(Al
magisterio nacional y a todos los padres y madres de niños autistas)
Por: DOMINGO CABA RAMOS
Albert Einstein
«Los Trastornos Generalizados del
Desarrollo (TGD) conforman un sistema heterogéneo, el cual está basado en procesos
neurobiológicos, que dan origen a déficits en múltiples áreas funcionales,
llevando al niño a una alteración difusa y generalizada en su desarrollo»
(Mariela Arce Guerschberg)
En el año 2007, la Asamblea General
de las Naciones Unidas declaró el 2 de abril como el Día Mundial de Concienciación
sobre el Autismo
. Tal designación tuvo como propósito subrayar la necesidad de ayudar a mejorar
la vida de los niños y adultos que sufren este trastorno con el fin de que
puedan llevar una vida plena y satisfactoria. Desde entonces, organizaciones
dedicadas al autismo en todo el mundo han colaborado para dar a conocer ese
día.
Pero no solo en esa fecha ni en el
mes de abril debemos en el mundo encender la llama de esa concienciación. Con
las palabras de Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones
Unidas, vale precisar y/o destacar que siempre “… debemos reafirmar nuestro
compromiso con esos valores, que incluyen la igualdad, la equidad y la
inclusión y nuestra determinación de promover la plena participación de todas
las personas con autismo, asegurándonos de que dispongan de las herramientas
necesarias para ejercer sus derechos y libertades fundamentales".
1.
¿QUÉ ES EL AUTISMO?
Técnicamente conocido como Trastorno
del Espectro Autista (TEA) el autismo, entre otros conceptos, ha sido definido como:
a) “Un retraso y una desviación de los patrones
evolutivos normales, que afectan básicamente la comunicación, la interacción
social y la conducta“
b) “Un trastorno psicológico que se caracteriza
por la intensa concentración de una persona en su propio mundo interior y la progresiva
pérdida de contacto con la realidad exterior”
c) “Un
trastorno del desarrollo que afecta a la comunicación y a la interacción
social, caracterizado por patrones de comportamiento restringidos, repetitivos
y estereotipados”.
Nótese que todas
las definiciones entrañan la idea de que el autismo no es más que un trastorno
que afecta o impacta el desarrollo
normal del cerebro, en áreas relacionadas con la interacción social y con las
habilidades comunicativas, y es por eso
que suele denominársele como “Discapacidad
del desarrollo”. En otras palabras, el autismo no es una enfermedad, ni
mucho menos, una enfermedad mental. El autista, entiéndase no es loco ni idiota.
De ahí que autistas famosos han demostrado poseer un coeficiente intelectual
(CI) por encima del promedio. Fueron o
son autistas, artistas y científicos tan brillantes como Albert Einstein, Isaac
Newton, Ludwig Van Beethoven, Bill Gates, Michael Jackson, Woody Allen y
Amadeus Mozart
Ludwig van Beethoven
2.
INCIDENCIA.
Según la autora Mariela Arce G., en
su muy documentado libro “Autismo” (2008: 20):
“La estadística más citada es que
el autismo se manifiesta en 4.5 de cada 10,000 niños nacidos vivos”, de
acuerdo a estudios realizados en los Estados Unidos e Inglaterra. “Además
– continúa explicando esta investigadora – se calcula que los niños que muestran
conductas parecidas al autismo se sitúan entre 15 y 20 casos por cada 10.000”;
pero “los
casos de prevalencia del autismo – aclara – varían dependiendo del país,
desde 2 por 10.000 en Alemania, hasta 16 por 10.000 en Japón”
Y en cuanto a la incidencia por
sexo, plantea Mariela Arce que “Es tres a cuatro veces más probable que
el autismo afecte más a los hombres que a las mujeres. Esta diferencia de sexo –
finalmente aclara la susodicha autora - no es única para el autismo, ya que muchas
incapacidades del desarrollo son más frecuentes en hombres que en mujeres…”
Merced al trastorno que padecen,
los niños y demás personas autistas merecen el afecto y comprensión no solo de
los padres, sino de todos los miembros de la familia y de la sociedad en
general. Y, lo que es más importante, merecen que el Estado y las instituciones
privadas les respeten sus derechos, especialmente el derecho a la educación,
evitando cualquier forma de discriminación o exclusión social que afecte aún
más su desarrollo y su inserción en seno de la sociedad.
Esto último lo decimos, pues para
nadie es un secreto los altos niveles de rechazo que sufren los niños autistas
en la República Dominicana, especialmente en la mayoría de colegios y escuelas
públicas, donde se les niega la inscripción o intentan expulsarlos tan pronto
los maestros descubren que se trata de niños o adolescentes afectados por el
referido trastorno. Merced a este planteo, entiendo que ya es tiempo de que el
Ministerio de Educación destine parte de su jugoso presupuesto con miras a
formar maestros con las competencias requeridas para tratar con este topo de
niños. De esa manera carecería de justificación y validez la tan manejada
excusa de directores de centros, cuando los padres solicitan inscripción
para sus hijos afectados por el
trastorno del espectro autista: «Lamentable
te no contamos con maestros entrenados en la enseñanza de niños con ese
trastorno…»
En Santiago de los Caballeros, por ejemplo,
esa práctica excluyente es muy común hasta en colegios (evangélicos) en los que
el nombre de Cristo, un ser que nunca excluyó, es pronunciado cada treinta
segundos por seguidores suyos que no prestigian con sus ejemplos lo que
predican. Sin embargo, y aunque escasos, agraciadamente existen centros
educativos que practican con indiscutible convicción y humana conciencia la
inclusión, y esos niños especiales o con discapacidades del desarrollo son
acogidos allí con todo el amor, respeto e igualdad que la condición humana
demanda.
Por último, no puedo terminar estas
palabras sin antes hacerles un llamado a muchos padres de niños autistas que
tan pronto sus vástagos son diagnosticados con semejante trastorno, lo
abandonan para siempre, terminan la relación conyugal y se marchan de la casa
para que sea la madre del infante afectado quien cargue con toda la
responsabilidad en todo lo que tiene con ver con el tratamiento del problema.
Tan insensible, irresponsable y antipaternal conducta constituye un acto cruel,
perverso e inhumano. El padre que así procede parece carecer de la más
elemental conciencia como para entender que el gran sacrificio que entraña la
crianza y cuidado de un niño especial, es misión permanente no solo de la
progenitora, sino de los dos, vale decir, tanto del padre como de la madre. El
padre que así se comporta, estoy más que convencido, aunque se ufane de ser
«cristiano», debería prohibírsele terminantemente pronunciar el nombre de Dios.
(PUBLICADO EN DIARIO LIBRE EN FECHA 3/4/2024