Por: Domingo Caba Ramos
La historia de la narración de beisbol de invierno en nuestro país, parece dividirse en dos períodos caracterizados, naturalmente, por dos estilos narrativos muy diferentes: la era en que, sin descuidar la amenidad, al narrar imperaba la mesura, el respeto, lo técnico y lo profesional, y la era actual, en la que predomina el sensacionalismo absurdo, la fraseología apestante y la chercha insustancial.
En el primer grupo, necesariamente, debemos incluir a los grandes maestros de esta vertiente de la locución, quienes con su genial estilo dieron cátedras de cómo debe narrarse un juego de pelota. Nos referimos, obviamente, entre otros, a Lilín Díaz, Billy Berroa, Félix Acosta Núñez, Papi Pimentel y don Ramón de Luna. La línea profesional de estos íconos de la narración deportiva ha sido agraciadamente continuada, en la actualidad, por narradores del calibre de Mendy López, Ricky Noboa, Roosevelt Comarazamy, José Antonio Mena, Kevin Cabral, Michel Tueni, Melvin José Bejarán y Radhamés González, entre otros.
Narrar un juego de pelota debe ser un ejercicio altamente profesional y recreativamente descriptivo como magistralmente lo hacían en tiempos pasados los cinco maestros de la palabra antes citados.
« Chabacanear» la narración, como modernamente lo hacen algunos, es convertir en «relajo» un oficio tan serio como ese, y es, además, irrespetar al fanático, a la LIDOM y al torneo mismo.
Un buen narrador, aunque simpatice y reciba pago del equipo que representa, tiene que ser objetivo, controlar sus emociones y actuar por encima de su fanatismo. Debe entender que más que narrador, es un cronista, y en tanto cronista, está obligado a describir de manera desapasionada todo lo que ocurre en el terreno de juego. Y al detallar las atléticas acciones, debe hacerlo con emoción, no importa quién sea o a qué equipo favorezca la jugada que se describe.
Y, lo que es más importante, el narrador de beisbol debe poseer plena conciencia de lo que es: un narrador de pelota y no el animador de un show artístico u humorístico que a toda costa intenta impactar y/o provocar risa, ya sea mediante el uso de un tono sensacionalista o de un abultamiento fraseológico que empalaga y le imprime un carácter altamente disparatoso al noble oficio que realiza.
En relación con la fraseología exagerada, se tiene la errada percepción de que mientras mayor sea el número de frases empleadas al narrar, más amena y divertida resulta la narración. Y nada más falso. Para ilustrar, vale recordar que nada era más divertido que escuchar a Félix Acosta Núñez, Billy Berroa y Lilín Díaz, cuyo repertorio fraseológico que caracterizaba el estilo de cada uno, no superaba las seis frases.
Quizás debido a esa falsa percepción es que algunos de nuestros narradores incluyen todos los años nuevas frases en su quehacer narrativo. Y esto se debe, además, a que semejante conducta resulta reforzada (Condicionamiento operante) por fanáticos que hasta en las letras de nuestros merengues incluyen tales expresiones. Por eso hay un popular narrador de una de nuestras cadenas de beisboleras cuyo número de frases utilizadas puede considerarse de exagerado: veinte o más posiblemente.
Es verdad que la dialéctica establece que todo cambia, nada es permanente, todo se transforma; pero el cambio dialéctico debe apuntar siempre hacia lo positivo, a la superación, pues de lo contrario, lo que se espera que sea una auténtica evolución se convierte entonces en un verdadero retroceso, en una real involución.
En tal virtud, entendemos que el sensacionalismo absurdo, el fanatismo irracional, la chercha insustancial y la fraseología apestante, por abultada, son rasgos que le restan gracias, seriedad y profesionalidad a la narración deportiva; pero muy especialmente a la narración de nuestro pasatiempo favorito: el beisbol.
viernes, 26 de enero de 2018
jueves, 11 de enero de 2018
HOMBRE PEQUEÑITO (Alfonsina Storni)
Por: Domingo Caba Ramos
Alfonsina Storni
Ahora que tantos casos de feminicidio se reportan en nuestro país, por considerar muchos hombres que su esposa, novia o pareja sentimental le pertenece como si fuera un objeto cualquiera, quizás convenga compartir el poema «Hombre pequeñito», de la insigne poetisa argentina, Alfonsina Storni (1892-1938). Entraña dicha composición una aguda crítica a ese hombre de mente estrecha que terca o rabiosamente se resiste a que su esposa, novia o compañera de vida le ponga fin a la relación. Cada hombre que haya adoptado semejante conducta, conviene entonces que reflexione sobre el contenido del poema para que se cuenta qué tan pequeño es.
¿Quién fue Alfonsina Storni?
Madre soltera, actriz, dramaturga, maestra y poetisa, nació en Suiza el 29 de mayo de 1892 y falleció en Argentina, donde residió desde niña, el 25 de octubre de 1938. Junto con la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarborou conformó la gran trilogía de escritoras que lucharon para que la mujer ocupara un espacio de importancia en las páginas de la literatura hispanoamericana, logrando convertirse de esa manera en la primera mujer que entró a formar parte de la comunidad de escritores de Argentina. Y junto a Ibarborou (1892-1979), está considerada como una de las voces de mayor relieve de la poesía feminista en América.
El feminismo combativo es uno los rasgos que más caracterizan su producción poética, como bien se pone de manifiesto en sus composiciones : «Tú me quieres blanca» y «Hombre pequeñito» De manera subversiva y directa, en sus versos abordó temas como la sexualidad femenina, los roles de género y la subordinación de la mujer al hombre; pero esa rebeldía contra la opresión de la mujer no fue solo personal, sino también política. En tal virtud, participó activamente en la campaña de defensa del derecho al voto de la mujer argentina y en favor de la educación sexual en las escuelas.
Además de sus ocho libros de versos, escribió obras teatrales y numerosos artículos. Esos libros son los siguientes : La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919) Languidez (1920), Ocre (1925) , Poemas de amor (1926) , Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938)
El diagnóstico de un incurable cáncer de mama la sumió en una terrible y permanente depresión que la llevó a ponerle fin a su vida por la vía de suicidio, lanzándose al Mar de Plata, la madrugada del 25 de octubre de 1938.
Un suicidio que parece haberlo pronosticado en los versos que escribió un año antes de su muerte, con motivo del trágico fallecimiento de su entrañable amigo y amante, el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), quien al enterarse de que padecía de un intratable o incurable cáncer de próstata, decidió envenenarse, mientras se encontraba interno en un hospital de Buenos Aires, en la madrugada del 19 de febrero de 1937.
En esos versos de despedida, Alfonsina le dice a su amigo querido lo siguiente:
«Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria…»
HOMBRE PEQUEÑITO.
«Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto ,
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más»
Alfonsina Storni
Ahora que tantos casos de feminicidio se reportan en nuestro país, por considerar muchos hombres que su esposa, novia o pareja sentimental le pertenece como si fuera un objeto cualquiera, quizás convenga compartir el poema «Hombre pequeñito», de la insigne poetisa argentina, Alfonsina Storni (1892-1938). Entraña dicha composición una aguda crítica a ese hombre de mente estrecha que terca o rabiosamente se resiste a que su esposa, novia o compañera de vida le ponga fin a la relación. Cada hombre que haya adoptado semejante conducta, conviene entonces que reflexione sobre el contenido del poema para que se cuenta qué tan pequeño es.
¿Quién fue Alfonsina Storni?
Madre soltera, actriz, dramaturga, maestra y poetisa, nació en Suiza el 29 de mayo de 1892 y falleció en Argentina, donde residió desde niña, el 25 de octubre de 1938. Junto con la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarborou conformó la gran trilogía de escritoras que lucharon para que la mujer ocupara un espacio de importancia en las páginas de la literatura hispanoamericana, logrando convertirse de esa manera en la primera mujer que entró a formar parte de la comunidad de escritores de Argentina. Y junto a Ibarborou (1892-1979), está considerada como una de las voces de mayor relieve de la poesía feminista en América.
El feminismo combativo es uno los rasgos que más caracterizan su producción poética, como bien se pone de manifiesto en sus composiciones : «Tú me quieres blanca» y «Hombre pequeñito» De manera subversiva y directa, en sus versos abordó temas como la sexualidad femenina, los roles de género y la subordinación de la mujer al hombre; pero esa rebeldía contra la opresión de la mujer no fue solo personal, sino también política. En tal virtud, participó activamente en la campaña de defensa del derecho al voto de la mujer argentina y en favor de la educación sexual en las escuelas.
Además de sus ocho libros de versos, escribió obras teatrales y numerosos artículos. Esos libros son los siguientes : La inquietud del rosal (1916), El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919) Languidez (1920), Ocre (1925) , Poemas de amor (1926) , Mundo de siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938)
El diagnóstico de un incurable cáncer de mama la sumió en una terrible y permanente depresión que la llevó a ponerle fin a su vida por la vía de suicidio, lanzándose al Mar de Plata, la madrugada del 25 de octubre de 1938.
Un suicidio que parece haberlo pronosticado en los versos que escribió un año antes de su muerte, con motivo del trágico fallecimiento de su entrañable amigo y amante, el uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937), quien al enterarse de que padecía de un intratable o incurable cáncer de próstata, decidió envenenarse, mientras se encontraba interno en un hospital de Buenos Aires, en la madrugada del 19 de febrero de 1937.
En esos versos de despedida, Alfonsina le dice a su amigo querido lo siguiente:
«Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria…»
HOMBRE PEQUEÑITO.
«Hombre pequeñito, hombre pequeñito,
suelta a tu canario que quiere volar...
Yo soy el canario, hombre pequeñito,
déjame saltar.
Estuve en tu jaula, hombre pequeñito,
hombre pequeñito que jaula me das.
Digo pequeñito porque no me entiendes,
ni me entenderás.
Tampoco te entiendo, pero mientras tanto ,
ábreme la jaula que quiero escapar;
hombre pequeñito, te amé media hora,
no me pidas más»
viernes, 5 de enero de 2018
SUEÑO Y REALIDAD
Por: Domingo Caba Ramos
Cada vez que un Año Nuevo se acerca, múltiples sueños pueblan nuestras mentes. Todas nuestras expectativas, aspiraciones, ilusiones o deseos no satisfechos en el año que se va, se materializan de manera espectacular y no menos cinematográfica en ese momento, cuando dormimos, en que, al decir de uno de mis maestros de Sicología, « se sueltan las amarras del ¨súper yo¨». Por esa razón, una noche de la semana que casi termina fui asaltado por una tanda de interminables, bellos y agradables sueños.
Y soñé…
Soñé que nuestro país era el más seguro del mundo, tanto que los robos, los atracos y las violaciones sexuales brillaban por su ausencia.
Soñé que el Congreso Nacional había aprobado un proyecto de ley que establecía, aparte de la pena máxima establecida, la castración sexual para los hombres que incurran en casos de violación sexual.
Soñé que nuestro Código Procesal Penal había sido reformado para aumentar la pena máxima a cincuenta años de prisión como castigo en contra de todo aquel que cometa la falta de matar a una mujer por asuntos pasionales.
Soñé que en la República Dominicana se había producido una verdadera revolución educativa.
Soñé que en relación con la alta calidad de los servicios de salud y educación que el Estado brinda a la ciudadanía, nuestro país ocupa el primer lugar en el mundo.
Soñé que la República Dominicana es el único país de América donde en los últimos veintiún años no se registra un solo caso de impunidad y corrupción administrativa en las instituciones estatales.
Soñé que cada médico que labora en un hospital estaba recibiendo el salario que merece y cumpliendo puntualmente con su horario de entrada y salida en el puesto que desempeña.
Soñé que todos los hospitales de nuestro país contaban con los equipos y medicamentos requeridos para brindar un buen servicio de salud.
Soñé que el gas propano se vendía a cuarenta pesos el galón y a cien pesos el de gasolina.
Soñé que en nuestro país la ley es igual para todos, esto es, se aplica sin tomar en cuenta rangos y poder político o económico.
Soñé, en fin, que la tasa de desempleo en nuestro país bordea el 0%, razón por la cual no existe un solo profesional recién graduado en las universidades nuestras que no cuente con un trabajo digno y seguro.
El eco plañidero de un perro vagabundo me despertó y provocó que de manera repentina se interrumpieran todos mis sueños, poniéndome así, frente a frente con la amarga realidad. Fue entonces cuando recordé los versos del poeta:
« LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON…»
Cada vez que un Año Nuevo se acerca, múltiples sueños pueblan nuestras mentes. Todas nuestras expectativas, aspiraciones, ilusiones o deseos no satisfechos en el año que se va, se materializan de manera espectacular y no menos cinematográfica en ese momento, cuando dormimos, en que, al decir de uno de mis maestros de Sicología, « se sueltan las amarras del ¨súper yo¨». Por esa razón, una noche de la semana que casi termina fui asaltado por una tanda de interminables, bellos y agradables sueños.
Y soñé…
Soñé que nuestro país era el más seguro del mundo, tanto que los robos, los atracos y las violaciones sexuales brillaban por su ausencia.
Soñé que el Congreso Nacional había aprobado un proyecto de ley que establecía, aparte de la pena máxima establecida, la castración sexual para los hombres que incurran en casos de violación sexual.
Soñé que nuestro Código Procesal Penal había sido reformado para aumentar la pena máxima a cincuenta años de prisión como castigo en contra de todo aquel que cometa la falta de matar a una mujer por asuntos pasionales.
Soñé que en la República Dominicana se había producido una verdadera revolución educativa.
Soñé que en relación con la alta calidad de los servicios de salud y educación que el Estado brinda a la ciudadanía, nuestro país ocupa el primer lugar en el mundo.
Soñé que la República Dominicana es el único país de América donde en los últimos veintiún años no se registra un solo caso de impunidad y corrupción administrativa en las instituciones estatales.
Soñé que cada médico que labora en un hospital estaba recibiendo el salario que merece y cumpliendo puntualmente con su horario de entrada y salida en el puesto que desempeña.
Soñé que todos los hospitales de nuestro país contaban con los equipos y medicamentos requeridos para brindar un buen servicio de salud.
Soñé que el gas propano se vendía a cuarenta pesos el galón y a cien pesos el de gasolina.
Soñé que en nuestro país la ley es igual para todos, esto es, se aplica sin tomar en cuenta rangos y poder político o económico.
Soñé, en fin, que la tasa de desempleo en nuestro país bordea el 0%, razón por la cual no existe un solo profesional recién graduado en las universidades nuestras que no cuente con un trabajo digno y seguro.
El eco plañidero de un perro vagabundo me despertó y provocó que de manera repentina se interrumpieran todos mis sueños, poniéndome así, frente a frente con la amarga realidad. Fue entonces cuando recordé los versos del poeta:
« LOS SUEÑOS, SUEÑOS SON…»
jueves, 14 de diciembre de 2017
APOLINAR BUENO Y EL «HIMNO NORMALISTA»
(A todos mis compañeros de promoción de la Escuela Normal «Luis Núñez Molina»)
Por: Domingo Caba Ramos
Profesor Apolinar Bueno Torres
El Himno Normalista, de la autoría de nuestro recordado maestro de música, Apolinar Bueno, más que un himno es el hoy el canto de la nostalgia para cada uno de los que cursamos estudios magisteriales, unos internos y otros externos, en la desaparecida Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, de Licey al Medio.
Todavía recuerdo al maestro, con su eterna paciencia, rumiando su ¨pique¨ o molestia en el amplio salón de la cocina del prestigioso centro educativo, con unos estudiantes (mis compañeros y yo) cuasi adolescentes que bajo ninguno de sus llamados le poníamos el ¨asunto¨ que él demandaba cuando violín en manos genialmente interpretaba los más diversos himnos escolares, incluyendo, en primer orden, nuestro nunca olvidado «Himno Normalista» Las sesiones de canto se llevaban a cabo todos los lunes en las primeras horas de la mañana.
Todavía recuerdo su implorante y calmada voz dirigida a la profesora Herminia Pérez Vda. Pimentel (doña Mamina), la eternamente recordada maestra y entonces subdirectora del plantel:
- « Por Dios, doña Herminia, dígales algo a estos muchachos…»
Se trata, el referido himno, de un canto que formó parte de nuestra existencia académica durante los dos años de intensos estudios pedagógicos que duró nuestra permanencia en la Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, por cuanto teníamos que entonarlo en cada uno de los actos solemnes que allí se celebraban.
¿Quién fue Apolinar Bueno?
Apolinar Bueno Torres: nació el 15 de abril de 1914. Compositor, arreglista y director coral, está considerado como uno de los más afamados músicos de la ciudad de Santiago de los Caballeros y del país. Fue director de la Escuela de Bellas Artes, Santiago, miembro fundador de la Orquesta Sinfónica de la Tabacalera y fundador – director del coro José Ovidio García, considerado en su momento uno de los más prestigiosos de la República Dominicana. En este inició sus estudios musicales el afamado tenor dominicano, nativo de esta ciudad, Henry Ely.
Pero no solo Ely. Apolinar Bueno fue también quien descubrió el talento musical y el perfil lírico –vocal de Maridalia Hernández, una de la voces de mayor relieve con que cuenta el canto popular de nuestro país.
Definido como un ¨héroe anónimo de la música dominicana¨, don Apolinar Bueno forma parte de la cosecha de grandes músicos que nacieron o se establecieron en la provincia de Santiago y en cuya lista se registran nombres del prestigio artístico de Juan Francisco García (Pancho), Julio Alberto Hernández, José Ovidio García, Luis Alberti, Margarita Luna, Ramón Emilio Peralta, Aida Bonelly de Díaz, Julio César Curiel y Hussaíno Germosén, entre otros.
Fue maestro de violín, viola y violoncelo. Además de estos tres instrumentos sinfónicos, tocaba guitarra y contrabajo.
Pengbian Sang, destacado bajista, arreglista, violoncelista y uno de los discípulos aprovechados del profesor Bueno, dice de su maestro lo siguiente:
«Además de los fuertes lazos afectivos que unen a mi familia con la familia Bueno Collado, la figura de Don Apolinar tiene un peso en mi vida como músico que creo que ni él mismo nunca se imaginó. De mis recuerdos de infancia ha quedado grabada en mi mente la imagen de aquel señor que apaciblemente transitaba las calles de Santiago montado en su bicicleta negra, de cuya parrilla colgaba su más útil herramienta, su más preciosa prenda: su inseparable violín. Con él iba a nuestra escuela a contagiarnos su amor por la música. Nos divertía imitando “la sirena de las doce” y nos enseñaba aquellos hermosos himnos escolares que cantábamos gozosos, vestidos con nuestros horrorosos uniformes color kaki, en aquella casona de madera que llamábamos la “Escuela Anexa”» (Hoy, 8 de enero del 2008)
Y continúa Piang Beng:
« Don Apolinar dirigía el Liceo Musical José Ovidio García (“Escuela de Bellas Artes” le decíamos todos). Allí, con su paciencia casi china, manejaba los escasos recursos con que contaba para enseñar su especialidad: el amor por la música»
Para el padre César Hilario, director del Orfeón de Santiago, Apolinar Bueno era un músico de sólida formación y un compositor de fina sensibilidad.
Falleció el profesor Apolinar Bueno en su ciudad natal, a los noventa y tres años de edad, el día 18 de diciembre del 2007. Y como sucede con los grandes hombres a quienes la fortuna no les acompañó, de su muerte ni una nota se publicó en la prensa nacional. Mas los que como yo y mis condiscípulos o miembros de mi promoción magisterial de la Normal Núñez Molina tuvimos el privilegio de saborear el dulce néctar de sus sabias lecciones, hoy sentimos el orgullo de haber tenido como maestro a este verdadero «héroe anónimo» del arte musical dominicano.
HIMNO NORMALISTA
Por: Apolinar Bueno
« ¡Hosanna! normalista,
cantemos a la escuela,
que rauda el alma vuela,
de suave ritmo en pos.
¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna…!
cantemos sin demora ,
que ya llegó la hora,
de levantar la voz.
De la escuela en las aulas austeras,
recibimos la luz del saber,
y a las pruebas de examen severas,
nos impone la ley someter.
Infantiles los ecos alcemos,
nuestro canto al son del laúd,
y al probar que aprendimos, cantemos,
del maestro la ciencia y virtud »
Por: Domingo Caba Ramos
Profesor Apolinar Bueno Torres
El Himno Normalista, de la autoría de nuestro recordado maestro de música, Apolinar Bueno, más que un himno es el hoy el canto de la nostalgia para cada uno de los que cursamos estudios magisteriales, unos internos y otros externos, en la desaparecida Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, de Licey al Medio.
Todavía recuerdo al maestro, con su eterna paciencia, rumiando su ¨pique¨ o molestia en el amplio salón de la cocina del prestigioso centro educativo, con unos estudiantes (mis compañeros y yo) cuasi adolescentes que bajo ninguno de sus llamados le poníamos el ¨asunto¨ que él demandaba cuando violín en manos genialmente interpretaba los más diversos himnos escolares, incluyendo, en primer orden, nuestro nunca olvidado «Himno Normalista» Las sesiones de canto se llevaban a cabo todos los lunes en las primeras horas de la mañana.
Todavía recuerdo su implorante y calmada voz dirigida a la profesora Herminia Pérez Vda. Pimentel (doña Mamina), la eternamente recordada maestra y entonces subdirectora del plantel:
- « Por Dios, doña Herminia, dígales algo a estos muchachos…»
Se trata, el referido himno, de un canto que formó parte de nuestra existencia académica durante los dos años de intensos estudios pedagógicos que duró nuestra permanencia en la Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, por cuanto teníamos que entonarlo en cada uno de los actos solemnes que allí se celebraban.
¿Quién fue Apolinar Bueno?
Apolinar Bueno Torres: nació el 15 de abril de 1914. Compositor, arreglista y director coral, está considerado como uno de los más afamados músicos de la ciudad de Santiago de los Caballeros y del país. Fue director de la Escuela de Bellas Artes, Santiago, miembro fundador de la Orquesta Sinfónica de la Tabacalera y fundador – director del coro José Ovidio García, considerado en su momento uno de los más prestigiosos de la República Dominicana. En este inició sus estudios musicales el afamado tenor dominicano, nativo de esta ciudad, Henry Ely.
Pero no solo Ely. Apolinar Bueno fue también quien descubrió el talento musical y el perfil lírico –vocal de Maridalia Hernández, una de la voces de mayor relieve con que cuenta el canto popular de nuestro país.
Definido como un ¨héroe anónimo de la música dominicana¨, don Apolinar Bueno forma parte de la cosecha de grandes músicos que nacieron o se establecieron en la provincia de Santiago y en cuya lista se registran nombres del prestigio artístico de Juan Francisco García (Pancho), Julio Alberto Hernández, José Ovidio García, Luis Alberti, Margarita Luna, Ramón Emilio Peralta, Aida Bonelly de Díaz, Julio César Curiel y Hussaíno Germosén, entre otros.
Fue maestro de violín, viola y violoncelo. Además de estos tres instrumentos sinfónicos, tocaba guitarra y contrabajo.
Pengbian Sang, destacado bajista, arreglista, violoncelista y uno de los discípulos aprovechados del profesor Bueno, dice de su maestro lo siguiente:
«Además de los fuertes lazos afectivos que unen a mi familia con la familia Bueno Collado, la figura de Don Apolinar tiene un peso en mi vida como músico que creo que ni él mismo nunca se imaginó. De mis recuerdos de infancia ha quedado grabada en mi mente la imagen de aquel señor que apaciblemente transitaba las calles de Santiago montado en su bicicleta negra, de cuya parrilla colgaba su más útil herramienta, su más preciosa prenda: su inseparable violín. Con él iba a nuestra escuela a contagiarnos su amor por la música. Nos divertía imitando “la sirena de las doce” y nos enseñaba aquellos hermosos himnos escolares que cantábamos gozosos, vestidos con nuestros horrorosos uniformes color kaki, en aquella casona de madera que llamábamos la “Escuela Anexa”» (Hoy, 8 de enero del 2008)
Y continúa Piang Beng:
« Don Apolinar dirigía el Liceo Musical José Ovidio García (“Escuela de Bellas Artes” le decíamos todos). Allí, con su paciencia casi china, manejaba los escasos recursos con que contaba para enseñar su especialidad: el amor por la música»
Para el padre César Hilario, director del Orfeón de Santiago, Apolinar Bueno era un músico de sólida formación y un compositor de fina sensibilidad.
Falleció el profesor Apolinar Bueno en su ciudad natal, a los noventa y tres años de edad, el día 18 de diciembre del 2007. Y como sucede con los grandes hombres a quienes la fortuna no les acompañó, de su muerte ni una nota se publicó en la prensa nacional. Mas los que como yo y mis condiscípulos o miembros de mi promoción magisterial de la Normal Núñez Molina tuvimos el privilegio de saborear el dulce néctar de sus sabias lecciones, hoy sentimos el orgullo de haber tenido como maestro a este verdadero «héroe anónimo» del arte musical dominicano.
HIMNO NORMALISTA
Por: Apolinar Bueno
« ¡Hosanna! normalista,
cantemos a la escuela,
que rauda el alma vuela,
de suave ritmo en pos.
¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna…!
cantemos sin demora ,
que ya llegó la hora,
de levantar la voz.
De la escuela en las aulas austeras,
recibimos la luz del saber,
y a las pruebas de examen severas,
nos impone la ley someter.
Infantiles los ecos alcemos,
nuestro canto al son del laúd,
y al probar que aprendimos, cantemos,
del maestro la ciencia y virtud »
jueves, 30 de noviembre de 2017
DE LA FE EN TB JOSHUA AL ATRASO ALDEANISTA DEL PUEBLO DOMINICANO.
Por : Domingo Caba Ramos
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» Mateo 7 : 15
TB Josehua
El famoso «profeta» TB Joshua, sale de su natal Nigeria, donde las enfermedades y la extrema pobreza campean por sus fueros, a curar enfermos de manera milagrosa en países mucho más desarrollados que el suyo. El culto a este «nuevo Jesucristo», el espectáculo que se montó en nuestro país con motivo de su presencia, siempre con el apoyo del gobierno, así como la ciega fe de que con solo recibir un toque o suave bofetada de este falso profeta, cualquier enfermedad se puede curar, lleva a pensar que a pesar de la modernidad que nos brinda la Internet, el atraso científico y cultural del pueblo dominicano es tal que parece que todavía no hemos superado el oscurantismo propio de la Edad Media. Somos pues, un país archiatrasado, matizado por indiscutibles rasgos medievales.
Cuando de un país se dice que es subdesarrollado, casi siempre se piensa en un país pobre y con extremas limitaciones económicas. Pero no. No existe peor subdesarrollo que el mental. Y en ese aspecto, los dominicanos, aunque se crea lo contrario, ocupamos un lugar preferencial... Y en esa posición nos mantendremos, mientras continuemos prestigiando creencias y prácticas distanciadas por completo del rigor de la ciencia. Prácticas cada una de las cuales se inscriben en el plano de la fe, las creencias, las impresiones, las cábalas y las supersticiones.
En otras palabras, mientras sigamos creyendo que basta con que un hombre toque nuestro cuerpo para que un cáncer, una hernia discal o una discapacidad desaparezcan como por arte de magia, los dominicanos, en el tiempo, estaremos viviendo en la Edad Media o en la época precolombina. Lo mismo sucede con aquellos que aún creen que el «mal de ojo» existe o que la disípela y el dolor de muela se curan con « ensalmos»
Valdría preguntarse al respecto:
¿Por qué el presidente Medina, en la audiencia que le concedió a este «médico milagroso», no aprovechó para solicitarle que fuera a los centros oncológicos y de rehabilitación, así como a todos los hospitales del país a manosear enfermos, de manera que estos, ya sanos, abandonaran sus camas y se marcharan de inmediato a sus respectivos hogares? De haber procedido así, el gobierno se hubiera ahorrado unos buenos millones.
África, vale reiterarlo, es la cuna de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. Esto quiere decir, que si en realidad existe una zona que de manera urgente requiere la intervención de la mano divina para resolver sus problemas de salud, esa zona es Nigeria y demás países del continente africano. Sin embargo, el endiosado y polémico profeta prefiere dejar atrás esos problemas de su mundo natal para marcharse a otro, América, a eliminar las enfermedades que en su lar nativo se mantienen intactas y en crecimiento.
Lo lamentable de todo es que un presidente de la República, que debería ser el principal interesado y responsable del desarrollo científico y tecnológico de la nación bajo su mando, apadrine las actividades anticientíficas practicadas y promovidas por «vivos» y farsantes que apoyados en tales actividades han logrado amasar sólidas fortunas. Merced a este juicio, extraño no resulta que el señor TB Joshua, según la revista Forbes, esté en la actualidad considerado como uno de los misioneros más ricos del mundo.
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» Mateo 7 : 15
TB Josehua
El famoso «profeta» TB Joshua, sale de su natal Nigeria, donde las enfermedades y la extrema pobreza campean por sus fueros, a curar enfermos de manera milagrosa en países mucho más desarrollados que el suyo. El culto a este «nuevo Jesucristo», el espectáculo que se montó en nuestro país con motivo de su presencia, siempre con el apoyo del gobierno, así como la ciega fe de que con solo recibir un toque o suave bofetada de este falso profeta, cualquier enfermedad se puede curar, lleva a pensar que a pesar de la modernidad que nos brinda la Internet, el atraso científico y cultural del pueblo dominicano es tal que parece que todavía no hemos superado el oscurantismo propio de la Edad Media. Somos pues, un país archiatrasado, matizado por indiscutibles rasgos medievales.
Cuando de un país se dice que es subdesarrollado, casi siempre se piensa en un país pobre y con extremas limitaciones económicas. Pero no. No existe peor subdesarrollo que el mental. Y en ese aspecto, los dominicanos, aunque se crea lo contrario, ocupamos un lugar preferencial... Y en esa posición nos mantendremos, mientras continuemos prestigiando creencias y prácticas distanciadas por completo del rigor de la ciencia. Prácticas cada una de las cuales se inscriben en el plano de la fe, las creencias, las impresiones, las cábalas y las supersticiones.
En otras palabras, mientras sigamos creyendo que basta con que un hombre toque nuestro cuerpo para que un cáncer, una hernia discal o una discapacidad desaparezcan como por arte de magia, los dominicanos, en el tiempo, estaremos viviendo en la Edad Media o en la época precolombina. Lo mismo sucede con aquellos que aún creen que el «mal de ojo» existe o que la disípela y el dolor de muela se curan con « ensalmos»
Valdría preguntarse al respecto:
¿Por qué el presidente Medina, en la audiencia que le concedió a este «médico milagroso», no aprovechó para solicitarle que fuera a los centros oncológicos y de rehabilitación, así como a todos los hospitales del país a manosear enfermos, de manera que estos, ya sanos, abandonaran sus camas y se marcharan de inmediato a sus respectivos hogares? De haber procedido así, el gobierno se hubiera ahorrado unos buenos millones.
África, vale reiterarlo, es la cuna de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. Esto quiere decir, que si en realidad existe una zona que de manera urgente requiere la intervención de la mano divina para resolver sus problemas de salud, esa zona es Nigeria y demás países del continente africano. Sin embargo, el endiosado y polémico profeta prefiere dejar atrás esos problemas de su mundo natal para marcharse a otro, América, a eliminar las enfermedades que en su lar nativo se mantienen intactas y en crecimiento.
Lo lamentable de todo es que un presidente de la República, que debería ser el principal interesado y responsable del desarrollo científico y tecnológico de la nación bajo su mando, apadrine las actividades anticientíficas practicadas y promovidas por «vivos» y farsantes que apoyados en tales actividades han logrado amasar sólidas fortunas. Merced a este juicio, extraño no resulta que el señor TB Joshua, según la revista Forbes, esté en la actualidad considerado como uno de los misioneros más ricos del mundo.
EL EXTRAÑO LLANTO DEL COMPAY REJO
Por : Domingo Caba Ramos
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
El mandato, de implorante y casi plañidero acento, se escuchó más de una vez entre los tertulianos:
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
Pero el hombre continuaba llorando…
En el momento en que el hecho se desarrollaba, una quietud general reinaba en cada uno de los espacios del ambiente campestre. Las ramas de los árboles apenas se movían. Del sol solo se percibía una imagen tenue de la luz crepuscular que cual extensa alfombra amarillenta se explayaba en el lejano horizonte. Los grillos comenzaban a entonar su nocturno y sinfónico concierto y, debajo de las ramas, una anciana gallina realizaba inútiles esfuerzos por ascender al “palo” que le serviría de lecho.
En el vecindario, todo era paz, calma, tranquilidad. Cuando el reloj las siete marcó, ya ellos, como era su diaria costumbre, estaban reunidos, listos para dar inicio a una más de sus habituales tertulias. En la “enramá”, ahí estaban ellos: Yeyo, Doroteo, doña Vira, Buro y el Compay Rejo.
En la reunión, no había tema que quedara fuera de la agenda, esto es, se abordaban desde asuntos comunitarios, políticos, deportivos, económicos, etc., hasta culminar con los chismes del momento. Sin embargo, lo que más salero o sazón les imprimía a esos nocturnos encuentros eran los chistes picantes o de doble sentido, matizados casi siempre de rojiza tonalidad contados con incomparable gracias por doña Vira. Chistes que entre los tertulianos gustaban bastante, no solo por su hilarante y jocoso contenido, sino por la risa estridente que, como expresión de autocelebración, emitía su relatora al terminar de contarlos.
Todos celebraban, hasta casi desmayarse, los cuentos de doña Vira, muy especialmente Yeyo y el Compay Rejo, los cuales no bien terminaban de escucharlos, estallaban en imparables carcajadas, al mismo tiempo que dejaban caer hacia atrás sus cuerpos, no sin antes levantar sus sucios pies descalzos.
Pero esa noche, inexplicablemente, algo inusual parecía ocurrirle al Compay Rejo. Nada lograba despertarle su fino sentido del humor. De ahí que mientras los demás reían sin parar, después de escuchar lo último de doña Vira, él, por el contrario, lucía inquieto, preocupado, reflexivo, en completo silencio. Y cuando sus amigos, por fin, terminaron de reír, aquel hombre, de manera extraña y repentina, estalló en llanto. Un llanto inesperado, sorpresivo, que no tardó en concitar el asombro de todos los allí presentes.
Todos quedaron pasmados, absortos, boquiabiertos. Y es que al Compay Rejo nadie, absolutamente nadie, lo había visto llorar, ni siquiera en momentos tan dolorosos como aquellos en que fallecieron algunos de sus más queridos y cercanos parientes.
Yeyo, por el impacto, apenas cerraba la boca. Le resulta difícil creer lo que en ese instante veía y escuchaba. Amigo de infancia del Compay Rejo, de los ojos de este, nunca le había visto salir una sola lágrima. Por eso no paraba de mirarlo. Una mirada, cruzada con la de doña Vira, en la que se mezclaban la sorpresa, la preocupación y la ironía.
«-¿Qué le parece vale Doro? Y yo que creía que los ojos del Compay Rejo solo estaban ahí para ver y dormir, pero jamás para llorar ni botar lágrimas. Y mire ahora… ¡Carajo!, lo último no se ha visto…»
Doroteo no contestó. Momentáneamente prefirió guardar silencio, mientras sus dedos acariciaban suavemente el borde delantero del viejo sombrero de guano y de anchas alas que cubría su canosa cabeza. Intentó hablar, pero al ver a su amigo bañado en lágrimas, bajó la cabeza y calló.
Buro tampoco hablaba, solo observaba. En ningún momento articuló palabras. Con los pocos dientes que aún le quedaban sostenía el cachimbo, tomaba un trago de café y sonreía. Así era este raro personaje: frío, indiferente, calculador, un auténtico estoico a quien nada ni nadie le robaba el sueño.
El canto de los grillos se percibía cada vez más armónico y compacto, en tanto que la vieja amapola, cual guardiana del bosque, lucía cada vez más imponente. Hacia ella dirigió el vale Doro su mirada, como si tratara de obtener del simbólico y grandioso árbol la explicación que tanto deseaban sobre el caso que ocupaba su atención.
«- Así es mano Yeyo. Yo también toy sorprendió. Lo mihmo pensaba yo» -, contestó Doro minutos después, de manera lacónica y casi para sí.
Así, más de una vez, se ha contado la historia; pero la historia, vale aclararlo, no es como como la cuentan. El error de quienes cuentan la historia consiste en contarla como si realmente el Compay Rejo comenzó a llorar después de escuchar el cuento de doña Vira. Y no fue así.
Terminado el relato, los demás integrantes de la tertulia empezaron de inmediato a reír, no así el Compay Rejo, cuya risa inició cuando la de los demás había terminado. Y tan sentida, efusiva y prolongada fue su carcajada, que, más que eso, parecía un interminable, desesperado e incontrolable llanto, tanto que no obstante aclarado el caso, aún parece escucharse el mandato, de implorante y casi plañidero acento:
« - ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
El mandato, de implorante y casi plañidero acento, se escuchó más de una vez entre los tertulianos:
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
Pero el hombre continuaba llorando…
En el momento en que el hecho se desarrollaba, una quietud general reinaba en cada uno de los espacios del ambiente campestre. Las ramas de los árboles apenas se movían. Del sol solo se percibía una imagen tenue de la luz crepuscular que cual extensa alfombra amarillenta se explayaba en el lejano horizonte. Los grillos comenzaban a entonar su nocturno y sinfónico concierto y, debajo de las ramas, una anciana gallina realizaba inútiles esfuerzos por ascender al “palo” que le serviría de lecho.
En el vecindario, todo era paz, calma, tranquilidad. Cuando el reloj las siete marcó, ya ellos, como era su diaria costumbre, estaban reunidos, listos para dar inicio a una más de sus habituales tertulias. En la “enramá”, ahí estaban ellos: Yeyo, Doroteo, doña Vira, Buro y el Compay Rejo.
En la reunión, no había tema que quedara fuera de la agenda, esto es, se abordaban desde asuntos comunitarios, políticos, deportivos, económicos, etc., hasta culminar con los chismes del momento. Sin embargo, lo que más salero o sazón les imprimía a esos nocturnos encuentros eran los chistes picantes o de doble sentido, matizados casi siempre de rojiza tonalidad contados con incomparable gracias por doña Vira. Chistes que entre los tertulianos gustaban bastante, no solo por su hilarante y jocoso contenido, sino por la risa estridente que, como expresión de autocelebración, emitía su relatora al terminar de contarlos.
Todos celebraban, hasta casi desmayarse, los cuentos de doña Vira, muy especialmente Yeyo y el Compay Rejo, los cuales no bien terminaban de escucharlos, estallaban en imparables carcajadas, al mismo tiempo que dejaban caer hacia atrás sus cuerpos, no sin antes levantar sus sucios pies descalzos.
Pero esa noche, inexplicablemente, algo inusual parecía ocurrirle al Compay Rejo. Nada lograba despertarle su fino sentido del humor. De ahí que mientras los demás reían sin parar, después de escuchar lo último de doña Vira, él, por el contrario, lucía inquieto, preocupado, reflexivo, en completo silencio. Y cuando sus amigos, por fin, terminaron de reír, aquel hombre, de manera extraña y repentina, estalló en llanto. Un llanto inesperado, sorpresivo, que no tardó en concitar el asombro de todos los allí presentes.
Todos quedaron pasmados, absortos, boquiabiertos. Y es que al Compay Rejo nadie, absolutamente nadie, lo había visto llorar, ni siquiera en momentos tan dolorosos como aquellos en que fallecieron algunos de sus más queridos y cercanos parientes.
Yeyo, por el impacto, apenas cerraba la boca. Le resulta difícil creer lo que en ese instante veía y escuchaba. Amigo de infancia del Compay Rejo, de los ojos de este, nunca le había visto salir una sola lágrima. Por eso no paraba de mirarlo. Una mirada, cruzada con la de doña Vira, en la que se mezclaban la sorpresa, la preocupación y la ironía.
«-¿Qué le parece vale Doro? Y yo que creía que los ojos del Compay Rejo solo estaban ahí para ver y dormir, pero jamás para llorar ni botar lágrimas. Y mire ahora… ¡Carajo!, lo último no se ha visto…»
Doroteo no contestó. Momentáneamente prefirió guardar silencio, mientras sus dedos acariciaban suavemente el borde delantero del viejo sombrero de guano y de anchas alas que cubría su canosa cabeza. Intentó hablar, pero al ver a su amigo bañado en lágrimas, bajó la cabeza y calló.
Buro tampoco hablaba, solo observaba. En ningún momento articuló palabras. Con los pocos dientes que aún le quedaban sostenía el cachimbo, tomaba un trago de café y sonreía. Así era este raro personaje: frío, indiferente, calculador, un auténtico estoico a quien nada ni nadie le robaba el sueño.
El canto de los grillos se percibía cada vez más armónico y compacto, en tanto que la vieja amapola, cual guardiana del bosque, lucía cada vez más imponente. Hacia ella dirigió el vale Doro su mirada, como si tratara de obtener del simbólico y grandioso árbol la explicación que tanto deseaban sobre el caso que ocupaba su atención.
«- Así es mano Yeyo. Yo también toy sorprendió. Lo mihmo pensaba yo» -, contestó Doro minutos después, de manera lacónica y casi para sí.
Así, más de una vez, se ha contado la historia; pero la historia, vale aclararlo, no es como como la cuentan. El error de quienes cuentan la historia consiste en contarla como si realmente el Compay Rejo comenzó a llorar después de escuchar el cuento de doña Vira. Y no fue así.
Terminado el relato, los demás integrantes de la tertulia empezaron de inmediato a reír, no así el Compay Rejo, cuya risa inició cuando la de los demás había terminado. Y tan sentida, efusiva y prolongada fue su carcajada, que, más que eso, parecía un interminable, desesperado e incontrolable llanto, tanto que no obstante aclarado el caso, aún parece escucharse el mandato, de implorante y casi plañidero acento:
« - ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
domingo, 19 de noviembre de 2017
ASI NO, POETA
DIONISIO LOPEZ CABRAL (1956 – 2006), “El poeta del pueblo”, falleció en su ciudad natal, Santiago de los Caballeros, un día como ayer, el 18 de noviembre del 2006. Una semana antes de su muerte, luego de visitarlo en su lecho de enfermo, publiqué, en los periódicos El Nacional y La Información, el artículo que a continuación me complace compartir con todos mis amables lectores:
Dionisio López Cabral
ASI NO,POETA
(En reconocimiento y respeto al “Poeta del pueblo”, Dionisio López Cabral)
Por: Domingo Caba Ramos
“Con el viento que no ha llegado
mi verso limpia distancias”
(Manuel del Cabral)
«En la noche de este primer lunes de noviembre, vi al poeta postrado en su lecho de enfermo, paralizados sus movimientos y apagado, por inviolables imperativos médicos, el eco persistente de su voz huracanada.
En la noche de este primer lunes de noviembre, lo vi tendido en una de las camas distribuidas en la siempre indeseada quinta planta del principal recinto hospitalario de la Región del Cibao, con su triste mirada perdida en la distancia.
En la noche de este primer lunes de noviembre, observé su cuerpo exhausto o desprovisto de esa fuerza vital que siempre hemos percibido en la voz y en los corporales movimientos del famoso bardo santiaguero.
En la noche de este primer lunes de noviembre, supe que algunos de sus amigos, entre ellos, poetas y escritores , en un decoroso gesto de fraternal y poco común solidaridad que los enaltece, en ocasiones han tenido que bañarlo y ayudarlo a levantar del lecho nada grato en el que desde hace veinte días yace acostado.
En la noche de este primer lunes de noviembre, impulsado talvez por su convencido “aguiluchismo”, y consciente, posiblemente, de mi irrenunciable “escogidismo”, tan pronto me vio, suavemente bajó el volumen del radito que yacía encima de su pecho adolorido, para informarme con firmeza, pero sin su efusión característica: « Las Águilas están ganando y El Escogido perdiendo… »
En fin, en la noche de este primer lunes de noviembre percibí el dolor plasmado en su rostro demacrado, y al contemplarlo en tan enfermizo estado, me pareció escuchar el eco persistente de una voz interior que me invitaba a decir con pesaroso e imperativo acento:
No poeta, así no, así no quiero verte.
Quiero verte recorrer las calles de tu pueblo en una noche cualquiera, preñando de versos, símbolos y metáforas el vientre de la Gran Ciudad.
No poeta, así no. Así no quiero verte.
Quiero verte iluminando el horizonte con el “ayer de tu canto”
No poeta, así no. Así no quiero verte.
Quiero verte una vez más multiplicando tu voz a través de tus líricos gritos, calificados por tu amigo entrañable, Tomás Morel, como “puñaladas que agujerean las noches misteriosas de lo insondable”
No poeta, así no, así no quiero verte.
Quiero verte de nuevo en tu habitat, construyendo tus siempre originales, repentinos y breves versos. Tan breves, que parecen “escritos casi sin palabras”. Versos de tan rápida lectura, que bien podríamos compararlos con esos relámpagos que iluminan, con su efímero fulgor, el horizonte sombrío: llegan y tan veloz desaparecen, que su existencia difícil resultaría admitirla, de no ser por la estela de luz que dejan tras sus pasos.
No poeta, así no, así no me gusta verte.
Más que en la cama de una quinta y aborrecible planta hospitalaria , prefiero verte pletórico de vitalidad, desplazándote, como siempre lo has hecho, de un escenario cultural a otro, discutiendo sobre arte y literatura, declamando, pariendo poemas, gestando cultura y violentando rígidos protocolos , para tronar con tu verbo explosivo, ya sea para defender tu punto de vista sobre un tema específico, o para declamar o dar a conocer el último parto de tu fértil imaginación creadora o algunos de los tantos versos que de manera repentina afloran a la fuente inagotable de tu manantial poético. Porque tú, poeta, con mucha propiedad bien podría decir lo mismo que sobre sí pregonó el famosísimo gaucho cantor, Martín Fierro:
“Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar,
al pie del eterno padre,
dende el vientre de mi madre,
vine a este mundo a cantar.
Que no se trabe mi lengua,
ni me falte la palabra,
el cantar mi lengua labra,
y, poniéndome a cantar,
cantando me han de encontrar,
aunque la tierra se abra”»
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