Por : Domingo Caba Ramos
Juan Antonio Alix
En el más antiguo de los aguinaldos dominicanos, cuyo título original es «Cánticos» (1908), su autor, nuestro laureado poeta o cantor popular, Juan Antonio Alix (1833- 1918), afirma que en la NAVIDAD debemos cuidarnos:
a) DE LOS CHISMOSOS, prestos siempre a generar nocivos efectos con sus lenguas lacerantes:
“Que el Niño Jesús,
muy a bien lo tenga,
librarnos a todos,
de las malas lenguas”
b) DE LOS ENVIDIOSOS, siempre mortificados por el éxito ajeno:
“Que los libre el Niño,
de los envidiosos,
que hacen mala sangre,
y viven rabiosos”
c) DE LOS MALOS VECINOS, eternos perturbadores de la paz familiar:
“Y los libre el cielo,
de un vecino malo,
que es mucho peor,
que un incendio al lado”
domingo, 23 de diciembre de 2018
viernes, 9 de noviembre de 2018
¡ADIOS, MAESTRO MONCHE! - (*)
(In Memoriam)
Por: Domingo Caba Ramos.
Noel Ramón Peralta (Monche)
« Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz…»
(JOSE MARTI)
Aunque todos sabíamos que su nombre verdadero era Noel Ramón Peralta, en la comunidad todos lo llamábamos El Maestro Monche. Y cuando no así, entonces invertíamos los términos, identificándolo, cuando a él nos referíamos, como Monche, El Maestro.
Pero lo cierto es que una y otra forma denominativa entrañaban el gran cariño y respeto que todos sentíamos por quien durante casi cuatro décadas se encargó de alfabetizar y repartir el pan de la enseñanza a generaciones de alumnos que hoy lloran y lamentan la muerte repentina de su antiguo preceptor.
Al servicio educativo, se integró el maestro que nos ocupa muy joven todavía, cuando apenas había trillado las rutas de la adolescencia, y provisto de un grado académico que no superaba el octavo curso. Una baja formación profesional que, sin embargo, estaba muy por debajo del alto nivel de competencia mostrado en sus siempre constructivas prácticas pedagógicas.
Posiblemente nunca mantuvo este maestro contacto con los más avanzados principios de la Didáctica o de aquellos postulados que norman el arte de enseñar. Probablemente tampoco conoció a los más destacados representantes del pensamiento pedagógico, registrados en la historia de la educación dominicana y /o universal. Pero a pesar de semejante desconocimiento, justo es reconocerlo, la calidad de su enseñanza siempre se puso de manifiesto en el ejercicio de su trabajo docente.
En otras palabras, no poseía, el Maestro Monche, título de licenciado, maestría, ni siquiera de bachiller; sin embargo, enseñaba, que es lo que un buen maestro debe hacer.
Para lograr eso, sólo le bastó trabajar con entrega, pasión, responsabilidad y amor, tanto por su oficio como por los cientos de alumnos que pasamos por sus manos, y que , gracias a sus empeños, recibimos las primeras lecciones o aprendimos a leer y a escribir en el centro educativo en el que ejerció durante treinta y siete años, ubicado en uno de los parajes que conforman la sección Ceiba de Madera, del municipio de Moca.
Su presencia como maestro desbordaba los límites del espacio enmarcado en las cuatro paredes del aula escolar, para insertarse en el mismo corazón de la comunidad, vale decir, ningún otro educador logró, como él, mantener un contacto tan íntimo, tan estrecho con la comunidad educativa. En esta, él, además del maestro, era el medidor o tasador de la tierra en venta o recibida por herencia, el consejero familiar, el fino peluquero y aquel que se desplazaba a la casa a inyectar al enfermo que requería de sus servicios.
Así era este singular educador. Así era ese tierno, pero firme maestro cuyos restos hoy yacen sepultados en los Estados Unidos en el frío espacio de un sepulcro silencioso.
Todavía lo recuerdo. De mediana estatura, poco hablar, lento caminar, el largo cordón, soporte de su inseparable llavero, moviéndose circularmente alrededor de su dedo índice, y una sonrisa en la que no podía ocultar la natural timidez que eternamente yacía plasmada en su rostro.
Poseía un concepto casi militar de la disciplina escolar. Por esos sus medidas disciplinarias eran recias, firmes y rígidas, pero sin abandonar nunca esa ternura casi paternal y ese trato afable que siempre lo caracterizó en su roce con los alumnos.
En la vida de todo ser humano, los hechos y seres que forman parte de sus primeras experiencias difícilmente resulten cubiertos por el manto del olvido. De ahí que en el ámbito escolar, cualquier estudiante, con relativa facilidad, borre de las páginas del recuerdo a quienes fueron sus profesores en la secundaria y en la universidad, pero jamás olvidará al maestro que en la escuela primaria le impartió sus primeras lecciones, y, muy particularmente, a quien lo alfabetizó o lo enseñó a leer y a escribir.
De ese maestro siempre tendremos latente su imagen y patente su recuerdo. Como patente y latente siempre hemos tenido la imagen y el recuerdo del maestro que en la antes citada escuela, a todos nos alfabetizó y suministró esas primeras lecciones.
Víctima de un fulminante paro cardíaco, falleció en Nueva York, el día 13 del presente mes (noviembre), el Maestro Monche. Ante tan infausta noticia, y transidos por el profundo dolor que hoy a todos nos embarga, pienso que sus exalumnos, padres de familias y todas las agrupaciones que conforman las fuerzas vivas de la comunidad, debemos amarrar nuestras voces , para en un gesto de sentida expresión de gratitud, despedirlo o decirle con el más doloroso de los acentos:
¡Adiós, Maestro Monche!
¡Adiós, Maestro Monche!, te decimos todos los que fuimos tus alumnos o saboreamos el néctar nutritivo de tus sabias enseñanzas.
¡Adiós, Maestro Monche!, te dice esa comunidad que tantos te agradece y a la que tantos le diste y enseñaste.
O Talvez, más que un simple adiós, lo ideal sería decirte con las palabras que pronunciara nuestro Poeta Nacional, Pedro Mir, frente al cadáver del maestro y escritor Manuel de Js. Camarena en su famoso «Grito para enterrar un maestro»:
«Maestro:
Tu imperio de silencio y de penumbra
ha comenzado al fin.
Enmudeciste
para adorar tu soledad tranquilo
pero a tu oído bajarán las horas
a decirte el secreto de los siglos
pero a tu voz la ahuecará el recuerdo
para llorarte en la ilusión de un nido…
Enmudeciste
para vivir tu eternidad tranquilo, pero en tu tumba
muchos lamentos vivirán contigo
muchos sollozos besarán tus huellas
para alfombrar de llanto tu camino.
Maestro:
No te decimos adiós. Tú no te has ido.
Tú estás en el recuerdo palpitante
y eterno en las raigambres del gemido.
Cada lágrima en flor del estudiante
apretada en el pecho conmovido,
será como un puñal de sentimiento
que querrá defenderte del olvido…»
(*) – Palabras escritas el 28 de noviembre del 2007 con motivo del sentido fallecimiento del profesor Noel Ramón Ramón Peralta (Monche), ocurrido en N.Y., Estados Unidos, en fecha 13/11/2007
Por: Domingo Caba Ramos.
Noel Ramón Peralta (Monche)
« Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz…»
(JOSE MARTI)
Aunque todos sabíamos que su nombre verdadero era Noel Ramón Peralta, en la comunidad todos lo llamábamos El Maestro Monche. Y cuando no así, entonces invertíamos los términos, identificándolo, cuando a él nos referíamos, como Monche, El Maestro.
Pero lo cierto es que una y otra forma denominativa entrañaban el gran cariño y respeto que todos sentíamos por quien durante casi cuatro décadas se encargó de alfabetizar y repartir el pan de la enseñanza a generaciones de alumnos que hoy lloran y lamentan la muerte repentina de su antiguo preceptor.
Al servicio educativo, se integró el maestro que nos ocupa muy joven todavía, cuando apenas había trillado las rutas de la adolescencia, y provisto de un grado académico que no superaba el octavo curso. Una baja formación profesional que, sin embargo, estaba muy por debajo del alto nivel de competencia mostrado en sus siempre constructivas prácticas pedagógicas.
Posiblemente nunca mantuvo este maestro contacto con los más avanzados principios de la Didáctica o de aquellos postulados que norman el arte de enseñar. Probablemente tampoco conoció a los más destacados representantes del pensamiento pedagógico, registrados en la historia de la educación dominicana y /o universal. Pero a pesar de semejante desconocimiento, justo es reconocerlo, la calidad de su enseñanza siempre se puso de manifiesto en el ejercicio de su trabajo docente.
En otras palabras, no poseía, el Maestro Monche, título de licenciado, maestría, ni siquiera de bachiller; sin embargo, enseñaba, que es lo que un buen maestro debe hacer.
Para lograr eso, sólo le bastó trabajar con entrega, pasión, responsabilidad y amor, tanto por su oficio como por los cientos de alumnos que pasamos por sus manos, y que , gracias a sus empeños, recibimos las primeras lecciones o aprendimos a leer y a escribir en el centro educativo en el que ejerció durante treinta y siete años, ubicado en uno de los parajes que conforman la sección Ceiba de Madera, del municipio de Moca.
Su presencia como maestro desbordaba los límites del espacio enmarcado en las cuatro paredes del aula escolar, para insertarse en el mismo corazón de la comunidad, vale decir, ningún otro educador logró, como él, mantener un contacto tan íntimo, tan estrecho con la comunidad educativa. En esta, él, además del maestro, era el medidor o tasador de la tierra en venta o recibida por herencia, el consejero familiar, el fino peluquero y aquel que se desplazaba a la casa a inyectar al enfermo que requería de sus servicios.
Así era este singular educador. Así era ese tierno, pero firme maestro cuyos restos hoy yacen sepultados en los Estados Unidos en el frío espacio de un sepulcro silencioso.
Todavía lo recuerdo. De mediana estatura, poco hablar, lento caminar, el largo cordón, soporte de su inseparable llavero, moviéndose circularmente alrededor de su dedo índice, y una sonrisa en la que no podía ocultar la natural timidez que eternamente yacía plasmada en su rostro.
Poseía un concepto casi militar de la disciplina escolar. Por esos sus medidas disciplinarias eran recias, firmes y rígidas, pero sin abandonar nunca esa ternura casi paternal y ese trato afable que siempre lo caracterizó en su roce con los alumnos.
En la vida de todo ser humano, los hechos y seres que forman parte de sus primeras experiencias difícilmente resulten cubiertos por el manto del olvido. De ahí que en el ámbito escolar, cualquier estudiante, con relativa facilidad, borre de las páginas del recuerdo a quienes fueron sus profesores en la secundaria y en la universidad, pero jamás olvidará al maestro que en la escuela primaria le impartió sus primeras lecciones, y, muy particularmente, a quien lo alfabetizó o lo enseñó a leer y a escribir.
De ese maestro siempre tendremos latente su imagen y patente su recuerdo. Como patente y latente siempre hemos tenido la imagen y el recuerdo del maestro que en la antes citada escuela, a todos nos alfabetizó y suministró esas primeras lecciones.
Víctima de un fulminante paro cardíaco, falleció en Nueva York, el día 13 del presente mes (noviembre), el Maestro Monche. Ante tan infausta noticia, y transidos por el profundo dolor que hoy a todos nos embarga, pienso que sus exalumnos, padres de familias y todas las agrupaciones que conforman las fuerzas vivas de la comunidad, debemos amarrar nuestras voces , para en un gesto de sentida expresión de gratitud, despedirlo o decirle con el más doloroso de los acentos:
¡Adiós, Maestro Monche!
¡Adiós, Maestro Monche!, te decimos todos los que fuimos tus alumnos o saboreamos el néctar nutritivo de tus sabias enseñanzas.
¡Adiós, Maestro Monche!, te dice esa comunidad que tantos te agradece y a la que tantos le diste y enseñaste.
O Talvez, más que un simple adiós, lo ideal sería decirte con las palabras que pronunciara nuestro Poeta Nacional, Pedro Mir, frente al cadáver del maestro y escritor Manuel de Js. Camarena en su famoso «Grito para enterrar un maestro»:
«Maestro:
Tu imperio de silencio y de penumbra
ha comenzado al fin.
Enmudeciste
para adorar tu soledad tranquilo
pero a tu oído bajarán las horas
a decirte el secreto de los siglos
pero a tu voz la ahuecará el recuerdo
para llorarte en la ilusión de un nido…
Enmudeciste
para vivir tu eternidad tranquilo, pero en tu tumba
muchos lamentos vivirán contigo
muchos sollozos besarán tus huellas
para alfombrar de llanto tu camino.
Maestro:
No te decimos adiós. Tú no te has ido.
Tú estás en el recuerdo palpitante
y eterno en las raigambres del gemido.
Cada lágrima en flor del estudiante
apretada en el pecho conmovido,
será como un puñal de sentimiento
que querrá defenderte del olvido…»
(*) – Palabras escritas el 28 de noviembre del 2007 con motivo del sentido fallecimiento del profesor Noel Ramón Ramón Peralta (Monche), ocurrido en N.Y., Estados Unidos, en fecha 13/11/2007
martes, 6 de noviembre de 2018
PROCESO POR LA SOMBRA DE UN BURRO
(A mi amigo, Dr. Piero Espinal)
Por : Domingo Caba Ramos
El pasado jueves, en el Gran Teatro del Cibao, participé en el acto de puesta en circulación del libro «En torno a la libertad», del destacado actor y dramaturgo dominicano Iván García (San Pedro de Macorís, 1938), y en el cual se recogen veintinueve obras de su fecunda producción teatral. Una de estas obras es «Proceso por la sombra de un burro», estrenada en 1974 en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Se trata de una adaptación a comedia musical de la divertida comedia que para radio había popularizado el pintor y escritor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921/1990)
En ella se narra el proceso judicial entablado por un dentista y un burrero a causa de la sombra de un burro. El dentista ha alquilado los servicios de un burro para viajar urgentemente a un pueblito de difícil acceso, ubicado en la zona montañosa, con la finalidad de corregir los problemas dentales que sufría la querida de un influyente político gobiernista. Para mitigar los efectos del insportable calor, el médico decide descansar bajo la sombra del animal. Este hecho desencadena la ira del burrero quien alega que la sombra de su burro no estaba incluida en el precio del alquiler.
Para resolver el caso, solicitan la intervención del juez, pero el problema persiste, originándose así un escandaloso juicio en el que los abogados de ambas partes emplean las más corruptas estrategias en bien de sus propios intereses, y en el que las fuerzas vivas de la ciudad forman dos bandos que deciden tomar partido por una y otra parte (el dentista y el burrero)
Ambas partes, en última instancia, apelan a la fuerza, contratando para tal fin los servicios de un pirata con el propósito de que incendie la ciudad. El fuego se produce en el momento en que el burro allí se presenta, después de haberse escapado del patio de la corte donde permanecía secuestrado, por orden del juez, hasta el fin del proceso. La ciudad queda destruida y los personajes terminan culpando al burro del terrible incendio.
Tras el animal preguntar solemnemente acerca de si él realmente era el burro en el caso en que se encontraba envuelto, todos encararon al público con los graciosos, satíricos y no menos aleccionadores versos de cierre que a continuación se transcriben:
« ¿Es el burro testarudo,
porque quiere descansar,
o el humano que muy burro,
pretende hacerlo parar?
Cuando un político es bruto,
la gente le grita: ‟ ¡burro!”
y a nadie se le ha ocurrido,
llamar al burro político.
¿Quién será más burro,
el burro, ese animal testarudo,
o el humano, ese gran bruto,
que al burro lo llama burro?
El burro, pobre animal,
todo el mundo lo critica,
sin saber que todo el mundo,
padece del mismo mal»
Por : Domingo Caba Ramos
El pasado jueves, en el Gran Teatro del Cibao, participé en el acto de puesta en circulación del libro «En torno a la libertad», del destacado actor y dramaturgo dominicano Iván García (San Pedro de Macorís, 1938), y en el cual se recogen veintinueve obras de su fecunda producción teatral. Una de estas obras es «Proceso por la sombra de un burro», estrenada en 1974 en la ciudad de Santiago de los Caballeros. Se trata de una adaptación a comedia musical de la divertida comedia que para radio había popularizado el pintor y escritor suizo Friedrich Dürrenmatt (1921/1990)
En ella se narra el proceso judicial entablado por un dentista y un burrero a causa de la sombra de un burro. El dentista ha alquilado los servicios de un burro para viajar urgentemente a un pueblito de difícil acceso, ubicado en la zona montañosa, con la finalidad de corregir los problemas dentales que sufría la querida de un influyente político gobiernista. Para mitigar los efectos del insportable calor, el médico decide descansar bajo la sombra del animal. Este hecho desencadena la ira del burrero quien alega que la sombra de su burro no estaba incluida en el precio del alquiler.
Para resolver el caso, solicitan la intervención del juez, pero el problema persiste, originándose así un escandaloso juicio en el que los abogados de ambas partes emplean las más corruptas estrategias en bien de sus propios intereses, y en el que las fuerzas vivas de la ciudad forman dos bandos que deciden tomar partido por una y otra parte (el dentista y el burrero)
Ambas partes, en última instancia, apelan a la fuerza, contratando para tal fin los servicios de un pirata con el propósito de que incendie la ciudad. El fuego se produce en el momento en que el burro allí se presenta, después de haberse escapado del patio de la corte donde permanecía secuestrado, por orden del juez, hasta el fin del proceso. La ciudad queda destruida y los personajes terminan culpando al burro del terrible incendio.
Tras el animal preguntar solemnemente acerca de si él realmente era el burro en el caso en que se encontraba envuelto, todos encararon al público con los graciosos, satíricos y no menos aleccionadores versos de cierre que a continuación se transcriben:
« ¿Es el burro testarudo,
porque quiere descansar,
o el humano que muy burro,
pretende hacerlo parar?
Cuando un político es bruto,
la gente le grita: ‟ ¡burro!”
y a nadie se le ha ocurrido,
llamar al burro político.
¿Quién será más burro,
el burro, ese animal testarudo,
o el humano, ese gran bruto,
que al burro lo llama burro?
El burro, pobre animal,
todo el mundo lo critica,
sin saber que todo el mundo,
padece del mismo mal»
domingo, 4 de noviembre de 2018
ESCOGIDISTA DESDE ANTES DE NACER
(A Elvis Caba, mi sobrino, el más escogidista de todos los escogidistas)
Por : Domingo Caba Ramos
Nicol María Caba
A ella, mi pequeño manojito de ternura, no solo le encanta el color rojo del batallador equipo de su papi, sino también escuchar los imponentes y desafiantes rugidos del Rey de la selva, el LEÓN. Por eso vibra de emoción cuando ve su cuerpo adornado con los símbolos escarlatas. Así es Nicol, mi pequeño manojito de ternura. Así es Nicol, la más auténtica expresión de mi otro yo. Así es Nicol María: una flor que llora y un diamante que respira.
Domingo Caba Ramos
(A Elvis Caba, mi sobrino, el más escogidista de todos los escogidistas)
Por : Domingo Caba Ramos
Nicol María Caba
A ella, mi pequeño manojito de ternura, no solo le encanta el color rojo del batallador equipo de su papi, sino también escuchar los imponentes y desafiantes rugidos del Rey de la selva, el LEÓN. Por eso vibra de emoción cuando ve su cuerpo adornado con los símbolos escarlatas. Así es Nicol, mi pequeño manojito de ternura. Así es Nicol, la más auténtica expresión de mi otro yo. Así es Nicol María: una flor que llora y un diamante que respira.
Domingo Caba Ramos
viernes, 28 de septiembre de 2018
RAMÓN LEONARDO : EL CANTOR DEL PUEBLO (*)
Por: Domingo Caba Ramos
Ramón Leonardo
Ramón Leonardo Blanco Quesada. Cantante, compositor, activista social, militante revolucionario, líder religioso y profesor de artes marciales, nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros el día 28 de febrero de 1948. Hijo del comerciante don Leoncio Blanco y la señora Ángela Quesada, también cantante.
Cursó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, al mismo tiempo que se destacaba como estudiante de karate, disciplina en la que alcanzó el grado de Cinturón Negro, tanto en el estilo chino (Kung Fu) como en el coreano (Moo Do Kwan). También obtuvo el título de Técnico en Máquinas- Herramientas en la Escuela de Técnicos Medios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
En el ámbito musical, recibió clases de acordeón y piano con el maestro Primitivo Santos y de trompeta en la Escuela Municipal de Santiago con los maestros Julio César Curiel y Manolo García.
Su pasión artística la heredó de su madre.
«Mi madre – afirma al respecto- sembró en mí los genes del arte. En su juventud – continúa – mi madre formó parte del Dueto Apolo, junto a Teté Marcial, quienes eran acompañadas al piano en sus presentaciones en vivo en la emisora HI3U, por el entonces joven y después afamado compositor, Diógenes Silva»
Pero no solo de su madre. Dos de sus tíos también fueron prestigiosos músicos, en tanto que su padre, aunque en otra faceta del arte, se destacó como fino declamador.
Incursionó en la guitarra, y sus experiencias en el barrio Mejoramiento Social lo impulsaron a escribir sus primeras canciones sociales y románticas, naciendo de esta manera el que luego sería el reconocido «CANTOR DEL PUEBLO». En esa época funda el Club Superación, actualmente Club Sameji.
En los Estados Unidos grabó su primer disco titulado «Yo canto al amor», con el auspicio de su tío Baby Quesada. Más tarde sus temas “Todos somos iguales” y “Juventud” alcanzaron un nivel tal de popularización que lo llevaron a debutar como cantante profesional el 5 de abril de 1970.
Sus canciones sociales, incluidas en su primera grabación, hicieron posible el nacimiento del “Grupo Expresión Joven”, el cual lideraba musicalmente junto a Cholo Brenes.
Canciones de la autoría de Chico González con música de Ramón Leonardo, se escucharon en la radio dominicana en la década de los setenta, provocando que fuera encarcelado en cinco ocasiones e impedida su entrada a ciudades donde tenía que actuar.
El canto social lo llevó a ser denominado “Padre de la Canción de Protesta de la República Dominicana”. Fue parte del histórico evento “Siete días con el pueblo”, celebrado en nuestro país del 25 de noviembre al 1 de diciembre de 1974, en cuya apertura no pudo participar por encontrase preso en Dajabón, acusado de «agitador» o alterar el orden público.
Canciones como”, “Francisco Alberto¨ “Abra la reja señor Gobierno”, “Soldado”, “Universidad” y ¨Está llegando la hora¨, entre otras, acompañaron al proceso político y social del pueblo en esa época, bajo el gobierno de Joaquín Balaguer. Se trata de canciones que como lo expresa el propio cantautor « son recordadas por generaciones que tuvieron que enfrentar la intolerancia de un régimen que encarceló, exilió, asesinó y reprimió a miles de jóvenes estudiantes y a dirigentes políticos. Fueron canciones que acompañaron la lucha de la época, que aguijoneaban las emociones sociales y alimentaban la rebeldía patriótica» .
La primera de estas, «Francisco Alberto caramba», prohibida en el mismo año en que se compuso y difundió (1973), más que una canción se convirtió en un verdadero himno de combate. El espíritu libertario de los dominicanos se encendía desde el mismo momento en que se escuchaban los primeros acordes de la guitarra que acompañaba su interpretación. Con toda propiedad debemos afirmarlo: en la historia de las luchas políticas de la República Dominicana, ningún otro texto discursivo y/o literario ha logrado, como Francisco Alberto, encender el ánimo y prender la mecha de la rebeldía.
Por esa razón, debo decir, sin temor a exagerar, que el régimen balaguerista le tenía más miedo o pavor a la bélica guitarra de Ramón Leonardo que a los fusiles de los guerrilleros que tuvo que enfrentar en febrero del antes citado año en la loma de Playa Caracoles, San José de Ocoa.
Con la canción protesta, Ramón Leonardo supo forjar conciencia, gestar esperanzas, sueños y utopías en una juventud que aspiraba a una nueva sociedad en la que reinara la libertad, la justicia social y el respeto a los derechos humanos. Es por eso que los jóvenes de entonces veíamos en este combativo cantautor a nuestro más digno referente y fue por eso que supo ganarse, hasta la fecha, el respeto y el aprecio del pueblo dominicano.
Pero además de la canción de tipo social, Ramón Leonardo incursionó en género romántico, como bien se pone de manifiesto en títulos como «Nunca supe más de ti», «Camino hacia al altar», «Los celos», «Te extraño tanto» y otras que en su momento alcanzaron gran popularidad y difusión.
En 1984 Ramón Leonardo abandona el canto romántico e inicia un proceso de conversión que lo lleva a predicar lo que él llama la buena Nueva de la Salvación. Para tal fin compone temas alusivos, funda el Ministerio Acción Evangelizadora Católica, abre programas de radio y televisión y recorre parte del país y los Estados Unidos.
Este cantautor ha publicado escrito los siguientes libros: «Historia de mi voz», «Hacia el socialismo nacional democrático» y «Conceptos sobre el arte popular, sociedad y compromiso»
En el primero de esos textos, «Historia de mi voz», el doctor Ricardo Nieves, escritor, profesor universitario y destacado comentarista de radio y televisión, escribió unas breves palabras, las cuales comparto en todas sus partes. Y por compartirlas, tengo necesariamente que terminar con ellas mi intervención. Dice Ricardo Nieves lo siguiente:
« De Ramón Leonardo puede decir: sobreviviente de una generación… cantor del pueblo en un momento en el que el más puro canto presagiaba el riesgo… cantor del amor, de la poesía, del dolor. Todavía se recuerda el aire irreverente de la canción que cuenta y canta rebeldía. Canción de patria, de vida, juventud y osadía. Ramón Leonardo - continúa Nieves - congrega en cada nota de su voz la quejumbre de un tiempo muerto. Pero también aquel período de lucha y esperanza en el que, pese al otoño y sus desgarros, nos marcó para no morir. Por eso saludo la Historia de mi voz, como la historia de todas las voces enterradas, las mutiladas, las heridas, las osadas. En fin, aquellas que como la de Ramón Leonardo, todavía apuestan a la esperanza»
Ramón Leonardo
Ramón Leonardo Blanco Quesada. Cantante, compositor, activista social, militante revolucionario, líder religioso y profesor de artes marciales, nació en la ciudad de Santiago de los Caballeros el día 28 de febrero de 1948. Hijo del comerciante don Leoncio Blanco y la señora Ángela Quesada, también cantante.
Cursó sus estudios primarios y secundarios en su ciudad natal, al mismo tiempo que se destacaba como estudiante de karate, disciplina en la que alcanzó el grado de Cinturón Negro, tanto en el estilo chino (Kung Fu) como en el coreano (Moo Do Kwan). También obtuvo el título de Técnico en Máquinas- Herramientas en la Escuela de Técnicos Medios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
En el ámbito musical, recibió clases de acordeón y piano con el maestro Primitivo Santos y de trompeta en la Escuela Municipal de Santiago con los maestros Julio César Curiel y Manolo García.
Su pasión artística la heredó de su madre.
«Mi madre – afirma al respecto- sembró en mí los genes del arte. En su juventud – continúa – mi madre formó parte del Dueto Apolo, junto a Teté Marcial, quienes eran acompañadas al piano en sus presentaciones en vivo en la emisora HI3U, por el entonces joven y después afamado compositor, Diógenes Silva»
Pero no solo de su madre. Dos de sus tíos también fueron prestigiosos músicos, en tanto que su padre, aunque en otra faceta del arte, se destacó como fino declamador.
Incursionó en la guitarra, y sus experiencias en el barrio Mejoramiento Social lo impulsaron a escribir sus primeras canciones sociales y románticas, naciendo de esta manera el que luego sería el reconocido «CANTOR DEL PUEBLO». En esa época funda el Club Superación, actualmente Club Sameji.
En los Estados Unidos grabó su primer disco titulado «Yo canto al amor», con el auspicio de su tío Baby Quesada. Más tarde sus temas “Todos somos iguales” y “Juventud” alcanzaron un nivel tal de popularización que lo llevaron a debutar como cantante profesional el 5 de abril de 1970.
Sus canciones sociales, incluidas en su primera grabación, hicieron posible el nacimiento del “Grupo Expresión Joven”, el cual lideraba musicalmente junto a Cholo Brenes.
Canciones de la autoría de Chico González con música de Ramón Leonardo, se escucharon en la radio dominicana en la década de los setenta, provocando que fuera encarcelado en cinco ocasiones e impedida su entrada a ciudades donde tenía que actuar.
El canto social lo llevó a ser denominado “Padre de la Canción de Protesta de la República Dominicana”. Fue parte del histórico evento “Siete días con el pueblo”, celebrado en nuestro país del 25 de noviembre al 1 de diciembre de 1974, en cuya apertura no pudo participar por encontrase preso en Dajabón, acusado de «agitador» o alterar el orden público.
Canciones como”, “Francisco Alberto¨ “Abra la reja señor Gobierno”, “Soldado”, “Universidad” y ¨Está llegando la hora¨, entre otras, acompañaron al proceso político y social del pueblo en esa época, bajo el gobierno de Joaquín Balaguer. Se trata de canciones que como lo expresa el propio cantautor « son recordadas por generaciones que tuvieron que enfrentar la intolerancia de un régimen que encarceló, exilió, asesinó y reprimió a miles de jóvenes estudiantes y a dirigentes políticos. Fueron canciones que acompañaron la lucha de la época, que aguijoneaban las emociones sociales y alimentaban la rebeldía patriótica» .
La primera de estas, «Francisco Alberto caramba», prohibida en el mismo año en que se compuso y difundió (1973), más que una canción se convirtió en un verdadero himno de combate. El espíritu libertario de los dominicanos se encendía desde el mismo momento en que se escuchaban los primeros acordes de la guitarra que acompañaba su interpretación. Con toda propiedad debemos afirmarlo: en la historia de las luchas políticas de la República Dominicana, ningún otro texto discursivo y/o literario ha logrado, como Francisco Alberto, encender el ánimo y prender la mecha de la rebeldía.
Por esa razón, debo decir, sin temor a exagerar, que el régimen balaguerista le tenía más miedo o pavor a la bélica guitarra de Ramón Leonardo que a los fusiles de los guerrilleros que tuvo que enfrentar en febrero del antes citado año en la loma de Playa Caracoles, San José de Ocoa.
Con la canción protesta, Ramón Leonardo supo forjar conciencia, gestar esperanzas, sueños y utopías en una juventud que aspiraba a una nueva sociedad en la que reinara la libertad, la justicia social y el respeto a los derechos humanos. Es por eso que los jóvenes de entonces veíamos en este combativo cantautor a nuestro más digno referente y fue por eso que supo ganarse, hasta la fecha, el respeto y el aprecio del pueblo dominicano.
Pero además de la canción de tipo social, Ramón Leonardo incursionó en género romántico, como bien se pone de manifiesto en títulos como «Nunca supe más de ti», «Camino hacia al altar», «Los celos», «Te extraño tanto» y otras que en su momento alcanzaron gran popularidad y difusión.
En 1984 Ramón Leonardo abandona el canto romántico e inicia un proceso de conversión que lo lleva a predicar lo que él llama la buena Nueva de la Salvación. Para tal fin compone temas alusivos, funda el Ministerio Acción Evangelizadora Católica, abre programas de radio y televisión y recorre parte del país y los Estados Unidos.
Este cantautor ha publicado escrito los siguientes libros: «Historia de mi voz», «Hacia el socialismo nacional democrático» y «Conceptos sobre el arte popular, sociedad y compromiso»
En el primero de esos textos, «Historia de mi voz», el doctor Ricardo Nieves, escritor, profesor universitario y destacado comentarista de radio y televisión, escribió unas breves palabras, las cuales comparto en todas sus partes. Y por compartirlas, tengo necesariamente que terminar con ellas mi intervención. Dice Ricardo Nieves lo siguiente:
« De Ramón Leonardo puede decir: sobreviviente de una generación… cantor del pueblo en un momento en el que el más puro canto presagiaba el riesgo… cantor del amor, de la poesía, del dolor. Todavía se recuerda el aire irreverente de la canción que cuenta y canta rebeldía. Canción de patria, de vida, juventud y osadía. Ramón Leonardo - continúa Nieves - congrega en cada nota de su voz la quejumbre de un tiempo muerto. Pero también aquel período de lucha y esperanza en el que, pese al otoño y sus desgarros, nos marcó para no morir. Por eso saludo la Historia de mi voz, como la historia de todas las voces enterradas, las mutiladas, las heridas, las osadas. En fin, aquellas que como la de Ramón Leonardo, todavía apuestan a la esperanza»
(*) – Texto de las semblanza leída por el autor en fecha 20/9/2018, en el acto organizado en Casa de Arte por la Asociación de Escritores y Periodistas de Santiago, la Dirección Regional de Cultura (Norte) y el programa «Detrás de la noticia»
jueves, 13 de septiembre de 2018
LO RECONOZCO: YO ESTABA EQUIVOCADO
Por: Domingo Caba Ramos
Pensaba, y así lo había dicho más de una vez, que los dominicanos, en su gran mayoría, no leían o sufrían de «lecturofobia» Pero me equivoqué. Y me equivoqué, por cuanto no es posible calificar de «lecturofóbica», o decir que no lee, una sociedad en donde la edición de un libro recientemente publicado, «El Manual de la chapiadora», se agotó en menos de una semana. Y aquellos que no pudieron adquirirlo, en un gesto de inusitado interés, dejaron sus nombres registrados en listas de espera.
Por esa razón, es posible que a su autora haya que entregarle en cualquier año no muy lejano el Premio Nobel de Literatura o colocarla en el mismo pedestal de Cervantes, García Márquez, Saramago, Rulfo, Juan Bosch, Manuel del Cabral, Vargas Llosa, Pedro Mir, Rubén Darío, Pablo Neruda, Marcio Veloz Maggiolo, Aída Cartagena y otros preclaros representantes de la literatura dominicana, hispanoamericana y universal.
Cientos de dominicanos que desconocen por completo y no les interesa saber para nada quiénes fueron o son esos y otros autores de renombres, y mucho menos sus obras, andaban como «locos» buscando el excitante «Manual…» Y comunicadores que en sus programas de opinión nunca han comentado un libro, esta vez le dedicaban minutos interminables al texto que nos ocupa.
Tan sorprendente acontecimiento editorial retrata de manera fehaciente el gusto de nuestra gente por todo lo que sea «light», vacío, insustancial, vacuo, farandulero o carente de valor y trascendencia.
Pero, a pesar de lo que se pueda argumentar, me equivoqué.
Y merced a mi equivocación, pude convencerme de que el dominicano, en el continente americano, es el ser que más lee. Agotar una edición de quinientos ejemplares en solo siete días constituye una hazaña cultural que coloca a nuestro país al lado de las más desarrolladas naciones del mundo.
Lo antes expresado quiere decir que no es cierto, como antes creía y afirmaba yo, que los hombres y mujeres de la República Dominicana sean «lecturofóbicos», odien o sientan fobia por la lectura.
No señor. Los dominicanos acaban de demostrar que son capaces de dejar vacía la estantería de una librería, siempre que la lectura requerida sea «light», carente por completo de ideas profundas y del más mínimo valor simbólico o metafórico, que trate temas tan vacuos como el «chapeo femenino» y que no demande mayores esfuerzos para desentrañar su contenido profundo.
Quien en el juicio anterior no crea, solo tiene que preguntárselo a la feliz autora del «monumental» y « archiinstructivo» Manual de la chapiadora.
Pensaba, y así lo había dicho más de una vez, que los dominicanos, en su gran mayoría, no leían o sufrían de «lecturofobia» Pero me equivoqué. Y me equivoqué, por cuanto no es posible calificar de «lecturofóbica», o decir que no lee, una sociedad en donde la edición de un libro recientemente publicado, «El Manual de la chapiadora», se agotó en menos de una semana. Y aquellos que no pudieron adquirirlo, en un gesto de inusitado interés, dejaron sus nombres registrados en listas de espera.
Por esa razón, es posible que a su autora haya que entregarle en cualquier año no muy lejano el Premio Nobel de Literatura o colocarla en el mismo pedestal de Cervantes, García Márquez, Saramago, Rulfo, Juan Bosch, Manuel del Cabral, Vargas Llosa, Pedro Mir, Rubén Darío, Pablo Neruda, Marcio Veloz Maggiolo, Aída Cartagena y otros preclaros representantes de la literatura dominicana, hispanoamericana y universal.
Cientos de dominicanos que desconocen por completo y no les interesa saber para nada quiénes fueron o son esos y otros autores de renombres, y mucho menos sus obras, andaban como «locos» buscando el excitante «Manual…» Y comunicadores que en sus programas de opinión nunca han comentado un libro, esta vez le dedicaban minutos interminables al texto que nos ocupa.
Tan sorprendente acontecimiento editorial retrata de manera fehaciente el gusto de nuestra gente por todo lo que sea «light», vacío, insustancial, vacuo, farandulero o carente de valor y trascendencia.
Pero, a pesar de lo que se pueda argumentar, me equivoqué.
Y merced a mi equivocación, pude convencerme de que el dominicano, en el continente americano, es el ser que más lee. Agotar una edición de quinientos ejemplares en solo siete días constituye una hazaña cultural que coloca a nuestro país al lado de las más desarrolladas naciones del mundo.
Lo antes expresado quiere decir que no es cierto, como antes creía y afirmaba yo, que los hombres y mujeres de la República Dominicana sean «lecturofóbicos», odien o sientan fobia por la lectura.
No señor. Los dominicanos acaban de demostrar que son capaces de dejar vacía la estantería de una librería, siempre que la lectura requerida sea «light», carente por completo de ideas profundas y del más mínimo valor simbólico o metafórico, que trate temas tan vacuos como el «chapeo femenino» y que no demande mayores esfuerzos para desentrañar su contenido profundo.
Quien en el juicio anterior no crea, solo tiene que preguntárselo a la feliz autora del «monumental» y « archiinstructivo» Manual de la chapiadora.
miércoles, 12 de septiembre de 2018
EL DOMINICANO, LA BOA DE HAINA Y SU MIEDO CULTURAL A LAS CULEBRAS
Por: Domingo Caba Ramos
Los moradores de Haina, San Cristóbal, han perdido la paz y apenas duermen. Una enorme serpiente (Boa de la Hispaniola) de aproximadamente unos 1.5 metros de largo y un grosor de seis a siete centímetros se desplaza silenciosa entre bosques, árboles y otros espacios, sin que se conozca su paradero exacto. Por eso los nervios de los «jaineros» se encuentran al borde de la explosión. Y es natural que así suceda. Es natural, porque existen miedos culturales, aprendidos. Y en nuestro país, uno de esos miedos culturales o aprendidos es el miedo a las culebras. Posiblemente el 95% o más de los dominicanos padezca esa fobia (ofidiofobia)
A mí, por ejemplo, cuando niño, me inculcaron en mi subconsciente todo lo malo o negativo acerca de estos reptiles, las culebras. Me dijeron que estas «bajiaban» a las personas, que daban «fuetazos», que cantaban cuando eran muy grandes, que si las orinaban sacaban las patas, que introducían su cola en la boca del bebé, mientras ellas extraían la leche del seno de la madre, que cuando una resultaba herida y dividido su cuerpo en dos partes, venían otras y lo unían, que sólo agarradas con la mano izquierda se podían dominar y, por último, que antes andaban paradas, pero un día la virgen las maldijo y, a partir de ahí, comenzaron a moverse arrastrando sus cuerpos.
Todo eso me decían insistentemente mis parientes, vecinos y demás personas mayores, logrando, de esa manera, que en mi ingenua mente infantil se forjaran las más satánicas y monstruosas imágenes relativas a la naturaleza de un animal acerca del cual, hasta en el bíblico relato, se habla de su seductor y perverso protagonismo.
Luego aprendí que todo eso no era más que una especie de Realismo Mágico. Que nada de eso era cierto, que las culebras de aquí son inofensivas y que en lugar de proporcionarle daños a los seres humanos, lo que hacen es huir de estos.
Eso aprendí; pero como el subconsciente no borra, confieso que de solo escuchar la palabra culebra o serpiente, mi cuerpo comienza a temblar; y cuando muy cerca tengo a uno de estos animales, mis músculos casi se paralizan y apenas puedo correr. Por esa razón, mientras más lejos de mí se encuentran, mayor es mi felicidad. Por eso, en cada serpiente yo veo un monstruo. Por eso, mientras más me dicen que las culebras y serpientes dominicanas son inofensivas, más miedo les tengo. Mi ofidiofobia, pues, tengo que reconocerla y, al mismo tiempo, calificarla de severa o extrema.
Compadezco a los hermanos moradores del municipio de Haina. Sé que hasta tanto esa gigantesca y trotamundos boa no aparezca, tranquilos nunca estarán. Yo, en su lugar, quizás hubiera abandonado el lugar y colocado en mi casa el siguiente letrero: CERRADA HASTA NUEVO AVISO…
Los moradores de Haina, San Cristóbal, han perdido la paz y apenas duermen. Una enorme serpiente (Boa de la Hispaniola) de aproximadamente unos 1.5 metros de largo y un grosor de seis a siete centímetros se desplaza silenciosa entre bosques, árboles y otros espacios, sin que se conozca su paradero exacto. Por eso los nervios de los «jaineros» se encuentran al borde de la explosión. Y es natural que así suceda. Es natural, porque existen miedos culturales, aprendidos. Y en nuestro país, uno de esos miedos culturales o aprendidos es el miedo a las culebras. Posiblemente el 95% o más de los dominicanos padezca esa fobia (ofidiofobia)
A mí, por ejemplo, cuando niño, me inculcaron en mi subconsciente todo lo malo o negativo acerca de estos reptiles, las culebras. Me dijeron que estas «bajiaban» a las personas, que daban «fuetazos», que cantaban cuando eran muy grandes, que si las orinaban sacaban las patas, que introducían su cola en la boca del bebé, mientras ellas extraían la leche del seno de la madre, que cuando una resultaba herida y dividido su cuerpo en dos partes, venían otras y lo unían, que sólo agarradas con la mano izquierda se podían dominar y, por último, que antes andaban paradas, pero un día la virgen las maldijo y, a partir de ahí, comenzaron a moverse arrastrando sus cuerpos.
Todo eso me decían insistentemente mis parientes, vecinos y demás personas mayores, logrando, de esa manera, que en mi ingenua mente infantil se forjaran las más satánicas y monstruosas imágenes relativas a la naturaleza de un animal acerca del cual, hasta en el bíblico relato, se habla de su seductor y perverso protagonismo.
Luego aprendí que todo eso no era más que una especie de Realismo Mágico. Que nada de eso era cierto, que las culebras de aquí son inofensivas y que en lugar de proporcionarle daños a los seres humanos, lo que hacen es huir de estos.
Eso aprendí; pero como el subconsciente no borra, confieso que de solo escuchar la palabra culebra o serpiente, mi cuerpo comienza a temblar; y cuando muy cerca tengo a uno de estos animales, mis músculos casi se paralizan y apenas puedo correr. Por esa razón, mientras más lejos de mí se encuentran, mayor es mi felicidad. Por eso, en cada serpiente yo veo un monstruo. Por eso, mientras más me dicen que las culebras y serpientes dominicanas son inofensivas, más miedo les tengo. Mi ofidiofobia, pues, tengo que reconocerla y, al mismo tiempo, calificarla de severa o extrema.
Compadezco a los hermanos moradores del municipio de Haina. Sé que hasta tanto esa gigantesca y trotamundos boa no aparezca, tranquilos nunca estarán. Yo, en su lugar, quizás hubiera abandonado el lugar y colocado en mi casa el siguiente letrero: CERRADA HASTA NUEVO AVISO…
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