Por : Domingo Caba Ramos
JUAN BOSCH (1909-2001) - Autodidacta,
escritor, historiador, ensayista de alto vuelo, novelista, cuentista, padre del
cuento dominicano y uno de los más grandes cuentistas de la literatura
dominicana. Su nombre figura también en primera línea en las páginas de nuestra
literatura.
Los dos
fueron candidatos a la presidencia de la República Dominicana y también
presidentes, porque su perfil intelectual y/o profesional era el que primaba en
el pasado para optar por el cargo a la primera magistratura de la nación y
cualquier otro puesto público de importancia. En el plano político, el primero
nunca fue «el santo de mi devoción»; pero al margen de simpatías y aversiones,
todos debemos reconocer el peso social, intelectual y profesional de estos dos
grandes líderes.
El tiempo pasó y hoy, cualquier «pelafustán»
o analfabeto funcional que solo sabe decir y repetir aquello de «Hijo de tu maldita madre…» y frases
parecidas, se atreve a decirle al mundo: «Yo
quiero y puedo ser presidente”. Y lo peor de todo: aparecen fanáticos y
seguidores con escasa proporción de materia gris en sus cerebros que cual
«grey» arreada por un boyero proclaman y repiten a mandíbulas batientes: «Él quiere y puede ser presidente de la
republica…».
Lo anterior
pone de manifiesto cómo en el país se han rejado nuestras prístinas costumbres
a tal grado que un cargo, cuyo desempeño se entendía estaba reservado a
ciudadanos provisto de condiciones especiales, esta vez los niveles de
exigencias parecen haber descendidos considerablemente, razón por la cual son
muchos los que creen que cualquier persona puede ejercer tan delicada función.
En la
administración pública, la ineptitud de los funcionarios comenzó a sonar en la
segunda mitad del siglo XIX con la presencia en el Congreso Nacional de un
diputado que al decir del decimero Juan Antonio Alix (Moca, 1833- Santiago, 1918), carecía de la capacidad necesaria para argumentar o
gestar ideas, razón por la cual, después que otros hablaban, apenas se limitaba
a decir: «Corroboro, corroboro». Ojalá
que semejante incompetencia, en el futuro, nunca llegue al Palacio Nacional,
atribuida a un presidente con un perfil parecido al del diputado antes
indicado. Y que al igual que este, cuando hable en público, apenas pueda decir:
«Corroboro, corroboro»


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