Por : Domingo Caba Ramos
Hoy es Día Nacional del Locutor, como el 5 de abril lo fue del periodista. Felicitamos, pues, a los locutores de verdad en su día.
Selección de artículos, la mayoría publicados por el autor en la prensa nacional. DOMINGO CABA RAMOS : Educador, linguista, profesor universitario de Lengua y Literatura, articulista y Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Además de Maestro Normal Primario ( Esc. Normal "Luis Núñez Molina"), cursó estudios de licenciatura en Educación : Mención Filosofía y Letras (UASD) y de Maestría en Educación Superior : Mención Linguística ( UASD) E-mail : dcaba5@hotmail.com
Por : Domingo Caba Ramos
Hoy es Día Nacional del Locutor, como el 5 de abril lo fue del periodista. Felicitamos, pues, a los locutores de verdad en su día.
Por: Domingo Caba Ramos.
Simultáneamente - puesto que era un agujero común - igual cosa ocurrió
en el cuarto del novio. Pero como él había hecho las cosas por su propia
iniciativa, y ella a su vez, había procedido a perforar la pared medianera,
ninguno de los dos tomó precaución alguna con respecto al otro, puesto que
ambos se sentían autores de ese agujero único, indiscreto, tremendo que
vulneraba la intimidad de los cuartos respectivos.
Por : Domingo Caba Ramos
El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar
a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la
sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener
claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante,
estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el
alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la
materia que imparte.
¿Qué significa todo eso?
Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es
maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están
llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el
destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un
trabajo que desprecian o sobre el que ninguna pasión siente y acerca del cual
solo les importa lo mucho o lo poco que por su ejecución puedan pagarles. Son
esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como
cualquier cosa menos como maestros.
Merced a los rasgos antes descritos, se han establecido diferentes
tipologías de maestros, como las dos que a continuación presentamos, la primera
propuesta por Imídeo Nérici en su muy consultado libro Hacia una didáctica general
dinámica, 1973, y la segunda por Luis Alves de Mattos, en su no menos
valorado texto Compendio de Didáctica General, 1974.
Nérici, págs.
107-110, nos presenta las siguientes clases de maestros:
a) El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa
más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso
académico de estos.
b) El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de
ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y
altibajos.
c) El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones
escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el
cumplimiento de las exigencias burocráticas.
d) El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos
de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.
e) El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones
de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la
fantasía.
f) El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve
mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su
persona.
g) El educador. Es el maestro ideal. «Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación,
despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y
muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la
persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los
caprichos»
Con el subtítulo de Aberraciones en la personalidad del profesor, Luis
Alves de Mattos, en su antes citado
texto, p.294, propone doce clases de maestros, acerca de los cuales afirma que «constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente»,
categorías cuya presencia fácil resulta
encontrarla en todos los niveles de
enseñanza, pero muy especialmente en las aulas universitarias. Entiende A. de
Matos que entre los maestros que imparten clases en los diferentes grados
académicos se encuentran :
1) El tipo introvertido y hermético, 2) El tipo nervioso y
desconfiado,3) El tipo indeciso y confuso, 4) El tipo incoherente y
contradictorio, 5) El tipo colérico y explosivo, 6) El tipo irónico y mordaz,
7) El tipo injusto, mezquino y vengativo, 8) El tipo vanidoso, arrogante, prepotente,
desdeñoso y presuntuoso, 9) El tipo cursi y donjuanesco,10) El tipo ingenuo, bonachón e indulgente,11) El tipo sentimental y quejumbroso, 12) El tipo egoísta, exclusivista que demuestra
afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros.
MI TIPOLOGÌA
Aparte de la categorización docente establecida por los dos connotados
pedagogos antes citados, pienso que existen otros tipos de maestros como los
que, basado en mi experiencia docente y discente, me permito proponer a
continuación:
1) El negligente o apático. El proceso enseñanza -
aprendizaje poco le importa, y mucho menos el protagonista de este proceso: el
estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del
puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad
constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo
a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación
cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no
varía, vale decir, años tras años aplica las mismas evaluaciones. Difícilmente
compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni
asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación
profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que
el tiempo pase.
2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está
presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la
postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta,
nada le quita el sueño. Todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a
este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido
para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes
que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a
esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es
escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No
hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni
te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»
Para el Estoicismo, una de las escuelas filosóficas, la más
significativa e influyente, surgidas en Grecia a partir de la muerte de
Aristóteles (Escuelas helenísticas o posaristotélicas), la felicidad radica en
liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el
vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico
parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas
resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán
enteramente infeliz.
3) El efectista. Consiste su habilidad en generar
impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy
especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo.
Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del
teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que
oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen
que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su
accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del
“vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que
ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.
4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser
frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y
todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De
ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante
emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El
alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de
instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en
tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de
la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al
maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos
es común oírle decir frases como las siguientes:
a) «A mí nadie me pasa… » b)
«No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un
burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) «Ustedes están estudiando
esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar
a ningunas partes» f) «Cuando
tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que
coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo
nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy
inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran
disparate, una pura porquería»
5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se
presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los
estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores
que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera
persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos
y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales
muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les
interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia
incontenible:
« Yo soy licenciado en… Tengo
dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy
esto y aquello… Mi padre fue fundador de esto y aquello… En la última
investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo
también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He
viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me
admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… »
Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su
relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando,
oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata
termine de una vez y para siempre.
Todo ello significa que si bien son muchos los que
han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las
condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada
y reivindicada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y
delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en
lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno
que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e
información. Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora
de inmediato a mi mente:
¿Y tú, qué tipo de maestro eres?
El autor es profesor
universitario de Lengua y Literatura.
Por:
DOMINGO CABA RAMOS
1. “Habemos muchos dominicanos preocupados por los
actos de delincuencia…”
2. “Aquí
habemos cinco personas detenidas…”
Se trata,” habemos”, de un arcaísmo carente por completo de pertinencia sintáctica y morfológica, por cuanto si se conjuga el verbo haber en todos los modos, personas y tiempos, se descubrirá que la forma “habemos” no aparece. Particularmente en presente del modo indicativo (primera persona del plural) sí aparece “hemos”, pero nunca “habemos”. La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su “Diccionario panhispánico de dudas”, establece al respecto lo siguiente:
“La
primera persona del plural del presente de indicativo es hemos, y no la arcaica
habemos, cuyo uso en la formación de los tiempos compuestos es hoy un
vulgarismo propio del habla popular. También es propio del habla popular el uso
de habemos con el sentido de ‘somos y estamos’” (2004, pág.330).
Y más adelante, en la misma página,
el citado y muy consultado lexicón advierte lo siguiente:
“No debe usarse la forma arcaica habemos para formar la primera persona del plural del presente perfecto o antepresente de indicativo, como a veces ocurre en el habla popular…”
En su lugar se recomienda la forma impersonal “hay”. Merced a esta recomendación, y en relación con los dos ejemplos antes presentados, lo adecuado hubiera sido escribir:
1. “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…”
2. “Aquí hay cinco personas detenidas…”
Es posible que al utilizar hay en lugar de habemos, el emisor del mensaje no se sienta incluido o se considere fuera de la acción expresada por el verbo, razón que lo impulsa a emplear la voz “habemos”. Para su satisfacción, remediar la situación o enfatizar el carácter inclusivo del ‘hay’ impersonal, entonces se recomienda acompañar esta forma verbal acompañada de otras (estamos – somos, etc.), expresada en primera persona del plural. Así, en lugar de: “Hay muchos dominicanos preocupados por los actos de delincuencia…” y “Hay hay cinco personas detenidas…”, bien podría decirse:
1. “Hay muchos dominicanos que estamos preocupados
por los actos delincuencia…”
2. “Aquí hay cinco personas que estamos detenidas …”
«Ello hay»…
Igualmente procederemos erróneamente al usar el verbo haber cuando a la forma impersonal “hay “le anteponemos la voz neutra “ello”, tanto al afirmar como al preguntar:
_“¿Ello
hay gente ahí?
_“Sí, ello hay…”
Semejante “fósil
lingüístico”, característico del habla
dominicana, nada aporta, nada amplía, nada aclara y nada añade al sentido de la
expresado. Y su uso lo único que contribuye es a violar el Principio de
Economía Lingüística. Se trata de una de las tantas “expresiones
chatarra” que utilizamos los hablantes
dominicanos.
En resumen, el verbo haber tiene dos
usos generales: funciona como auxiliar e impersonal. En el primer caso puede
utilizarse tanto en plural como en singular:
1. Él
había llegado
2. Ellos
habían llegado.
Mientras que el segundo solo se
empleará en tercera persona del singular:
a) Había miles de personas…
b) Habrá numerosas presentaciones
artísticas…
En relación con la expresión: “habemos” y la construcción léxica “Ello hay”, conviene siempre recordar que en la actualidad una y otra se consideran verdaderos arcaísmos, razón por la cual sus usos, a todas luces, carecen de pertinencia lingüística.
Por:
DOMINGO CABA RAMOS
En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao»
Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana (Capotillo, Gualey, Villa Juana, Cristo Rey, Las Cañitas, Villas Agrícolas, Villa Duarte, etc.) una serie de protestas que al día siguiente, martes 24, se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada».
El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.
Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales saqueados y destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.
Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido en el otro abril, el del 24 de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida.
Lupo Hernández Rueda (1930 – 2017), uno de nuestros primerísimos poetas y miembro prominente de la Generación del 48, recrea magistralmente la histórica «poblada» en el poema « Abril 84»:
ABRIL 84
«Entonces abril trajo la muerte en sus
alforjas.
En duermevela oigo los disparos,
en duermevela siento las pisadas de la muerte,
en techos y farmacias,
en la calles pobladas,
donde el pulpero de la esquina.
Oigo gemidos, risas,
la pólvora avanzando,
lenguaje torpe y ruin e intermitente,
decapitando, decapitándose,
mordiendo la agonía,
el rumor de los vientres vacíos;
imágenes dantescas de la muerte ordenada.
No. No es cierto que esto ocurra, pero ha
sucedido.
Palpo el llanto,
la sangre,
el desorden, sus nombres.
Todos mueren y no se sabe cuántos.
Y una sombra muy larga,
cada vez más oscura,
recubre lentamente el horizonte,
sin que nadie la toque,
sin que nadie quebrante su silencio,
puerta rota,
poblada que deambula,
concitando el incendio,
en los barrios cerrados al milagro»
(De
su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»)
Por: Domingo Caba Ramos
« ¡Hija, yo no sé decirte si la muerte es buena,
o si la vida es amarga;
sólo te aconsejo que despiertes, adulta de
comprensión más que tu padre!»
Domingo Moreno Jimenes
(Del Poema a la hija reintegrada)
Obligados por la circunstancia siempre adversa provocada por la muerte, en
esta fresca y tranquila mañana de un invierno que casi agoniza, nos hemos
reunido en este apacible y sagrado templo, para despedir o dar el último adiós
a la hija ejemplar, a la madre agnegada, a la hermana solidaria y cariñosa, a
la amiga fiel y a la joven profesional de la Odontología.
Estamos aquí para despedir o dar el último adiós a la amada hija de los profesores Mariano Zapata y Milagros Arias; a la amorosa madre de Jacob y Jodayrie, niños estos que hoy muy seguro han de estar con sus corazoncitos espiritualmente destruidos. Aquí hoy nos hemos concentrado para despedir, previo al recorrido por la ruta que conduce a su morada definitiva, a la esposa de Johnson y a la tierna hermana de Milagrito (su melliza), así como de Mariela, Marianito, Lissette y Mariedy. Estamos aquí para brindar el último adiós a un ser humano íntegro, noble, decente, prudente e inigualable. En fin, aquí nos hemos reunido para ofrecerle nuestro adiós definitivo a DANEYRE MILAGROS ZAPATA ARIAS.
Era Daneyre, como ya dijimos, hija de Mariano o Mario Zapata, como lo llamamos familiarmente sus amigos de infancia. Nació este en la misma comunidad o en el mismo nicho campestre donde yo y mis hermanos nacimos. Por tanto, recorrimos los mismos caminos, bebimos de las mismas aguas, nos recreamos con los mismos juegos, estudiamos en la misma escuela, fuimos acariciados por la misma brisa, arrullados por el canto armónico de las mismas aves y pájaros cantores y hasta protagonistas de las mismas travesuras infantojuveniles. Esa realidad, indudablemente, forjó entre él y mi familia una sólida y eterna amistad en la que los límites entre el amigo y el hermano siempre han sido muy borrosos o casi imperceptibles. Y como los afectos parecen transferirse de un cerebro a otro o de una generación a otra, desde que él contrajo nupcias, muy pronto su fraterno cariño logró invadir el corazón de su esposa Milagros, convirtiéndose esta, en una hermana más, y contribuyendo que ese manto de afectos envolviera también a la descendencia de ambas familias. Y es esa la razón por la que a sus hijos, más que simples amigos, siempre los hemos percibido como los parientes o sobrinos que no llevan nuestro apellido. Por esa razón, sacudió sensiblemente nuestra conciencia y representó un duro golpe para todos, la noticia del sorpresivo fallecimiento del ser querido, a cuyo cadáver se le dará en breve cristiana sepultura.
La muerte, como se sabe, es un fenómeno natural y parte esencial del proceso evolutivo de la existencia humana; pero, ¡caramba!, en ocasiones la muerte nos golpea y avasalla, generando de esa manera grandes grietas en nuestro estado de ánimo. Y cuando la comparamos con momentos relevantes de la vida, parece que nuestro edificio mental se derrumba por completo. Merced al juicio precedente, vale decir que Daneyre, en sus breves pasos por la Tierra, supo generar momentos de inolvidables regocijos para sus padres, amigos y relacionados.
Regocijo familiar hubo, por citar solo algunos ejemplos, cuando nació el 14 de septiembre de 1981. Júbilo hubo en su familia, el día en que inició sus estudios primarios en la Escuela Primaria de Colorado, Santiago, y cuando comenzó los secundarios en el Politécnico «Nuestra señora de las Mercedes ». La alegría estuvo también presente aquel día del año 1999, cuando se inscribió en la PUCMM a estudiar Estomatología. Y desbordante alegría familiar se produjo en el 2004, año en que Daneyre obtuvo el título de doctora en Estomatología en la precitada universidad. También cuando en este mismo año, contrajo matrimonio, así como en las fechas en que nacieron sus dos retoños.
Desafortunadamente, tan luminoso, alegre y esperanzador pasado, fue de repente empañado por la tristeza de un presente sombrío marcado por la muerte que en forma inesperada llegó acompañada de un cáncer letal que la sorprendió lejos de su tierra, en Brooklyn, N.Y., donde residía, y ¡hela ahí!, inmóvil en el interior del ataúd, como diría el poeta: «muda y pálida».
« Mi hija – afirma acerca de ella su madre - estaba llena de valores, y entre estos, además de solidaria y colaboradora, resaltaban su fe en Dios, su madurez, empatía, sencillez, humildad, prudencia y don de gente; pero sobre todo, su firmeza en todo lo que hacía. Para la familia –continúa su atribuldada progenitora - era el equilibrio, la templanza, la fortaleza, la seguridad, donde todos íbamos a buscar su ayuda y sabios consejos... Como hija, siempre estuvo presente e hizo más de lo que tenia y podía hacer. Como madre, transmitía seguridad, confianza, humildad y amor a sus hijos... Como hermana – amplía Milagros – su amor no tenía límites. Como estudiante era excelente, colaborada y amiga fiel de sus compañeros de estudios. Era protectora, diplomática y conciliadora, amable y altamente respetuosa con todos»
Así, llena de impotencia, describe la madre a la hija que ya nunca besará y abrazará. Y en tal virtud, perdida toda esperanza, me la imagino con sus manos atadas a las del padre, para en coro de doloroso y resignado acento decirle a Daneyre, «carne de su carne» , con las palabras del poeta :
«Hija, ya no habrá oriente ni poniente para tu porvenir:
una sábana blanca serán tus días,
una sábana blanca será tu pasado
y tu recuerdo una estrella que frente a frente
me iluminará el porvenir… »
En medio del dolor, el poeta parece resignarse y admitir la dura realidad de la muerte. Y como si tratara de convencer a su hija querida de esa realidad, se dirige a ella con unas palabras que en este momento bien podrían Mariano y Milagros pronunciarlas ante el cadáver de su hija:
«Hija mía, para ti la mañana no será clara ni fresca;
verás envuelta el alba en la noche,
y las cosas de mayor transparencia
tomarán ante tus ojos la actitud de un largo crepúsculo…»
Y como el poeta padre, Domingo Moreno Jimenes, que ante el féretro de la hija, por él considerada reintegrada a la vida, parecía no estar seguro de si estaba frente a la realidad o a la fantasía, no dudo que a los progenitores del ser que hoy se apartará para siempre de su lado, los escuchemos una y otra vez decirle a esta con imperativo, pero tierno acento:
«Hija, ya han venido a avisarme que tus pies están fríos.
Hija, resígnate a que lo blanco no sea blanco
y a que lo negro no sea negro»
Y por si alguien dudara acerca de lo mucho que el padre y la madre de Daneyre la amaban, es posible que al percibirla aún viva y quizás, como la niña que un día fue, continúen velando por su cuidado, ordenando a viva voz, más con lágrimas que con palabras, como lo hizo el poeta:
«
Tibien la leche, terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídemela
hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi
pensamiento, cemento de mi
alma. »
¡Qué padre, qué madre no expresaría lo mismo en iguales circunstancias!
A Daneyre siempre la recordaré por su eterna sonrisa. Una sonrisa que como la de la Gioconda, a veces parecía irónica. En otras ocasiones proyectaba timidez, ingenuidad e inocencia. La recordaré también por ser la primera o una de las primeras que estaba atenta a los mensajes y mis artículos de prensa que en mi muro de la red de Facebook acostumbro a compartir con mis lectores amigos. El 14 de diciembre del 2021 fue su última incursión en dicho muro. Esa ausencia me inquietó bastante. Hoy entiendo los motivos. Ahora, Daneyre, comprendo tu silencio. Al final del pasado año, tu voz empezó a apagarse. Empezaste a enmudecer hasta que finalmente enmudeciste por completo. Y ante tan estremecedora realidad, yo debo terminar estas palabras diciéndote con los versos de nuestro Poeta Nacional, don Pedro Mir:
«Enmudeciste... , querida Daneyre,
para adorar tu soledad tranquila,
pero a tu oído bajarán las horas,
a decirte el secreto de los siglos,
pero tu voz la ahuecará el recuerdo,
para llorarte en la ilusión de un nido,
y el último destello de tus ojos,
saldrá a la tierra floreciendo lirios.
Enmudeciste... , querida Daneyre,
para vivir tu eternidad tranquila, pero en tu tumba,
muchos lamentos besarán tus huellas,
para alfombrar de llanto tu camino…»
Y al confesarte eso, pienso que incurrí en un error imperdonable cuando al principio de esta fúnebre intervención declaré que en este sagrado templo nos habíamos reunido para expresarte el último adiós; pues como también lo diría don Pedro:
No, Daneyre,
« No te decimos adiós. Tú no te has ido,
tú estás en el recuerdo palpitante,
y eterno en las raigambres del gemido.
Cada lágrima en flor…
apretada en el pecho conmovido,
será como un puñal de sentimiento,
que querrá defenderte del olvido.»
« ¡Hasta luego!, Daneyre, mi adorada hija», te dicen esos padres tuyos que tanto te quisieron.
« ¡Hasta luego!, mi dulce y tierna mami», te dicen esos niños o hijos que tanto te adoraron.
« ¡Hasta luego!, mi querida esposa», te dice ese compañero que siempre permaneció a tu lado.
« ¡Hasta luego!,
hermana del alma», te dicen esos cinco hermanos, a los cuales siempre te
mantuviste fraternamente unida.
« ¡Hasta luego!,
apreciada Daneyre», te decimos todos los que en vida te quisimos
Que tus restos gocen del descanso eterno y sean siempre iluminados por la misma luz con la que tú supiste alumbrar la mente y el corazón de todo aquel que moró junto a ti.
Muchas gracias
Domingo Caba
Ramos
(Extracto del panegírico pronunciado en la iglesia Corazón de Jesús, de Licey al Medio, en la misa de cuerpo presente, oficiada con motivo del fallecimiento de Daneyre Milagros Zapata Arias. Marzo, 19, 2022)