jueves, 28 de agosto de 2014
ASÍ RESEÑÓ EL DIARIO "LA INFORMACIÓN" EL SEPELIO DEL POETA HERNÁNDEZ FRANCO.
Por : Domingo Caba Ramos.
Tomás Hernández Franco
En el recién pasado mes de julio fue inaugurado en el cementerio del municipio de Tamboril el mausoleo en donde descansarán de manera definitiva los restos del laureado poeta, nativo de esta comunidad, Tomás Hernández Franco. Hernández Franco, autor de uno de los poemas capitales de la literatura dominicana, Yelidá (1942), nació en Tamboril el 29 de abril de 1904 y falleció en la ciudad de Santo Domingo el 1 de septiembre de 1952. Un día después de su muerte, el periódico La Información reseñó el infausto acontecimiento de la siguiente manera:
“EL SEPELIO DE HERNÁNDEZ FRANCO FUE MANIFESTACIÓN DE DUELO. LA VILLA DE TAMBORIL VISTIÓ CRESPONES AYER EN HONOR DE SU ESCLARECIDO HIJO”
«El cadáver de don Tomás Rafael Hernández Franco, periodista, escritor, poeta y orador de gran relieve dentro y fuera del país, fue trasladado ayer mismo, desde Ciudad Trujillo hasta su hogar de la villa de Tamboril, en donde los despojos mortales fueron recibidos por deudos, familiares y amigos, constituyéndose la comunidad de Peña en profundo duelo para rendir póstumo homenaje a la memoria de quien fue, indudablemente, uno de los más conspicuos de sus munícipes, tanto desde el punto social, cultural y político.
En las primeras horas de la tarde se conglomeraron en Tamboril centenares de personas, tanto de la localidad como de Santiago, Moca, La Vega, Ciudad Trujillo y de otras ciudades y pueblos, de donde numerosas personas acudieron a testimoniar sus afectos al desaparecido y a su distinguida familia, dando así cálida expresión al profundo sentimiento de pena que se ha producido en todos los círculos intelectuales y sociales del país con tan irreparable pérdida.
A las cuatro de la tarde se inició el acto del sepelio, partiendo la extraordinaria comitiva fúnebre desde la casa mortuoria, en la calle “Presidente Trujillo” (hoy Real), hasta la iglesia San Rafael, en donde fueron oficiados solemnes funerales.
Desde la iglesia se inició de nuevo el desfile fúnebre por la misma calle, hasta el cementerio, en donde se llevó a cabo la inhumación. En el trayecto, la banda municipal de música de la villa ejecutó varias piezas fúnebres. Sobre la recién abierta tumba fueron depositadas ofrendas florales, exponentes todas del afecto familiar y amistoso que siempre supo conquistar el intelectual desaparecido.
Nuevamente hacemos votos por el descanso eterno del compañero ido, y reiteramos nuestros votos de condolencia a todos sus deudos, muy especialmente a su viuda, doña Amparo Tolentino, a su hijito Tomasito, a sus hermanos Marino, Rafael Tomás, Villón, Melba, Mirtha y Mary Cruz, su suegro don Vicente Tolentino Rojas y demás que en una u otra hayan sido afectados por tan infausto suceso»
LA INFORMACIÓN
2 de septiembre de 1952.
jueves, 14 de agosto de 2014
EL HIMNO NACIONAL, ¿DÓNDE Y CUÁNDO DEBE INTERPRETRARSE?
El Himno Nacional, ¿dónde y cuándo debe interpretarse?
(Con motivo del ciento treintiún aniversario de su estreno)
Por: Domingo Caba Ramos.
EL Himno Nacional Dominicano, composición consagrada por la Ley No. 700, de fecha 30 de mayo de 1934, es una composición lírico – épica compuesta en 1883 por el abogado, maestro y poeta puertoplateño, Emilio Prud – Homme (1856 – 1932) y el músico José Reyes (1835 – 1905). Contrario a lo que podría pensarse, la música del Himno fue escrita primero que sus letras.
Se tocó por primera vez el 17 de agosto de 1883 en una velada que celebró la prensa nacional en la Logia Esperanza, Santo Domingo, para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la Republica Dominicana; pero su lento proceso de popularización se llevó a cabo a partir del 27 de febrero de 1884, fecha en que se realizó el traslado al país de los restos de Juan Pablo Duarte, fallecido en Caracas, Venezuela, en 1876. Ese día, el Himno Nacional se tocó durante todo el recorrido que llevó los restos del patricio desde el puerto de Santo Domingo hasta la Catedral Primada de América.
En los diez primeros años de su creación, el Himno tuvo muy poca difusión, vale decir, solo se escuchaba en la capital de la República y en días tan especiales como el 27 de febrero y el 16 de agosto de cada año. Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es a partir del año 1894 cuando se inicia el verdadero proceso de difusión del canto patriótico, debido a las múltiples ocasiones que hubo que interpretarlo para solemnizar los diversos actos organizados para celebrar el cincuentenario de la Independencia Nacional.
En 1897, el Congreso Nacional, luego de encendidas discusiones, resolvió aprobarlo como Himno Nacional de la República Dominicana. El general Ulises Heureaux (Lilís), entonces presidente del país, y entre cuyos desafectos políticos se contaba a Emilio Prud – Homme, engavetó, en lugar de promulgar la pieza legislativa, concediéndole así al tirano Trujillo la honrosa oportunidad de declarar oficial el himno, al promulgar, el 30 de mayo de 1934, la ley que durante treinta y siete años había permanecido engavetada.
Pero, ¿dónde y cuándo debe interpretarse el Himno?
Lamentable y extrañamente, no existe una ley ni una disposición oficial (decreto, resolución, ordenanza, etc.) que prescriba o establezca cuándo y dónde debe tocarse el himno nacional dominicano. A ningún legislador se le ha ocurrido una iniciativa de ley encaminada al logro de tan magno propósito. Así lo pude comprobar en una investigación realizada al respecto en febrero del 2004.
Entre otras instancias gubernamentales, esa investigación me condujo hasta la Consultoría Jurídica del Poder Ejecutivo. Aquí fueron claros y sinceros al informarme que desconocían la existencia de tal disposición legislativa, limitándose a remitirme a la Consultoría Jurídica del Ministerio de Interior y Policía. En este organismo se me informó, el subconsultor, que no existía ninguna medida legal que especificara el motivo y el lugar en que debían sonar las notas gloriosas de nuestro canto patriótico; pero que no veía inconvenientes en que se cantara siempre que se deseara, sin importar el propósito y el lugar. Ante tan vacua respuesta, por no esperarla y mucho menos compartirla, quedé más que sorprendido.
Lo cierto es que como a nadie se le puede impedir de hacer lo que la ley no prohíbe, nuestro canto a la Patria puede ser interpretado en cualquier sitio y por cualquier motivo. Ni siquiera nuestra Carta Magna establece nada al respecto. Lo único que en este texto se lee acerca de la patriótica composición de Reyes y Prud – Homme es la escueta o brevísima descripción que a continuación se transcribe: « El Himno Nacional es la composición musical de José Reyes con letras de Emilio Prud – Homme, y es único e invariable» (Artículo 33).
Con los otros dos símbolos, el Escudo y la Bandera Nacional, sucede exactamente lo mismo. El uso de uno y otro no está reglamentado desde el punto legal, y en la Constitución de la República (Artículos 31 y 32) solo aparece una breve descripción acerca de cada uno de ellos. Debido a esa ausencia de prescripción jurídica, no resulta extraño presenciar, con inmenso pesar y no menos rabia, a nuestra enseña tricolor flotando en el patio de un prostíbulo o cubriendo el ataúd en cuyo interior yace el cadáver de un delincuente.
(Con motivo del ciento treintiún aniversario de su estreno)
Por: Domingo Caba Ramos.
EL Himno Nacional Dominicano, composición consagrada por la Ley No. 700, de fecha 30 de mayo de 1934, es una composición lírico – épica compuesta en 1883 por el abogado, maestro y poeta puertoplateño, Emilio Prud – Homme (1856 – 1932) y el músico José Reyes (1835 – 1905). Contrario a lo que podría pensarse, la música del Himno fue escrita primero que sus letras.
Se tocó por primera vez el 17 de agosto de 1883 en una velada que celebró la prensa nacional en la Logia Esperanza, Santo Domingo, para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la Republica Dominicana; pero su lento proceso de popularización se llevó a cabo a partir del 27 de febrero de 1884, fecha en que se realizó el traslado al país de los restos de Juan Pablo Duarte, fallecido en Caracas, Venezuela, en 1876. Ese día, el Himno Nacional se tocó durante todo el recorrido que llevó los restos del patricio desde el puerto de Santo Domingo hasta la Catedral Primada de América.
En los diez primeros años de su creación, el Himno tuvo muy poca difusión, vale decir, solo se escuchaba en la capital de la República y en días tan especiales como el 27 de febrero y el 16 de agosto de cada año. Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es a partir del año 1894 cuando se inicia el verdadero proceso de difusión del canto patriótico, debido a las múltiples ocasiones que hubo que interpretarlo para solemnizar los diversos actos organizados para celebrar el cincuentenario de la Independencia Nacional.
En 1897, el Congreso Nacional, luego de encendidas discusiones, resolvió aprobarlo como Himno Nacional de la República Dominicana. El general Ulises Heureaux (Lilís), entonces presidente del país, y entre cuyos desafectos políticos se contaba a Emilio Prud – Homme, engavetó, en lugar de promulgar la pieza legislativa, concediéndole así al tirano Trujillo la honrosa oportunidad de declarar oficial el himno, al promulgar, el 30 de mayo de 1934, la ley que durante treinta y siete años había permanecido engavetada.
Pero, ¿dónde y cuándo debe interpretarse el Himno?
Lamentable y extrañamente, no existe una ley ni una disposición oficial (decreto, resolución, ordenanza, etc.) que prescriba o establezca cuándo y dónde debe tocarse el himno nacional dominicano. A ningún legislador se le ha ocurrido una iniciativa de ley encaminada al logro de tan magno propósito. Así lo pude comprobar en una investigación realizada al respecto en febrero del 2004.
Entre otras instancias gubernamentales, esa investigación me condujo hasta la Consultoría Jurídica del Poder Ejecutivo. Aquí fueron claros y sinceros al informarme que desconocían la existencia de tal disposición legislativa, limitándose a remitirme a la Consultoría Jurídica del Ministerio de Interior y Policía. En este organismo se me informó, el subconsultor, que no existía ninguna medida legal que especificara el motivo y el lugar en que debían sonar las notas gloriosas de nuestro canto patriótico; pero que no veía inconvenientes en que se cantara siempre que se deseara, sin importar el propósito y el lugar. Ante tan vacua respuesta, por no esperarla y mucho menos compartirla, quedé más que sorprendido.
Lo cierto es que como a nadie se le puede impedir de hacer lo que la ley no prohíbe, nuestro canto a la Patria puede ser interpretado en cualquier sitio y por cualquier motivo. Ni siquiera nuestra Carta Magna establece nada al respecto. Lo único que en este texto se lee acerca de la patriótica composición de Reyes y Prud – Homme es la escueta o brevísima descripción que a continuación se transcribe: « El Himno Nacional es la composición musical de José Reyes con letras de Emilio Prud – Homme, y es único e invariable» (Artículo 33).
Con los otros dos símbolos, el Escudo y la Bandera Nacional, sucede exactamente lo mismo. El uso de uno y otro no está reglamentado desde el punto legal, y en la Constitución de la República (Artículos 31 y 32) solo aparece una breve descripción acerca de cada uno de ellos. Debido a esa ausencia de prescripción jurídica, no resulta extraño presenciar, con inmenso pesar y no menos rabia, a nuestra enseña tricolor flotando en el patio de un prostíbulo o cubriendo el ataúd en cuyo interior yace el cadáver de un delincuente.
viernes, 1 de agosto de 2014
DEL PARTO BIOLÓGICO AL ALUMBRAMIENTO POÉTICO
Por: Domingo Caba Ramos.
«Ella es carne de mi vida, flor de mi pensamiento, cemento de mi alma.».
(Domingo Moreno Jimenes. De su "Poema a la hija reintegrada”)
Agosto 1 del 2013. El octavo mes del año arrancó o inauguró su recorrido como cualquier otro agosto veraniego: seco, ardiente, ciclónico y caluroso. Y en la medida en que el día avanzaba, los rayos de un sol de bronce, como llamas azuzadas por el viento, ardían, quemando la piel de cuantos transeúntes se desplazaban por las calles encendidas de la Ciudad Corazón . Sol de fuego. Sol de verano. Sol de agosto.
Ese día, hace hoy exactamente un año, para mí pudo haber trascurrido de lo más normal y sin importancia, de no ser porque en tal fecha habría de nacer mi pequeña Nicol María, el ser que días después se convertiría en “mi pequeño manojito de ternura” o en la más auténtica expresión de mi otro yo.
Desde las primeras horas de la mañana, se iniciaron en la clínica Unión Médica del Norte los ajetreos prepartos. En ese “pallí pacá” yo me comportaba, aparentemente, con una calma o naturalidad que de ninguna manera ponía al descubierto la ansiedad y el nerviosismo que internamente aceleraban los latidos de mi corazón.
Aproximadamente a las diez (A.M.) comenzó el doctor Omar González su proceso ginecológico. Mientras mi tensión aumentaba, el personal de enfermería que lo asistía, como si nada estuviera ocurriendo y ya acostumbrado a esos menesteres, reía, charlaba y emitía una que otra ocurrencia , muchas de ellas preñadas de la más inigualable picardía. El pediatra, Dr. Carlos Juan Martínez, callado y atento, esperaba tranquilo a que en sus manos fuera depositada su futura pacientica.
En el área de cirugía, otros médicos ejecutaban la misma tarea para arrojar como resultados alumbramientos diferentes. Por esa razón, en la sala de estar, separada de la de cirugía por un cristal transparente, cada quien esperaba impaciente a que le enseñaran a su recién nacido retoño. Por eso, desde que los aplausos tronaban en el ambiente, los padres allí presentes abandonábamos rápidamente nuestros asientos para ver “si ese el mío”
. Así me mantuve, parándome y sentándome hasta minutos antes de las once. En este momento nuevamente los aplausos volvieron a escucharse. Cuando me levanté y observé a través del cristal, esta vez el impacto emocional fue indescriptible. Del otro lado, rebosante de alegría, la coordinadora de la referida sala y muy apreciada cuñada nuestra, Josefina Rubio (Gina), alzó la niña semidormida que yacía en sus abrazos, y dirigiéndose a mí, realizó una señal con su mano derecha para informarme aquello de que “Ya nació, esta es la tuya…”.
No supe qué hacer. Por un momento quedé en el limbo. Una gruesa lágrima rodó por mi cuerpo, las piernas me temblaron y, sin pensarlo dos veces, tuve que sentarme. Fue entonces cuando recordé los versos del poeta ( Moreno Jimenes), y con estos ordené, con fuerza, pero en silencio:
«Tibien la leche terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídenmela, hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi pensamiento,
cemento de mi alma.».
Y fue entonces cuando me pareció escuchar el mandato de una voz interior que me decía: « Al igual que tu esposa y madre de tu niña, tú también tienes que parir…”.
Y fue entonces cuando terminé los versos o se consumó el alumbramiento del poema que más abajo se trascribe, cuya escritura inicié a las 9:45 A.M. en la sala de espera, justamente en el preciso instante en que se inició la ejecución del parto biológico en la sala de cirugía.
¡SALVE! MI BELLA NICOL
(A tu abuelita Librada, quien hubiera dado la vida por conocerte)
¡Hosanna! Nicol María,
¡Salve! mi niña adorada,
con pétalos de guirnalda,
yo te espero este gran día!
¡Salve! mi bello tesoro,
lucero de mi existencia,
hoy proclamo con potencia,
¡yo te adoro! ¡Yo te adoro!
Las rutas de mi existencia,
tu presencia alumbrará,
la espina de mis tormentos,
tu sonrisa extirpará.
¡Salve! mi lindo angelito,
mi bella estrella, mi sol,
¡Salve! mi tierno cielito
¡Salve! mi bella Nicol.
Tu padre.
Unión Médica, Santiago de los Caballeros.
1/8/2013 9:45a.m.
NOTAS: Este artículo se publica hoy (1/8/2014) con motivo de cumplirse en esta fechael primer año de vida de la protagonista de nuestra historia: Nicol María Caba Siberio, la más auténtica expresión de mi otro yo. Sencillamente una flor que llora y un diamante que respira.
«Ella es carne de mi vida, flor de mi pensamiento, cemento de mi alma.».
(Domingo Moreno Jimenes. De su "Poema a la hija reintegrada”)
Agosto 1 del 2013. El octavo mes del año arrancó o inauguró su recorrido como cualquier otro agosto veraniego: seco, ardiente, ciclónico y caluroso. Y en la medida en que el día avanzaba, los rayos de un sol de bronce, como llamas azuzadas por el viento, ardían, quemando la piel de cuantos transeúntes se desplazaban por las calles encendidas de la Ciudad Corazón . Sol de fuego. Sol de verano. Sol de agosto.
Ese día, hace hoy exactamente un año, para mí pudo haber trascurrido de lo más normal y sin importancia, de no ser porque en tal fecha habría de nacer mi pequeña Nicol María, el ser que días después se convertiría en “mi pequeño manojito de ternura” o en la más auténtica expresión de mi otro yo.
Desde las primeras horas de la mañana, se iniciaron en la clínica Unión Médica del Norte los ajetreos prepartos. En ese “pallí pacá” yo me comportaba, aparentemente, con una calma o naturalidad que de ninguna manera ponía al descubierto la ansiedad y el nerviosismo que internamente aceleraban los latidos de mi corazón.
Aproximadamente a las diez (A.M.) comenzó el doctor Omar González su proceso ginecológico. Mientras mi tensión aumentaba, el personal de enfermería que lo asistía, como si nada estuviera ocurriendo y ya acostumbrado a esos menesteres, reía, charlaba y emitía una que otra ocurrencia , muchas de ellas preñadas de la más inigualable picardía. El pediatra, Dr. Carlos Juan Martínez, callado y atento, esperaba tranquilo a que en sus manos fuera depositada su futura pacientica.
En el área de cirugía, otros médicos ejecutaban la misma tarea para arrojar como resultados alumbramientos diferentes. Por esa razón, en la sala de estar, separada de la de cirugía por un cristal transparente, cada quien esperaba impaciente a que le enseñaran a su recién nacido retoño. Por eso, desde que los aplausos tronaban en el ambiente, los padres allí presentes abandonábamos rápidamente nuestros asientos para ver “si ese el mío”
. Así me mantuve, parándome y sentándome hasta minutos antes de las once. En este momento nuevamente los aplausos volvieron a escucharse. Cuando me levanté y observé a través del cristal, esta vez el impacto emocional fue indescriptible. Del otro lado, rebosante de alegría, la coordinadora de la referida sala y muy apreciada cuñada nuestra, Josefina Rubio (Gina), alzó la niña semidormida que yacía en sus abrazos, y dirigiéndose a mí, realizó una señal con su mano derecha para informarme aquello de que “Ya nació, esta es la tuya…”.
No supe qué hacer. Por un momento quedé en el limbo. Una gruesa lágrima rodó por mi cuerpo, las piernas me temblaron y, sin pensarlo dos veces, tuve que sentarme. Fue entonces cuando recordé los versos del poeta ( Moreno Jimenes), y con estos ordené, con fuerza, pero en silencio:
«Tibien la leche terciada con agua,
para si mi chiquitina despierta.
Cuídenmela, hasta que se vuelva esperma como
capullo inmortal el cuidado.
Ella es carne de mi vida, flor de mi pensamiento,
cemento de mi alma.».
Y fue entonces cuando me pareció escuchar el mandato de una voz interior que me decía: « Al igual que tu esposa y madre de tu niña, tú también tienes que parir…”.
Y fue entonces cuando terminé los versos o se consumó el alumbramiento del poema que más abajo se trascribe, cuya escritura inicié a las 9:45 A.M. en la sala de espera, justamente en el preciso instante en que se inició la ejecución del parto biológico en la sala de cirugía.
¡SALVE! MI BELLA NICOL
(A tu abuelita Librada, quien hubiera dado la vida por conocerte)
¡Hosanna! Nicol María,
¡Salve! mi niña adorada,
con pétalos de guirnalda,
yo te espero este gran día!
¡Salve! mi bello tesoro,
lucero de mi existencia,
hoy proclamo con potencia,
¡yo te adoro! ¡Yo te adoro!
Las rutas de mi existencia,
tu presencia alumbrará,
la espina de mis tormentos,
tu sonrisa extirpará.
¡Salve! mi lindo angelito,
mi bella estrella, mi sol,
¡Salve! mi tierno cielito
¡Salve! mi bella Nicol.
Tu padre.
Unión Médica, Santiago de los Caballeros.
1/8/2013 9:45a.m.
NOTAS: Este artículo se publica hoy (1/8/2014) con motivo de cumplirse en esta fechael primer año de vida de la protagonista de nuestra historia: Nicol María Caba Siberio, la más auténtica expresión de mi otro yo. Sencillamente una flor que llora y un diamante que respira.
martes, 15 de julio de 2014
EL DOCTOR BALAGUER VISTO A TRAVÉS DE UN PRÓLOGO
Siempre lo he dicho: para desmadejar los hilos
causales que siempre movieron el comportamiento político del expresidente de la
República Dominicana, Joaquín Antonio Balaguer Ricardo (Navarrete, 1
de septiembre de 1906 – Santo Domingo, 14 de julio de 2002),
es necesario leer las ideas o concepciones plasmadas en sus escritos.
En otras palabras, para conocer al auténtico Joaquín Balaguer tenemos, necesariamente, que estar en contacto y desentrañar el contenido profundo de su producción bibliográfica.
Entre todos sus textos, existe uno que a nuestro juicio, y coincidiendo así con el fenecido y otrora polémico escritor Juan Isidro Jiménez Grullón, retrata mejor que ningún otro la verdadera personalidad del autor de “Los carpinteros” y de “El cristo de la libertad”. Nos referimos al prólogo de su “Tebaida lírica”.
En 1922, cuando apenas tenía quince años de edad, el Dr. Balaguer publicó su primer libro de versos: “Claros de luna”, obra cuyo valor literario, al parecer, fue bastante vapuleado por la crítica literaria de entonces.
Balaguer, que nunca aceptó ni muchos menos perdonó las críticas de sus adversarios, aprovechó el prólogo del siguiente libro publicado, “Tebaida lírica” (1924), para responder en forma rabiosa a quienes osaron cuestionar las credenciales estéticas de los primeros “partos de su fantasía”. He aquí una especie de breve informe descriptivo acerca del contenido del prólogo en cuestión. Una sola oración le basta al autor para anunciar su ardiente ensañamiento:
“Abro este paréntesis para llenarlo de odio y de gratitud”.
¿A quién dice odiar quien fuera uno de los más brillantes oradores dominicanos?. Estas son sus palabras al respecto:
“Odio a los que en plazas y corrillos me combatieron acerbamente: odio a los poetas afeminados que envidian la virilidad de mi arte: odio a los consagrados que no han querido tenderle la mano al jovenzuelo imberbe que los abruma con su orgullo, y odio, finalmente, a todos los pachecos que, no atreviéndose a combatirme con la pluma, se encogieron de hombros cuando vieron al mozuelo audaz cruzar tras la apolínea caravana”.
Mientras su expresión de odio engloba a lo que él llama “rebaño de intelectuales imbéciles”, la nota de gratitud se reserva de manera exclusiva para César Tolentino quien “al aparecer mis Claros de Luna”, afirma Balaguer, “fue el primero que me saludó como a un compañero novel acogiendo en las columnas de La Información los partos de mi fantasía”.
Al tiempo de manifestar su único agradecimiento al entonces director del diario La Información, Balaguer confiesa que no precisa del concurso de los demás para desenvolverse como ente social. En tal sentido apunta lo siguiente:
“... Y a él es el primero y quizás al último que puedo agradecer algo, porque aún tengo el orgullo de ser, en nuestro medio árido, como una planta rara que sólo necesita vivir de la savia de su arte y del aire que respira en la atmósfera de sus sueños. Por eso pongo entre este zarzal de odios una sola flor de gratitud”
Pero ese “zarzal de odios” parece desbordar los límites del “rebaño de intelectuales imbéciles” de nuestro país, para volcarse en contra del medio geográfico en que nació y creció el eterno inquilino del Palacio Nacional. De ahí que más adelante exprese con furia incontenible:
“Yo aborrezco el ambiente en que me ha tocado nacer, pero aborrezco más a los intelectuales (con muy pocas excepciones) con quienes he tenido la mala suerte de codearme”.
En el párrafo que sigue, el Dr. Balaguer manifiesta en forma clara y precisa el alto placer que experimenta frente al encono, quejas o protestas de quienes lo enfrentan:
“Mi Tebaida Lírica - declara de manera enfática - molestará a muchos (yo gozo molestando) y algunos rebuznarán como borricos (yo gozo oyendo rebuznar) en la estéril sabana de las letras”.
Y concluye su famoso prólogo con un reto que no podía ser más sugerente o sintomático:
“Pero yo, como el poeta Adán Aguilar, a todos los espero para combatirlos, uno a uno como caballeros, a todos juntos como malandrines”.
Vistas las citas precedentes, considero que Balaguer fue bastante coherente con su pensamiento , vale decir, existió una estrecha vinculación entre las ideas y la praxis política de quien fuera uno de los principales colaboradores del dictador Rafael Leónidas Trujillo Molina (1891 – 1961); pues se necesita aborrecer "el ambiente en que me ha tocado nacer..." para convertirse en títere o mano derecha de un dictador como el presidente Trujillo, y haber encabezado él mismo ( Balaguer) un período (1966 – 1978 ) de terror, corrupción y violación a los derechos humanos como fueron sus tristemente célebres doce años de gobiernos. Sin embargo, talvez resultaría más importante que sean los lectores quienes extraigan sus propias conclusiones.
Principio del formulario
viernes, 11 de julio de 2014
EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD LINGUISTICA DE LOS DOMINICANOS.
Por: Domingo Caba Ramos.
“… no hay un español mejor, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio. Al margen queda lo que la comunidad considera correcto y eso lo es en cada sitio de manera diferente. El español mejor es el que hablan las gentes instruidas de cada país: espontáneo sin afectación, correcto sin pedantería, asequible por todos los oyentes"
(Manuel Alvar)
El tema que hoy ocupa nuestra atención atañe a uno de los conceptos con que opera la sociolingüística: al de actitudes lingüísticas, que no son más que todas aquellas reacciones subjetivas a partir de las cuales el sujeto hablante rechaza o asume determinadas estructuras de su lengua materna.
Si toda actitud emana de una creencia, valdría entonces preguntarse:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su lengua?
Tan pronto como intentamos dar respuesta a esa interrogante, otro cuestionamiento aflora necesariamente a nuestra mente:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su país?
Sencillamente que somos inferiores al resto de las demás naciones. Y conforme a esta concepción, el dominicano no cree ni confía en lo dominicano. Sufrimos, pues, de "dominicanofobia".
Para el dominicano promedio nada de lo nuestro sirve. El plátano embrutece. El merengue despierta las bajas pasiones. Bailar o escuchar ritmos extraños prestigia. El paisaje nativo nos produce náusea. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made In” nos embriaga y pletóricos de satisfacción compramos en Estados Unidos el pantalón que se fabrica en una de nuestras zonas francas.
Para florecer y crecer necesitamos de otros aires y de otros soles. “La atmósfera de este país, sentenció uno de nuestros escritores, no es propicia al desarrollo superior de los espíritus”.
Acostumbramos a autodescribirnos con los más despectivos e hirientes calificativos. Somos holgazanes, viciosos, lambones, turbulentos, ladrones, jugadores, primitivos y borrachones.
Imbuidos por ese “dominicanofóbico” sentimiento, el célebre Tomás Babadillas jamás confió en que los dominicanos por sí solos lograrían la Independencia Nacional. Por eso llamó locos e ilusos a Duarte y demás trinitarios.
Pedro Santana, por la misma razón, anexó la República a España. De igual manera, procedió Buenaventura Báez. Y hasta un patriota del calibre de Félix María del Monte prefirió, en su famoso “Himno a la Independencia”, para invocar o referirse a los dominicanos, prefirió emplear el gentilicio “españoles”:
“Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir”.
El 14 de julio del 2002 falleció un veterano escritor y político dominicano, Joaquín Balaguer, quien en uno de sus primeros libros, Tebaida Lírica, dice aborrecer el suelo patrio que lo vio nacer:
“Yo - confiesa Balaguer con rabioso y molesto acento - aborrezco el ambiente en que me ha tocado nacer, pero aborrezco más a los intelectuales (con muy pocas excepciones) con quienes he tenido la mala suerte de codearme...”
Esa es la creencia que muchos dominicanos tienen acerca de la patria en que nacieron. Y ese es el mismo criterio que poseen en torno a su lengua.
Perciben el español que hablan y escriben como el más inferior de los dialectos que forman parte del mundo hispánico. De ahí que suelan afirmar con inusitada insistencia que los colombianos, argentinos, chilenos, mexicanos, etc., hablan mejor que nosotros; juicio que por partir de una visión preceptista o normativista de la lengua carece por completo de soporte lingüístico o fundamentación teórica. Y es que desde el punto de vista científico no existen lenguas superiores a otras, ni sociedades cuyos hablantes hablen mejor que otros.
La lengua cumple una función fundamental : establecer la comunicación entre las personas. Lo de bien o mal son simples valores, conceptos axiológicos cuyo tratamiento escapa al interés de la ciencia. Son apreciaciones que se estructuran en función de una norma gramatical impuesta por una comunidad lingüística determinada.
“Desde una perspectiva teórica, científica y lingüística - apunta Orlando Alba al respecto - de ninguna manera se justifica afirmar que una variedad geográfica de la lengua es mejor que otra" (La identidad lingüística de los dominicanos, 2009: 14)
Tal razonamiento conduce al afamado investigador y lingüista nativo de Santiago, a afirmar con indiscutible acierto:
“Cuando un hablante asume una actitud negativa con respecto a su lengua, pensando que es inferior a otra, simplemente revela una opinión subjetiva que no se fundamenta necesariamente en razones lingüísticas, sino en hechos de carácter extralingüístico" (ob. cit., págs. 18-19)
Para los nacidos en esta tierra de Quisqueya, la norma lingüística parece imponerla siempre el extranjero. Hablar a lo dominicano desprestigia o resta distinción. De ahí nuestra tendencia a imitar el habla de otras naciones o a identificar con nombres en inglés a establecimientos comerciales.
Y a saludar, cuando nos llaman por teléfono, no con nuestro criollo “buenos días” o “buenas tardes”, sino con un afamado y cantarín: ¡“Jelou”!
“… no hay un español mejor, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio. Al margen queda lo que la comunidad considera correcto y eso lo es en cada sitio de manera diferente. El español mejor es el que hablan las gentes instruidas de cada país: espontáneo sin afectación, correcto sin pedantería, asequible por todos los oyentes"
(Manuel Alvar)
El tema que hoy ocupa nuestra atención atañe a uno de los conceptos con que opera la sociolingüística: al de actitudes lingüísticas, que no son más que todas aquellas reacciones subjetivas a partir de las cuales el sujeto hablante rechaza o asume determinadas estructuras de su lengua materna.
Si toda actitud emana de una creencia, valdría entonces preguntarse:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su lengua?
Tan pronto como intentamos dar respuesta a esa interrogante, otro cuestionamiento aflora necesariamente a nuestra mente:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su país?
Sencillamente que somos inferiores al resto de las demás naciones. Y conforme a esta concepción, el dominicano no cree ni confía en lo dominicano. Sufrimos, pues, de "dominicanofobia".
Para el dominicano promedio nada de lo nuestro sirve. El plátano embrutece. El merengue despierta las bajas pasiones. Bailar o escuchar ritmos extraños prestigia. El paisaje nativo nos produce náusea. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made In” nos embriaga y pletóricos de satisfacción compramos en Estados Unidos el pantalón que se fabrica en una de nuestras zonas francas.
Para florecer y crecer necesitamos de otros aires y de otros soles. “La atmósfera de este país, sentenció uno de nuestros escritores, no es propicia al desarrollo superior de los espíritus”.
Acostumbramos a autodescribirnos con los más despectivos e hirientes calificativos. Somos holgazanes, viciosos, lambones, turbulentos, ladrones, jugadores, primitivos y borrachones.
Imbuidos por ese “dominicanofóbico” sentimiento, el célebre Tomás Babadillas jamás confió en que los dominicanos por sí solos lograrían la Independencia Nacional. Por eso llamó locos e ilusos a Duarte y demás trinitarios.
Pedro Santana, por la misma razón, anexó la República a España. De igual manera, procedió Buenaventura Báez. Y hasta un patriota del calibre de Félix María del Monte prefirió, en su famoso “Himno a la Independencia”, para invocar o referirse a los dominicanos, prefirió emplear el gentilicio “españoles”:
“Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir”.
El 14 de julio del 2002 falleció un veterano escritor y político dominicano, Joaquín Balaguer, quien en uno de sus primeros libros, Tebaida Lírica, dice aborrecer el suelo patrio que lo vio nacer:
“Yo - confiesa Balaguer con rabioso y molesto acento - aborrezco el ambiente en que me ha tocado nacer, pero aborrezco más a los intelectuales (con muy pocas excepciones) con quienes he tenido la mala suerte de codearme...”
Esa es la creencia que muchos dominicanos tienen acerca de la patria en que nacieron. Y ese es el mismo criterio que poseen en torno a su lengua.
Perciben el español que hablan y escriben como el más inferior de los dialectos que forman parte del mundo hispánico. De ahí que suelan afirmar con inusitada insistencia que los colombianos, argentinos, chilenos, mexicanos, etc., hablan mejor que nosotros; juicio que por partir de una visión preceptista o normativista de la lengua carece por completo de soporte lingüístico o fundamentación teórica. Y es que desde el punto de vista científico no existen lenguas superiores a otras, ni sociedades cuyos hablantes hablen mejor que otros.
La lengua cumple una función fundamental : establecer la comunicación entre las personas. Lo de bien o mal son simples valores, conceptos axiológicos cuyo tratamiento escapa al interés de la ciencia. Son apreciaciones que se estructuran en función de una norma gramatical impuesta por una comunidad lingüística determinada.
“Desde una perspectiva teórica, científica y lingüística - apunta Orlando Alba al respecto - de ninguna manera se justifica afirmar que una variedad geográfica de la lengua es mejor que otra" (La identidad lingüística de los dominicanos, 2009: 14)
Tal razonamiento conduce al afamado investigador y lingüista nativo de Santiago, a afirmar con indiscutible acierto:
“Cuando un hablante asume una actitud negativa con respecto a su lengua, pensando que es inferior a otra, simplemente revela una opinión subjetiva que no se fundamenta necesariamente en razones lingüísticas, sino en hechos de carácter extralingüístico" (ob. cit., págs. 18-19)
Para los nacidos en esta tierra de Quisqueya, la norma lingüística parece imponerla siempre el extranjero. Hablar a lo dominicano desprestigia o resta distinción. De ahí nuestra tendencia a imitar el habla de otras naciones o a identificar con nombres en inglés a establecimientos comerciales.
Y a saludar, cuando nos llaman por teléfono, no con nuestro criollo “buenos días” o “buenas tardes”, sino con un afamado y cantarín: ¡“Jelou”!
domingo, 15 de junio de 2014
LOS ACORTAMIENTOS DE PALABRAS EN EL ESPAÑOL DOMINICANO.
Por : Domingo Caba Ramos.
Los acortamientos de palabras están muy, pero muy moda. Los jóvenes los han creado e integrado a sus cotidianas formas de expresión. Y es tal la magnitud de su empleo, que no obstante carecer tales acortamientos de pertinencia léxica y aprobación académica, los adultos, mediante el proceso de arrastre e irracional imitación, también los han incorporado a sus habituales usos lingüísticos. No extraña, pues, leer en las redes sociales y otras fuentes escritas, irregulares enunciados como los siguientes:
1.« Aquí estamos en el "cumple" de mi amiga…»
2. «A mi niño le fue muy bien en el "cole"…»
3. «En la semana próxima comenzaré mis estudios de medicina en la "uni" »
4. «Yo estoy "tranqui", aquí en casita»
¿Por qué los no jóvenes y hasta profesores de lengua española utilizan estos cortes indebidos de palabras, así como el llamado sociolecto de la juventud?
Sencillamente porque de manera impensable resultan atrapados por la moda léxica o en las redes del proceso de masificación lingüística. Esta masificación conduce al usuario de la lengua a hablar irracionalmente como hablan los demás y a escribir como escriben los demás.
Conviene aclarar que en el contexto linguístico en que se usan, voces como las susodichas : "uni", "cole", "cumple" y "tranqui", carecen por completo de fundamentacion lexical . En el caso específico de "cumple", el único significado que desde el punto de vista semántico soporta es el de ser voz correspondiente a la tercera persona del singular del verbo cumplir; pero nunca el de ser sinónimo de cumpleaños.
El Premio Nobel de Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, afirmó en una entrevista publicada no hace mucho que los jóvenes que acortan las palabras y vulneran las reglas gramaticales en los chats de internet, Twitter y Facebook piensan "como un mono".
Merced a ese juicio, yo agrego que no solo los jóvenes. También muchos adultos incurren en el desatino léxico de escribir, como los jóvenes, “uni”, por universidad; “cole”, por colegio; “tranqui”, por tranquilo; “cumple”, por cumpleaños; “bn”, por bien; “klk”, por qué lo qué; “vien2”, por viendo; “llovien2”, por lloviendo; “xq”, en vez de por qué; “100pre", en vez de siempre.
viernes, 6 de junio de 2014
LAS EXCUSAS, ¿SE PIDEN O SE OTORGAN?
Por: Domingo Caba Ramos.
« Yo te pido excusa, Robert – dije al director del Archivo Histórico de Santiago, Lic. Robert Espinal - por no haber podido asistir a la puesta en circulación del libro “Minicosas de un latidesorden” (mayo, 2009), de don Román Franco Fondeur»
Un señor, que en la oficina de aquel se encontraba presente, al escucharme, corrigió de inmediato:
« Las excusas no se piden, se otorgan…»
Convencido de la validez de su sabia corrección, no tuve más que responderle:
« Gracias caballero, tiene usted toda la razón, las excusas no se piden, se otorgan…»
El protagonista de nuestra historia, no es lingüista, profesor de lengua española, ni nada que se parezca. Se trata simplemente de un humilde hombre del pueblo, muy leído talvez, que tuvo la osadía de corregir con inigualable deferencia, cortesía y sabiduría el error conceptual que en el uso de la lengua cometió el lingüista y profesor que tenía a su lado.
¡Cómo disfruto la sabiduría del ignorante aparente!
Una excusa no es más que el «Motivo o pretexto que se invoca para eludir una obligación o disculpar una omisión»
El motivo o pretexto invocado tiene como propósito justificar una falta cometida o sacar libre a alguien de la culpa que se le imputa. Siendo así, quien está obligado a conceder la excusa no es la persona a la cual se le ha faltado, sino aquella que ha incurrido en la falta.
Y siendo así, lo válido o aceptable sería decir: “Yo quiero o debo presentarte mi excusa…” o “Yo quiero que tú me excuses…” Afirmar esto último, sería lo mismo que solicitar: “Yo quiero que tú me perdones…”. Porque como bien aclaró mi oportuno corrector:
“LA EXCUSAS NO SE PIDEN, SE OTORGAN”
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