Por: Domingo Caba Ramos
«En Paso Hondo, por los secos cauces de los arroyos y los ríos, empezaba a rodar agua sucia; todavía era escasa y se estancaba en las piedras. De las lomas bajaba roja, cargada de barro; de los cielos descendía pesada y rauda. El techo de yaguas se desmigajaba con los golpes múltiples del aguacero»
(Del cuento “Dos pesos de agua”, de Juan Bosch)
Hace ya casi dos semanas que la lluvia no ha parado de caer en la región del Cibao. Como reza la frase popular: ¡Llueve a cántaros! Y es tanta la lluvia caída, que por momentos he pensado que la vieja Remigia, de “Paso Hondo”, se “mudó” a esta zona, y de nuevo les prendió, para que lleva, velas a las ánimas del purgatorio .
La historia de la vieja Remigia y Paso Hondo parece repetirse en cada rincón del país; pero muy particularmente en el Cibao Central.
Paso Hondo es el ambiente imaginario en donde se desarrolla el hecho (una sequía) que magistralmente relata Juan Bosch en uno de sus cuentos capitales: “Dos pesos de agua”, incluido en el volumen “Cuentos escritos antes del exilio”
En términos generales el cuento nos relata la historia de Remigia, la vieja campesina, y el extremo optimismo o fe inquebrantable de esta ante los peores desastres que en la vida puedan presentársele. Y el argumento es bastante sencillo:
Paso Hondo, lugar donde reside la vieja Remigia, es afectado por una gran sequía que genera la desesperación y la emigración en masa de los residentes de este lugar. La tragedia natural no solo afecta a la anciana campesina, sino también a sus vecinos, quienes forzados por las circunstancias deciden abandonar sus tierras y salir en busca de mejores condiciones de vida.
Al decir de los lugareños, la sequía, cual castigo divino, se presentó en el momento en que menos se esperaba:
« Todo iba bien. Pero sin saberse cuándo ni cómo se presentó aquella sequía. Pasó un mes sin llover, pasaron dos, pasaron tres. Los hombres que cruzaban por delante de su bohío la saludaban diciendo:
- Tiempo bravo, Remigia
Ella aprobaba en silencio. Acaso comentaba:
- Prendiendo velas a las ánimas pasa esto» (1982: 19)
Fue así como poco a poco, la angustia fue aposentándose en el cerebro de todos los residentes de Paso Hondo:
« Comenzó la desesperación. La gente estaba ya transida y la propia tierra quemaba como si despidiera llamas. Todos los arroyos cercanos habían desaparecidos; toda la vegetación de la loma había sido quemada…» (p. 20)
Antes de abandonar el lugar, los vecinos de la vieja pasaban a despedirse de ella y a externar el último lamento:
«-Yo no aguanto, Remigia; a este lugar le han echado mal de ojo...» (p.21)
Todos se marchan, menos Remigia, la cual se queda, confiando en que las ánimas del Purgatorio, a las cuales ella ha estado prendiendo velas, un día se compadecerán de Paso Hondo y mandarán la lluvia.
Y a todos, la vieja les regalaba monedas para que compraran velas y se las prendieran a las ánimas del pulgatorio :
«-Tenga; préndamele esto de velas a las ánimas en mi nombre... » (p.21)
«La vieja Remigia se resistía a salir. Algún día caería el agua; alguna tarde se cargaría el cielo de nubes; alguna noche rompería el canto del aguacero sobre el ardido techo de yaguas…» (p.18)
Después que sus insistentes pedidos habían sido ignorados, las ánimas descubren que Remigia ha gastado dos pesos en velas. Es entonces cuando de inmediato comienzan a dar respuestas a sus oraciones, enviando la tan esperada lluvia y causando, inconscientemente, una segunda tragedia: la inundación que destruye a Paso Hondo y se lleva consigo a doña Remigia.
«Rauda, pesada, cantando broncas canciones, la lluvia llegó hasta el camino real, resonó en el techo de yaguas, saltó el bohío, empezó a caer en el conuco. Sintiéndose arder, Remigia corrió a la puerta del patio y vio descender, apretados, los hilos gruesos del agua; vio la tierra adormecerse y despedir un vaho espeso. Se tiró afuera, rabiosa» (p.26)
En paso Hondo, como presa desbordada, las nubes no cesaban de enviar agua a la tierra:
«Pasó una semana; pasaron diez días, quince... Zumbaba el aguacero sin una hora de tregua…. Los ríos, los caños de agua y hasta las lagunas se adueñaban del mundo, borraban los caminos, se metían lentamente entre los conucos» (p.27)
Por esa razón, como sucede hoy en Puerto Plata y otros lugares, «… El agua sucia entró por los quicios y empezó a esparcirse en el suelo. Bravo era el viento en la distancia, y a ratos parecía arrancar árboles. Remigia abrió la puerta. Un relámpago lejano alumbró el sitio de Paso Hondo. ¡Agua y agua! Agua aquí, allá, más lejos, entre los troncos escasos, en los lugares pelados. Debía descender de las lomas y en el camino real se formaba un río torrentoso.
» (p.27)
Remigia, que fue capaz de soportar estoicamente los embates de la primera tragedia (sequía) sucumbió ante la furia de la segunda (inundación):
«Cuando sintió el bohío torcerse por la tormenta, Remigia desistió de esperar y levantó al nieto. Se lo pegó al pecho; lo apretó, febril; luchó con el agua que le impedía caminar; empujó, como pudo, la puerta y se echó afuera. A la cintura llevaba el agua; y caminaba, caminaba. No sabía adónde iba. El terrible viento le destrenzaba el cabello, los relámpagos verdeaban en la distancia. El agua crecía, crecía. Levantó más al nieto. Después tropezó y tornó a pararse. Seguía sujetando al nieto y gritando: - ¡Virgen Santísima, Virgen Santísima!» (p. 18)
En tanto las ánimas, allá en el cielo, gritaban enloquecidas:
«- ¡Ya va medio peso de agua! ¡Ya va medio peso de agua!» (p. 29)
«-¡Todavía falta; todavía falta! ¡Son dos pesos, dos pesos de agua! ¡Son dos pesos de agua! » (p. 30)
Juan Bosch (1909/2001)
viernes, 11 de noviembre de 2016
domingo, 30 de octubre de 2016
SALOMÉ UREÑA: MADRE, MAESTRA Y POETISA
Por: Domingo Caba Ramos.
Salomé Ureña de Henríquez
El 21 de octubre de 1850, nació en la ciudad de Santo Domingo la insigne poetisa y maestra dominicana, Salomé Ureña de Henríquez (1850-1897). Por esa razón o en su honor, el 21 de octubre de cada año se celebra en la República Dominicana el “Día Nacional del Poeta” y, de manera muy especial, se festeja con diversos actos el natalicio de una de las más ilustres y trascendentales de las poetisas dominicanas y la figura de mayor relieve de la lírica dominicana del siglo XIX.
Y es que a doña Salomé, los dominicanos, necesariamente, tenemos que recordarla siempre; porque fue mucho lo que esta consagrada educadora realizó en beneficio de su nación. En otras palabras, fue mucho lo que esta honorable mujer le brindó a la patria de sus amores.
Hija del educador, poeta y escritor, Nicolás Ureña de Mendoza, Salomé Ureña de Henríquez es una de las figuras estelares de la poesía dominicana y pionera de la educación femenina de carácter formal en nuestro país. Fue ella quien fundó el centro académico, Instituto de Señoritas, donde se graduaron las primeras maestras del país, y fue ella la que compuso los más bellos y significativos versos de carácter patriótico hasta ahora conocidos en la historia de la literatura dominicana.
Esposa del también poeta y escritor don Francisco Henríquez y Carvajal, a Salomé Ureña no le bastó con ofrecerle al país su ingente obra poética y educativa. Además de eso, le brindó a su patria y al mundo americano tres glorias de la educación y las letras hispanoamericanas: Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña.
Maximiliano (Max) Henríquez Ureña (1885-1969) – Escritor, ensayista, novelista, cuentista, crítico literario, poeta, profesor de Literatura en Cuba, diplomático y doctor en Filosofía y Letras. En nuestro país fue Superintendente General de Enseñanza, Secretario de Interior y Policía y miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Entre sus estudios acerca de la cultura hispanoamericana figuran: " Panorama histórico de la literatura dominicana" (Tomos 1 y 2, Río de Janeiro, 1945), " Panorama histórico de la literatura cubana" (Puerto Rico, 1963) y " Breve historia del Modernismo" (México, 1964). En Cuba residió durante muchos años. Por esa razón, la mayor parte de escritos versan acerca de la cultura y la literatura de esta patria antillana.
Camila Henríquez Ureña (1894-1973) – Ensayista, educadora y crítica literaria. Graduada de Doctora en Filosofía y Letras en Cuba, también cursó estudios en las universidades de Minnesota y Columbia, en los Estados Unidos. Ejerció como maestra de Lenguas y Literatura tanto en La Habana como en universidades norteamericanas. Vivió en La Habana, Cuba, desde niña hasta días antes de su muerte, acaecida en República Dominicana de manera repentina el 12 de septiembre de 1973, cuando se encontraba de visita en la tierra que la vio nacer. Publicó, entre otros, los libros : "Ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos" ( Santo Domingo, 1932 ), "Invitación a la lectura" ( La Habana, 1954 ), " Apreciación literaria" ( La Habana, 1964 ), " Feminismo y otros temas sobre la mujer en sociedad" ( Santo Domingo, 1985 )
Pedro Henríquez Ureña ( 1884-1946 ) – Ensayista, educador, poeta, dramaturgo, narrador, lingüista, filólogo , humanista, abogado y doctor en Filosofía y Letras, está considerado no sólo como una de las grandes glorias de la educación continental, sino también como uno de los más respetados escritores de la literatura hispanoamericana. Se trata del más notable y universal de los humanistas dominicanos. Ejerció como educador en las famosas universidades norteamericanas de Minnesota, Chicago, California y Harvard; pero fue en México y Argentina donde su labor docente se llevó a cabo por más años y de manera permanente. Entre sus más importantes libros se destacan: " Es español en Santo Domingo", " Gramática Castellana", " Seis ensayo en busca de nuestra expresión ", "Santo Domingo y las letras coloniales", " Corrientes literarias en Hispanoamérica" y " Apuntaciones de la novela en América"
Todos estos ilustres hijos emanaron del vientre bendito de doña Salomé, así como emanaron de su fértil vientre poético los más ingeniosos versos, y de su mente productiva, los más edificantes proyectos educativos.
Maestra que contribuyó con sus valiosos aportes en el proceso de reforma y desarrollo de la escuela dominicana; madre que trajo al mundo a tres preclaros representantes de la educación y las letras hispanoamericanas y poetisa que nos dejó los primeros poemas de mayor relieve de la literatura dominicana, en eso consiste la triple corona de esa inmensa mujer dominicana llamada Salomé Ureña de Henríquez.
Salomé Ureña de Henríquez
El 21 de octubre de 1850, nació en la ciudad de Santo Domingo la insigne poetisa y maestra dominicana, Salomé Ureña de Henríquez (1850-1897). Por esa razón o en su honor, el 21 de octubre de cada año se celebra en la República Dominicana el “Día Nacional del Poeta” y, de manera muy especial, se festeja con diversos actos el natalicio de una de las más ilustres y trascendentales de las poetisas dominicanas y la figura de mayor relieve de la lírica dominicana del siglo XIX.
Y es que a doña Salomé, los dominicanos, necesariamente, tenemos que recordarla siempre; porque fue mucho lo que esta consagrada educadora realizó en beneficio de su nación. En otras palabras, fue mucho lo que esta honorable mujer le brindó a la patria de sus amores.
Hija del educador, poeta y escritor, Nicolás Ureña de Mendoza, Salomé Ureña de Henríquez es una de las figuras estelares de la poesía dominicana y pionera de la educación femenina de carácter formal en nuestro país. Fue ella quien fundó el centro académico, Instituto de Señoritas, donde se graduaron las primeras maestras del país, y fue ella la que compuso los más bellos y significativos versos de carácter patriótico hasta ahora conocidos en la historia de la literatura dominicana.
Esposa del también poeta y escritor don Francisco Henríquez y Carvajal, a Salomé Ureña no le bastó con ofrecerle al país su ingente obra poética y educativa. Además de eso, le brindó a su patria y al mundo americano tres glorias de la educación y las letras hispanoamericanas: Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña.
Maximiliano (Max) Henríquez Ureña (1885-1969) – Escritor, ensayista, novelista, cuentista, crítico literario, poeta, profesor de Literatura en Cuba, diplomático y doctor en Filosofía y Letras. En nuestro país fue Superintendente General de Enseñanza, Secretario de Interior y Policía y miembro de la Academia Dominicana de la Lengua. Entre sus estudios acerca de la cultura hispanoamericana figuran: " Panorama histórico de la literatura dominicana" (Tomos 1 y 2, Río de Janeiro, 1945), " Panorama histórico de la literatura cubana" (Puerto Rico, 1963) y " Breve historia del Modernismo" (México, 1964). En Cuba residió durante muchos años. Por esa razón, la mayor parte de escritos versan acerca de la cultura y la literatura de esta patria antillana.
Camila Henríquez Ureña (1894-1973) – Ensayista, educadora y crítica literaria. Graduada de Doctora en Filosofía y Letras en Cuba, también cursó estudios en las universidades de Minnesota y Columbia, en los Estados Unidos. Ejerció como maestra de Lenguas y Literatura tanto en La Habana como en universidades norteamericanas. Vivió en La Habana, Cuba, desde niña hasta días antes de su muerte, acaecida en República Dominicana de manera repentina el 12 de septiembre de 1973, cuando se encontraba de visita en la tierra que la vio nacer. Publicó, entre otros, los libros : "Ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos" ( Santo Domingo, 1932 ), "Invitación a la lectura" ( La Habana, 1954 ), " Apreciación literaria" ( La Habana, 1964 ), " Feminismo y otros temas sobre la mujer en sociedad" ( Santo Domingo, 1985 )
Pedro Henríquez Ureña ( 1884-1946 ) – Ensayista, educador, poeta, dramaturgo, narrador, lingüista, filólogo , humanista, abogado y doctor en Filosofía y Letras, está considerado no sólo como una de las grandes glorias de la educación continental, sino también como uno de los más respetados escritores de la literatura hispanoamericana. Se trata del más notable y universal de los humanistas dominicanos. Ejerció como educador en las famosas universidades norteamericanas de Minnesota, Chicago, California y Harvard; pero fue en México y Argentina donde su labor docente se llevó a cabo por más años y de manera permanente. Entre sus más importantes libros se destacan: " Es español en Santo Domingo", " Gramática Castellana", " Seis ensayo en busca de nuestra expresión ", "Santo Domingo y las letras coloniales", " Corrientes literarias en Hispanoamérica" y " Apuntaciones de la novela en América"
Todos estos ilustres hijos emanaron del vientre bendito de doña Salomé, así como emanaron de su fértil vientre poético los más ingeniosos versos, y de su mente productiva, los más edificantes proyectos educativos.
sábado, 15 de octubre de 2016
FRANCISCO GRULLÓN Y DOMINGO RODRÍGUEZ
Por: Domingo Caba Ramos
Así como existen nombramientos en la administración pública que en el seno del pueblo se reciben con desagrado, hay otros que ese mismo pueblo los celebra con inigualable regocijo. Es el caso de las recientes designaciones del doctor Francisco Grullón (Pepe) y el ingeniero Domingo Rodríguez, nombrado director del Centro de la Cultura de Santiago, el primero, y coordinador nacional de las direcciones provinciales del Ministerio de Medio Ambiente, el segundo.
Ing. Domingo Rodríguez
Domingo es un técnico ambientalista a pruebas de hechos. Profesor universitario y experimentado ecologista, de él bien puede afirmarse que conoce como el que más a nuestro país, así como los misterios de la naturaleza dominicana. Sus profundos conocimientos en materia de Ecología, sus enseñanzas, así como su pasión y lucha por la preservación y defensa del medio ambiente, unidas todas estas cualidades a su honestidad y responsabilidad, hacen de él la persona ideal para desempeñar un puesto de esa magnitud. Y porque así pensamos, ha de esperarse que su gestión será exitosa, para bien del país en general, y de nuestro medio ambiente en particular.
Francisco Grullón, el más pintor de todos los médicos dominicanos, es una especie de “Quijote sin Mancha” que, en el poco incentivado o escasamente patrocinado mundo del arte y la cultura dominicanos, no para de crear, enseñar y organizar actividades independientemente de que los recursos brillen por su ausencia.
Dr. Francisco Grullón
Hijo de uno de los maestros de la pintura dominicana, don Mario Grullón, aparte de su labor como médico y facilitador pictórico, la vida de Pepe, como se le conoce popularmente, se ha desenvuelto entre exposiciones individuales y colectivas, no solo en Santiago y Santo Domingo, sino también en Tamboril, donde además de una clínica fundó una escuela de artes, y donde reside después que los moradores de este municipio decidieron un buen día robárselo a la Ciudad Corazón, de la que es oriundo.
Expresivo, parlanchín, espontáneo y amigo de los amigos, Grullón es un apasionado gestor cultural que siempre ha estado vinculado a este ámbito. Por eso estamos seguros que, siempre que reciba el apoyo correspondiente, habrá de cosechar, igual que mi tocayo y amigo, Domingo Rodríguez, los éxitos esperados en el desempeño de sus funciones.
Así como existen nombramientos en la administración pública que en el seno del pueblo se reciben con desagrado, hay otros que ese mismo pueblo los celebra con inigualable regocijo. Es el caso de las recientes designaciones del doctor Francisco Grullón (Pepe) y el ingeniero Domingo Rodríguez, nombrado director del Centro de la Cultura de Santiago, el primero, y coordinador nacional de las direcciones provinciales del Ministerio de Medio Ambiente, el segundo.
Ing. Domingo Rodríguez
Francisco Grullón, el más pintor de todos los médicos dominicanos, es una especie de “Quijote sin Mancha” que, en el poco incentivado o escasamente patrocinado mundo del arte y la cultura dominicanos, no para de crear, enseñar y organizar actividades independientemente de que los recursos brillen por su ausencia.
Dr. Francisco Grullón
Hijo de uno de los maestros de la pintura dominicana, don Mario Grullón, aparte de su labor como médico y facilitador pictórico, la vida de Pepe, como se le conoce popularmente, se ha desenvuelto entre exposiciones individuales y colectivas, no solo en Santiago y Santo Domingo, sino también en Tamboril, donde además de una clínica fundó una escuela de artes, y donde reside después que los moradores de este municipio decidieron un buen día robárselo a la Ciudad Corazón, de la que es oriundo.
Expresivo, parlanchín, espontáneo y amigo de los amigos, Grullón es un apasionado gestor cultural que siempre ha estado vinculado a este ámbito. Por eso estamos seguros que, siempre que reciba el apoyo correspondiente, habrá de cosechar, igual que mi tocayo y amigo, Domingo Rodríguez, los éxitos esperados en el desempeño de sus funciones.
viernes, 14 de octubre de 2016
PABLO NERUDA, EL PADRE LAS CASAS Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Por: Domingo Caba Ramos
Pablo Neruda
Pablo Neruda (1904 - 1973), chileno universal, Premio Nobel de Literatura, poeta de América y del mundo. En la primera etapa de su evolución poética compuso bellos y hermosos poemas que indudablemente lo convirtieron en un verdadero y genial cantor del amor y la mujer.
La Guerra Civil Española, en cuyo estallido y desarrollo se vio inmerso, fue más que suficiente para que su lírica inicial se orientara hacia otros derroteros temáticos. A partir de este momento sus versos comienzan a aparecer henchidos de vivenciales referencias o connotaciones sociopolíticas que más tarde habrían de convertir al afamado vate chileno en uno de los más grandes exponentes de la poesía social de la literatura hispanoamericana.
Los problemas del hombre americano eran sus problemas, y a tono con esta internacionalista concepción, asume, a través de sus versos, la voz o el eco de los diferentes pueblos latinoamericanos.
De ahí que en febrero de 1966, y en solidaridad con la República Dominicana, la cual un año antes había sido víctima de la segunda intervención estadounidense, Neruda escribe “Versainograma a Santo Domingo”, un extenso poema de inconfundible tono épico y en cuyas primeras estrofas el autor de “Crepusculario” y “Canto general” plasma su concepción acerca del descubrimiento de América, presentándonos el trascendental acontecimiento como la cuna, germen o raíz de los males futuros del pueblo dominicano:
“Perdonen si les digo unas locuras,
en esta dulce tarde de febrero,
y si se va mi corazón cantando,
hacia Santo Domingo, Compañeros.
Vamos a recordar lo que ha pasado,
desde que Don Cristóbal marinero,
puso los pies y descubrió la isla,
Ay! mejor que no la hubiera descubierto,
porque ha sufrido tanto desde entonces,
que parece que el diablo y no Jesús,
se entendió con Colón en ese aspecto.
Estos conquistadores españoles,
que llegaron de España con lo puesto,
buscaban oro, y lo buscaban tanto,
como si les sirviese de alimento.
Enarbolando a Cristo con su cruz,
los garrotazos fueron argumentos,
tan poderosos que los indios vivos,
se convirtieron en cristianos muertos.
Isla Negra (Chile) - Feb. 1966
Fray Bartolomé de Las Casas
Acerca del mismo acontecimiento, Fray Bartolomé de Las Casas, protector de los indios, cronista y uno de los principales testigos del descubrimiento, conquista y colonización de América, en su obra «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», nos presenta un espeluznante y dramático relato acerca de los atropellos y crueldades de los conquistadores españoles en contra de la indefensa población indígena. Relato cuya lectura nos obliga necesariamente a preguntarnos: el descubrimiento de América, ¿debe en este continente celebrarse o conmemorarse? Veamos parte de su contenido:
«En la Isla Española, los cristianos (españoles) con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando y cayendo en el agua decían: “bullís, cuerpo de tal”; otras criaturas metían en la espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban.
Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego, los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego, así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos, y de ellas llevaban colgando y decíanles: “Andad con cartas: llevad las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles de esta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores, y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba, no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizóles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas»
Pablo Neruda
Pablo Neruda (1904 - 1973), chileno universal, Premio Nobel de Literatura, poeta de América y del mundo. En la primera etapa de su evolución poética compuso bellos y hermosos poemas que indudablemente lo convirtieron en un verdadero y genial cantor del amor y la mujer.
La Guerra Civil Española, en cuyo estallido y desarrollo se vio inmerso, fue más que suficiente para que su lírica inicial se orientara hacia otros derroteros temáticos. A partir de este momento sus versos comienzan a aparecer henchidos de vivenciales referencias o connotaciones sociopolíticas que más tarde habrían de convertir al afamado vate chileno en uno de los más grandes exponentes de la poesía social de la literatura hispanoamericana.
Los problemas del hombre americano eran sus problemas, y a tono con esta internacionalista concepción, asume, a través de sus versos, la voz o el eco de los diferentes pueblos latinoamericanos.
De ahí que en febrero de 1966, y en solidaridad con la República Dominicana, la cual un año antes había sido víctima de la segunda intervención estadounidense, Neruda escribe “Versainograma a Santo Domingo”, un extenso poema de inconfundible tono épico y en cuyas primeras estrofas el autor de “Crepusculario” y “Canto general” plasma su concepción acerca del descubrimiento de América, presentándonos el trascendental acontecimiento como la cuna, germen o raíz de los males futuros del pueblo dominicano:
“Perdonen si les digo unas locuras,
en esta dulce tarde de febrero,
y si se va mi corazón cantando,
hacia Santo Domingo, Compañeros.
Vamos a recordar lo que ha pasado,
desde que Don Cristóbal marinero,
puso los pies y descubrió la isla,
Ay! mejor que no la hubiera descubierto,
porque ha sufrido tanto desde entonces,
que parece que el diablo y no Jesús,
se entendió con Colón en ese aspecto.
Estos conquistadores españoles,
que llegaron de España con lo puesto,
buscaban oro, y lo buscaban tanto,
como si les sirviese de alimento.
Enarbolando a Cristo con su cruz,
los garrotazos fueron argumentos,
tan poderosos que los indios vivos,
se convirtieron en cristianos muertos.
Isla Negra (Chile) - Feb. 1966
Fray Bartolomé de Las Casas
Acerca del mismo acontecimiento, Fray Bartolomé de Las Casas, protector de los indios, cronista y uno de los principales testigos del descubrimiento, conquista y colonización de América, en su obra «Brevísima relación de la destrucción de las Indias», nos presenta un espeluznante y dramático relato acerca de los atropellos y crueldades de los conquistadores españoles en contra de la indefensa población indígena. Relato cuya lectura nos obliga necesariamente a preguntarnos: el descubrimiento de América, ¿debe en este continente celebrarse o conmemorarse? Veamos parte de su contenido:
«En la Isla Española, los cristianos (españoles) con sus caballos y espadas y lanzas comienzan a hacer matanzas y crueldades extrañas en ellos. Entraban en los pueblos, ni dejaban niños y viejos, ni mujeres preñadas ni paridas que no desbarrigaban y hacían pedazos, como si dieran en unos corderos metidos en sus apriscos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría el hombre por medio, o le cortaba la cabeza de un piquete o le descubría las entrañas. Tomaban las criaturas de las tetas de las madres, por las piernas, y daban de cabeza con ellas en las peñas. Otros daban con ellas en ríos por las espaldas, riendo y burlando y cayendo en el agua decían: “bullís, cuerpo de tal”; otras criaturas metían en la espada con las madres juntamente y todos cuantos delante de sí hallaban.
Hacían unas horcas largas que juntasen casi los pies a la tierra, y de trece en trece, a honor y reverencia de Nuestro Redentor y de los doce apóstoles, poniéndoles leña y fuego, los quemaban vivos. Otros ataban o liaban todo el cuerpo de paja seca pegándoles fuego, así los quemaban. Otros, y todos los que querían tomar a vida, cortábanles ambas manos, y de ellas llevaban colgando y decíanles: “Andad con cartas: llevad las nuevas a las gentes que estaban huídas por los montes. Comúnmente mataban a los señores y nobles de esta manera: que hacían unas parrillas de varas sobre horquetas y atábanlos en ellas y poníanles por debajo fuego manso, para que poco a poco, dando alaridos en aquellos tormentos, desesperados, se les salían las ánimas. Una vez vide que, teniendo en las parrillas quemándose cuatro o cinco principales y señores, y porque daban muy grandes gritos y daban pena al capitán o le impedían el sueño, mandó que los ahogasen, y el alguacil, que era peor que el verdugo que los quemaba, no quiso ahogarlos, antes les metió con sus manos palos en las bocas para que no sonasen y atizóles el fuego hasta que se asaron de despacio como él quería. Yo vide todas las cosas arriba dichas y muchas otras infinitas»
jueves, 29 de septiembre de 2016
LA MARCHANTA
(A mi gran amigo Rafael Almánzar: consagrado folklorista y director de Casa de Arte)
Por: Domingo Caba Ramos.
Imagen fiel de una marchanta
Un día de estos cayó en mis manos el libro “De todo un poco y de nada un mucho”, del poeta, ensayista, animador cultural y destacado crítico literario Pedro René Contín Aybar (1907- 1981) Fue editado en Santo Domingo en 1927 y reeditado en 1912 por el Ministerio de Cultura. Se trata de un libro que como bien se aclara en las notas preliminares de su reciente edición “no fue del dominio público durante más de ocho décadas en que permaneció inédito…”
En la página número 25 de la obra, el reputado crítico nos presenta un texto, “La marchanta”, que bien puede considerarse como el más auténtico retrato escrito que se haya realizado acerca de este digno y honorable ser, que a lomo burro se desplaza cada mañana, a ritmo de sus pregones cantarinos, por las calles de nuestros centros urbanos promoviendo los frutos cultivados en las zonas campestres donde residen. Un texto que por su extraordinario valor folklórico y literario, me permito compartir con todos mis amables lectores:
LA MARCHANTA
«Cuando empieza a dejar sus brumas nocturnales y a brillar en luces del día, la ciudad, y, mientras cantan en los corrales sus primeros cantos, los gallos madrugadores, deja el lecho y se levanta a vender sus frutas y sus frutos por las polvorientas calles, de puerta en puerta.
Es siempre una mujer robusta, ni vieja, ni joven, en cuya cara parece que se estaciona el tiempo y no deja arrugas que delaten su presencia, inoportuna las más de las veces. De tez broncínea y labios gruesos y nariz aplastada: tipo del negro dominicano, que es más bien de color térreo, pastoso, y, muy raras veces, brillante. Va vestida con trapos que imitan un traje de moda pasada: casi siempre es regalo de alguna cliente caritativa que no sabiendo en dónde guardarlo y sintiendo botarlo como cosa inútil, lo dá en cambio de una que otra fruta de su mercancía.
Y cuando llega a una puerta entornada no más, por lo temprano de la hora, grita con ronca voz: “Marchantaaaa…no quiere náaaaá?...Yebo guineo, batata, yuca, ahuyama, limoncillo y toa clase de frútases y verdura”. Y si alguien responde que no, sigue pregonando su haber hasta que, o se hace repetir la negativa varias veces, o hace que la dueña de la casa le compre algo.
En veces va fumando su cachimbo y casi siempre, rumia algo entre dientes: que nunca es oración y si muchas veces descontento y raña. Pero es jovial y discreta: jamás se atreve a decir inconveniencias a las señoras dueñas de la casa y sólo cuando algún chicuelo la embroma con sus dichos o con sus maldades, suelta unas palabrotas que no son nada agradables para la moral y que muchas veces insultan a las pobres madres, ignorantes del mal que sus hijos hacen.
La Marchanta lleva todo: frutas, frutos, yerbas medicinales, dulces, huevos y algunas, muñecas de trapo y otros juguetes que ellas mismas hacen con retales pedidos a sus marchantas o en las tiendas de géneros. Y como el antiguo albéitar, se mete en veces a ser curandera y receta sus yerbas y ungüentos para males y maldeojos, o compone esguinces con ensalmos y pomadas de su propia invención.
Habla mucho y de todo. Sabe los chismes del barrio y trae y lleva los decires de unos y otros. Descansa en las aceras o en los quicios de las puertas y, cuando aprieta el sol y desfallece el estómago, se adentra en alguna casa que le sea familiar para comer un pan con queso, mojado en una tacita de café.
Y así sigue colocando su mercancía hasta que termina con ella, momento en que vuelve a su bohío, situado en las afueras de la ciudad, después de haber repetido más de mil veces su: “Marchantaaaá… ¿no quiere ná?...”»
Por: Domingo Caba Ramos.
Imagen fiel de una marchanta
Un día de estos cayó en mis manos el libro “De todo un poco y de nada un mucho”, del poeta, ensayista, animador cultural y destacado crítico literario Pedro René Contín Aybar (1907- 1981) Fue editado en Santo Domingo en 1927 y reeditado en 1912 por el Ministerio de Cultura. Se trata de un libro que como bien se aclara en las notas preliminares de su reciente edición “no fue del dominio público durante más de ocho décadas en que permaneció inédito…”
En la página número 25 de la obra, el reputado crítico nos presenta un texto, “La marchanta”, que bien puede considerarse como el más auténtico retrato escrito que se haya realizado acerca de este digno y honorable ser, que a lomo burro se desplaza cada mañana, a ritmo de sus pregones cantarinos, por las calles de nuestros centros urbanos promoviendo los frutos cultivados en las zonas campestres donde residen. Un texto que por su extraordinario valor folklórico y literario, me permito compartir con todos mis amables lectores:
LA MARCHANTA
«Cuando empieza a dejar sus brumas nocturnales y a brillar en luces del día, la ciudad, y, mientras cantan en los corrales sus primeros cantos, los gallos madrugadores, deja el lecho y se levanta a vender sus frutas y sus frutos por las polvorientas calles, de puerta en puerta.
Es siempre una mujer robusta, ni vieja, ni joven, en cuya cara parece que se estaciona el tiempo y no deja arrugas que delaten su presencia, inoportuna las más de las veces. De tez broncínea y labios gruesos y nariz aplastada: tipo del negro dominicano, que es más bien de color térreo, pastoso, y, muy raras veces, brillante. Va vestida con trapos que imitan un traje de moda pasada: casi siempre es regalo de alguna cliente caritativa que no sabiendo en dónde guardarlo y sintiendo botarlo como cosa inútil, lo dá en cambio de una que otra fruta de su mercancía.
Y cuando llega a una puerta entornada no más, por lo temprano de la hora, grita con ronca voz: “Marchantaaaa…no quiere náaaaá?...Yebo guineo, batata, yuca, ahuyama, limoncillo y toa clase de frútases y verdura”. Y si alguien responde que no, sigue pregonando su haber hasta que, o se hace repetir la negativa varias veces, o hace que la dueña de la casa le compre algo.
En veces va fumando su cachimbo y casi siempre, rumia algo entre dientes: que nunca es oración y si muchas veces descontento y raña. Pero es jovial y discreta: jamás se atreve a decir inconveniencias a las señoras dueñas de la casa y sólo cuando algún chicuelo la embroma con sus dichos o con sus maldades, suelta unas palabrotas que no son nada agradables para la moral y que muchas veces insultan a las pobres madres, ignorantes del mal que sus hijos hacen.
La Marchanta lleva todo: frutas, frutos, yerbas medicinales, dulces, huevos y algunas, muñecas de trapo y otros juguetes que ellas mismas hacen con retales pedidos a sus marchantas o en las tiendas de géneros. Y como el antiguo albéitar, se mete en veces a ser curandera y receta sus yerbas y ungüentos para males y maldeojos, o compone esguinces con ensalmos y pomadas de su propia invención.
Habla mucho y de todo. Sabe los chismes del barrio y trae y lleva los decires de unos y otros. Descansa en las aceras o en los quicios de las puertas y, cuando aprieta el sol y desfallece el estómago, se adentra en alguna casa que le sea familiar para comer un pan con queso, mojado en una tacita de café.
Y así sigue colocando su mercancía hasta que termina con ella, momento en que vuelve a su bohío, situado en las afueras de la ciudad, después de haber repetido más de mil veces su: “Marchantaaaá… ¿no quiere ná?...”»
miércoles, 31 de agosto de 2016
“EN ESTA ALTA CUESTA DE LA NOCHE”
(Ultimo poema de Tomás Hernández Franco)
Por : Domingo Caba Ramos
(Al arquitecto Rafael Tomás Hernández Ramos)
Tomás Hernández Franco
Fechada en Santo Domingo, el día 2 de septiembre de 1952, el entonces prestigioso diario La Nación publicó una extensa esquela acerca de la muerte del ilustre poeta tamborileño, Tomás Hernández Franco (Abril 29, 1904 – Septiembre, 1, 1952), en cuyo primer párrafo se lee lo siguiente:
«El distinguido escritor y poeta dominicano, don Tomás Hernández Franco, falleció en horas de la mañana de ayer en esta ciudad, en el hospital Salvador Gautier, después de que la ciencia médica agotó todos los recursos para devolverle la salud perdida. El señor Hernández Franco había sido trasladado desde su residencia de Tamboril, en Santiago de los Caballeros, a esta ciudad para ser hospitalizado. El cadáver del escritor y poeta fue trasladado en horas de la mañana a Tamboril donde recibirá cristiana sepultura. La irreparable muestre del distinguido escritor dominicano – continúa la reseña de La Nación - quien fue uno de los más apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales. Su fallecimiento ha llenado de tristeza a cientos de corazones que le querían y estimaban. La Nación hace llegar su más sentida condolencia, en primer lugar a su esposa, doña Amparo Tolentino, a sus hijos Tomás y Luciano, a su hermano espiritual, el célebre pintor dominicano don Jaime Colson, y a todos cuantos se sientan afectados por tan doloroso descenso »
Tres meses antes de su muerte, en junio de 1952, Hernández Franco compuso “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, especie de autoelegía y en el que su autor parece presentir la muerte que en septiembre del antes citado año lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier. Junto a otros poemas: "Oración para el próximo dolor”, "Puedo jura ahora", "Canción de amor en muerte para el hijo" e "Inventar la palabra mansa", conformó el reducido volumen que con el título de Poemas Póstumos fue publicado un mes después (octubre) de la desaparición física del autor.
“En esta alta cuesta de la noche”, es una de esas piezas poéticas que por su fúnebre acento parecen haber sido compuestas casi al pie del sepulcro. Se trata de un poema de lírico y doloroso acento, en cuyos versos late la presencia del yo interior del poeta, y es por ello que dichos versos entrañan subjetivismo, intimismo y la manifestación de los sentimientos ante una realidad objetiva: la muerte. La muerte, cuya derrota el poeta resignadamente acepta (“Estoy vencido por ti, silencio”...) y con la cual parece sostener un diálogo confidencial.
EN ESTA ALTA CUESTA DE LA NOCHE
«En esta alta cuesta de la noche,
de montaña a montaña,
y de mar a mar,
eres tú, silencio, el único que hablas,
y es tu estentórea voz, l
a que alza el huracán en los gritos del miedo.
Estoy vencido por ti, silencio,
pero yo puedo hablarte,
pero desde lo último de mi última cobardía:
porque hasta la noche está sin ti, sin nadie,
y tan vacía.
Hay un perro que ladra, asustado por haberte olfateado,
¡te presiente!
una flor invisible que en el aire se mueve,
debe estar su perfume tan quieto y tan inútil,
y hay un niño que quisiera ver en sueño a los ángeles,
soñando su sonrisa porque ha visto,
¡y tu voz tan opaca hablando de la muerte!
Lo sé. Es de ella de quien quieres hablar, silencio,
y subiendo la sombra insomne de la noche,
frente a tu tribuna sin lenguas y sin gestos,
ante ti, yo, desnudo, ante lo que no dices,
Aplaudo, yo, único, solo, tu inmortal argumento.
“Es que la tumba espera,
y esperan los gusanos”
Antes de yo nacer, silencio, mi voz, como la tuya,
anda suelta, sin eco, por noches como esta,
era una voz sin huesos, sin sangre, sin cerebro,
y temblaba en el viento como una cosa loca.
De aquello de ser loca, a través de mil muertes,
es el miedo de ahora,
el miedo de ella misma,
frente a ti, silencio, sin respuesta en la noche.
y hay que subir la cuesta del insomnio,
sin luz, silencio, hacia tu tumba y tus gusanos»
TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO
Junio de 1952
Por : Domingo Caba Ramos
(Al arquitecto Rafael Tomás Hernández Ramos)
Tomás Hernández Franco
Fechada en Santo Domingo, el día 2 de septiembre de 1952, el entonces prestigioso diario La Nación publicó una extensa esquela acerca de la muerte del ilustre poeta tamborileño, Tomás Hernández Franco (Abril 29, 1904 – Septiembre, 1, 1952), en cuyo primer párrafo se lee lo siguiente:
«El distinguido escritor y poeta dominicano, don Tomás Hernández Franco, falleció en horas de la mañana de ayer en esta ciudad, en el hospital Salvador Gautier, después de que la ciencia médica agotó todos los recursos para devolverle la salud perdida. El señor Hernández Franco había sido trasladado desde su residencia de Tamboril, en Santiago de los Caballeros, a esta ciudad para ser hospitalizado. El cadáver del escritor y poeta fue trasladado en horas de la mañana a Tamboril donde recibirá cristiana sepultura. La irreparable muestre del distinguido escritor dominicano – continúa la reseña de La Nación - quien fue uno de los más apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales. Su fallecimiento ha llenado de tristeza a cientos de corazones que le querían y estimaban. La Nación hace llegar su más sentida condolencia, en primer lugar a su esposa, doña Amparo Tolentino, a sus hijos Tomás y Luciano, a su hermano espiritual, el célebre pintor dominicano don Jaime Colson, y a todos cuantos se sientan afectados por tan doloroso descenso »
Tres meses antes de su muerte, en junio de 1952, Hernández Franco compuso “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, especie de autoelegía y en el que su autor parece presentir la muerte que en septiembre del antes citado año lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier. Junto a otros poemas: "Oración para el próximo dolor”, "Puedo jura ahora", "Canción de amor en muerte para el hijo" e "Inventar la palabra mansa", conformó el reducido volumen que con el título de Poemas Póstumos fue publicado un mes después (octubre) de la desaparición física del autor.
“En esta alta cuesta de la noche”, es una de esas piezas poéticas que por su fúnebre acento parecen haber sido compuestas casi al pie del sepulcro. Se trata de un poema de lírico y doloroso acento, en cuyos versos late la presencia del yo interior del poeta, y es por ello que dichos versos entrañan subjetivismo, intimismo y la manifestación de los sentimientos ante una realidad objetiva: la muerte. La muerte, cuya derrota el poeta resignadamente acepta (“Estoy vencido por ti, silencio”...) y con la cual parece sostener un diálogo confidencial.
EN ESTA ALTA CUESTA DE LA NOCHE
«En esta alta cuesta de la noche,
de montaña a montaña,
y de mar a mar,
eres tú, silencio, el único que hablas,
y es tu estentórea voz, l
a que alza el huracán en los gritos del miedo.
Estoy vencido por ti, silencio,
pero yo puedo hablarte,
pero desde lo último de mi última cobardía:
porque hasta la noche está sin ti, sin nadie,
y tan vacía.
Hay un perro que ladra, asustado por haberte olfateado,
¡te presiente!
una flor invisible que en el aire se mueve,
debe estar su perfume tan quieto y tan inútil,
y hay un niño que quisiera ver en sueño a los ángeles,
soñando su sonrisa porque ha visto,
¡y tu voz tan opaca hablando de la muerte!
Lo sé. Es de ella de quien quieres hablar, silencio,
y subiendo la sombra insomne de la noche,
frente a tu tribuna sin lenguas y sin gestos,
ante ti, yo, desnudo, ante lo que no dices,
Aplaudo, yo, único, solo, tu inmortal argumento.
“Es que la tumba espera,
y esperan los gusanos”
Antes de yo nacer, silencio, mi voz, como la tuya,
anda suelta, sin eco, por noches como esta,
era una voz sin huesos, sin sangre, sin cerebro,
y temblaba en el viento como una cosa loca.
De aquello de ser loca, a través de mil muertes,
es el miedo de ahora,
el miedo de ella misma,
frente a ti, silencio, sin respuesta en la noche.
y hay que subir la cuesta del insomnio,
sin luz, silencio, hacia tu tumba y tus gusanos»
TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO
Junio de 1952
martes, 30 de agosto de 2016
«DORMIR COMO UN LIRÓN»
Por : Domingo Caba Ramos
Se trata de una de las diversas expresiones fraseológicas características del habla popular dominicana. Para entender el porqué de su origen, tenemos necesariamente que determinar el significado o valor semántico de la voz “lirón”:
Según el diccionario académico, se llama “lirón” al «Mamífero roedor muy parecido al ratón, de unos 30 cm de largo, de los que casi la mitad corresponden a la cola, larga y peluda, con pelaje espeso, gris oscuro en las partes superiores y blanco en las inferiores, que vive en los montes, alimentándose de los frutos de los árboles, a los que trepa con extraordinaria agilidad, y pasa todo el invierno aletargado» Se trata de un animal típico de la fauna española.
Lirón dormido
Pasar “todo el invierno aletargado", es lo mismo que permanecer todo ese período profundamente dormido , por cuanto “letargo”, término del cual procede “aletargado” es, según el precitado lexicón, el «Estado patológico caracterizado por un sueño profundo y prolongado…» También se llama así al «Estado de inactividad y reposo en que permanecen algunos animales durante determinados períodos de tiempo» Merced a estos conceptos, pues, “dormir como un lirón” es sumirse en “profundo y prolongado sueño”, como bien lo hace, todos los años, en época de invierno, el muy veloz, raro, dormilón y roedor animalito.
Se trata de una de las diversas expresiones fraseológicas características del habla popular dominicana. Para entender el porqué de su origen, tenemos necesariamente que determinar el significado o valor semántico de la voz “lirón”:
Según el diccionario académico, se llama “lirón” al «Mamífero roedor muy parecido al ratón, de unos 30 cm de largo, de los que casi la mitad corresponden a la cola, larga y peluda, con pelaje espeso, gris oscuro en las partes superiores y blanco en las inferiores, que vive en los montes, alimentándose de los frutos de los árboles, a los que trepa con extraordinaria agilidad, y pasa todo el invierno aletargado» Se trata de un animal típico de la fauna española.
Lirón dormido
Pasar “todo el invierno aletargado", es lo mismo que permanecer todo ese período profundamente dormido , por cuanto “letargo”, término del cual procede “aletargado” es, según el precitado lexicón, el «Estado patológico caracterizado por un sueño profundo y prolongado…» También se llama así al «Estado de inactividad y reposo en que permanecen algunos animales durante determinados períodos de tiempo» Merced a estos conceptos, pues, “dormir como un lirón” es sumirse en “profundo y prolongado sueño”, como bien lo hace, todos los años, en época de invierno, el muy veloz, raro, dormilón y roedor animalito.
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