(In Memoriam)
Por: Domingo Caba Ramos
30 de agosto del 20226
22 de julio del 2022.
Selección de artículos, la mayoría publicados por el autor en la prensa nacional. DOMINGO CABA RAMOS : Educador, linguista, profesor universitario de Lengua y Literatura, articulista y Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Además de Maestro Normal Primario ( Esc. Normal "Luis Núñez Molina"), cursó estudios de licenciatura en Educación : Mención Filosofía y Letras (UASD) y de Maestría en Educación Superior : Mención Linguística ( UASD) E-mail : dcaba5@hotmail.com
(In Memoriam)
Por: Domingo Caba Ramos
30 de agosto del 20226
22 de julio del 2022.
Por : Domingo Caba Ramos
Ciertamente
debemos admitir que las redes sociales lo han cambiado o transformado todo, muy
especialmente las normas de convivencia y los patrones comunicativos. Y en ese
proceso evolutivo, la lengua, una de cuyas características es su naturaleza
cambiante, no podía quedar al margen. Tanto ha sido la influencia que en la
construcción de nuevos hábitos lingüísticos ha ejercido la tecnología y las
redes sociales en el uso de la lengua que hoy bien podríamos decir que estamos
al frente de una “nueva lengua española”. Ese cambio lingüístico se pone de manifiesto,
fundamentalmente, en el plano ortográfico y lexicosemántico.
Así vemos
cómo en el español dominicanos, nuevas voces surgen cada día y nuevos
significados se les atribuyen a vocablos ya establecidos. Muy especialmente en
el llamado sociolecto de la juventud.
Pero no solo eso. Aparte de las innovaciones en la estructura lexicosemántica
de las palabras, en el dialecto dominicano nos encontramos igualmente con
nuevas formas de escribir que en nada cumplen con lo establecido al respecto
por la norma gramatical.
De ahí
que, como ya hace varios años sucedió y comenté, no me sorprendió el que una
estudiante, en la universidad adonde laboro, de la manera más normal o natural,
se atrevió a escribir y enviarme la siguiente nota - excusa:
«Apreciado profesor: le escribo
para informarle que hoy no podré asistir a la “uni” ni a su clase de lengua
española como 100pre xq cuando fui a buscar a mi niño al “cole” me
cogió lo tarde y además x aquí está llovien2 mucho…»
Así le
escribió la joven estudiante de medicina nada más y nada menos que a su maestro
de español. ¿Cuál fue mi reacción al leer esto?
Mejor no
le cuento…
Y en
semejante contexto, tampoco me asombré cuando un día de estos, leí en la red de
Facebook el mensaje que un mocano le comunicaba a un compueblano suyo:
«Cuan2 yo
comienC a nombrar los Angeles D Moca que Iran al cielo un dia, uds. 2s seran los
primeros en mi lista, pues si que C lo merecen. Bendiciones y larga Vida para
los dos. Ah y los sigo querien2»
¿Qué
le dijo?
Prefiero
que sea usted, amigo lector, quien realice el proceso de decodificación de
dicho mensaje.
Usted
y yo podríamos haber confrontado serias dificultades para desentrañar el
sentido profundo del texto precedente; pero no para entender de que así circula
nuestra lengua por las rutas innovadoras de las redes sociales.
(Al Dr. Rafael Gullón Manzo)
—Ya puedes abrir los ojos – me dijo, con inigualable dulzura.
Así lo hice.
—¿Cómo te sientes ahora? — me preguntó con mucho interés.
— Perfecto, doctor – le respondí, pero pensando
más en el pago de los honorarios que en mi estado de salud.
— Me alegro mucho — me respondió,
mostrando un nivel de satisfacción que no podía ocultar.
— Llévate el frasco con las gotas, y
ponte una en cada ojo cuando llegues a tu casa — indicó, mientras
cuidadosamente colocaba el frasquito en una cajita.
— Si después de aplicada las gotas en la
casa, la molestia desaparece, no la uses más; pero guárdalas, por si en el
motor vuelve y te ocurre lo mismo — me ordenó finalmente.
Yo lo escuchaba con suma atención; pero a pesar de la confianza y la
tranquilidad que el tierno médico despertaba en mí, pensar en el monto de la
consulta me producía tal grado de ansiedad que no la podía evitar. Por eso, en lo que el doctor escribía algo,
yo aproveché y elaboré mi estrategia. Y como si la estuviera informando a alguien,
así pensé: «Cuando el doctor me diga la cantidad que debo pagarle, sin
argumentar mucho le entregaré la matrícula de mi motocicleta y le diré que en
media hora yo regreso a pagarle». Mi plan, obviamente consistía en ir a Moca,
adonde uno de mis hermanos mayores, Pedro Caba, con el propósito de solicitarle
el dinero de la consulta y regresar de inmediato a Salcedo a realizar dicho
pago.
—Cuando llegues a la casa, no dejes de aplicarte las gotas.
— Gracias doctor — contesté. Y con más miedo
que vergüenza le pregunté con voz un tanto débil:
—¿Cuántos le debo, doctor?
—¡Pero mi hijo!, ¿y tú no me dijiste que
eras estudiante? — para mi sorpresa me respondió, con una paternal sonrisa
plasmada en su rostro.
— A estudiantes yo no les cobro. Vete tranquilo y cuídate mucho.
Me estremecí, sentí que una lágrima se desprendía de mi ojo afectado, respiré profundamente, y hasta por un momento percibí que mi malestar ocular estaba mucho mejor que antes. Que los objetos yo los percibía con un nivel de claridad tres veces mejor que antes.
El médico me acompañó hasta la parte frontal del centro de salud, esperó que yo encendiera la “moto” y hasta que yo no abandoné el lugar, se mantuvo allí observando con una sonrisa a flor de labios al insolvente estudiante, cuya imagen, a la distancia, no era más que una simple silueta.
(PUBLICADO EL 20 DE AGOSTO DEL 2026)
Por: Domingo Caba Ramos
—Toma, está muy delicioso. Yo sé que lo
vas a disfrutar.
— Sí, parece sabroso; pero es de maní —
responde el otro, sin haber probado aún el dulce obsequiado — y a mí no me
gusta el dulce de maní.
— No, amigo mío. El dulce no es de maní,
sino de coco. Yo mismo lo preparé.
— No importa que tú lo hayas
preparado: es de maní.
— ¡Pero pruébalo! — sugirió el fraterno amigo.
El otro optó por probarlo, y acto seguido, con insistente terquedad respondió:
— Sí, realmente sabe a coco, pero es de maní.
Como el personaje de la presente historia, son muchos los hablantes con quienes por una razón u otra tenemos que intercambiar ideas en nuestra diaria comunicación. Nunca están de acuerdo con el punto de vista de los demás, aun cuando las evidencias presentadas sobran. Y si en algún momento, interiormente consideran válidas esos ajenos pareceres, públicamente prefieren rechazarlos. Se trata de seres cuyos cerebros parecen haber sido configurados para «llevar siempre la contraria». Seres tan irracionalmente contradictorios que, de haber sido ríos, posiblemente hubieran corrido de abajo hacia arriba, y de haber sido el Sol, es casi seguro que hubiera salido, no por el este, sino por el norte, por el sur o por el oeste.
Desde el punto de vista psicolingüístico, ¿a qué se debe ese contradictorio comportamiento?
En sicología se conoce con el nombre de «Reactancia sicológica», y se define como una reacción de resistencia o enojo que ocurre cuando una persona siente que alguien limita su libertad de elegir, actuar o pensar. El hablante considera que una opinión ajena amenaza su libertad de elección y por tanto reacciona haciendo exactamente lo contrario para recuperar el control o el terreno que considera perdido. En tal virtud se resiste a aceptar como buenos y válidos puntos de vista diferentes, por cuanto entiende que proceder de manera flexible implica necesariamente pérdida de poder en el ámbito del conocimiento.
En el mundo del saber, el sujeto que así se comporta vive encadenado por un complejo de inferioridad que nubla su raciocinio, bloquea su autoestima y neutraliza su humildad. Merced a semejante y anticientífico perfil, le resulta casi imposible admitir que el otro tiene la razón; pues admitirlo, según su pensar, sería lo mismo que declararse humillado y derrotado.
Es en ese contexto cuando entran en acción los mecanismos de defensa del sujeto hablante, consistentes en «llevar la contraria» como especie de máscara con el fin de demostrar su inteligencia, imponer sus conocimientos y compensar, en última instancia, su inseguridad o el vacío interior que consciente o inconsciente tanta perturbación le genera en su mente.
Conforme a lo expresado en el párrafo anterior, el discurso contradictorio ultraemotivo y no menos defensivo, sencillamente se debe, pienso yo, al placer y bienestar espiritual que le proporciona al hablante que lo sustenta. Por esa razón, aunque dicho polemista esté convencido de que el otro tiene la razón, siempre mostrará su desacuerdo; pues la sensación de placer y bienestar se extinguiría si no «lleva la contraria». Pero no solo eso. Con su espíritu defensiva y emotivamente contradictorio, el sujeto hablante intenta en todo instante situarse en el centro del discurso o la conversación y borrar la invisibilidad que percibe lo excluye del debate.
¿Qué hacer entonces con ese tipo de ente contradictor?
Sencillamente, no discutir, “seguirle la corriente” o hacerle creer que la verdad le pertenece.
¿Por qué?
Porque el acto de discutir o debatir persigue convencer o ser convencido. Si sabemos de antemano que la intención comunicativa del otro es solo persuadir, entonces no vale la pena; pues tal acto representaría una infructuosa pérdida de tiempo.
Por esto entiendo que ni con los seres
irracionalmente contradictores, ni con fanáticos, especialmente políticos y
religiosos, se debe discutir; pues los cerebros de estos últimos han sido
programados para repetir de manera irracional lo que escuchan de sus líderes, o
lo que estos les han hecho creer.
Por : Domingo Caba Ramos
JUAN BOSCH (1909-2001) - Autodidacta,
escritor, historiador, ensayista de alto vuelo, novelista, cuentista, padre del
cuento dominicano y uno de los más grandes cuentistas de la literatura
dominicana. Su nombre figura también en primera línea en las páginas de nuestra
literatura.
Los dos
fueron candidatos a la presidencia de la República Dominicana y también
presidentes, porque su perfil intelectual y/o profesional era el que primaba en
el pasado para optar por el cargo a la primera magistratura de la nación y
cualquier otro puesto público de importancia. En el plano político, el primero
nunca fue «el santo de mi devoción»; pero al margen de simpatías y aversiones,
todos debemos reconocer el peso social, intelectual y profesional de estos dos
grandes líderes.
El tiempo pasó y hoy, cualquier «pelafustán»
o analfabeto funcional que solo sabe decir y repetir aquello de «Hijo de tu maldita madre…» y frases
parecidas, se atreve a decirle al mundo: «Yo
quiero y puedo ser presidente”. Y lo peor de todo: aparecen fanáticos y
seguidores con escasa proporción de materia gris en sus cerebros que cual
«grey» arreada por un boyero proclaman y repiten a mandíbulas batientes: «Él quiere y puede ser presidente de la
republica…».
Lo anterior
pone de manifiesto cómo en el país se han rejado nuestras prístinas costumbres
a tal grado que un cargo, cuyo desempeño se entendía estaba reservado a
ciudadanos provisto de condiciones especiales, esta vez los niveles de
exigencias parecen haber descendidos considerablemente, razón por la cual son
muchos los que creen que cualquier persona puede ejercer tan delicada función.
En la
administración pública, la ineptitud de los funcionarios comenzó a sonar en la
segunda mitad del siglo XIX con la presencia en el Congreso Nacional de un
diputado que al decir del decimero Juan Antonio Alix (Moca, 1833- Santiago, 1918), carecía de la capacidad necesaria para argumentar o
gestar ideas, razón por la cual, después que otros hablaban, apenas se limitaba
a decir: «Corroboro, corroboro». Ojalá
que semejante incompetencia, en el futuro, nunca llegue al Palacio Nacional,
atribuida a un presidente con un perfil parecido al del diputado antes
indicado. Y que al igual que este, cuando hable en público, apenas pueda decir:
«Corroboro, corroboro»
Por: Domingo Caba Ramos.
Esta variante dialectal, según el respetado
maestro y brillante lingüista dominicano, doctor Celso Benavides, «comenzó
a formarse a partir de 1492 en que se produjo el descubrimiento. Es el
resultado de la colonización; una mezcla del español con las lenguas aborígenes
del continente y en algunos casos con algunas lenguas africanas. Coincide con
aquel – aclara Benavides – en todos
los rasgos centrales del castellano, pero se aparta de él, en cada pueblo, en
los rasgos marginales y no pertinentes para la uniformidad…» (Fundamentos
de historia de la lengua española, 1986, Pág.272)
Por: Domingo Caba Ramos.
1. «Temperatura agradable»
Me gustaría que alguien me orientara sobre cuándo, en términos numéricos, una temperatura es agradable. Y es que agradable es todo lo que agrada o produce placer. Se trata de un término cuyo contenido semántico entraña una cualidad, y toda cualidad se inscribe en el plano de lo subjetivo, vale decir, lo que es agradable para unos puede no serlo para otros. Así, en el momento en que yo me desplazo enfundado en un cálido abrigo, mi hermano Pedro, que muy rara vez siente frío, lo hace pletórico de felicidad, “como si nada”, posiblemente en pantalones cortos y camisas sin mangas.
Predecir el tiempo, constituye un acto en el que necesariamente deben manejarse variables científicas, y su expresión, por tal razón, tiene que realizarse en términos numéricos, de tal forma que los resultados que se nos presenten estén siempre conectados con la realidad ( objetividad) y libres de toda interpretación ( subjetividad)
2. «Medio ambiente y medioambiental»
En
la bases del concurso patrocinado por una prestigiosa empresa de Santiago, hace
ya varios años, el periodista, en su programa de televisión, leyó el título del
tema propuesto: “Periodismo y
medioambiente”, y, un
tanto confundido, no tardó en llamarme para compartir conmigo su idiomática
inquietud :
- “Pensé - me dijo - que medio ambiente se escribía en dos palabras y no en una, como la veo escrita por aquí”.
“- Así es - le respondí. No sucede lo mismo, sin embargo, cuando se trata de su adjetivo correspondiente: medioambiental, el cual sí debe escribirse en una sola palabra”
Vale destacar que medio ambiente es una forma pleonástica o redundante de decir medio o ambiente, toda vez que medio, lo mismo que ambiente, se define como el “ conjunto de circunstancias o condiciones exteriores en que vive alguien o algo”
2. «El interior del país»
Esta frase se emplea comúnmente para designar
cualquier lugar o pueblo de la República Dominicana, distante de la capital;
pero sucede que según el criterio académico, interior es lo “Que está en la parte de adentro”,
lo “Que está muy adentro”
y la “Parte central de un país, en
oposición a las zonas costeras o fronterizas”, entre otras acepciones.
Conforme a estos conceptos, solo válido admitir como pueblos, sitios o lugares del interior del país aquellos situados geográficamente en el centro o “muy adentro” del territorio nacional. Por la misma razón quedarían excluidos de esa categoría los sectores alejados del centro o no ubicados “muy adentro”, como serían las comunidades fronterizas o las pertenecientes a nuestro litoral, tales como Miches, Samaná, Puerto Plata, Da jabón, etc. Si por el contrario se persiste en considerar como del interior a esos pueblos costeros, entonces también habría que admitir como tal o como uno de los llamados “pueblos del interior” a la ciudad de Santo Domingo, por estar esta ubicada todo lo que corresponda a la parte costera o litoral de la ciudad de Santo Domingo, por esta enclavada o situada sobre el mar Caribe, en la costa sur de la isla de Santo Domingo.
Por último y conforme a los juicios precedentes conviene recordar que la lengua opera por oposiciones: fonológicas, morfológicas, fonéticas, lexicosemánticas, etc. Lo bueno, por ejemplo, supone la existencia de lo malo; la acción de entrar, lleva implícita la idea de salir y cuando se habla del sustantivo y/o adjetivo interior es porque su opuesto exterior debe existir. A tono con este planteo quizás convenga preguntarse: Si en la República Dominicana existen los llamados “pueblos del interior”, ¿cuáles serían entonces los pueblos del exterior?, ¿los que están situados en las zonas costeras del país? De ser así, una última pregunta surge de manera obligada: ¿Están ubicados estos costeros fuera del territorio dominicano?
3. «El Sur profundo»
¿Existe en nuestro país un sur no profundo? Honestamente no lo sé. Mas así parecen concebirlo quienes cada vez que se refieren a esa zona de la República Dominicana siempre hablan de sur profundo.
El adjetivo profundo, además de “intenso o muy vivo” entraña la idea de hondura o gran penetración. En virtud de esto, inconcebible sería considerar como honda, intensa y penetrante a la histórica, heroica y lejana región sureña. Talvez, en tales casos, en lugar de profundidad, al hablante lo que le interesa sea subrayar la idea de lejanía; y en lugar de profundo, quizás lata en su mente la idea que más se corresponde con el sentido estricto de lo expresado: la idea de sur lejano.
Según el Diccionario de la lengua española, solo cuando una comunidad es “conservadora, tradicional y resistente a la influencia externa”, se le puede aplicar el calificativo de profunda: “En la Cataluña profunda se conserva aún esa costumbre”. De lo contario, semejante adjetivación carece de pertinencia lexicosemántica.
4.
«A la
altura del kilómetro… »
“El accidente se produjo a la altura del kilómetro cinco de la Autopista Duarte...”- se lee en una nota de prensa publicada recientemente en uno de nuestros diarios.
Confieso sinceramente que ignoro, y me gustaría conocer, los instrumentos técnicos de que se valen muchos de los periodistas dominicanos para determinar la “altura” o “pendiente” de un determinado kilómetro.
¿No será esa “a la altura del ...” una de esas famosas “expresiones chatarra” que tanto vulneran la esencia del Principio de Economía Lingüística, principio que, en el caso que nos ocupa, bien pudo respetarse si el redactor hubiera escrito: “El accidente se produjo en el kilómetro cinco de la Autopista Duarte ...”
5. «Los añitos de Luisito»
La
madre, evidentemente alegre, llama al programa de radio y solicita que le
toquen “un pianito para mi niño Luisito
que hoy cumple dos añitos”
Sabido es que no existen años más grandes ni más pequeños que otros, no importa que los mismos, en el plano humano, se refieran tanto a niños como a adultos. En otras palabras, un año es siempre un año. Sin embargo, resulta altamente curioso cómo la tierna madre de Luisito, mediante el proceso de transferencia semántica, y apelando al valor afectivo que entraña todo diminutivo, intenta destacar la corta edad del hijo casi recién nacido, concentrando la idea de pequeñez , no en la estatura de su niño apreciado, sino en los años por este cumplidos.
Pero “añito”, conviene destacarlo, en su
sentido profundo no sólo envuelve la idea de corta edad y baja estatura, sino
también de amor, ternura y afecto. Significa esto, que contrario a lo se pueda
creer y se nos ha enseñado tradicionalmente en la escuela, los diminutivos, más que sentido de pequeñez, en
su estructura semántica concentra un profundo contenido sentimental , esto es,
soporta la idea relativa a los más diversos sentimientos : amor, odio, desprecio,
burla, ternura…
¨Por : Domingo Caba Ramos
Con el
título «El uso de la lengua en los medios de comunicación social», en fecha
10/11/2022 publiqué un artículo en este mismo diario, en cuyo primer párrafo se
lee lo siguiente:
«Contrario a lo que debería ser su verdadera función, en
los medios de comunicación de la República Dominicana se leen y escuchan las
más sorprendentes y hasta jocosas irregularidades léxicas, fonéticas,
semánticas, sintácticas y morfológicas. Imperan en ellos los vulgarismos,
navismos, el estilo coloquial y frases que se apartan por completo del registro
estándar de la lengua. Medios en los que a la hora de informar se prestigia el
contenido y descuida la forma, creando así las condiciones para que los
hablantes copien e integren a su caudal lingüístico los frecuentes desatinos
que a través de ellos leemos y escuchamos… De ahí que en la cabina de
radio y televisión se hable como si se estuviera en el banco del parque o en la
esquina del barrio»
Pero no solo
en la forma de expresión lingüística están presentes tales irregularidades. En
nuestros medios de comunicación, y muy especialmente en los que se transmiten
vía internet, se injuria, difama, ultraja, mancha y destruye en forma alegre la
moral de los demás. Y cuando el Estado trata de intervenir para regular el
problema, de inmediato se invoca la violación de la “sagrada libertad de
prensa”, libertad esta que en última instancia se ha convertido en un auténtico
“libertinaje de prensa”.
Un
libertinaje que parece no tener límites, y el que para aquellos que diariamente
lo practican, verdaderos sicarios de la palabra, no debe existir régimen de
consecuencias, como muy bien se ha puesto de manifiesto en el persistente y
rabioso rechazo llevado a cabo fundamentalmente por esos “sicarios” verbales,
en contra de las disposiciones que acerca de la difamación, la injuria y el
ultraje están contenidas en el nuevo Código penal.
Son esos
representantes de la “nueva comunicación” quienes entienden que, en nombre de
la libertad de prensa, pueden continuar, sin que pase nada, utilizando la
lengua pletórica de vulgaridades, exabruptos, procacidades,
“malas palabras” o inmundicias verbales a través de los diferentes medios de
información, razón por la cual han bautizado al nuevo Código penal con el
despectivo nombre de «Ley
Mordaza». Olvidan estos, quizás, que los
medios de comunicación de comunicación forman parte de los llamados poderes
educativos, y que, en tal virtud, su misión es informar, educar, orientar,
divertir y, al decir de Francisco Larroyo, ejercer influencias educativas en el
individuo, no para desorientar, destruir imágenes y crear problemas en el seno
de la comunidad.