jueves, 30 de noviembre de 2017

DE LA FE EN TB JOSHUA AL ATRASO ALDEANISTA DEL PUEBLO DOMINICANO.

Por : Domingo Caba Ramos

 «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a ustedes con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» Mateo 7 : 15 
                                                                                           TB Josehua

El famoso «profeta» TB Joshua, sale de su natal Nigeria, donde las enfermedades y la extrema pobreza campean por sus fueros, a curar enfermos de manera milagrosa en países mucho más desarrollados que el suyo. El culto a este «nuevo Jesucristo», el espectáculo que se montó en nuestro país con motivo de su presencia, siempre con el apoyo del gobierno, así como la ciega fe de que con solo recibir un toque o suave bofetada de este falso profeta, cualquier enfermedad se puede curar, lleva a pensar que a pesar de la modernidad que nos brinda la Internet, el atraso científico y cultural del pueblo dominicano es tal que parece que todavía no hemos superado el oscurantismo propio de la Edad Media. Somos pues, un país archiatrasado, matizado por indiscutibles rasgos medievales.

Cuando de un país se dice que es subdesarrollado, casi siempre se piensa en un país pobre y con extremas limitaciones económicas. Pero no. No existe peor subdesarrollo que el mental. Y en ese aspecto, los dominicanos, aunque se crea lo contrario, ocupamos un lugar preferencial... Y en esa posición nos mantendremos, mientras continuemos prestigiando creencias y prácticas distanciadas por completo del rigor de la ciencia. Prácticas cada una de las cuales se inscriben en el plano de la fe, las creencias, las impresiones, las cábalas y las supersticiones.

 En otras palabras, mientras sigamos creyendo que basta con que un hombre toque nuestro cuerpo para que un cáncer, una hernia discal o una discapacidad desaparezcan como por arte de magia, los dominicanos, en el tiempo, estaremos viviendo en la Edad Media o en la época precolombina. Lo mismo sucede con aquellos que aún creen que el «mal de ojo» existe o que la disípela y el dolor de muela se curan con « ensalmos»

 Valdría preguntarse al respecto:

 ¿Por qué el presidente Medina, en la audiencia que le concedió a este «médico milagroso», no aprovechó para solicitarle que fuera a los centros oncológicos y de rehabilitación, así como a todos los hospitales del país a manosear enfermos, de manera que estos, ya sanos, abandonaran sus camas y se marcharan de inmediato a sus respectivos hogares? De haber procedido así, el gobierno se hubiera ahorrado unos buenos millones.

 África, vale reiterarlo, es la cuna de la pobreza y las enfermedades infectocontagiosas. Esto quiere decir, que si en realidad existe una zona que de manera urgente requiere la intervención de la mano divina para resolver sus problemas de salud, esa zona es Nigeria y demás países del continente africano. Sin embargo, el endiosado y polémico profeta prefiere dejar atrás esos problemas de su mundo natal para marcharse a otro, América, a eliminar las enfermedades que en su lar nativo se mantienen intactas y en crecimiento.

Lo lamentable de todo es que un presidente de la República, que debería ser el principal interesado y responsable del desarrollo científico y tecnológico de la nación bajo su mando, apadrine las actividades anticientíficas practicadas y promovidas por «vivos» y farsantes que apoyados en tales actividades han logrado amasar sólidas fortunas. Merced a este juicio, extraño no resulta que el señor TB Joshua, según la revista Forbes, esté en la actualidad considerado como uno de los misioneros más ricos del mundo.

EL EXTRAÑO LLANTO DEL COMPAY REJO

Por : Domingo Caba Ramos

«- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»

 El mandato, de implorante y casi plañidero acento, se escuchó más de una vez entre los tertulianos:

 «- ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!» 

 Pero el hombre continuaba llorando…

 En el momento en que el hecho se desarrollaba, una quietud general reinaba en cada uno de los espacios del ambiente campestre. Las ramas de los árboles apenas se movían. Del sol solo se percibía una imagen tenue de la luz crepuscular que cual extensa alfombra amarillenta se explayaba en el lejano horizonte. Los grillos comenzaban a entonar su nocturno y sinfónico concierto y, debajo de las ramas, una anciana gallina realizaba inútiles esfuerzos por ascender al “palo” que le serviría de lecho.

En el vecindario, todo era paz, calma, tranquilidad. Cuando el reloj las siete marcó, ya ellos, como era su diaria costumbre, estaban reunidos, listos para dar inicio a una más de sus habituales tertulias. En la “enramá”, ahí estaban ellos: Yeyo, Doroteo, doña Vira, Buro y el Compay Rejo.

 En la reunión, no había tema que quedara fuera de la agenda, esto es, se abordaban desde asuntos comunitarios, políticos, deportivos, económicos, etc., hasta culminar con los chismes del momento. Sin embargo, lo que más salero o sazón les imprimía a esos nocturnos encuentros eran los chistes picantes o de doble sentido, matizados casi siempre de rojiza tonalidad contados con incomparable gracias por doña Vira. Chistes que entre los tertulianos gustaban bastante, no solo por su hilarante y jocoso contenido, sino por la risa estridente que, como expresión de autocelebración, emitía su relatora al terminar de contarlos.

 Todos celebraban, hasta casi desmayarse, los cuentos de doña Vira, muy especialmente Yeyo y el Compay Rejo, los cuales no bien terminaban de escucharlos, estallaban en imparables carcajadas, al mismo tiempo que dejaban caer hacia atrás sus cuerpos, no sin antes levantar sus sucios pies descalzos.

 Pero esa noche, inexplicablemente, algo inusual parecía ocurrirle al Compay Rejo. Nada lograba despertarle su fino sentido del humor. De ahí que mientras los demás reían sin parar, después de escuchar lo último de doña Vira, él, por el contrario, lucía inquieto, preocupado, reflexivo, en completo silencio. Y cuando sus amigos, por fin, terminaron de reír, aquel hombre, de manera extraña y repentina, estalló en llanto. Un llanto inesperado, sorpresivo, que no tardó en concitar el asombro de todos los allí presentes.

 Todos quedaron pasmados, absortos, boquiabiertos. Y es que al Compay Rejo nadie, absolutamente nadie, lo había visto llorar, ni siquiera en momentos tan dolorosos como aquellos en que fallecieron algunos de sus más queridos y cercanos parientes.

Yeyo, por el impacto, apenas cerraba la boca. Le resulta difícil creer lo que en ese instante veía y escuchaba. Amigo de infancia del Compay Rejo, de los ojos de este, nunca le había visto salir una sola lágrima. Por eso no paraba de mirarlo. Una mirada, cruzada con la de doña Vira, en la que se mezclaban la sorpresa, la preocupación y la ironía.

«-¿Qué le parece vale Doro? Y yo que creía que los ojos del Compay Rejo solo estaban ahí para ver y dormir, pero jamás para llorar ni botar lágrimas. Y mire ahora… ¡Carajo!, lo último no se ha visto…»

Doroteo no contestó. Momentáneamente prefirió guardar silencio, mientras sus dedos acariciaban suavemente el borde delantero del viejo sombrero de guano y de anchas alas que cubría su canosa cabeza. Intentó hablar, pero al ver a su amigo bañado en lágrimas, bajó la cabeza y calló.

 Buro tampoco hablaba, solo observaba. En ningún momento articuló palabras. Con los pocos dientes que aún le quedaban sostenía el cachimbo, tomaba un trago de café y sonreía. Así era este raro personaje: frío, indiferente, calculador, un auténtico estoico a quien nada ni nadie le robaba el sueño.

El canto de los grillos se percibía cada vez más armónico y compacto, en tanto que la vieja amapola, cual guardiana del bosque, lucía cada vez más imponente. Hacia ella dirigió el vale Doro su mirada, como si tratara de obtener del simbólico y grandioso árbol la explicación que tanto deseaban sobre el caso que ocupaba su atención.

 «- Así es mano Yeyo. Yo también toy sorprendió. Lo mihmo pensaba yo» -, contestó Doro minutos después, de manera lacónica y casi para sí.

 Así, más de una vez, se ha contado la historia; pero la historia, vale aclararlo, no es como como la cuentan. El error de quienes cuentan la historia consiste en contarla como si realmente el Compay Rejo comenzó a llorar después de escuchar el cuento de doña Vira. Y no fue así.

 Terminado el relato, los demás integrantes de la tertulia empezaron de inmediato a reír, no así el Compay Rejo, cuya risa inició cuando la de los demás había terminado. Y tan sentida, efusiva y prolongada fue su carcajada, que, más que eso, parecía un interminable, desesperado e incontrolable llanto, tanto que no obstante aclarado el caso, aún parece escucharse el mandato, de implorante y casi plañidero acento:

 « - ¡No llore, Compay Rejo, por favor, no llore!»

domingo, 19 de noviembre de 2017

ASI NO, POETA



DIONISIO LOPEZ CABRAL (1956 – 2006), “El poeta del pueblo”, falleció en su ciudad natal, Santiago de los Caballeros, un día como ayer, el 18 de noviembre del 2006. Una semana antes de su muerte, luego de visitarlo en su lecho de enfermo, publiqué, en los periódicos El Nacional y La Información, el artículo que a continuación me complace compartir con todos mis amables lectores: 

                                                                             Dionisio López Cabral

 ASI NO,POETA

 (En reconocimiento y respeto al “Poeta del pueblo”, Dionisio López Cabral)
 Por: Domingo Caba Ramos

 “Con el viento que no ha llegado
 mi verso limpia distancias”

 (Manuel del Cabral)

 «En la noche de este primer lunes de noviembre, vi al poeta postrado en su lecho de enfermo, paralizados sus movimientos y apagado, por inviolables imperativos médicos, el eco persistente de su voz huracanada.

 En la noche de este primer lunes de noviembre, lo vi tendido en una de las camas distribuidas en la siempre indeseada quinta planta del principal recinto hospitalario de la Región del Cibao, con su triste mirada perdida en la distancia.

 En la noche de este primer lunes de noviembre, observé su cuerpo exhausto o desprovisto de esa fuerza vital que siempre hemos percibido en la voz y en los corporales movimientos del famoso bardo santiaguero.

En la noche de este primer lunes de noviembre, supe que algunos de sus amigos, entre ellos, poetas y escritores , en un decoroso gesto de fraternal y poco común solidaridad que los enaltece, en ocasiones han tenido que bañarlo y ayudarlo a levantar del lecho nada grato en el que desde hace veinte días yace acostado.

En la noche de este primer lunes de noviembre, impulsado talvez por su convencido “aguiluchismo”, y consciente, posiblemente, de mi irrenunciable “escogidismo”, tan pronto me vio, suavemente bajó el volumen del radito que yacía encima de su pecho adolorido, para informarme con firmeza, pero sin su efusión característica: « Las Águilas están ganando y El Escogido perdiendo… »

 En fin, en la noche de este primer lunes de noviembre percibí el dolor plasmado en su rostro demacrado, y al contemplarlo en tan enfermizo estado, me pareció escuchar el eco persistente de una voz interior que me invitaba a decir con pesaroso e imperativo acento:

 No poeta, así no, así no quiero verte. 

Quiero verte recorrer las calles de tu pueblo en una noche cualquiera, preñando de versos, símbolos y metáforas el vientre de la Gran Ciudad.

No poeta, así no. Así no quiero verte.

 Quiero verte iluminando el horizonte con el “ayer de tu canto”

No poeta, así no. Así no quiero verte.

 Quiero verte una vez más multiplicando tu voz a través de tus líricos gritos, calificados por tu amigo entrañable, Tomás Morel, como “puñaladas que agujerean las noches misteriosas de lo insondable”

 No poeta, así no, así no quiero verte. 

 Quiero verte de nuevo en tu habitat, construyendo tus siempre originales, repentinos y breves versos. Tan breves, que parecen “escritos casi sin palabras”. Versos de tan rápida lectura, que bien podríamos compararlos con esos relámpagos que iluminan, con su efímero fulgor, el horizonte sombrío: llegan y tan veloz desaparecen, que su existencia difícil resultaría admitirla, de no ser por la estela de luz que dejan tras sus pasos.

 No poeta, así no, así no me gusta verte. 

 Más que en la cama de una quinta y aborrecible planta hospitalaria , prefiero verte pletórico de vitalidad, desplazándote, como siempre lo has hecho, de un escenario cultural a otro, discutiendo sobre arte y literatura, declamando, pariendo poemas, gestando cultura y violentando rígidos protocolos , para tronar con tu verbo explosivo, ya sea para defender tu punto de vista sobre un tema específico, o para declamar o dar a conocer el último parto de tu fértil imaginación creadora o algunos de los tantos versos que de manera repentina afloran a la fuente inagotable de tu manantial poético. Porque tú, poeta, con mucha propiedad bien podría decir lo mismo que sobre sí pregonó el famosísimo gaucho cantor, Martín Fierro:

“Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar, 
y cantando he de llegar, 
al pie del eterno padre, 
dende el vientre de mi madre,
 vine a este mundo a cantar. 

Que no se trabe mi lengua,
ni me falte la palabra, 
el cantar mi lengua labra, 
y, poniéndome a cantar, 
cantando me han de encontrar,
 aunque la tierra se abra”»
 

domingo, 5 de noviembre de 2017

«ABRIL 84» EN LOS VERSOS DE LUPO HERNANDEZ RUEDA

 Por : Domingo Caba Ramos
                                                                                 Lupo Hernández Rueda (1930/2017)


 En fechas 23,24 y 25 de abril de 1984, después del asueto de semana santa, y aprovechando los días feriados, el gobierno, entonces encabezado por el doctor Salvador Jorge Blanco (PRD), firmó un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que disparó el precio de los artículos de primera necesidad. El pueblo percibió la medida como un «palo acechao» Al normalizarse las actividades, el lunes 23, en horas de la tarde, se iniciaron en los principales barrios de la capital dominicana una serie de protestas que muy pronto se extendieron a todo el país. El profesor Juan Bosch las bautizó con el nombre de «poblada». El Ejército, además de la Policía, fue lanzado a las calles con órdenes de disparar y reprimir a los revoltosos.

 Saqueos, censura a la prensa, centros comerciales no solo saqueados, sino también destruidos, vías desérticas e interrumpidas con escombros, destrozos a la propiedad privada, barrios populares incendiados, agresión a periodistas, tanques de guerra recorriendo las calles, cientos de presos y heridos, y más de doscientos dominicanos muertos fue el resultado de aquel impetuoso e inesperado estadillo popular.

 Se trata de un acontecimiento que, contrario a lo ocurrido con el 24 de abril de 1965, ha sido muy poco tomado en cuenta por nuestros principales creadores literarios, razón por la cual su presencia, en las páginas de la literatura dominicana, puede catalogarse de muy tímida. Lupo Hernández Rueda, recién fallecido, y uno de nuestros primerísimos poetas, recrea magistralmente la histórica «poblada» en el poema « Abril 84»:

 ABRIL 84

 «Entonces abril trajo la muerte en sus alforjas.
 En duermevela oigo los disparos, 
en duermevela siento las pisadas de la muerte, 
en techos y farmacias, en la calles pobladas, 
donde el pulpero de la esquina. 

Oigo gemidos, risas, 
la pólvora avanzando, 
lenguaje torpe y ruin e intermitente, 
decapitando, decapitándose, 
mordiendo la agonía,
 el rumor de los vientres vacíos;
 imágenes dantescas de la muerte ordenada. 

 No. No es cierto que esto ocurra, pero ha sucedido. 
Palpo el llanto, 
la sangre,
 el desorden, sus nombres. 
 Todos mueren y no se sabe cuántos. 

Y una sombra muy larga, 
cada vez más oscura, 
recubre lentamente el horizonte,
 sin que nadie la toque, 
sin que nadie quebrante su silencio, 
puerta rota, 
poblada que deambula, 
concitando el incendio, 
en los barrios cerrados al milagro» 

 (De su libro «Con el pecho alumbrado, 1988»

sábado, 28 de octubre de 2017

HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD AUTONOMA DE SANTO DOMINGO

(Con motivo del 479 aniversario de su fundación)
 Por : Domingo Caba Ramos
 La Universidad Santo Tomás de Aquino, hoy Autónoma de Santo Domingo, fue creada por los frailes dominicos en la primera mitad del siglo XVI, específicamente el 28 de octubre de 1538, mediante la Bula In Apostolatus Culmine. Con esta autorización pontificia, expedida en Roma por el Papa Paulo III, previa solicitud de los curas que la fundaron, se elevó a la categoría de universidad el Estudio General que la congregación dominica dirigía en Santo Domingo desde el año1518. Se erigió como tal antes de cumplirse medio siglo de producirse el descubrimiento del continente americano. Esto significa que la Universidad, de un Estudio General, se convirtió en el primer centro de educación superior fundado en el Nuevo Mundo.

 Fue bautizada con el nombre de Santo Tomás de Aquino en honor al dominico- italiano, precursor de la filosofía moderna como máxima figura del escolasticismo, cuyas doctrinas eran básicas en la enseñanza teológica y filosófica que en esa alta casa de estudios se enseñaba.

Como puede apreciarse, la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la primera que existió en América, fue pontificia desde su origen, por cuanto fue erigida mediante bula papal, sin la real autorización para su funcionamiento. Fue de¬clarada Real, por Real Cédula del Rey Felipe V del 27 de julio de 1734. Nace con los mismos privilegios de las de Alcalá de Henares y Salamanca. La bula expresa que la Universidad gozará de "todos y cada uno de los privilegios, indultos, inmunidades, exenciones, libertades, favores y gracias, que así en la Universidad de Alcalá como en la de Salamanca o en otra cualquiera de los reinos de España".

 « La Universidad de Santo Domingo – apunta al respecto Tirso Mejía Ricart – surge dentro de la tradición alcalaína, cuyo modelo adopta; es decir, como colegio fundado por bula papal, sin que esta fuera avalada por Real Cédula ni el “pase regio” del Consejo de Indias que se estableció en ese mismo año como requisito para que las bulas tuviesen vigencia en el continente americano…» (La Universidad, la Iglesia y el Estado, 1980: 26, Editora de la UASD)

Esta universidad se convirtió, durante los tres primeros siglos de su fundación, en el centro de la vida académica, cultural e intelectual de las Antillas y de una gran parte de Tierra Firme. Gracias a su gran prestigio alcanzado, a ella concurrían estudiantes de otras regiones del Nuevo Mundo, algunos de los cuales, años después, les cupo el privilegio o la distinción de ser los primeros rectores de las universidades fundadas en sus países de origen.

 « Su labor cultural – amplía Joaquín Balaguer – fue inmensa para la época : de sus aulas salieron no solo muchas figuras prestigiosas que tuvieron amplia intervención en la vida de la colonia, sino también los primeros humanistas con que contaron Cuba y Venezuela, tales como Fray Tomás de Linares, primer rector de la Universidad de La Habana, y el Dr. Francisco Martínez de la Porras, primer rector de la Universidad de Caracas» ( Historia de la literatura dominicana, Editora Corripio, Santo Domingo, 1992 :29 ) Estas dos universidades, la de La Habana y Caracas, fueron creadas a imagen y semejanza de la de Santo Domingo.

 Los frailes que fundaron ese primer centro de educación superior del Nuevo Mundo emigraron a estas tierras para, como bien se ha dicho, “iluminarlas con las luces del saber…” (Armando Cordero, La Filosofía en Santo Domingo, 1978, 19, Ed. Horizontes de América), y difundir la fe por medio de la enseñanza. Esta realidad convirtió a la entonces Universidad Santo Tomás de Aquino en el centro de atracción y difusión cultural de América. Por eso algunos investigadores, entre ellos, el ensayista y profesor universitario, Ciriaco Landolfi, consideran a esta Universidad como la «depositaria del más viejo linaje académico del Nuevo Mundo» y la que «inicia la cronología de los estudios superiores en Santo Domingo…» (1987. El imperio español versus la Universidad Santo Tomás de Aquino, Ed Universitaria – UASD - , 84)

 Siguiendo los lineamientos trazados por las universidades de la Europa cristiana, la Universidad Santo Tomás de Aquino inicia su labor docente organizándola en las cuatro facultades clásicas de la universidad medieval:

1. Medicina
2. Derecho
 3. Teología
4. Artes.

Los estudios de las llamadas artes liberales incluían dos modalidades: el “trívium”, que a su vez comprendía la Gramática, la Retórica y la Lógica y el “quadrivium”, conformado por la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. A saber:

Motivos de carácter sociopolítico originaron que en más de una oportunidad la Universidad cerrara sus puertas. A saber:

En el año 1801 fue cerrada, por causa de la ocupación al país llevada a cabo por el jefe haitiano Toussaint Louverture, en cumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Basilea (1795), mediante el cual España cedió a Francia su antigua colonia de Santo Domingo. Años después de consumada la reconquista de esta, se reabrieron las puertas de la Universidad en el año 1815, esta vez dirigida por el Dr. José Núñez de Cáceres. A partir de entonces adoptó el carácter laico, esto es, comenzó a operar desprovista del sello pontificio.

En 1823, la Universidad nueva vez fue clausurada como consecuencia de la ocupación haitiana a Santo Domingo| que un año antes se había llevado a cabo. Sus aulas quedaron vacías debido a que los estudiantes fueron reclutados para formar parte del servicio militar obligatorio impuesto por el invasor.

 En 1859, el general Pedro Santana promulga la ley que ordena su restablecimiento; pero tal disposición no se ejecutó, razón por la reapertura no se materializó. En su lugar funcionó el Instituto Profesional creado por decreto el 31 de diciembre de 1866. Dos años después de fundado (10 de mayo de1991), este centro cerró sus puertas y las reabrió el 16 de agosto de 1895 bajo el rectorado de Monseñor Fernando Arturo de Meriño.

 Mediante decreto emitido por el presidente de la República, Dr. Ramón Báez, el 16 de noviembre de 1914, el Instituto Profesional se transforma en la Universidad de Santo Domingo. Sin embargo, muy pronto las clases se interrumpen una vez más por un período de ocho años (1916 – 1924 - ) como resultado de la primera ocupación norteamericana.

 Durante la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, la Universidad de Santo Domingo, si bien sus puertas permanecieron abiertas, se convirtió en instrumento al servicio del régimen de turno y operó privada de las libertades que una institución de su naturaleza requiere para cumplir a cabalidad con la misión educativa, social, científica y cultural que la sociedad espera de ella.

 AUTONOMÍA

 Mediante Ley No.5778 del 31 de diciembre de 1961 a la Universidad se le confirió la autonomía que hoy disfruta. Y a partir de ese momento, en lugar de Universidad de Santo Domingo, comenzó a regir el nombre vigente: Universidad Autónoma de Santo Domingo.

El Art. 1 del Estatuto Orgánico establece al respecto que la Universidad Autónoma de Santo Domingo «Es una institución pública y descentralizada del Estado, con autono-mía garantizada por la Constitución de la República, dotada de plena personería jurídica de acuerdo con la Ley 5778, promulgada por el Poder Ejecutivo el 31 de diciembre de 1961, y ratificada mediante la Ley 139-01 del 13 de agosto de 2001, que se sustenta en un modelo de Universidad Nacional»

 Merced al régimen de la autonomía ,la Universidad podía elegir sus propias autoridades ( autogobierno ) con miras a regir los destinos de la institución. Las primeras autoridades, bajo este nuevo esquema de dirección, fueron elegidas el 17 de febrero de 1962.

SUPRESIÓN DEL FUERO UNIVERSITARIO 

La ley que consagró la autonomía, estableció también el fuero para el recinto universitario ; pero una vez instituido, la vigencia del fuero tuvo carácter efímero por cuanto en el gobierno de facto del Triunvirato fue suprimido, mediante la Ley #292, del 12 de junio de 1964.

Durante mucho tiempo, la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue el único centro de educación superior vigente en el país, realidad que se mantuvo hasta el 1962, año en que fundada en Santiago de los Caballeros la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), años después transformada en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)

jueves, 12 de octubre de 2017

OTRA VEZ ALVARITO…

Por: Domingo Caba Ramos
                                                                                      Álvaro Arvelo, hijo.


Otra vez Alvarito Arvelo. Otra vez sus exabruptos. Otra vez sus inconductas verbales. Otra vez sus cloacales expresiones. Otra vez su engreimiento, narcisismo, prepotencia e irracionales impulsos de faraón intocable.

 Esta vez su su víctima fue Juan Pablo Duarte, nada más y nada menos que el padre de nuestra independencia. Esta vez “le cogió “con profanar la imagen, memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la República, al llamarlo “cobarde”, “vacilante”, “depresivo”, “irresponsable” y “homosexual”. ¡INCREÍBLE! Llamarle “cobarde” e “irresponsable” al hombre que apeló a los más diversos recursos para lograr la libertad o independencia del pueblo dominicano, es lo mismo que decir “Yo, urgentemente, necesito un siquiatra” Por semejante inconducta, fue suspendido de hablar por radio y televisión durante veinte días.

 ¡POR FIN! Lástima que solo sea por veinte días y no suspendido de por vida. Este señor cuando habla produce más daños que los microbios cuando penetran al cuerpo humano. En tal virtud, se le hace un gran bien a la nación impidiéndole que abra más la boca públicamente en la emisora donde tantos daños ha causado. No dudo, como ya sucedió en el pasado, que del rebaño de irracionales coriferos emanen voces desesperadas exigiendo que le levanten la sanción a este "DIOS" de la palabra maldita.

 Los méritos de nuestro patricio parecen no tener importancia para este sombrío comunicador. Quizás si Duarte, desde el más allá, le hubiera mandado un cheque de cincuenta o cien mil pesos, sus juicios fueran otros. Porque así es Alvarito. Si no hay dinero que nutra sus bolsillos, nadie, absolutamente, para él tiene valor. Si no, pregúntenselo a nuestro gran Juan Luis Guerra, víctima también, más de una vez, de sus ataques despiadados, solo porque el architalentoso y espigado músico dominicano no le ha dado el deseo de favorecerlo con unos “chelitos”

 El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños e hijos adolescentes escuchen el programa radial de comentarios en el que dicho comentarista participa todas las mañanas, pues podrían copiar su muy cloacal conducta expresiva e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y presumido comunicador. Yo escasamente lo escucho, pues cuando sintonizo un programa de radio y/o televisión lo hago con el propósito de que me orienten, no que me desorienten.

Posiblemente se trate del comunicador dominicano de menos credibilidad. En sus juicios, por interesados, nadie cree, nadie confía. Cada palabra, cada silencio suyo parece tener un precio ($). De ahí que dependiendo de si resulta o no favorecido económicamente, ataca sin piedad y defiende con vehemencia, independientemente de que el ataque y la defensa carezcan de justificación. Y por esa razón, como sucede con la piel de los reptiles, sus juicios son cambiantes: a quien ayer criticaba con rabia o de manera implacable, hoy lo distingue con un ímpetu que raya en la pasión. Ese es el verdadero retrato de este extraño e inauténtico personaje.

 En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios a quien todos deben temer, adorar e idolatrar.

martes, 3 de octubre de 2017

EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO

GABRIEL GARCÌA MÁRQUEZ
 (Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)

El ahogado más hermoso del mundo
 LOS PRIMEROS NIÑOS que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.

Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.

 No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.

Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.

No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:

 —Tiene cara de llamarse Esteban.

 Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.

—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!

 Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.

Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.

Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.