(Con motivo del 479 aniversario de su fundación)
Por : Domingo Caba Ramos
La Universidad Santo Tomás de Aquino, hoy Autónoma de Santo Domingo, fue creada por los frailes dominicos en la primera mitad del siglo XVI, específicamente el 28 de octubre de 1538, mediante la Bula In Apostolatus Culmine. Con esta autorización pontificia, expedida en Roma por el Papa Paulo III, previa solicitud de los curas que la fundaron, se elevó a la categoría de universidad el Estudio General que la congregación dominica dirigía en Santo Domingo desde el año1518. Se erigió como tal antes de cumplirse medio siglo de producirse el descubrimiento del continente americano. Esto significa que la Universidad, de un Estudio General, se convirtió en el primer centro de educación superior fundado en el Nuevo Mundo.
Fue bautizada con el nombre de Santo Tomás de Aquino en honor al dominico- italiano, precursor de la filosofía moderna como máxima figura del escolasticismo, cuyas doctrinas eran básicas en la enseñanza teológica y filosófica que en esa alta casa de estudios se enseñaba.
Como puede apreciarse, la Universidad Autónoma de Santo Domingo, la primera que existió en América, fue pontificia desde su origen, por cuanto fue erigida mediante bula papal, sin la real autorización para su funcionamiento. Fue de¬clarada Real, por Real Cédula del Rey Felipe V del 27 de julio de 1734. Nace con los mismos privilegios de las de Alcalá de Henares y Salamanca. La bula expresa que la Universidad gozará de "todos y cada uno de los privilegios, indultos, inmunidades, exenciones, libertades, favores y gracias, que así en la Universidad de Alcalá como en la de Salamanca o en otra cualquiera de los reinos de España".
« La Universidad de Santo Domingo – apunta al respecto Tirso Mejía Ricart – surge dentro de la tradición alcalaína, cuyo modelo adopta; es decir, como colegio fundado por bula papal, sin que esta fuera avalada por Real Cédula ni el “pase regio” del Consejo de Indias que se estableció en ese mismo año como requisito para que las bulas tuviesen vigencia en el continente americano…» (La Universidad, la Iglesia y el Estado, 1980: 26, Editora de la UASD)
Esta universidad se convirtió, durante los tres primeros siglos de su fundación, en el centro de la vida académica, cultural e intelectual de las Antillas y de una gran parte de Tierra Firme. Gracias a su gran prestigio alcanzado, a ella concurrían estudiantes de otras regiones del Nuevo Mundo, algunos de los cuales, años después, les cupo el privilegio o la distinción de ser los primeros rectores de las universidades fundadas en sus países de origen.
« Su labor cultural – amplía Joaquín Balaguer – fue inmensa para la época : de sus aulas salieron no solo muchas figuras prestigiosas que tuvieron amplia intervención en la vida de la colonia, sino también los primeros humanistas con que contaron Cuba y Venezuela, tales como Fray Tomás de Linares, primer rector de la Universidad de La Habana, y el Dr. Francisco Martínez de la Porras, primer rector de la Universidad de Caracas» ( Historia de la literatura dominicana, Editora Corripio, Santo Domingo, 1992 :29 ) Estas dos universidades, la de La Habana y Caracas, fueron creadas a imagen y semejanza de la de Santo Domingo.
Los frailes que fundaron ese primer centro de educación superior del Nuevo Mundo emigraron a estas tierras para, como bien se ha dicho, “iluminarlas con las luces del saber…” (Armando Cordero, La Filosofía en Santo Domingo, 1978, 19, Ed. Horizontes de América), y difundir la fe por medio de la enseñanza. Esta realidad convirtió a la entonces Universidad Santo Tomás de Aquino en el centro de atracción y difusión cultural de América. Por eso algunos investigadores, entre ellos, el ensayista y profesor universitario, Ciriaco Landolfi, consideran a esta Universidad como la «depositaria del más viejo linaje académico del Nuevo Mundo» y la que «inicia la cronología de los estudios superiores en Santo Domingo…» (1987. El imperio español versus la Universidad Santo Tomás de Aquino, Ed Universitaria – UASD - , 84)
Siguiendo los lineamientos trazados por las universidades de la Europa cristiana, la Universidad Santo Tomás de Aquino inicia su labor docente organizándola en las cuatro facultades clásicas de la universidad medieval:
1. Medicina
2. Derecho
3. Teología
4. Artes.
Los estudios de las llamadas artes liberales incluían dos modalidades: el “trívium”, que a su vez comprendía la Gramática, la Retórica y la Lógica y el “quadrivium”, conformado por la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. A saber:
Motivos de carácter sociopolítico originaron que en más de una oportunidad la Universidad cerrara sus puertas. A saber:
En el año 1801 fue cerrada, por causa de la ocupación al país llevada a cabo por el jefe haitiano Toussaint Louverture, en cumplimiento de lo dispuesto en el Tratado de Basilea (1795), mediante el cual España cedió a Francia su antigua colonia de Santo Domingo. Años después de consumada la reconquista de esta, se reabrieron las puertas de la Universidad en el año 1815, esta vez dirigida por el Dr. José Núñez de Cáceres. A partir de entonces adoptó el carácter laico, esto es, comenzó a operar desprovista del sello pontificio.
En 1823, la Universidad nueva vez fue clausurada como consecuencia de la ocupación haitiana a Santo Domingo| que un año antes se había llevado a cabo. Sus aulas quedaron vacías debido a que los estudiantes fueron reclutados para formar parte del servicio militar obligatorio impuesto por el invasor.
En 1859, el general Pedro Santana promulga la ley que ordena su restablecimiento; pero tal disposición no se ejecutó, razón por la reapertura no se materializó. En su lugar funcionó el Instituto Profesional creado por decreto el 31 de diciembre de 1866. Dos años después de fundado (10 de mayo de1991), este centro cerró sus puertas y las reabrió el 16 de agosto de 1895 bajo el rectorado de Monseñor Fernando Arturo de Meriño.
Mediante decreto emitido por el presidente de la República, Dr. Ramón Báez, el 16 de noviembre de 1914, el Instituto Profesional se transforma en la Universidad de Santo Domingo. Sin embargo, muy pronto las clases se interrumpen una vez más por un período de ocho años (1916 – 1924 - ) como resultado de la primera ocupación norteamericana.
Durante la tiranía de Rafael Leónidas Trujillo, la Universidad de Santo Domingo, si bien sus puertas permanecieron abiertas, se convirtió en instrumento al servicio del régimen de turno y operó privada de las libertades que una institución de su naturaleza requiere para cumplir a cabalidad con la misión educativa, social, científica y cultural que la sociedad espera de ella.
AUTONOMÍA
Mediante Ley No.5778 del 31 de diciembre de 1961 a la Universidad se le confirió la autonomía que hoy disfruta. Y a partir de ese momento, en lugar de Universidad de Santo Domingo, comenzó a regir el nombre vigente: Universidad Autónoma de Santo Domingo.
El Art. 1 del Estatuto Orgánico establece al respecto que la Universidad Autónoma de Santo Domingo «Es una institución pública y descentralizada del Estado, con autono-mía garantizada por la Constitución de la República, dotada de plena personería jurídica de acuerdo con la Ley 5778, promulgada por el Poder Ejecutivo el 31 de diciembre de 1961, y ratificada mediante la Ley 139-01 del 13 de agosto de 2001, que se sustenta en un modelo de Universidad Nacional»
Merced al régimen de la autonomía ,la Universidad podía elegir sus propias autoridades ( autogobierno ) con miras a regir los destinos de la institución. Las primeras autoridades, bajo este nuevo esquema de dirección, fueron elegidas el 17 de febrero de 1962.
SUPRESIÓN DEL FUERO UNIVERSITARIO
La ley que consagró la autonomía, estableció también el fuero para el recinto universitario ; pero una vez instituido, la vigencia del fuero tuvo carácter efímero por cuanto en el gobierno de facto del Triunvirato fue suprimido, mediante la Ley #292, del 12 de junio de 1964.
Durante mucho tiempo, la Universidad Autónoma de Santo Domingo fue el único centro de educación superior vigente en el país, realidad que se mantuvo hasta el 1962, año en que fundada en Santiago de los Caballeros la Universidad Católica Madre y Maestra (UCMM), años después transformada en Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM)
sábado, 28 de octubre de 2017
jueves, 12 de octubre de 2017
OTRA VEZ ALVARITO…
Por: Domingo Caba Ramos
Álvaro Arvelo, hijo.
Otra vez Alvarito Arvelo. Otra vez sus exabruptos. Otra vez sus inconductas verbales. Otra vez sus cloacales expresiones. Otra vez su engreimiento, narcisismo, prepotencia e irracionales impulsos de faraón intocable.
Esta vez su su víctima fue Juan Pablo Duarte, nada más y nada menos que el padre de nuestra independencia. Esta vez “le cogió “con profanar la imagen, memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la República, al llamarlo “cobarde”, “vacilante”, “depresivo”, “irresponsable” y “homosexual”. ¡INCREÍBLE! Llamarle “cobarde” e “irresponsable” al hombre que apeló a los más diversos recursos para lograr la libertad o independencia del pueblo dominicano, es lo mismo que decir “Yo, urgentemente, necesito un siquiatra” Por semejante inconducta, fue suspendido de hablar por radio y televisión durante veinte días.
¡POR FIN! Lástima que solo sea por veinte días y no suspendido de por vida. Este señor cuando habla produce más daños que los microbios cuando penetran al cuerpo humano. En tal virtud, se le hace un gran bien a la nación impidiéndole que abra más la boca públicamente en la emisora donde tantos daños ha causado. No dudo, como ya sucedió en el pasado, que del rebaño de irracionales coriferos emanen voces desesperadas exigiendo que le levanten la sanción a este "DIOS" de la palabra maldita.
Los méritos de nuestro patricio parecen no tener importancia para este sombrío comunicador. Quizás si Duarte, desde el más allá, le hubiera mandado un cheque de cincuenta o cien mil pesos, sus juicios fueran otros. Porque así es Alvarito. Si no hay dinero que nutra sus bolsillos, nadie, absolutamente, para él tiene valor. Si no, pregúntenselo a nuestro gran Juan Luis Guerra, víctima también, más de una vez, de sus ataques despiadados, solo porque el architalentoso y espigado músico dominicano no le ha dado el deseo de favorecerlo con unos “chelitos”
El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños e hijos adolescentes escuchen el programa radial de comentarios en el que dicho comentarista participa todas las mañanas, pues podrían copiar su muy cloacal conducta expresiva e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y presumido comunicador. Yo escasamente lo escucho, pues cuando sintonizo un programa de radio y/o televisión lo hago con el propósito de que me orienten, no que me desorienten.
Posiblemente se trate del comunicador dominicano de menos credibilidad. En sus juicios, por interesados, nadie cree, nadie confía. Cada palabra, cada silencio suyo parece tener un precio ($). De ahí que dependiendo de si resulta o no favorecido económicamente, ataca sin piedad y defiende con vehemencia, independientemente de que el ataque y la defensa carezcan de justificación. Y por esa razón, como sucede con la piel de los reptiles, sus juicios son cambiantes: a quien ayer criticaba con rabia o de manera implacable, hoy lo distingue con un ímpetu que raya en la pasión. Ese es el verdadero retrato de este extraño e inauténtico personaje.
En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios a quien todos deben temer, adorar e idolatrar.
Álvaro Arvelo, hijo.
Otra vez Alvarito Arvelo. Otra vez sus exabruptos. Otra vez sus inconductas verbales. Otra vez sus cloacales expresiones. Otra vez su engreimiento, narcisismo, prepotencia e irracionales impulsos de faraón intocable.
Esta vez su su víctima fue Juan Pablo Duarte, nada más y nada menos que el padre de nuestra independencia. Esta vez “le cogió “con profanar la imagen, memoria y el honor del padre de la patria y fundador de la República, al llamarlo “cobarde”, “vacilante”, “depresivo”, “irresponsable” y “homosexual”. ¡INCREÍBLE! Llamarle “cobarde” e “irresponsable” al hombre que apeló a los más diversos recursos para lograr la libertad o independencia del pueblo dominicano, es lo mismo que decir “Yo, urgentemente, necesito un siquiatra” Por semejante inconducta, fue suspendido de hablar por radio y televisión durante veinte días.
¡POR FIN! Lástima que solo sea por veinte días y no suspendido de por vida. Este señor cuando habla produce más daños que los microbios cuando penetran al cuerpo humano. En tal virtud, se le hace un gran bien a la nación impidiéndole que abra más la boca públicamente en la emisora donde tantos daños ha causado. No dudo, como ya sucedió en el pasado, que del rebaño de irracionales coriferos emanen voces desesperadas exigiendo que le levanten la sanción a este "DIOS" de la palabra maldita.
Los méritos de nuestro patricio parecen no tener importancia para este sombrío comunicador. Quizás si Duarte, desde el más allá, le hubiera mandado un cheque de cincuenta o cien mil pesos, sus juicios fueran otros. Porque así es Alvarito. Si no hay dinero que nutra sus bolsillos, nadie, absolutamente, para él tiene valor. Si no, pregúntenselo a nuestro gran Juan Luis Guerra, víctima también, más de una vez, de sus ataques despiadados, solo porque el architalentoso y espigado músico dominicano no le ha dado el deseo de favorecerlo con unos “chelitos”
El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños e hijos adolescentes escuchen el programa radial de comentarios en el que dicho comentarista participa todas las mañanas, pues podrían copiar su muy cloacal conducta expresiva e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y presumido comunicador. Yo escasamente lo escucho, pues cuando sintonizo un programa de radio y/o televisión lo hago con el propósito de que me orienten, no que me desorienten.
Posiblemente se trate del comunicador dominicano de menos credibilidad. En sus juicios, por interesados, nadie cree, nadie confía. Cada palabra, cada silencio suyo parece tener un precio ($). De ahí que dependiendo de si resulta o no favorecido económicamente, ataca sin piedad y defiende con vehemencia, independientemente de que el ataque y la defensa carezcan de justificación. Y por esa razón, como sucede con la piel de los reptiles, sus juicios son cambiantes: a quien ayer criticaba con rabia o de manera implacable, hoy lo distingue con un ímpetu que raya en la pasión. Ese es el verdadero retrato de este extraño e inauténtico personaje.
En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios a quien todos deben temer, adorar e idolatrar.
martes, 3 de octubre de 2017
EL AHOGADO MÁS HERMOSO DEL MUNDO
GABRIEL GARCÌA MÁRQUEZ
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
El ahogado más hermoso del mundo
LOS PRIMEROS NIÑOS que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
El ahogado más hermoso del mundo
LOS PRIMEROS NIÑOS que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
—Tiene cara de llamarse Esteban.
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro!
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
ISLAS DE AZÚCAR AMARGA
Por: Domingo Caba Ramos
Como bien lo dice nuestro gran poeta, los huracanes que se pasean por nuestros mares tropicales, están jugando con las islas del Caribe, las cuales tiemblan con la simple respiración de estos devastadores fenómenos naturales. Islas que por los tantos daños humanos y materiales históricamente recibidos por efectos de esos fenómenos, afirma el poeta, « no parece que fue Dios/ quien las puso en ese mar» (DC)
ISLAS DE AZÚCAR AMARGA
« ¿Ves aquel mar salpicado de
islas? Cuando el huracán respira,
¡cómo tiemblan aquellas
pequeñitas Américas!
Islas: erizos de cañas, de cañas
tan ciegas que...
que en el filo que las hiere
ponen miel.
Llora diabético el árbol.
¡Como que el árbol también
ya sabe que endulza el filo
que habla inglés!
Hoy que la Tierra en la voz
ha crecido un poco más.
¡Alguien puso en las Antillas
tanta miel para su mal!
Juguetes de geografía
con que juega el Huracán...
Islas del Mar del Caribe:
no parece que fue Dios
quien las puso en ese Mar.
Hoy algo pasa en el aire.
Telegramas, y algo más.
(Por el aire de Manhattan
e ven las islas pasar).
Negrito que tiemblas triste,
tú desgranas el collar
de aquellas islas, tu boca
lo echa al viento en un cantar.
Un canto que cruza el agua,
un canto que cruza el mar,
y abre las puertas de carne
que no están de par en par.
Negrito remoto y blanco,
eres la tierra tal vez,
que sale a cantar su pena,
su pena por ser de miel»
(MANUEL DEL CABRAL)
Como bien lo dice nuestro gran poeta, los huracanes que se pasean por nuestros mares tropicales, están jugando con las islas del Caribe, las cuales tiemblan con la simple respiración de estos devastadores fenómenos naturales. Islas que por los tantos daños humanos y materiales históricamente recibidos por efectos de esos fenómenos, afirma el poeta, « no parece que fue Dios/ quien las puso en ese mar» (DC)
ISLAS DE AZÚCAR AMARGA
« ¿Ves aquel mar salpicado de
islas? Cuando el huracán respira,
¡cómo tiemblan aquellas
pequeñitas Américas!
Islas: erizos de cañas, de cañas
tan ciegas que...
que en el filo que las hiere
ponen miel.
Llora diabético el árbol.
¡Como que el árbol también
ya sabe que endulza el filo
que habla inglés!
Hoy que la Tierra en la voz
ha crecido un poco más.
¡Alguien puso en las Antillas
tanta miel para su mal!
Juguetes de geografía
con que juega el Huracán...
Islas del Mar del Caribe:
no parece que fue Dios
quien las puso en ese Mar.
Hoy algo pasa en el aire.
Telegramas, y algo más.
(Por el aire de Manhattan
e ven las islas pasar).
Negrito que tiemblas triste,
tú desgranas el collar
de aquellas islas, tu boca
lo echa al viento en un cantar.
Un canto que cruza el agua,
un canto que cruza el mar,
y abre las puertas de carne
que no están de par en par.
Negrito remoto y blanco,
eres la tierra tal vez,
que sale a cantar su pena,
su pena por ser de miel»
(MANUEL DEL CABRAL)
domingo, 17 de septiembre de 2017
EL LIDERAZGO COMO EJE DEL ÉXITO DE LA ORGANIZACIÓN
Por : Domingo Caba Ramos
Una buena parte de mi vida laboral, tanto en el ámbito docente como industrial, me la pasé dirigiendo personas. En tal virtud, recuerdo que cuando ejercía como encargado de recursos humanos en un prestigioso grupo empresarial de Santiago, en una de las habituales reuniones de trabajo, un director de departamento me preguntó: "¿Qué se requiere, a su juicio, para que una empresa o grupo marche en forma exitosa?"
« Una empresa o grupo se desarrolla exitosamente – le contesté:
1. Cuando en la misma brilla por su ausencia el chisme, el individualismo, el protagonismo y el conflicto insustancial.
2. Cuando reina la armonía, la camaradería, la solidaridad, la colaboración y la integración constructiva.
3. Cuando las acciones o responsabilidades individuales siempre están enfocadas hacia el logro de un propósito común»
Y le amplié mi respuesta diciéndole, más o menos lo siguiente:
«Todos los tratadistas en la materia coinciden al afirmar que solo mediante el trabajo en equipo una organización puede alcanzar sus metas, y que para el logro de estas, todos los miembros del equipo deben operar concentrado siempre en el objetivo común que se persigue, dejar de lado las posturas individualistas, la buscadera de culpables, la búsqueda del éxito personal, los reproches no constructivos, así como las burlas, las discriminaciones y los desprecios desmotivadores.
Plantean igualmente los especialistas que los retos o propósitos de una organización solo es posible convertirlos en realidad uniendo las fuerzas de los miembros que la conforman con la sabia dirección de un líder que los conduzca.
Una empresa, siempre lo he sostenido, camina como caminan las personas que la dirigen. El liderazgo constituye, pues, uno de los factores más importantes para el logro de un buen trabajo en equipo y, por ende, para el éxito general de la empresa.
Un buen líder motiva, inspira, genera compromisos, provoca que los integrantes del grupo trabajen con agrado, asuman una actitud laboral positiva y se empoderen de sus obligaciones. Solo un líder auténtico es capaz de abandonar el yo protagónico, crear un ambiente positivo de trabajo y propiciar una edificante atmósfera laboral.
Un líder verdadero, en fin, eleva la moral de los miembros del equipo, haciendo que estos se sientan respetados, apoyados, valorados y, lo que es más importante, identificados con la empresa»
Una buena parte de mi vida laboral, tanto en el ámbito docente como industrial, me la pasé dirigiendo personas. En tal virtud, recuerdo que cuando ejercía como encargado de recursos humanos en un prestigioso grupo empresarial de Santiago, en una de las habituales reuniones de trabajo, un director de departamento me preguntó: "¿Qué se requiere, a su juicio, para que una empresa o grupo marche en forma exitosa?"
« Una empresa o grupo se desarrolla exitosamente – le contesté:
1. Cuando en la misma brilla por su ausencia el chisme, el individualismo, el protagonismo y el conflicto insustancial.
2. Cuando reina la armonía, la camaradería, la solidaridad, la colaboración y la integración constructiva.
3. Cuando las acciones o responsabilidades individuales siempre están enfocadas hacia el logro de un propósito común»
Y le amplié mi respuesta diciéndole, más o menos lo siguiente:
«Todos los tratadistas en la materia coinciden al afirmar que solo mediante el trabajo en equipo una organización puede alcanzar sus metas, y que para el logro de estas, todos los miembros del equipo deben operar concentrado siempre en el objetivo común que se persigue, dejar de lado las posturas individualistas, la buscadera de culpables, la búsqueda del éxito personal, los reproches no constructivos, así como las burlas, las discriminaciones y los desprecios desmotivadores.
Plantean igualmente los especialistas que los retos o propósitos de una organización solo es posible convertirlos en realidad uniendo las fuerzas de los miembros que la conforman con la sabia dirección de un líder que los conduzca.
Una empresa, siempre lo he sostenido, camina como caminan las personas que la dirigen. El liderazgo constituye, pues, uno de los factores más importantes para el logro de un buen trabajo en equipo y, por ende, para el éxito general de la empresa.
Un buen líder motiva, inspira, genera compromisos, provoca que los integrantes del grupo trabajen con agrado, asuman una actitud laboral positiva y se empoderen de sus obligaciones. Solo un líder auténtico es capaz de abandonar el yo protagónico, crear un ambiente positivo de trabajo y propiciar una edificante atmósfera laboral.
Un líder verdadero, en fin, eleva la moral de los miembros del equipo, haciendo que estos se sientan respetados, apoyados, valorados y, lo que es más importante, identificados con la empresa»
viernes, 8 de septiembre de 2017
EL VERBO ADECUAR: DUDAS Y CONFUSIONES
Por : Domingo Caba Ramos
“Adecuar” es una de las tantas formas verbales cuyos usos generan vacilaciones, dudas y confusiones, muy especialmente cuando la empleamos (‘adecuar’) en primera, segunda y tercera persona del singular (¿adecúo o adecuo?, ¿adecúas o adecua?, ¿adecúa o adecua?)
El verbo ‘adecuar’, vale aclarar, sólo se conjugaba como el verbo 'averiguar', conservando en todas las formas de su conjugación el diptongo correspondiente, vale decir, se consideraba equivocada la acentuación en 'adecúa' y ‘adecúe’. Sin embargo, recientemente la Asociación de Academias de la Lengua Española, en su Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) admite la acentuación que antes se consideraba errónea. Además de la conjugación de 'adecuar' como 'averiguar', la docta institución admite que dicho verbo se conjugue como 'actuar' y 'situar', aunque recomienda el uso preferencial de la primera forma (adecue, adecua, etc.).
Según el mandato académico, es válido el uso tanto de 'adecúa' como 'adecua'. Y en virtud de ese mismo criterio, tan aceptable sería decir:
“Es preciso que la sociedad de adecúe a la nueva ley"… como "Es preciso que la sociedad se adecue a la nueva ley….".
“Adecuar” es una de las tantas formas verbales cuyos usos generan vacilaciones, dudas y confusiones, muy especialmente cuando la empleamos (‘adecuar’) en primera, segunda y tercera persona del singular (¿adecúo o adecuo?, ¿adecúas o adecua?, ¿adecúa o adecua?)
El verbo ‘adecuar’, vale aclarar, sólo se conjugaba como el verbo 'averiguar', conservando en todas las formas de su conjugación el diptongo correspondiente, vale decir, se consideraba equivocada la acentuación en 'adecúa' y ‘adecúe’. Sin embargo, recientemente la Asociación de Academias de la Lengua Española, en su Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) admite la acentuación que antes se consideraba errónea. Además de la conjugación de 'adecuar' como 'averiguar', la docta institución admite que dicho verbo se conjugue como 'actuar' y 'situar', aunque recomienda el uso preferencial de la primera forma (adecue, adecua, etc.).
Según el mandato académico, es válido el uso tanto de 'adecúa' como 'adecua'. Y en virtud de ese mismo criterio, tan aceptable sería decir:
“Es preciso que la sociedad de adecúe a la nueva ley"… como "Es preciso que la sociedad se adecue a la nueva ley….".
jueves, 7 de septiembre de 2017
«EL RÍO Y SU ENEMIGO»
Por: Domingo Caba Ramos
Juan Bosch nos cuenta la historia en uno de sus cuentos magistrales, “El río y su enemigo”, contenido en el volumen «Más cuentos escritos en el exilio» (1962) Dicha historia se inicia señalando el ambiente o marco espacial donde se desarrolla el hecho relatado:
«Sucedió lo que cuento en un lugar que está más debajo de Villa Rivas, en las riberas del Yuna. Cuando pasa por allí, el Yuna ha recorrido ya muchos kilómetros y ha fecundado las tierras más diversas…» (P.57)
A pesar de que nuestra crítica literaria no incluye a “El río y su enemigo” entre los cuentos clásicos de Juan Bosch (“La mujer”, “Dos pesos de agua”, “Luis Pie”, “Los amos” y “La nochebuena de Encarnación Mendoza”), este, sin embargo, lo sitúa a la cabeza de sus mejores textos narrativos, por cuanto fue a partir de su escritura cuando él, según sus palabras, logró dominar la técnica de tan complejo género literario:
« - Durante muchos años tuve problemas técnicos que no sabía resolver en mis cuentos. Recuerdo que fue en el año 1942, al escribir “El río y su enemigo”, cuando me dije a mi mismo: “Bueno, ahora ya domino el género; ya sé escribir cuentos, y a partir de ahora, puedo escribir el cuento que me dé la gana y como me dé la gana” Pero eso fue en 1942 y yo había comenzado a escribir cuentos desde que tenía doce años» (Guillermo Piña Contreras.“Doce en la literatura dominicana”, 1982:64)
La trama:
Balbino Coronado era un campesino que vivía en conflictos permanentes con el río Yuna, cuyas crecidas y avenidas, “dos veces por año, y una cuando menos…” ponían en riesgo los productos que celosamente cultivaba en sus quince tareas de tierra. Fue así como este agricultor fue desarrollando, en contra del impetuoso río, un sentimiento de animadversión, como si de un ser humano se tratara:
«- Yo, en cambio, conozco a otra persona – Balbino Coronado – que siente por el Yuna un odio mortal, un odio que no puede tenerse, sino por un hombre que nos ha hecho mucho daño» (p.61)
Cuando el río se desbordaba, arrancaba “árboles de cuajo, arrastraba viviendas y animales, se lleva pedazos enteros de conucos… las familias que viven en las márgenes suben a los lugares altos, llevándose consigo los cerdos, las gallinas y las vacas…" (p.62)
Fue en uno de esos desbordes que una noche el río furioso penetró a la propiedad de Balbino y la arrasó:
« Al parecer le había costado mucho trabajo adquirir esa propiedad. Estaba situada a la orilla del río, cerca de aquí. Vino el Yuna crecido por este tiempo, dos años atrás, y le comió la tierra en una noche. Al otro día el conuco de Balbino Coronado era cauce del río y todavía pasa por ahí. El muchacho se volvió loco y para mí que desde entonces no anda bien de la cabeza» (p.63)
Por esa razón, desde que Balbino escuchaba el rumor del río, su reacción, sumamente aterrorizado, no se hacía esperar:
«- ¿No oye como viene roncando ese maldito?»
Y como si se tratara de un monstruo peligroso, así amenazaba el apasionado labriego al río de sus tormentos:
« - ¡Y lo mato; si crece lo mato! ¡Le juro por mi madre que lo voy a matar!»
Y así, tratando de matar al Yuna, un mal día Balvino Coronado encontró la muerte. Impulsado por la cólera, penetró al río y empezó a la lanzarle machetazos a su superficie. Penetró, pero nunca salió… El río no sólo logró arrasar con sus cultivos, sino también con su vida.
Juan Bosch nos cuenta la historia en uno de sus cuentos magistrales, “El río y su enemigo”, contenido en el volumen «Más cuentos escritos en el exilio» (1962) Dicha historia se inicia señalando el ambiente o marco espacial donde se desarrolla el hecho relatado:
«Sucedió lo que cuento en un lugar que está más debajo de Villa Rivas, en las riberas del Yuna. Cuando pasa por allí, el Yuna ha recorrido ya muchos kilómetros y ha fecundado las tierras más diversas…» (P.57)
A pesar de que nuestra crítica literaria no incluye a “El río y su enemigo” entre los cuentos clásicos de Juan Bosch (“La mujer”, “Dos pesos de agua”, “Luis Pie”, “Los amos” y “La nochebuena de Encarnación Mendoza”), este, sin embargo, lo sitúa a la cabeza de sus mejores textos narrativos, por cuanto fue a partir de su escritura cuando él, según sus palabras, logró dominar la técnica de tan complejo género literario:
« - Durante muchos años tuve problemas técnicos que no sabía resolver en mis cuentos. Recuerdo que fue en el año 1942, al escribir “El río y su enemigo”, cuando me dije a mi mismo: “Bueno, ahora ya domino el género; ya sé escribir cuentos, y a partir de ahora, puedo escribir el cuento que me dé la gana y como me dé la gana” Pero eso fue en 1942 y yo había comenzado a escribir cuentos desde que tenía doce años» (Guillermo Piña Contreras.“Doce en la literatura dominicana”, 1982:64)
La trama:
Balbino Coronado era un campesino que vivía en conflictos permanentes con el río Yuna, cuyas crecidas y avenidas, “dos veces por año, y una cuando menos…” ponían en riesgo los productos que celosamente cultivaba en sus quince tareas de tierra. Fue así como este agricultor fue desarrollando, en contra del impetuoso río, un sentimiento de animadversión, como si de un ser humano se tratara:
«- Yo, en cambio, conozco a otra persona – Balbino Coronado – que siente por el Yuna un odio mortal, un odio que no puede tenerse, sino por un hombre que nos ha hecho mucho daño» (p.61)
Cuando el río se desbordaba, arrancaba “árboles de cuajo, arrastraba viviendas y animales, se lleva pedazos enteros de conucos… las familias que viven en las márgenes suben a los lugares altos, llevándose consigo los cerdos, las gallinas y las vacas…" (p.62)
Fue en uno de esos desbordes que una noche el río furioso penetró a la propiedad de Balbino y la arrasó:
« Al parecer le había costado mucho trabajo adquirir esa propiedad. Estaba situada a la orilla del río, cerca de aquí. Vino el Yuna crecido por este tiempo, dos años atrás, y le comió la tierra en una noche. Al otro día el conuco de Balbino Coronado era cauce del río y todavía pasa por ahí. El muchacho se volvió loco y para mí que desde entonces no anda bien de la cabeza» (p.63)
Por esa razón, desde que Balbino escuchaba el rumor del río, su reacción, sumamente aterrorizado, no se hacía esperar:
«- ¿No oye como viene roncando ese maldito?»
Y como si se tratara de un monstruo peligroso, así amenazaba el apasionado labriego al río de sus tormentos:
« - ¡Y lo mato; si crece lo mato! ¡Le juro por mi madre que lo voy a matar!»
Y así, tratando de matar al Yuna, un mal día Balvino Coronado encontró la muerte. Impulsado por la cólera, penetró al río y empezó a la lanzarle machetazos a su superficie. Penetró, pero nunca salió… El río no sólo logró arrasar con sus cultivos, sino también con su vida.
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