jueves, 29 de agosto de 2019

MI HERMANO MARCELO, EL OTRO POETA




                                                        Alexis Díaz - Pimienta y Marcelo Díáz - Pimienta

(Por su indiscutible valor literario, elegíaco, humano y fraternal que su contenido entraña, acojo como invitado el texto que a continuación se transcribe, del destacado poeta y escritor cubano, Alexis Díaz-Pimienta. DCabaR)

Por: Alexis Díaz Pimienta (*)
Diciembre, 20/2017

¡Y pensar que no podremos
jamás volver a la infancia!

«Desde que tengo uso de razón, desde que yo me acuerdo, he estado siempre con mi hermano Marcelo, el otro poeta de la familia, el otro repentista. En los años 70 y 80 a mucha gente le parecíamos gemelos porque, aunque yo le llevaba dos años, Marcelo siempre fue alto y fuerte, así que teníamos la misma estatura y usábamos la misma talla de ropas y zapatos. Durante nuestra infancia, Marcelo y yo compartíamos todo: ropas, calzado, décimas, vida, juegos, broncas, viajes, platos de comida, platós televisivos, décimas otra vez, siempre décimas.

Desde que tengo uso de razón mi hermano ha estado ahí, en la misma mesa y el mismo sofá-cama, en el mismo escenario y el mismo camerino, o al otro lado del teléfono, o en la sala y el patio de alguna de nuestras tantas casas familiares, en la Isla de la Juventud, en San Miguel del Padrón, en su querido Luyanó de los últimos años. Siempre Marcelo, siempre Ichito, el otro poeta, ahí, conmigo. Compañero de versos y de anécdotas, de borracheras y de controversias encendidas. Pero ya no. Ahora no. Desde el 13 de diciembre de 2017 ya nunca más Marcelo.

Mi hermano Marcelo, mi otro yo, mi perfecto partenaire poético, se ha ido para siempre y dudo que otros entiendan (o que yo sea capaz de expresar) cómo me siento, el vacío tan grande que deja en mi vida. Me jode incluso imaginar que tal vez no lo supo, que tal vez nunca supo cuánto lo quería y lo admiraba y lo necesitaba; tal vez no se lo dije, convencido de las absurdas obviedades; tal vez incluso Marcelo pensaba que el importante era yo, el famoso Alexis, el hermano poeta, y ya ven, no han pasado ni cinco días desde su entierro y aquí sigo yo, desorientado, intentando ordenar mi vida sin Marcelo, aceptando que ya nunca más me gritará desde el público «¡caballo!», que ya nunca más dirá al que esté a su lado mientras yo improviso, «¡qué bestia!, ¡qué animal!”, emocionado por algún hallazgo.

No diré que es injusto que se haya ido tan pronto (que lo es, y mucho); no diré que es muy triste y lacerante para todos nosotros (que estamos destrozados). Diré lo mismo que dije cuando murió mi hermana Caridad, hace unos años, parafraseando a Naborí cuando perdió a su hijo Noel con solo cuatro añitos: “esto es un disparate de la naturaleza”. Por suerte, Marcelo sembró tanto, en tanta gente diferente, que será imposible no recordarlo y honrar su memoria agradeciendo todo lo que dio, todo lo que nos enseñó sin proponérselo.

A mí, su compañero de juegos poéticos y juergas artísticas desde que ambos teníamos uso de razón (no recuerdo ningún momento de juegos infantiles con Marcelo que no esté asociado a la décima y al repentismo), me enseñó mucho, muchísimo, largas lecciones de humildad y militancia insobornable en el amor a la poesía; y ahora solo me queda recordarlo en voz alta (improvisando) y poner sobre papel su vida, para que no olvidemos nunca cómo fue Marcelo, el otro poeta, como es y debe seguir siendo para todos nosotros.

Muchas veces sonaba el teléfono de madrugada, a las 3 de la mañana o 3 y media, y era él; o muy temprano en la mañana, a las 6 o 6 y media, y era él. Yo siempre sabía que era él, Marcelo. Pero lo sorprendente no era la llamada, sino el contenido de la conversación telefónica.

Llamaba porque tenía alguna duda gramatical o etimológica, porque quería saber si una palabra se acentuaba o no, o si llevaba h o no, o si había sinalefa o no había sinalefa en ciertos versos. Yo evacuaba sus dudas, pero lo que me emocionaba era imaginar el entorno y el contexto situacional en el que surgían esos temas de conversación de mi hermano y su capacidad y voluntad de aprendizaje contra viento y marea, a cualquier hora. Podía haber estado en un bar de mala muerte, o en la sala de su cuarto (La Guarida), o sentado en un contén del barrio bebiendo y charlando con sus amigos, o en la cama con alguna novia; no importaba; cuando se quedaba solo Marcelo me llamaba para la consulta pertinente. Y sus amigos y sus novias, dicho sea de paso, no eran poetas, no eran repentistas, no eran intelectuales, no eran cultos, no eran ni siquiera personas interesadas en el literatura o en el repentismo. Eran los negrones del barrio, las novias ocasionales, los compañeros de cantina. Mi hermano Marcelo los arrastraba a todos hacia un mundo poético que les parecía, a ellos, exótico y a la vez excitante. Y lo es, sin duda. Sobre todo cuando el líder, el poeta del grupo, saca a flote esos temas y los defiende con pasión, como otros defienden a su equipo de béisbol; cuando tras la acalorada discusión por un hiato, recitaba de memoria décimas de su hermano Alexis, o de un “salvaje” llamado Chanchito Pereira. Lo más curioso, lo más significativo, es que en cuanto yo descolgaba el teléfono mi hermano Marcelo se presentaba con una frase latina que él convirtió con los años en su santo y seña, clave, mote, firma, comodín interjectivo: quia Pulvis eris et pulvis in pulverem reverteris. A veces la acortaba: Pulvis et pulvis, o la soltaba como respuesta corta y rápida, afirmativa ante cualquier pregunta: ¡Pulvis!

Suele pasar que en la vida cotidiana, doméstica, uno no repara en la grandeza de estas cosas, en la belleza de estos detalles, hasta que la muerte te los tira sobre la mesa como monedas cantarinas, te los devuelve con una desfachatez triste y prosaica: “Me llevo a tu hermano; quédate el vuelto”. Y el vuelto es esto: frases, pequeños gestos, anécdotas que lo rescatan como lo que era, como lo que es aunque no nos diéramos cuenta: un ser humano especial, único, diferente, un poeta bohemio del siglo XIX nacido en La Habana de finales del XX y fallecido en La Habana de principios del siglo XXI; es decir, un poeta de tres siglos, auténtico poeta maldito, personaje lopesco protagonista de una historia vital llena de luces y de sombras, de mala suerte y mala vida y pobreza y desgracias personales que conformaron (deformaron, reformaron) su personalidad.

Un poeta envuelto por el vaho del dolor, de la tristeza, de la supervivencia, males para los que solo encontró dos antídotos: el alcohol y la décima. Todos los dolores familiares, las tantas muertes que tan de cerca vio (padre, tíos, primos, pareja), se convirtieron en Marcelo en una sola Muerte, grande y con mayúscula, ramificada en nombres y rostros que lo perseguían; una muerte a la que Marcelo no temía (o sí, pero a su forma), y a la que desafiaba con dos únicas armas, alcohol y décimas; a la que se enfrentaba con los ojos encendidos de lágrimas y alcohol, diariamente.


                                                                                        Marcelo Diáz-Pimienta

Nadie en mi familia ha dialogado con la muerte tanto, tantas veces, tan de frente y tan fuerte. Nadie en mi familia le ha gritado ni le gritará a la muerte las cosas que mi hermano Marcelo le debe estar diciendo ahora mismo, en prosa y verso, con su silencio lleno de palabrotas, con su español de barrio periférico y su latín macarrónico. Pulvis et pulvis. Lo imagino cogiéndola del cuello, guapo de Luyanó él, bravo y no bravucón, zarandeándola como los buenos héroes de las malas películas, como el Ichi que fue desde pequeño, samurái invencible, sacudiéndola tanto que a la muerte, estoy seguro, le deben haber dado ganas de morirse.

La afición de mi hermano por los latinajos (sobre todo por el Memento homo) le vino del viejo Horacio. Pero no Horacio el gran poeta griego antiguo, sino el viejo Horacio, nuestro vecino basurero del reparto La Cumbre, otro personaje inmenso, otra enciclopedia poética y, sobre todo, un gran rapsoda, un decidor de poemas como he visto a pocos en mi vida. Daba un enorme gusto ver a mi hermano Marcelo y a Horacio juntarse para recitar poemas detrás de una botella de chispaetrén o de ron bueno; daba un inmenso gusto escuchar sus carcajadas de barítono callejero cuando acababa el texto, y celebrarlo con un sorbo de brebaje, y cerrar el discurso con un misterioso y sonoro ¡Pulvis!
Mi hermano Marcelo se echó toda la vida recitando décimas improvisadas mías. Tenía una memoria prodigiosa que especializó en mí, en mis improvisaciones. Era mi fan número 1, y no exagero si digo que un devoto incondicional, mi mayor y mejor admirador, mi memoria viviente.
Yo no recuerdo ni el 1 por ciento de las décimas que he improvisado y que mi hermano se sabía de memoria y usaba para bombardear a todo aquel que estuviera a su alcance. A mí el primero, cada vez que nos veíamos. Al resto de la familia luego (sobre todos a sus sobrinos improvisadores, Axel, Roly, Alex); y a sus amigos, y a sus parejas.

Además, las contaba como tiene que ser, como debe contarse toda décima improvisada: rescatando el contexto, relatando (gran narrador oral también), el antes y el durante y el después de la décima de marras. Solo este detalle, y él no lo sabía, es de una inteligencia y de una sabiduría y de una finura profundísimas.

Mi hermano era un experto oralitor, un juglar medieval del tipo Plaza Jemaa el-Fna, un verdadero réthor redivivo. Y no solo recitaba mis décimas improvisadas; también varios poemas de mi adolescencia, que, por cierto (y solo ahora me doy cuenta), únicamente existían en su memoria y se han perdido para siempre.

Sonetos y poemas en verso libre, mis primeros ejercicios de versolibrismo con 13, 14, 15 años. Y una novela. Mi hermano Marcelo conservaba en su memoria, íntegra, la única novela en versos que he escrito, una novela romántica que escribí con 14 o 15 años, bajo el melodramático título Juan, el niño mendigo. Mi hermano se la aprendió con 12 o 13 años y la recitaba de memoria más de tres décadas después. También esta novela se ha perdido para siempre. Seguramente ninguno de estos textos tenía valor literario alguno, por supuesto, pero sí un valor documental, sentimental, emocional, que se lleva consigo.

Ese era Marcelo, la enciclopedia Marcelo, el memorión de la familia. Décimas mías y de Chanchito, de Valiente y Pedro Guerra, de Soriano, Candelita, Monguito Alfonso, Naborí, Laguardia, Chanito, Riverón, Emiliano, Juan Antonio, suyas propias. Miles de décimas de repentistas cubanos de todos los tiempos que se sabía y compartía con los demás, tan generoso siempre, una auténtica biblioteca ambulante, la “eoloteca” guajira más completa que he visto.

Otras veces me recitaba de memoria largos fragmentos de poetas románticos, cubanos, españoles, latinoamericanos, de los siglos XIX y XX. Sobre un largo poema que hablaba sobre el cráneo de Yorick. Y otro largo poema que terminaba hablando del Guadalquivir. Mi hermano, estoy casi seguro, nunca leyó a Shakespeare, ni viajó a España, ni vio el Guadalquivir con su silencio líquido reflejando los árboles sevillanos o la Torre del Oro. Sin embargo, su cabeza estaba llena de mundos poéticos que lo alejaban de la vida pedestre que le tocó vivir, lo elevaban, lo rescataban de las sombras y lo envolvían en un halo mítico.

Entre las tristezas que provoca la muerte temprana y repentina de mi hermano Marcelo está el haberse malogrado un libro que pensábamos hacer con todo esto, o dos libros, uno de memorias compartidas (él y yo) y otro con todo el material que guardaba en su memoria, auténticos documentos orales de este Patrimonio Inmaterial que es el Punto Cubano. Este proyecto, no obstante, lo retomaremos. Debo buscar en la memoria de mis móviles, porque muchas veces lo grabé y tal vez no todo se ha perdido.

Mi hermano Marcelo desde muy joven fue un improvisador de gran voz y de alta tesitura. Siempre tuvo mejor voz que yo, más potente, con un timbre más alto. Herencia directa de nuestro padre. Nuestro padre, Jesús Díaz Martínez, era una de las voces más potentes del repentismo habanero en los años 70 y 80. Por eso le decían “El Jilguero de Guanabacoa”. Voz de jilguero, canto melodioso, afinadísimo, agradable. Mi padre era imitador de uno de sus amigos, todo un clásico, “El Jilguero de Cienfuegos”, y lo calcaba como nadie, lo reproducía a la perfección, podía haberlo sustituido en cualquier programa radiofónico sin que el gran público se diera cuenta. Era uno de los pocos repentistas de su época que se atrevía a cantar la seguidilla, o las difíciles tonadas “de la risa” y “del burro”, por ejemplo, tan caras al Jilguero cienfueguero.

Marcelo no. Marcelo no cantaba tonadas. Él era y se sabía poeta, no tonadista, y cantaba por la tonada libre imitando, sin saberlo, sin proponérselo, a uno de nuestros grandes maestros: Chanchito Pereira. Sus gestos, sus pausas, su entonación, eran absolutamente pereirianas. Digamos que Marcelo logró una personalidad propia y un “estilo Marcelo” mezclando dos modelos: el de Chanchito Pereira y el de su hermano Alexis. Sí, mi hermano no me imitaba a mí, sino que nos mezclaba a Chanchito y a mí en su voz, nos confundía, fundía los estilos de ambos hasta sacar una tercera voz, la suya, y su propia personalidad sobre los escenarios. No existe un solo escenario de las peñas o trovas campesinas habaneras en el que mi hermano Marcelo no dejara su voz, su impronta, sus décimas. Desde la mítica trova de Guamacaro, en Lawton, posiblemente donde más cantó, hasta las peñas de Jacomino, el Cotorro, Carlos III, el Wajay, el Cano.

Él fue, sin duda, durante más de treinta años, uno de los principales animadores y promotores de estos pequeños espacios culturales. Y era el más joven repentista cubano que iba a esas peñas campesinas en los años 80, cuando había muy pocos jóvenes que hacían repentismo. Y fue el más pequeño niño repentista de Cuba en los años 70, cuando en Cuba no había niños repentistas, solo él y yo, que le llevo dos años. Por eso su nombre a partir de ahora estará asociado a dos proyectos-homenaje: una peña y un taller de repentismo infantil que lleven su nombre.



Mi hermano Marcelo era andariego, un caminante indetenible que se movía rápido y con grandes zancadas y que no duraba mucho tiempo en ningún sitio. Sus visitas familiares eran siempre muy cortas, rápidas, fugaces. Llegaba, saludaba, decía alguna décima, bebía ron y se iba. Era su manera, creo, de participar del rito familiar, de sentirse parte del clan de los Pimienta, pero sin dejar de vivir en su mundo. Y estas visitas fugaces incluyeron a vecinos y amigos. Cuenta mi hermano Iván, el tercer repentista entre mis 11 hermanos, que los 24 y 31 de diciembre Marcelo lo arrastraba a una larga peregrinación vecinal, de puerta en puerta, y que en cada casa improvisaban una décima, o dos cada uno; luego bebían ron, reían, charlaban y volvían al camino. Marcelo era un poeta nómada, un guajiro on the road con un extraño y extemporáneo espíritu beat que, por supuesto, desconocía. Yo soy un poeta de sillón, de buró, de escenarios; Marcelo era un poeta de camino, un poeta de a pie, un poeta trotacalles.

Mi hermano Marcelo lloraba con facilidad. Era lo que se dice, “un tipo de lágrima fácil”. Un hombretón de lágrima alegre, un sentimental poeta de barrio. Era difícil que nos juntáramos los hermanos, que montáramos alguna fiesta cumpleañera o alguna canturía y Marcelo no acabara llorando. En un momento cualquiera dejaba de hablarnos, de improvisar, se le aguaban los ojos, lloraba en silencio y se iba corriendo, desaparecía. La mayoría de las veces todos sabíamos lo que le pasaba: extrañaba al viejo, a Pipo, a nuestro padre muerto en el ya lejano año 1994 (que para él siempre había sido el día antes). Cada vez que yo cantaba, o ganaba algún premio literario, o hacía algo que para él era triunfal, Marcelo lloraba. Sin disimulo: lloraba como el hombretón sensible que era, como el poeta de verdad que siempre fue. En los últimos años, mucho más. Después de la muerte de nuestra hermana Caridad, la pequeña Lulú, la primera en dejarnos, ya el llanto de mi hermano era más hondo y más tempranero: apenas soportaba cuatro décimas, dos bailes, tres tragos de ron, cinco carcajadas. Solo, sin interrumpir la fiesta, hacía auténticos mohines de niño pequeño, pucheros de poeta, y se iba, no sin antes soltar un lacerante “no sé cómo ustedes pueden estar alegres, si falta Caridad”. Era tremendo. Nos dejaba de piedra, paralizados, tristes, pero con una tristeza que solo él sabía calibrar, pesar, convertir en certeza y que llevaba en el regaño el perdón, en la escapada la comprensión doliente.

Así era Marcelo, Ichito, nuestro hermano querido. Así lo recordamos y lo recordaremos siempre. Un hombre todo corazón. Un hombre con un corazón tan grande en el pecho que no encuentro palabras para describirlo. El más generoso y desprendido de los seres humanos que he conocido. Nada era suyo, todo lo compartía. Con los hermanos, con los sobrinos, con los amigos y vecinos. Por eso cuando murió estaba rodeado de la familia numerosa y variopinta que siempre lo ha querido como lo que es: un poeta-hijo, poeta-hermano, poeta-tío y primo; pero también de vecinos y amigas que jamás en su vida hubieran oído un verso si no se hubieran tropezado con Marcelo, quien los catequizó con improvisaciones y anécdotas poéticas.

Un poeta de verdad, un poeta auténtico, eso era mi hermano Marcelo, Ichito para la familia. No era, como a veces han dicho, como he dicho yo mismo muchas veces para presentarlo, “el otro poeta”; no; Marcelo era el Poeta, con mayúsculas, el poeta mayor de mi familia, de nuestros barrios pobres, de nuestro círculo de amigos. El otro poeta, que no lo dude nadie, siempre he sido yo. ¡Pulvis!»

(Tomado del periódico Cuba News)

(*) - ALEXIS DÍAZ-PIMIENTA 

(La Habana, 1966). Escritor y repentista. Director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada y Subdirector de Desarrollo del Centro Iberoamericano de la Décima y el Verso Improvisado (CIDVI), ambos con sede en La Habana, Cuba. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al italiano, francés, inglés, japonés, árabe, farsi (lengua autóctona iraní) y alemán. Ha publicado hasta la fecha vente libros, en diferentes género.utor de cuarenta libros en varios géneros. Traducido al inglés, italiano, francés, alemán, finés, búlgaro, portugués y farsi. Ha obtenido siete premios internacionales de poesía y cuatro premios internacionales de narrativa.

lunes, 5 de agosto de 2019

EL CONTROL DE LA PALABRA Y LOS IMPULSOS EN LAS RELACIONES DE TRABAJO









Mientras se trasmitía el programa Telenoticias, un técnico cometió un error, y eso fue más que suficiente para que su jefe, el comunicador de origen cubano, Roberto Cavada, le gritara públicamente “animal”.
   
Con excepción del momento presente, en que me desempeño como profesor universitario, debo confesar que la mayor parte de los años que conforman mi experiencia laboral los he ejercido como dirigente, primero como director de escuela y segundo como gerente de recursos humanos en un prestigioso grupo empresarial de la ciudad de Santiago. Y mi formación y experiencia acumuladas me convencen de que al empleado, cuando comete un error, se le orienta, amonesta y, en última instancia, cancela su contrato de trabajo; pero nunca se le debe irrespetar con palabras, humillar e herir su dignidad. Porque si hay algo que al ser humano siempre debe respetársele, es su dignidad.
   
Quien dirige, debe controlar sus impulsos e indeseables exabruptos, si en realidad desea que el personal bajo su mando no lo odie y, por el contrario, se identifique con él y con la institución. Y debe recordar que nadie, absolutamente nadie, ha podido lograr que sus dirigidos mejoren sus comportamientos con amenazas, ofensas e injurias. Así solo actúan los jefes mediocres y acomplejados. Los líderes proceden en forma diferente. Un dirigente, por último, debe siempre recordar que la gente responde cuando se le trata con dignidad. Se esfuerza más cuando tiene jefes que le agradan.
   
Si queremos formarnos una idea acerca del malestar o atmósfera negativa que en el ambiente del trabajo generan los jefes arrogantes, prepotentes y que tratan a los empleados como si fueran cosas, basta leer la respuesta que en una encuesta laboral ofreció un trabajador.

-“¿Por qué decidiste separarte de la empresa?” – se le preguntó.

-“El sueldo es excelente. El trabajo también. Pero mi jefe es insoportable. Es tan difícil trabajar con él que decidí que la vida era demasiado corta para pasarla trabajando con un cretino”- respondió el atribulado trabajador.

LA INCOMUNICACIÓN EN LA ERA DE LA COMUNICACIÓN


(“Telefonía”, “Feibumanía” y “Twitermanía”)
Por: Domingo Caba Ramos.

Primer caso.
A un restaurant de la ciudad de Santiago, la pareja de esposos llega acompañada de un niño de unos cinco años de edad. Se sientan. La dama se encarga de solicitar la carta del menú y elegir lo que van a comer. Acto seguido él, el esposo, indiferente a todo, comienza a “sobar” y/ o a navegar en su teléfono celular.
El niño, tiernamente, le habla al padre; pero este no lo escucha. La esposa pregunta e intenta sostener una cordial conversación con su esposo, pero este no le responde. El hombre, interno en su mundo, “soba” y “soba” la pantalla de su aparato, y en cada “sobadera” deja escapar una que otra sonrisa.
En lo que la comida llega, ni una sola palabra se escucha en la mesa. Quince minutos después, el mozo procede a servir el manjar solicitado. El niño come con entusiasmo. Lo mismo hace la madre. El hombre, con la cuchara en su mano derecha y el celular en la izquierda, continúa concentrado en la pantalla de su venerado teléfono celular. Aparte del tintineo de los platos y las ocasionales preguntas formuladas por el niño a la madre, ni una sola palabra, emanada de las bocas adultas, allí se escuchaba.
El mozo trae la cuenta. El hombre le entrega una tarjeta de crédito y sigue “sobando”. Solo en el momento en que quiso enseñarle algo al niño en el celular, se le escuchó pronunciar la primera palabra. Aun cuando ya abandonaron el lugar, aunque iba caminando, el hombre continuaba sobando, sobando, sobando…
Segundo caso.
En otro restaurant, tres jóvenes y elegantes damas llegan y se sientan a una de las mesas bastante cercana a la mía. Cada una portaba en sus manos uno de esos teléfonos inteligentes mejor conocidos con el nombre de “iPhone” (Aifon).
Los tres “monumentos femeninos” apenas hablaron para ponerse de acuerdo acerca del servicio que ordenarían: una cerveza. A partir de ese momento, ni una sola palabra. Cada una, como si las otras no existieran, comenzó a navegar, sobar, sobar, sobar, hablar y sonreír con la pantalla de su muy embriagante iPhone.
¿Qué significa eso?
Sencillamente, que en la Era de comunicación, como ha sido llamada la que ahora estamos viviendo, la incomunicación es cada vez mayor , tanto que la historia de la comunicación interpersonal en la República Dominicana, bien puede dividirse en dos períodos : antes y después de la llegada (1987) del teléfono celular. La adicción a ese mágico artefacto ha borrado toda intención de, en forma presencial, conversar animadamente con los amigos, parientes y relacionados. Se trata, a mi juicio, de la enfermedad mental de los tiempos posmodernos.
Es preocupante semejante adicción. Yo le he asignado el nombre de “telefomanía”, o impulsos irresistibles que conducen a las personas a usar el teléfono celular. Una adicción que cada vez pone en peligro las buenas relaciones interpersonales y origina que hablemos más con el celular que con las personas que nos rodean.
Los mismos nocivos resultados para una efectiva convivencia social, está generando la adicción a redes sociales como Facebook (feibumanía) y Twitter (“twittermanía”).
Semejante conducta conlleva el que dos o más personas, aparentemente juntas, se encuentren, en la práctica, sumamente separadas; o a que aquel que más lejos se encuentra físicamente, lo sentimos más cerca que aquel que al lado nuestro yace.
Conocer, saber usar y emplear los recursos que nos proporciona la tecnología, más si se es profesional, es de suma importancia en estos modernos tiempos; pero ese uso deberá ser siempre racional, productivo y antiadictivo. No debe convertirse en una práctica viciosa.

domingo, 28 de julio de 2019

CARTA DEL HIJO AL PADRE QUE NUNCA CONOCIÓ

CARTA DEL HIJO AL PADRE QUE NUNCA CONOCIÓ

Por : Domingo Caba Ramos

                                                                                         Don Domingo Caba Quezada

 Apreciado padre:

Tu alma despegó hacia el más allá cuando la mía casi aterrizaba en el más acá. Los latidos de tu noble corazón se paralizaron casi en el mismo instante en que el mío comenzaba a emitir sus primeras pulsaciones. Falleciste un 6 de agosto y casi dos meses y medio después (31 de octubre) nací yo.

Por esa razón no me concediste la tierna oportunidad de «besarte la mano» o decirte, aunque fuera una vez: ¡PAPÁ!

 Por esa razón, la palabra papá, dirigida o para llamar a un ser humano, nunca tuve el privilegio de pronunciarla.

Por esa razón, la palabra papá, posiblemente sea la que menos han articulado mis labios en toda mi existencia.

 Por esa razón, nunca pude decirte un día como hoy: ¡TE FELICITO PAPÁ!

Acerca de ti son tantas las preguntas que me he formulado : ¿Cómo hablabas? ¿Cómo caminabas? ¿Cómo reías? ¿Cómo sonreías?

 Sin embargo, ¡cuán orgulloso me siento que fueras mi padre! ¡Qué orgullo me siento cada vez que de ti me han hablado! : que eras muy estricto, muy responsable, muy honesto y, sobre todo, muy amoroso con tus seis hijos. Unos hijos para los cuales deseaste siempre todo lo bueno, muy especialmente que fueran personas de bien y, fundamentalmente, que se formaran académicamente.  Y cuán orgulloso me siento de que mi madre, ese ángel con nombre de mujer, haya honrado mi nombre asignándome el tuyo.

Por suerte que el timón del barco familiar quedó en buenas manos, en las manos de la mejor madre del mundo En las manos del ser más extraordinario del universo. En las manos de tu esposa, doña Librada Ramos, nuestra eterna e inolvidable progenitora. Unas manos que supieron conducir el barco hacia el puerto que tú siempre soñaste.

Por eso debes sentirte tranquilo en tu eterno refugio del más allá, en tanto que aquí, en el más acá, por primera vez en mi vida, siento una inmensa satisfacción al decirte con motivo del «Día de los padres:

¡TE FELICITO PAPÁ!

 Domingo Caba Ramos
 28 de julio del 2019

martes, 2 de julio de 2019

LA VERDADERA HISTORIA DE LA BIBLIOTECA MUNICIPAL “TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO”.



Por: Domingo Caba Ramos.
(Publicado en fecha 2 de julio del 2019)

 Hasta el año 1990, en el municipio de Tamboril nunca existió una biblioteca pública en la que estudiantes y demás ciudadanos se dieran cita a escuchar una charla, realizar una tertulia literaria, leer un periódico o consultar un libro. Solo en un estrecho espacio de la primera planta del ayuntamiento local había un tramo en el que descansaban no más de cincuenta libros desactualizados, tramo al que por no existir otro nombre todos lo llamaban o identificaban con el inmerecido nombre de biblioteca.


No faltaron, sin embargo, los intentos de personas que, constituidas en comités, realizaron una que otra reunión, con miras a discutir y trazar posibles planes encaminados a fundar tan importante institución; pero por una u otra razón, tales intentos se quedaron en las buenas intenciones, esto es, no se materializaron.

Merced a esa realidad, al final de 1989 surgió un nuevo comité, esta vez con  propósitos más definidos  y más firme  decisión, que acto seguido empezó a crear conciencia, coordinar voluntades y captar recursos materiales con el fin de convertir en hecho el tan educativo y cultural proyecto : fundar  una biblioteca de carácter público o municipal.

 Lo primero que se acordó fue que la biblioteca llevaría por nombre “Tomás Hernández Franco”, para de esa manera honrar la memoria del eximio poeta, nativo de Tamboril, autor del poema Yelidá y uno de los más brillantes exponentes de la literatura dominicana. En tal virtud, al recién fundado comité se le llamó Comité pro - Fundación Biblioteca Municipal “Tomás Hernández Franco”.

Si bien en el momento de su formación, casi una decena de personas participaron en los encuentros iniciales, el comité definitivo, y que logró materializar  el tan anhelado sueño, estuvo compuesto por el entonces director de la escuela urbana “Sergio Hernández”, profesor Basilio Caba Ramos, quien lo presidió, el arquitecto Eduardo Peña (tesorero), los profesores Domingo Caba Ramos, Alcides Ventura y Juan Guichardo, así como el periodista Nicolás Santos (secretario de actas y correspondencias) y el comerciante José Luis Deschamps. Muy pocos grupos humanos habían trabajado con igual pasión, entusiasmo, responsabilidad y transparencia como lo hicieron los integrantes de este Comité o fundadores de la Biblioteca Municipal “Tomás Hernández Franco”.

                                                                                  Profesor Domingo Caba Ramos

Como Tomás Hernández Franco Franco (1904 – 1952), hasta ese momento, ciertamente era un ser desconocido en el pueblo que lo vio nacer, para justificar el nombre del centro bibliotecario en proceso de formación, el comité fundador desarrolló una intensa labor de difusión acerca de la vida y obra del destacado escritor. Esa campaña de difusión  se desarrolló durante  todo el año previo (1989) a la inauguración de la biblioteca , mediante la publicación de artículos en la prensa nacional, así como a través de charlas dictadas en el mismo municipio, y en las que participaron expositores locales, de Santiago, Moca y Santo Domingo. Para este fin, se aprovechó la fecha aniversaria del nacimiento (29 de abril) del autor de Yelidá, y se organizó un ciclo de conferencias denominado “Una semana con Tomás Hernández Franco”, del 24 al 29 de abril del antes citado año.

 En ese ciclo de conferencias magistrales, memorables fueron las disertaciones de los afamados intelectuales mocanos, doctores Julio Jaime Julia (Q.E.P.D.) y Bruno Rosario Candelier, así como la leída por la profesora y poetisa tamborileña, Elsa Brito de Domínguez. Jaime Julia, por ejemplo, leyó la conferencia titulada “Tomás Hernández Franco en el recuerdo” (28- 4 -1989). Al día siguiente, a mí me correspondió disertar sobre el tema “Presencia de Tamboril en las obras de Tomás Hernández Franco”.

 Esta labor de educación sirvió para que el autor de Yelidá  dejara de ser un ignorado en su tierra natal y para que los tamborileños comenzaran a citarlo con orgullo , y conocieran la trayectoria literaria de su insigne compueblano.

 
    El comité cada vez iba concitando la confianza y el apoyo del pueblo. Todos confiaban en el trabajo incondicional de cada uno de sus miembros. Cada munícipe aportaba lo que podía. Uno daba una silla, otro un libro, otro un escritorio, otro un anaquel, otro colaboraba con la mano de obra, etc. En cuanto al sector comercial, ninguno de sus miembros desoyó nuestro llamado. En este ámbito vale resaltar el papel asumido por el empresario Baby Caraballo a quien con justicia debemos reconocer como nuestro principal soporte. Él supo colaborar antes, durante y después de inaugurada la obra.

 Y conviene resaltar, igualmente, el  significativo aporte del médico y destacado pintor Francisco Grullón (Pepe), consistente en la pintura del retrato de Tomás Hernández Franco. Se trató este de una valiosa y bien lograda obra de arte que con fines ilustrativos se fijó en una de las paredes interiores del local. Aparte de la indiscutible importancia que como obra artística posee, dicho cuadro alcanzó mayor significación, si se toma en cuenta que su autor se ofreció voluntariamente para pintarlo, vale decir, nadie del Comité  se lo solicitó. Ojalá que aún se conserve y no se haya desaparecido, como desafortunadamente me informaron recientemente.

El Ayuntamiento, con Julio Rosario Comprés a la cabeza, le cedió al comité el antiguo local que había servido de estación al ferrocarril central, para que allí funcionara la biblioteca. Este funcionario, además de su apoyo decidido al proyecto de fundación del centro bibliotecario jamás se le ocurrió ejercer su autoridad para controlarlo, politizarlo e irrespetar su autonomía , durante el tiempo en que el comité fundador lo dirigió. Lo mismo que Julio, también supieron respetar la autonomía de la biblioteca dos de los tres síndicos que llegaron luego.

El periódico LA INFORMACIÓN, con justicia debemos destacarlo, desempeñó un rol de primerísima importancia en la captación de recursos para nuestro proyecto. A su director en ese momento, periodista Miguel Franjul, lo designamos padrino del comité. Un enjundioso y persuasivo editorial escrito por este conmovió la conciencia de los ejecutivos de las empresas Cemento Cibao, Casa Haché, SADOSA y la Asociación de Ferreteros del Cibao (ADEFECI), originando que estos aportaran todo el material requerido para acondicionar el local. De esta manera se logró que el sábado 26 de enero de 1990 (Día de Duarte), en un grandioso, masivo e inolvidable acto, quedaran, ¡por fin!, abiertas las puertas de la Biblioteca Municipal “Tomás Hernández Franco”, la biblioteca que tanto deseaba y necesitaba el pueblo de Tamboril. 

 Al acto asistieron todos los sectores representativos del municipio. También intelectuales, empresarios y comunicadores de la ciudad de Santiago de los Caballeros, así como una nutrida representación de tamborileños ausentes radicados en la Ciudad Capital, entre estos, familiares del poeta que lleva el nombre de la biblioteca inaugurada.
                                                                  
Una vez fundada, nada satisfacía más que ver a decenas de ciudadanos leyendo la prensa diaria y a cientos de estudiantes consultando en los más de tres mil volúmenes que logramos recaudar. A partir de este acontecimiento, el comité fundador se trasformó en Comité de Apoyo. A uno de sus integrantes, el profesor Alcides Ventura, se le asignó la responsabilidad de dirigir la biblioteca de manera gratuita. Solo de Baby Caraballo, en los primeros años, recibía un pequeño aporte para fines de dieta.

  
Debido a nuevos compromisos contraídos y/o al desplazamiento a otros lugares de una parte representativa de sus miembros, el Comité de Apoyo se disolvió y, en tal virtud, la biblioteca pasó a ser dirigida por el ayuntamiento tamborileño, a través de su departamento de cultura.  Con este cambio de dirección, la vida de esta institución también cambió: la mayor parte de los libros que dejamos desaparecieron, la sala de lectura casi siempre permanece vacía, se realizan en ella actividades de tintes políticos e incompatibles por completo con un recinto bibliotecario, tales como reuniones partidarias,, entrega de tarjetas de solidaridad y  hasta la ya referida  pintura - retrato del poeta que lleva el nombre de la biblioteca , dicen que también desapareció.

Esta es la historia verdadera acerca de la fundación y funcionamiento inicial de la Biblioteca Municipal “Tomás Hernández Franco”. Sirva la misma como el más autorizado mentís por si alguien, en el futuro, ya sea por ignorancia u oculta intención, intenta distorsionarla o contarla a su manera ; para fiel o veraz conocimiento de las nuevas generaciones de la llamada Pajiza Aldea, para que conste como el más auténtico documento para la historia cultural del pueblo de Tamboril y porque en apego a la verdad histórica, los hechos siempre deben relatarse tal como sucedieron.