domingo, 10 de octubre de 2021

EL VIAJE DE LA LENGUA ESPAÑOLA O «LA OTRA HAZAÑA DE COLÓN»

(Consideraciones sobre el español de América)

 Al afamado lingüista y mi maestro de siempre: Dr. Celso Benavides - In Memoriam -Por: Domingo Caba Ramos.“Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de lasherraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”

 (Pablo Neruda)

El 3 de agosto de 1492, un grupo de expedicionarios españoles, representando a los Reyes Católicos y comandados por Cristóbal Colón ( 1451 – 1506 ), partieron del puerto Palos de Moguer, iniciando así un largo viaje cuyos propósitos originales nada tenían que ver con el descubrimiento, conquista y colonización de un nuevo mundo. La expedición, llevada a cabo en tres naves, llegó a una isla del Mar Caribe llamada Guanahaní, el 12 de octubre de 1492, materializándose de esa manera uno de los acontecimientos de mayor trascendencia en la historia de la humanidad: el descubrimiento de América, considerado por Francisco López de Gómera, como “La mayor cosa después de la criación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crio…”

Pero aparte de ese extraordinario acontecimiento histórico, Colón, sin proponérselo,   paralelamente llevó a cabo otra empresa de no menos importancia : expandir el castellano por el Nuevo Mundo descubierto y a la que el destacado investigador cubano,  José Juan Arom (Cuba, 1910 – 2007), llamaría siglos después :“La otra hazaña de Colón”

Esa “otra hazaña …”, al decir del  citado profesor, ensayista y laureado escritor cubano,  consistió en llevar la lengua española a las nuevas tierras descubiertas. De ahí que considere, con sobradas razones, que la travesía del veterano y aventurero marinero de origen italiano, más que el viaje del descubrimiento fue “el viaje de la lengua”. La famosa gesta colombina, además de ponernos en contacto con un nuevo espacio geográfico, dio lugar al nacimiento de una nueva lengua, de un nuevo código lingüístico: el español de América.

Esta variante dialectal, al decir del respetado maestro y brillante lingüista dominicano, doctor Celso Benavides (1929 -2012), «comenzó a formarse a partir de 1492 en que se produjo el descubrimiento. Es el resultado de la colonización; una mezcla del español con las lenguas aborígenes del continente y en algunos casos con algunas lenguas africanas. Coincide con aquel – aclara Benavidesen todos los rasgos centrales del castellano, pero se aparta de él, en cada pueblo, en los rasgos marginales y no pertinentes para la uniformidad…» (Fundamentos de historia de la lengua española, 1986, p.272)

Para un mejor estudio del desarrollo histórico del español de América conviene insertar esta modalidad dialectal en el contexto lingüístico general en la que se inscribe: el español peninsular. En virtud de este criterio, el español de América, más que una lengua general, se nos presenta como un dialecto; o, en términos más específicos, como la variante dialectal con que se intercomunican y comprenden los pueblos hispanoamericanos. Su origen histórico, como ya hemos señalado, se remonta al mismo instante en que Colón descubre el continente americano, es decir, se inicia con la conquista y colonización del Nuevo Mundo. En sintonía con esta idea, el profesor Arrom, en su ensayo “La otra hazaña de Colón” (1979), apunta lo siguiente:

« Pero vista desde una perspectiva americana, la gesta de Colón cobra un sentido distinto e invita a otro género de esclarecimientos y revelaciones. Por de pronto, para quienes hemos nacido y crecido en estas tierras por él descubiertas, su viaje, es el viaje de la lengua…» (p. 7)

Y continúa más adelante:

« Las impresiones que le causan el paisaje y los hombres que súbitamente aparecen ante sus sorprendidas pupilas las fue asentando en su Diario de a bordo, no en el dialecto genovés que habló en su infancia, ni en el idioma portugués que aprendió en su juventud, sino en la lengua española que adquirió durante su larga espera en Castilla y Andalucía. En lengua española hablaban los tripulantes de las tres carabelas. Y es una palabra española la primera que hiende el aire dormido de la madrugada del 12 de octubre: ¡Tierra!» (p. 8)

Y en cuanto al código empleado por el autor del “Diario de navegación” para describir el paisaje americano, el lingüista y antropólogo antillano enfatiza que:

«De ese modo, entendiendo cada vez más el habla dulce ‘y mansa y siempre con risa’ de los taínos, Colón resuelve el problema de expresar en una lengua europea los rasgos de la realidad americana. Mediante esos procedimientos sientan las bases de un idioma más extenso y preciso con sonoridades autóctonas, con algo de perfume a flor, el sabor a fruta y el frescor de los árboles cuyos nombres tanto había deseado conocer. Y esa lenguapuntualiza Arrom enriquecida y elaborada artísticamente a lo largo de casi cinco siglos, es a la que hoy llamamos el español de América…» (págs. 24/26)

Ocurrió, de esa manera, y como magistralmente lo expone Neruda, que los conquistadores, con Cristóbal Colón a la cabeza, se llevaron gran parte de nuestra riqueza material, el oro; pero nos dejaron su riqueza espiritual: nos dejaron la lengua, la palabra.

Por eso canta el poeta:

«Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras»

Desde los primeros informes remitidos a los Reyes Católicos, Colón insertó en su Diario de navegación la afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con amor y no por fuerza”. Y al referirse a los indios de la Española, los describe y presenta a los Reyes afirmando que son «la mejor gente del mundo y más mansas; y sobre todo que tengo mucha esperanza en Nuestro Señor de que Vuestras Altezas los harán todos cristianos…». Con estas palabras, fácil resulta apreciarlo, el Almirante comenzaba a sentar las bases de la empresa que más tarde las páginas de la historia americana registrarían con el nombre de Evangelización de América.

«Al exponer tales conceptos – aclara al respecto Max Henríquez Ureña – Colón era el intérprete de un propósito que sabía grato a los Reyes Católicos: la conquista espiritual del Nuevo Mundo» (“Panorama histórico de la literatura dominicana”, 1965, tomo 1, p. 14). Para hacer posible esta conquista, la lengua jugaría un importante papel, por cuanto la cristianización implicaba necesariamente un proceso previo de hispanización o castellanización. Como bien lo concibe Ángel Rosenblat (1902 -1984) cuando sostiene que « Las instrucciones Reales de toda la primera época involucraban la enseñanza del español» (La hispanización de América, p. 193) Y más adelante (p.194) enfatiza la idea, al considerar que « El castellano era el instrumento de la catequización…»

La enseñanza de la doctrina cristiana, y con ella la del español, estuvo a cargo de los frailes que viajaban en las expediciones a cumplir dicha misión en cada uno de los territorios conquistados. Acudían, al decir de Rosenblat, a “hispanizar” o a “castellanizar” al Nuevo Mundo.

Pero la labor evangelizadora de los misioneros no resultó tan sencilla como pudo haberlo concebido Colón y sus gentes. Es cierto que la convivencia entre indios y españoles favoreció el intercambio de lenguas en uno y otro sentido. Es cierto que un grupo considerable de indios aprendió la lengua de los conquistadores; pero también es cierto que la gran mayoría de la población indígena se resistió a abandonar sus hábitos lingüísticos, mostrando, en consecuencia, un abierto rechazo por la lengua española.

Ante este hecho, los predicadores muy pronto comprendieron que los objetivos hispanizadores trazados por la Corona española no se alcanzarían a través de la enseñanza del español a los aborígenes. Que era necesario invertir el método de acción seguido hasta ese momento, vale decir,  en lugar de los indios dedicarse al aprendizaje de la lengua de los conquistadores, eran estos quienes debían aprender las lenguas de aquellos para filtrar por medio de ellas los patrones culturales del imperio español y destruir por efecto de esta filtración los modelos culturales nativos, o, como apunta Rosenblat, para « penetrar en ese mundo misterioso y temible de los indios, conocer sus costumbres, comprender su mentalidad, descifrar sus sentimientos y pensamientos, describir su historia, su vida» ( ob. cit., p. 198 )

Podría pensarse que en virtud de este cambio de actitud, las lenguas aborígenes terminaron  imponiéndose sobre el español, pero realmente no sucedió así. Los españoles, lo mismo que su religión y sus costumbres, lograron implantar su lengua en las nuevas tierras descubiertas. Y no podía ocurrir de otra forma, toda vez que el poder imperial que ellos representaban necesariamente tenía que ponerse de manifiesto en el plano de la lengua, y esta realidad, unida al maltrato que de ellos recibían los indios, dio origen a que muy pronto desaparecieran no sólo las lenguas de estos, sino también ellos mismos como raza. En este orden, y refiriéndose a los indios de las Antillas mayores, don Jacobo de Lara afirma que poco después del descubrimiento “Se había extinguido la lengua taína en dichas islas, sobre todo en La Española donde el puñado de indios que aún quedaba, hablaba el idioma de sus conquistadores, un castellano salpicado de taíno…” (“Sobre Pedro Henríquez Ureña y otros ensayos”, 1982, p. 275)

En términos parecidos se expresa Maximiliano Jiménez Sabater (1946 -1998), al sostener que “ por desigual, el enfrentamiento lingüístico entre taínos y españoles, estos no solamente lograron ir imponiendo su idioma al nuevo pueblo sojuzgado, sino que por espacio de sesenta años provocaron el exterminio de una población calculada entre 300,000 a más de un millón de habitantes” (“El español en República Dominicana”  (Suplemento Isla Abierta, No. 292, marzo, 1987)

De todos modos, lo que nadie osa negar es que como producto de ese enfrentamiento, se operó un proceso de adopción recíproca en el que por un lado voces del español pasaron a las lenguas nativas de América y, por otro, palabras y conceptos aprendidos en los nuevos territorios fueron incorporados por los conquistadores en la lengua peninsular.

Desaparecidos los indios, la Corona apeló al recurso de introducir negros africanos al Nuevo Mundo en condición de esclavos para reemplazar la ya extinguida fuerza de trabajo indígena, generándose así, un nuevo conflicto idiomático que habría de incidir de manera significativa en la conformación del español de América, puesto que como resultado de dicho conflicto , el grupo étnico emergente logró asimilar en forma casi absoluta la lengua de sus amos, la cual, a su vez, se enriqueció bastante con el aporte lingüístico africano. Merced a esta realidad, el español de América se constituye en la expresión última, esto es, en la modalidad lingüística resultante de la mezcla del español peninsular con las lenguas aborígenes americanas y algunas lenguas africanas.

En fin, el 12 de octubre de 1492, el descubrimiento de un nuevo mundo, América, pasaría a ocupar un espacio de relevancia extrema  en las páginas de la historia universal, y al materializarse tan magno acontecimiento, nuevas voces o  manifestaciones expresivas comenzarían a ser compartidas en los intercambios comunicativos sostenidos  entre los sorprendidos  nativos y los sagaces  visitantes.que a estas tierras llegaron.  Por eso apunta al respecto el ensayista y académico dominicano, Dr. Mariano Lebrón Saviñón (1922 – 2014), lo siguiente: 

«Y entonces apareció América… América es un deslumbramiento para el español de la conquista. Su espíritu aventurero y romántico, en deleitoso solaz y en un mundo paradisíaco, pasaba su estada de gracia y de milagro presa de una rara embriaguez. Eran las lenguas aborígenes como riachos que iban a henchir el gran caudal de un habla que empezó a universalizarse. Y es el castellano la lengua que planta su pica en las nuevas tierras…» (El español que hablamos, título del prólogo al libro Usted no lo diga, p.23, 2008)

sábado, 2 de octubre de 2021

EL USO DE LAS LETRAS "E" Y "X" COMO MARCAS DE GÉNERO INCLUSIVO

Por: DOMINGO CABA RAMOS

«El género masculino, por no ser el marcado, puede abarcar el femenino en ciertos contextos, por lo que puede emplearse para referirse a seres de ambos sexos. Desde un punto de vista lingüístico, no hay razón para pensar que este género gramatical excluye a las mujeres en tales situaciones. Son Innecesarias, pues, las variables de inclusión del doble género como “todos y todas”, “todxs”, “todes” o “tod@s”»

(Real Academia Española) 

Últimamente se ha puesto de moda el uso de la letra “e” como marca de género inclusivo, lo que ha dado lugar a la creación de nuevas y extrañas variantes morfológicas en  la lengua española que afectan la estructura interna de algunos pronombres  : “elles", “aquelles”,  “nosotres” ,  “todes”,  “míes”, “vosotres”.

Se trata de un recurso creado y promovido en determinados ámbitos (grupos minoritarios pertenecientes a la comunidad LGTB) para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno los dos géneros gramaticales tradicionales (masculino y femenino), es decir, para referirse a personas de género no binario. Con igual propósito se utiliza la letra “x”. Conforme a tales formas de expresión, en lengua no binaria habría que decir:

1. «Todes nosotres llegamos muy bien. Espero que elles también no hayan tenido problemas»

2. «Todxs nosotrxs llegamos muy bien. Espero que ellxs también no hayan tenido problemas»

Pero estas construcciones expresivas no solo introducen variaciones formales en los los pronombres, sino también en otras categorías gramaticales, tales como los sustantivos (“hije”, “niñe”, “hermane”, “abuele”), adjetivos (“Bienvenides”, “hermoses”, “buenes”, “contentes”, etc. y artículos o determinantes (“les”, “unes”). Tales variantes originarían, pues, enunciados del tipo: «Les hijes  de mis hermanes son unes muchaches muy estudioses»

El empleo las letras “e” y “x” tiene como finalidad fundamental “visibilizar” a los miembros de esa minoría LGTB), así como los dobletes genéricos del tipo “todos y todas”, promovidos por las líderes feministas, pretenden “visibilizar” o sacar a la mujer del supuesto anonimato en que históricamente la ha mantenido sumida, según el feminismo, la llamada lengua sexista o no inclusiva.

Al respecto, la RAE ha establecido que «El uso de de la letra “e” como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical ya cumple esa función como término no marcado…». De igual forma se ha pronunciado acerca de la letra “X”, la que aparte de innecesaria, agrega que es   impronunciables.

Como podrá apreciarse, el uso de las letras “e” y “x” como presunta marcas de género inclusivo, impulsado durante los últimos años  por la comunidad LGTB, se constituye en uno  más de esos inventos léxicos que cual moda lingüística , y  en nombre de la diversidad, tratan de imponer a toda costa determinadas corrientes  o grupos minoritarios.  Novedades o formas expresivas que como el uso del símbolo de la arroba (@) y de los desdoblamientos genéricos (los maestros y las maestras; bienvenidos y bienvenidas; es@s dominican@s; l@s dominican@s, etc.) estimulados por el ala ortodoxa o radical del movimiento feminista hacen que la expresión lingüística se torne confusa, dudosa, pesada, ambigua, redundante, antieconómica, cursi, ridícula y, sobre todo, carente por completo de elegancia y fluidez.

 

viernes, 24 de septiembre de 2021

LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA Y EL ALTO COSTO DE LAS OBRAS LITERARIAS


Por: Domingo Caba Ramos.

 «El hábito y el amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal».

 (Pedro Henríquez Ureña)

  Casi todos los tratadistas en la materia, y nuestra práctica docente así lo confirma, coinciden en postular que el modo más efectivo de enseñar literatura consiste en poner al alumno en contacto directo y constante con el texto literario.

  «La literatura-apunta José Romera Castillo - es un instrumento válido en la formación de los individuos porque se proyecta sobre la problemática vital de estos, sirve para transformar la realidad y, a la vez, es instrumento de goce y placer» (Didáctica de la Lengua y la Literatura, 1979, pág. 145).

 Y en lo que respecta a las metas que se persiguen con su enseñanza, el connotado metodólogo y crítico literario español plantea que con la literatura se pueden conseguir, entre otros objetivos:

a) Incrementar la capacidad de observación, reflexión, análisis, crítica y comunicación, para conseguir que el docente no sea un autómata, sino dueño de sí mismo.

b) Conocer para comprender mejor el pensamiento ajeno y, así, ejercitar el suyo.

c) Utilizar mejor el lenguaje, teniendo los textos literarios como espejo en donde mirarse.

d) Proporcionar hábitos críticos sobre todo con el comentario de textos.

e) Iniciar a los alumnos en la escritura creadora, es decir, en la manifestación de sus pensamientos y sentimientos para desarrollar la capacidad creativa.

 Nótese la gran importancia que en cada uno de los objetivos propuestos confiere el autor a la práctica de la lectura, análisis y crítica de obras literarias. Y es que el máximo propósito de todo programa, clase o curso de literatura debe estar dirigido a desarrollar la capacidad creativa, de análisis y el espíritu crítico del educando, de tal manera que este cuente con las habilidades necesarias que  le permitan descubrir los valores estéticos, así como desentrañar las ideas, mensaje o sentido profundo de un texto literario.

 Para que dicho propósito se materialice, Romera Castillo entiende que «…el papel del profesor se ha de invertir al tradicional. El docente será un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. Sus conocimientos, por mucho que sepa, son débiles, para basar en ellos su autoridad o una autoridad de saberlo todo que raya más con la magia que con la ciencia». (ob. cit., pág. 147).

  Solo así el estudiante encontrará sentido a la clase de literatura. Solo así el profesor logrará vencer o desterrar, como bien lo aconsejaba el ilustre poeta Antonio Machado, “la solemne tristeza de las aulas”.

 Nuestro gran maestro y lingüista, Pedro Henríquez Ureña, en un enjundioso trabajo titulado «Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común», formula al respecto la siguiente pregunta: ¿Cómo habremos entonces de enseñar literatura en nuestras escuelas secundarias?

  Y acto seguido responde:

  «Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. En nuestros pueblos de la América española esta manera de enseñanza demanda gran atención del profesor: hay que acostumbrar al estudiante a leer mucho y hay que comprobar que lee; hay que habituarlo a la lectura de obras difíciles, allanándole la vía con explicaciones y aclaraciones de orden histórico y lingüístico, pero también haciéndole comprender que nada de sólido y duradero se alcanza sin trabajo». (Tomado de la Revista Scritura, del Departamento de Letras de la UASD, No. 2, 1981. pág.137)

 Sabemos que en el sistema educativo dominicano resulta mucho más que difícil cumplir estrictamente con estos principios metodológicos. La razón es bastante sencilla: muchas, por no decir la mayoría de   las obras maestras de la litera dominicana, hispanoamericana y universal que sabiamente recomienda leer el hijo mayor de Salomé Ureña, no aparecen en las librerías, muy especialmente en las ubicadas fuera de la ciudad capital, y cuando aparecen, sus precios son tan altos que ningún estudiante de escasos recursos económicos estaría en condición de comprarlas.

  Ante tan adversa realidad, al profesor de literatura no le queda otro camino que apelar a la poco recomendada práctica del fragmentarismo, la que si bien tiene su importancia, toda vez que un fragmento, llámese este capítulo, estrofa, acto, etc., puede despertar el interés por el contenido total de la obra, tiene de negativo que impide al alumno formarse sobre esta, esa visión general que sólo se logra con la lectura completa del texto literario.

 Ahora que ya el 4% del PIB para la educación se está ejecutando, se impone, pues, la necesidad de que el Estado Dominicano, a través del Ministerio de Educación, implemente una política cultural tendente a abaratar los precios de las obras literarias o facilitar su adquisición,  de manera que el verbalismo expositivo no cubra todo el tiempo en que se desarrolla la acción docente, y la enseñanza de la literatura resulte, en consecuencia, más activa, dinámica, significativa y, sobre todo, placentera.

 

 

 


 

EN TORNO A LAS MULETILLAS

 

En torno a las muletillas

Por: DOMINGO CABA RAMOS

 Existen hablantes que no pueden iniciar una conversación sin pronunciar el famoso «Eeeh...» o «Eteeh…». Otros repiten mucho palabras como: « ¿Sabe?», «Bueeeno...», « ¿Comprende?», «Entonces...», « ¿Tú ve...?», « ¡Por Dios!..», «Y vaina...» « ¿Tú me entiendes»?, « ¿Comprende?», « ¿No?», « ¡Digo yo…!». «¡Pues bien…!», «Ya… », « ¿Vale…?», « ¡Tú sabes…! », « ¡No me digas!», « ¿En serio?», «Efectivamente», «Lo que es», « Lo que fue», etc.

 A un   famoso y cuasi nonagenario comunicador capitaleño, en el popular programa de comentarios en que labora, se le hace más que  difícil afirmar algo sin concluir casi siempre preguntando: ¿Verdad…?, mientras que  un dinámico gestor cultural y apreciado amigo nuestro, no puede desarrollar una idea sin iniciarla con su ya muy característico " Real y efectivamente… "

 Cuando cursaba estudios lingüísticos de maestría en la UASD, tuve el privilegio de recibir clases de un ilustre profesor que, no obstante su brillantez académica, solía generar risa e indisciplina en el aula, por cuanto cada vez que afirmaba algo terminaba siempre preguntando: “¿Si o no…?”.

 En los primeros meses del año 1990 se transmitía por uno de los canales de televisión de la ciudad de Santiago de los Caballeros un programa de análisis sobre asuntos electorales. En boca de uno de los dos periodistas que lo conducían estaba tan presente la expresión “¡Por Dios...!”, que un día cualquiera, y en sólo media hora de programa, el aludido comunicador articuló dieciocho veces la susodicha invocación.

 ¿Y qué decir de las archimanejadas frases “Pues nada…” y “ni modo...”? Posiblemente, en los últimos años, sean estas dos, las muletillas más populares o de mayor presencia en el habla dominicana.

La muletilla, llamada también bordón y coletilla, es una expresión propia de la lengua oral y por lo habitual, recurrente, innecesario y carácter automático de su uso, ha sido clasificada como parte de los llamados vicios del lenguaje. Y es que el uso de muletillas, aparte de denotar torpeza y pobreza léxica, resulta innecesario, por cuanto si se eliminan, la frase conserva su sentido, como bien se aprecia en los enunciados que se transcriben a continuación:

a) «Me dicen que ya te casaste, ¿no? (« Me dicen que ya te casaste…»

b) «Pues nada, nos veremos entonces a la hora acordada» («Nos veremos entonces a la hora acordada»

c) «La enseñanza virtual llegó para quedarse, ¿verdad? (La enseñanza virtual virtual llegó para quedarse»

d) « ¡Señores!, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, ¿vale?, usando siempre las mascarillas, ¿vale? y manteniendo el distanciamiento físico» (« ¡Señores, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, usando siempre las mascarillas y manteniendo el distanciamiento físico»

Vistos los ejemplos anteriores, claramente se pone de manifiesto que las muletillas constituyen recursos lingüísticos que indudablemente le restan belleza, elegancia, fluidez y economía a la expresión. Se trata de palabras o expresiones estereotipadas, empleadas de manera inconsciente, y con las que a pesar de aportar nada o muy poco al sentido general de la frase, el hablante las utiliza con fines diversos: llamar y mantener el interés del interlocutor, ganar tiempo en el discurso para pensar en lo que se desea decir, buscar la comprensión y complicidad o solidaridad con el interlocutor, justificar el discurso, concluir o enfatizar la idea, mostrar desacuerdos e invitar a la reflexión.

Si bien diferentes comunidades pueden compartir las mismas muletillas, lo cierto es que en el mundo hispanohablante cada zona geográfica parece tener las suyas propias. Esto hace que esas voces   operen como un sello de identidad lingüística. A tono con este juicio, basta escuchar a un hablante repetir la voz interrogativa « ¿Vale? en la conversación, para de inmediato darnos cuenta de que se trata de un ciudadano de nacionalidad española.

Los diccionarios coinciden en la valoración semántica del término al establecer que muletilla es:

 

1.     «Voz o frase que repite una persona muchas veces en la conversación» (Pequeño Larousse Ilustrado).

2.     «Expresión que un hablante suele usar con exagerada frecuencia y que evidencia torpeza expresiva» ( Diccionario básico de Lingüística , UNAM, 2005)

3.     «Voz o frase que se repite mucho por hábito» (Diccionario de la lengua Española )

4.     «Palabra o expresión que se intercala innecesariamente en el lenguaje y constituye una especie de apoyo en la expresión» (Diccionario Kapelusz de la Lengua Española).

5.     «Voz o frase que, inadvertidamente y por hábito vicioso, repite una persona con mucha frecuencia en la conversación». (Diccionario Enciclopédico Quillet).

 Muletilla es diminutivo de muleta, y muleta no es más que el palo en el cual se apoya quien tiene dificultad para caminar. De este planteo se infiere que la muletilla es al hablante lo que la muleta es al caminante. O, lo que es lo mismo, cuando el sujeto comunicante confronta problemas al hablar, suele entonces valerse de una muletilla como soporte o punto de apoyo hasta tanto fluya a su repertorio lingüístico la palabra o expresión deseada. De ahí que mientras mayor sea la pobreza léxica del individuo, mayor será su tendencia a emplear una o más muletillas en su diaria comunicación.

 Conviene aclarar, sin embargo, que en ocasiones el uso de una determinada muletilla se inscribe dentro de la llamada función fática de la lengua, es decir, el emisor (hablante) la emplea con el propósito de mantener, prolongar o terminar  el discurso, o asegurarse de que el receptor (oyente) esta descodificado o interpretando debidamente el mensaje percibido. Este era el caso, por ejemplo, del famoso “¿comprende…?”, del profesor Juan Bosch, fecundo y veteranísimo escritor dominicano, cuyo elevado dominio del léxico español a nadie se le ocurriría poner en duda ni siquiera por un segundo.

  Y es que las muletillas, sin discriminar niveles académicos o socioculturales, se nos presentan como una especie de “telaraña lexicosemántica”: el hablante que en sus redes resulte atrapado, difícilmente pueda liberarse de ellas.

 

 

 

 

 

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

ENTRE «SEBO» Y «SEBERÍA»


Por: Domingo Caba Ramos

 (A mi más fiel y asiduo lector: Lic. Pedro Domínguez Brito)

 «Frases idiomáticas – Bajo esta denominación se incluyen las expresiones o modismos formados por varias palabras con significado global y que constituyen unidades de comunicación autónomas, independientemente de su estructura sintáctica o idiomaticidad»

 (Dra. Irene Pérez Guerra)

Como parte de la llamada lengua coloquial, se registran los particularismos lingüísticos: dichos populares, locuciones, adagios, refranes y frases hechas, técnicamente conocidos con el nombre de modismos. Se trata de formas peculiares de expresión que de una u otra forma configuran la identidad lingüística y cultural de un país, comunidad, pueblo o región. Sea cual sea el ámbito donde tengan vigencia, con el uso de modismos, el hablante casi siempre, en forma figurada o a través de imágenes, pretende condensar un concepto en pocas palabras y transmitirlo a todos aquellos que comparten una misma lengua.  Por esa razón, el significado de un modismo, solo los hablantes pertenecientes al territorio donde se utiliza pueden comprenderlo.

Un modismo se define  como la expresión que se utiliza dentro del ámbito informal de una lengua, cuyo significado no puede ser deducido a partir de las palabras que lo componen, y cuya comprensión solo es posible dentro de una determinada región o comunidad lingüística. También como la palabra o construcción con un significado establecido en una lengua y que pierde sentido al traducirlo literalmente a otro idioma.

Existen modismos que afectan el habla general de una nación: “Estar en olla” (Carecer de dinero o recursos económicos), “Tener los pies sobre la tierra” (Tener conciencia de la realidad), “Borrón y cuenta nueva” (Olvidar y empezar de nuevo), “Dar la mano” (Ayudar), “Llover a cántaros” (Llover mucho), etc.  Otros sólo tienen vigencia en una región determinada, y otros apenas trascienden el ámbito de una ciudad, una comunidad o cualquier grupo reducido de hablantes. Tal es el caso, en el habla tamborileña, de las muy usadas voces “sebo”, "seba" y “sebería", particularismos lingüísticos propios o característicos de los hablantes residentes en Tamboril; pero muy especialmente, de aquellos con más bajo nivel de instrucción.

Conforme a los antes dicho, todo parece indicar que la vida tamborileña discurre en todo momento entre “sebo”, y “sebería”. Y conforme a esta dialectal realidad, en Tamboril no resulta extraño escuchar expresiones como las siguientes:

- “¡Qué sebo…!”
- ¡Qué sebería…!”
- “Por no hablar la engañaron. Esa es la muchacha más “seba…”
- “¡Qué cuento más sebo…!”
- “No hables tanta sebería…”
- “Ese es el hombrecito más sebo que yo he conocido…”
- “No me gustó la blusa que me compraste, está muy seba…”
- “Tú si eres sebo...”

A la luz de los ejemplos anteriores, las voces “sebo”, “seba” y “sebería" en la práctica lingüística de los tamborileños, soportan los más negativos significados, o sea, entrañan no sólo uno, sino diversos valores significativos, los cuales describen o aluden siempre a cualidades nada envidiables.

En el caso de la muchacha “seba”, por ejemplo, se tratará de una joven tímida o tonta, en tanto que por blusa “seba” habrá de considerarla como una blusa fea, anticuada o de mala calidad.

Hablar “sebería” sería lo mismo que hablar tonterías o cosas sin importancia. Y como el “más sebo”, habrá de calificarse al cuento incapaz de provocar risas o carente por completo de gracias, humor o jocosidad.

Y un hombrecito “sebo”, ¿qué significa? Preferimos que sean los amables lectores quienes den respuesta a esta interrogante.

Si usted, amigo lector, escucha a un hablante dominicano emplear en su diaria conversación una de las frases anteriores, no lo pregunte o piense dos veces: es tamborileño.

Si bien es cierto que en este municipio, las susodichas voces (“sebo", " seba" y "sebería”) se escuchan o son empleadas por hablantes pertenecientes a todos los niveles socioculturales, conviene reiterar que son las personas de más bajo nivel de escolaridad quienes la utilizan con mayor frecuencia. Deténgase a escucharlos con mucha atención, y muy pronto usted se convencerá de lo que ya hemos declarado:

La vida tamborileña parece discurrir en todo momento, entre “sebo” y “sebería.

 

 

lunes, 16 de agosto de 2021

¿QUÉ OCURRIÓ EN LA REPUBLICA DOMINICANA UN DÍA 16 DE AGOSTO?


 Por : Domingo Caba Ramos

Sucedió el 15 de agosto del 2018.

 Entré al aula universitaria a impartir la asignatura Lengua Española 11. Antes de iniciar mi lingüística lección, se me ocurrió preguntar: ¿Alguien desea decirme por qué es feriado y se celebra en nuestro país el 16 de agosto de cada año?

 Las respuestas brillaron por su escasez y no pudieron ser más decepcionantes, deprimentes y hasta jocosas, si se quiere.

 « - Porque ese día es que ponen en posesión a las nuevas autoridades » – me respondió el único estudiante que abrió la boca, de un total de veinticinco que en ese momento conformaban la matrícula.

 Al escuchar esto, acto seguido se activó en mi cabeza mi histórica y siempre tormentosa migraña.

 -¿Qué ocurrió un día de 16 de agosto? – insistí, casi con la misma pregunta.

 «-Un día 16 de agosto de 1829, creo, sacaron a los haitianos de aquí» - se le escuchó responder al segundo que intervino.

 Al escuchar esa segunda respuesta, para evitar que la migraña continuara elevando su nivel de molestia, dije para mí, como dicen los abogados: « No más preguntas, señor magistrado» ; y en lugar de continuar con el interrogatorio, preferí robarle unos minutos al tema gramatical de mi incumbencia para explicar lo que realmente ocurrió en el Cerro de Capotillo un día 16 de agosto de 1863, dos años después que al general Pedro Santana se le ocurriera la antipatriótica y traicionera idea de anexar nuestra república a España.

 ¿A qué se debe ese desconocimiento de nuestra historia que muestran las jóvenes generaciones de estudiantes?

 Quizás se deba a la incompetencia docente o a una de las tantas debilidades que padece actualmente la escuela dominicana. O tal vez sea el resultado de la indiferencia de los jóvenes ante todo aquello que no forme parte de su centro de interés. De unos jóvenes, muchos de los cuales, en los niveles primario y secundario, suelen afirmar aquello de que para qué insistir tanto en lo que ya pasó, en vez de concentrarse en lo que está pasando o puede pasar.

 En virtud de esa visión juvenil acerca de nuestra historia, no debe sorprender entonces el que en un concurso de belleza, Miss República Dominicana 2008, la representante de Monseñor Nouel afirmara que Juan Pablo Duarte era su personaje histórico favorito o con el cual se identificaba más «porque él nos permitió descubrir lo que es Hispanoamérica».