(A mi amigo, don Salvador Lizardo: In
Memoriam)
Por: Domingo Caba Ramos
La historia de los pueblos se nutre de realidades. Se alimenta de las gestas o acciones de sus gentes, así como de los símbolos y manifestaciones culturales que los conforman. Merced a esto último, vale decir que cada país, provincia, municipio y sector rural, tiene un río, un árbol, un monumento, un personaje, un centro de recreación, etc. que se traduce en marca, ícono, insignia o sello de identidad de esos espacios geográficos. Símbolos emblemáticos sin cuya mención no es posible escribir la verdadera y completa infrahistoria de las comunidades.
Es lo que sucede con La Carretilla, el otrora, familiar y tradicional restaurant del municipio de Tamboril, fundado el 2 de abril de 1977, el cual; aunque desde hace muchos años clausurado, su imagen todavía late en el recuerdo y en la conciencia de los tamborileños que lo utilizaron como su principal lugar de esparcimiento e intercambio comunicativo durante más de tres décadas.
El vínculo pueblo – restaurant o Carretilla - pueblo era tan íntimo y fraterno, que, entre la administración del negocio y una buena parte de los clientes, se establecían relaciones comerciales que rayaban casi en lo familiar. De ahí que, en más de una oportunidad, yo, acompañado de uno o más de mis parientes, llegaba allí, pedía, consumía y en cualquier momento nos marchábamos sin pagar y sin notificar nuestra retirada.
Semejante conducta no generaba preocupación en la administración del clásico e inolvidable restaurant, pues dado el vínculo y la confianza existentes, había seguridad de que en cualquier momento dicho pago se materializaría. Y merced a esos mismos vínculos y a esa misma confianza, cuando yo saldaba cuenta, esta nunca la revisaba, como se hace ahora casi con lupa, muy seguro de las altas luces éticas de los amigos propietarios y administradores del negocio.
Tales relaciones de confianza, unidas al
superefectivo servicio, no solo del personal administrativo, sino también de
los dos ultraefectivos y populares camareros, «Tite» y «Chirrí»,
desgraciadamente idos a destiempo, convirtirtieron al Restaurant La Caretiila
en el sitio obligado utilizado por la familia y la población tamborileñas para
recrear su espíritu y disfrutar así de un tranquilo y sano momento de solaz
esparcimiento.
Y ya para terminar, valdría preguntarse, si las paredes interiores de «La Carretilla» pudieran hablar, ¿cuántos secretos amorosos, políticos, personales, familiares y de otra índole saldrían a flote?
FOTOS: a) Vista general del restaurant «La
Carretilla, b) Don Salvador y su hijo Hamfford Lizardo, propietario y
administrador respectivamente del histórico centro de diversión, c) «Tite» y
«Chirrí», los dos populares camareros del establecimiento.



