miércoles, 8 de diciembre de 2021

LAS VIVENCIAS DE RAMON DE LUNA (*)

Por : Domingo Caba Ramos.
                                                                       Domingo Caba Ramos

En mi mente, el nombre del periodista y veterano locutor Ramón de Luna está íntimamente asociado a los dorados años de mi infancia. Junto a su esposa Minucha, producía todos los días, durante el mes de diciembre, un programa radial llamado El rey Melchor y su secretaria Minucha. Se trasmitía en las primeras horas de la noche y cuan indescriptible era la emoción que asaltaba el alma de los menores cuando escuchábamos el sonido del motor de la nave en la que supuestamente el rey Melchor descendía a la tierra para conversar y leer las cartas que los niños le remitían. Las cartas, naturalmente, eran leídas por su atenta secretaria.

Nuestra inolvidable madre, amorosa como siempre, estaba siempre muy pendiente a sintonizar la emisora por donde se difundía el popularísimo programa, con tal de que sus hijos no dejaran de escucharlo. Creo, sin temor a equivocarme, que ella lo disfrutaba igual o más que sus inocentes retoños. Para entonces, los niños todavía creíamos que los Reyes Magos “ponían” y, merced a esta creencia, el referido programa contribuía grandemente a poblar nuestras mentes infantiles de las más tiernas, agradables y fantásticas imágenes. Cómo no recordar aquella exclamativa frase en la que el rey, para expresar el cansancio que le produjo el viaje, le decía a su amable secretaria: «¡Ay caramba Minuchita!».

Pero no sólo a los años de mi infancia. Más que a éstos, el nombre de Ramón de Luna está estrechamente vinculado a mis años juveniles, y, muy particularmente a mi tiempo de estudios del nivel medio en el Liceo Domingo Faustino Sarmiento, de la ciudad de Moca, durante el período de los famosos doce años de gobierno que encabezó el doctor Joaquín Balaguer , tiempo en el que la represión política que ejerció el referido gobierno en contra de sus adversarios estaba en  pleno apogeo. Época en la que ser joven constituía un gran peligro, mucho más si era estudiante, por cuanto para los miembros de la Policía Nacional y otros organismos de seguridad del Estado, ser estudiante era lo mismo que ser comunista. Y ser comunista equivalía a ser enemigo de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, como bien rezaba en un mensaje que se exhibía en todos los recintos militares y policiales del país.

En semejante panorama los apresamientos, torturas, persecuciones y desapariciones, no sólo de líderes estudiantiles, sino de otros líderes nacionales, eran mucho más que comunes o constituían, como dice el pueblo, “el pan nuestro de cada día”.

En medio de tan tétrica realidad, una voz, como la del Fray Antón de Montesinos de los nuevos tiempos, tronaba todos los días, de lunes a viernes, a las doce meridiano, no desde las alturas del púlpito, como procedió en aquel histórico y famoso sermón de Adviento el fogoso cura dominico antes mencionado, sino desde la tribuna combativa de La situación mundial, para condenar el crimen de Estado, las injusticias sociales, el irrespeto a los derechos humanos y el terror político imperante en la República Dominicana.

Esa voz grave, modulada, valiente y desafiante retumbaba, cual grito de guerra, en todos los hogares de la región del Cibao. Y gracias a ella fueron muchos los que lograron salir de la cárcel, preservar sus vidas y evitar que se les persiguiera. Esa voz, a la que hasta ahora nos hemos referido, tenía un nombre: don Ramón de Luna. Y el programa, a través del cual diariamente se escuchaba, también tenía su nombre: La situación mundial.
                                                                        Don Ramón de Luna

Activo en el aire desde el 15 de octubre 1965 hasta el año 1986, La situación mundial se convirtió en un programa irrepetible, único en su género. Un proyecto noticioso cuyo nivel de audiencia difícilmente sea superado en nuestro país. A la hora en que se producía, en la mayoría de los hogares no se escuchaba otro programa, y eso fue posible gracias al alto grado de credibilidad por el que dicho espacio siempre se caracterizó. La gran masa de radioyentes confiaba y creía en lo que se decía a través de La situación mundial, porque el pueblo estaba convencido de que su director era un ser incorruptible y había dado muestras fehacientes de su honestidad y de que no vendía su voz, su pluma y su silencio.

Acerca del muy popular programa, en su libro Mis 50 años en la radio, página 61, apunta  don Ramón de Luna lo siguiente:

"La situación mundial se mantenía como espacio noticioso en donde la verdad no se decía a medias. Además, el noticiero se había convertido en el paño de lágrimas de cuanto perseguido político acudía a sus productores. Tenía una credibilidad casi absoluta y una audiencia jamás lograda por otro noticiero. En los barrios y campos La situación mundial imponía la audiencia, tanto así que “era un solo radio”. El vecino lo tenía sintonizado, y el otro vecino, y el otro, y el otro… "

El programa lo realizaba su productor en compañía de su esposa, doña Minucha Pezzotti de Luna, posiblemente, o sin posible, la voz más tierna, dulce y melodiosa de la radio dominicana.

Era La situación mundial una tribuna de denuncias sobre los desmanes y atropellos cometidos por el régimen balaguerista. Era la voz de los sin voz y el abogado de las víctimas de esos atropellos. Sus editoriales constituían verdaderos cantos que clamaban redención, justicia y libertad y condenaban los abusos, la tiranía y la opresión. Cantos que contribuyeron grandemente a despertar conciencia política entre todos los ciudadanos y, de manera muy particular, entre los jóvenes de entonces.

Como un milagro podría considerarse el hecho de que el periodista de Luna haya podido escapársele a la muerte en un momento en el que la más alta autoridad de la nación no perdonaba las disensiones ni las críticas del pueblo y, muy particularmente, si éstas provenían de la prensa nacional. Los horrendos crímenes de que fueron víctimas el periodista Orlando Martínez y el profesor universitario Narciso González (Narcisazo) constituyen ejemplos más que ilustradores.

Pero aparte de su contenido sociopolítico, muchos de esos editoriales bien podían considerarse verdaderas piezas poéticas, cuyas lecturas despertaban las más diversas sensaciones y sentimientos, especialmente cuando el autor, con su grave voz y estilo inconfundible, los leía utilizando como fondo sonoro los acordes de una clásica pieza instrumental.

De esa manera fue don Ramón conformando poco a poco una bien ganada reputación de hombre íntegro que le concitó respeto y admiración tanto en el Cibao como en el resto del país. Así se fue convirtiendo en lo que fue y continúa siendo: un símbolo, un auténtico y verdadero símbolo. Un símbolo del honor. Un símbolo de la radiodifusión nacional. Un símbolo de la comunicación en general y de la locución en particular. Un símbolo de la honestidad y del decoro. Un símbolo de la prudencia y la decencia. Un símbolo de la lucha militante en pos de los mejores intereses de nuestro país. Un símbolo, en fin, del ciudadano ejemplar.

Para los jóvenes, Ramón de Luna era como una especie de cómplice desconocido, nuestro referente, nuestro ídolo, el ejemplo a seguir. Sentíamos que nuestras inquietudes eran canalizadas y solidariamente compartidas por él. Por eso comenzamos a respetarlo, apreciarlo y admirarlo. Un respeto, aprecio y admiración que, a pesar del paso de los años, aún se mantiene.

Hijo de padre de origen mocano, Emilio Ramón de Luna, y madre seibana, Bélgica María Peguero, Ramón de Luna Peguero nació en El Seibo, República Dominicana, el 6 de febrero de 1932. Por los orígenes geográficos de sus progenitores, a nadie ha de extrañar la valentía y espíritu reivindicativo que siempre ha caracterizado al experimentado locutor, vale decir, por la tradición de lucha de Moca y El Seibo, él arrastra consigo el heroísmo del mocano y el espíritu combativo del seibano.

En 1947 se inició como locutor en San Pedro de Macorís y cuatro años después decide abandonar la Sultana del Este para radicarse en Santiago de los Caballeros, ciudad en la que muy pronto conoció a su hoy adorada esposa y también afamada locutora, doña Minucha, una de las voces de más agradable timbre de la radio nacional.

En la locución ha ejercido como locutor noticioso, maestro de ceremonias, narrador deportivo, locutor musical y comentarista de radio y televisión. En fin, ha incursionado en casi todas las ramas de este noble oficio.

Defensor radical de los derechos humanos y las libertades públicas, el tercer hijo de doña Bélgica y don Emilio fue víctima de persecuciones, amenazas y apresamientos tanto en los años de la dictadura que encabezó Rafael Leonidas Trujillo como en los famosos doce años de represión encabezados por Joaquín Balaguer. Su hoy desaparecido programa La situación mundial se convirtió, durante este período, en la más escuchada, contundente y valiente voz de denuncia y protesta que medio alguno haya podido levantar en nuestro país para criticar acciones irregulares cometidas en un determinado período de gobierno. Acerca de él, escribió el destacado académico, Dr. Carlos Dobal, en el prólogo al libro Mis 50 años en la radio:

"Él es un ser íntegro, incorruptible y seguro de sí mismo, fiel a sus principios, que responde a una trayectoria vital que pretende ser ejemplo para sus conciudadanos. Despojado de todo falso orgullo y de toda superflua vanidad, se siente seguro de la posición asumida ante las distintas circunstancias históricas y graves devenires procesares que él ha afrontado con el valor y la sencillez de la estampa clásica del hombre dominicano."

 Eso es don Ramón de Luna: un locutor de verdad y un ejemplar y digno ciudadano a quien todos admiramos y respetamos por su capacidad, sencillez y honestidad. Es Ramón de Luna el ejemplo a seguir o el espejo en donde cotidianamente deberían mirarse las nuevas generaciones de locutores y otros comunicadores sociales.

En 1998 puso en circulación Mis 50 años en la radio, un libro que, al decir de Carlos Dobal, se trata de “un compendio que recoge organizadamente la historia bien vivida, sentida, gozada y sufrida de un hombre que desde la cima de su existencia quiere dejar testimonio para el futuro”. (Ídem. Pág. 7).

Esta vez don Ramón da a la luz pública una nueva e importante obra: Vivencias, la cual no es más que la continuación o parte última de la primera, como bien lo especifica el propio autor en las líneas introductorias, al afirmar que “El libro que hoy llega a vuestras manos es una humilde obra que vendría a ser una segunda edición de Mis 50 años en la radio, que vio la luz pública en el 1998”.

Indudablemente que don Ramón de Luna tiene mucho que contar, no sólo por lo dilatada que relativamente ha sido su existencia, sino por su condición de protagonista en procesos importantes de la vida nacional, y porque su más de medio siglo en el mundo de la comunicación le han permitido establecer contactos con personalidades destacadas en los diferentes ámbitos de la sociedad, y ser testigo fiel de múltiples experiencias de alta repercusión social. Porque ¿qué son las experiencias, sino vivencias, como él, acertadamente, tituló el presente libro?

Y lo mismo que Mis 50 años en la radio, su primer libro, el que el lector tiene ahora en sus manos, Vivencias, de eso trata, de la historia bien vivida, sentida y sufrida de un comunicador social que ha hecho del servicio, el culto a los valores y el bien social su filosofía de vida.

Aborda este valioso texto aspectos relevantes de la vida del autor, los cuales versan sobre sus relaciones familiares, amigos y compañeros de trabajo, su labor periodística, política, hechos y circunstancias. Y a cada uno de esos aspectos le reserva un capítulo especial: A su padre, don Emilio, y a su madre, doña Bélgica; a sus hermanos, vecinos, amigos y relacionados; a sus seres queridos ya fallecidos; a los primeros locutores y estaciones de radio de Santiago; al SIM (Servicio de Inteligencia Militar); a los Panfleteros de Santiago; a Huchi Lora y La hora del café; a sus andanzas por el pico Duarte; a sus viajes por América y Europa; a su labor de reforestación en la cordillera Central; a su intercambio de correspondencias con líderes políticos y empresariales, tales como Jacobo Majluta, don José León y don Poppy Bermúdez; a su llegada a la ciudad de Santiago; a sus problemas con los gobiernos de Trujillo y Balaguer y, por supuesto, a su programa de noticias La situación mundial y su adorada esposa, doña Minucha, entre otros.


La impresión de don Ramón acerca de la mujer con la cual lleva cincuenta y seis años casados no podía entrañar más ternura y amor:

"Minucha, compañera que ha estado a mi lado en las buenas y en las malas, no podía faltar en estas Vivencias. No sé quién sobrevivirá a quién. El Señor dirá, pero debo reconocer aquí que la vida a su lado ha sido más llevadera y feliz. Ella ha sido parte muy importante en mi vida"

Así apunta el enamorado esposo con afecto inigualable. Juicios como los antes citados ponen de manifiesto la dimensión humana y los nobles sentimientos que se aposentan en el corazón de este ser humano de virtudes excepcionales.

En la relación de las experiencias que conforman el vasto horizonte vivencial de don Ramón de Luna no podía faltar el nombre de Refugiado, uno de los tantos perros que habitan la casa del comunicador. Tiene por costumbre el afectuoso animalito adelantar la marcha para llegar primero que su amo a la casa del vecino hacia la cual ambos se dirigen. En el vecindario, por esa celosa y flanqueadora práctica, han bautizado al perro con el pintoresco y sugerente nombre de “Pepe Goico”, por aquello de la “avanzada presidencial”.

Don Ramón, en sus Vivencias, vale reiterarlo, describe los hechos y acontecimientos que ha vivido como protagonista o como testigo, y eso inscribe el libro en el género de las memorias, un género escasamente cultivado en nuestro país y otras partes del mundo hispánico, razón por la cual, tanto en la literatura dominicana como hispanoamericana, son muy pocos los títulos que se registran al respecto.

Con la publicación de esta obra, su autor ha procedido al margen de esa apática tradición, con la intención de ofertarles a las presentes y futuras generaciones un testimonio de vida, hecho éste sumamente importante, por cuanto sólo así podríamos aproximarnos al verdadero ser que se oculta tras un nombre y descubrir las luces que iluminan su existencia.

Vale la pena leer estas Vivencias. Vale la pena seguir la trayectoria o conocer la ruta recorrida por un hombre de quien la sociedad, dentro y fuera de Santiago, tan buenos aportes ha recibido, y a quien esa misma sociedad tiene tanto que agradecerle. Vale la pena leer este libro, porque sólo de esa manera es posible conocer la grandeza interior de su autor.

Sirvan las notas que integran este prólogo como la más sincera muestra de respeto y admiración por un ciudadano cuya voz y pluma siempre han estado al servicio de los mejores intereses de la patria. Un comunicador que tanto ha luchado para que en su país se respeten los derechos humanos, impere la justicia social, el respeto a la ley y la igualdad entre todos los dominicanos.


(*) - Prólogo al libro Vivencias del destacado periodista y locutor Ramón de Luna, leído en la puesta en circulación en la sala Julio Alberto Hernández del Gran Teatro del Cibao el 29 de febrero del 2012.

jueves, 18 de noviembre de 2021

ASÍ NO, POETA


(Con motivo del decimoquinto aniversario de su muerte)

 A mi amigo, poeta y activo gestor cultural : Puro Tejada -

 Por: Domingo Caba Ramos


DIONISIO LOPEZ CABRAL (1956 – 2006), “
El poeta del pueblo”, falleció en su ciudad natal, Santiago de los Caballeros, el 18 de noviembre del 2006. Una semana antes de este deceso, luego de visitarlo en su lecho de enfermo, publiqué  en los periódicos El Nacional y La Información, el artículo que a continuación me place de nuevo compartir con todos mis amables lectores, con motivo de cumplirse hoy el decimoquinto aniversario de su sentido fallecimiento:

 «ASI NO, POETA

 (En reconocimiento y respeto al “Poeta del pueblo”, Dionisio López Cabral)

“Con el viento que no ha llegado / mi verso limpia distancias”

(Manuel del Cabral)

En la noche de este primer lunes de noviembre, vi al poeta postrado en su lecho de enfermo, paralizados sus movimientos y apagado, por inviolables imperativos médicos, el eco persistente de su voz huracanada.

En la noche de este primer lunes de noviembre, lo vi tendido en una de las camas distribuidas en la siempre indeseada quinta planta del principal recinto hospitalario de la región del Cibao, con su triste mirada perdida en la distancia.

En la noche de este primer lunes de noviembre, observé su cuerpo exhausto o desprovisto de esa fuerza vital que siempre hemos percibido en la voz y en los corporales movimientos del famoso bardo santiaguero.

En la noche de este primer lunes de noviembre, supe que algunos de sus amigos, entre ellos, poetas y escritores , en un decoroso gesto de fraternal y poco común solidaridad que los enaltece, en ocasiones han tenido que bañarlo y ayudarlo a levantar del lecho nada grato en el que desde hace veinte días yace acostado.

En la noche de este primer lunes de noviembre, impulsado talvez por su convencido “aguiluchismo”, y consciente, posiblemente, de mi irrenunciable “escogidismo”, tan pronto me vio, suavemente bajó el volumen del radito que yacía encima de su pecho adolorido, para informarme con firmeza, pero sin su efusión característica: « Las Águilas están ganando y El Escogido perdiendo… »

En fin, en la noche de este primer lunes de noviembre percibí el dolor plasmado en su rostro demacrado, y al contemplarlo en tan enfermizo estado, me pareció escuchar el eco persistente de una voz interior que me invitaba a decir con pesaroso e imperativo acento:

No poeta, así no, así no quiero verte.

Quiero verte recorrer las calles de tu pueblo en una noche cualquiera, casi siempre estimulado por tu báquico furor, preñando de versos, símbolos y metáforas el vientre de la Gran Ciudad.
 

No poeta, así no, así no quiero verte. Quiero verte iluminando el horizonte con el “ayer de tu canto”
 

No poeta, así no, así no quiero verte.

Quiero verte una vez más multiplicando tu voz a través de tus líricos gritos, calificados por tu amigo entrañable, Tomás Morel, como “puñaladas que agujerean las noches misteriosas de lo insondable”

 No poeta, así no, así no quiero verte.

 Quiero verte de nuevo en tu hábitat, construyendo tus siempre originales, repentinos y breves versos. Tan breves, que parecen “escritos casi sin palabras”. Versos de tan rápida lectura, que bien podríamos compararlos con esos relámpagos que iluminan, con su efímero fulgor, el horizonte sombrío. Versos que llegan, y tan veloz desaparecen, que su existencia difícil resultaría admitirla, de no ser por la estela de luz que dejan tras sus pasos.

No poeta, así no, así no me gusta verte.

Más que en la cama de una quinta y aborrecible planta hospitalaria , prefiero verte pletórico de vitalidad, desplazándote, como siempre lo has hecho, de un escenario cultural a otro, discutiendo sobre arte y literatura, declamando, pariendo poemas, gestando cultura y violentando rígidos protocolos, para tronar con tu verbo explosivo, ya sea para defender tu punto de vista sobre un tema determinado, ya sea  para declamar  el último parto de tu fértil imaginación creadora, ya sea para  dar a conocer algunos de los tantos versos que de manera repentina afloran a la fuente inagotable de tu manantial poético. Porque tú, poeta, con mucha propiedad, bien podría decir lo mismo que sobre sí pregonó el famosísimo gaucho cantor, Martín Fierro:

“Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar,
al pie del eterno padre,
dende el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar.

Que no se trabe mi lengua,
ni me falte la palabra,
el cantar mi lengua labra,
y, poniéndome a cantar,
cantando me han de encontrar
aunque la tierra se abra”»


domingo, 10 de octubre de 2021

EL VIAJE DE LA LENGUA ESPAÑOLA O «LA OTRA HAZAÑA DE COLÓN»

(Consideraciones sobre el español de América)

 Al afamado lingüista y mi maestro de siempre: Dr. Celso Benavides - In Memoriam -Por: Domingo Caba Ramos.“Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de lasherraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”

 (Pablo Neruda)

El 3 de agosto de 1492, un grupo de expedicionarios españoles, representando a los Reyes Católicos y comandados por Cristóbal Colón ( 1451 – 1506 ), partieron del puerto Palos de Moguer, iniciando así un largo viaje cuyos propósitos originales nada tenían que ver con el descubrimiento, conquista y colonización de un nuevo mundo. La expedición, llevada a cabo en tres naves, llegó a una isla del Mar Caribe llamada Guanahaní, el 12 de octubre de 1492, materializándose de esa manera uno de los acontecimientos de mayor trascendencia en la historia de la humanidad: el descubrimiento de América, considerado por Francisco López de Gómera, como “La mayor cosa después de la criación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crio…”

Pero aparte de ese extraordinario acontecimiento histórico, Colón, sin proponérselo,   paralelamente llevó a cabo otra empresa de no menos importancia : expandir el castellano por el Nuevo Mundo descubierto y a la que el destacado investigador cubano,  José Juan Arom (Cuba, 1910 – 2007), llamaría siglos después :“La otra hazaña de Colón”

Esa “otra hazaña …”, al decir del  citado profesor, ensayista y laureado escritor cubano,  consistió en llevar la lengua española a las nuevas tierras descubiertas. De ahí que considere, con sobradas razones, que la travesía del veterano y aventurero marinero de origen italiano, más que el viaje del descubrimiento fue “el viaje de la lengua”. La famosa gesta colombina, además de ponernos en contacto con un nuevo espacio geográfico, dio lugar al nacimiento de una nueva lengua, de un nuevo código lingüístico: el español de América.

Esta variante dialectal, al decir del respetado maestro y brillante lingüista dominicano, doctor Celso Benavides (1929 -2012), «comenzó a formarse a partir de 1492 en que se produjo el descubrimiento. Es el resultado de la colonización; una mezcla del español con las lenguas aborígenes del continente y en algunos casos con algunas lenguas africanas. Coincide con aquel – aclara Benavidesen todos los rasgos centrales del castellano, pero se aparta de él, en cada pueblo, en los rasgos marginales y no pertinentes para la uniformidad…» (Fundamentos de historia de la lengua española, 1986, p.272)

Para un mejor estudio del desarrollo histórico del español de América conviene insertar esta modalidad dialectal en el contexto lingüístico general en la que se inscribe: el español peninsular. En virtud de este criterio, el español de América, más que una lengua general, se nos presenta como un dialecto; o, en términos más específicos, como la variante dialectal con que se intercomunican y comprenden los pueblos hispanoamericanos. Su origen histórico, como ya hemos señalado, se remonta al mismo instante en que Colón descubre el continente americano, es decir, se inicia con la conquista y colonización del Nuevo Mundo. En sintonía con esta idea, el profesor Arrom, en su ensayo “La otra hazaña de Colón” (1979), apunta lo siguiente:

« Pero vista desde una perspectiva americana, la gesta de Colón cobra un sentido distinto e invita a otro género de esclarecimientos y revelaciones. Por de pronto, para quienes hemos nacido y crecido en estas tierras por él descubiertas, su viaje, es el viaje de la lengua…» (p. 7)

Y continúa más adelante:

« Las impresiones que le causan el paisaje y los hombres que súbitamente aparecen ante sus sorprendidas pupilas las fue asentando en su Diario de a bordo, no en el dialecto genovés que habló en su infancia, ni en el idioma portugués que aprendió en su juventud, sino en la lengua española que adquirió durante su larga espera en Castilla y Andalucía. En lengua española hablaban los tripulantes de las tres carabelas. Y es una palabra española la primera que hiende el aire dormido de la madrugada del 12 de octubre: ¡Tierra!» (p. 8)

Y en cuanto al código empleado por el autor del “Diario de navegación” para describir el paisaje americano, el lingüista y antropólogo antillano enfatiza que:

«De ese modo, entendiendo cada vez más el habla dulce ‘y mansa y siempre con risa’ de los taínos, Colón resuelve el problema de expresar en una lengua europea los rasgos de la realidad americana. Mediante esos procedimientos sientan las bases de un idioma más extenso y preciso con sonoridades autóctonas, con algo de perfume a flor, el sabor a fruta y el frescor de los árboles cuyos nombres tanto había deseado conocer. Y esa lenguapuntualiza Arrom enriquecida y elaborada artísticamente a lo largo de casi cinco siglos, es a la que hoy llamamos el español de América…» (págs. 24/26)

Ocurrió, de esa manera, y como magistralmente lo expone Neruda, que los conquistadores, con Cristóbal Colón a la cabeza, se llevaron gran parte de nuestra riqueza material, el oro; pero nos dejaron su riqueza espiritual: nos dejaron la lengua, la palabra.

Por eso canta el poeta:

«Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras»

Desde los primeros informes remitidos a los Reyes Católicos, Colón insertó en su Diario de navegación la afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con amor y no por fuerza”. Y al referirse a los indios de la Española, los describe y presenta a los Reyes afirmando que son «la mejor gente del mundo y más mansas; y sobre todo que tengo mucha esperanza en Nuestro Señor de que Vuestras Altezas los harán todos cristianos…». Con estas palabras, fácil resulta apreciarlo, el Almirante comenzaba a sentar las bases de la empresa que más tarde las páginas de la historia americana registrarían con el nombre de Evangelización de América.

«Al exponer tales conceptos – aclara al respecto Max Henríquez Ureña – Colón era el intérprete de un propósito que sabía grato a los Reyes Católicos: la conquista espiritual del Nuevo Mundo» (“Panorama histórico de la literatura dominicana”, 1965, tomo 1, p. 14). Para hacer posible esta conquista, la lengua jugaría un importante papel, por cuanto la cristianización implicaba necesariamente un proceso previo de hispanización o castellanización. Como bien lo concibe Ángel Rosenblat (1902 -1984) cuando sostiene que « Las instrucciones Reales de toda la primera época involucraban la enseñanza del español» (La hispanización de América, p. 193) Y más adelante (p.194) enfatiza la idea, al considerar que « El castellano era el instrumento de la catequización…»

La enseñanza de la doctrina cristiana, y con ella la del español, estuvo a cargo de los frailes que viajaban en las expediciones a cumplir dicha misión en cada uno de los territorios conquistados. Acudían, al decir de Rosenblat, a “hispanizar” o a “castellanizar” al Nuevo Mundo.

Pero la labor evangelizadora de los misioneros no resultó tan sencilla como pudo haberlo concebido Colón y sus gentes. Es cierto que la convivencia entre indios y españoles favoreció el intercambio de lenguas en uno y otro sentido. Es cierto que un grupo considerable de indios aprendió la lengua de los conquistadores; pero también es cierto que la gran mayoría de la población indígena se resistió a abandonar sus hábitos lingüísticos, mostrando, en consecuencia, un abierto rechazo por la lengua española.

Ante este hecho, los predicadores muy pronto comprendieron que los objetivos hispanizadores trazados por la Corona española no se alcanzarían a través de la enseñanza del español a los aborígenes. Que era necesario invertir el método de acción seguido hasta ese momento, vale decir,  en lugar de los indios dedicarse al aprendizaje de la lengua de los conquistadores, eran estos quienes debían aprender las lenguas de aquellos para filtrar por medio de ellas los patrones culturales del imperio español y destruir por efecto de esta filtración los modelos culturales nativos, o, como apunta Rosenblat, para « penetrar en ese mundo misterioso y temible de los indios, conocer sus costumbres, comprender su mentalidad, descifrar sus sentimientos y pensamientos, describir su historia, su vida» ( ob. cit., p. 198 )

Podría pensarse que en virtud de este cambio de actitud, las lenguas aborígenes terminaron  imponiéndose sobre el español, pero realmente no sucedió así. Los españoles, lo mismo que su religión y sus costumbres, lograron implantar su lengua en las nuevas tierras descubiertas. Y no podía ocurrir de otra forma, toda vez que el poder imperial que ellos representaban necesariamente tenía que ponerse de manifiesto en el plano de la lengua, y esta realidad, unida al maltrato que de ellos recibían los indios, dio origen a que muy pronto desaparecieran no sólo las lenguas de estos, sino también ellos mismos como raza. En este orden, y refiriéndose a los indios de las Antillas mayores, don Jacobo de Lara afirma que poco después del descubrimiento “Se había extinguido la lengua taína en dichas islas, sobre todo en La Española donde el puñado de indios que aún quedaba, hablaba el idioma de sus conquistadores, un castellano salpicado de taíno…” (“Sobre Pedro Henríquez Ureña y otros ensayos”, 1982, p. 275)

En términos parecidos se expresa Maximiliano Jiménez Sabater (1946 -1998), al sostener que “ por desigual, el enfrentamiento lingüístico entre taínos y españoles, estos no solamente lograron ir imponiendo su idioma al nuevo pueblo sojuzgado, sino que por espacio de sesenta años provocaron el exterminio de una población calculada entre 300,000 a más de un millón de habitantes” (“El español en República Dominicana”  (Suplemento Isla Abierta, No. 292, marzo, 1987)

De todos modos, lo que nadie osa negar es que como producto de ese enfrentamiento, se operó un proceso de adopción recíproca en el que por un lado voces del español pasaron a las lenguas nativas de América y, por otro, palabras y conceptos aprendidos en los nuevos territorios fueron incorporados por los conquistadores en la lengua peninsular.

Desaparecidos los indios, la Corona apeló al recurso de introducir negros africanos al Nuevo Mundo en condición de esclavos para reemplazar la ya extinguida fuerza de trabajo indígena, generándose así, un nuevo conflicto idiomático que habría de incidir de manera significativa en la conformación del español de América, puesto que como resultado de dicho conflicto , el grupo étnico emergente logró asimilar en forma casi absoluta la lengua de sus amos, la cual, a su vez, se enriqueció bastante con el aporte lingüístico africano. Merced a esta realidad, el español de América se constituye en la expresión última, esto es, en la modalidad lingüística resultante de la mezcla del español peninsular con las lenguas aborígenes americanas y algunas lenguas africanas.

En fin, el 12 de octubre de 1492, el descubrimiento de un nuevo mundo, América, pasaría a ocupar un espacio de relevancia extrema  en las páginas de la historia universal, y al materializarse tan magno acontecimiento, nuevas voces o  manifestaciones expresivas comenzarían a ser compartidas en los intercambios comunicativos sostenidos  entre los sorprendidos  nativos y los sagaces  visitantes.que a estas tierras llegaron.  Por eso apunta al respecto el ensayista y académico dominicano, Dr. Mariano Lebrón Saviñón (1922 – 2014), lo siguiente: 

«Y entonces apareció América… América es un deslumbramiento para el español de la conquista. Su espíritu aventurero y romántico, en deleitoso solaz y en un mundo paradisíaco, pasaba su estada de gracia y de milagro presa de una rara embriaguez. Eran las lenguas aborígenes como riachos que iban a henchir el gran caudal de un habla que empezó a universalizarse. Y es el castellano la lengua que planta su pica en las nuevas tierras…» (El español que hablamos, título del prólogo al libro Usted no lo diga, p.23, 2008)

sábado, 2 de octubre de 2021

EL USO DE LAS LETRAS "E" Y "X" COMO MARCAS DE GÉNERO INCLUSIVO

Por: DOMINGO CABA RAMOS

«El género masculino, por no ser el marcado, puede abarcar el femenino en ciertos contextos, por lo que puede emplearse para referirse a seres de ambos sexos. Desde un punto de vista lingüístico, no hay razón para pensar que este género gramatical excluye a las mujeres en tales situaciones. Son Innecesarias, pues, las variables de inclusión del doble género como “todos y todas”, “todxs”, “todes” o “tod@s”»

(Real Academia Española) 

Últimamente se ha puesto de moda el uso de la letra “e” como marca de género inclusivo, lo que ha dado lugar a la creación de nuevas y extrañas variantes morfológicas en  la lengua española que afectan la estructura interna de algunos pronombres  : “elles", “aquelles”,  “nosotres” ,  “todes”,  “míes”, “vosotres”.

Se trata de un recurso creado y promovido en determinados ámbitos (grupos minoritarios pertenecientes a la comunidad LGTB) para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno los dos géneros gramaticales tradicionales (masculino y femenino), es decir, para referirse a personas de género no binario. Con igual propósito se utiliza la letra “x”. Conforme a tales formas de expresión, en lengua no binaria habría que decir:

1. «Todes nosotres llegamos muy bien. Espero que elles también no hayan tenido problemas»

2. «Todxs nosotrxs llegamos muy bien. Espero que ellxs también no hayan tenido problemas»

Pero estas construcciones expresivas no solo introducen variaciones formales en los los pronombres, sino también en otras categorías gramaticales, tales como los sustantivos (“hije”, “niñe”, “hermane”, “abuele”), adjetivos (“Bienvenides”, “hermoses”, “buenes”, “contentes”, etc. y artículos o determinantes (“les”, “unes”). Tales variantes originarían, pues, enunciados del tipo: «Les hijes  de mis hermanes son unes muchaches muy estudioses»

El empleo las letras “e” y “x” tiene como finalidad fundamental “visibilizar” a los miembros de esa minoría LGTB), así como los dobletes genéricos del tipo “todos y todas”, promovidos por las líderes feministas, pretenden “visibilizar” o sacar a la mujer del supuesto anonimato en que históricamente la ha mantenido sumida, según el feminismo, la llamada lengua sexista o no inclusiva.

Al respecto, la RAE ha establecido que «El uso de de la letra “e” como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado…». De igual forma se ha pronunciado acerca de la letra “X”, la que aparte de innecesaria, agrega que es   impronunciables.

Como podrá apreciarse, el uso de las letras “e” y “x” como presunta marcas de género inclusivo, impulsado durante los últimos años  por la comunidad LGTB, se constituye en uno  más de esos inventos léxicos que cual moda lingüística , y  en nombre de la diversidad, tratan de imponer a toda costa determinadas corrientes  o grupos minoritarios.  Novedades o formas expresivas que como el uso del símbolo de la arroba (@) y de los desdoblamientos genéricos (los maestros y las maestras; bienvenidos y bienvenidas; es@s dominican@s; l@s dominican@s, etc.) estimulados por el ala ortodoxa o radical del movimiento feminista hacen que la expresión lingüística se torne confusa, dudosa, pesada, ambigua, redundante, antieconómica, cursi, ridícula y, sobre todo, carente por completo de elegancia y fluidez.

 

viernes, 24 de septiembre de 2021

LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA Y EL ALTO COSTO DE LAS OBRAS LITERARIAS


Por: Domingo Caba Ramos.

 «El hábito y el amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal».

 (Pedro Henríquez Ureña)

  Casi todos los tratadistas en la materia, y nuestra práctica docente así lo confirma, coinciden en postular que el modo más efectivo de enseñar literatura consiste en poner al alumno en contacto directo y constante con el texto literario.

  «La literatura-apunta José Romera Castillo - es un instrumento válido en la formación de los individuos porque se proyecta sobre la problemática vital de estos, sirve para transformar la realidad y, a la vez, es instrumento de goce y placer» (Didáctica de la Lengua y la Literatura, 1979, pág. 145).

 Y en lo que respecta a las metas que se persiguen con su enseñanza, el connotado metodólogo y crítico literario español plantea que con la literatura se pueden conseguir, entre otros objetivos:

a) Incrementar la capacidad de observación, reflexión, análisis, crítica y comunicación, para conseguir que el docente no sea un autómata, sino dueño de sí mismo.

b) Conocer para comprender mejor el pensamiento ajeno y, así, ejercitar el suyo.

c) Utilizar mejor el lenguaje, teniendo los textos literarios como espejo en donde mirarse.

d) Proporcionar hábitos críticos sobre todo con el comentario de textos.

e) Iniciar a los alumnos en la escritura creadora, es decir, en la manifestación de sus pensamientos y sentimientos para desarrollar la capacidad creativa.

 Nótese la gran importancia que en cada uno de los objetivos propuestos confiere el autor a la práctica de la lectura, análisis y crítica de obras literarias. Y es que el máximo propósito de todo programa, clase o curso de literatura debe estar dirigido a desarrollar la capacidad creativa, de análisis y el espíritu crítico del educando, de tal manera que este cuente con las habilidades necesarias que  le permitan descubrir los valores estéticos, así como desentrañar las ideas, mensaje o sentido profundo de un texto literario.

 Para que dicho propósito se materialice, Romera Castillo entiende que «…el papel del profesor se ha de invertir al tradicional. El docente será un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. Sus conocimientos, por mucho que sepa, son débiles, para basar en ellos su autoridad o una autoridad de saberlo todo que raya más con la magia que con la ciencia». (ob. cit., pág. 147).

  Solo así el estudiante encontrará sentido a la clase de literatura. Solo así el profesor logrará vencer o desterrar, como bien lo aconsejaba el ilustre poeta Antonio Machado, “la solemne tristeza de las aulas”.

 Nuestro gran maestro y lingüista, Pedro Henríquez Ureña, en un enjundioso trabajo titulado «Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común», formula al respecto la siguiente pregunta: ¿Cómo habremos entonces de enseñar literatura en nuestras escuelas secundarias?

  Y acto seguido responde:

  «Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. En nuestros pueblos de la América española esta manera de enseñanza demanda gran atención del profesor: hay que acostumbrar al estudiante a leer mucho y hay que comprobar que lee; hay que habituarlo a la lectura de obras difíciles, allanándole la vía con explicaciones y aclaraciones de orden histórico y lingüístico, pero también haciéndole comprender que nada de sólido y duradero se alcanza sin trabajo». (Tomado de la Revista Scritura, del Departamento de Letras de la UASD, No. 2, 1981. pág.137)

 Sabemos que en el sistema educativo dominicano resulta mucho más que difícil cumplir estrictamente con estos principios metodológicos. La razón es bastante sencilla: muchas, por no decir la mayoría de   las obras maestras de la litera dominicana, hispanoamericana y universal que sabiamente recomienda leer el hijo mayor de Salomé Ureña, no aparecen en las librerías, muy especialmente en las ubicadas fuera de la ciudad capital, y cuando aparecen, sus precios son tan altos que ningún estudiante de escasos recursos económicos estaría en condición de comprarlas.

  Ante tan adversa realidad, al profesor de literatura no le queda otro camino que apelar a la poco recomendada práctica del fragmentarismo, la que si bien tiene su importancia, toda vez que un fragmento, llámese este capítulo, estrofa, acto, etc., puede despertar el interés por el contenido total de la obra, tiene de negativo que impide al alumno formarse sobre esta, esa visión general que sólo se logra con la lectura completa del texto literario.

 Ahora que ya el 4% del PIB para la educación se está ejecutando, se impone, pues, la necesidad de que el Estado Dominicano, a través del Ministerio de Educación, implemente una política cultural tendente a abaratar los precios de las obras literarias o facilitar su adquisición,  de manera que el verbalismo expositivo no cubra todo el tiempo en que se desarrolla la acción docente, y la enseñanza de la literatura resulte, en consecuencia, más activa, dinámica, significativa y, sobre todo, placentera.

 

 

 


 

EN TORNO A LAS MULETILLAS

 

En torno a las muletillas

Por: DOMINGO CABA RAMOS

 Existen hablantes que no pueden iniciar una conversación sin pronunciar el famoso «Eeeh...» o «Eteeh…». Otros repiten mucho palabras como: « ¿Sabe?», «Bueeeno...», « ¿Comprende?», «Entonces...», « ¿Tú ve...?», « ¡Por Dios!..», «Y vaina...» « ¿Tú me entiendes»?, « ¿Comprende?», « ¿No?», « ¡Digo yo…!». «¡Pues bien…!», «Ya… », « ¿Vale…?», « ¡Tú sabes…! », « ¡No me digas!», « ¿En serio?», «Efectivamente», «Lo que es», « Lo que fue», etc.

 A un   famoso y cuasi nonagenario comunicador capitaleño, en el popular programa de comentarios en que labora, se le hace más que  difícil afirmar algo sin concluir casi siempre preguntando: ¿Verdad…?, mientras que  un dinámico gestor cultural y apreciado amigo nuestro, no puede desarrollar una idea sin iniciarla con su ya muy característico " Real y efectivamente… "

 Cuando cursaba estudios lingüísticos de maestría en la UASD, tuve el privilegio de recibir clases de un ilustre profesor que, no obstante su brillantez académica, solía generar risa e indisciplina en el aula, por cuanto cada vez que afirmaba algo terminaba siempre preguntando: “¿Si o no…?”.

 En los primeros meses del año 1990 se transmitía por uno de los canales de televisión de la ciudad de Santiago de los Caballeros un programa de análisis sobre asuntos electorales. En boca de uno de los dos periodistas que lo conducían estaba tan presente la expresión “¡Por Dios...!”, que un día cualquiera, y en sólo media hora de programa, el aludido comunicador articuló dieciocho veces la susodicha invocación.

 ¿Y qué decir de las archimanejadas frases “Pues nada…” y “ni modo...”? Posiblemente, en los últimos años, sean estas dos, las muletillas más populares o de mayor presencia en el habla dominicana.

La muletilla, llamada también bordón y coletilla, es una expresión propia de la lengua oral y por lo habitual, recurrente, innecesario y carácter automático de su uso, ha sido clasificada como parte de los llamados vicios del lenguaje. Y es que el uso de muletillas, aparte de denotar torpeza y pobreza léxica, resulta innecesario, por cuanto si se eliminan, la frase conserva su sentido, como bien se aprecia en los enunciados que se transcriben a continuación:

a) «Me dicen que ya te casaste, ¿no? (« Me dicen que ya te casaste…»

b) «Pues nada, nos veremos entonces a la hora acordada» («Nos veremos entonces a la hora acordada»

c) «La enseñanza virtual llegó para quedarse, ¿verdad? (La enseñanza virtual virtual llegó para quedarse»

d) « ¡Señores!, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, ¿vale?, usando siempre las mascarillas, ¿vale? y manteniendo el distanciamiento físico» (« ¡Señores, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, usando siempre las mascarillas y manteniendo el distanciamiento físico»

Vistos los ejemplos anteriores, claramente se pone de manifiesto que las muletillas constituyen recursos lingüísticos que indudablemente le restan belleza, elegancia, fluidez y economía a la expresión. Se trata de palabras o expresiones estereotipadas, empleadas de manera inconsciente, y con las que a pesar de aportar nada o muy poco al sentido general de la frase, el hablante las utiliza con fines diversos: llamar y mantener el interés del interlocutor, ganar tiempo en el discurso para pensar en lo que se desea decir, buscar la comprensión y complicidad o solidaridad con el interlocutor, justificar el discurso, concluir o enfatizar la idea, mostrar desacuerdos e invitar a la reflexión.

Si bien diferentes comunidades pueden compartir las mismas muletillas, lo cierto es que en el mundo hispanohablante cada zona geográfica parece tener las suyas propias. Esto hace que esas voces   operen como un sello de identidad lingüística. A tono con este juicio, basta escuchar a un hablante repetir la voz interrogativa « ¿Vale? en la conversación, para de inmediato darnos cuenta de que se trata de un ciudadano de nacionalidad española.

Los diccionarios coinciden en la valoración semántica del término al establecer que muletilla es:

 

1.     «Voz o frase que repite una persona muchas veces en la conversación» (Pequeño Larousse Ilustrado).

2.     «Expresión que un hablante suele usar con exagerada frecuencia y que evidencia torpeza expresiva» ( Diccionario básico de Lingüística , UNAM, 2005)

3.     «Voz o frase que se repite mucho por hábito» (Diccionario de la lengua Española )

4.     «Palabra o expresión que se intercala innecesariamente en el lenguaje y constituye una especie de apoyo en la expresión» (Diccionario Kapelusz de la Lengua Española).

5.     «Voz o frase que, inadvertidamente y por hábito vicioso, repite una persona con mucha frecuencia en la conversación». (Diccionario Enciclopédico Quillet).

 Muletilla es diminutivo de muleta, y muleta no es más que el palo en el cual se apoya quien tiene dificultad para caminar. De este planteo se infiere que la muletilla es al hablante lo que la muleta es al caminante. O, lo que es lo mismo, cuando el sujeto comunicante confronta problemas al hablar, suele entonces valerse de una muletilla como soporte o punto de apoyo hasta tanto fluya a su repertorio lingüístico la palabra o expresión deseada. De ahí que mientras mayor sea la pobreza léxica del individuo, mayor será su tendencia a emplear una o más muletillas en su diaria comunicación.

 Conviene aclarar, sin embargo, que en ocasiones el uso de una determinada muletilla se inscribe dentro de la llamada función fática de la lengua, es decir, el emisor (hablante) la emplea con el propósito de mantener, prolongar o terminar  el discurso, o asegurarse de que el receptor (oyente) esta descodificado o interpretando debidamente el mensaje percibido. Este era el caso, por ejemplo, del famoso “¿comprende…?”, del profesor Juan Bosch, fecundo y veteranísimo escritor dominicano, cuyo elevado dominio del léxico español a nadie se le ocurriría poner en duda ni siquiera por un segundo.

  Y es que las muletillas, sin discriminar niveles académicos o socioculturales, se nos presentan como una especie de “telaraña lexicosemántica”: el hablante que en sus redes resulte atrapado, difícilmente pueda liberarse de ellas.