Por: Domingo Caba Ramos
La profesora, me dicen, apenas tiene un año y meses ejerciendo el trabajo escolar. En la universidad se graduó de licenciada en Bioanálisis, y en lugar de buscar empleo en un laboratorio clínico para luchar con pruebas clínicas, tales como hemograma, orina, coprológico, ácido úrico, PSA, colesterol, tipificación sanguínea, etc., se le ocurrió concursar para optar por un puesto docente en el Ministerio de Educación . Aprobó el concurso, y ahí la tenemos impartiendo clases de Química y Biología en un liceo nocturno perteneciente a la regional de educación de Santiago.
Un día de estos, la susodicha bioanalista con traje de “maestra” le envió a una compañera de trabajo, vía whatsapp el mensaje que a continuación se trascribe
:
«Felicidades tanto a los jóvenes k los conozco y sé k son excelente académicamente y en lo conductual también Los resultados serán positivo buen trabajo
Prof. Felicitaciones»
Como se puede apreciar, para la “educadora” que así escribe, los signos de puntuación ya no se usan , la conjunción copulativa “que”, cual escritor juvenil, se representa gráficamente con la consonante k, y la concordancia de número entre sustantivo y adjetivo parece haber perdido su esencia normativa. Por eso escribe “jóvenes excelente” en vez de “jóvenes excelentes” y “resultados positivo…”, en lugar de “resultados positivos…”
Tengo informe fiel de que así como esa “profesora” escribe para la confidencialidad, lo hace también frente a sus alumnos. ¿Vale entonces la pena mantener a personas con semejante incompetencia lingüística impartiendo docencia en las aulas dominicanas?
Pero no solo ella. Otra “maestra” le remite una nota de invitación a la amiga, expresándole aquello de que « Será bien recibida en mi casa k ise»
Es por eso que cuando escucho al actual ministro de educación, Carlos Amarante Baret, hablar de revolución de la escuela dominicana, no puedo evitar que la más irónica o sarcástica de las sonrisas se dibuje en mi mulato rostro.
viernes, 15 de julio de 2016
jueves, 30 de junio de 2016
RECORDANDO A MIS COMPAÑEROS NORMALISTAS EN EL “DÍA DEL MAESTRO"
Por : Domingo Caba Ramos
Vista general de mis compañeros de promoción en la Normal "Núñez Molina"
En un verano y caluroso junio, como el que actualmente trascurre, nos graduamos de Maestro Normal Primario en la Escuela Normal “Luis Núñez Molina”, de Licey al Medio. Aquí permanecimos dos años internos sometidos a la rigurosidad de una férrea disciplina, así como a la intensidad y alta complejidad de los estudios normalistas.
Allí se nos formó para el oficio magisterial, tanto que a pesar de mis estudios pedagógicos de licenciatura y maestría en la UASD, siento, sin desconocer la sólida formación docente recibida en estos dos niveles universitarios, que donde verdaderamente se me enseñó a ser maestro fue en la Escuela Normal.
Al residir en el mismo recinto durante veinticuatro meses, con mis compañeros de estudio se establecieron relaciones de verdaderos hermanos, vínculos que siempre pensamos se extenderían más allá del tiempo y el ambiente educativo. Pero ¡oh ironía de la vida! Después de graduados, a la mayoría de estos compañeros jamás los he vuelto ver y ninguna noticia de ellos he obtenido. Lo más que he sabido es que algunos no permanecieron por mucho tiempo ejerciendo la docencia, estudiaron otras carreras, se dedicaron a otros quehaceres o abandonaron el país.
A todos ellos, dondequiera que se encuentren, vayan mis saludos, recuerdos entrañables, afectos de siempre y abrazos fraternos hoy, en el “Día del Maestro”
Vista general de mis compañeros de promoción en la Normal "Núñez Molina"
En un verano y caluroso junio, como el que actualmente trascurre, nos graduamos de Maestro Normal Primario en la Escuela Normal “Luis Núñez Molina”, de Licey al Medio. Aquí permanecimos dos años internos sometidos a la rigurosidad de una férrea disciplina, así como a la intensidad y alta complejidad de los estudios normalistas.
Allí se nos formó para el oficio magisterial, tanto que a pesar de mis estudios pedagógicos de licenciatura y maestría en la UASD, siento, sin desconocer la sólida formación docente recibida en estos dos niveles universitarios, que donde verdaderamente se me enseñó a ser maestro fue en la Escuela Normal.
Al residir en el mismo recinto durante veinticuatro meses, con mis compañeros de estudio se establecieron relaciones de verdaderos hermanos, vínculos que siempre pensamos se extenderían más allá del tiempo y el ambiente educativo. Pero ¡oh ironía de la vida! Después de graduados, a la mayoría de estos compañeros jamás los he vuelto ver y ninguna noticia de ellos he obtenido. Lo más que he sabido es que algunos no permanecieron por mucho tiempo ejerciendo la docencia, estudiaron otras carreras, se dedicaron a otros quehaceres o abandonaron el país.
A todos ellos, dondequiera que se encuentren, vayan mis saludos, recuerdos entrañables, afectos de siempre y abrazos fraternos hoy, en el “Día del Maestro”
RECORDANDO A UN MAESTRO EN EL "DÍA DEL MAESTRO"
(A mi Maestro Celso Benavides)
Por: Domingo Caba Ramos.
“No es maestro quien no se identifica con lo que hace ni conoce lo que enseña”
(Celso Benavides)
Dr. Celso Benavides
« ¡Ha muerto Celso Benavides! ¡Ha muerto un sabio! ¡Ha muerto un gran Maestro!» - proclamé aquella calurosa tarde de agosto del 2012, cuando me enteré de la muerte del Maestro.
Abogado, lingüista, investigador, Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y uno de los académicos de más sólida formación lingüística de la República Dominicana, con su muerte el país pierde a un maestro de inigualables virtudes y quien con mayor entrega y rigor reflexivo asumió la enseñanza de la lengua.
Humilde, metódico, exigente, disciplinado, organizado, puntual, responsable, competente y cumplidor, todo en grado sumo, son solo algunos de los rasgos que definen el perfil profesional de este sabio educador.
El nombre de Celso Benavides quizás le suene y diga muy poco a quienes no han estado vinculados al mundo académico y, de manera muy particular, a la UASD. No así, a todos aquellos que tuvimos la honra y privilegio de tenerlo como maestro y saborear el dulce néctar de sus sabias enseñanzas.
Fue él un verdadero MAESTRO de maestros, así con mayúscula. El maestro que no solo se complacía con informar o dar conocimientos, sino que formaba en valores, forjaba conciencias y enseñaba métodos de estudios que contribuyeran al desarrollo individual del estudiante. El maestro que tuvo la virtud de marcar positivamente a cada de los discípulos que recibimos sus orientadoras lecciones. Porque, ¿qué estudiante, especialmente de Educación y Lingüística, no recuerda con aprecio y respeto a este consagrado y digno educador? ¿Qué enseñante dominicano por él formado no se siente comprometido a poner en práctica las enseñanzas transmitidas por su antiguo maestro y pregonar pletórico de orgullo: “Yo fui alumno de Celso Benavides”?
De Celso podemos decir con toda propiedad que enseñó “con la actitud, el gesto y la palabra”, como lo recomendara la educadora e insigne poetisa chilena, Gabriela Mistral. Que en su edificio mental, como es común en el comportamiento de todo sabio, la vanidad nunca encontró posada. Y que si existiera en nuestro país un premio a la “Excelencia Docente”, a él habría que otorgárselo; aunque ya de manera póstuma.
Andrés L. Mateo, brillante escritor y también profesor de la UASD, minutos después del fallecimiento del doctor Benavides, escribió acerca de este lo siguiente:
“No es un nombre sonoro, vida de bajo perfil público, pero un hombre consagrado a la enseñanza de la lengua española y a la lingüística, cuya obra todo el que vive en el mundo académico dominicano reconoce. No exagero si digo que su nombre está ligado a los poquísimos enseñantes de la lengua que en nuestro país alcanzan el grado de la excelencia profesoral. Dedicado, minucioso, perspicaz y profundo, por sus diestras orientaciones atravesaron una enorme cantidad de los profesores dominicanos que hoy sirven al sistema educativo. Autor de libros de lingüística y enseñanza del español, profesor meritísimo de la UASD, es un ejemplo de vida dedicada a la construcción del bien común.” (Tomado de su muro en Facebook, viernes, 11/8/2012)
Poseía el maestro Benavides un elevadísimo sentido de la calidad que rayaba en el perfeccionismo. Por esa razón se llevó a la tumba la mayor parte de su dilatado saber, dejando así de publicar la cantidad de libros que todos hubiéramos deseado. Apenas escribió dos textos, de extraordinario valor para el conocimiento de la lengua, y pioneros en su género: Fundamentos de historia de la lengua española (1985) e Introducción a la Lingüística General (1986), escrito este último en colaboración con el profesor Carlisle González Tapia.
Cuando me enteré de su muerte, a mis labios afloró la misma interrogante que pronunciara el brillante bardo nicaragüense Rubén Darío, cuando al enterarse de que José Martí, uno de los precursores del movimiento literario por aquel fundado, el Modernismo, había muerto en combate, preguntó casi en forma automática: “¿Maestro, que has hecho?”
Cuando me enteré de su muerte, igualmente se me ocurrió preguntar: ¿Por qué, maestro, decidiste abandonar tan de repente este complejo pero agradable mundo de los mortales?
Hasta ese momento estuve convencido de que en verdad existían muertes repentinas, quizás porque había olvidado las sentenciosas palabras de ese genio del verso español llamado Francisco Quevedo y Villegas y las cuales yacen resumidas en el siguiente cuestionamiento:“¿Cómo puede morirse de repente quien desde que nace ve que va corriendo la vida, y lleva consigo la muerte?”
¡Hasta luego Maestro!, te decimos, cuatro años después de tu sentido fallecimiento, quienes tuvimos el alto privilegio de haber sido tus discípulos, tanto a nivel de grado como de posgrado, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Que tus restos gocen del descanso eterno y sean siempre iluminados por las mismas luces con las que tú supiste alumbrar las mentes oscuras de tantas generaciones de estudiantes. Inclinados reverentemente ante la tumba en la que descansan tus restos, nos despedimos de ti con las mismas palabras utilizadas por la maestra y poetisa dominicana, Salomé Ureña, para honrar la memoria del eximio pensador y educador puertorriqueño, Eugenio María de Hostos:
“Te vas, pero germinará la simiente que dejas en el surco y los frutos del porvenir se fecundarán con las sabias de tus doctrinas pedagógicas. ¡Adiós!, cuando en las horas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento de amargura en el cual palpite el nombre de mi patria, piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas que te bendicen”.
Por: Domingo Caba Ramos.
“No es maestro quien no se identifica con lo que hace ni conoce lo que enseña”
(Celso Benavides)
Dr. Celso Benavides
« ¡Ha muerto Celso Benavides! ¡Ha muerto un sabio! ¡Ha muerto un gran Maestro!» - proclamé aquella calurosa tarde de agosto del 2012, cuando me enteré de la muerte del Maestro.
Abogado, lingüista, investigador, Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y uno de los académicos de más sólida formación lingüística de la República Dominicana, con su muerte el país pierde a un maestro de inigualables virtudes y quien con mayor entrega y rigor reflexivo asumió la enseñanza de la lengua.
Humilde, metódico, exigente, disciplinado, organizado, puntual, responsable, competente y cumplidor, todo en grado sumo, son solo algunos de los rasgos que definen el perfil profesional de este sabio educador.
El nombre de Celso Benavides quizás le suene y diga muy poco a quienes no han estado vinculados al mundo académico y, de manera muy particular, a la UASD. No así, a todos aquellos que tuvimos la honra y privilegio de tenerlo como maestro y saborear el dulce néctar de sus sabias enseñanzas.
Fue él un verdadero MAESTRO de maestros, así con mayúscula. El maestro que no solo se complacía con informar o dar conocimientos, sino que formaba en valores, forjaba conciencias y enseñaba métodos de estudios que contribuyeran al desarrollo individual del estudiante. El maestro que tuvo la virtud de marcar positivamente a cada de los discípulos que recibimos sus orientadoras lecciones. Porque, ¿qué estudiante, especialmente de Educación y Lingüística, no recuerda con aprecio y respeto a este consagrado y digno educador? ¿Qué enseñante dominicano por él formado no se siente comprometido a poner en práctica las enseñanzas transmitidas por su antiguo maestro y pregonar pletórico de orgullo: “Yo fui alumno de Celso Benavides”?
De Celso podemos decir con toda propiedad que enseñó “con la actitud, el gesto y la palabra”, como lo recomendara la educadora e insigne poetisa chilena, Gabriela Mistral. Que en su edificio mental, como es común en el comportamiento de todo sabio, la vanidad nunca encontró posada. Y que si existiera en nuestro país un premio a la “Excelencia Docente”, a él habría que otorgárselo; aunque ya de manera póstuma.
Andrés L. Mateo, brillante escritor y también profesor de la UASD, minutos después del fallecimiento del doctor Benavides, escribió acerca de este lo siguiente:
“No es un nombre sonoro, vida de bajo perfil público, pero un hombre consagrado a la enseñanza de la lengua española y a la lingüística, cuya obra todo el que vive en el mundo académico dominicano reconoce. No exagero si digo que su nombre está ligado a los poquísimos enseñantes de la lengua que en nuestro país alcanzan el grado de la excelencia profesoral. Dedicado, minucioso, perspicaz y profundo, por sus diestras orientaciones atravesaron una enorme cantidad de los profesores dominicanos que hoy sirven al sistema educativo. Autor de libros de lingüística y enseñanza del español, profesor meritísimo de la UASD, es un ejemplo de vida dedicada a la construcción del bien común.” (Tomado de su muro en Facebook, viernes, 11/8/2012)
Poseía el maestro Benavides un elevadísimo sentido de la calidad que rayaba en el perfeccionismo. Por esa razón se llevó a la tumba la mayor parte de su dilatado saber, dejando así de publicar la cantidad de libros que todos hubiéramos deseado. Apenas escribió dos textos, de extraordinario valor para el conocimiento de la lengua, y pioneros en su género: Fundamentos de historia de la lengua española (1985) e Introducción a la Lingüística General (1986), escrito este último en colaboración con el profesor Carlisle González Tapia.
Cuando me enteré de su muerte, a mis labios afloró la misma interrogante que pronunciara el brillante bardo nicaragüense Rubén Darío, cuando al enterarse de que José Martí, uno de los precursores del movimiento literario por aquel fundado, el Modernismo, había muerto en combate, preguntó casi en forma automática: “¿Maestro, que has hecho?”
Cuando me enteré de su muerte, igualmente se me ocurrió preguntar: ¿Por qué, maestro, decidiste abandonar tan de repente este complejo pero agradable mundo de los mortales?
Hasta ese momento estuve convencido de que en verdad existían muertes repentinas, quizás porque había olvidado las sentenciosas palabras de ese genio del verso español llamado Francisco Quevedo y Villegas y las cuales yacen resumidas en el siguiente cuestionamiento:“¿Cómo puede morirse de repente quien desde que nace ve que va corriendo la vida, y lleva consigo la muerte?”
¡Hasta luego Maestro!, te decimos, cuatro años después de tu sentido fallecimiento, quienes tuvimos el alto privilegio de haber sido tus discípulos, tanto a nivel de grado como de posgrado, en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Que tus restos gocen del descanso eterno y sean siempre iluminados por las mismas luces con las que tú supiste alumbrar las mentes oscuras de tantas generaciones de estudiantes. Inclinados reverentemente ante la tumba en la que descansan tus restos, nos despedimos de ti con las mismas palabras utilizadas por la maestra y poetisa dominicana, Salomé Ureña, para honrar la memoria del eximio pensador y educador puertorriqueño, Eugenio María de Hostos:
“Te vas, pero germinará la simiente que dejas en el surco y los frutos del porvenir se fecundarán con las sabias de tus doctrinas pedagógicas. ¡Adiós!, cuando en las horas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento de amargura en el cual palpite el nombre de mi patria, piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas que te bendicen”.
domingo, 29 de mayo de 2016
EL EXTRAÑO Y DESESPERADO LLANTO DE DOMITILA
Por : Domingo Caba Ramos
Una semana después que le otorgaron su VISA de residencia, Domitila arregló su maleta, compró un vuelo y se fue para New York. Con esta urbe se encariño tanto Domitila que muy pronto fue olvidando todo lo que tenía que ver con su lar nativo. Se olvidó incluso de su madre a la cual había dejado en delicado estado de salud. Con esta, su hija escasamente se comunicaba para enterarse de su estado, y ni un solo centavo le enviaba para la compra de sus medicinas.
A su país no hubiera regresado, luego de nueve años de ausencia, de no ser porque le informaron que doña Regina, su madre había fallecido. Domitila tuvo que comprar un vuelo y partir rápidamente para la República Dominicana. Cuando llegó a destino familiar, encontró a su viejita inerte, tendida en un humilde ataúd.
El llanto de Domitila retumbó en toda la comarca y hasta las estrellas del cielo parecían escucharlo. La mujer lloraba sin parar.
«- No sé por qué llora Domitila»- afirmó alguien con justificada molestia.
« - Yo tampoco» - replicaron otros.
Parado en una esquina del fúnebre salón, hasta mi oído llegaban los acentos del eco casi coral de este encono colectivo. Nadie parecía comprender las razones que provocaban el inexplicable y extraño llanto de esta hija desalmada. Por eso al salir de aquí, y contagiado por la crítica punzante que esas negaciones entrañaban, sin pensarlo dos veces no tuve más que afirmar:
«-YO TAMPOCO ENTIENDO POR QUÉ LLORA DOMITILA… »
Una semana después que le otorgaron su VISA de residencia, Domitila arregló su maleta, compró un vuelo y se fue para New York. Con esta urbe se encariño tanto Domitila que muy pronto fue olvidando todo lo que tenía que ver con su lar nativo. Se olvidó incluso de su madre a la cual había dejado en delicado estado de salud. Con esta, su hija escasamente se comunicaba para enterarse de su estado, y ni un solo centavo le enviaba para la compra de sus medicinas.
A su país no hubiera regresado, luego de nueve años de ausencia, de no ser porque le informaron que doña Regina, su madre había fallecido. Domitila tuvo que comprar un vuelo y partir rápidamente para la República Dominicana. Cuando llegó a destino familiar, encontró a su viejita inerte, tendida en un humilde ataúd.
El llanto de Domitila retumbó en toda la comarca y hasta las estrellas del cielo parecían escucharlo. La mujer lloraba sin parar.
«- No sé por qué llora Domitila»- afirmó alguien con justificada molestia.
« - Yo tampoco» - replicaron otros.
Parado en una esquina del fúnebre salón, hasta mi oído llegaban los acentos del eco casi coral de este encono colectivo. Nadie parecía comprender las razones que provocaban el inexplicable y extraño llanto de esta hija desalmada. Por eso al salir de aquí, y contagiado por la crítica punzante que esas negaciones entrañaban, sin pensarlo dos veces no tuve más que afirmar:
«-YO TAMPOCO ENTIENDO POR QUÉ LLORA DOMITILA… »
domingo, 22 de mayo de 2016
«TAMBORIL, MI PUEBLO AMADO» : LA NUEVA "VELADA A LA VIDA" DE DOÑA ELSA BRITO
Por: Domingo Caba Ramos
(Texto del prólogo al libro Tamboril : Mi pueblo amado, de la maestra y poetisa, Elsa Brito, puesto en circulación el 20 de mayo del 2016 en el Club Casino Primavera, de Tamboril)
“El amor a su pueblo es una expresión tangible del amor a la patria, que es el sentimiento que nace con el entrañable vínculo telúrico de apego a la tierra, al paisaje, a la historia de nuestros mayores…”
(Bruno Rosario Candelier)
En el mes de diciembre del recién pasado año (2015), la licenciada Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de feliz existencia. Como parte de los actos de celebración de tan singular aniversario, la poetisa y consagrada educadora tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida” En esa velada, doña Elsa realiza un vasto recorrido por los caminos, “de bendiciones”, que su “yo peregrino” le ha correspondido transitar durante el curso de su dilata existencia.
Un recorrido en el que, al decir de su autora, se propone contarnos “algo de mí” o en el que se recogen o yacen plasmadas sus más relevantes y vitales huellas : sus vivencias y sus emociones, sus recuerdos y memorias, algo de su historia y “sus eventos matizados de esfuerzo, gloria y alegría” Y al definir los propósitos que la impulsaron a dar a la luz su “Velada a la vida” o ese “algo de ella” que por muchos años llevó dentro, doña Elsa afirma con su característico o poético estilo :
« Ciertamente, hace aproximadamente nueve años, pensé que debía escribir un libro con vivencias y experiencias que puedan recrear mi espíritu… He pensado recoger el bullir de mis recuerdos y sentimientos, como si se tratara de un solo río con distintos torrentes de agua, que al canalizar la tierra, dejan añoranzas, piedras milenarias, arenas húmedas de rocío ; pero sobre todo, un gran canal de fecundidad» ( pág. 24)
Pedro Domínguez Brito, afamado abogado, escritor y articulista, en unas breves notas introductorias tituladas “Los frutos de la velada de la vida”, al referirse a la obra de su madre, apunta que:
«Este libro me hace admirar más a mi progenitora .Contiene reflexiones de alto calibre místico, humano y literario. Su prosa nos envuelve y anima, abrazada de versos que le cantan a coro a la promotora incansable de la fe, a la esposa que ama y comprende, a la educadora de mil generaciones de estudiantes que la valoran, a la viajera del mundo de ilimitados pasos, a la que arriesga sus latidos por su fe, a la amiga que ríe y sufre con el sentir de su entorno, a la que no olvida de dónde viene… » (p.16)
En consonancia con las ideas expresadas en los párrafos precedentes, y en un artículo publicado en la prensa nacional con el título de «Doña Elsa, sus ochenta años y su “Velada la vida”» yo escribí, entre otras ideas, lo siguiente:
«El jueves de la semana pasada (10/12/2015), doña Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de productiva existencia. Con motivo de tan significativo acontecimiento, la destacada maestra y poetisa tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida”, en un concurrido acto que se realizó en el teatro de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Se trata de un texto de intimista esencia o en el que aparecen plasmados aspectos importantes relativos a la vida y pensamiento de la autora, vale decir, un libro que recoge las vivencias o experiencias que en su dilatada trayectoria vital ha cosechado como ciudadana, madre, maestra y escritora» ( La Información, 18/12/2015 )
Escrita en un estilo donde se entremezclan lo lírico y lo épico, lo objetivo y lo subjetivo, la crónica y el verso, conformando así un todo temático de indiscutible pertinencia literaria, esta “Velada” de doña Elsa constituye la auténtica expresión de sus más nobles y genuinos sentimientos. Se trata de un tejido escritural elaborado sin poses ni dobleces. Como bien ella lo aclara y reafirma:
« Este libro – escribe al respecto – tiene la belleza de la imaginación y la fuerza de la verdad extasiada en la vida interior. No hay desdoblamiento de la personalidad. ¡Eso nunca! Hay un Yo unificado expresado en una hermosa simbología que es el Globo de Cristal» (p.21)
La autora está consciente de que son muchos los escritores que publican sus vivencias y/o memorias cuando ya casi están descendiendo al pie del sepulcro. Por eso ella, consciente también de los verdaderos propósitos que la impulsaron a publicar el libro, y convencida, como convencidos estamos todos, de la potencia orgánica y mental, cuasi juvenil, que tipifican sus cotidianos haceres, parece adelantarse ante cualquier desviada presunción al respecto, razón por la cual establece con el más expresivo acento:
«Escribir para dejar de vivir, ¡eso nunca!... Hay nuevos caminos para andar. Hay caminos de bendiciones y caminos por bendecir» (p.25)
Muy segura estaba doña Elsa, cuando esto escribió, de que en su paso por este mundo son muchos los caminos que le faltan por trillar y muchas las veladas que le faltan por publicar. Y una de esas veladas, publicada apenas cinco meses después que la primera, tenía que ser la que genera estas notas, la que alude o recrea su telúrico recorrido por los caminos para ella siempre bendecidos de su patria chica: por los caminos de Tamboril, su pueblo amado.
Y tenía que ser así, pues como bien escribió su hijo Pedro, su madre “no olvida de dónde viene…” Y como no olvida eso – agrego yo - Tamboril está siempre presente en la pantalla mental en la que descansan y se proyectan sus más entrañables y afectivas imágenes. Este no olvido ha quedado más que demostrado, no solo por su asidua presencia en la tierra de sus amores, ni por sus aportes y colaboración en pos de la materialización de cuantos proyectos redunden en bien del desarrollo social, educativo y cultural de su adorada Pajiza Aldea, sino también por haber escrito este libro que la inspirada poetisa me ha concedido la honra y el privilegio de comentar :“Tamboril, mi pueblo amado”, texto de intimista esencia y memorable aliento, en el que “ con mirada de cristal y gozo en el corazón”, la autora vuelca todo el amor que siente y siempre ha sentido por esa “ tierra con olor a samanes y frescos de eterna primavera” llamada Tamboril.
Merced a ese amor, posiblemente ella haya tenido que decir, con las palabras de su compueblano Tomás Hernández Franco (1904 – 1952):
“Yo también fui tamborileña en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
Es el mismo amor que sienten por su lar nativo todos los nacidos en esta dinámica y emprendedora franja municipal llama Tamboril. El mismo amor que llevó al autor de Yelidá a expresar en una conferencia dictada aquí, en su tierra, el 27 de octubre de 1931:
«Tamboril fue el trampolín desde el cual lanceme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes camino de la fantasía y del ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón...»
Y el mismo amor que muestra el brillante bardo tamborileño, cuando en un poema epistolar de elegíaco acento, “Poema anclado para el hijo viajero”, dedicado a su hijo recién nacido, Tomasito, le dice a este con la más paternal y aldeana de las ternuras:
“Hubiera querido verte crecer en tu casa,
en esa casa que es mía y de tu madre,
la de Tamboril, la única, donde vivieron,
mi padre y mi madre, tus abuelos, donde
también vivieron mis abuelos y tus bisabuelos.
Creo que hubiera sido una ventaja para ti tener
tu paisaje, que es, desde que se nace,
la manera más exacta y sencilla
de tener una patria”
Ese amor que siente doña Elsa por el terruño local aparece fielmente plasmado en los primeros versos de su ya clásico y muy famoso “Mi canto a Tamboril” :
«Oh Tamboril adorable,
pinceladas eufóricas,
recogen tus samanes,
y al arrullo del viento,
tus flores amarillas,
se van de prisa a veces,
y no quieren volver»
La escritora y poetisa emplea como telón de fondo la versión completa de este hermoso canto ( primera parte ) para en versos de subjetivo o lírico acento presentarnos un perfil sociográfico, elaborado a partir de los elementos históricos y socioculturales que configuran y/o definen la vida tamborileña y que han logrado convertirse en verdaderos símbolos de “la tierra aldeana” De ahí que en los versos que lo conforman se inserte la lírica referencia a los samanes históricos, al tren que cruzaba por el pueblo, a las cultas damas que en tiempos pasados se solazaban leyendo a Tabaré bajo la sombra de los samanes, el ámbar, el laurel del parque “ con su copa desafiante…”, y los artesanos de las fábricas cigarreras que han “cortado el cigarro/con chaveta hechizada”.
Y, naturalmente, no podía faltar la poética mención de Yelidá, “con su canto sonoro”, monumental composición de antillanita raigambre, escrita por el ya citado y laureado poeta Hernández Franco, composición que a juicio de la autora que nos ocupa: le “dio gala y renombre al poeta/cuando hablaba de dioses noruegos/y de sueños azules/con étaxis augusto/y frenesí de la tierra morena”
Todos estos elementos referenciales aparecen además distribuidos en cada uno de los seis capítulos que conforman la estructura textual de “Tamboril, mi pueblo amado”
Merced a ese amor, Tamboril ha estado en todo momento presente en su visión del mundo. Y de esta visión se desprende la valoración emocional del paisaje local, la estimación estética y espiritual de todo lo que a este atañe, así como su interés por describir las vivencias memoriales que nutren su historia y constituyen la base o piedra angular de sus recuerdos y su nostalgia. Es por ello que las evocaciones, las añoranzas, las imágenes testimoniales y las expresiones de amor al lar nativo pueblan cada espacio y están representadas en cada línea de esta original y significativa obra. La autora es bastante explícita al delinear los verdaderos propósitos que originaron el alumbramiento de esta nueva “Velada vital”:
«Este libro – explica - es un signo visible de los designios de Dios, para plasmar en imágenes, historias y memorias sagradas, vivencias y acontecimientos de vigor relevante acerca de mi querido Tamboril. En una zona de quietud pausada el espíritu se recrea y el recuerdo, como agua milagrosa, fecunda la mente y enciende el corazón para recoger algunas estampas de mi pueblo amado…»
Con la publicación de “Tamboril, mi pueblo amado” ciertamente estamos ante a una nueva “Velada”. Ante un nuevo desplazamiento por caminos diferentes, pero guiado por el mismo hilo conductor o por la misma línea temática de la primera “velada” Una debe percibirse como la continuación de la otra. El mismo enfoque, la misma protagonista, historias, vivencias, nostalgia, emociones, añoranzas y recuerdos parecidos. Y por qué no: el mismo amor.
Ningún detalles se le escapa a la “santa memoria” de esta dinámica educadora de alto vuelo mental, a esta artista de la palabra de fértil imaginación creadora.
En “Tamboril, mi pueblo amado” aparecen expuestas las principales vivencias que vinculan afectivamente a doña Elsa con su entorno, ya sea por medio del verso lírico o de la prosa referencial. Lo lírico y lo épico, la poesía y la crónica, lo objetivo y lo subjetivo, la expresión directa y la construcción metafórica se conjugan para conformar un todo armónico, un cuerpo temático o un producto bibliográfico de indiscutible valor histórico, artístico y cultural.
Nos presenta la autora una ojeada histórica del municipio, imágenes de un alto valor testimonial, su relación con la iglesia del pueblo, el vínculo con su gente, reconocimientos recibidos, actividades relativas a los diferentes proyectos en que ha participado en bien del desarrollo de su comunidad, sus primeros maestros y la expresión de afecto y gratitud hacia estos, su quehacer docente y sus experiencias infantiles.
Además, las costumbres ya perdidas como las vueltas al parque, sus años de estudio, sus crónicas de viaje y reflexiones aventureras, sus vínculos con personalidades importantes, su religiosidad y ligazón a la iglesia, entre otros aspectos, se constituyen en imágenes que, cual cinta cinematográfica, corren por las páginas de este nuevo y e interesante libro que la también autora de “La muralla de los siglos”, esta vez ponen en nuestras manos.
Gran parte de sus actividades con miras a rescatar la imagen del poeta y compueblano Tomás Hernández Franco, igualmente aparecen referidas en “Tamboril, mi pueblo amado”. Porque con justicia vale resaltar, que es doña Elsa una de las personas que más ha trabajado para que este afamado escritor y artista literario permanezca en su justo lugar en la conciencia de los dominicanos en general y de los tamborileños en particular.
También está presente en el libro esa religiosidad y elevada expresión de fe que en su condición de ser altamente creyente ha caracterizado a esta digna hija de Tamboril.
Las imágenes, en el libro, hablan por sí solas. Como forma de comunicación iconográfica, constituyen el más idóneo y didáctico complemento de las palabras.
La obra culmina (sexta parte) con unas reflexiones de alto sentido humano y filosófico. Las titula “Algo de mí”. Se trata de un apartado en el que se percibe un amplio despliegue de su yo, un libre fluir de la conciencia o la expresión de sus más íntimas convicciones. Ideas que bordean lo íntimo, lo personal, lo familiar, su yo profundo. La autora aprovecha para insertar aquí muchas de las imágenes que adoraron su infancia, sin excluir, en ningún momento, la maternal conexión con sus cinco “racimos”, afectivo nombre con el que suele referirse a sus vástagos, a esos hijos que tanto calor, aprecio y apoyo le brindan.
«En este espacio – aclara - quiero sacudir un poco las fibras de mi conciencia, que aunque siempre están en camino, esta ves como broche dorado y experiencias más cercanas a mis valores educativos literarios y familiares. Quiero exprimir mi corazón agarrado con mis propias manos. Quiero abrir fronteras envuelta en el cristal de la alegría, para dejar dibujado en el prisma de la vida tres conceptualizaciones muy importantes para mí»
Nos habla aquí de la vida y de la muerte, de espiritualidad, de la gratitud, incluye una serie de frases de carácter sentencioso y nos explica el valor semiótico de la portada y de lo que ella denomina “Mis espumas”, e incluye versos sueltos de indiscutible valor existencial.
La vida, para la autora “es fluencia abierta” y al contrastarla con la muerte y el más allá considera que:
«La caminata parece una marcha. No hay tiempo para mirar a los lados. Los jardines, los prados, las arenas, el humus o la ceniza que cultivaste ya no los puedes recoger. Estarán en tu conciencia, y la luz de Dios no deja espejismo. Vive de tal manera que cuando te vayas, mucho de ti quede en aquellos que tuvieron la dicha de encontrarte»
Y culminan sus disquisiciones sobre el tema con los versos siguientes:
«Para amar la muerte en su misión divina,
romper con el tiempo su mundo y su vuelo.
Y allá en las alturas de un mundo más libre,
bendecir la vida, saludar la muerte,
en el viaje tunante, de esa gran viajera,
que acarició perlas, de lágrimas ausentes,
que chupó las mieles de rosas silvestres.
¡Oh, mi canto quimérico,
de muerte y vida ansiosa!
Al invertir las cosas, con su ángulo y rumbo,
yo prefiero la vida que se enquista en la muerte,
de mi real destino,
a la muerte de una vida,
sin valor de camino.
¡Oh, muerte y vida entrelazadas!
Te canto y cantando te digo,
que yo vivo en la muerte,
porque espero la vida.»
Esta y otras reflexiones marcan el final de este libro singular, “Tamboril, mi pueblo amado” que la muy ilustrada maestra, escritora y poetisa tamborileña ha querido dar a la luz pública como forma de rendirle homenaje y expresarle su afecto eterno al pueblo de sus emociones e íntimas querencias, de sus vivencias memorables y de sus nostalgias entrañables.
MUCHAS GRACIAS
“El amor a su pueblo es una expresión tangible del amor a la patria, que es el sentimiento que nace con el entrañable vínculo telúrico de apego a la tierra, al paisaje, a la historia de nuestros mayores…”
(Bruno Rosario Candelier)
En el mes de diciembre del recién pasado año (2015), la licenciada Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de feliz existencia. Como parte de los actos de celebración de tan singular aniversario, la poetisa y consagrada educadora tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida” En esa velada, doña Elsa realiza un vasto recorrido por los caminos, “de bendiciones”, que su “yo peregrino” le ha correspondido transitar durante el curso de su dilata existencia.
Un recorrido en el que, al decir de su autora, se propone contarnos “algo de mí” o en el que se recogen o yacen plasmadas sus más relevantes y vitales huellas : sus vivencias y sus emociones, sus recuerdos y memorias, algo de su historia y “sus eventos matizados de esfuerzo, gloria y alegría” Y al definir los propósitos que la impulsaron a dar a la luz su “Velada a la vida” o ese “algo de ella” que por muchos años llevó dentro, doña Elsa afirma con su característico o poético estilo :
« Ciertamente, hace aproximadamente nueve años, pensé que debía escribir un libro con vivencias y experiencias que puedan recrear mi espíritu… He pensado recoger el bullir de mis recuerdos y sentimientos, como si se tratara de un solo río con distintos torrentes de agua, que al canalizar la tierra, dejan añoranzas, piedras milenarias, arenas húmedas de rocío ; pero sobre todo, un gran canal de fecundidad» ( pág. 24)
Pedro Domínguez Brito, afamado abogado, escritor y articulista, en unas breves notas introductorias tituladas “Los frutos de la velada de la vida”, al referirse a la obra de su madre, apunta que:
«Este libro me hace admirar más a mi progenitora .Contiene reflexiones de alto calibre místico, humano y literario. Su prosa nos envuelve y anima, abrazada de versos que le cantan a coro a la promotora incansable de la fe, a la esposa que ama y comprende, a la educadora de mil generaciones de estudiantes que la valoran, a la viajera del mundo de ilimitados pasos, a la que arriesga sus latidos por su fe, a la amiga que ríe y sufre con el sentir de su entorno, a la que no olvida de dónde viene… » (p.16)
En consonancia con las ideas expresadas en los párrafos precedentes, y en un artículo publicado en la prensa nacional con el título de «Doña Elsa, sus ochenta años y su “Velada la vida”» yo escribí, entre otras ideas, lo siguiente:
«El jueves de la semana pasada (10/12/2015), doña Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de productiva existencia. Con motivo de tan significativo acontecimiento, la destacada maestra y poetisa tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida”, en un concurrido acto que se realizó en el teatro de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Se trata de un texto de intimista esencia o en el que aparecen plasmados aspectos importantes relativos a la vida y pensamiento de la autora, vale decir, un libro que recoge las vivencias o experiencias que en su dilatada trayectoria vital ha cosechado como ciudadana, madre, maestra y escritora» ( La Información, 18/12/2015 )
Escrita en un estilo donde se entremezclan lo lírico y lo épico, lo objetivo y lo subjetivo, la crónica y el verso, conformando así un todo temático de indiscutible pertinencia literaria, esta “Velada” de doña Elsa constituye la auténtica expresión de sus más nobles y genuinos sentimientos. Se trata de un tejido escritural elaborado sin poses ni dobleces. Como bien ella lo aclara y reafirma:
« Este libro – escribe al respecto – tiene la belleza de la imaginación y la fuerza de la verdad extasiada en la vida interior. No hay desdoblamiento de la personalidad. ¡Eso nunca! Hay un Yo unificado expresado en una hermosa simbología que es el Globo de Cristal» (p.21)
La autora está consciente de que son muchos los escritores que publican sus vivencias y/o memorias cuando ya casi están descendiendo al pie del sepulcro. Por eso ella, consciente también de los verdaderos propósitos que la impulsaron a publicar el libro, y convencida, como convencidos estamos todos, de la potencia orgánica y mental, cuasi juvenil, que tipifican sus cotidianos haceres, parece adelantarse ante cualquier desviada presunción al respecto, razón por la cual establece con el más expresivo acento:
«Escribir para dejar de vivir, ¡eso nunca!... Hay nuevos caminos para andar. Hay caminos de bendiciones y caminos por bendecir» (p.25)
Muy segura estaba doña Elsa, cuando esto escribió, de que en su paso por este mundo son muchos los caminos que le faltan por trillar y muchas las veladas que le faltan por publicar. Y una de esas veladas, publicada apenas cinco meses después que la primera, tenía que ser la que genera estas notas, la que alude o recrea su telúrico recorrido por los caminos para ella siempre bendecidos de su patria chica: por los caminos de Tamboril, su pueblo amado.
Y tenía que ser así, pues como bien escribió su hijo Pedro, su madre “no olvida de dónde viene…” Y como no olvida eso – agrego yo - Tamboril está siempre presente en la pantalla mental en la que descansan y se proyectan sus más entrañables y afectivas imágenes. Este no olvido ha quedado más que demostrado, no solo por su asidua presencia en la tierra de sus amores, ni por sus aportes y colaboración en pos de la materialización de cuantos proyectos redunden en bien del desarrollo social, educativo y cultural de su adorada Pajiza Aldea, sino también por haber escrito este libro que la inspirada poetisa me ha concedido la honra y el privilegio de comentar :“Tamboril, mi pueblo amado”, texto de intimista esencia y memorable aliento, en el que “ con mirada de cristal y gozo en el corazón”, la autora vuelca todo el amor que siente y siempre ha sentido por esa “ tierra con olor a samanes y frescos de eterna primavera” llamada Tamboril.
Merced a ese amor, posiblemente ella haya tenido que decir, con las palabras de su compueblano Tomás Hernández Franco (1904 – 1952):
“Yo también fui tamborileña en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
Es el mismo amor que sienten por su lar nativo todos los nacidos en esta dinámica y emprendedora franja municipal llama Tamboril. El mismo amor que llevó al autor de Yelidá a expresar en una conferencia dictada aquí, en su tierra, el 27 de octubre de 1931:
«Tamboril fue el trampolín desde el cual lanceme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes camino de la fantasía y del ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón...»
Y el mismo amor que muestra el brillante bardo tamborileño, cuando en un poema epistolar de elegíaco acento, “Poema anclado para el hijo viajero”, dedicado a su hijo recién nacido, Tomasito, le dice a este con la más paternal y aldeana de las ternuras:
“Hubiera querido verte crecer en tu casa,
en esa casa que es mía y de tu madre,
la de Tamboril, la única, donde vivieron,
mi padre y mi madre, tus abuelos, donde
también vivieron mis abuelos y tus bisabuelos.
Creo que hubiera sido una ventaja para ti tener
tu paisaje, que es, desde que se nace,
la manera más exacta y sencilla
de tener una patria”
Ese amor que siente doña Elsa por el terruño local aparece fielmente plasmado en los primeros versos de su ya clásico y muy famoso “Mi canto a Tamboril” :
«Oh Tamboril adorable,
pinceladas eufóricas,
recogen tus samanes,
y al arrullo del viento,
tus flores amarillas,
se van de prisa a veces,
y no quieren volver»
La escritora y poetisa emplea como telón de fondo la versión completa de este hermoso canto ( primera parte ) para en versos de subjetivo o lírico acento presentarnos un perfil sociográfico, elaborado a partir de los elementos históricos y socioculturales que configuran y/o definen la vida tamborileña y que han logrado convertirse en verdaderos símbolos de “la tierra aldeana” De ahí que en los versos que lo conforman se inserte la lírica referencia a los samanes históricos, al tren que cruzaba por el pueblo, a las cultas damas que en tiempos pasados se solazaban leyendo a Tabaré bajo la sombra de los samanes, el ámbar, el laurel del parque “ con su copa desafiante…”, y los artesanos de las fábricas cigarreras que han “cortado el cigarro/con chaveta hechizada”.
Y, naturalmente, no podía faltar la poética mención de Yelidá, “con su canto sonoro”, monumental composición de antillanita raigambre, escrita por el ya citado y laureado poeta Hernández Franco, composición que a juicio de la autora que nos ocupa: le “dio gala y renombre al poeta/cuando hablaba de dioses noruegos/y de sueños azules/con étaxis augusto/y frenesí de la tierra morena”
Todos estos elementos referenciales aparecen además distribuidos en cada uno de los seis capítulos que conforman la estructura textual de “Tamboril, mi pueblo amado”
Merced a ese amor, Tamboril ha estado en todo momento presente en su visión del mundo. Y de esta visión se desprende la valoración emocional del paisaje local, la estimación estética y espiritual de todo lo que a este atañe, así como su interés por describir las vivencias memoriales que nutren su historia y constituyen la base o piedra angular de sus recuerdos y su nostalgia. Es por ello que las evocaciones, las añoranzas, las imágenes testimoniales y las expresiones de amor al lar nativo pueblan cada espacio y están representadas en cada línea de esta original y significativa obra. La autora es bastante explícita al delinear los verdaderos propósitos que originaron el alumbramiento de esta nueva “Velada vital”:
«Este libro – explica - es un signo visible de los designios de Dios, para plasmar en imágenes, historias y memorias sagradas, vivencias y acontecimientos de vigor relevante acerca de mi querido Tamboril. En una zona de quietud pausada el espíritu se recrea y el recuerdo, como agua milagrosa, fecunda la mente y enciende el corazón para recoger algunas estampas de mi pueblo amado…»
Con la publicación de “Tamboril, mi pueblo amado” ciertamente estamos ante a una nueva “Velada”. Ante un nuevo desplazamiento por caminos diferentes, pero guiado por el mismo hilo conductor o por la misma línea temática de la primera “velada” Una debe percibirse como la continuación de la otra. El mismo enfoque, la misma protagonista, historias, vivencias, nostalgia, emociones, añoranzas y recuerdos parecidos. Y por qué no: el mismo amor.
Ningún detalles se le escapa a la “santa memoria” de esta dinámica educadora de alto vuelo mental, a esta artista de la palabra de fértil imaginación creadora.
En “Tamboril, mi pueblo amado” aparecen expuestas las principales vivencias que vinculan afectivamente a doña Elsa con su entorno, ya sea por medio del verso lírico o de la prosa referencial. Lo lírico y lo épico, la poesía y la crónica, lo objetivo y lo subjetivo, la expresión directa y la construcción metafórica se conjugan para conformar un todo armónico, un cuerpo temático o un producto bibliográfico de indiscutible valor histórico, artístico y cultural.
Nos presenta la autora una ojeada histórica del municipio, imágenes de un alto valor testimonial, su relación con la iglesia del pueblo, el vínculo con su gente, reconocimientos recibidos, actividades relativas a los diferentes proyectos en que ha participado en bien del desarrollo de su comunidad, sus primeros maestros y la expresión de afecto y gratitud hacia estos, su quehacer docente y sus experiencias infantiles.
Además, las costumbres ya perdidas como las vueltas al parque, sus años de estudio, sus crónicas de viaje y reflexiones aventureras, sus vínculos con personalidades importantes, su religiosidad y ligazón a la iglesia, entre otros aspectos, se constituyen en imágenes que, cual cinta cinematográfica, corren por las páginas de este nuevo y e interesante libro que la también autora de “La muralla de los siglos”, esta vez ponen en nuestras manos.
Gran parte de sus actividades con miras a rescatar la imagen del poeta y compueblano Tomás Hernández Franco, igualmente aparecen referidas en “Tamboril, mi pueblo amado”. Porque con justicia vale resaltar, que es doña Elsa una de las personas que más ha trabajado para que este afamado escritor y artista literario permanezca en su justo lugar en la conciencia de los dominicanos en general y de los tamborileños en particular.
También está presente en el libro esa religiosidad y elevada expresión de fe que en su condición de ser altamente creyente ha caracterizado a esta digna hija de Tamboril.
Las imágenes, en el libro, hablan por sí solas. Como forma de comunicación iconográfica, constituyen el más idóneo y didáctico complemento de las palabras.
La obra culmina (sexta parte) con unas reflexiones de alto sentido humano y filosófico. Las titula “Algo de mí”. Se trata de un apartado en el que se percibe un amplio despliegue de su yo, un libre fluir de la conciencia o la expresión de sus más íntimas convicciones. Ideas que bordean lo íntimo, lo personal, lo familiar, su yo profundo. La autora aprovecha para insertar aquí muchas de las imágenes que adoraron su infancia, sin excluir, en ningún momento, la maternal conexión con sus cinco “racimos”, afectivo nombre con el que suele referirse a sus vástagos, a esos hijos que tanto calor, aprecio y apoyo le brindan.
«En este espacio – aclara - quiero sacudir un poco las fibras de mi conciencia, que aunque siempre están en camino, esta ves como broche dorado y experiencias más cercanas a mis valores educativos literarios y familiares. Quiero exprimir mi corazón agarrado con mis propias manos. Quiero abrir fronteras envuelta en el cristal de la alegría, para dejar dibujado en el prisma de la vida tres conceptualizaciones muy importantes para mí»
Nos habla aquí de la vida y de la muerte, de espiritualidad, de la gratitud, incluye una serie de frases de carácter sentencioso y nos explica el valor semiótico de la portada y de lo que ella denomina “Mis espumas”, e incluye versos sueltos de indiscutible valor existencial.
La vida, para la autora “es fluencia abierta” y al contrastarla con la muerte y el más allá considera que:
«La caminata parece una marcha. No hay tiempo para mirar a los lados. Los jardines, los prados, las arenas, el humus o la ceniza que cultivaste ya no los puedes recoger. Estarán en tu conciencia, y la luz de Dios no deja espejismo. Vive de tal manera que cuando te vayas, mucho de ti quede en aquellos que tuvieron la dicha de encontrarte»
Y culminan sus disquisiciones sobre el tema con los versos siguientes:
«Para amar la muerte en su misión divina,
romper con el tiempo su mundo y su vuelo.
Y allá en las alturas de un mundo más libre,
bendecir la vida, saludar la muerte,
en el viaje tunante, de esa gran viajera,
que acarició perlas, de lágrimas ausentes,
que chupó las mieles de rosas silvestres.
¡Oh, mi canto quimérico,
de muerte y vida ansiosa!
Al invertir las cosas, con su ángulo y rumbo,
yo prefiero la vida que se enquista en la muerte,
de mi real destino,
a la muerte de una vida,
sin valor de camino.
¡Oh, muerte y vida entrelazadas!
Te canto y cantando te digo,
que yo vivo en la muerte,
porque espero la vida.»
Esta y otras reflexiones marcan el final de este libro singular, “Tamboril, mi pueblo amado” que la muy ilustrada maestra, escritora y poetisa tamborileña ha querido dar a la luz pública como forma de rendirle homenaje y expresarle su afecto eterno al pueblo de sus emociones e íntimas querencias, de sus vivencias memorables y de sus nostalgias entrañables.
MUCHAS GRACIAS
Domingo Caba Ramos
Mayo, 20, 2016.
Mayo, 20, 2016.
sábado, 14 de mayo de 2016
"VETE A SEMBRÁ HIELO PA' BANÍ
Por: Domingo Caba Ramos.
“Resulta muy comprensible que una lengua como el español presente diversidad de formas en su pronunciación, en su sintaxis y en su vocabulario. Es normal que las distancias geográficas hagan difícil la comunicación entre personas que viven alejadas unas de otras. Esa falta de contacto conduce a la diferenciación lingüística…”
(Orlando Alba)
El hecho ocurrió en la tarde de un domingo cualquiera del año 1991, en la playa”Quemaíto”, allá, en la lejana ciudad de Barahona.
Las olas rugían cual león embravecido, y como víbora endiablada se desplazaban raudamente por la pista sin límites de la marítima ruta, expulsando hacia las arenas encendidas todo aquello que encontraba a su paso.
Los rayos del sol parecían descender más verticales o candentes que de costumbre, y asociados a una seca brisa que en el ambiente azotaba, quemaban y ennegrecían el rostro de los alegres bañistas. Y en medio del agua refrescante, una pareja de jóvenes de ambos sexos, banilejo él y barahonera ella, escenificaban el más ardiente y cloacal de los enfrentamientos verbales; pero a pesar de la verbal contienda , el mundo, a su alrededor, se comportaba con la más fría indiferencia, vale decir, cada quien parecía estar concentrado en sus privativas acciones y particulares intereses : unos nadaban sin parar, otros jugaban con la arena, un borracho ordeñaba la última botella, dos pescadores adolescentes se zambullían hasta lo más profundo del mar detrás de la presa deseada, mientras que un tanto apartado de los demás, una pareja intercambiaba besos de amor, los cuales, generaban un tenue sonido que en ocasiones se confundía con el eco rumoroso de las olas.
Yo, en cambio, le di seguimiento al otro intercambio (de insultos e improperios), que nada tenía de amoroso y tierno. El llevado a cabo por el banilejo y la barahonera.
Ella, la barahonera, una rubia gordiflona de inconfundible perfil prostibulario, exhibía en la parte delantera e interior de su diminuto traje de baño un “pote” de ron Brugal recién encetado, del cual tomaba al mismo ritmo en que se desarrollaba la encendida discusión .El, de mundano y “tigueril” aspecto, apenas podía hablar. Los signos de la embriaguez yacían plasmados en su rostro de libador sin tregua.
La batalla verbal comenzó, como reza la frase popular, “tú me dices y yo te digo”
La rubia parecía una metralleta. De su boca, más que sonidos articulados, lo que verdaderamente salían eran proyectiles convertidos en palabras. Y entre disparo y disparo, levantaba su codo para impulsar hacia su estómago un sorbo del espirituoso líquido poéticamente calificado por el gran José Martí como la “dulce maldición de las Antillas”
Frente a cada andanada, el banilejo temblaba de rabia, muy especialmente cuando ella lo mandaba a “picá o sembrá hielo pa’ Baní.” :
-“Vete, vete, a sembrá hielo pa’Baní…” - repetía con inocultable sarcasmo, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba una irónica sonrisa.
La furia del hombre era incontenible. El fondo semántico del denostador mandato atrapó mi atención y despertó la curiosidad propia de mi formación lingüística. De ahí que muy pronto entendí que no podía regresar al Cibao sin saber por qué el banilejo que nos ocupa se molestaba tanto cuando lo mandaban a “sembrá hielo pa’ Baní.”
¿Qué significado soporta semejante expresión en esa parte de nuestro país?- me pregunté y pregunté. Y la respuesta no se hizo esperar, ni pudo ser más folklórica:
“Desde hace mucho tiempo - respondió un moreno y barrigón barahonero con aire de versado dialectólogo- ha circulado por estas zonas la versión de que los hombres banilejos son fríos en la cama, esto es, en las relaciones sexuales. Y por esa razón-continuó – la mejor manera de ofenderlos o molestarlos es mandándolos a sembrar hielo”
La respuesta no logró convencerme por considerarla muy impresionista, subjetiva y carente de fundamentación empírica.
Prefiero conferirle valor a la historia que da cuenta de que existía en Baní un señor acaudalado llamado Tomás Velásquez que solía comprar hielo en la Capital para ser utilizado en las fiestas que se celebraban en su residencia. Para conservar o evitar que el hielo se derritiera, don Tomás lo enterraba en el patio de su majestuosa casa. Merced a esta experiencia, los capitaleños que asistían a dichas fiestas, propalaron la noticia de que habían visto en Baní a alguien sembrando hielo.
Sin embargo, oída la pintoresca explicación que me dio el barahonero antes citado, sólo me limité a comentar:
“Cosas de nuestra lengua. Cosas de nuestras variantes regionales. Cosas de nuestras variaciones diatópicas. Cosas de una lengua, la española, la cual si bien posee rasgos comunes que permiten la intercomunicación entre usuarios residentes en regiones y comunidades diferentes, también posee rasgos particulares que definen las variantes propias de una comunidad lingüística determinada”
“Resulta muy comprensible que una lengua como el español presente diversidad de formas en su pronunciación, en su sintaxis y en su vocabulario. Es normal que las distancias geográficas hagan difícil la comunicación entre personas que viven alejadas unas de otras. Esa falta de contacto conduce a la diferenciación lingüística…”
(Orlando Alba)
Imagen del pueblo de Baní
El hecho ocurrió en la tarde de un domingo cualquiera del año 1991, en la playa”Quemaíto”, allá, en la lejana ciudad de Barahona.
Las olas rugían cual león embravecido, y como víbora endiablada se desplazaban raudamente por la pista sin límites de la marítima ruta, expulsando hacia las arenas encendidas todo aquello que encontraba a su paso.
Los rayos del sol parecían descender más verticales o candentes que de costumbre, y asociados a una seca brisa que en el ambiente azotaba, quemaban y ennegrecían el rostro de los alegres bañistas. Y en medio del agua refrescante, una pareja de jóvenes de ambos sexos, banilejo él y barahonera ella, escenificaban el más ardiente y cloacal de los enfrentamientos verbales; pero a pesar de la verbal contienda , el mundo, a su alrededor, se comportaba con la más fría indiferencia, vale decir, cada quien parecía estar concentrado en sus privativas acciones y particulares intereses : unos nadaban sin parar, otros jugaban con la arena, un borracho ordeñaba la última botella, dos pescadores adolescentes se zambullían hasta lo más profundo del mar detrás de la presa deseada, mientras que un tanto apartado de los demás, una pareja intercambiaba besos de amor, los cuales, generaban un tenue sonido que en ocasiones se confundía con el eco rumoroso de las olas.
Yo, en cambio, le di seguimiento al otro intercambio (de insultos e improperios), que nada tenía de amoroso y tierno. El llevado a cabo por el banilejo y la barahonera.
Ella, la barahonera, una rubia gordiflona de inconfundible perfil prostibulario, exhibía en la parte delantera e interior de su diminuto traje de baño un “pote” de ron Brugal recién encetado, del cual tomaba al mismo ritmo en que se desarrollaba la encendida discusión .El, de mundano y “tigueril” aspecto, apenas podía hablar. Los signos de la embriaguez yacían plasmados en su rostro de libador sin tregua.
La batalla verbal comenzó, como reza la frase popular, “tú me dices y yo te digo”
La rubia parecía una metralleta. De su boca, más que sonidos articulados, lo que verdaderamente salían eran proyectiles convertidos en palabras. Y entre disparo y disparo, levantaba su codo para impulsar hacia su estómago un sorbo del espirituoso líquido poéticamente calificado por el gran José Martí como la “dulce maldición de las Antillas”
Frente a cada andanada, el banilejo temblaba de rabia, muy especialmente cuando ella lo mandaba a “picá o sembrá hielo pa’ Baní.” :
-“Vete, vete, a sembrá hielo pa’Baní…” - repetía con inocultable sarcasmo, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba una irónica sonrisa.
La furia del hombre era incontenible. El fondo semántico del denostador mandato atrapó mi atención y despertó la curiosidad propia de mi formación lingüística. De ahí que muy pronto entendí que no podía regresar al Cibao sin saber por qué el banilejo que nos ocupa se molestaba tanto cuando lo mandaban a “sembrá hielo pa’ Baní.”
¿Qué significado soporta semejante expresión en esa parte de nuestro país?- me pregunté y pregunté. Y la respuesta no se hizo esperar, ni pudo ser más folklórica:
“Desde hace mucho tiempo - respondió un moreno y barrigón barahonero con aire de versado dialectólogo- ha circulado por estas zonas la versión de que los hombres banilejos son fríos en la cama, esto es, en las relaciones sexuales. Y por esa razón-continuó – la mejor manera de ofenderlos o molestarlos es mandándolos a sembrar hielo”
La respuesta no logró convencerme por considerarla muy impresionista, subjetiva y carente de fundamentación empírica.
Prefiero conferirle valor a la historia que da cuenta de que existía en Baní un señor acaudalado llamado Tomás Velásquez que solía comprar hielo en la Capital para ser utilizado en las fiestas que se celebraban en su residencia. Para conservar o evitar que el hielo se derritiera, don Tomás lo enterraba en el patio de su majestuosa casa. Merced a esta experiencia, los capitaleños que asistían a dichas fiestas, propalaron la noticia de que habían visto en Baní a alguien sembrando hielo.
Sin embargo, oída la pintoresca explicación que me dio el barahonero antes citado, sólo me limité a comentar:
“Cosas de nuestra lengua. Cosas de nuestras variantes regionales. Cosas de nuestras variaciones diatópicas. Cosas de una lengua, la española, la cual si bien posee rasgos comunes que permiten la intercomunicación entre usuarios residentes en regiones y comunidades diferentes, también posee rasgos particulares que definen las variantes propias de una comunidad lingüística determinada”
jueves, 5 de mayo de 2016
PERFIL SICOLÓGICO DE LA ENVIDIA
Por: Domingo Caba Ramos.
“Espero que tengas una buena razón para envidiarme, pues yo tengo miles para que tu envidia no me importe” (Anónimo)
¿QUÉ ES LA ENVIDIA?
1. La «Tristeza o pesar del bien ajeno» - se lee en el diccionario académico.
2. La «Pasión de los mediocres” – apunta, entre otros conceptos, José Ingenieros (1877 – 1925 ) en su muy leída y citada obra “El hombre mediocre” ( *)
Del primer concepto se infiere que el germen moral de la envidia yace en el sufrimiento que se genera frente al triunfo ajeno, triunfo que el envidioso asume como su propia derrota. Por esa razón, al igual que los hipócritas, los envidiosos se tornan renuentes a reconocer los méritos y el éxito de de los demás, y cuando elogian, sus elogios resultan ser siempre falsos, irónicos, simulados o carentes de sinceridad. Esto quiere decir, que entre la envidia y la hipocresía, las fronteras que las diferencian son bastante difusas. La segunda constiuye lamás fiel expresión de la primera.
El gran parecido entre una y otra lacra de la personalidad, lo describe magistralmente José Ingenieros, cuando acerca de la envidia afirma que «Es pasión traidora y propicia a las hipocresías» (p.138)
La envidia – amplía Ingenieros en la precitada obra - « Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia» (p.137)
Los envidiosos son seres inauténticos, peligrosos, angustiados, sumidos en una tristeza eterna, avergonzados de sus fracasos y ausencia de méritos; y su agria reacción, sin sospecharlo, se traduce en el más auténtico homenaje al ser envidiado. Ingenieros así lo concibe al establecer que:
«Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno» (Ídem)
Entre las diversas lacras que empañan el comportamiento humano (hipocresía, envidia, traición, celos, mentira, simulación…), la envidia, para Ingenieros, es la más innoble de todas. Entiende al respecto el afamado escritor, siquiatra y sicólogo argentino que la envidia:
«Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia – argumenta Ingenieros - se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno. Esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal…» (Ídem)
« Entre las malas pasiones – resume el autor - ninguna la aventaja…» (Ídem)
POR SU CONDUCTA LINGÜÍSTICA “LOS CONOCERÉIS”
¿Cómo identificar a los seres envidiosos?
Basta escucharlos con detenimiento y analizar lo que dicen. Siempre están recordándole el pasado de pobreza y humildad a todo aquel que en base a trabajo y sacrificio ha triunfado o escalado hasta la cima del éxito. De este siempre dirán que es “privón”, “arrogante”, “orgulloso” o “comparón”. Veamos algunas de sus rabiosas expresiones:
1. « ¡Señores, quien era Salustiano!, “un pata rajá”, y mírenlo ahora… Después que consiguió tres pesos, ya no saluda a nadie…»
2. « ¡Pero a ese “pata polvosa” parece que ya se le olvidó de dónde viene o dónde nació y se crio!»
3. « ¡No lo soporto por engreído y comparón! Parece que ya no recuerda quién era, un “rullío" …»
4. «Ese tipo era un simple operario en la Zona Franca y ahora porque tiene un cargo en el gobierno se cree que es “la última Coca-Cola”»
Todo aquel que así se expresa o constantemente vive resaltando las antiguas carencias o penurias del triunfador, es porque la envidia le está devorando el alma o quemando las entrañas. Se trata de palabras que, en su sentido profundo, entrañan pesar, sufrimiento y delatan una rabiosa resistencia a aceptar el triunfo de los demás. Palabras, en fin, que ponen de manifiesto el tormentoso dolor que sentimos cuando vemos que alguien disfruta el éxito y bienestar que tanto deseamos.
( *) - Publicaciones América, S.A., Santo Domingo, s/f, pág. 137
“Espero que tengas una buena razón para envidiarme, pues yo tengo miles para que tu envidia no me importe” (Anónimo)
¿QUÉ ES LA ENVIDIA?
1. La «Tristeza o pesar del bien ajeno» - se lee en el diccionario académico.
2. La «Pasión de los mediocres” – apunta, entre otros conceptos, José Ingenieros (1877 – 1925 ) en su muy leída y citada obra “El hombre mediocre” ( *)
Del primer concepto se infiere que el germen moral de la envidia yace en el sufrimiento que se genera frente al triunfo ajeno, triunfo que el envidioso asume como su propia derrota. Por esa razón, al igual que los hipócritas, los envidiosos se tornan renuentes a reconocer los méritos y el éxito de de los demás, y cuando elogian, sus elogios resultan ser siempre falsos, irónicos, simulados o carentes de sinceridad. Esto quiere decir, que entre la envidia y la hipocresía, las fronteras que las diferencian son bastante difusas. La segunda constiuye lamás fiel expresión de la primera.
El gran parecido entre una y otra lacra de la personalidad, lo describe magistralmente José Ingenieros, cuando acerca de la envidia afirma que «Es pasión traidora y propicia a las hipocresías» (p.138)
La envidia – amplía Ingenieros en la precitada obra - « Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia» (p.137)
Los envidiosos son seres inauténticos, peligrosos, angustiados, sumidos en una tristeza eterna, avergonzados de sus fracasos y ausencia de méritos; y su agria reacción, sin sospecharlo, se traduce en el más auténtico homenaje al ser envidiado. Ingenieros así lo concibe al establecer que:
«Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno» (Ídem)
Entre las diversas lacras que empañan el comportamiento humano (hipocresía, envidia, traición, celos, mentira, simulación…), la envidia, para Ingenieros, es la más innoble de todas. Entiende al respecto el afamado escritor, siquiatra y sicólogo argentino que la envidia:
«Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia – argumenta Ingenieros - se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno. Esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal…» (Ídem)
« Entre las malas pasiones – resume el autor - ninguna la aventaja…» (Ídem)
POR SU CONDUCTA LINGÜÍSTICA “LOS CONOCERÉIS”
¿Cómo identificar a los seres envidiosos?
Basta escucharlos con detenimiento y analizar lo que dicen. Siempre están recordándole el pasado de pobreza y humildad a todo aquel que en base a trabajo y sacrificio ha triunfado o escalado hasta la cima del éxito. De este siempre dirán que es “privón”, “arrogante”, “orgulloso” o “comparón”. Veamos algunas de sus rabiosas expresiones:
1. « ¡Señores, quien era Salustiano!, “un pata rajá”, y mírenlo ahora… Después que consiguió tres pesos, ya no saluda a nadie…»
2. « ¡Pero a ese “pata polvosa” parece que ya se le olvidó de dónde viene o dónde nació y se crio!»
3. « ¡No lo soporto por engreído y comparón! Parece que ya no recuerda quién era, un “rullío" …»
4. «Ese tipo era un simple operario en la Zona Franca y ahora porque tiene un cargo en el gobierno se cree que es “la última Coca-Cola”»
Todo aquel que así se expresa o constantemente vive resaltando las antiguas carencias o penurias del triunfador, es porque la envidia le está devorando el alma o quemando las entrañas. Se trata de palabras que, en su sentido profundo, entrañan pesar, sufrimiento y delatan una rabiosa resistencia a aceptar el triunfo de los demás. Palabras, en fin, que ponen de manifiesto el tormentoso dolor que sentimos cuando vemos que alguien disfruta el éxito y bienestar que tanto deseamos.
( *) - Publicaciones América, S.A., Santo Domingo, s/f, pág. 137
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