(A todos mis compañeros de promoción de la Escuela Normal «Luis Núñez Molina»)
Por: Domingo Caba Ramos
Profesor Apolinar Bueno Torres
El Himno Normalista, de la autoría de nuestro recordado maestro de música, Apolinar Bueno, más que un himno es el hoy el canto de la nostalgia para cada uno de los que cursamos estudios magisteriales, unos internos y otros externos, en la desaparecida Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, de Licey al Medio.
Todavía recuerdo al maestro, con su eterna paciencia, rumiando su ¨pique¨ o molestia en el amplio salón de la cocina del prestigioso centro educativo, con unos estudiantes (mis compañeros y yo) cuasi adolescentes que bajo ninguno de sus llamados le poníamos el ¨asunto¨ que él demandaba cuando violín en manos genialmente interpretaba los más diversos himnos escolares, incluyendo, en primer orden, nuestro nunca olvidado «Himno Normalista» Las sesiones de canto se llevaban a cabo todos los lunes en las primeras horas de la mañana.
Todavía recuerdo su implorante y calmada voz dirigida a la profesora Herminia Pérez Vda. Pimentel (doña Mamina), la eternamente recordada maestra y entonces subdirectora del plantel:
- « Por Dios, doña Herminia, dígales algo a estos muchachos…»
Se trata, el referido himno, de un canto que formó parte de nuestra existencia académica durante los dos años de intensos estudios pedagógicos que duró nuestra permanencia en la Escuela Normal ¨Luis Núñez Molina¨, por cuanto teníamos que entonarlo en cada uno de los actos solemnes que allí se celebraban.
¿Quién fue Apolinar Bueno?
Apolinar Bueno Torres: nació el 15 de abril de 1914. Compositor, arreglista y director coral, está considerado como uno de los más afamados músicos de la ciudad de Santiago de los Caballeros y del país. Fue director de la Escuela de Bellas Artes, Santiago, miembro fundador de la Orquesta Sinfónica de la Tabacalera y fundador – director del coro José Ovidio García, considerado en su momento uno de los más prestigiosos de la República Dominicana. En este inició sus estudios musicales el afamado tenor dominicano, nativo de esta ciudad, Henry Ely.
Pero no solo Ely. Apolinar Bueno fue también quien descubrió el talento musical y el perfil lírico –vocal de Maridalia Hernández, una de la voces de mayor relieve con que cuenta el canto popular de nuestro país.
Definido como un ¨héroe anónimo de la música dominicana¨, don Apolinar Bueno forma parte de la cosecha de grandes músicos que nacieron o se establecieron en la provincia de Santiago y en cuya lista se registran nombres del prestigio artístico de Juan Francisco García (Pancho), Julio Alberto Hernández, José Ovidio García, Luis Alberti, Margarita Luna, Ramón Emilio Peralta, Aida Bonelly de Díaz, Julio César Curiel y Hussaíno Germosén, entre otros.
Fue maestro de violín, viola y violoncelo. Además de estos tres instrumentos sinfónicos, tocaba guitarra y contrabajo.
Pengbian Sang, destacado bajista, arreglista, violoncelista y uno de los discípulos aprovechados del profesor Bueno, dice de su maestro lo siguiente:
«Además de los fuertes lazos afectivos que unen a mi familia con la familia Bueno Collado, la figura de Don Apolinar tiene un peso en mi vida como músico que creo que ni él mismo nunca se imaginó. De mis recuerdos de infancia ha quedado grabada en mi mente la imagen de aquel señor que apaciblemente transitaba las calles de Santiago montado en su bicicleta negra, de cuya parrilla colgaba su más útil herramienta, su más preciosa prenda: su inseparable violín. Con él iba a nuestra escuela a contagiarnos su amor por la música. Nos divertía imitando “la sirena de las doce” y nos enseñaba aquellos hermosos himnos escolares que cantábamos gozosos, vestidos con nuestros horrorosos uniformes color kaki, en aquella casona de madera que llamábamos la “Escuela Anexa”» (Hoy, 8 de enero del 2008)
Y continúa Piang Beng:
« Don Apolinar dirigía el Liceo Musical José Ovidio García (“Escuela de Bellas Artes” le decíamos todos). Allí, con su paciencia casi china, manejaba los escasos recursos con que contaba para enseñar su especialidad: el amor por la música»
Para el padre César Hilario, director del Orfeón de Santiago, Apolinar Bueno era un músico de sólida formación y un compositor de fina sensibilidad.
Falleció el profesor Apolinar Bueno en su ciudad natal, a los noventa y tres años de edad, el día 18 de diciembre del 2007. Y como sucede con los grandes hombres a quienes la fortuna no les acompañó, de su muerte ni una nota se publicó en la prensa nacional. Mas los que como yo y mis condiscípulos o miembros de mi promoción magisterial de la Normal Núñez Molina tuvimos el privilegio de saborear el dulce néctar de sus sabias lecciones, hoy sentimos el orgullo de haber tenido como maestro a este verdadero «héroe anónimo» del arte musical dominicano.
HIMNO NORMALISTA
Por: Apolinar Bueno
« ¡Hosanna! normalista,
cantemos a la escuela,
que rauda el alma vuela,
de suave ritmo en pos.
¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Hosanna…!
cantemos sin demora ,
que ya llegó la hora,
de levantar la voz.
De la escuela en las aulas austeras,
recibimos la luz del saber,
y a las pruebas de examen severas,
nos impone la ley someter.
Infantiles los ecos alcemos,
nuestro canto al son del laúd,
y al probar que aprendimos, cantemos,
del maestro la ciencia y virtud
»
jueves, 14 de diciembre de 2017
jueves, 30 de noviembre de 2017
DE LA FE EN TB JOSHUA AL ATRASO ALDEANISTA DEL PUEBLO DOMINICANO.
Por : Domingo Caba Ramos
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» Mateo 7 : 15
TB Josehua
El famoso «profeta» TB Joshua, sale de su natal Nigeria, donde las enfermedades y la extrema pobreza campean por sus fueros, a curar enfermos de manera milagrosa en países mucho más desarrollados que el suyo. El culto a este «nuevo Jesucristo», el espectáculo que se montó en nuestro país con motivo de su presencia, siempre con el apoyo del gobierno, así como la ciega fe de que con solo recibir un toque o suave bofetada de este falso profeta, cualquier enfermedad se puede curar, lleva a pensar que a pesar de la modernidad que nos brinda la Internet, el atraso científico y cultural del pueblo dominicano es tal que parece que todavía no hemos superado el oscurantismo propio de la Edad Media. Somos pues, un país archiatrasado, matizado por indiscutibles rasgos medievales.
Cuando de un país se dice que es subdesarrollado, casi siempre se piensa en un país pobre y con extremas limitaciones económicas. Pero no. No existe peor subdesarrollo que el mental. Y en ese aspecto, los dominicanos, aunque se crea lo contrario, ocupamos un lugar preferencial... Y en esa posición nos mantendremos, mientras continuemos prestigiando creencias y prácticas distanciadas por completo del rigor de la ciencia. Prácticas cada una de las cuales se inscriben en el plano de la fe, las creencias, las impresiones, las cábalas y las supersticiones.
En otras palabras, mientras sigamos creyendo que basta con que un hombre toque nuestro cuerpo para que un cáncer, una hernia discal o una discapacidad desaparezcan como por arte de magia, los dominicanos, en el tiempo, estaremos viviendo en la Edad Media o en la época precolombina. Lo mismo sucede con aquellos que aún creen que el «mal de ojo» existe o que la disípela y el dolor de muela se curan con « ensalmos»
Valdría preguntarse al respecto:
¿Por qué el presidente Medina, en la audiencia que le concedió a este «médico milagroso», no aprovechó para solicitarle que fuera a los centros oncológicos y de rehabilitación, así como a todos los hospitales del país a manosear enfermos, de manera que estos, ya sanos, abandonaran sus camas y se marcharan de inmediato a sus respectivos hogares? De haber procedido así, el gobierno se hubiera ahorrado unos buenos millones.
África, vale reiterarlo, es la cuna de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. Esto quiere decir, que si en realidad existe una zona que de manera urgente requiere la intervención de la mano divina para resolver sus problemas de salud, esa zona es Nigeria y demás países del continente africano. Sin embargo, el endiosado y polémico profeta prefiere dejar atrás esos problemas de su mundo natal para marcharse a otro, América, a eliminar las enfermedades que en su lar nativo se mantienen intactas y en crecimiento.
Lo lamentable de todo es que un presidente de la República, que debería ser el principal interesado y responsable del desarrollo científico y tecnológico de la nación bajo su mando, apadrine las actividades anticientíficas practicadas y promovidas por «vivos» y farsantes que apoyados en tales actividades han logrado amasar sólidas fortunas. Merced a este juicio, extraño no resulta que el señor TB Joshua, según la revista Forbes, esté en la actualidad considerado como uno de los misioneros más ricos del mundo.
«Guardaos de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» Mateo 7 : 15
TB Josehua
El famoso «profeta» TB Joshua, sale de su natal Nigeria, donde las enfermedades y la extrema pobreza campean por sus fueros, a curar enfermos de manera milagrosa en países mucho más desarrollados que el suyo. El culto a este «nuevo Jesucristo», el espectáculo que se montó en nuestro país con motivo de su presencia, siempre con el apoyo del gobierno, así como la ciega fe de que con solo recibir un toque o suave bofetada de este falso profeta, cualquier enfermedad se puede curar, lleva a pensar que a pesar de la modernidad que nos brinda la Internet, el atraso científico y cultural del pueblo dominicano es tal que parece que todavía no hemos superado el oscurantismo propio de la Edad Media. Somos pues, un país archiatrasado, matizado por indiscutibles rasgos medievales.
Cuando de un país se dice que es subdesarrollado, casi siempre se piensa en un país pobre y con extremas limitaciones económicas. Pero no. No existe peor subdesarrollo que el mental. Y en ese aspecto, los dominicanos, aunque se crea lo contrario, ocupamos un lugar preferencial... Y en esa posición nos mantendremos, mientras continuemos prestigiando creencias y prácticas distanciadas por completo del rigor de la ciencia. Prácticas cada una de las cuales se inscriben en el plano de la fe, las creencias, las impresiones, las cábalas y las supersticiones.
En otras palabras, mientras sigamos creyendo que basta con que un hombre toque nuestro cuerpo para que un cáncer, una hernia discal o una discapacidad desaparezcan como por arte de magia, los dominicanos, en el tiempo, estaremos viviendo en la Edad Media o en la época precolombina. Lo mismo sucede con aquellos que aún creen que el «mal de ojo» existe o que la disípela y el dolor de muela se curan con « ensalmos»
Valdría preguntarse al respecto:
¿Por qué el presidente Medina, en la audiencia que le concedió a este «médico milagroso», no aprovechó para solicitarle que fuera a los centros oncológicos y de rehabilitación, así como a todos los hospitales del país a manosear enfermos, de manera que estos, ya sanos, abandonaran sus camas y se marcharan de inmediato a sus respectivos hogares? De haber procedido así, el gobierno se hubiera ahorrado unos buenos millones.
África, vale reiterarlo, es la cuna de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. Esto quiere decir, que si en realidad existe una zona que de manera urgente requiere la intervención de la mano divina para resolver sus problemas de salud, esa zona es Nigeria y demás países del continente africano. Sin embargo, el endiosado y polémico profeta prefiere dejar atrás esos problemas de su mundo natal para marcharse a otro, América, a eliminar las enfermedades que en su lar nativo se mantienen intactas y en crecimiento.
Lo lamentable de todo es que un presidente de la República, que debería ser el principal interesado y responsable del desarrollo científico y tecnológico de la nación bajo su mando, apadrine las actividades anticientíficas practicadas y promovidas por «vivos» y farsantes que apoyados en tales actividades han logrado amasar sólidas fortunas. Merced a este juicio, extraño no resulta que el señor TB Joshua, según la revista Forbes, esté en la actualidad considerado como uno de los misioneros más ricos del mundo.
EL EXTRAÑO LLANTO DEL COMPAY REJO
Por : Domingo Caba Ramos
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
El mandato, de implorante y casi plañidero acento, se escuchó más de una vez entre los tertulianos:
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
Pero el hombre continuaba llorando…
En el momento en que el hecho se desarrollaba, una quietud general reinaba en cada uno de los espacios del ambiente campestre. Las ramas de los árboles apenas se movían. Del sol solo se percibía una imagen tenue de la luz crepuscular que cual extensa alfombra amarillenta se explayaba en el lejano horizonte. Los grillos comenzaban a entonar su nocturno y sinfónico concierto y, debajo de las ramas, una anciana gallina realizaba inútiles esfuerzos por ascender al “palo” que le serviría de lecho.
En el vecindario, todo era paz, calma, tranquilidad. Cuando el reloj las siete marcó, ya ellos, como era su diaria costumbre, estaban reunidos, listos para dar inicio a una más de sus habituales tertulias. En la “enramá”, ahí estaban ellos: Yeyo, Doroteo, doña Vira, Buro y el Compay Rejo.
En la reunión, no había tema que quedara fuera de la agenda, esto es, se abordaban desde asuntos comunitarios, políticos, deportivos, económicos, etc., hasta culminar con los chismes del momento. Sin embargo, lo que más salero o sazón les imprimía a esos nocturnos encuentros eran los chistes picantes o de doble sentido, matizados casi siempre de rojiza tonalidad contados con incomparable gracias por doña Vira. Chistes que entre los tertulianos gustaban bastante, no solo por su hilarante y jocoso contenido, sino por la risa estridente que, como expresión de autocelebración, emitía su relatora al terminar de contarlos.
Todos celebraban, hasta casi desmayarse, los cuentos de doña Vira, muy especialmente Yeyo y el Compay Rejo, los cuales no bien terminaban de escucharlos, estallaban en imparables carcajadas, al mismo tiempo que dejaban caer hacia atrás sus cuerpos, no sin antes levantar sus sucios pies descalzos.
Pero esa noche, inexplicablemente, algo inusual parecía ocurrirle al Compay Rejo. Nada lograba despertarle su fino sentido del humor. De ahí que mientras los demás reían sin parar, después de escuchar lo último de doña Vira, él, por el contrario, lucía inquieto, preocupado, reflexivo, en completo silencio. Y cuando sus amigos, por fin, terminaron de reír, aquel hombre, de manera extraña y repentina, estalló en llanto. Un llanto inesperado, sorpresivo, que no tardó en concitar el asombro de todos los allí presentes.
Todos quedaron pasmados, absortos, boquiabiertos. Y es que al Compay Rejo nadie, absolutamente nadie, lo había visto llorar, ni siquiera en momentos tan dolorosos como aquellos en que fallecieron algunos de sus más queridos y cercanos parientes.
Yeyo, por el impacto, apenas cerraba la boca. Le resulta difícil creer lo que en ese instante veía y escuchaba. Amigo de infancia del Compay Rejo, de los ojos de este, nunca le había visto salir una sola lágrima. Por eso no paraba de mirarlo. Una mirada, cruzada con la de doña Vira, en la que se mezclaban la sorpresa, la preocupación y la ironía.
«-¿Qué le parece vale Doro? Y yo que creía que los ojos del Compay Rejo solo estaban ahí para ver y dormir, pero jamás para llorar ni botar lágrimas. Y mire ahora… ¡Carajo!, lo último no se ha visto…»
Doroteo no contestó. Momentáneamente prefirió guardar silencio, mientras sus dedos acariciaban suavemente el borde delantero del viejo sombrero de guano y de anchas alas que cubría su canosa cabeza. Intentó hablar, pero al ver a su amigo bañado en lágrimas, bajó la cabeza y calló.
Buro tampoco hablaba, solo observaba. En ningún momento articuló palabras. Con los pocos dientes que aún le quedaban sostenía el cachimbo, tomaba un trago de café y sonreía. Así era este raro personaje: frío, indiferente, calculador, un auténtico estoico a quien nada ni nadie le robaba el sueño.
El canto de los grillos se percibía cada vez más armónico y compacto, en tanto que la vieja amapola, cual guardiana del bosque, lucía cada vez más imponente. Hacia ella dirigió el vale Doro su mirada, como si tratara de obtener del simbólico y grandioso árbol la explicación que tanto deseaban sobre el caso que ocupaba su atención.
«- Así es mano Yeyo. Yo también toy sorprendió. Lo mihmo pensaba yo» -, contestó Doro minutos después, de manera lacónica y casi para sí.
Así, más de una vez, se ha contado la historia; pero la historia, vale aclararlo, no es como como la cuentan. El error de quienes cuentan la historia consiste en contarla como si realmente el Compay Rejo comenzó a llorar después de escuchar el cuento de doña Vira. Y no fue así.
Terminado el relato, los demás integrantes de la tertulia empezaron de inmediato a reír, no así el Compay Rejo, cuya risa inició cuando la de los demás había terminado. Y tan sentida, efusiva y prolongada fue su carcajada, que, más que eso, parecía un interminable, desesperado e incontrolable llanto, tanto que no obstante aclarado el caso, aún parece escucharse el mandato, de implorante y casi plañidero acento:
« - ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
El mandato, de implorante y casi plañidero acento, se escuchó más de una vez entre los tertulianos:
«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
Pero el hombre continuaba llorando…
En el momento en que el hecho se desarrollaba, una quietud general reinaba en cada uno de los espacios del ambiente campestre. Las ramas de los árboles apenas se movían. Del sol solo se percibía una imagen tenue de la luz crepuscular que cual extensa alfombra amarillenta se explayaba en el lejano horizonte. Los grillos comenzaban a entonar su nocturno y sinfónico concierto y, debajo de las ramas, una anciana gallina realizaba inútiles esfuerzos por ascender al “palo” que le serviría de lecho.
En el vecindario, todo era paz, calma, tranquilidad. Cuando el reloj las siete marcó, ya ellos, como era su diaria costumbre, estaban reunidos, listos para dar inicio a una más de sus habituales tertulias. En la “enramá”, ahí estaban ellos: Yeyo, Doroteo, doña Vira, Buro y el Compay Rejo.
En la reunión, no había tema que quedara fuera de la agenda, esto es, se abordaban desde asuntos comunitarios, políticos, deportivos, económicos, etc., hasta culminar con los chismes del momento. Sin embargo, lo que más salero o sazón les imprimía a esos nocturnos encuentros eran los chistes picantes o de doble sentido, matizados casi siempre de rojiza tonalidad contados con incomparable gracias por doña Vira. Chistes que entre los tertulianos gustaban bastante, no solo por su hilarante y jocoso contenido, sino por la risa estridente que, como expresión de autocelebración, emitía su relatora al terminar de contarlos.
Todos celebraban, hasta casi desmayarse, los cuentos de doña Vira, muy especialmente Yeyo y el Compay Rejo, los cuales no bien terminaban de escucharlos, estallaban en imparables carcajadas, al mismo tiempo que dejaban caer hacia atrás sus cuerpos, no sin antes levantar sus sucios pies descalzos.
Pero esa noche, inexplicablemente, algo inusual parecía ocurrirle al Compay Rejo. Nada lograba despertarle su fino sentido del humor. De ahí que mientras los demás reían sin parar, después de escuchar lo último de doña Vira, él, por el contrario, lucía inquieto, preocupado, reflexivo, en completo silencio. Y cuando sus amigos, por fin, terminaron de reír, aquel hombre, de manera extraña y repentina, estalló en llanto. Un llanto inesperado, sorpresivo, que no tardó en concitar el asombro de todos los allí presentes.
Todos quedaron pasmados, absortos, boquiabiertos. Y es que al Compay Rejo nadie, absolutamente nadie, lo había visto llorar, ni siquiera en momentos tan dolorosos como aquellos en que fallecieron algunos de sus más queridos y cercanos parientes.
Yeyo, por el impacto, apenas cerraba la boca. Le resulta difícil creer lo que en ese instante veía y escuchaba. Amigo de infancia del Compay Rejo, de los ojos de este, nunca le había visto salir una sola lágrima. Por eso no paraba de mirarlo. Una mirada, cruzada con la de doña Vira, en la que se mezclaban la sorpresa, la preocupación y la ironía.
«-¿Qué le parece vale Doro? Y yo que creía que los ojos del Compay Rejo solo estaban ahí para ver y dormir, pero jamás para llorar ni botar lágrimas. Y mire ahora… ¡Carajo!, lo último no se ha visto…»
Doroteo no contestó. Momentáneamente prefirió guardar silencio, mientras sus dedos acariciaban suavemente el borde delantero del viejo sombrero de guano y de anchas alas que cubría su canosa cabeza. Intentó hablar, pero al ver a su amigo bañado en lágrimas, bajó la cabeza y calló.
Buro tampoco hablaba, solo observaba. En ningún momento articuló palabras. Con los pocos dientes que aún le quedaban sostenía el cachimbo, tomaba un trago de café y sonreía. Así era este raro personaje: frío, indiferente, calculador, un auténtico estoico a quien nada ni nadie le robaba el sueño.
El canto de los grillos se percibía cada vez más armónico y compacto, en tanto que la vieja amapola, cual guardiana del bosque, lucía cada vez más imponente. Hacia ella dirigió el vale Doro su mirada, como si tratara de obtener del simbólico y grandioso árbol la explicación que tanto deseaban sobre el caso que ocupaba su atención.
«- Así es mano Yeyo. Yo también toy sorprendió. Lo mihmo pensaba yo» -, contestó Doro minutos después, de manera lacónica y casi para sí.
Así, más de una vez, se ha contado la historia; pero la historia, vale aclararlo, no es como como la cuentan. El error de quienes cuentan la historia consiste en contarla como si realmente el Compay Rejo comenzó a llorar después de escuchar el cuento de doña Vira. Y no fue así.
Terminado el relato, los demás integrantes de la tertulia empezaron de inmediato a reír, no así el Compay Rejo, cuya risa inició cuando la de los demás había terminado. Y tan sentida, efusiva y prolongada fue su carcajada, que, más que eso, parecía un interminable, desesperado e incontrolable llanto, tanto que no obstante aclarado el caso, aún parece escucharse el mandato, de implorante y casi plañidero acento:
« - ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»
domingo, 19 de noviembre de 2017
ASI NO, POETA
DIONISIO LOPEZ CABRAL (1956 – 2006), “El poeta del pueblo”, falleció en su ciudad natal, Santiago de los Caballeros, un día como ayer, el 18 de noviembre del 2006. Una semana antes de su muerte, luego de visitarlo en su lecho de enfermo, publiqué, en los periódicos El Nacional y La Información, el artículo que a continuación me complace compartir con todos mis amables lectores:
Dionisio López Cabral
ASI NO,POETA
(En reconocimiento y respeto al “Poeta del pueblo”, Dionisio López Cabral)
Por: Domingo Caba Ramos
“Con el viento que no ha llegado
mi verso limpia distancias”
(Manuel del Cabral)
«En la noche de este primer lunes de noviembre, vi al poeta postrado en su lecho de enfermo, paralizados sus movimientos y apagado, por inviolables imperativos médicos, el eco persistente de su voz huracanada.
En la noche de este primer lunes de noviembre, lo vi tendido en una de las camas distribuidas en la siempre indeseada quinta planta del principal recinto hospitalario de la Región del Cibao, con su triste mirada perdida en la distancia.
En la noche de este primer lunes de noviembre, observé su cuerpo exhausto o desprovisto de esa fuerza vital que siempre hemos percibido en la voz y en los corporales movimientos del famoso bardo santiaguero.
En la noche de este primer lunes de noviembre, supe que algunos de sus amigos, entre ellos, poetas y escritores , en un decoroso gesto de fraternal y poco común solidaridad que los enaltece, en ocasiones han tenido que bañarlo y ayudarlo a levantar del lecho nada grato en el que desde hace veinte días yace acostado.
En la noche de este primer lunes de noviembre, impulsado talvez por su convencido “aguiluchismo”, y consciente, posiblemente, de mi irrenunciable “escogidismo”, tan pronto me vio, suavemente bajó el volumen del radito que yacía encima de su pecho adolorido, para informarme con firmeza, pero sin su efusión característica: « Las Águilas están ganando y El Escogido perdiendo… »
En fin, en la noche de este primer lunes de noviembre percibí el dolor plasmado en su rostro demacrado, y al contemplarlo en tan enfermizo estado, me pareció escuchar el eco persistente de una voz interior que me invitaba a decir con pesaroso e imperativo acento:
No poeta, así no, así no quiero verte.
Quiero verte recorrer las calles de tu pueblo en una noche cualquiera, preñando de versos, símbolos y metáforas el vientre de la Gran Ciudad.
No poeta, así no. Así no quiero verte.
Quiero verte iluminando el horizonte con el “ayer de tu canto”
No poeta, así no. Así no quiero verte.
Quiero verte una vez más multiplicando tu voz a través de tus líricos gritos, calificados por tu amigo entrañable, Tomás Morel, como “puñaladas que agujerean las noches misteriosas de lo insondable”
No poeta, así no, así no quiero verte.
Quiero verte de nuevo en tu habitat, construyendo tus siempre originales, repentinos y breves versos. Tan breves, que parecen “escritos casi sin palabras”. Versos de tan rápida lectura, que bien podríamos compararlos con esos relámpagos que iluminan, con su efímero fulgor, el horizonte sombrío: llegan y tan veloz desaparecen, que su existencia difícil resultaría admitirla, de no ser por la estela de luz que dejan tras sus pasos.
No poeta, así no, así no me gusta verte.
Más que en la cama de una quinta y aborrecible planta hospitalaria , prefiero verte pletórico de vitalidad, desplazándote, como siempre lo has hecho, de un escenario cultural a otro, discutiendo sobre arte y literatura, declamando, pariendo poemas, gestando cultura y violentando rígidos protocolos , para tronar con tu verbo explosivo, ya sea para defender tu punto de vista sobre un tema específico, o para declamar o dar a conocer el último parto de tu fértil imaginación creadora o algunos de los tantos versos que de manera repentina afloran a la fuente inagotable de tu manantial poético. Porque tú, poeta, con mucha propiedad bien podría decir lo mismo que sobre sí pregonó el famosísimo gaucho cantor, Martín Fierro:
“Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar,
y cantando he de llegar,
al pie del eterno padre,
dende el vientre de mi madre,
vine a este mundo a cantar.
Que no se trabe mi lengua,
ni me falte la palabra,
el cantar mi lengua labra,
y, poniéndome a cantar,
cantando me han de encontrar,
aunque la tierra se abra”»
domingo, 5 de noviembre de 2017
«ABRIL 84» EN LOS VERSOS DE LUPO HERNANDEZ RUEDA
Por : Domingo Caba Ramos
Lupo Hernández Rueda (1930/2017)
En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao» Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana una serie de protestas que muy pronto se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada». El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.
Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales no solo saqueados, sino también destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos, y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.
Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido con el 24 de abril de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida. Lupo Hernández Rueda, recién fallecido, y uno de nuestros primerísimos poetas, recrea magistralmente la histórica «poblada» en el poema « Abril 84»:
ABRIL 84
«Entonces abril trajo la muerte en sus alforjas.
En duermevela oigo los disparos,
en duermevela siento las pisadas de la muerte,
en techos y farmacias, en la calles pobladas,
donde el pulpero de la esquina.
Oigo gemidos, risas,
la pólvora avanzando,
lenguaje torpe y ruin e intermitente,
decapitando, decapitándose,
mordiendo la agonía,
el rumor de los vientres vacíos;
imágenes dantescas de la muerte ordenada.
No. No es cierto que esto ocurra, pero ha sucedido.
Palpo el llanto,
la sangre,
el desorden, sus nombres.
Todos mueren y no se sabe cuántos.
Y una sombra muy larga,
cada vez más oscura,
recubre lentamente el horizonte,
sin que nadie la toque,
sin que nadie quebrante su silencio,
puerta rota,
poblada que deambula,
concitando el incendio,
en los barrios cerrados al milagro»
(De su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»
Lupo Hernández Rueda (1930/2017)
En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao» Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana una serie de protestas que muy pronto se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada». El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.
Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales no solo saqueados, sino también destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos, y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.
Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido con el 24 de abril de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida. Lupo Hernández Rueda, recién fallecido, y uno de nuestros primerísimos poetas, recrea magistralmente la histórica «poblada» en el poema « Abril 84»:
ABRIL 84
«Entonces abril trajo la muerte en sus alforjas.
En duermevela oigo los disparos,
en duermevela siento las pisadas de la muerte,
en techos y farmacias, en la calles pobladas,
donde el pulpero de la esquina.
Oigo gemidos, risas,
la pólvora avanzando,
lenguaje torpe y ruin e intermitente,
decapitando, decapitándose,
mordiendo la agonía,
el rumor de los vientres vacíos;
imágenes dantescas de la muerte ordenada.
No. No es cierto que esto ocurra, pero ha sucedido.
Palpo el llanto,
la sangre,
el desorden, sus nombres.
Todos mueren y no se sabe cuántos.
Y una sombra muy larga,
cada vez más oscura,
recubre lentamente el horizonte,
sin que nadie la toque,
sin que nadie quebrante su silencio,
puerta rota,
poblada que deambula,
concitando el incendio,
en los barrios cerrados al milagro»
(De su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»
sábado, 28 de octubre de 2017
HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD AUTONOMA DE SANTO DOMINGO
(Con motivo del 479 aniversario de su fundación)
Por : Domingo Caba Ramos
La Universidad Santo Tomás de Aquino, hoy Autónoma de Santo Domingo, fue creada por los frailes dominicos en la primera mitad del siglo XVI, específicamente el 28 de octubre de 1538, mediante la Bula In Apostolatus Culmine. Con esta autorización pontificia, expedida en Roma por el Papa Paulo III, previa solicitud de los curas que la fundaron, se elevó a la categoría de universidad el Estudio General que la congregación dominica dirigía en Santo Domingo desde el año1518. Se erigió como tal antes de cumplirse medio siglo de producirse el descubrimiento del continente americano. Esto significa que la Universidad, de un Estudio General, se convirtió en el primer centro de educación superior fundado en el Nuevo Mundo.
Fue bautizada con el nombre de Santo Tomás de Aquino en honor al dominico- italiano, precursor de la filosofía moderna como máxima figura del escolasticismo, cuyas doctrinas eran básicas en la enseñanza teológica y filosófica que en esa alta casa de estudios se enseñaba.
Como puede apreciarse, la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la primera que existió en América, fue pontificia desde su origen, por cuanto fue erigida mediante bula papal, sin la real autorización para su funcionamiento. Fue de¬clarada Real, por Real Cédula del Rey Felipe V del 27 de julio de 1734. Nace con los mismos privilegios de las de Alcalá de Henares y Salamanca. La bula expresa que la Universidad gozará de "todos y cada uno de los privilegios, indultos, inmunidades, exenciones, libertades, favores y gracias, que así en la Universidad de Alcalá como en la de Salamanca o en otra cualquiera de los reinos de España".
« La Universidad de Santo Domingo – apunta al respecto Tirso Mejía Ricart – surge dentro de la tradición alcalaína, cuyo modelo adopta; es decir, como colegio fundado por bula papal, sin que esta fuera avalada por Real Cédula ni el “pase regio” del Consejo de Indias que se estableció en ese mismo año como requisito para que las bulas tuviesen vigencia en el continente americano…» (La Universidad, la Iglesia y el Estado, 1980: 26, Editora de la UASD)
Esta universidad se convirtió, durante los tres primeros siglos de su fundación, en el centro de la vida académica, cultural e intelectual de las Antillas y de una gran parte de Tierra Firme. Gracias a su gran prestigio alcanzado, a ella concurrían estudiantes de otras regiones del Nuevo Mundo, algunos de los cuales, años después, les cupo el privilegio o la distinción de ser los primeros rectores de las universidades fundadas en sus países de origen.
« Su labor cultural – amplía Joaquín Balaguer – fue inmensa para la época : de sus aulas salieron no solo muchas figuras prestigiosas que tuvieron amplia intervención en la vida de la colonia, sino también los primeros humanistas con que contaron Cuba y Venezuela, tales como Fray Tomás de Linares, primer rector de la Universidad de La Habana, y el Dr. Francisco Martínez de la Porras, primer rector de la Universidad de Caracas» ( Historia de la literatura dominicana, Editora Corripio, Santo Domingo, 1992 :29 ) Estas dos universidades, la de La Habana y Caracas, fueron creadas a imagen y semejanza de la de Santo Domingo.
Los frailes que fundaron ese primer centro de educación superior del Nuevo Mundo emigraron a estas tierras para, como bien se ha dicho, “iluminarlas con las luces del saber…” (Armando Cordero, La Filosofía en Santo Domingo, 1978, 19, Ed. Horizontes de América), y difundir la fe por medio de la enseñanza. Esta realidad convirtió a la entonces Universidad Santo Tomás de Aquino en el centro de atracción y difusión cultural de América. Por eso algunos investigadores, entre ellos, el ensayista y profesor universitario, Ciriaco Landolfi, consideran a esta Universidad como la «depositaria del más viejo linaje académico del Nuevo Mundo» y la que «inicia la cronología de los estudios superiores en Santo Domingo…» (1987. El imperio español versus la Universidad Santo Tomás de Aquino, Ed Universitaria – UASD - , 84)
Siguiendo los lineamientos trazados por las universidades de la Europa cristiana, la Universidad Santo Tomás de Aquino inicia su labor docente organizándola en las cuatro facultades clásicas de la universidad medieval:
1. Medicina
2. Derecho
3. Teología
4. Artes.
Los estudios de las llamadas artes liberales incluían dos modalidades: el “trívium”, que a su vez comprendía la Gramática, la Retórica y la Lógica y el “quadrivium”, conformado por la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. A saber:
Motivos de carácter sociopolítico originaron que en más de una oportunidad la Universidad cerrara sus puertas. A saber:
En el año 1801 fue cerrada, por causa de la ocupación al país llevada a cabo por el jefe haitiano Toussaint Louverture, en cumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Basilea (1795), mediante el cual España cedió a Francia su antigua colonia de Santo Domingo. Años después de consumada la reconquista de esta, se reabrieron las puertas de la Universidad en el año 1815, esta vez dirigida por el Dr. José Núñez de Cáceres. A partir de entonces adoptó el carácter laico, esto es, comenzó a operar desprovista del sello pontificio.
En 1823, la Universidad nueva vez fue clausurada como consecuencia de la ocupación haitiana a Santo Domingo| que un año antes se había llevado a cabo. Sus aulas quedaron vacías debido a que los estudiantes fueron reclutados para formar parte del servicio militar obligatorio impuesto por el invasor.
En 1859, el general Pedro Santana promulga la ley que ordena su restablecimiento; pero tal disposición no se ejecutó, razón por la reapertura no se materializó. En su lugar funcionó el Instituto Profesional creado por decreto el 31 de diciembre de 1866. Dos años después de fundado (10 de mayo de1991), este centro cerró sus puertas y las reabrió el 16 de agosto de 1895 bajo el rectorado de Monseñor Fernando Arturo de Meriño.
Mediante decreto emitido por el presidente de la República, Dr. Ramón Báez, el 16 de noviembre de 1914, el Instituto Profesional se transforma en la Universidad de Santo Domingo. Sin embargo, muy pronto las clases se interrumpen una vez más por un período de ocho años (1916 – 1924 - ) como resultado de la primera ocupación norteamericana.
Durante la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, la Universidad de Santo Domingo, si bien sus puertas permanecieron abiertas, se convirtió en instrumento al servicio del régimen de turno y operó privada de las libertades que una institución de su naturaleza requiere para cumplir a cabalidad con la misión educativa, social, científica y cultural que la sociedad espera de ella.
AUTONOMÍA
Mediante Ley No.5778 del 31 de diciembre de 1961 a la Universidad se le confirió la autonomía que hoy disfruta. Y a partir de ese momento, en lugar de Universidad de Santo Domingo, comenzó a regir el nombre vigente: Universidad Autónoma de Santo Domingo.
El Art. 1 del Estatuto Orgánico establece al respecto que la Universidad Autónoma de Santo Domingo «Es una institución pública y descentralizada del Estado, con autono-mía garantizada por la Constitución de la República, dotada de plena personería jurídica de acuerdo con la Ley 5778, promulgada por el Poder Ejecutivo el 31 de diciembre de 1961, y ratificada mediante la Ley 139-01 del 13 de agosto de 2001, que se sustenta en un modelo de Universidad Nacional»
Merced al régimen de la autonomía ,la Universidad podía elegir sus propias autoridades ( autogobierno ) con miras a regir los destinos de la institución. Las primeras autoridades, bajo este nuevo esquema de dirección, fueron elegidas el 17 de febrero de 1962.
SUPRESIÓN DEL FUERO UNIVERSITARIO
La ley que consagró la autonomía, estableció también el fuero para el recinto universitario ; pero una vez instituido, la vigencia del fuero tuvo carácter efímero por cuanto en el gobierno de facto del Triunvirato fue suprimido, mediante la Ley #292, del 12 de junio de 1964.
Durante mucho tiempo, la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue el único centro de educación superior vigente en el país, realidad que se mantuvo hasta el 1962, año en que fundada en Santiago de los Caballeros la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), años después transformada en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
Por : Domingo Caba Ramos
La Universidad Santo Tomás de Aquino, hoy Autónoma de Santo Domingo, fue creada por los frailes dominicos en la primera mitad del siglo XVI, específicamente el 28 de octubre de 1538, mediante la Bula In Apostolatus Culmine. Con esta autorización pontificia, expedida en Roma por el Papa Paulo III, previa solicitud de los curas que la fundaron, se elevó a la categoría de universidad el Estudio General que la congregación dominica dirigía en Santo Domingo desde el año1518. Se erigió como tal antes de cumplirse medio siglo de producirse el descubrimiento del continente americano. Esto significa que la Universidad, de un Estudio General, se convirtió en el primer centro de educación superior fundado en el Nuevo Mundo.
Fue bautizada con el nombre de Santo Tomás de Aquino en honor al dominico- italiano, precursor de la filosofía moderna como máxima figura del escolasticismo, cuyas doctrinas eran básicas en la enseñanza teológica y filosófica que en esa alta casa de estudios se enseñaba.
Como puede apreciarse, la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la primera que existió en América, fue pontificia desde su origen, por cuanto fue erigida mediante bula papal, sin la real autorización para su funcionamiento. Fue de¬clarada Real, por Real Cédula del Rey Felipe V del 27 de julio de 1734. Nace con los mismos privilegios de las de Alcalá de Henares y Salamanca. La bula expresa que la Universidad gozará de "todos y cada uno de los privilegios, indultos, inmunidades, exenciones, libertades, favores y gracias, que así en la Universidad de Alcalá como en la de Salamanca o en otra cualquiera de los reinos de España".
« La Universidad de Santo Domingo – apunta al respecto Tirso Mejía Ricart – surge dentro de la tradición alcalaína, cuyo modelo adopta; es decir, como colegio fundado por bula papal, sin que esta fuera avalada por Real Cédula ni el “pase regio” del Consejo de Indias que se estableció en ese mismo año como requisito para que las bulas tuviesen vigencia en el continente americano…» (La Universidad, la Iglesia y el Estado, 1980: 26, Editora de la UASD)
Esta universidad se convirtió, durante los tres primeros siglos de su fundación, en el centro de la vida académica, cultural e intelectual de las Antillas y de una gran parte de Tierra Firme. Gracias a su gran prestigio alcanzado, a ella concurrían estudiantes de otras regiones del Nuevo Mundo, algunos de los cuales, años después, les cupo el privilegio o la distinción de ser los primeros rectores de las universidades fundadas en sus países de origen.
« Su labor cultural – amplía Joaquín Balaguer – fue inmensa para la época : de sus aulas salieron no solo muchas figuras prestigiosas que tuvieron amplia intervención en la vida de la colonia, sino también los primeros humanistas con que contaron Cuba y Venezuela, tales como Fray Tomás de Linares, primer rector de la Universidad de La Habana, y el Dr. Francisco Martínez de la Porras, primer rector de la Universidad de Caracas» ( Historia de la literatura dominicana, Editora Corripio, Santo Domingo, 1992 :29 ) Estas dos universidades, la de La Habana y Caracas, fueron creadas a imagen y semejanza de la de Santo Domingo.
Los frailes que fundaron ese primer centro de educación superior del Nuevo Mundo emigraron a estas tierras para, como bien se ha dicho, “iluminarlas con las luces del saber…” (Armando Cordero, La Filosofía en Santo Domingo, 1978, 19, Ed. Horizontes de América), y difundir la fe por medio de la enseñanza. Esta realidad convirtió a la entonces Universidad Santo Tomás de Aquino en el centro de atracción y difusión cultural de América. Por eso algunos investigadores, entre ellos, el ensayista y profesor universitario, Ciriaco Landolfi, consideran a esta Universidad como la «depositaria del más viejo linaje académico del Nuevo Mundo» y la que «inicia la cronología de los estudios superiores en Santo Domingo…» (1987. El imperio español versus la Universidad Santo Tomás de Aquino, Ed Universitaria – UASD - , 84)
Siguiendo los lineamientos trazados por las universidades de la Europa cristiana, la Universidad Santo Tomás de Aquino inicia su labor docente organizándola en las cuatro facultades clásicas de la universidad medieval:
1. Medicina
2. Derecho
3. Teología
4. Artes.
Los estudios de las llamadas artes liberales incluían dos modalidades: el “trívium”, que a su vez comprendía la Gramática, la Retórica y la Lógica y el “quadrivium”, conformado por la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. A saber:
Motivos de carácter sociopolítico originaron que en más de una oportunidad la Universidad cerrara sus puertas. A saber:
En el año 1801 fue cerrada, por causa de la ocupación al país llevada a cabo por el jefe haitiano Toussaint Louverture, en cumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Basilea (1795), mediante el cual España cedió a Francia su antigua colonia de Santo Domingo. Años después de consumada la reconquista de esta, se reabrieron las puertas de la Universidad en el año 1815, esta vez dirigida por el Dr. José Núñez de Cáceres. A partir de entonces adoptó el carácter laico, esto es, comenzó a operar desprovista del sello pontificio.
En 1823, la Universidad nueva vez fue clausurada como consecuencia de la ocupación haitiana a Santo Domingo| que un año antes se había llevado a cabo. Sus aulas quedaron vacías debido a que los estudiantes fueron reclutados para formar parte del servicio militar obligatorio impuesto por el invasor.
En 1859, el general Pedro Santana promulga la ley que ordena su restablecimiento; pero tal disposición no se ejecutó, razón por la reapertura no se materializó. En su lugar funcionó el Instituto Profesional creado por decreto el 31 de diciembre de 1866. Dos años después de fundado (10 de mayo de1991), este centro cerró sus puertas y las reabrió el 16 de agosto de 1895 bajo el rectorado de Monseñor Fernando Arturo de Meriño.
Mediante decreto emitido por el presidente de la República, Dr. Ramón Báez, el 16 de noviembre de 1914, el Instituto Profesional se transforma en la Universidad de Santo Domingo. Sin embargo, muy pronto las clases se interrumpen una vez más por un período de ocho años (1916 – 1924 - ) como resultado de la primera ocupación norteamericana.
Durante la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, la Universidad de Santo Domingo, si bien sus puertas permanecieron abiertas, se convirtió en instrumento al servicio del régimen de turno y operó privada de las libertades que una institución de su naturaleza requiere para cumplir a cabalidad con la misión educativa, social, científica y cultural que la sociedad espera de ella.
AUTONOMÍA
Mediante Ley No.5778 del 31 de diciembre de 1961 a la Universidad se le confirió la autonomía que hoy disfruta. Y a partir de ese momento, en lugar de Universidad de Santo Domingo, comenzó a regir el nombre vigente: Universidad Autónoma de Santo Domingo.
El Art. 1 del Estatuto Orgánico establece al respecto que la Universidad Autónoma de Santo Domingo «Es una institución pública y descentralizada del Estado, con autono-mía garantizada por la Constitución de la República, dotada de plena personería jurídica de acuerdo con la Ley 5778, promulgada por el Poder Ejecutivo el 31 de diciembre de 1961, y ratificada mediante la Ley 139-01 del 13 de agosto de 2001, que se sustenta en un modelo de Universidad Nacional»
Merced al régimen de la autonomía ,la Universidad podía elegir sus propias autoridades ( autogobierno ) con miras a regir los destinos de la institución. Las primeras autoridades, bajo este nuevo esquema de dirección, fueron elegidas el 17 de febrero de 1962.
SUPRESIÓN DEL FUERO UNIVERSITARIO
La ley que consagró la autonomía, estableció también el fuero para el recinto universitario ; pero una vez instituido, la vigencia del fuero tuvo carácter efímero por cuanto en el gobierno de facto del Triunvirato fue suprimido, mediante la Ley #292, del 12 de junio de 1964.
Durante mucho tiempo, la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue el único centro de educación superior vigente en el país, realidad que se mantuvo hasta el 1962, año en que fundada en Santiago de los Caballeros la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), años después transformada en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
jueves, 12 de octubre de 2017
OTRA VEZ ALVARITO…
Por: Domingo Caba Ramos
Álvaro Arvelo, hijo.
Otra vez Alvarito Arvelo. Otra vez sus exabruptos. Otra vez sus inconductas verbales. Otra vez sus cloacales expresiones. Otra vez su engreimiento, narcisismo, prepotencia e irracionales impulsos de faraón intocable.
Esta vez su su víctima fue Juan Pablo Duarte, nada más y nada menos que el padre de nuestra independencia. Esta vez “le cogió “con profanar la imagen, memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la República, al llamarlo “cobarde”, “vacilante”, “depresivo”, “irresponsable” y “homosexual”. ¡INCREÍBLE! Llamarle “cobarde” e “irresponsable” al hombre que apeló a los más diversos recursos para lograr la libertad o independencia del pueblo dominicano, es lo mismo que decir “Yo, urgentemente, necesito un siquiatra” Por semejante inconducta, fue suspendido de hablar por radio y televisión durante veinte días.
¡POR FIN! Lástima que solo sea por veinte días y no suspendido de por vida. Este señor cuando habla produce más daños que los microbios cuando penetran al cuerpo humano. En tal virtud, se le hace un gran bien a la nación impidiéndole que abra más la boca públicamente en la emisora donde tantos daños ha causado. No dudo, como ya sucedió en el pasado, que del rebaño de irracionales coriferos emanen voces desesperadas exigiendo que le levanten la sanción a este "DIOS" de la palabra maldita.
Los méritos de nuestro patricio parecen no tener importancia para este sombrío comunicador. Quizás si Duarte, desde el más allá, le hubiera mandado un cheque de cincuenta o cien mil pesos, sus juicios fueran otros. Porque así es Alvarito. Si no hay dinero que nutra sus bolsillos, nadie, absolutamente, para él tiene valor. Si no, pregúntenselo a nuestro gran Juan Luis Guerra, víctima también, más de una vez, de sus ataques despiadados, solo porque el architalentoso y espigado músico dominicano no le ha dado el deseo de favorecerlo con unos “chelitos”
El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños e hijos adolescentes escuchen el programa radial de comentarios en el que dicho comentarista participa todas las mañanas, pues podrían copiar su muy cloacal conducta expresiva e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y presumido comunicador. Yo escasamente lo escucho, pues cuando sintonizo un programa de radio y/o televisión lo hago con el propósito de que me orienten, no que me desorienten.
Posiblemente se trate del comunicador dominicano de menos credibilidad. En sus juicios, por interesados, nadie cree, nadie confía. Cada palabra, cada silencio suyo parece tener un precio ($). De ahí que dependiendo de si resulta o no favorecido económicamente, ataca sin piedad y defiende con vehemencia, independientemente de que el ataque y la defensa carezcan de justificación. Y por esa razón, como sucede con la piel de los reptiles, sus juicios son cambiantes: a quien ayer criticaba con rabia o de manera implacable, hoy lo distingue con un ímpetu que raya en la pasión. Ese es el verdadero retrato de este extraño e inauténtico personaje.
En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios a quien todos deben temer, adorar e idolatrar.
Álvaro Arvelo, hijo.
Otra vez Alvarito Arvelo. Otra vez sus exabruptos. Otra vez sus inconductas verbales. Otra vez sus cloacales expresiones. Otra vez su engreimiento, narcisismo, prepotencia e irracionales impulsos de faraón intocable.
Esta vez su su víctima fue Juan Pablo Duarte, nada más y nada menos que el padre de nuestra independencia. Esta vez “le cogió “con profanar la imagen, memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la República, al llamarlo “cobarde”, “vacilante”, “depresivo”, “irresponsable” y “homosexual”. ¡INCREÍBLE! Llamarle “cobarde” e “irresponsable” al hombre que apeló a los más diversos recursos para lograr la libertad o independencia del pueblo dominicano, es lo mismo que decir “Yo, urgentemente, necesito un siquiatra” Por semejante inconducta, fue suspendido de hablar por radio y televisión durante veinte días.
¡POR FIN! Lástima que solo sea por veinte días y no suspendido de por vida. Este señor cuando habla produce más daños que los microbios cuando penetran al cuerpo humano. En tal virtud, se le hace un gran bien a la nación impidiéndole que abra más la boca públicamente en la emisora donde tantos daños ha causado. No dudo, como ya sucedió en el pasado, que del rebaño de irracionales coriferos emanen voces desesperadas exigiendo que le levanten la sanción a este "DIOS" de la palabra maldita.
Los méritos de nuestro patricio parecen no tener importancia para este sombrío comunicador. Quizás si Duarte, desde el más allá, le hubiera mandado un cheque de cincuenta o cien mil pesos, sus juicios fueran otros. Porque así es Alvarito. Si no hay dinero que nutra sus bolsillos, nadie, absolutamente, para él tiene valor. Si no, pregúntenselo a nuestro gran Juan Luis Guerra, víctima también, más de una vez, de sus ataques despiadados, solo porque el architalentoso y espigado músico dominicano no le ha dado el deseo de favorecerlo con unos “chelitos”
El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños e hijos adolescentes escuchen el programa radial de comentarios en el que dicho comentarista participa todas las mañanas, pues podrían copiar su muy cloacal conducta expresiva e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y presumido comunicador. Yo escasamente lo escucho, pues cuando sintonizo un programa de radio y/o televisión lo hago con el propósito de que me orienten, no que me desorienten.
Posiblemente se trate del comunicador dominicano de menos credibilidad. En sus juicios, por interesados, nadie cree, nadie confía. Cada palabra, cada silencio suyo parece tener un precio ($). De ahí que dependiendo de si resulta o no favorecido económicamente, ataca sin piedad y defiende con vehemencia, independientemente de que el ataque y la defensa carezcan de justificación. Y por esa razón, como sucede con la piel de los reptiles, sus juicios son cambiantes: a quien ayer criticaba con rabia o de manera implacable, hoy lo distingue con un ímpetu que raya en la pasión. Ese es el verdadero retrato de este extraño e inauténtico personaje.
En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios a quien todos deben temer, adorar e idolatrar.
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