(Con motivo de su cumpleaños número ochenta y siete)
Selección de artículos, la mayoría publicados por el autor en la prensa nacional. DOMINGO CABA RAMOS : Educador, linguista, profesor universitario de Lengua y Literatura, articulista y Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Además de Maestro Normal Primario ( Esc. Normal "Luis Núñez Molina"), cursó estudios de licenciatura en Educación : Mención Filosofía y Letras (UASD) y de Maestría en Educación Superior : Mención Linguística ( UASD) E-mail : dcaba5@hotmail.com
(Con motivo de su cumpleaños número ochenta y siete)
Por : Domingo Caba Ramos
En los últimos
días han muertos varios ciudadanos tras ser golpeados por policías en
diferentes cuarteles. Tales hechos me hacen recordar los versos pletóricos de
contenido social del Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén (1902 – 1989 ):
NO SÉ POR
QUÉ PIENSAS TÚ (1937)
No sé por
qué piensas tú,
soldado, que te odio yo,
si somos la misma cosa
yo,
tú.
Tú eres
pobre, lo soy yo;
soy de abajo, lo eres tú;
¿de dónde has sacado tú,
soldado, que te odio yo?
Me duele
que a veces tú
te olvides de quién soy yo;
caramba, si yo soy tú,
lo mismo que tú eres yo.
Pero no
por eso yo
he de malquererte, tú;
si somos la misma cosa,
yo,
tú,
no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo.
Ya nos
veremos yo y tú,
juntos en la misma calle,
hombro con hombro, tú y yo,
sin odios ni yo ni tú,
pero sabiendo tú y yo,
a dónde vamos yo y tú...
¡no sé por qué piensas tú,
soldado, que te odio yo!
Y recuerdo igualmente los versos también de profundo sentido social que conforman el poema No le tire, de nuestro siempre inmenso Manuel del Cabral (1907 – 1999 ) :
NO LE TIRE…
|
«No le tire, policía;no lo mate, no; ¿no ve
que tiene la misma cara Corre
roto, Corre
tal vez Acérquese,
policía,
Acérquese. Se
parece a usted, Mírelo
bien. Huye de
la tierra y siempre Acérquese…
No le hiera Mire
sus pies … Policía,
no le tire. |
Por: Domingo Caba Ramos
Son numerosos los hechos que evidencian o ponen de manifiesto el heroísmo
histórico del aguerrido pueblo mocano:
a) El 26 de julio de 1899 cayó abatido
por las balas redentoras de valientes mocanos (Ramón Cáceres y el entonces
jovencito Jacobo Lara) el dictador Ulises Heureaux (Lilís). Al decir del
destacado historiador Juan Daniel Balcácer, la muerte de Lilís era deseada por
casi todos los dominicanos, pero muy pocos se atrevían a ejecutarla. Solo el
pueblo mocano, haciendo gala de su histórico heroísmo, logró consumar tan
patriótico propósito.
b) Sesenta y dos años después de la
muerte de Lilís ( 1961), dos valientes mocanos, Tunti Cáceres Michel y Antonio
de la Maza, participaron en la trama que puso fin a la vida de otro dictador :
Trujillo.
c) Años después hubo un intento de asesinar en
Moca al presidente Joaquín Balaguer en el acto de reinaugurar del actual
cementerio de este municipio. El hecho pudo haberse consumado, pero la bomba
que se instaló para tal fin estalló antes de tiempo, dejando en completo estado
de invalidez a uno de los jóvenes involucrados en esta nueva trama.
d) Pero lo que es más importante: Moca
fue el primer pueblo de nuestro país que protestó con las armas en las manos y
de manera organizada contra la anexión de la República Dominicana a España,
medida antipatriótica ejecutada por el dictador Pedro Santana. Esta bélica
acción se llevó a cabo el 2 de mayo de 1861, y fue encabezada, a pesar de estar
ciego, por el coronel José Contreras. Ese mismo día, durante la noche, Contreras
fue apresado junto a sus compañeros José María Rodríguez, José Inocencio Reyes
y Cayetano Germosén, y diecisiete días después ( 19 de mayo ) fusilados todos
por orden de Pedro Santana.
La gesta del 2 de Mayo del 1861, constituye el
punto de partida de la Restauración Nacional y la primera protesta armada de
manera organizada contra la anexión a España y en pos del restablecimiento de
la Independencia Nacional. A partir de ahí se desarrolló un conjunto de hechos
que culminaron con el triunfo arrollador del ejército restaurador sobre el imperio español, y que consolidaron la Independencia Nacional y la soberanía de
la República Dominicana.
Todo lo dicho antes justifica el porqué a Moca
históricamente se le ha identificado con el épico nombre de «Villa
Heroica»
Monumento al agricultor dominicano (Moca)
Acerca de esa heroica trayectoria que siempre ha caracterizado al combativo
pueblo mocano , Tulio Manuel Cestero (San Cristóbal, 1877 – Santiago de Chile,
1955), brillante novelista dominicano, escribió en 1900 lo siguiente:
«A los hombres de Moca, valientes y
laboriosos, los he visto ir a la guerra y al trabajo, como a una fiesta…» (Citado por el
historiador y escritor mocano, Dr. Julio Jaime Julia en Notas para la historia de Moca, 1985, p.82)
Por : Domingo Caba Ramos
En 1861, en su
memorable discurso pronunciado, frente a frente al dictador Pedro Santana, para
fuertemente criticarle a este su antipatriótico proyecto de anexión de nuestra
patria a España, monseñor Meriño, con el ardiente verbo que siempre le
caracterizó, le recomendó al tirano presidente que para gobernar un país era
necesario seleccionar a los ciudadanos con mayor capacidad, sin importar sus
simpatías políticas. De ahí que con evidente tono imperativo, el entonces
Príncipe de la Iglesia Católica, le dice a Santana lo siguiente:
«Escoged siempre a los ciudadanos de
conocida honradez, a quienes solamente se deben encomendar los destinos
públicos, poseyendo aptitudes para desempeñarlos. Escogedles de cualquier
partido político que sean, que entre hombres de bien, un gobierno ilustrado no
debe hacer diferencia».
Lástima que Joaquín Balaguer,
Hipólito Mejía, Leonel Fernández, Danilo Medina y Luis Abinader, entre otros,
no hayan leído y puesto en práctica esta sabía e histórica lección, pues de así
haber sucedido, es posible que Milagros German, hoy no fuera ministra de
Cultura, no por carencia de honradez, sino por falta de competencia para
desempeñar tan importante y exigente cargo.
Por: Domingo Caba Ramos
Don Juan Collado
Un día de estos, mientras desempolvaba y organizaba mis libros, dentro de
uno de ellos encontré un breve poema manuscrito titulado Hay un alma que llora,
fechado en Jánico (1934) y firmado por Juan Collado.
Confieso que mi sorpresa fue inmensa, por cuanto desconocía por completo
la faceta literaria de este distinguido educador. Sin embargo, no me extrañó
del todo; pues sabido es que en la historia de la cultura hispanoamericana en
general, y de la dominicana en particular, son muchos los maestros que han
prestigiado con sus firmas las páginas de la literatura, fundamentalmente en la
segunda mitad del siglo XIX y primera del XX. Significa esto que el trabajo docente siempre ha estado
estrechamente vinculado la creación literaria en sus diferentes vertientes.
En la
literatura dominicana, maestros fueron autores de la talla de Félix María del
Monte, José Joaquín Pérez, Emilio Prud -Homme, Salomé Ureña, Nicolás Ureña de
Mendoza, los hermanos Pedro y Max Henríquez Ureña, los hermanos Francisco y
Federico Henríquez y Carvajal, Miguel Ángel Garrido, Manuel de Jesús Peña y
Reinoso, Alejandro Angulo Guridi, Antera Mota, Pedro Mir. Domingo Moreno Jiménez,
Félix Evaristo Mejía y Ramón Emilo Jiménez, entre otros. Y en la literatura
hispanoamericana maestros fueron también el argentino Domingo Faustino
Sarmiento y la brillante poetisa chilena y Premio Nobel de Literatura, Gabriela
Mistral.
Todo lo antes expresado significa que, independientemente de la mayor o menor calidad del arte literario cultivado o del carácter público o inédito de las composiciones de este resultantes, la creación literaria y el ejercicio magisterial, vale reiterarlo, son dos quehaceres que a través del tiempo se han desarrollado en forma paralela y mancomunada en el curso de la literatura hispanoamericana y, de manera muy especial, de la literatura dominicana.
¿Quién fue Juan Collado?
Don Juan Antonio Collado fue un consagrado y respetado maestro, oriundo
de Santo Tomás de Jánico, provincia Santiago,
municipio donde nació el 7 de abril de 1900. Aquí, con apenas veinte años, inició
una fructífera carrera educativa que terminó en Tamboril, lugar hacia donde fue
trasladado en 1942 como director de la Escuela Primaria e Intermedia “Prof.
Sergio Hernández”, en su momento, el más importante centro educativo de este
municipio. En esta comunidad, estableció residencia definitiva, desarrolló una
ingente labor socioeducativa y supo ganarse el cariño y respeto de todos los
tamborileños. Y aquí falleció el día 24 de julio de 1972.
Contrajo nupcias con la también distinguida y apreciada maestra,
Fredesvinda Halls (doña Fredé), y de esa relación nacieron sus hijas,
destacadas abogadas ambas : Icelsa y Alba Nery Collado Halls, esta última
expresidenta de la Cámara Civil y Comercial de la Corte de Apelación del
Departamento Judicial de Santiago, en cuyo desempeño dio siempre muestras de
gran responsabilidad, probidad y
competencia
Diferente a la educativa, de la faceta poética de este veterano educador
casi nada se conoce. Lo poco que de él se sabe al respecto se debe a
informaciones aportadas por sus más cercanos parientes. Una buena parte de sus
versos aún se conservan en cuadernillos, a la espera de que un buen día vean la
luz pública. No conozco tales composiciones, pero el poema que nos ocupa, Hay
un alma que llora, lo devela como un poeta de fino estro y elevada
sensibilidad.
Se trata Hay un alma que llora,
de un poema de corte romántico o en cuyos versos (versos de juventud) late la
expresión del sentimiento íntimo o personal, la desesperanza, la angustia metafísica,
el desengaño, el quebramiento del ánimo y, en fin, las reminiscencias propias
del romanticismo literario que en la cultura dominicana aún se percibían y
ejercían notable influencia durante la primera mitad del siglo XX. Los mismos
rasgos que se aprecian en la obra poética de un contemporáneo suyo como lo fue
el cubano José Ángel Buesa (1910-1982). Veamos su contenido:
HAY UN ALMA QUE LLORA
«Hay un alma que llora,
con angustia doliente,
la desgracia infinita,
de un amor que se fue…
Hay un alma que implora,
con la fe del creyente,
y, en afanes se agita,
en espera, ¿de qué?
¡Ah! el alma está triste,
está enferma y muy sola,
pues huyó su esperanza,
a lejanas regiones,
y, para ella no existe,
ni el rumor de la ola,
de una dulce bonanza,
en sus negras visiones»
Juan Ant.
Collado
Jánico, abril de 1934.
OTRO POEMA
«De los poemas de mi abuelo – confiesa su nieta, Alba Almonte - recuerdo uno, sin título y sin fecha, dedicado al pueblo de
Tamboril». Los versos de este poema son los siguientes:
«Al pie de la norteña cordillera,
plena de sol, radiante de belleza,
se recuesta la Villa romancera,
ofreciendo cultura y gentileza.
Del valle prodigioso de La Vega,
es punto culminante, centro rico,
región maravillosa veraniega,
como nunca jamás ojos han visto.
Sus valientes e hidalgos caballeros,
amantes del trabajo y la cultura,
son firmes y templados, cuál acero,
si la patria reclama su bravura.
¡Qué decir de sus vírgenes hermosas!,
todas llenas de encantos y de gracia,
son lindas como trovas armoniosas
y émulas de Penélope y aspacias»
Y, cuando hay que llegar al sacrificio
de salvar el honor de la bandera,
cada Tamborileño es el patricio
de la villa gloriosa y romancera»
Por: Domingo Caba Ramos
(Mariano Lebrón Saviñón)
Don Héctor Inchaustegui Cabral (1912
- 1978), en el prólogo al libro La poesía
dominicana en el siglo XX (1975, tomo I), del poeta y crítico chileno
Alberto Baeza Flores (1914 ), escribe lo siguiente:
“La literatura dominicana no ha tenido
las proyecciones que a uno se le antoja que merece. Quiero decir: las obras de
los autores dominicanos no han logrado la circulación que haría hincharse de
orgullo nuestros pechos” (P. VIII). Y al explicar los motivos que generan tal
indiferencia, don Héctor señala de manera enfática que “Aquí nadie se ocupa de
nadie que se haya muerto y si hay excepciones, son muy escasas: libro editado
por escritor desaparecido, libro enterrado con su autor” (P. IX).
Las palabras de Inchaustegui Cabral cobran fuerza y validez a la luz de
numerosos ejemplos extraídos de nuestra historia literaria. El más vivo de ellos
lo constituye el anonimato en que yace sepultado el nombre de eximio poeta y
escritor tamborileño Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), quien no obstante
ser uno de los máximos exponentes de la poesía dominicana y una de las figuras
representativas de la literatura hispanoamericana, su obra, por no haber
“logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos”,
resulta desconocida en el ambiente cultural dominicano, y por esa razón hoy su
nombre es ignorado casi de manera total hasta en el mismo pueblo que lo vio
nacer. En sintonía con esta idea debemos decir, sin temor a errar, que de la
producción literaria de Tomás Hernández Franco apenas si se conoce su obra
maestra: el poema Yelidá (1942). De
las demás composiciones, por no decir nada, es muy poco lo que se sabe.
Tomás Rafael Hernández Franco. Poeta,
cuentista, ensayista, orador, periodista y diplomático. De temperamento bohemio
y espíritu aventurero, nació en el municipio de Tamboril, provincia Santiago,
el 29 de abril de 1904 y murió en la ciudad de Santo Domingo el día 1 de
septiembre de 1952. Fueron sus padres el comerciante don Rafael Hernández
Almánzar y doña Dolores Franco Bidó. Cursó los estudios básicos en su pueblo
natal y en la ciudad de Santiago de los Caballeros y de aquí viajó a Europa a
estudiar Derecho en la mundialmente famosa Universidad de la Sorbona de París,
Francia, carrera que pronto hubo de abandonar para dedicarse por completo al
estudio y cultivo de las letras.
En el viejo continente Hernández Franco logró forjarse una sólida formación
cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales
latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista,
las corrientes de vanguardia vigentes en la época (cubismo, futurismo, dadaísmo,
surrealismo, etc.) y publicó muchas de sus obras. Sobre su permanencia en el
mundo parisiense, el crítico literario, Pedro René Contín Aybar, nos presenta
un informe bastante resumido al sostener que: “Tuvo una vida accidentada,
multiforme, aventurera y muy pocos instantes de reposo. Vivió en Europa, casi
siempre en París, donde además de estudiante, poeta, bohemio, conferenciante,
adinerado, en la pobreza, feliz, angustiado, batallador fue hasta...
¡boxeador!” (In Memoriam)Cuadernos Dominicanos de Cultura No. 118, septiembre
1952).
Residió en Francia hasta 1929, año en que tuvo que regresar al país con motivo
de la muerte de su señora madre.
Contrajo nupcias en dos oportunidades. La primera unión, de la cual no nacieron
hijos, se llevó a cabo con la joven Thelma Hernández. Luego se casó nuevamente
con la distinguida dama doña Amparo Tolentino, hija del escritor Vicente
Tolentino Rojas, relación producto de la cual nacieron dos hijos: Tomás y
Rafael Luciano, ambos herederos fieles de la vocación poética de su padre. El
primero de ellos, Tomás Hernández Tolentino, publicó en 1960 un libro de versos
intitulado Poemas de mi otro Yo, y
por la gran calidad que se advierte en muchas de sus composiciones estamos
seguros de que su autor, de no haber sido por su muerte a destiempo, hubiera
brillado con luz propia en el exigente horizonte poético dominicano. Fuera del
matrimonio, Hernández Franco procreó dos hijos: Norma Guareño y Salvador.
La vida de este “genial inspirado”, como lo llamó Máximo Lovatón Pittaluga,
giró alrededor de tres actividades fundamentales: el periodismo, la política y
la literatura. Su labor periodística se inicia antes de los quince años en el
diario La Información, órgano en el
que aparte de redactor, tanto en Santiago como en París, llegó a compartir su
dirección con los entonces jóvenes escritores Rafael César Tolentino y Joaquín
Balaguer. Colaboró igualmente en el desaparecido diario La Nación y formó parte
del consejo de dirección de los Cuadernos
Dominicanos de Cultura, revistas literarias publicadas a partir de 1943 y
en las cuales colaboraban los más connotados intelectuales de la época.
Hernández Franco tuvo una destacada participación en la vida política de la nación.
Tan pronto regresó de Europa desarrolló una intensa campaña de prensa desde la
tribuna del periódico La Información
contra el gobierno del presidente y general Horacio Vásquez, y aliado a Rafael
Estrella Ureña se integró de manera militante al movimiento cívico del 23 de
febrero de 1930 que puso fin al ejercicio presidencial del político mocano.
En la administración pública y en el servicio diplomático desempeñó con
probidad y competencia numerosas funciones oficiales: fue subsecretario de
Estado, diputado al Congreso Nacional por la provincia de Santiago, oficial mayor
de la Secretaría de Agricultura, cónsul en Amberes, enviado extraordinario y
ministro plenipotenciario en Haití, encargado de negocios en Cuba, secretario
de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe, La Habana y San Salvador. También
cumplió funciones consulares en Francia, Bélgica y otras naciones europeas.
Además representó a la República Dominicana en varias conferencias
internacionales. Mientras participaba en una de estas, en la Conferencia
Internacional del Trabajo, celebrada en Bogotá, Colombia, en 1943, le
correspondió defender con las armas en las manos las más nobles causas
enarboladas por el movimiento popular de carácter conspirativo que la historia
americana registra con el nombre de El Bogotazo.
No obstante haber desempeñado todos estos cargos, Tomás Hernández Franco murió
en medio de la más absoluta pobreza.
Labor literaria
En la vida y trayectoria de Tomás Hernández Franco resalta sobremanera no sólo
su gran talento y fértil imaginación, sino también su impresionante precocidad
intelectual. Bachiller a los dieciséis años, ya a los catorce lo encontramos
escribiendo sobre literatura y arte vanguardista en las páginas del periódico La Información. En 1921 publica sus dos
primeros libros: Rezos bohemios y Capitulario, después de haber leído, al
decir de Pierre Loiselet, a Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Herrera Reissig
y José Santos Chocano, de quienes probablemente recibió la influencia
modernista que se percibe en todos sus libros de iniciación.
Aunque escribió cuentos y ensayos, Hernández Franco fue antes que todo poeta.
Entre sus mejores cuentos se destacan El
asalto de los generales y Anselma y
Malena. El primero de estos, vale aclarar, fue seleccionado por la Yale
University, en los Estados Unidos, para ser incluido en una antología de
cuentos españoles e hispanoamericanos destinada a los estudiantes
norteamericanos que tomaban los cursos lingüísticos que se impartían en esa
prestigiosa institución docente.
Dio a conocer dos libros de cuentos: El hombre
que había perdido su eje (París, 1925) y Cibao Esta obra, de la cual forman parte los dos cuentos
mencionados en el párrafo anterior, fue editada en nuestro país en noviembre de
1951. Se trata del último libro de Tomás Hernández Franco.
En París dictó una conferencia en Francés, cuando apenas tenía 19 años, con el
título de La poesía en la República
Dominicana Esta conferencia, leída en la Universidad de la Soborna, fue
luego publicada en forma de libro en la misma capital francesa. Otros de sus
ensayos fueron La más bella revolución de
América (Amberes, 1930) y Apuntes
sobre poesía negra y popular en las Antillas (El Salvador, 1942).
Como ya dijimos antes, Hernández Franco descolló en la poesía. Entre sus obras
poéticas merecen citarse Rezos bohemios (Santiago, 1921); De amor, inquietud,
cansancio (París, 1923); Canciones del litoral alegre (Ciudad Trujillo, 1936) y
Yelidá, su obra cumbre, escrita y publicada en El Salvador en 1942, cuando su
autor se desempeñaba como secretario de la Legación Dominicana en aquel país
centroamericano. Junto a los destacados poetas Héctor Inchaustegui Cabral,
Pedro Mir y Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco formó parte de los
llamados Independientes del 40.
En junio de 1952 compuso en Tamboril En
esta alta cuesta de la noche, su último poema, en el cual parece presentir
y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de
enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, triste hecho acaecido la noche del 1
de septiembre de 1952.
Además de artista literario, Hernández Franco sentía una extraordinaria afición
por los deportes. Su pensamiento deportivo aparece magistralmente expresado en El Sport, su historia, su simbolismo, su
filosofía y su influencia moral y material en la civilización, título de la
conferencia leída por el propio autor en el teatro “Apolo” de Tamboril, la
noche del 27 de octubre de 1931 en provecho del tem de beisbol “Senadores” de
este municipio. En esa disertación, cuyo propósito central estuvo dirigido a
poner de manifiesto los estrechos vínculos que unen al arte con el deporte, el
bardo tamborileño supo plasmar al mismo tiempo todo el amor que siempre sintió
por su “Pajiza Aldea”, afectiva y poética denominación que solía usar para
referirse al pueblo que donde nació.
¡Pero no sólo eso!
Hernández Franco fue también promotor de boxeo en Santiago y cuando estudiaba
en París se coronó campeón amateur de boxeo universitario al noquear o derrotar
a un estudiante alemán que ostentaba tan importante galardón.
El mismo día, o en los días próximos a su muerte, fueron muchas las voces que
se levantaron para lamentar el caso y exaltar sus glorias.
«La irreparable muerte del distinguido
escritor dominicano - reseñó el periódico La Nación - quien fue uno de los más
apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales»
(sept. 1952).
Por su parte el diario La Información
emitió también sus consideraciones al respecto, al opinar que:
«La
muerte arrastra con Tomás Hernández Franco, a uno de los más caracterizados
talentos del país; su inteligencia y su cultura rielaron paralelamente con sus
magníficas condiciones de hombre bueno. En el periodismo dominicano,
principalmente como redactor de La Información, su pluma tuvo aureolas
proceras, sobre todo en la prosa combativa y mordaz. Era capaz de enrolar una
sentencia en una frase corta. “En la oratoria dominicana - continúa diciendo La
Información - tuvo la virtud de arrebatar muchedumbre, tanto por los conceptos
como por la elocuencia de su peroración. Fue poeta, gran poeta, trilló
luminosamente las reformas de la métrica y de la consonancia haciendo obra
verdaderamente artística» (sept.
1, 1852).
En un artículo titulado Tomás Hernández Franco:
Positivo valor nacional, publicado en las mismas páginas del rotativo santiagués,
el escrito Máximo Lovatón Pittaluga nos presenta lo que entendemos como el
mejor retrato intelectual del autor de Yelidá:
«Era
Tomás Hernández Franco, el dominicano que traspasó triunfal las fronteras
literarias, la más genuina expresión del talento en los trópicos de
Hispanoamérica. Es el cuentista que deleita, el orador tonante en la barricada
política, festivo en la charla del culto salón, de austera expresión, de
seriedad en el Ateneo, la más ática y fácil de las plumas que militaron en el
periodismo dominicano por espacio de más de 25 años y el mismo que nos
sorprende y provoca desconcertante admiración con YELIDA, su maravilloso poema
en versos, gloria verdadera de las letras nacionales, escasamente conocido en
este nuestro medio a donde impera el sórdido materialismo, injusto a veces con
nuestros positivos valores. Yelidá sólo consagra el nombre de Hernández Franco
entre los grandes poetas de América» (La Información, sept. 3, 1952).
En junio de 1952 compuso en Tamboril En
esta alta cuesta de la noche, su último poema, en el cual parece presentir
y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de
enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, la noche del 1 de septiembre de 1952.
Por : Domingo Caba Ramos
Hoy es Día Nacional del Locutor, como el 5 de abril lo fue del periodista. Felicitamos, pues, a los locutores de verdad en su día.