jueves, 26 de febrero de 2026

EL COLAPSO DE LA DISCIPLINA EN LA ESCUELA DOMINICANA


Por : Domingo Caba Ramos

                                                                   Profesor Liceo Juan Duarte, herido por sus alumnos

 La disciplina en la escuela dominicana colapsó. Hace tiempo desapareció. En los centros educativos, públicos y privados, impera el miedo, el irrespeto y el desorden. En ellos se ha enseñoreado el caos, la violencia y la ausencia de autoridad.

 El respeto que en otros tiempos los estudiantes mostraban a sus maestros, hoy es solo un sueño o parte de la historia, y la imagen de “padres” que estos proyectaban ante sus pupilos ha sido borrada para siempre por los   vientos tempestuosos de una posmodernidad rebelde, permisiva y agresiva.

 Para los estudiantes de las escuelas públicas y privadas, las normas docentes son solo esos: normas, y los profesores, unos más. Por esa razón, en estos centros imperan las agresiones, las riñas, el acoso, la burla al compañero y otras inconductas estudiantiles.

 Por esa razón, cada día se reportan nuevos casos de alumnos y familiares golpeando a maestros.

 Por esa razón, a una niña de origen haitiano, sus compañeros de clases no la dejaban respirar con el acoso y burlas constantes en el Colegio Leonardo Da Vinci, de Santiago de los Caballeros, hasta que finalmente pereció extrañamente ahogada en una piscina en la que compartía junto a otros estudiantes, como parte de una excursión escolar.

 Por esa razón, no hace mucho, una profesora y una estudiante se enfrentaron a golpes en plena calle del sector Capotillo, de la capital.  Por esa razón, hace apenas una semana un profesor del Liceo Juan Pablo Duarte, también de la capital, fue masacrado a golpes por dos estudiantes. Y por esa misma razón, la ADP acaba de revelar que, en solo un año, más de mil setecientos (1,724) maestros han sido agredidos por alumnos y familiares de estos.

 Lo más preocupante del panorama antes presentado es saber que las acciones descritas, en vez de detenerse, están llamadas a reproducirse, por cuanto para el estudiante dominicano de los centros controlados por el Ministerio de Educación no existe un correctivo régimen de consecuencias, como más adelante veremos.

 Entonces, «es lo que he declarado…»: la disciplina escolar en la escuela dominicana, hace años colapsó.   Y colapsó por varias razones:

Porque la zapata que sustentaba los valores éticos de la familia dominicana también colapsó.

2.   Porque en materia de medidas disciplinaria, los padres y las autoridades educativas ya no respaldan al maestro.

3.   Porque el maestro ya no cuenta con la autoridad que antes poseía frente al alumno. Y no cuenta con esa autoridad, debido a que el Ministerio de Educación, CONANI y el Código del Menor se la quitaron.

 Para validar el juicio contenido en el último de los tres anteriores apartados, vale recordar que con el apoyo del  Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en julio del año 2013 fue puesto en circulación por el Ministerio de Educación y el Consejo Nacional para la Niñez y la Adolescencia (CONANI) el documento conocido con el título de «Normas del Sistema Educativo Dominicano para la Convivencia Armoniosa en los Centros Educativos Públicos y Privados», especie de código de conducta que tiene  como propósito «…fortalecer la convivencia armoniosa y la disciplina positiva, entre los diferentes actores de los centros educativos, en el marco del reconocimiento a la dignidad de las personas y el respeto a los derechos humanos….»

Ese texto legal clasifica las faltas de los estudiantes (Art. 15) en tres categorías: leves, graves y muy graves. Entre las muy graves figuran:

a)    1) Acoso o burla escolar.

b)     2) Ingresar o consumir drogas en el centro educativo

c)     3) Alteración  de documentos del centro educativo.

d)      4) Desafío o agresión a miembro del centro educativo e introducir en este objetos peligrosos.

¿Cuáles son las medidas disciplinarias (Art. 22) que para sancionar las más graves faltas establece el mismo documento:

a)     a) Ubicación  del estudiante en un espacio fuera del aula, por un período máximo de dos días, debiendo realizar las tareas indicadas por el docente en otro lugar del centro educativo identificado previamente.

b)     b) Suspensión  de la participación en actividades fuera del centro educativo.

c)     b)Suspensión  de la participación del estudiante en actividades dentro del centro educativo, siempre que esas actividades no formen parte del currículo obligatorio del curso.

¿Qué significa eso?

Sencillamente que a los dos estudiantes que le rompieron el tabique nasal a su maestro en el Liceo Juan Pablo Duarte, las únicas tres sanciones que las autoridades de dicho centro les pueden aplicar son las tres más arriba indicadas, pues ya, como antes, ni siquiera se pueden expulsar del centro, pues el reglamento o código de conducta (Art. 24) lo prohíbe e igualmente el Código del Menor.

Establecido y visto así,  las «Normas del Sistema Educativo Dominicano para la Convivencia Armoniosa en los Centros Educativos Públicos y Privados», más que un instrumento legal diseñado para  «fortalecer la disciplina positiva», se nos presenta como un documento destinado a fomentar el caos y el irrespeto en las escuelas públicas y privadas de la República Dominicana. Se trata de un marco legal altamente proteccionista y desconocedor o reductor de la autoridad que debe tener y antes tenía el profesor en el aula. Ojalá que apoyado en este, no tengamos que enterarnos en el futuro del primer maestro asesinado por su alumno.

LA “TANATOFOBIA” Y LA “GERASCOFOBIA” DE MI PRIMO BURO

Por: Domingo Caba Ramos

 Posiblemente no exista otro miedo más natural y generalizado en el mundo, que el miedo a la muerte. Pensar en el fin de nuestra existencia o que un día abandonaremos para siempre el mundo de los vivos y a nuestros seres queridos es algo normal, natural e inevitable. Negar la angustia que genera la proximidad de la muerte sería lo mismo que rechazar nuestra condición de ser humano.

Lo que sí parece un tanto anormal  es el miedo exagerado, el pánico irracional y la crisis de ansiedad, con evidentes signos depresivos, que produce la idea de la muerte. En tal caso el individuo estaría afectado por la fobia mejor conocida con el nombre de “tanatofobia”, término que en su más amplia acepción se define como un persistente, anormal, obsesivo e injustificado miedo a la muerte o a morir.

 En el ser tanatofóbico, la idea de la muerte yace viva o fija en su cerebro. Tal idea lo persigue, lo acorrala, lo atrapa en todo momento y no lo deja vivir. Mas que disfrutar un presente vital, los tanatofóbicos viven para pensar en un futuro mortal. Semejante postura existencial, al mismo tiempo que le genera disturbios orgánicos y mentales, lo transforma en entes angustiados, ansiosos y depresivos.

 «En general, nadie quiere morir, pero eso es algo natural.- señala Antonio Cano, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS). Todos tenemos que afrontar la muerte. El problema es que algunas personas se obsesionan con la idea de que van a morir, tienen una existencia muy desgraciada y desarrollan un trastorno mental».

 Asociada a la tanatofobia se encuentra otra fobia no menos perturbadora: la gerascofobia o el miedo extremo e irracional a envejecer. Quienes la padecen, viven en crisis permanente. Entienden que en la medida en que los años pasan, más se acercan al fin de su existencia. Siempre viven preguntando la edad del otro y si pudieran detener el tiempo lo detuvieran con tal de preservar “la eterna juventud”. Su fecha natalicia, más que de regocijo por haber cumplido un año más de vida, se traduce en un momento  maldito, de tormento y amargura.

 Esa es la situación de mi primo Buro.

Desde que cumplió los sesenta años de vida, la idea de la muerte se congeló en su mente y por eso no desperdicia oportunidades para hablar con amargura, dolor, impotencia y hasta con rabia acerca de esta y de todo lo relacionado a la edad; pero muy especialmente acerca de la vejez y la ancianidad.

Para mi afligido pariente, la vida promedio de los dominicanos termina a los setenta años, y cuando más, a los setenta y cinco. Como él ya cumplió sesenta y seis, entonces entiende o está seguro de que apenas le restan cuatro u once años de vida, o que muy pronto su cuerpo estará postrado al pie del sepulcro. Este pensamiento latente origina en él un dolor recurrente que le oprime la conciencia y origina que la vejez y la muerte sean temas obligados de su diaria conversación, muy especialmente cuando se encuentra bajo los efectos del alcohol, momento en que las ideas reprimidas en el subconsciente fluyen con libertad y vuelan como alegres mariposas.

 Cuando un amigo o relacionado fallece, lo primero que hace es preguntar cuántos años tenía. Si le contestan que más de  setenta , su lamento de doloroso y execrable acento no se hará esperar: « Malditos setentas…» 

Y cuando de repente se encuentra con el amigo que hacía años no veía, si este es ya un “setentón”, a ese amigo, no importa quien sea, siempre lo encontrará «feo y acabado»

 No sabemos qué será de mi primo Buro cuando apenas le falten meses para cumplir los setenta años de edad. Quizás convenga entonces recomendarle buscar ayuda sicológica o convencerlo de que haga suyo el ideal de la felicidad planteado por los filósofos epicureístas, quienes afirman que: 

 «No hay motivo para temer a la muerte, porque ella no nos pertenece: mientras vivimos, la muerte no está presente, y cuando está presente nosotros ya no estamos»

 (PUBLICADO EN DIARIO LIBRE EN FECHA 20/2/2026)