jueves, 22 de agosto de 2013
EL MÉDICO SÍ TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Por: Domingo Caba Ramos.
«Un médico - se lee en Wikipedia – es un profesional que practica la medicina y que intenta mantener y recuperar la salud humana mediante el estudio, el diagnóstico y el tratamiento de la enfermedad o lesión del paciente. En la lengua española, de manera coloquial, se denomina también doctor a estos profesionales, aunque no hayan obtenido el grado de doctorado. El médico – amplía la muy consultada y popular Enciclopedia - es un profesional altamente cualificado en materia sanitaria, que es capaz de dar respuestas generalmente acertadas y rápidas a problemas de salud, mediante decisiones tomadas habitualmente en condiciones de gran incertidumbre, y que precisa de formación continuada a lo largo de toda su vida laboral» (http://es.wikipedia.org/wiki/Wikipedia)
En su diario accionar, el médico ejerce una continua y triple labor científica: curar la enfermedad, prevenir su ocurrencia y determinar, mediante estudios, las causas que la originan.
El propósito fundamental que persigue todo médico es preservar la salud corporal del paciente y aliviar sus padecimientos. De la salud mental se encargan los sicólogos y los siquiatras. Si embargo, valdría preguntarse, ¿puede existir salud mental sin salud corporal?, ¿puede permanecer tranquila nuestra mente cuando existe, por ejemplos, un dolor que no nos deja dormir, un tumor que crece diariamente o un problema ocular que amenaza con nublar para siempre nuestra visión?
Pienso que no.
Desde que el médico corrige el problema orgánico, las estructuras mentales de inmediato se fortifican, se iluminan, desapareciendo, como por encanto, los procesos depresivos que antes las mantenían sumidas en un decaimiento o colapso eterno. Todo esto significa que más allá de su función esencial, el médico opera, sin que esa sea la naturaleza de su ejercicio, como un verdadero profesional de la conducta, por cuanto preña de alegría y paz espiritual el mundo mental del paciente cada vez que logra erradicar el mal que tanto lo atormentaba.
Pero no solo eso. En su quehacer preventivo, el médico tiene que desarrollar un continuo y sistemático trabajo de orientación sanitaria, y esa labor, indiscutiblemente, lo convierte en un auténtico educador.
Debo confesar que el efecto sicológico que ejerce en mí la simple presencia del médico es sorprendente: el solo verlo llegar, el mal parece ceder y el dolor parece mitigarse. Por esa razón siempre he sentido una gran admiración y respeto por la clase médica . Tanto es el respeto, que son escasos los médicos que, sin importar los muy jóvenes que sean, yo me atreva a tutearlos.
Se dirá, en contra de mi parecer, que son muchos los médicos que no actúan en sintonía con el juramento hipocrático, que son sinvergüenzas, mercaderes, insensibles o que les importa más el dinero que la salud del paciente.
Eso, desgraciadamente, es cierto; pero esas sombras que desafortunadamente empañan la imagen de solo una parte de estos profesionales, de ningún modo borra la esencia e importancia de su misión. Piense solamente, amigo lector, qué sería del mundo si no existieran médicos. Piense en el bienestar que invade su cuerpo cuando un médico evita que usted o un pariente muera, pierda un órgano o logra que el dolor desaparezca.
El 18 de agosto es el Día del Médico dominicano. Sirva esta fecha para felicitar a todos los médicos en su día, muy especialmente a aquellos que ejercen su noble misión iluminados por la luz del amor, la comprensión y la solidaridad.
domingo, 18 de agosto de 2013
LA RESTAURACIÓN DE LA REPÚBLICA Y EL HIMNO NACIONAL
LA RESTAURACIÓN DE LA REPÚBLICA Y EL HIMNO NACIONAL
Por: Domingo Caba Ramos.
EL Himno Nacional Dominicano, composición consagrada por la Ley No. 700, de fecha 30 de mayo de 1934, es una composición lírico – épica compuesta en 1883 por el abogado, maestro y poeta puertoplateño, Emilio Prud – Homme (1856 – 1932) y el músico José Reyes (1835 – 1905). Contrario a lo que podría pensarse, la música del Himno fue escrita primero que sus letras.
Se tocó por primera vez el 17 de agosto de 1883 en una velada que celebró la prensa nacional en la Logia Esperanza, Santo Domingo, para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la Republica Dominicana; pero su lento proceso de popularización se llevó a cabo a partir del 27 de febrero de 1884, fecha en que se realizó el traslado al país de los restos de Juan Pablo Duarte, fallecido en Caracas, Venezuela, en 1876. Ese día, el Himno Nacional se tocó durante todo el recorrido que llevó los restos del patricio desde el puerto de Santo Domingo hasta la Catedral Primada de América.
En los diez primeros años de su creación, el Himno tuvo muy poca difusión, vale decir, solo se escuchaba en la capital de la República y en días tan especiales como el 27 de febrero y el 16 de agosto de cada año. Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es a partir del año 1894 cuando se inicia el verdadero proceso de difusión del canto patriótico, debido a las múltiples ocasiones que hubo que interpretarlo para solemnizar los diversos actos organizados para celebrar el cincuentenario de la Independencia Nacional.
En 1897, el Congreso Nacional, luego de encendidas discusiones, resolvió aprobarlo como Himno Nacional de la República Dominicana. El general Ulises Heureaux (Lilís), entonces presidente del país, y entre cuyos desafectos políticos se contaba a Emilio Prud – Homme, engavetó, en lugar de promulgar la pieza legislativa, concediéndole así al tirano Trujillo la honrosa oportunidad de declarar oficial el himno, al promulgar, el 30 de mayo de 1934, la ley que durante treinta y siete años había permanecido engavetada.
No fue este, sin embargo, el primer canto patriótico dominicano. En marzo de 1844, días después de proclamada la Independencia Nacional, el poeta y patriota Félix María del Monte (1819 -1899) y el coronel músico, Juan Bautista Alfonseca (1810 – 1875) compusieron el himno que nuestra historia literaria registra con los títulos de “Canción Dominicana” o “Himno a la Independencia”. Este himno, talvés por su esencia más antihaitiana y prohispánica que dominicana, caló muy poco en el gusto y sentimiento del pueblo. Esa ausencia de dominicanidad es posible apreciarla, por ejemplo, en el primer verso del patriótico texto, en el cual el poeta llama “españoles” a los dominicanos:
« Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir»
Lo contrario sucede con el himno de Prud – Homme, en cuyo primer verso se emplea nuestro original e histórico gentilicio:
“Quisqueyanos “. «Quisqueyanos valientes, alcemos,
nuestro canto con viva emoción…»
Acerca de Prud - Homme y su Canto a la Patria, apunta Carlos Federico Pérez lo siguiente:
« Sin embargo, fue su estro el que acertó con el tono vibrante, pleno de sonoridades, del Himno Nacional. Si a esta pieza ha de asignársele una filiación literaria, desde luego que le convendría la romántica, por su calidad en la expresión del entusiasmo patriótico, al unísono con el fervor por la libertad» (Evolución poética dominicana, 1987, p.202)
Nuestro Himno Nacional, en cuyos versos y notas vibra el alma de la Patria, fue estrenado hace ya ciento treinta años.
Se tocó por primera vez el 17 de agosto de 1883 en una velada que celebró la prensa nacional en la Logia Esperanza, Santo Domingo, para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la Republica Dominicana; pero su lento proceso de popularización se llevó a cabo a partir del 27 de febrero de 1884, fecha en que se realizó el traslado al país de los restos de Juan Pablo Duarte, fallecido en Caracas, Venezuela, en 1876. Ese día, el Himno Nacional se tocó durante todo el recorrido que llevó los restos del patricio desde el puerto de Santo Domingo hasta la Catedral Primada de América.
En los diez primeros años de su creación, el Himno tuvo muy poca difusión, vale decir, solo se escuchaba en la capital de la República y en días tan especiales como el 27 de febrero y el 16 de agosto de cada año. Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es a partir del año 1894 cuando se inicia el verdadero proceso de difusión del canto patriótico, debido a las múltiples ocasiones que hubo que interpretarlo para solemnizar los diversos actos organizados para celebrar el cincuentenario de la Independencia Nacional.
En 1897, el Congreso Nacional, luego de encendidas discusiones, resolvió aprobarlo como Himno Nacional de la República Dominicana. El general Ulises Heureaux (Lilís), entonces presidente del país, y entre cuyos desafectos políticos se contaba a Emilio Prud – Homme, engavetó, en lugar de promulgar la pieza legislativa, concediéndole así al tirano Trujillo la honrosa oportunidad de declarar oficial el himno, al promulgar, el 30 de mayo de 1934, la ley que durante treinta y siete años había permanecido engavetada.
No fue este, sin embargo, el primer canto patriótico dominicano. En marzo de 1844, días después de proclamada la Independencia Nacional, el poeta y patriota Félix María del Monte (1819 -1899) y el coronel músico, Juan Bautista Alfonseca (1810 – 1875) compusieron el himno que nuestra historia literaria registra con los títulos de “Canción Dominicana” o “Himno a la Independencia”. Este himno, talvés por su esencia más antihaitiana y prohispánica que dominicana, caló muy poco en el gusto y sentimiento del pueblo. Esa ausencia de dominicanidad es posible apreciarla, por ejemplo, en el primer verso del patriótico texto, en el cual el poeta llama “españoles” a los dominicanos:
« Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir»
Lo contrario sucede con el himno de Prud – Homme, en cuyo primer verso se emplea nuestro original e histórico gentilicio:
“Quisqueyanos “. «Quisqueyanos valientes, alcemos,
nuestro canto con viva emoción…»
Acerca de Prud - Homme y su Canto a la Patria, apunta Carlos Federico Pérez lo siguiente:
« Sin embargo, fue su estro el que acertó con el tono vibrante, pleno de sonoridades, del Himno Nacional. Si a esta pieza ha de asignársele una filiación literaria, desde luego que le convendría la romántica, por su calidad en la expresión del entusiasmo patriótico, al unísono con el fervor por la libertad» (Evolución poética dominicana, 1987, p.202)
Nuestro Himno Nacional, en cuyos versos y notas vibra el alma de la Patria, fue estrenado hace ya ciento treinta años.
jueves, 8 de agosto de 2013
RECONOCIMIENTO AL MÉRITO MAGISTERIAL "PROF. ERCILIA PEPÍN"
Reconocimiento
al Mérito Magisterial “Prof. Ercilia Pepín”
Por:
Domingo Caba Ramos.
Por: Domingo Caba Ramos.
«El maestro es como la luz de una vela, que de tanto alumbrar se apaga…»
(Anónimo)
Domingo Caba Ramos.
El vienes 26 del recién pasado mes de julio, el Ayuntamiento del municipio de Santiago, en un solemne acto encabezado por el alcalde Dr. Gilberto Serulle, procedió a otorgar el reconocimiento Al Mérito Magisterial «Prof. Ercilia Pepín» a veintiséis educadores que durante más de veinte años hemos ejercido el trabajo docente en los diferentes niveles de enseñanza.
Tan honrosa distinción, honra a la vez la memoria de la patriota e insigne educadora, nativa de este municipio, Prof. Ercilia Pepín, y este hecho, indiscutiblemente, le imprime un significado especial a la distinción recibida. O, lo que es lo mismo, ser objeto de un reconocimiento que lleve el nombre de esta ilustre maestra es como sentirse doblemente galardonado.
Y como bien lo expresé al pronunciar las palabras de gracias, el reconocimiento ““Al Mérito Magisterial” Prof. Ercilia Pepín, que con inigualable júbilo todos recibimos, honra igualmente a la institución (Ayuntamiento) que lo concedió, por cuanto la labor del maestro es de tal valor y trascendencia, que todo ser o institución que la distinga, al mismo tiempo se autodistingue.
Además del alcalde, el acto contó con la presencia del cuerpo de concejales del ayuntamiento santiagués, entre estos, la Lic. Daysi Díaz, presidenta de la Comisión Permanente de Concejales de Educación y Cultura, encargado este organismo de coordinar todo lo relativo al referido acto.
Al pronunciar las palabras centrales, y refiriéndose al noble oficio que realiza el maestro, el Dr. Serulle expresó que:
«El maestro es una persona que en cualquier faceta de cultura, oficio, con su obra científica y literaria verdaderamente relevante, influye en la vida y la formación incluso de los que establecen contacto con sus obras y sus acciones. Conscientes la Alcaldía de Santiago junto a nuestros funcionarios, trabajadores y concejales – continúa argumentado el Dr. Serulle – nos sentimos honrados en reconocer a este grupo de maestros que han asumido en la vida su compromiso con el país de instruir y formar en valores a los niños, jóvenes, adultos y con ello construir un futuro promisorio como los exigen los nuevos tiempos»
Y concluye el Alcalde sus palabras, afirmando que:
« Este reconocimiento al mérito magisterial profesora Ercilia Pepín es un homenaje a su esfuerzo, paciencia, dedicación, conocimientos, enseñanzas y ética necesarios para asegurarles a nuestra patria un futuro prometedor»
Aprovecho esta tribuna para en nombre de los veinticinco compañeros que recibieron pergaminos y broches de reconocimiento reiterarles las gracias al alcalde de Santiago, a la concejal y profesora Daysi Díaz, a los demás concejales, funcionarios, y empleados del ayuntamiento de este municipio por reconocer la labor de un servidor que como el maestro tanto contribuye al desarrollo educativo, científico y cultural de nuestro país.
Y de manera muy particular, debo también reiterarle públicamente mi más sentida expresión de gratitud al concejal Aridio Rosa, quien tuvo la noble iniciativa de someter mi nombre a la consideración de la Comisión Permanente de Concejales de Educación y Cultura, por considerar que yo era merecedor de tan honroso y prestigioso galardón, el cual se me otorgó en la categoría Educación Superior.
lunes, 3 de junio de 2013
¿QUÉ TIPO DE MAESTRO ERES TÚ?
Por: Domingo Caba Ramos.
( Al afamado linguista y mi maestro de siempre, Dr. Celso Benavides - Q.E.P. D.)
Todos los tratadistas de la Pedagogía coinciden al proponer las cualidades que debe reunir un buen maestro : justicia, comprensión, paciencia, bondad, respeto, delicadeza, control y madurez emocional, sentido del humor, inteligencia, simpatía, honestidad, puntualidad, competencias técnicas y pedagógicas .
El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante, estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la materia que imparte.
¿Qué significa todo eso?
Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un trabajo que desprecian, que no sienten y al cual solo le encuentran sentido en la medida en que puedan derivar de él beneficios extras, económicos y/o pasionales, provenientes de los alumnos y generados casi siempre de manera compulsiva al calor de una relación de intercambio o transacción. Son esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como cualquier cosa menos como maestros.
Merced a los rasgos antes descritos se han establecido diferentes tipos de maestros, como los dos que presentamos a continuación, el primero, por Imídeo Nérici, en su libro Hacia una didáctica general dinámica, 1973, Págs. 107 y 110), y el segundo, por Luis A. de Mattos (Compendio de Didáctica General, 1974):
El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso de los mismos.
El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y altibajos.
El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el cumplimiento de las exigencias burocráticas.
El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.
El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la fantasía.
El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su persona.
El educador. Es el maestro ideal. “Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación, despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos".
Con el subtítulo de " Aberraciones en la personalidad del profesor”, Luis Alves de Mattos, en su muy valioso y siempre consultado texto " Compendio de Didáctica General", ( Ob.cit.,p.294 ) nos presenta otras clase de maestros que a su decir, " constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente" , tipos cuya presencia nos encontramos con ellos a diario en todos los niveles de enseñanza, pero especialmente en las aulas universitarias. Estos son los siguientes ;
1) - El tipo introvertido y hermético. 2) - El tipo nervioso y desconfiado. 3) - El tipo indeciso y confuso. 4) El tipo incoherente y contradictorio. 5) - El tipo colérico y explosivo. 6) - El tipo irónico y mordaz. 7) - El tipo injusto, mezquino y vengativo. 8) - El tipo vanidoso, arrogante, prepotente, desdeñoso y presuntuoso. 9) - -El tipo cursi y donjuanesco. 10) - El tipo ingenuo, bonachón e indulgente. 11) - El tipo sentimental y quejumbroso. 12) - El tipo egoísta, exclusivista que demuestra afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros.
MI TIPOLOGÌA PROPUESTA
Aparte de las clases de maestros establecidas por los dos connotados pedagogos antes citados, pienso que existen otras categorías como las que, basadas en mi experiencia docente, me permito proponer a continuación:
1) El negligente o apático. El proceso enseñanza - aprendizaje poco le importa, y mucho menos le importa el protagonista de este proceso: el estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no varía, vale decir, años tras años aplica los mismos exámenes. Difícilmente compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que el tiempo pase.
2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta, , nada le quita el sueño, todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»
Para el Estoicismo, la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán enteramente infeliz.
3) El efectista. Consiste su habilidad en generar impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo. Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del “vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.
4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos es común oírle decir frases como las siguientes:
a) «A mí nadie me pasa… » b) «No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) Ustedes están estudiando esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar a ningunas partes» f) «Cuando tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran disparate, una pura porquería»
5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia incontenible:
« Yo soy licenciado en… Tengo dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy esto y aquello… Mi padre fue fundador de… En la última investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… »
Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando, oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata termine de una vez y para siempre. Todo ello significa que si bien son muchos los que han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e información. Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora de inmediato a mi mente:
¿Y tú, qué tipo de maestro eres?
( Al afamado linguista y mi maestro de siempre, Dr. Celso Benavides - Q.E.P. D.)
Todos los tratadistas de la Pedagogía coinciden al proponer las cualidades que debe reunir un buen maestro : justicia, comprensión, paciencia, bondad, respeto, delicadeza, control y madurez emocional, sentido del humor, inteligencia, simpatía, honestidad, puntualidad, competencias técnicas y pedagógicas .
El maestro, sostienen otros, debe explicar bien, guiar, ayudar y orientar a sus alumnos. Debe proceder con plena conciencia de la delicada misión que la sociedad puso en sus manos. Tiene que ser comprensivo, firme, atrayente, tener claridad de espíritu, evitar imposiciones personales, ser constante, estimulador, amar, valorizar en lugar de humillar y sentir aversión por el alumno. Y además del qué enseñar, un buen maestro debe saber cómo enseñar la materia que imparte.
¿Qué significa todo eso?
Que no todo el que imparte clases y posee un título pedagógico es maestro. Que por ser así, los centros educativos, en todos los niveles, están llenos de “enganchados” a un oficio (docente) que para desgracia de ellos el destino puso a sus pies. Un oficio con el que no se identifican, esto es, un trabajo que desprecian, que no sienten y al cual solo le encuentran sentido en la medida en que puedan derivar de él beneficios extras, económicos y/o pasionales, provenientes de los alumnos y generados casi siempre de manera compulsiva al calor de una relación de intercambio o transacción. Son esos aparentes maestros los que dentro y fuera del aula se comportan como cualquier cosa menos como maestros.
Merced a los rasgos antes descritos se han establecido diferentes tipos de maestros, como los dos que presentamos a continuación, el primero, por Imídeo Nérici, en su libro Hacia una didáctica general dinámica, 1973, Págs. 107 y 110), y el segundo, por Luis A. de Mattos (Compendio de Didáctica General, 1974):
El brillante. Su único interés es brillar. Se interesa más por el impacto que pueda causar en sus alumnos que por el progreso de los mismos.
El mero profesional. Imparte clases con el único propósito de ganarse la vida. De ahí que su ejercicio suele estar repleto de lagunas y altibajos.
El displicente. Siempre está atrasado en sus obligaciones escolares, tanto en lo que respecta al desarrollo del programa como en el cumplimiento de las exigencias burocráticas.
El depresivo. Siempre está presto a destacar los aspectos negativos de los alumnos y nunca valora los puntos positivos.
El poeta. De la realidad de sus alumnos y de las condiciones de la enseñanza siempre luce distante. Todo lo mira a través del cristal de la fantasía.
El desconfiado. En todas las manifestaciones de los alumnos ve mala intención o las considera acciones dirigidas contra su dignidad y su persona.
El educador. Es el maestro ideal. “Es el que estimula y orienta. Prepara para la investigación, despierta curiosidad, desenvuelve el espíritu crítico, invita a la superación y muestra los valores de la cultura. Es el que orienta por la convicción, por la persuación,por el ejemplo, y nunca por la distancia, la indiferencia o los caprichos".
Con el subtítulo de " Aberraciones en la personalidad del profesor”, Luis Alves de Mattos, en su muy valioso y siempre consultado texto " Compendio de Didáctica General", ( Ob.cit.,p.294 ) nos presenta otras clase de maestros que a su decir, " constituyen evidentes negaciones de la auténtica personalidad docente" , tipos cuya presencia nos encontramos con ellos a diario en todos los niveles de enseñanza, pero especialmente en las aulas universitarias. Estos son los siguientes ;
1) - El tipo introvertido y hermético. 2) - El tipo nervioso y desconfiado. 3) - El tipo indeciso y confuso. 4) El tipo incoherente y contradictorio. 5) - El tipo colérico y explosivo. 6) - El tipo irónico y mordaz. 7) - El tipo injusto, mezquino y vengativo. 8) - El tipo vanidoso, arrogante, prepotente, desdeñoso y presuntuoso. 9) - -El tipo cursi y donjuanesco. 10) - El tipo ingenuo, bonachón e indulgente. 11) - El tipo sentimental y quejumbroso. 12) - El tipo egoísta, exclusivista que demuestra afectos y preferencias por unos alumnos y repulsión por otros.
MI TIPOLOGÌA PROPUESTA
Aparte de las clases de maestros establecidas por los dos connotados pedagogos antes citados, pienso que existen otras categorías como las que, basadas en mi experiencia docente, me permito proponer a continuación:
1) El negligente o apático. El proceso enseñanza - aprendizaje poco le importa, y mucho menos le importa el protagonista de este proceso: el estudiante. Sólo le interesa el salario y los beneficios obtenidos a través del puesto. A cumplir con su labor falta con mucha frecuencia y la impuntualidad constituye uno de los rasgos dominantes de su gestión. Si les asigna un trabajo a los alumnos, en vez de corregirlo, prefiere asignarles una calificación cualquiera, y al revisar sus evaluaciones notaremos que su patrón de examen no varía, vale decir, años tras años aplica los mismos exámenes. Difícilmente compre un libro, esto es , no lee, no se actualiza, no participa en cursos, ni asiste a actividades culturales que incidan de manera positiva en su superación profesional, y en el ejercicio de sus funciones lo único que le interesa es que el tiempo pase.
2) El indiferente o estoico. Su estoicismo está presente en cada uno de sus actos y palabras. Auténtica expresión de la postmodernidad, a este tipo de maestros nada le preocupa, nada lo atormenta, , nada le quita el sueño, todo le da lo mismo : faltar al trabajo, llegar tarde a este o abandonar las clases mucho antes de que termine el tiempo establecido para su desarrollo, constituyen prácticas irregulares o inconductas docentes que ningún pesar generan en la conciencia de este estoico enseñante. Merced a esta concepción estoica de la vida, ante una de sus faltas cometidas, común es escucharle decir con orgullo inocultable: « Yo hago lo que pueda», « No hay que matarse mucho», « La vida es una», « Cumplas o no, nadie te valora ni te toma en cuenta...,», « Hay que cogerlo suave…»
Para el Estoicismo, la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza. A tono con este planteo, el maestro estoico parece entender que si le imprime pasión a su ejercicio docente, las conductas resultantes de esa pasión (responsabilidad, entrega y sacrificio) lo harán enteramente infeliz.
3) El efectista. Consiste su habilidad en generar impresiones o efectos positivos en la mente de quien lo escucha, muy especialmente cuando está frente a un superior o compañeros de trabajo. Constituye este, la más fiel o genuina representación del ser “allantoso”, del teórico, del verboso, del maestro que convencido talvez de las manchas que oscurecen su comportamiento docente, trata de proyectar con palabras una imagen que en nada se corresponde con la que realmente muestra en las aulas. Su accionar, evidentemente, envuelve muchos de los rasgos del “biógrafo” y del “vanidoso”, y su decir en relación con su hacer permite confirmar que ciertamente “del dicho al hecho hay muchos trechos”.
4) El sádico. Por sádico se comporta como un ser frustrado y resentido. A los alumnos los ve como sus más peligrosos enemigos y todo lo que implique el sufrimiento de estos, a él le produce gozo y placer. De ahí su tendencia a humillar, ironizar y hasta celebrar cuando un estudiante emite una opinión desacertada, reprueba u obtiene bajas calificaciones. El alumno para este tipo de maestro sólo importa en la medida en que le sirve de instrumento para liberar o volcar en él sus frustraciones reprimidas. Y en tanto seres frustrados, reducen en lugar de propiciar el desarrollo integral de la personalidad del educando. Por su constante y aberrante conducta verbal, al maestro sádico resulta fácil reconocerlo, por cuanto al dirigirse a sus alumnos es común oírle decir frases como las siguientes:
a) «A mí nadie me pasa… » b) «No olvides bachiller, que tú eres el huevo y yo la piedra…» c) «Tú eres un burro…» d) «A mí de cuarenta, solo me pasan dos…» e) Ustedes están estudiando esta carrera, pero la mayoría de ustedes son pobres y por tanto no van a llegar a ningunas partes» f) «Cuando tú tengas mi nivel, entonces puedes opinar…» f.) «Quien no de para esto que coja un pico o una pala y se vaya para Obras Públicas…» g). «No todo el mundo nació para estudiar y usted es uno de ellos...» h) «Esta materia, solo los muy inteligentes la pasan…» i) «Lo que usted acaba de decir es un gran disparate, una pura porquería»
5) El biógrafo. Más que a impartir docencia, al salón de clases se presenta con el propósito de trazar un perfil biográfico de su vida. Los estudiantes, en tal virtud, saben hasta la hora en que se acuesta y los amores que tuvo durante su juventud. El señor maestro, relatando siempre en primera persona del singular, se pasa gran parte del tiempo ofreciendo a unos aburridos y bostezadores discípulos una serie de informaciones, la mayoría de las cuales muy poco tienen que ver con el contenido programático, y que en nada les interesan a sus pupilos receptores. Y así lo escucharemos pregonar con euforia incontenible:
« Yo soy licenciado en… Tengo dos maestrías… He realizado curso de esto y de aquello… Además de maestro soy esto y aquello… Mi padre fue fundador de… En la última investidura, mi hijo mayor se graduó con honores... En mis años de estudios, yo también me gradué con honores… Resido en un lugar de mucho prestigio… He viajado a los siguientes países... Las autoridades de esta institución, a mí me admiran y distinguen… He recibido los siguientes reconocimientos… »
Y así, muy entusiasmado, continuará el maestro que nos ocupa con su relato autobiográfico, mientras sus estudiantes, en silencio y casi dormitando, oran y ruegan a todos los santos para que tan indigerible y pesada perorata termine de una vez y para siempre. Todo ello significa que si bien son muchos los que han hecho de la docencia su medio de vida , no todos están aptos o reúnen las condiciones requeridas para ejercer una labor que si bien es la peor remunerada de todas, constituye, sin embargo, uno de los más honorables y delicados quehaceres humanísticos. Y quien no cuente con esas condiciones, en lugar de beneficiar, lo que haría es producirle daños irreparables al alumno que periódicamente se presenta entusiasmado al aula en busca de formación e información. Vistas las consideraciones antes expresadas, una pregunta aflora de inmediato a mi mente:
¿Y tú, qué tipo de maestro eres?
viernes, 31 de mayo de 2013
LO SEXUAL, LO HUMORÍSTICO Y LO LINGUÍSTICO EN " LOS MONÓLOGOS DE LA VAGINA"
Por: Domingo Caba Ramos
«Mi vulva es una flor/es una concha/un higo/un terciopelo está llena de aromas de sabores y rincones/es color de rosa, suave, íntima, carnosa… /siente, vibra, sangra, se enoja, se moja, palpita, me habla/ guarda celosa entre sus pliegues el centro exacto de mi cosmos»
(Del poema Gioconda, de Rosa María Roffiel -1945), poetisa mexicana)
En el año 2002 fue escenificada en nuestro país la divertidísima y aleccionadora obra Los monólogos de la vagina (1996), escrita por la dramaturga , feminista y activista social estadounidense, Eve Ensler ( 1953) ,que se ha vuelto el epicentro de un movimiento sin ánimo de lucro que lucha en contra de la violencia doméstica.
La obra nos presenta una original historia sustentada en los testimonios de más de doscientas mujeres de todo el mundo y de diferentes estratos sociales, que al ser entrevistadas relataron sus sensaciones y experiencias íntimas en el ámbito de la sexualidad. Sus vivencias e impresiones acerca del sexo, las relaciones amorosas y la violencia doméstica.
En su investigación, Eve Ensler recogió las diferentes denominaciones que en distintos estados y países del mundo hispanohablantes se utilizan para nombrar la vagina y/o la vulva. Entre esos nombres merecen citarse los siguientes:
Gallo (Colombia, Hondura y Rep. Dom.)
Canoa y chocha (Puerto Rico)
Cuchara (Venezuela y Guatemala)
Concha (México, Guatemala y Argentina)
Coño (El Salvador, España, Venezuela, México y Rep. Dom. )
Chocho (España, México y Cuba)
Panocha, pucha, mono, bacalao (México)
Torta (El Salvador y Venezuela)
Sapo (Venezuela)
Coneja (Cuba y Guatemala)
Pepa (Hondura, Venezuela y México y Rep. Dom.)
Pocha (Ecuador y Perú)
Bollo, bollito, bollazo, tota y chocha (Cuba)
Toto (Rep. Dom., Cuba y Andalucía)
Papayón (Cuba)
Mico (Costa Rica)
Ñame, coso, panal, popola, creta, crica y rabo (Rep. Dom.)
Papaya (Cuba y Ecuador)
Cachucha (Argentina, Paraguay y Uruguay)
Conchita (Argentina)
Boca de mono (Chile)
Cuca (Rep. Dom., Venezuela, México y El Salvador)
Semilla (Rep. Dom. y El Salvador)
Cajeta, conchita, cachufla y cuchufleta (Argentina)
Raja (Rep. Dom. Colombia y Andalucía)
Cosita (México, Honduras y Ecuador)
Estrenada en Nueva York en 1996, dicha pieza teatral ha recorrido los más exigentes escenarios de los Estados Unidos, América Latina y Europa, e interpretadas por actrices de primera categoría. En España, por ejemplo, se calcula que mil quinientas veces fue representada y novecientas mil personas se registran como espectadores. En la República Dominicana estuvo dirigida por Manuel Chapuseaux, afamado actor y director teatral, y protagonizada por Ivón Beras Goico, conjuntamente con nuestras primerísimas actrices Elvita Taveras y Yamilé Schecker.
La obra aborda en toda su extensión la temática sexual y su forma de expresión se pone de manifiesto en los monólogos o parlamentos de una vagina humanizada. Y sorprende la manera abierta, sin inhibición, sin tabúes ni prejuicios como se habla en ella acerca de todo lo relativo al sexo. Y es que todos sabemos que en la cultura americana y, mucho más en la dominicana, lo sexual se nos presenta como algo pecaminoso, restringido, fuera de los común y, por ende, prohibido. Merced a esta concepción, hay quienes califican de vulgar, indelicado y grosero hablar sobre hechos que aludan al sexo y/o a los órganos sexuales, razón por la cual, cuando por obligación hay que referirse al tema, se prefiere “maquillar” la expresión sustituyendo los términos comunes o sexo – contundentes de la lengua coloquial por otros considerados más elegantes, delicados o decorosos, que en el ámbito lingüístico se conocen técnicamente con el nombre de eufemismos. La magnitud del prejuicio es de tal naturaleza, que hasta los nombres de las prendas íntimas de vestir se mencionan con cierta cautela, temor o vergüenza.
En Los monólogos de la vagina todo parece suceder de manera diferente. Sin trascender al plano de lo grotesco, aquí se habla de sexo libremente, y esa descripción cruda de la realidad sexual es lo que permite que en ningún instante de la puesta en escena descienda o desaparezca el tono humorístico que a todas luces late en la estructura contextual de la obra.
Semejante tratamiento, talvez por tabúes sexuales vigentes, no es muy común apreciarlo en los textos dramáticos, poéticos y novelescos de nuestros creadores literarios. Hasta los más convencidos vanguardistas se comportan con inocultable sigilo en ese aspecto. En el caso particular de la literatura dominicana, solo una novela de naturaleza estrictamente sexual se ha escrito: La tranca (1994), del laureado narrador francomacorisano Francisco Nolasco Cordero (1932 – 2007). Solo en ella se aborda la realidad sexual libre de prejuicios inhibidores o con toda crudeza o desnudez. Aparte de esta, ese abierto léxico sexual propio de la lengua coloquial, aunque en menor grado, apenas se puede apreciar en la novela Solo cenizas hallarás (1980), de Pedro Vergés (1945), y el volumen de cuentos titulado Rompan fila y viva el jefe (2001), de Federico Jovine Bermúdez (1944)
miércoles, 15 de mayo de 2013
EL BOGOTAZO: VISTO Y RELATADO POR TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO.
(Al Ing. Rafael Tomás Hernández Ramos)
Por: Domingo Caba Ramos.
El día 9 de abril de 1948, mientras se llevaba a cabo en Bogotá, Colombia, la Novena Conferencia Internacional Americana, muere, asesinado en plena vía pública de la capital colombiana, el fogoso y carismático líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903 – 1948), originando tan repudiado crimen la revuelta cívico – popular que la historia iberoamericana registra con el nombre de El Bogotazo.
El asesinato del popularísimo líder, considerado por el doctor Joaquín Balaguer (1906-2002) como “el mayor conductor de masas que he conocido”, provocó violentos disturbios y un incontrolable motín popular en todo el territorio colombiano; pero especialmente en la capital, que costó numerosas víctimas y depredaciones.
En torno al histórico acontecimiento, Balaguer, quien junto al poeta, narrador y periodista tamborileño Tomás Hernández Franco, participaba en la precitada Conferencia como delegado, en representación de la República Dominicana, en su libro autobiográfico “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, 1998, pág.313, apunta lo siguiente :
« Cuando una hora después descendimos hacia la Plaza Santander, caminando hacia el antiguo Hotel Granada, ya desaparecido, advertimos que las calles empezaban a ser invadidas por multitudes vociferantes que se hacían rápidamente dueñas de la ciudad. Bogotá fue prácticamente saqueada. El palacio de San Carlos, asiento del Ministro de Relaciones Exteriores, había sido convertido en un montón de ruinas. El Palacio del Arzobispado, así como numerosos conventos fueron pastos de las llamas. Hubo un miembro de la Delegación Dominicana, el poeta Tomás Hernández Franco, que se mezcló imprudentemente entre los revoltosos y estuvo a punto de perder la vida arrastrado por la marea de esos tumultos callejeros…»
Como podrá apreciarse, Hernández Franco (1904 -1952), además de testigo y relator, fue también actor en los hechos que conformaron el famoso Bogotazo. Sus impresiones acerca de este histórico acontecimiento están contenidas en un interesantísimo texto – reportaje muy poco conocido en el mundo literario dominicano, cuyo contenido se trascribe a continuación, consciente de su inmenso valor histórico, periodístico y literario:
BOGOTÁ (*)
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”
(Luis de Mesa Neira)
«Eran las 8 de la mañana cuando terminaba de leer un comentario sustantivo del doctor Luis López Mesa, dirigiéndome al Hotel Granada para desayunarme. Bogotá no había querido compartir la aurora y permanecía escondida en el casquete inmenso de la lluvia.
La ciudad vivía sin inmutarse en lo más mínimo bajo el azote de la lluvia pertinaz. ¿Qué más daba un aguacero prolongado, si el agua benéfica hermoseaba la ornamentación caprichosa de sus grandes monumentos, la belleza sugerente de sus carreras y de sus paseos, y ponía en movimiento a millares de autos, tranvías y autobuses que le daban a la metrópolis arrestos de ciudad gigante?
El Hotel Granada era un colmenar. Entraban y salían los forasteros. Eran rostros de hombres que confluían de toda América, y las terrazas y los pasillos y los mil compartimientos constituían sitios propicios a los más diversos cambios de impresiones. Yo abandoné el hotel, y fui de compras por tiendas y por bazares, dejando apartados muchísimos objetos que luego se me enviarían al “Granada”.
Entretanto, el tiempo se iba engullendo las horas. Era ya el mediodía. Seguían moviéndose por la Carretera Sétima, y en la fauces lejanas de la avenida iban perdiéndose el sin fin de transeúntes y carromotores. Yo, regresado a mi hospedaje, había hecho de mi ventana balcón que no dejaba. Desde allí observé, cómo acercándose ya la una, salían de oficinas y de comercios, de fábricas y de bufetes, las lindas bogotanas y los graves caballeros que arrebataban a los golfos “El Espectador”, “El Siglo”, o “El Tiempo”, en tanto que la vocinglería de los radios, bocinas y sirenas multiplicaban la manifestación potente de vida que daba la ciudad bajo la lluvia.
Miré el reloj. Faltaban diez minutos para la una de la tarde, cuando de pronto unas detonaciones de revólver y un caramillo que se hacía casi a mis pies, hacíame volverme rápido hacia poniente: a menos de veinte codos yacía el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, a quien había visto dejar su bufete en asocio de Plinio Mendoza Neira y de otras relevantes figuras del liberalismo colombiano, para dirigirse a un restaurant a hacer del buen yantar un motivo para continuar la ininterrumpida charla política.
Disparar sobre Gaitán y manifestarse a plenitud el corazón de la ciudad hecho ansiedad y confusión demoledora, fue uno. No pude distinguir más que el peso avasallador de la multitud enardecida: eran mujeres y eran hombres; eran chicos y eran viejos, todos con los rostros crispados, los brazos en altos, los puños amenazantes, convergiendo hacia el sitio de la tragedia, volcando autos y derribando tranvías, destruyendo ventanas e incendiando edificios. Era un ciclón colosal, sin nombre, inenarrable, del que no destacó más que, en un instante dado, segundos después de los disparos hechos al ídolo del liberalismo colombiano, que un muchacho alto, rubio, vigoroso que gritaba a voz en cuello : ¡Viva la revolución! ¡Abajo la Panamericana!, y tras él seguía la multitud enfebrecida, delirante, desenfrenada, destruyendo, destruyendo y destruyendo con fervor implacable y salvaje.
La tromba humana seguía atropellando. Por todas partes oíanse, disparos, descargas de metralla, llamas, caras siniestras, ruidos disímiles e ininterrumpidos y lluvia. La lluvia continuaba más fuerte, más inclemente que nunca. Bogotá era un remolino de pasiones desbordadas. «Mataron a Gaitán!, se oía decir a veces, y hombres y mujeres inundados en llanto y en cólera continuaban su marcha sin reposo y su acción destructora. Yo fui absorbido por aquella tromba humana y salvaje. Me olvidé de mi condición de diplomático. ¿Quién iba a saberlo? Yo tampoco lo sabía. Lo había olvidado. Yo no era yo. Era un ion perdido entre aquel maremágnum incontrolable.
Había dejado mi hotel y quise avanzar sin saber a dónde, ni por qué. Me empujaba una fuerza ciega, como ciega era aquella ola embravecida y apasionada que se olvidó de la lluvia, del trabajo, de la amistad y hasta de Dios. Caminé. Dí unos pasos. Retrocedí. Caí cien veces y otras tantas me levantó el grupo que pateaba y vociferaba, que disparaba tiros y blandía cuchillos y maderos, que lanzaba piedras y recibía ráfagas de metralla y lluvia de granadas y de gases lacrimógenos. En un momento dado, cuando había peleado yo con aquella masa anónima, arrebaté un rifle a un policía y avancé, disparando, haciendo fuego a diestro y siniestro, quebrando a culatazo a quien se me oponía. No sé cómo no me mataron. Yo continuaba ebrio de rabia y de locura, llegando a las cercanías de la antañona iglesia de San Fernando que ya no era más que un hacinamiento de ruinas humeantes.
El agua continuaba cayendo a cántaros. Serían ya las cinco de la tarde, y el combate continuaba. Estaba yo en las vecindades del Capitolio y a mis pies, casi, cayeron, barridos por el plomo vomitado por la riflería, quién sabe cuántos hombres. Paré un instante. Por un décimo de segundo me hice la pregunta de por qué estaba allí, en medio del peligro, cuando un machetazo despegaba la cabeza a un muchacho que gritaba casi a mi diestra. Entonces me acerqué a un muro, casi en el momento en que un poste ornamental caía arrancado de cuajo por un grupo rabioso que inundaba la plaza.
Alguien me habló. No sé qué me dijo. No pude avanzar más. No supe qué fue de mí. Había perdido el conocimiento. Se había hecho la sombra en mi cerebro. Yo no era yo. ¿Era cierto cuanto estaba viendo? A las ocho de la noche, la batahola sin nombre entraba a su término. Amainaba un poco. No así los incendios que seguían consumiendo manzanas enteras. Treinta y cinco edificios inmensos estaban hechos pavesas y no sé cuántos centenares de pequeñas edificaciones, barriadas enteras habían corrido igual suerte. Bogotá estaba en escombros.
Ocho horas habían bastado para quebrar todo el encanto de aquella urbe magnífica y orgullosa que se había convertido en el asiento de todo un continente. Ocho horas de furia humana, llegada a los extremos más inexplicables, había sido suficientes para producir una catástrofe que no la habría hecho mayor un terremoto ni un ciclón. Ocho horas de fuego, de lanzamientos de gases y de combate cuerpo a cuerpo en mil sitios distintos al mismo tiempo, botaron a la Atenas de América con su tradición de civilización helena gaya maestría y su belleza y modernidad no igualada a mil leguas a la redonda. Bogotá era esa noche un hacinamiento humeante.
Y no había sido pesadilla todo aquello. Era la visión directa de aquella gran tragedia, cuando todo un pueblo se arrancó furioso a Dios y se convirtió en bestia incontrolada e indómita, dejando lejos, perdida como epitafio a lo que Bogotá y Colombia habían sido, la frase de López de Mesa:
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”»
(*) - Este texto, escrito por Hernández Franco tres semanas después de ocurrido el hecho que se relata, permaneció inédito hasta 1990, año en que lo publiqué en el periódico La Información, de Santiago. Años más tarde, el 28 de mayo del 2003, fue publicado en la edición especial del suplemento literario “Biblioteca” (Listín Diario), dirigido por el escritor y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua. A partir de esta fecha ha sido publicado en otros medios, entre estos, la revista literaria Mythos , julio 2010. : https://issuu.com/revistamythos/docs/mythos_46 (D.C.).
(Al Ing. Rafael Tomás Hernández Ramos)
Por: Domingo Caba Ramos.
El asesinato del popularísimo líder, considerado por el doctor Joaquín Balaguer (1906-2002) como “el mayor conductor de masas que he conocido”, provocó violentos disturbios y un incontrolable motín popular en todo el territorio colombiano; pero especialmente en la capital, que costó numerosas víctimas y depredaciones.
En torno al histórico acontecimiento, Balaguer, quien junto al poeta, narrador y periodista tamborileño Tomás Hernández Franco, participaba en la precitada Conferencia como delegado, en representación de la República Dominicana, en su libro autobiográfico “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, 1998, pág.313, apunta lo siguiente :
« Cuando una hora después descendimos hacia la Plaza Santander, caminando hacia el antiguo Hotel Granada, ya desaparecido, advertimos que las calles empezaban a ser invadidas por multitudes vociferantes que se hacían rápidamente dueñas de la ciudad. Bogotá fue prácticamente saqueada. El palacio de San Carlos, asiento del Ministro de Relaciones Exteriores, había sido convertido en un montón de ruinas. El Palacio del Arzobispado, así como numerosos conventos fueron pastos de las llamas. Hubo un miembro de la Delegación Dominicana, el poeta Tomás Hernández Franco, que se mezcló imprudentemente entre los revoltosos y estuvo a punto de perder la vida arrastrado por la marea de esos tumultos callejeros…»
Como podrá apreciarse, Hernández Franco (1904 -1952), además de testigo y relator, fue también actor en los hechos que conformaron el famoso Bogotazo. Sus impresiones acerca de este histórico acontecimiento están contenidas en un interesantísimo texto – reportaje muy poco conocido en el mundo literario dominicano, cuyo contenido se trascribe a continuación, consciente de su inmenso valor histórico, periodístico y literario:
BOGOTÁ (*)
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”
(Luis de Mesa Neira)
«Eran las 8 de la mañana cuando terminaba de leer un comentario sustantivo del doctor Luis López Mesa, dirigiéndome al Hotel Granada para desayunarme. Bogotá no había querido compartir la aurora y permanecía escondida en el casquete inmenso de la lluvia.
La ciudad vivía sin inmutarse en lo más mínimo bajo el azote de la lluvia pertinaz. ¿Qué más daba un aguacero prolongado, si el agua benéfica hermoseaba la ornamentación caprichosa de sus grandes monumentos, la belleza sugerente de sus carreras y de sus paseos, y ponía en movimiento a millares de autos, tranvías y autobuses que le daban a la metrópolis arrestos de ciudad gigante?
El Hotel Granada era un colmenar. Entraban y salían los forasteros. Eran rostros de hombres que confluían de toda América, y las terrazas y los pasillos y los mil compartimientos constituían sitios propicios a los más diversos cambios de impresiones. Yo abandoné el hotel, y fui de compras por tiendas y por bazares, dejando apartados muchísimos objetos que luego se me enviarían al “Granada”.
Entretanto, el tiempo se iba engullendo las horas. Era ya el mediodía. Seguían moviéndose por la Carretera Sétima, y en la fauces lejanas de la avenida iban perdiéndose el sin fin de transeúntes y carromotores. Yo, regresado a mi hospedaje, había hecho de mi ventana balcón que no dejaba. Desde allí observé, cómo acercándose ya la una, salían de oficinas y de comercios, de fábricas y de bufetes, las lindas bogotanas y los graves caballeros que arrebataban a los golfos “El Espectador”, “El Siglo”, o “El Tiempo”, en tanto que la vocinglería de los radios, bocinas y sirenas multiplicaban la manifestación potente de vida que daba la ciudad bajo la lluvia.
Miré el reloj. Faltaban diez minutos para la una de la tarde, cuando de pronto unas detonaciones de revólver y un caramillo que se hacía casi a mis pies, hacíame volverme rápido hacia poniente: a menos de veinte codos yacía el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, a quien había visto dejar su bufete en asocio de Plinio Mendoza Neira y de otras relevantes figuras del liberalismo colombiano, para dirigirse a un restaurant a hacer del buen yantar un motivo para continuar la ininterrumpida charla política.
Disparar sobre Gaitán y manifestarse a plenitud el corazón de la ciudad hecho ansiedad y confusión demoledora, fue uno. No pude distinguir más que el peso avasallador de la multitud enardecida: eran mujeres y eran hombres; eran chicos y eran viejos, todos con los rostros crispados, los brazos en altos, los puños amenazantes, convergiendo hacia el sitio de la tragedia, volcando autos y derribando tranvías, destruyendo ventanas e incendiando edificios. Era un ciclón colosal, sin nombre, inenarrable, del que no destacó más que, en un instante dado, segundos después de los disparos hechos al ídolo del liberalismo colombiano, que un muchacho alto, rubio, vigoroso que gritaba a voz en cuello : ¡Viva la revolución! ¡Abajo la Panamericana!, y tras él seguía la multitud enfebrecida, delirante, desenfrenada, destruyendo, destruyendo y destruyendo con fervor implacable y salvaje.
La tromba humana seguía atropellando. Por todas partes oíanse, disparos, descargas de metralla, llamas, caras siniestras, ruidos disímiles e ininterrumpidos y lluvia. La lluvia continuaba más fuerte, más inclemente que nunca. Bogotá era un remolino de pasiones desbordadas. «Mataron a Gaitán!, se oía decir a veces, y hombres y mujeres inundados en llanto y en cólera continuaban su marcha sin reposo y su acción destructora. Yo fui absorbido por aquella tromba humana y salvaje. Me olvidé de mi condición de diplomático. ¿Quién iba a saberlo? Yo tampoco lo sabía. Lo había olvidado. Yo no era yo. Era un ion perdido entre aquel maremágnum incontrolable.
Había dejado mi hotel y quise avanzar sin saber a dónde, ni por qué. Me empujaba una fuerza ciega, como ciega era aquella ola embravecida y apasionada que se olvidó de la lluvia, del trabajo, de la amistad y hasta de Dios. Caminé. Dí unos pasos. Retrocedí. Caí cien veces y otras tantas me levantó el grupo que pateaba y vociferaba, que disparaba tiros y blandía cuchillos y maderos, que lanzaba piedras y recibía ráfagas de metralla y lluvia de granadas y de gases lacrimógenos. En un momento dado, cuando había peleado yo con aquella masa anónima, arrebaté un rifle a un policía y avancé, disparando, haciendo fuego a diestro y siniestro, quebrando a culatazo a quien se me oponía. No sé cómo no me mataron. Yo continuaba ebrio de rabia y de locura, llegando a las cercanías de la antañona iglesia de San Fernando que ya no era más que un hacinamiento de ruinas humeantes.
El agua continuaba cayendo a cántaros. Serían ya las cinco de la tarde, y el combate continuaba. Estaba yo en las vecindades del Capitolio y a mis pies, casi, cayeron, barridos por el plomo vomitado por la riflería, quién sabe cuántos hombres. Paré un instante. Por un décimo de segundo me hice la pregunta de por qué estaba allí, en medio del peligro, cuando un machetazo despegaba la cabeza a un muchacho que gritaba casi a mi diestra. Entonces me acerqué a un muro, casi en el momento en que un poste ornamental caía arrancado de cuajo por un grupo rabioso que inundaba la plaza.
Alguien me habló. No sé qué me dijo. No pude avanzar más. No supe qué fue de mí. Había perdido el conocimiento. Se había hecho la sombra en mi cerebro. Yo no era yo. ¿Era cierto cuanto estaba viendo? A las ocho de la noche, la batahola sin nombre entraba a su término. Amainaba un poco. No así los incendios que seguían consumiendo manzanas enteras. Treinta y cinco edificios inmensos estaban hechos pavesas y no sé cuántos centenares de pequeñas edificaciones, barriadas enteras habían corrido igual suerte. Bogotá estaba en escombros.
Ocho horas habían bastado para quebrar todo el encanto de aquella urbe magnífica y orgullosa que se había convertido en el asiento de todo un continente. Ocho horas de furia humana, llegada a los extremos más inexplicables, había sido suficientes para producir una catástrofe que no la habría hecho mayor un terremoto ni un ciclón. Ocho horas de fuego, de lanzamientos de gases y de combate cuerpo a cuerpo en mil sitios distintos al mismo tiempo, botaron a la Atenas de América con su tradición de civilización helena gaya maestría y su belleza y modernidad no igualada a mil leguas a la redonda. Bogotá era esa noche un hacinamiento humeante.
Y no había sido pesadilla todo aquello. Era la visión directa de aquella gran tragedia, cuando todo un pueblo se arrancó furioso a Dios y se convirtió en bestia incontrolada e indómita, dejando lejos, perdida como epitafio a lo que Bogotá y Colombia habían sido, la frase de López de Mesa:
“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”»
(*) - Este texto, escrito por Hernández Franco tres semanas después de ocurrido el hecho que se relata, permaneció inédito hasta 1990, año en que lo publiqué en el periódico La Información, de Santiago. Años más tarde, el 28 de mayo del 2003, fue publicado en la edición especial del suplemento literario “Biblioteca” (Listín Diario), dirigido por el escritor y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua. A partir de esta fecha ha sido publicado en otros medios, entre estos, la revista literaria Mythos , julio 2010. : https://issuu.com/revistamythos/docs/mythos_46 (D.C.).
lunes, 6 de mayo de 2013
¿EL MARATÓN O LA MARATÓN ?
Por: Domingo Caba Ramos.
En un cable de prensa publicado en el diario ecuatoriano El Universo (17/4/2013) se lee lo siguiente:
«Las dos bombas que estallaron en medio de una multitud cerca de la meta en la Maratón de Boston causando la muerte de tres personas dispararon una búsqueda exhaustiva de los autores de un ataque que la Casa Blanca dijo que sería tratado como "un acto terrorista"»
Sobre el mismo hecho, la agencia de noticias británica Reuters informó que :
«Las bombas usadas el lunes contra el Maratón de Boston, que causaron tres muertos y 176 heridos, fueron fabricadas usando ollas a presión como superestructura, pólvora como el explosivo y perdigones como metralla adicional»
Nótese que mientras en el primer cable se habla de “la maratón”, en femenino; el segundo se refiere a “el maratón”, en masculino. Ante esta doble forma genérica, sé que más de un lector se preguntará de inmediato, ¿cuál, entonces, es la forma correcta, “el maratón” o “la maratón”?
Es posible que la mayoría afirme que la primera, pues se escucha más agradable y concordante, y al mismo tiempo rechace la segunda por percibirla discordante, chocante y desagradable, toda vez que la voz masculina maratón aparece modificada por un determinante femenino (la), sintagma que a todas luces contraviene una de las reglas generales de la concordancia que establece que el artículo concuerda con el sustantivo en género y número.
Sin embargo, según el criterio académico, ambas formas, “el maratón” y “la maratón”, son adecuadas; vale decir, la palabra maratón puede emplearse tanto en masculino como en femenino. Acerca de dicha palabra, el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, p.417, establece lo siguiente:
maratón. ‘Carrera pedestre de resistencia’ y, en general, ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’. Esta voz comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino; posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido: «Kurtis fue segundo en el maratón de Hong Kong» (Clarín [Arg.] 3.7.87); «Lo vimos de pantalón corto y cintillo corriendo una maratón» (Hoy [Chile] 2-8.6.97). No debe usarse la grafía marathón.
De la cita anterior se infiere que el término maratón puede utilizarse en doble género, primero, porque dicha palabra, por su propia naturaleza, pertenece al género masculino (concordancia gramatical)); segundo, porque alude a dos formas femeninas: a una ‘carrera’ y a una ‘competición’ (concordancia de sentido). Merced a este juicio, son gramaticalmente válidos enunciados del tipo:
1. Él nunca ha competido en un maratón.
2. Él nunca ha competido en una maratón.
Por: Domingo Caba Ramos.
En un cable de prensa publicado en el diario ecuatoriano El Universo (17/4/2013) se lee lo siguiente:
«Las dos bombas que estallaron en medio de una multitud cerca de la meta en la Maratón de Boston causando la muerte de tres personas dispararon una búsqueda exhaustiva de los autores de un ataque que la Casa Blanca dijo que sería tratado como "un acto terrorista"»
Sobre el mismo hecho, la agencia de noticias británica Reuters informó que :
«Las bombas usadas el lunes contra el Maratón de Boston, que causaron tres muertos y 176 heridos, fueron fabricadas usando ollas a presión como superestructura, pólvora como el explosivo y perdigones como metralla adicional»
Nótese que mientras en el primer cable se habla de “la maratón”, en femenino; el segundo se refiere a “el maratón”, en masculino. Ante esta doble forma genérica, sé que más de un lector se preguntará de inmediato, ¿cuál, entonces, es la forma correcta, “el maratón” o “la maratón”?
Es posible que la mayoría afirme que la primera, pues se escucha más agradable y concordante, y al mismo tiempo rechace la segunda por percibirla discordante, chocante y desagradable, toda vez que la voz masculina maratón aparece modificada por un determinante femenino (la), sintagma que a todas luces contraviene una de las reglas generales de la concordancia que establece que el artículo concuerda con el sustantivo en género y número.
Sin embargo, según el criterio académico, ambas formas, “el maratón” y “la maratón”, son adecuadas; vale decir, la palabra maratón puede emplearse tanto en masculino como en femenino. Acerca de dicha palabra, el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, p.417, establece lo siguiente:
maratón. ‘Carrera pedestre de resistencia’ y, en general, ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’. Esta voz comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino; posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido: «Kurtis fue segundo en el maratón de Hong Kong» (Clarín [Arg.] 3.7.87); «Lo vimos de pantalón corto y cintillo corriendo una maratón» (Hoy [Chile] 2-8.6.97). No debe usarse la grafía marathón.
De la cita anterior se infiere que el término maratón puede utilizarse en doble género, primero, porque dicha palabra, por su propia naturaleza, pertenece al género masculino (concordancia gramatical)); segundo, porque alude a dos formas femeninas: a una ‘carrera’ y a una ‘competición’ (concordancia de sentido). Merced a este juicio, son gramaticalmente válidos enunciados del tipo:
1. Él nunca ha competido en un maratón.
2. Él nunca ha competido en una maratón.
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