viernes, 24 de septiembre de 2021

LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA Y EL ALTO COSTO DE LAS OBRAS LITERARIAS


Por: Domingo Caba Ramos.

 «El hábito y el amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal».

 (Pedro Henríquez Ureña)

  Casi todos los tratadistas en la materia, y nuestra práctica docente así lo confirma, coinciden en postular que el modo más efectivo de enseñar literatura consiste en poner al alumno en contacto directo y constante con el texto literario.

  «La literatura-apunta José Romera Castillo - es un instrumento válido en la formación de los individuos porque se proyecta sobre la problemática vital de estos, sirve para transformar la realidad y, a la vez, es instrumento de goce y placer» (Didáctica de la Lengua y la Literatura, 1979, pág. 145).

 Y en lo que respecta a las metas que se persiguen con su enseñanza, el connotado metodólogo y crítico literario español plantea que con la literatura se pueden conseguir, entre otros objetivos:

a) Incrementar la capacidad de observación, reflexión, análisis, crítica y comunicación, para conseguir que el docente no sea un autómata, sino dueño de sí mismo.

b) Conocer para comprender mejor el pensamiento ajeno y, así, ejercitar el suyo.

c) Utilizar mejor el lenguaje, teniendo los textos literarios como espejo en donde mirarse.

d) Proporcionar hábitos críticos sobre todo con el comentario de textos.

e) Iniciar a los alumnos en la escritura creadora, es decir, en la manifestación de sus pensamientos y sentimientos para desarrollar la capacidad creativa.

 Nótese la gran importancia que en cada uno de los objetivos propuestos confiere el autor a la práctica de la lectura, análisis y crítica de obras literarias. Y es que el máximo propósito de todo programa, clase o curso de literatura debe estar dirigido a desarrollar la capacidad creativa, de análisis y el espíritu crítico del educando, de tal manera que este cuente con las habilidades necesarias que  le permitan descubrir los valores estéticos, así como desentrañar las ideas, mensaje o sentido profundo de un texto literario.

 Para que dicho propósito se materialice, Romera Castillo entiende que «…el papel del profesor se ha de invertir al tradicional. El docente será un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. Sus conocimientos, por mucho que sepa, son débiles, para basar en ellos su autoridad o una autoridad de saberlo todo que raya más con la magia que con la ciencia». (ob. cit., pág. 147).

  Solo así el estudiante encontrará sentido a la clase de literatura. Solo así el profesor logrará vencer o desterrar, como bien lo aconsejaba el ilustre poeta Antonio Machado, “la solemne tristeza de las aulas”.

 Nuestro gran maestro y lingüista, Pedro Henríquez Ureña, en un enjundioso trabajo titulado «Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común», formula al respecto la siguiente pregunta: ¿Cómo habremos entonces de enseñar literatura en nuestras escuelas secundarias?

  Y acto seguido responde:

  «Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. En nuestros pueblos de la América española esta manera de enseñanza demanda gran atención del profesor: hay que acostumbrar al estudiante a leer mucho y hay que comprobar que lee; hay que habituarlo a la lectura de obras difíciles, allanándole la vía con explicaciones y aclaraciones de orden histórico y lingüístico, pero también haciéndole comprender que nada de sólido y duradero se alcanza sin trabajo». (Tomado de la Revista Scritura, del Departamento de Letras de la UASD, No. 2, 1981. pág.137)

 Sabemos que en el sistema educativo dominicano resulta mucho más que difícil cumplir estrictamente con estos principios metodológicos. La razón es bastante sencilla: muchas, por no decir la mayoría de   las obras maestras de la litera dominicana, hispanoamericana y universal que sabiamente recomienda leer el hijo mayor de Salomé Ureña, no aparecen en las librerías, muy especialmente en las ubicadas fuera de la ciudad capital, y cuando aparecen, sus precios son tan altos que ningún estudiante de escasos recursos económicos estaría en condición de comprarlas.

  Ante tan adversa realidad, al profesor de literatura no le queda otro camino que apelar a la poco recomendada práctica del fragmentarismo, la que si bien tiene su importancia, toda vez que un fragmento, llámese este capítulo, estrofa, acto, etc., puede despertar el interés por el contenido total de la obra, tiene de negativo que impide al alumno formarse sobre esta, esa visión general que sólo se logra con la lectura completa del texto literario.

 Ahora que ya el 4% del PIB para la educación se está ejecutando, se impone, pues, la necesidad de que el Estado Dominicano, a través del Ministerio de Educación, implemente una política cultural tendente a abaratar los precios de las obras literarias o facilitar su adquisición,  de manera que el verbalismo expositivo no cubra todo el tiempo en que se desarrolla la acción docente, y la enseñanza de la literatura resulte, en consecuencia, más activa, dinámica, significativa y, sobre todo, placentera.

 

 

 


 

EN TORNO A LAS MULETILLAS

 

En torno a las muletillas

Por: DOMINGO CABA RAMOS

 Existen hablantes que no pueden iniciar una conversación sin pronunciar el famoso «Eeeh...» o «Eteeh…». Otros repiten mucho palabras como: « ¿Sabe?», «Bueeeno...», « ¿Comprende?», «Entonces...», « ¿Tú ve...?», « ¡Por Dios!..», «Y vaina...» « ¿Tú me entiendes»?, « ¿Comprende?», « ¿No?», « ¡Digo yo…!». «¡Pues bien…!», «Ya… », « ¿Vale…?», « ¡Tú sabes…! », « ¡No me digas!», « ¿En serio?», «Efectivamente», «Lo que es», « Lo que fue», etc.

 A un   famoso y cuasi nonagenario comunicador capitaleño, en el popular programa de comentarios en que labora, se le hace más que  difícil afirmar algo sin concluir casi siempre preguntando: ¿Verdad…?, mientras que  un dinámico gestor cultural y apreciado amigo nuestro, no puede desarrollar una idea sin iniciarla con su ya muy característico " Real y efectivamente… "

 Cuando cursaba estudios lingüísticos de maestría en la UASD, tuve el privilegio de recibir clases de un ilustre profesor que, no obstante su brillantez académica, solía generar risa e indisciplina en el aula, por cuanto cada vez que afirmaba algo terminaba siempre preguntando: “¿Si o no…?”.

 En los primeros meses del año 1990 se transmitía por uno de los canales de televisión de la ciudad de Santiago de los Caballeros un programa de análisis sobre asuntos electorales. En boca de uno de los dos periodistas que lo conducían estaba tan presente la expresión “¡Por Dios...!”, que un día cualquiera, y en sólo media hora de programa, el aludido comunicador articuló dieciocho veces la susodicha invocación.

 ¿Y qué decir de las archimanejadas frases “Pues nada…” y “ni modo...”? Posiblemente, en los últimos años, sean estas dos, las muletillas más populares o de mayor presencia en el habla dominicana.

La muletilla, llamada también bordón y coletilla, es una expresión propia de la lengua oral y por lo habitual, recurrente, innecesario y carácter automático de su uso, ha sido clasificada como parte de los llamados vicios del lenguaje. Y es que el uso de muletillas, aparte de denotar torpeza y pobreza léxica, resulta innecesario, por cuanto si se eliminan, la frase conserva su sentido, como bien se aprecia en los enunciados que se transcriben a continuación:

a) «Me dicen que ya te casaste, ¿no? (« Me dicen que ya te casaste…»

b) «Pues nada, nos veremos entonces a la hora acordada» («Nos veremos entonces a la hora acordada»

c) «La enseñanza virtual llegó para quedarse, ¿verdad? (La enseñanza virtual virtual llegó para quedarse»

d) « ¡Señores!, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, ¿vale?, usando siempre las mascarillas, ¿vale? y manteniendo el distanciamiento físico» (« ¡Señores, la mejor forma de prevenir el coronavirus, es vacunándose, usando siempre las mascarillas y manteniendo el distanciamiento físico»

Vistos los ejemplos anteriores, claramente se pone de manifiesto que las muletillas constituyen recursos lingüísticos que indudablemente le restan belleza, elegancia, fluidez y economía a la expresión. Se trata de palabras o expresiones estereotipadas, empleadas de manera inconsciente, y con las que a pesar de aportar nada o muy poco al sentido general de la frase, el hablante las utiliza con fines diversos: llamar y mantener el interés del interlocutor, ganar tiempo en el discurso para pensar en lo que se desea decir, buscar la comprensión y complicidad o solidaridad con el interlocutor, justificar el discurso, concluir o enfatizar la idea, mostrar desacuerdos e invitar a la reflexión.

Si bien diferentes comunidades pueden compartir las mismas muletillas, lo cierto es que en el mundo hispanohablante cada zona geográfica parece tener las suyas propias. Esto hace que esas voces   operen como un sello de identidad lingüística. A tono con este juicio, basta escuchar a un hablante repetir la voz interrogativa « ¿Vale? en la conversación, para de inmediato darnos cuenta de que se trata de un ciudadano de nacionalidad española.

Los diccionarios coinciden en la valoración semántica del término al establecer que muletilla es:

 

1.     «Voz o frase que repite una persona muchas veces en la conversación» (Pequeño Larousse Ilustrado).

2.     «Expresión que un hablante suele usar con exagerada frecuencia y que evidencia torpeza expresiva» ( Diccionario básico de Lingüística , UNAM, 2005)

3.     «Voz o frase que se repite mucho por hábito» (Diccionario de la lengua Española )

4.     «Palabra o expresión que se intercala innecesariamente en el lenguaje y constituye una especie de apoyo en la expresión» (Diccionario Kapelusz de la Lengua Española).

5.     «Voz o frase que, inadvertidamente y por hábito vicioso, repite una persona con mucha frecuencia en la conversación». (Diccionario Enciclopédico Quillet).

 Muletilla es diminutivo de muleta, y muleta no es más que el palo en el cual se apoya quien tiene dificultad para caminar. De este planteo se infiere que la muletilla es al hablante lo que la muleta es al caminante. O, lo que es lo mismo, cuando el sujeto comunicante confronta problemas al hablar, suele entonces valerse de una muletilla como soporte o punto de apoyo hasta tanto fluya a su repertorio lingüístico la palabra o expresión deseada. De ahí que mientras mayor sea la pobreza léxica del individuo, mayor será su tendencia a emplear una o más muletillas en su diaria comunicación.

 Conviene aclarar, sin embargo, que en ocasiones el uso de una determinada muletilla se inscribe dentro de la llamada función fática de la lengua, es decir, el emisor (hablante) la emplea con el propósito de mantener, prolongar o terminar  el discurso, o asegurarse de que el receptor (oyente) esta descodificado o interpretando debidamente el mensaje percibido. Este era el caso, por ejemplo, del famoso “¿comprende…?”, del profesor Juan Bosch, fecundo y veteranísimo escritor dominicano, cuyo elevado dominio del léxico español a nadie se le ocurriría poner en duda ni siquiera por un segundo.

  Y es que las muletillas, sin discriminar niveles académicos o socioculturales, se nos presentan como una especie de “telaraña lexicosemántica”: el hablante que en sus redes resulte atrapado, difícilmente pueda liberarse de ellas.

 

 

 

 

 

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

ENTRE «SEBO» Y «SEBERÍA»


Por: Domingo Caba Ramos

 (A mi más fiel y asiduo lector: Lic. Pedro Domínguez Brito)

 «Frases idiomáticas – Bajo esta denominación se incluyen las expresiones o modismos formados por varias palabras con significado global y que constituyen unidades de comunicación autónomas, independientemente de su estructura sintáctica o idiomaticidad»

 (Dra. Irene Pérez Guerra)

Como parte de la llamada lengua coloquial, se registran los particularismos lingüísticos: dichos populares, locuciones, adagios, refranes y frases hechas, técnicamente conocidos con el nombre de modismos. Se trata de formas peculiares de expresión que de una u otra forma configuran la identidad lingüística y cultural de un país, comunidad, pueblo o región. Sea cual sea el ámbito donde tengan vigencia, con el uso de modismos, el hablante casi siempre, en forma figurada o a través de imágenes, pretende condensar un concepto en pocas palabras y transmitirlo a todos aquellos que comparten una misma lengua.  Por esa razón, el significado de un modismo, solo los hablantes pertenecientes al territorio donde se utiliza pueden comprenderlo.

Un modismo se define  como la expresión que se utiliza dentro del ámbito informal de una lengua, cuyo significado no puede ser deducido a partir de las palabras que lo componen, y cuya comprensión solo es posible dentro de una determinada región o comunidad lingüística. También como la palabra o construcción con un significado establecido en una lengua y que pierde sentido al traducirlo literalmente a otro idioma.

Existen modismos que afectan el habla general de una nación: “Estar en olla” (Carecer de dinero o recursos económicos), “Tener los pies sobre la tierra” (Tener conciencia de la realidad), “Borrón y cuenta nueva” (Olvidar y empezar de nuevo), “Dar la mano” (Ayudar), “Llover a cántaros” (Llover mucho), etc.  Otros sólo tienen vigencia en una región determinada, y otros apenas trascienden el ámbito de una ciudad, una comunidad o cualquier grupo reducido de hablantes. Tal es el caso, en el habla tamborileña, de las muy usadas voces “sebo”, "seba" y “sebería", particularismos lingüísticos propios o característicos de los hablantes residentes en Tamboril; pero muy especialmente, de aquellos con más bajo nivel de instrucción.

Conforme a los antes dicho, todo parece indicar que la vida tamborileña discurre en todo momento entre “sebo”, y “sebería”. Y conforme a esta dialectal realidad, en Tamboril no resulta extraño escuchar expresiones como las siguientes:

- “¡Qué sebo…!”
- ¡Qué sebería…!”
- “Por no hablar la engañaron. Esa es la muchacha más “seba…”
- “¡Qué cuento más sebo…!”
- “No hables tanta sebería…”
- “Ese es el hombrecito más sebo que yo he conocido…”
- “No me gustó la blusa que me compraste, está muy seba…”
- “Tú si eres sebo...”

A la luz de los ejemplos anteriores, las voces “sebo”, “seba” y “sebería" en la práctica lingüística de los tamborileños, soportan los más negativos significados, o sea, entrañan no sólo uno, sino diversos valores significativos, los cuales describen o aluden siempre a cualidades nada envidiables.

En el caso de la muchacha “seba”, por ejemplo, se tratará de una joven tímida o tonta, en tanto que por blusa “seba” habrá de considerarla como una blusa fea, anticuada o de mala calidad.

Hablar “sebería” sería lo mismo que hablar tonterías o cosas sin importancia. Y como el “más sebo”, habrá de calificarse al cuento incapaz de provocar risas o carente por completo de gracias, humor o jocosidad.

Y un hombrecito “sebo”, ¿qué significa? Preferimos que sean los amables lectores quienes den respuesta a esta interrogante.

Si usted, amigo lector, escucha a un hablante dominicano emplear en su diaria conversación una de las frases anteriores, no lo pregunte o piense dos veces: es tamborileño.

Si bien es cierto que en este municipio, las susodichas voces (“sebo", " seba" y "sebería”) se escuchan o son empleadas por hablantes pertenecientes a todos los niveles socioculturales, conviene reiterar que son las personas de más bajo nivel de escolaridad quienes la utilizan con mayor frecuencia. Deténgase a escucharlos con mucha atención, y muy pronto usted se convencerá de lo que ya hemos declarado:

La vida tamborileña parece discurrir en todo momento, entre “sebo” y “sebería.

 

 

lunes, 16 de agosto de 2021

¿QUÉ OCURRIÓ EN LA REPUBLICA DOMINICANA UN DÍA 16 DE AGOSTO?


 Por : Domingo Caba Ramos

Sucedió el 15 de agosto del 2018.

 Entré al aula universitaria a impartir la asignatura Lengua Española 11. Antes de iniciar mi lingüística lección, se me ocurrió preguntar: ¿Alguien desea decirme por qué es feriado y se celebra en nuestro país el 16 de agosto de cada año?

 Las respuestas brillaron por su escasez y no pudieron ser más decepcionantes, deprimentes y hasta jocosas, si se quiere.

 « - Porque ese día es que ponen en posesión a las nuevas autoridades » – me respondió el único estudiante que abrió la boca, de un total de veinticinco que en ese momento conformaban la matrícula.

 Al escuchar esto, acto seguido se activó en mi cabeza mi histórica y siempre tormentosa migraña.

 -¿Qué ocurrió un día de 16 de agosto? – insistí, casi con la misma pregunta.

 «-Un día 16 de agosto de 1829, creo, sacaron a los haitianos de aquí» - se le escuchó responder al segundo que intervino.

 Al escuchar esa segunda respuesta, para evitar que la migraña continuara elevando su nivel de molestia, dije para mí, como dicen los abogados: « No más preguntas, señor magistrado» ; y en lugar de continuar con el interrogatorio, preferí robarle unos minutos al tema gramatical de mi incumbencia para explicar lo que realmente ocurrió en el Cerro de Capotillo un día 16 de agosto de 1863, dos años después que al general Pedro Santana se le ocurriera la antipatriótica y traicionera idea de anexar nuestra república a España.

 ¿A qué se debe ese desconocimiento de nuestra historia que muestran las jóvenes generaciones de estudiantes?

 Quizás se deba a la incompetencia docente o a una de las tantas debilidades que padece actualmente la escuela dominicana. O tal vez sea el resultado de la indiferencia de los jóvenes ante todo aquello que no forme parte de su centro de interés. De unos jóvenes, muchos de los cuales, en los niveles primario y secundario, suelen afirmar aquello de que para qué insistir tanto en lo que ya pasó, en vez de concentrarse en lo que está pasando o puede pasar.

 En virtud de esa visión juvenil acerca de nuestra historia, no debe sorprender entonces el que en un concurso de belleza, Miss República Dominicana 2008, la representante de Monseñor Nouel afirmara que Juan Pablo Duarte era su personaje histórico favorito o con el cual se identificaba más «porque él nos permitió descubrir lo que es Hispanoamérica».

TRUJILLO Y EL HIMNO NACIONAL


Por: DOMINGO CABA RAMOS


«Trujillo
oficializó el Himno, lo que no pudo conseguir fue formar parte de sus versos»

 (Arístides Incháustegui)

El 30 de mayo de 1934,  hace  ya  ochenta y siete años, el entonces presidente de la República Dominicana,  Rafael Leónidas Trujillo Molina, promulgó la ley que declaró oficial el himno que treinta y siete años antes (1883) habían compuesto el laureado músico José Reyes ( 1835-1905 ) y el poeta y  maestro puertoplateño Emilio Prud - Homme (1856 - 1932).

Del Himno Nacional es muy poco lo que sabe el dominicano promedio. Pero como toda e3xpresión cultural y manifestación humana, nuestro canto a la Patria también tiene su historia:

 Compuesto en el primer semestre de 1883, se tocó y cantó por primera vez el día 17 de agosto de ese mismo año en una de las veladas patrióticas celebradas por la prensa nacional en los salones de la Logia Esperanza (Santo Domingo), para conmemorar el vigésimo aniversario de la Restauración política de la República.

Conviene aclarar, sin embargo, que este no fue el primer himno patriótico que se compuso en el país. Treinta y nueve años antes (1844), el poeta y patriota Félix María del Monte (1819 -1899), y el coronel músico Juan Bautista Alfonseca (1810 - 1875), compusieron, días después de proclamada la Independencia Nacional, el himno que nuestra historia literaria registra con el nombre de «Canción dominicana» o «Himno a la independencia»

 El himno de Félix María del Monte, contrario a lo que sucedió con el de Reyes y           Prud - Homme caló muy poco en el gusto y ánimo del pueblo, y nunca logró el reconocimiento oficial. Esto, posiblemente, se debió a que la referida pieza poética, más que dominicana, mejor puede considerársele como un canto antihaitiano y prehispánico a la vez, carente por completo de un genuino sentimiento dominicanita. Así se pone de manifiesto, por ejemplo, en el primer verso del patriótico texto, en el cual el poeta llama “españoles” a los dominicanos:

 « Al arma españoles,

volad a la lid,

tomad por divisa,

vencer o morir…»

 No ocurrió lo mismo con el himno de Prud - Homme, en cuyo primer verso el poeta emplea nuestro original e histórico gentilicio: “quisqueyano “: «Quisqueyanos valientes alcemos/nuestro canto con viva emoción…»

 En los primeros años de su creación, el Himno Nacional tuvo poca difusión. Apenas se escuchaba en la ciudad capital y sólo los días 27 de febrero y 16 de agosto de cada año.

Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es en 1894, año en que se celebró el cincuentenario de la Independencia Nacional, cuando realmente se inicia la popularidad del himno, debido a las muchas veces que hubo que ejecutarlo para solemnizar los diferentes actos que se desarrollaron como parte de dicha celebración.

Luego se oye en Azua, después en Puerto Plata y en el Cibao se difunde con motivo de inauguración el Ferrocarril Santiago - Puerto Plata, celebrada el 16 de agosto del 1897. En este mismo año, el Congreso Nacional resolvió declararlo oficialmente mediante ley, Himno Nacional de la República Dominicana. Para entonces gobernaba el país el general Ulises Heureaux (Lilís), el cual engavetó, en lugar de promulgar la ley, dándole así oportunidad al dictador Trujillo de consumar la oficialización definitiva del himno el día 30 de mayo de 1934, en virtud de la
Ley No. 700.

“Trujillo - apunta Arístides Incháustegui (1938 – 2017) - oficializó el Himno, lo que no pudo conseguir fue formar parte de sus versos”. Extraño comportamiento este, asumido por un gobernante que aprovechó su mandato presidencial para “trujillizar” al país, identificando con su nombre o el de algún pariente cercano, a pueblos, calles, parques, instituciones, etc. y que incluso fue capaz de modificar nuestra Constitución para cambiar el nombre de Santo Domingo, capital de la República, por el de Ciudad Trujillo.

No faltaron, naturalmente, poetas serviles que animados por el solo propósito de conseguir o mantener intacto el favor del jefe propusieron insertar el nombre de este en una de las estrofas del himno y en un verso que dijera: «Trujillo creador de la paz». A tono con esa idea, el ya citado tenor e historiador dominicano afirma que:

 “En vez, cuando algún poeta llegó tan lejos como a ofrecer, para su inclusión en el Himno Nacional: 'Trujillo creador de la paz', el pueblo que sabía que Trujillo no había creado nada (y mucho menos la paz), guardó silencio, y hasta los incondicionales de siempre prefirieron respetar ese silencio (Eme, Eme, No. 17, Pág. 95).

Con ese silencio, el Himno Nacional se convirtió en uno de los pocos valores nuestros que Trujillo respetó.

 

 

viernes, 13 de agosto de 2021

CONSIDERACIONES ACERCA DEL GERUNDIO


Por: Domingo Caba Ramos.

   «El gerundio se emplea muchas veces mal. Tan honda es la convicción de este hecho, que ha llegado a producir otro: el que muchos realicen denodados esfuerzos para eludir el gerundio al escribir, como quien se encontrase ante un paraje peligroso y prefiriera dar un rodeo con tal de no transitar por él. Pero el rodeo no es nunca buen procedimiento de escribir. Se puede navegar perfectamente entre escollos, conociendo cuáles son y dónde están»

 (González Ruiz)

 El gerundio es la forma verbal del infinitivo invariable. Junto con el infinitivo y el participio conforman las llamadas formas no personales del verbo, también conocidas con el nombre de verboides.  Se trata, el gerundio, de un verboide o derivado verbal que modifica al verbo como adverbio de modo. Desempeña el papel de adverbio y morfológicamente se reconoce porque termina en ando / iendo.

Tiene dos formas de expresión: una simple (Mi hermano está estudiando) y otra compuesta (Habiendo estudiado se fue a descansar)

En su forma simple, el gerundio indica que la acción no ha terminado, mira hacia el presente o comunica un carácter durativo a la frase. 
 Expresa, en otras palabras, una acción durativa e imperfecta (en desarrollo, no terminada) en coincidencia temporal con el verbo de la proposición principal. Una acción, en fin, que se ejecuta simultáneamente o inmediatamente anterior a la del verbo principal:

1. Oyendo al profesor, tomaba apuntes en su libreta.
2. El muchacho entró corriendo.
3. El señor salió dando golpes.
4. Siguiendo sus instrucciones, se matriculó.

 En su forma compuesta, el gerundio expresa una acción perfecta (terminada) inmediatamente anterior a la del verbo principal: «Habiendo concluido, me llamó…»

El gerundio está aceptablemente empleado cuando la acción que expresa sucede antes o al mismo tiempo que la indicada por el verbo principal. Si por el contrario esa acción ocurre posterior a la acción expresada por dicho verbo, su empleo es inaceptable, como se aprecia en oraciones del tipo:

a)  «Redactó el acta, siendo aprobada por todos los miembros de la asamblea”»  

 b) «Encontró una caja conteniendo dos libras de cocaína»

 c) «El preso escapó de la cárcel, siendo encontrado ocho días después»

 d) «El presidente asistió a la reunión, marchándose dos horas después»

 e)  «Se intoxicó en la fiesta, muriendo una semana después»

En tales casos hubiera sido preferible escribir:

a)      «Redactó el acta y fue aprobada por todos los miembros de la asamblea»

b)       « Encontró una caja que contenía dos libras de cocaína»

c)      «El preso escapó de la cárcel  y fue encontrado ocho días después»

d)      «El presidente asistió a la reunión y se marchó dos horas después»

e)      «Se intoxicó en la fiesta, y murió una semana después»

 

Tampoco se recomienda el uso del gerundio:

1.      Para combinar los verbos ser y estar. Es lo que sucede en enunciados del tipo: «El informe está siendo redactado», en lugar de: «Se está redactando el informe…»

2.      Cuando la acción tiene carácter momentáneo o no durativo: «Le estamos incluyendo un cheque por la suma de…», en vez de: «Le incluimos un cheque por la suma de…»

3.       Cuando expresa cualidades o atributos personales permanentes: «La señora, siendo muy sabia, se mantuvo firme». Mejor: «La señora, que es muy sabia, se mantuvo firme»

4.       Cuando funciona como adjetivo calificativo:


a)      «Ayer redacté el informe conteniendo  los datos solicitados»

b)      «La directiva del club aprobó una moción modificando los estatutos»

 

  Preferible:

 

a)      «Ayer redacté el informe que contenía   los datos solicitados»

b)      «La directiva del club aprobó una moción que modifica los estatutos»

Su uso, en cambio, se recomienda o considera correcto:

1.      Cuando Expresa simultaneidad, esto es, cuando la acciones que expresa  se producen al mismo tiempo o coexisten temporalmente con las del verbo principal:  a ) «Vi al policía maltratando al prisionero…», b) « En este momento observo a tu madre comprando en la farmacia», c) «Tu jefe entró gritando»

2.      Cuando expresa anterioridad. En este caso, la acción ocurre inmediatamente a  la del verbo principal : a) «Alzando la mano, la dejó caer sobre la mesa»,                   b) « Corriendo se lastimó»

3.      Cuando  tiene como propósito explicar ( gerundio explicativo )  los motivos que impulsaron al sujeto a ejecutar la acción.- « El niño, viendo que su madre no le hacía caso, se puso a gritar»

4.      Cuando expresa una acción con sentido durativo o matiz de continuidad.- «Mi amigo está escribiendo…», «Yo sigo pensando…»

5.      Cuando  indica una condición ( gerundio condicional ).- a) «Estudiando, saldrás bien los exámenes»  b) «Levantándote temprano, tendrás tiempo suficiente para terminar el trabajo»

6.      Cuando indica cómo se realiza la acción del verbo principal de la frase (gerundio modal). En tal caso, el gerundio constituye una oración subordinada de carácter adverbial : a ) « Mi hermano llegó cantando», b) «El niño salió corriendo»

7.      Cuando expresa causas ( gerundio causal ) « Habiendo terminado él su carrera, su padre lo envió a Europa …»

Ciertamente el empleo del gerundio entraña dificultades que se traducen en errores continuos, tanto en la comunicación oral como escrita ;  pero merced a esta realidad, de ningún modo, los usuarios de la lengua española debemos crear en torno a él una aura satánica que nos conduzca a proscribirlo de nuestra cotidiana práctica comunicativa. « No se trata, pues, de usar el gerundio a diestra y siniestra; pero tampoco de privarnos de los matice que nos permite imprimir en un texto por aquello de ‘ante la duda abstente’» – apunta al respecto la profesora e investigadora mexicana, Beatriz Escalante, en su libro “Curso de Redacción para escritores y periodistas” (2000, pág.119)

El gerundio le imprime a la frase ricos y múltiples matices expresivos que no debemos soslayar ni desaprovechar. La clave no consiste en evadir su uso, eludirlo o declararle la guerra, sino en el cuidado que pongamos al emplearlo. Ese parece ser el sentir de Gonzalo Martín Vivaldi, (Curso de Redacción, 2000) al plantear que:

 «… no usemos el gerundio cuando no estemos muy seguros de que su empleo es correcto. Siempre será posible recurrir a otra forma verbal.  Por ejemplo: en vez de: « Estando en la Base llegó la hora de partir”, podemos escribir: “Cuando estábamos en la Base, llegó la hora de partir” » (pág.52)

 ¿Es lo mismo estar dormido que durmiendo?

«No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, porque no es lo mismo estar jodido que jodiendo»

 El juicio aclarativo, emitido en un diálogo informal con una periodista, se le atribuye al afamado escritor, Premio Nobel de Literatura y académico español, Camilo José Cela (1916 – 2002). Y vale por cuanto son muchos los hispanohablantes que emplean verboides como los susodichos, “dormido” y “durmiendo”, para referirse a una misma realidad.  A tono con este planteamiento, no resulta extraño escuchar a una madre decir primero: «Mi hijo está dormido», mientras que minutos después se le escuchará informar: «Mi hijo está durmiendo»

Como podrá apreciarse, en cada caso la tierna madre ha querido afirmar exactamente lo mismo, pero empleando construcciones gramaticales diferentes. Y fueron construcciones semejantes a estas las que motivaron la observación del reputado novelista antes citado: “No es lo mismo estar dormido que durmiendo”

Para entender el fenómeno, es necesario saber o no olvidar la función modificadora del participio y el gerundio. Este último, además de tener carácter adverbial, por cuanto su principal función consiste en modificar al verbo como adverbio de modo, tiene también carácter imperfectivo y durativo, esto es, entraña la idea de actividad, la acción nos la presenta inacabada o situada en tiempo presente. Merced a este rol gramatical, “estar durmiendo” significaría no haber terminado de dormir. La acción de dormir está en proceso.

El participio, en cambio, funciona como adjetivo, apunta hacia el pasado y entraña la idea de pasividad, posee carácter perfectivo y la acción del verbo nos la presente como acabada o despojada de todo valor durativo. En virtud de esta idea, “estar dormido”, sería lo mismo que decir: ya se durmió, la acción de dormir terminó.