen descritos con los más tiernos calificativos: Son dioses, “infantiles” y “viejecillos”, “dioses de algodón y de manzana” que “resbalan y juegan con las flores”.

 En cambio, los dioses negros aparecen como comedores de hombres, dictadores y venenosos; dioses rencorosos, rabiosos y estupradores, como Badagris que es capaz de violar «a todos los niños en el vientre de las madres dormidas». A la luz de esta descripción algunos críticos estiman que el poeta denigra a los dioses africanos al tiempo que reivindica a los blancos noruegos. A tono con este planteo, escribe José Alcántara Almánzar: “Del tratamiento que ambos grupos reciben se llega a la conclusión de que hay un velado racismo en “Yelidá” (Estudios de poesía dominicana, 1979:147).

3.   Fraseología antinegra dominicana.

 «Dórmiti mi nengre,
dórmiti ningrito,
caimito y merengue,
 merengue y caimito»

 (Emilio Ballagas)

 

La fraseología popular dominicana refleja el racismo estructural y el prejuicio hacia la piel oscura o a los rasgos afrodescendientes heredados desde la época colonial, y reforzados durante la dictadura de Rafael Trujillo. Estas manifestaciones lingüísticas suelen asociar de manera sistemática lo negro con lo feo, el peligro y la impureza, mientras que idealizan lo blanco y lo "indio" como sinónimo de progreso, pureza y belleza. Se trata de frases idiomáticas (modismos, locuciones, frases hechas, etc.) de recurrente uso en el habla dominicana, y que por trasmisión oral van pasando de una generación a otra. Frases que en su sentido profundo entrañan el prejuicio antinegro implícito o latente en el subconsciente de un elevado número de dominicanos. A modo de muestras, veamos solo algunas:


“El negro es comida de puercos”.
El prieto es prieto”.
El negro que no la hace a la entrada, la hace a la salida”.
“Me casaré con una rubia para mejorar la raza”
“¡Tenía que ser un negro...!”.
“El negro es como la guinea, que siempre tira para el monte”.
“El negro no es pará”.
“El negro no es gente”.
“No puede negar que es prieto”.
¿Negro en mi casa?… yo”.

Resulta importante destacar que hasta los órganos del cuerpo humano adquieren connotaciones o significados especiales dependiendo del color que tenga la persona que los posea. Así, mientras el blanco posee labios, el negro tiene bembes, chembas o bembas; el blanco tiene cuello, el negro cocote; los brazos del negro no son brazos, sino molleros; en su cabeza no hay pelos, sino motas o pimientas y sus pies no son más que ñames o patas.

 Por eso, con saña y sarcasmo, canta el versista popular:

 «El negro patas de arepa,
narices de berenjena…»

 Y por eso pegunta el bardo cantor al negro que parece molestarse cuando a sus labios los denominan “bembes”:

 «¿Po qué te pone tan bravo,
¿Cuando te dicen negro bembón…?»

 (PUBLICADO EN DIARIO LIBRE, 29/5/2026 )

 

 

 

EL PREJUICIO RACIAL ANTINEGRO EN LA REPÚBLICA DOMINICANA, VISTO A TRAVÉS DE LA LENGUA

 

El prejuicio racial antinegro en la República Dominicana visto a través de la lengua.
Por: Domingo Caba Ramos

 (Primera parte)

 LIMINAR

 Después que George Floyd, el afroestaunidense de 46 años que en los Estados Unidos falleció (25/5/2020), asfixiado por un blanco oficial policial, Derek Chauvin, y cuya brutal acción desencadenó mundiales y masivas protestas, una pregunta de inmediato saltó de nuevo a mi oído: ¿solo en este país y en Europa existe el prejuicio racial contra el negro? Léase bien , hablo de prejuicio racial antinegro, no de prejuicio antihiatiano; pues en la República Dominicana no se puede hablar primero de estos prejuicios  sin que de inmediato lo asocie al segundo.

En términos de la vigencia de la negrofobia  , más de una investigación social ha revelado que en Latinoamérica, adonde por  imperar el mulataje, los nativos de esta zona  llevan “el negro tras de la oreja”, paradójicamente es notoria la presencia de sesgos racistas que no siempre de manifiestan, agrego yo, en forma explícita.  Entre esos países hay que incluir, necesariamente, a la República Dominicana, mulato territorio en el que a pesar de que sus nativos son de piel mayoritariamente negra, una cantidad considerable de estos, sin embargo, como afirmara Sócrates Nolasco, siempre se han considerado “mentalmente blancos”.

Y es por esa razón que en el subconsciente del criollo dominicano late un prejuicio racial (prejuicio implícito) que en cualquier momento se expresa o patentiza a través de las más diversas formas de expresión lingüística, tales como adivinanzas, frases hechas, comentarios, refranes, etc.; pero sobre todo , mediante las más variadas formas del verso popular. Esta realidad lingüística origina una especie de dicotomía entre hechos y palabras, por cuanto el mismo sujeto que alega no ser racista ni estar racialmente prejuiciado, cuando habla o se expresa, ese prejuicio (implícito), arraigado en lo más profundo de su inconsciente brota con toda su fuerza.

 Así lo expuse en un extenso ensayo publicado en la prensa nacional entre los días 25 de mayo y 5 de junio 1990, como aporte al debate intelectual que se suscitó en el país ante la agresiva campaña racista que sectores políticos desarrollaron para descalificar y frenar las aspiraciones presidenciales del Dr. José Francisco Peña Gómez, cuyas expectativas de triunfo lucían cada vez bastante altas.  Como resultado de semejante campaña, el presidente de entonces, Joaquín Balaguer, llegó al extremo de ordenar que en todas las estaciones de radio, a las 12 m., se interpretaran las notas del Himno Nacional, supuestamente con el fin de despertar o encender el sentimiento nacionalista del pueblo dominicano.

¿Existe el prejuicio racial en la República Dominicana?, se convirtió en la pregunta centro del debate intelectual que a través de los medios de comunicación en ese momento se desarrolló en ese momento. Unos contestaban negativamente, otros, entre los que me encontraba, de manera afirmativa. Mi posición teórica, de indiscutible sustrato sicológico, la justificaba estableciendo que dicho prejuicio sí existe en nuestro país, pero como al parecer este yace arraigado en el subconsciente de los dominicanos (prejuicio implícito), podría originarse la falsa sensación de que no existe. Y que los mismos que niegan su existencia, en ocasiones, y también de manera inconsciente, lo sacan a flote cuando se expresan, tanto en forma oral como escrita.

Por considerarlo de interés, me permito compartir de nuevo el contenido del prealudido  ensayo, el cual esta vez se publica con el título modificado para que en la conciencia del lector quede claro que no se trata de un estudio acerca del antihiatianismo o prejuicio antihaitiano, sino del prejuicio racial antinegro en general. Como este, históricamente, ha estado indisolublemente asociado al antihaitianismo, debido, entre otros factores, al alto grado de tirantez que durante siglos  ha primado en las relaciones políticas entre las dos naciones que conforman la isla de Santo Domingo, y como  merced a ese vínculo parece  imposible abordar el primer tema al margen del segundo, son muchos los que en el plano conceptual, vale reiterarlo, se confunden y erróneamente  entienden que hablar acerca del prejuicio racial contra el negro es lo mismo que referirse al sentimiento antihaitiano.

Si bien uno y otro concepto, como ya se estableció, están profundamente interconectados y obran juntos en el contexto del Caribe, en su sentido profundo acusan notables diferencias. Mientras el prejuicio antihaitiano implica el rechazo del pueblo haitiano y sus manifestaciones culturales, la negrofobia se enfoca en el rechazo al color de la piel negra y los rasgos africanos. Se trata, el antinegrismo, de una forma de racismo global basado en el color de piel y la ascendencia africana. El antihiatianismo, más que racial, es un prejuicio  de tipo histórico, político y cultural enfocado de manera específica contra el haitiano y lo haitiano.

El prejuicio racial antinegro en la República Dominicana, visto a través de la lengua.

1

«Cuando el negro fue colocado por el colonizador en el lugar más bajo de la escala social, los prejuicios de clases que contra él se abatieron fueron fácilmente desdoblados en prejuicios raciales». 

(Hugo Tolentino Dipp).

Según el punto de vista de historiadores, sociólogos y antropólogos dominicanos, el prejuicio racial en Santo Domingo aparece en el mismo momento en que los españoles introdujeron los negros africanos en el gobierno de Nicolás de Ovando (1502 - 1509) en condición de esclavos, para reemplazar la fuerza de trabajo indígena que para esa época estaba a punto de desaparecer. La esclavitud en la Isla Española se implantó, para ser más preciso, en el año 1505. Así lo consigna Carlos Larrazábal Blanco en su libro “Los negros y la esclavitud en Santo Domingo”, al afirmar que:

«Sin embargo en 1505, muerta la reina Isabel, una embarcación arribó a la ciudad de Santo Domingo con diecisiete esclavos negros que se dedicarían al trabajo de las minas de cobre recién descubiertas. Ovando aceptó el hecho cumplido, y conociendo mejor las necesidades e intereses de la colonia resolvió pedir más esclavos con lo que dejó establecida de una manera definitiva, desde el punto de vista oficial, el sistema de la esclavitud en la Isla». (1975, pág. 13).

 Como consecuencia de la esclavitud, el esclavo pasó a ocupar el lugar más bajo en la escala social. Ser esclavo era signo de inferioridad. Como el negro era esclavo, el negro era inferior a las demás personas. Esta idea aún la conserva el pueblo dominicano como herencia histórica de la época de la colonia, alimentada, naturalmente, por la clase dominante.

 La presencia del negro africano unida a la del indio nativo y al conquistador español es lo que va a conformar nuestra identidad nacional y definir los rasgos étnicos y culturales de nuestro territorio. Tan pronto los negros esclavos arriban a la isla se relacionan carnalmente con los amos o conquistadores y se produce así el tipo racial denominado mulato, que es la mezcla del blanco con el negro. Otras categorías raciales existentes en Santo Domingo y demás pueblos del continente americano son el mestizo, producto de la unión de indio y blanco y grifo que la mezcla de indio y negro.

Nosotros, los americanos, y como parte de estos, los dominicanos, somos mestizos, grifos o mulatos. Esto queda reforzado con la siguiente cita: 

«De ahí que el verdadero substrato de nuestra sociedad, en términos etnológicos, fuera y sigue siéndolo afrohispánico» (Balcácer, Juan Daniel. Revista ¡Ahora! No. 695. 1977, pág. 25).

 Podría pensarse y hasta afirmarse que en virtud de nuestra composición afrohispánica, los dominicanos no somos racistas. Pero en realidad no sucede así. El prejuicio antinegro, fundamentalmente implícito, siempre ha estado vigente en la República Dominicana, y tan acentuado está el prejuicio racial en el subconsciente de los dominicanos, que hasta las personas de piel oscura rechazan o discriminan al negro. O, lo que es lo mismo, tienden a autodiscriminarse. En torno a este juicio, Sócrates Nolasco llegó a decir que “el negro dominicano es mentalmente blanco”. (Citado por Bruno Rosario Candelier en “Lo popular y lo culto en la poesía dominicana, 1977, pág. 272).

Mientras que para el brillante declamador e intérprete de la poesía negroide, Carlos Lebrón Saviñón, “el primer discriminador del negro es el propio negro”. Es como si al percibir la oscuridad de su piel, en su rostro se dibujara el dolor que ese hecho le produce. Por eso canta el poeta:

 «Negra Pulula, que bien,
 que planchas la ropa ajena,
 ¡Cuándo plancharás tu cara,
 mapa de penas!»

Nuestro sueño dorado es llegar a ser blancos y con semejante actitud, mostramos un profundo desconocimiento o no resistimos a reconocer las verdaderas raíces biológicas y culturales que nos dieron origen. Ya lo dijo poéticamente nuestro gran cantor popular, Juan Antonio Alix:

 «Todo aquel que es blanco fino,
 jamás se fija en blancura,
 y el que no es de sangre pura,
 por ser blanco pierde el tino...»

Es bien sabido que el otrora Generalísimo y dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina, autor de la horrible masacre de más de quince mil haitianos ejecutada en 1937, y entre cuyos abuelos se registran el capitán español José Trujillo Monagas y la haitiana Luisa Erciná Chevalier, revivió el culto a lo hispano, bastante resquebrajado a partir de la derrota de las fuerzas anexionistas españolas (1863 - 65), y lo utilizó como uno de los instrumentos o rasgos ideológicos sustentadores de su esquema de dominación política.

«La exaltación de los valores hispánicos - apunta el afamado sociólogo e historiador Franklin Franco - fue una herencia recogida con toda fidelidad por el sistema ideológico del trujillato. Incluso desde el punto de vista personal, Trujillo intentó buscar su ascendencia hispánica, al tiempo que mantenía permanentemente una intensa campaña propagandística dirigida a mostrar al pueblo la unidad cultural entre la República y su vieja metrópolis» (Historia de las ideas políticas en la República Dominicana, págs. 121 - 122)

No es extraño, pues, que uno de los más cercanos colaboradores del tirano, el doctor Joaquín Balaguer, se expresara en parecidos términos al afirmar que «Santo Domingo es el pueblo más español de América» (La Isla al Revés, 1983, p.. 63).

 Entiende este autor, quien extrañamente niega la existencia del prejuicio racial en la República Dominicana, que «nuestro origen racial y nuestra tradición de pueblo hispánico, no nos deben impedir reconocer que la nacionalidad se halla en peligro de desintegrarse si no se emplean remedios drásticos contra la amenaza que se deriva para ella de la vecindad del pueblo haitiano», que «el contacto con el negro ha contribuido, sin ningún género de dudas, a relajar nuestras costumbres públicas» (p. 45), que «una gran parte de los negros que emigran a Santo Domingo (p. 49) son seres tarados por lacras físicas deprimentes», transmisores de «las enfermedades más repugnantes», así como los verdaderos causantes «de la corrupción de nuestras costumbres patriarcales» (p. 50).

 Y no es extraño que el mismo autor justificara la espantosa matanza de haitianos llevada a cabo por Trujillo argumentando que: 
«La República, para poder subsistir como nación española, necesita afianzar las diferencias somáticas que la separan de Haití...» (La realidad dominicana, 1947 :115)

Trujillo, que no desperdició recurso alguno para demostrar al país y al mundo que por sus venas no corría sangre africana, sino exclusivamente española, jamás hizo alusión, ni mucho menos sus fieles acólitos, a las raíces haitianas que sirvieron de punto de apoyo a su árbol genealógico. Mucha razón tuvo al respecto el ya mencionado “Cantor del Yaque”, cuando en la segunda mitad del pasado siglo condenó semejante comportamiento en una de sus más famosas y conocidas décimas:

 «El blanco que tuvo abuela,
 tan prieta como el carbón,
 nunca de ella hace mención,
 aunque le peguen candela. 
Y a la tía Doña Habichuela,
 como que era blanca vieja,
 de mentarla nunca deja,
 para dar a comprender,
 que nunca puede tener,
 el negro tras de la oreja».

(PUBLICADO EN DIARIO LIBRE, 22/5/2026)