Por : Domingo Caba Ramos
Una semana después que le otorgaron su VISA de residencia, Domitila arregló su maleta, compró un vuelo y se fue para New York. Con esta urbe se encariño tanto Domitila que muy pronto fue olvidando todo lo que tenía que ver con su lar nativo. Se olvidó incluso de su madre a la cual había dejado en delicado estado de salud. Con esta, su hija escasamente se comunicaba para enterarse de su estado, y ni un solo centavo le enviaba para la compra de sus medicinas.
A su país no hubiera regresado, luego de nueve años de ausencia, de no ser porque le informaron que doña Regina, su madre había fallecido. Domitila tuvo que comprar un vuelo y partir rápidamente para la República Dominicana. Cuando llegó a destino familiar, encontró a su viejita inerte, tendida en un humilde ataúd.
El llanto de Domitila retumbó en toda la comarca y hasta las estrellas del cielo parecían escucharlo. La mujer lloraba sin parar.
«- No sé por qué llora Domitila»- afirmó alguien con justificada molestia.
« - Yo tampoco» - replicaron otros.
Parado en una esquina del fúnebre salón, hasta mi oído llegaban los acentos del eco casi coral de este encono colectivo. Nadie parecía comprender las razones que provocaban el inexplicable y extraño llanto de esta hija desalmada. Por eso al salir de aquí, y contagiado por la crítica punzante que esas negaciones entrañaban, sin pensarlo dos veces no tuve más que afirmar:
«-YO TAMPOCO ENTIENDO POR QUÉ LLORA DOMITILA… »
domingo, 29 de mayo de 2016
domingo, 22 de mayo de 2016
«TAMBORIL, MI PUEBLO AMADO» : LA NUEVA "VELADA A LA VIDA" DE DOÑA ELSA BRITO
Por: Domingo Caba Ramos
(Texto del prólogo al libro Tamboril : Mi pueblo amado, de la maestra y poetisa, Elsa Brito, puesto en circulación el 20 de mayo del 2016 en el Club Casino Primavera, de Tamboril)
“El amor a su pueblo es una expresión tangible del amor a la patria, que es el sentimiento que nace con el entrañable vínculo telúrico de apego a la tierra, al paisaje, a la historia de nuestros mayores…”
(Bruno Rosario Candelier)
En el mes de diciembre del recién pasado año (2015), la licenciada Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de feliz existencia. Como parte de los actos de celebración de tan singular aniversario, la poetisa y consagrada educadora tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida” En esa velada, doña Elsa realiza un vasto recorrido por los caminos, “de bendiciones”, que su “yo peregrino” le ha correspondido transitar durante el curso de su dilata existencia.
Un recorrido en el que, al decir de su autora, se propone contarnos “algo de mí” o en el que se recogen o yacen plasmadas sus más relevantes y vitales huellas : sus vivencias y sus emociones, sus recuerdos y memorias, algo de su historia y “sus eventos matizados de esfuerzo, gloria y alegría” Y al definir los propósitos que la impulsaron a dar a la luz su “Velada a la vida” o ese “algo de ella” que por muchos años llevó dentro, doña Elsa afirma con su característico o poético estilo :
« Ciertamente, hace aproximadamente nueve años, pensé que debía escribir un libro con vivencias y experiencias que puedan recrear mi espíritu… He pensado recoger el bullir de mis recuerdos y sentimientos, como si se tratara de un solo río con distintos torrentes de agua, que al canalizar la tierra, dejan añoranzas, piedras milenarias, arenas húmedas de rocío ; pero sobre todo, un gran canal de fecundidad» ( pág. 24)
Pedro Domínguez Brito, afamado abogado, escritor y articulista, en unas breves notas introductorias tituladas “Los frutos de la velada de la vida”, al referirse a la obra de su madre, apunta que:
«Este libro me hace admirar más a mi progenitora .Contiene reflexiones de alto calibre místico, humano y literario. Su prosa nos envuelve y anima, abrazada de versos que le cantan a coro a la promotora incansable de la fe, a la esposa que ama y comprende, a la educadora de mil generaciones de estudiantes que la valoran, a la viajera del mundo de ilimitados pasos, a la que arriesga sus latidos por su fe, a la amiga que ríe y sufre con el sentir de su entorno, a la que no olvida de dónde viene… » (p.16)
En consonancia con las ideas expresadas en los párrafos precedentes, y en un artículo publicado en la prensa nacional con el título de «Doña Elsa, sus ochenta años y su “Velada la vida”» yo escribí, entre otras ideas, lo siguiente:
«El jueves de la semana pasada (10/12/2015), doña Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de productiva existencia. Con motivo de tan significativo acontecimiento, la destacada maestra y poetisa tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida”, en un concurrido acto que se realizó en el teatro de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Se trata de un texto de intimista esencia o en el que aparecen plasmados aspectos importantes relativos a la vida y pensamiento de la autora, vale decir, un libro que recoge las vivencias o experiencias que en su dilatada trayectoria vital ha cosechado como ciudadana, madre, maestra y escritora» ( La Información, 18/12/2015 )
Escrita en un estilo donde se entremezclan lo lírico y lo épico, lo objetivo y lo subjetivo, la crónica y el verso, conformando así un todo temático de indiscutible pertinencia literaria, esta “Velada” de doña Elsa constituye la auténtica expresión de sus más nobles y genuinos sentimientos. Se trata de un tejido escritural elaborado sin poses ni dobleces. Como bien ella lo aclara y reafirma:
« Este libro – escribe al respecto – tiene la belleza de la imaginación y la fuerza de la verdad extasiada en la vida interior. No hay desdoblamiento de la personalidad. ¡Eso nunca! Hay un Yo unificado expresado en una hermosa simbología que es el Globo de Cristal» (p.21)
La autora está consciente de que son muchos los escritores que publican sus vivencias y/o memorias cuando ya casi están descendiendo al pie del sepulcro. Por eso ella, consciente también de los verdaderos propósitos que la impulsaron a publicar el libro, y convencida, como convencidos estamos todos, de la potencia orgánica y mental, cuasi juvenil, que tipifican sus cotidianos haceres, parece adelantarse ante cualquier desviada presunción al respecto, razón por la cual establece con el más expresivo acento:
«Escribir para dejar de vivir, ¡eso nunca!... Hay nuevos caminos para andar. Hay caminos de bendiciones y caminos por bendecir» (p.25)
Muy segura estaba doña Elsa, cuando esto escribió, de que en su paso por este mundo son muchos los caminos que le faltan por trillar y muchas las veladas que le faltan por publicar. Y una de esas veladas, publicada apenas cinco meses después que la primera, tenía que ser la que genera estas notas, la que alude o recrea su telúrico recorrido por los caminos para ella siempre bendecidos de su patria chica: por los caminos de Tamboril, su pueblo amado.
Y tenía que ser así, pues como bien escribió su hijo Pedro, su madre “no olvida de dónde viene…” Y como no olvida eso – agrego yo - Tamboril está siempre presente en la pantalla mental en la que descansan y se proyectan sus más entrañables y afectivas imágenes. Este no olvido ha quedado más que demostrado, no solo por su asidua presencia en la tierra de sus amores, ni por sus aportes y colaboración en pos de la materialización de cuantos proyectos redunden en bien del desarrollo social, educativo y cultural de su adorada Pajiza Aldea, sino también por haber escrito este libro que la inspirada poetisa me ha concedido la honra y el privilegio de comentar :“Tamboril, mi pueblo amado”, texto de intimista esencia y memorable aliento, en el que “ con mirada de cristal y gozo en el corazón”, la autora vuelca todo el amor que siente y siempre ha sentido por esa “ tierra con olor a samanes y frescos de eterna primavera” llamada Tamboril.
Merced a ese amor, posiblemente ella haya tenido que decir, con las palabras de su compueblano Tomás Hernández Franco (1904 – 1952):
“Yo también fui tamborileña en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
Es el mismo amor que sienten por su lar nativo todos los nacidos en esta dinámica y emprendedora franja municipal llama Tamboril. El mismo amor que llevó al autor de Yelidá a expresar en una conferencia dictada aquí, en su tierra, el 27 de octubre de 1931:
«Tamboril fue el trampolín desde el cual lanceme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes camino de la fantasía y del ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón...»
Y el mismo amor que muestra el brillante bardo tamborileño, cuando en un poema epistolar de elegíaco acento, “Poema anclado para el hijo viajero”, dedicado a su hijo recién nacido, Tomasito, le dice a este con la más paternal y aldeana de las ternuras:
“Hubiera querido verte crecer en tu casa,
en esa casa que es mía y de tu madre,
la de Tamboril, la única, donde vivieron,
mi padre y mi madre, tus abuelos, donde
también vivieron mis abuelos y tus bisabuelos.
Creo que hubiera sido una ventaja para ti tener
tu paisaje, que es, desde que se nace,
la manera más exacta y sencilla
de tener una patria”
Ese amor que siente doña Elsa por el terruño local aparece fielmente plasmado en los primeros versos de su ya clásico y muy famoso “Mi canto a Tamboril” :
«Oh Tamboril adorable,
pinceladas eufóricas,
recogen tus samanes,
y al arrullo del viento,
tus flores amarillas,
se van de prisa a veces,
y no quieren volver»
La escritora y poetisa emplea como telón de fondo la versión completa de este hermoso canto ( primera parte ) para en versos de subjetivo o lírico acento presentarnos un perfil sociográfico, elaborado a partir de los elementos históricos y socioculturales que configuran y/o definen la vida tamborileña y que han logrado convertirse en verdaderos símbolos de “la tierra aldeana” De ahí que en los versos que lo conforman se inserte la lírica referencia a los samanes históricos, al tren que cruzaba por el pueblo, a las cultas damas que en tiempos pasados se solazaban leyendo a Tabaré bajo la sombra de los samanes, el ámbar, el laurel del parque “ con su copa desafiante…”, y los artesanos de las fábricas cigarreras que han “cortado el cigarro/con chaveta hechizada”.
Y, naturalmente, no podía faltar la poética mención de Yelidá, “con su canto sonoro”, monumental composición de antillanita raigambre, escrita por el ya citado y laureado poeta Hernández Franco, composición que a juicio de la autora que nos ocupa: le “dio gala y renombre al poeta/cuando hablaba de dioses noruegos/y de sueños azules/con étaxis augusto/y frenesí de la tierra morena”
Todos estos elementos referenciales aparecen además distribuidos en cada uno de los seis capítulos que conforman la estructura textual de “Tamboril, mi pueblo amado”
Merced a ese amor, Tamboril ha estado en todo momento presente en su visión del mundo. Y de esta visión se desprende la valoración emocional del paisaje local, la estimación estética y espiritual de todo lo que a este atañe, así como su interés por describir las vivencias memoriales que nutren su historia y constituyen la base o piedra angular de sus recuerdos y su nostalgia. Es por ello que las evocaciones, las añoranzas, las imágenes testimoniales y las expresiones de amor al lar nativo pueblan cada espacio y están representadas en cada línea de esta original y significativa obra. La autora es bastante explícita al delinear los verdaderos propósitos que originaron el alumbramiento de esta nueva “Velada vital”:
«Este libro – explica - es un signo visible de los designios de Dios, para plasmar en imágenes, historias y memorias sagradas, vivencias y acontecimientos de vigor relevante acerca de mi querido Tamboril. En una zona de quietud pausada el espíritu se recrea y el recuerdo, como agua milagrosa, fecunda la mente y enciende el corazón para recoger algunas estampas de mi pueblo amado…»
Con la publicación de “Tamboril, mi pueblo amado” ciertamente estamos ante a una nueva “Velada”. Ante un nuevo desplazamiento por caminos diferentes, pero guiado por el mismo hilo conductor o por la misma línea temática de la primera “velada” Una debe percibirse como la continuación de la otra. El mismo enfoque, la misma protagonista, historias, vivencias, nostalgia, emociones, añoranzas y recuerdos parecidos. Y por qué no: el mismo amor.
Ningún detalles se le escapa a la “santa memoria” de esta dinámica educadora de alto vuelo mental, a esta artista de la palabra de fértil imaginación creadora.
En “Tamboril, mi pueblo amado” aparecen expuestas las principales vivencias que vinculan afectivamente a doña Elsa con su entorno, ya sea por medio del verso lírico o de la prosa referencial. Lo lírico y lo épico, la poesía y la crónica, lo objetivo y lo subjetivo, la expresión directa y la construcción metafórica se conjugan para conformar un todo armónico, un cuerpo temático o un producto bibliográfico de indiscutible valor histórico, artístico y cultural.
Nos presenta la autora una ojeada histórica del municipio, imágenes de un alto valor testimonial, su relación con la iglesia del pueblo, el vínculo con su gente, reconocimientos recibidos, actividades relativas a los diferentes proyectos en que ha participado en bien del desarrollo de su comunidad, sus primeros maestros y la expresión de afecto y gratitud hacia estos, su quehacer docente y sus experiencias infantiles.
Además, las costumbres ya perdidas como las vueltas al parque, sus años de estudio, sus crónicas de viaje y reflexiones aventureras, sus vínculos con personalidades importantes, su religiosidad y ligazón a la iglesia, entre otros aspectos, se constituyen en imágenes que, cual cinta cinematográfica, corren por las páginas de este nuevo y e interesante libro que la también autora de “La muralla de los siglos”, esta vez ponen en nuestras manos.
Gran parte de sus actividades con miras a rescatar la imagen del poeta y compueblano Tomás Hernández Franco, igualmente aparecen referidas en “Tamboril, mi pueblo amado”. Porque con justicia vale resaltar, que es doña Elsa una de las personas que más ha trabajado para que este afamado escritor y artista literario permanezca en su justo lugar en la conciencia de los dominicanos en general y de los tamborileños en particular.
También está presente en el libro esa religiosidad y elevada expresión de fe que en su condición de ser altamente creyente ha caracterizado a esta digna hija de Tamboril.
Las imágenes, en el libro, hablan por sí solas. Como forma de comunicación iconográfica, constituyen el más idóneo y didáctico complemento de las palabras.
La obra culmina (sexta parte) con unas reflexiones de alto sentido humano y filosófico. Las titula “Algo de mí”. Se trata de un apartado en el que se percibe un amplio despliegue de su yo, un libre fluir de la conciencia o la expresión de sus más íntimas convicciones. Ideas que bordean lo íntimo, lo personal, lo familiar, su yo profundo. La autora aprovecha para insertar aquí muchas de las imágenes que adoraron su infancia, sin excluir, en ningún momento, la maternal conexión con sus cinco “racimos”, afectivo nombre con el que suele referirse a sus vástagos, a esos hijos que tanto calor, aprecio y apoyo le brindan.
«En este espacio – aclara - quiero sacudir un poco las fibras de mi conciencia, que aunque siempre están en camino, esta ves como broche dorado y experiencias más cercanas a mis valores educativos literarios y familiares. Quiero exprimir mi corazón agarrado con mis propias manos. Quiero abrir fronteras envuelta en el cristal de la alegría, para dejar dibujado en el prisma de la vida tres conceptualizaciones muy importantes para mí»
Nos habla aquí de la vida y de la muerte, de espiritualidad, de la gratitud, incluye una serie de frases de carácter sentencioso y nos explica el valor semiótico de la portada y de lo que ella denomina “Mis espumas”, e incluye versos sueltos de indiscutible valor existencial.
La vida, para la autora “es fluencia abierta” y al contrastarla con la muerte y el más allá considera que:
«La caminata parece una marcha. No hay tiempo para mirar a los lados. Los jardines, los prados, las arenas, el humus o la ceniza que cultivaste ya no los puedes recoger. Estarán en tu conciencia, y la luz de Dios no deja espejismo. Vive de tal manera que cuando te vayas, mucho de ti quede en aquellos que tuvieron la dicha de encontrarte»
Y culminan sus disquisiciones sobre el tema con los versos siguientes:
«Para amar la muerte en su misión divina,
romper con el tiempo su mundo y su vuelo.
Y allá en las alturas de un mundo más libre,
bendecir la vida, saludar la muerte,
en el viaje tunante, de esa gran viajera,
que acarició perlas, de lágrimas ausentes,
que chupó las mieles de rosas silvestres.
¡Oh, mi canto quimérico,
de muerte y vida ansiosa!
Al invertir las cosas, con su ángulo y rumbo,
yo prefiero la vida que se enquista en la muerte,
de mi real destino,
a la muerte de una vida,
sin valor de camino.
¡Oh, muerte y vida entrelazadas!
Te canto y cantando te digo,
que yo vivo en la muerte,
porque espero la vida.»
Esta y otras reflexiones marcan el final de este libro singular, “Tamboril, mi pueblo amado” que la muy ilustrada maestra, escritora y poetisa tamborileña ha querido dar a la luz pública como forma de rendirle homenaje y expresarle su afecto eterno al pueblo de sus emociones e íntimas querencias, de sus vivencias memorables y de sus nostalgias entrañables.
MUCHAS GRACIAS
“El amor a su pueblo es una expresión tangible del amor a la patria, que es el sentimiento que nace con el entrañable vínculo telúrico de apego a la tierra, al paisaje, a la historia de nuestros mayores…”
(Bruno Rosario Candelier)
En el mes de diciembre del recién pasado año (2015), la licenciada Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de feliz existencia. Como parte de los actos de celebración de tan singular aniversario, la poetisa y consagrada educadora tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida” En esa velada, doña Elsa realiza un vasto recorrido por los caminos, “de bendiciones”, que su “yo peregrino” le ha correspondido transitar durante el curso de su dilata existencia.
Un recorrido en el que, al decir de su autora, se propone contarnos “algo de mí” o en el que se recogen o yacen plasmadas sus más relevantes y vitales huellas : sus vivencias y sus emociones, sus recuerdos y memorias, algo de su historia y “sus eventos matizados de esfuerzo, gloria y alegría” Y al definir los propósitos que la impulsaron a dar a la luz su “Velada a la vida” o ese “algo de ella” que por muchos años llevó dentro, doña Elsa afirma con su característico o poético estilo :
« Ciertamente, hace aproximadamente nueve años, pensé que debía escribir un libro con vivencias y experiencias que puedan recrear mi espíritu… He pensado recoger el bullir de mis recuerdos y sentimientos, como si se tratara de un solo río con distintos torrentes de agua, que al canalizar la tierra, dejan añoranzas, piedras milenarias, arenas húmedas de rocío ; pero sobre todo, un gran canal de fecundidad» ( pág. 24)
Pedro Domínguez Brito, afamado abogado, escritor y articulista, en unas breves notas introductorias tituladas “Los frutos de la velada de la vida”, al referirse a la obra de su madre, apunta que:
«Este libro me hace admirar más a mi progenitora .Contiene reflexiones de alto calibre místico, humano y literario. Su prosa nos envuelve y anima, abrazada de versos que le cantan a coro a la promotora incansable de la fe, a la esposa que ama y comprende, a la educadora de mil generaciones de estudiantes que la valoran, a la viajera del mundo de ilimitados pasos, a la que arriesga sus latidos por su fe, a la amiga que ríe y sufre con el sentir de su entorno, a la que no olvida de dónde viene… » (p.16)
En consonancia con las ideas expresadas en los párrafos precedentes, y en un artículo publicado en la prensa nacional con el título de «Doña Elsa, sus ochenta años y su “Velada la vida”» yo escribí, entre otras ideas, lo siguiente:
«El jueves de la semana pasada (10/12/2015), doña Elsa Brito de Domínguez cumplió ochenta años de productiva existencia. Con motivo de tan significativo acontecimiento, la destacada maestra y poetisa tamborileña puso en circulación el libro “Velada a la vida”, en un concurrido acto que se realizó en el teatro de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). Se trata de un texto de intimista esencia o en el que aparecen plasmados aspectos importantes relativos a la vida y pensamiento de la autora, vale decir, un libro que recoge las vivencias o experiencias que en su dilatada trayectoria vital ha cosechado como ciudadana, madre, maestra y escritora» ( La Información, 18/12/2015 )
Escrita en un estilo donde se entremezclan lo lírico y lo épico, lo objetivo y lo subjetivo, la crónica y el verso, conformando así un todo temático de indiscutible pertinencia literaria, esta “Velada” de doña Elsa constituye la auténtica expresión de sus más nobles y genuinos sentimientos. Se trata de un tejido escritural elaborado sin poses ni dobleces. Como bien ella lo aclara y reafirma:
« Este libro – escribe al respecto – tiene la belleza de la imaginación y la fuerza de la verdad extasiada en la vida interior. No hay desdoblamiento de la personalidad. ¡Eso nunca! Hay un Yo unificado expresado en una hermosa simbología que es el Globo de Cristal» (p.21)
La autora está consciente de que son muchos los escritores que publican sus vivencias y/o memorias cuando ya casi están descendiendo al pie del sepulcro. Por eso ella, consciente también de los verdaderos propósitos que la impulsaron a publicar el libro, y convencida, como convencidos estamos todos, de la potencia orgánica y mental, cuasi juvenil, que tipifican sus cotidianos haceres, parece adelantarse ante cualquier desviada presunción al respecto, razón por la cual establece con el más expresivo acento:
«Escribir para dejar de vivir, ¡eso nunca!... Hay nuevos caminos para andar. Hay caminos de bendiciones y caminos por bendecir» (p.25)
Muy segura estaba doña Elsa, cuando esto escribió, de que en su paso por este mundo son muchos los caminos que le faltan por trillar y muchas las veladas que le faltan por publicar. Y una de esas veladas, publicada apenas cinco meses después que la primera, tenía que ser la que genera estas notas, la que alude o recrea su telúrico recorrido por los caminos para ella siempre bendecidos de su patria chica: por los caminos de Tamboril, su pueblo amado.
Y tenía que ser así, pues como bien escribió su hijo Pedro, su madre “no olvida de dónde viene…” Y como no olvida eso – agrego yo - Tamboril está siempre presente en la pantalla mental en la que descansan y se proyectan sus más entrañables y afectivas imágenes. Este no olvido ha quedado más que demostrado, no solo por su asidua presencia en la tierra de sus amores, ni por sus aportes y colaboración en pos de la materialización de cuantos proyectos redunden en bien del desarrollo social, educativo y cultural de su adorada Pajiza Aldea, sino también por haber escrito este libro que la inspirada poetisa me ha concedido la honra y el privilegio de comentar :“Tamboril, mi pueblo amado”, texto de intimista esencia y memorable aliento, en el que “ con mirada de cristal y gozo en el corazón”, la autora vuelca todo el amor que siente y siempre ha sentido por esa “ tierra con olor a samanes y frescos de eterna primavera” llamada Tamboril.
Merced a ese amor, posiblemente ella haya tenido que decir, con las palabras de su compueblano Tomás Hernández Franco (1904 – 1952):
“Yo también fui tamborileña en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
Es el mismo amor que sienten por su lar nativo todos los nacidos en esta dinámica y emprendedora franja municipal llama Tamboril. El mismo amor que llevó al autor de Yelidá a expresar en una conferencia dictada aquí, en su tierra, el 27 de octubre de 1931:
«Tamboril fue el trampolín desde el cual lanceme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes camino de la fantasía y del ensueño y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón...»
Y el mismo amor que muestra el brillante bardo tamborileño, cuando en un poema epistolar de elegíaco acento, “Poema anclado para el hijo viajero”, dedicado a su hijo recién nacido, Tomasito, le dice a este con la más paternal y aldeana de las ternuras:
“Hubiera querido verte crecer en tu casa,
en esa casa que es mía y de tu madre,
la de Tamboril, la única, donde vivieron,
mi padre y mi madre, tus abuelos, donde
también vivieron mis abuelos y tus bisabuelos.
Creo que hubiera sido una ventaja para ti tener
tu paisaje, que es, desde que se nace,
la manera más exacta y sencilla
de tener una patria”
Ese amor que siente doña Elsa por el terruño local aparece fielmente plasmado en los primeros versos de su ya clásico y muy famoso “Mi canto a Tamboril” :
«Oh Tamboril adorable,
pinceladas eufóricas,
recogen tus samanes,
y al arrullo del viento,
tus flores amarillas,
se van de prisa a veces,
y no quieren volver»
La escritora y poetisa emplea como telón de fondo la versión completa de este hermoso canto ( primera parte ) para en versos de subjetivo o lírico acento presentarnos un perfil sociográfico, elaborado a partir de los elementos históricos y socioculturales que configuran y/o definen la vida tamborileña y que han logrado convertirse en verdaderos símbolos de “la tierra aldeana” De ahí que en los versos que lo conforman se inserte la lírica referencia a los samanes históricos, al tren que cruzaba por el pueblo, a las cultas damas que en tiempos pasados se solazaban leyendo a Tabaré bajo la sombra de los samanes, el ámbar, el laurel del parque “ con su copa desafiante…”, y los artesanos de las fábricas cigarreras que han “cortado el cigarro/con chaveta hechizada”.
Y, naturalmente, no podía faltar la poética mención de Yelidá, “con su canto sonoro”, monumental composición de antillanita raigambre, escrita por el ya citado y laureado poeta Hernández Franco, composición que a juicio de la autora que nos ocupa: le “dio gala y renombre al poeta/cuando hablaba de dioses noruegos/y de sueños azules/con étaxis augusto/y frenesí de la tierra morena”
Todos estos elementos referenciales aparecen además distribuidos en cada uno de los seis capítulos que conforman la estructura textual de “Tamboril, mi pueblo amado”
Merced a ese amor, Tamboril ha estado en todo momento presente en su visión del mundo. Y de esta visión se desprende la valoración emocional del paisaje local, la estimación estética y espiritual de todo lo que a este atañe, así como su interés por describir las vivencias memoriales que nutren su historia y constituyen la base o piedra angular de sus recuerdos y su nostalgia. Es por ello que las evocaciones, las añoranzas, las imágenes testimoniales y las expresiones de amor al lar nativo pueblan cada espacio y están representadas en cada línea de esta original y significativa obra. La autora es bastante explícita al delinear los verdaderos propósitos que originaron el alumbramiento de esta nueva “Velada vital”:
«Este libro – explica - es un signo visible de los designios de Dios, para plasmar en imágenes, historias y memorias sagradas, vivencias y acontecimientos de vigor relevante acerca de mi querido Tamboril. En una zona de quietud pausada el espíritu se recrea y el recuerdo, como agua milagrosa, fecunda la mente y enciende el corazón para recoger algunas estampas de mi pueblo amado…»
Con la publicación de “Tamboril, mi pueblo amado” ciertamente estamos ante a una nueva “Velada”. Ante un nuevo desplazamiento por caminos diferentes, pero guiado por el mismo hilo conductor o por la misma línea temática de la primera “velada” Una debe percibirse como la continuación de la otra. El mismo enfoque, la misma protagonista, historias, vivencias, nostalgia, emociones, añoranzas y recuerdos parecidos. Y por qué no: el mismo amor.
Ningún detalles se le escapa a la “santa memoria” de esta dinámica educadora de alto vuelo mental, a esta artista de la palabra de fértil imaginación creadora.
En “Tamboril, mi pueblo amado” aparecen expuestas las principales vivencias que vinculan afectivamente a doña Elsa con su entorno, ya sea por medio del verso lírico o de la prosa referencial. Lo lírico y lo épico, la poesía y la crónica, lo objetivo y lo subjetivo, la expresión directa y la construcción metafórica se conjugan para conformar un todo armónico, un cuerpo temático o un producto bibliográfico de indiscutible valor histórico, artístico y cultural.
Nos presenta la autora una ojeada histórica del municipio, imágenes de un alto valor testimonial, su relación con la iglesia del pueblo, el vínculo con su gente, reconocimientos recibidos, actividades relativas a los diferentes proyectos en que ha participado en bien del desarrollo de su comunidad, sus primeros maestros y la expresión de afecto y gratitud hacia estos, su quehacer docente y sus experiencias infantiles.
Además, las costumbres ya perdidas como las vueltas al parque, sus años de estudio, sus crónicas de viaje y reflexiones aventureras, sus vínculos con personalidades importantes, su religiosidad y ligazón a la iglesia, entre otros aspectos, se constituyen en imágenes que, cual cinta cinematográfica, corren por las páginas de este nuevo y e interesante libro que la también autora de “La muralla de los siglos”, esta vez ponen en nuestras manos.
Gran parte de sus actividades con miras a rescatar la imagen del poeta y compueblano Tomás Hernández Franco, igualmente aparecen referidas en “Tamboril, mi pueblo amado”. Porque con justicia vale resaltar, que es doña Elsa una de las personas que más ha trabajado para que este afamado escritor y artista literario permanezca en su justo lugar en la conciencia de los dominicanos en general y de los tamborileños en particular.
También está presente en el libro esa religiosidad y elevada expresión de fe que en su condición de ser altamente creyente ha caracterizado a esta digna hija de Tamboril.
Las imágenes, en el libro, hablan por sí solas. Como forma de comunicación iconográfica, constituyen el más idóneo y didáctico complemento de las palabras.
La obra culmina (sexta parte) con unas reflexiones de alto sentido humano y filosófico. Las titula “Algo de mí”. Se trata de un apartado en el que se percibe un amplio despliegue de su yo, un libre fluir de la conciencia o la expresión de sus más íntimas convicciones. Ideas que bordean lo íntimo, lo personal, lo familiar, su yo profundo. La autora aprovecha para insertar aquí muchas de las imágenes que adoraron su infancia, sin excluir, en ningún momento, la maternal conexión con sus cinco “racimos”, afectivo nombre con el que suele referirse a sus vástagos, a esos hijos que tanto calor, aprecio y apoyo le brindan.
«En este espacio – aclara - quiero sacudir un poco las fibras de mi conciencia, que aunque siempre están en camino, esta ves como broche dorado y experiencias más cercanas a mis valores educativos literarios y familiares. Quiero exprimir mi corazón agarrado con mis propias manos. Quiero abrir fronteras envuelta en el cristal de la alegría, para dejar dibujado en el prisma de la vida tres conceptualizaciones muy importantes para mí»
Nos habla aquí de la vida y de la muerte, de espiritualidad, de la gratitud, incluye una serie de frases de carácter sentencioso y nos explica el valor semiótico de la portada y de lo que ella denomina “Mis espumas”, e incluye versos sueltos de indiscutible valor existencial.
La vida, para la autora “es fluencia abierta” y al contrastarla con la muerte y el más allá considera que:
«La caminata parece una marcha. No hay tiempo para mirar a los lados. Los jardines, los prados, las arenas, el humus o la ceniza que cultivaste ya no los puedes recoger. Estarán en tu conciencia, y la luz de Dios no deja espejismo. Vive de tal manera que cuando te vayas, mucho de ti quede en aquellos que tuvieron la dicha de encontrarte»
Y culminan sus disquisiciones sobre el tema con los versos siguientes:
«Para amar la muerte en su misión divina,
romper con el tiempo su mundo y su vuelo.
Y allá en las alturas de un mundo más libre,
bendecir la vida, saludar la muerte,
en el viaje tunante, de esa gran viajera,
que acarició perlas, de lágrimas ausentes,
que chupó las mieles de rosas silvestres.
¡Oh, mi canto quimérico,
de muerte y vida ansiosa!
Al invertir las cosas, con su ángulo y rumbo,
yo prefiero la vida que se enquista en la muerte,
de mi real destino,
a la muerte de una vida,
sin valor de camino.
¡Oh, muerte y vida entrelazadas!
Te canto y cantando te digo,
que yo vivo en la muerte,
porque espero la vida.»
Esta y otras reflexiones marcan el final de este libro singular, “Tamboril, mi pueblo amado” que la muy ilustrada maestra, escritora y poetisa tamborileña ha querido dar a la luz pública como forma de rendirle homenaje y expresarle su afecto eterno al pueblo de sus emociones e íntimas querencias, de sus vivencias memorables y de sus nostalgias entrañables.
MUCHAS GRACIAS
Domingo Caba Ramos
Mayo, 20, 2016.
Mayo, 20, 2016.
sábado, 14 de mayo de 2016
"VETE A SEMBRÁ HIELO PA' BANÍ
Por: Domingo Caba Ramos.
“Resulta muy comprensible que una lengua como el español presente diversidad de formas en su pronunciación, en su sintaxis y en su vocabulario. Es normal que las distancias geográficas hagan difícil la comunicación entre personas que viven alejadas unas de otras. Esa falta de contacto conduce a la diferenciación lingüística…”
(Orlando Alba)
El hecho ocurrió en la tarde de un domingo cualquiera del año 1991, en la playa”Quemaíto”, allá, en la lejana ciudad de Barahona.
Las olas rugían cual león embravecido, y como víbora endiablada se desplazaban raudamente por la pista sin límites de la marítima ruta, expulsando hacia las arenas encendidas todo aquello que encontraba a su paso.
Los rayos del sol parecían descender más verticales o candentes que de costumbre, y asociados a una seca brisa que en el ambiente azotaba, quemaban y ennegrecían el rostro de los alegres bañistas. Y en medio del agua refrescante, una pareja de jóvenes de ambos sexos, banilejo él y barahonera ella, escenificaban el más ardiente y cloacal de los enfrentamientos verbales; pero a pesar de la verbal contienda , el mundo, a su alrededor, se comportaba con la más fría indiferencia, vale decir, cada quien parecía estar concentrado en sus privativas acciones y particulares intereses : unos nadaban sin parar, otros jugaban con la arena, un borracho ordeñaba la última botella, dos pescadores adolescentes se zambullían hasta lo más profundo del mar detrás de la presa deseada, mientras que un tanto apartado de los demás, una pareja intercambiaba besos de amor, los cuales, generaban un tenue sonido que en ocasiones se confundía con el eco rumoroso de las olas.
Yo, en cambio, le di seguimiento al otro intercambio (de insultos e improperios), que nada tenía de amoroso y tierno. El llevado a cabo por el banilejo y la barahonera.
Ella, la barahonera, una rubia gordiflona de inconfundible perfil prostibulario, exhibía en la parte delantera e interior de su diminuto traje de baño un “pote” de ron Brugal recién encetado, del cual tomaba al mismo ritmo en que se desarrollaba la encendida discusión .El, de mundano y “tigueril” aspecto, apenas podía hablar. Los signos de la embriaguez yacían plasmados en su rostro de libador sin tregua.
La batalla verbal comenzó, como reza la frase popular, “tú me dices y yo te digo”
La rubia parecía una metralleta. De su boca, más que sonidos articulados, lo que verdaderamente salían eran proyectiles convertidos en palabras. Y entre disparo y disparo, levantaba su codo para impulsar hacia su estómago un sorbo del espirituoso líquido poéticamente calificado por el gran José Martí como la “dulce maldición de las Antillas”
Frente a cada andanada, el banilejo temblaba de rabia, muy especialmente cuando ella lo mandaba a “picá o sembrá hielo pa’ Baní.” :
-“Vete, vete, a sembrá hielo pa’Baní…” - repetía con inocultable sarcasmo, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba una irónica sonrisa.
La furia del hombre era incontenible. El fondo semántico del denostador mandato atrapó mi atención y despertó la curiosidad propia de mi formación lingüística. De ahí que muy pronto entendí que no podía regresar al Cibao sin saber por qué el banilejo que nos ocupa se molestaba tanto cuando lo mandaban a “sembrá hielo pa’ Baní.”
¿Qué significado soporta semejante expresión en esa parte de nuestro país?- me pregunté y pregunté. Y la respuesta no se hizo esperar, ni pudo ser más folklórica:
“Desde hace mucho tiempo - respondió un moreno y barrigón barahonero con aire de versado dialectólogo- ha circulado por estas zonas la versión de que los hombres banilejos son fríos en la cama, esto es, en las relaciones sexuales. Y por esa razón-continuó – la mejor manera de ofenderlos o molestarlos es mandándolos a sembrar hielo”
La respuesta no logró convencerme por considerarla muy impresionista, subjetiva y carente de fundamentación empírica.
Prefiero conferirle valor a la historia que da cuenta de que existía en Baní un señor acaudalado llamado Tomás Velásquez que solía comprar hielo en la Capital para ser utilizado en las fiestas que se celebraban en su residencia. Para conservar o evitar que el hielo se derritiera, don Tomás lo enterraba en el patio de su majestuosa casa. Merced a esta experiencia, los capitaleños que asistían a dichas fiestas, propalaron la noticia de que habían visto en Baní a alguien sembrando hielo.
Sin embargo, oída la pintoresca explicación que me dio el barahonero antes citado, sólo me limité a comentar:
“Cosas de nuestra lengua. Cosas de nuestras variantes regionales. Cosas de nuestras variaciones diatópicas. Cosas de una lengua, la española, la cual si bien posee rasgos comunes que permiten la intercomunicación entre usuarios residentes en regiones y comunidades diferentes, también posee rasgos particulares que definen las variantes propias de una comunidad lingüística determinada”
“Resulta muy comprensible que una lengua como el español presente diversidad de formas en su pronunciación, en su sintaxis y en su vocabulario. Es normal que las distancias geográficas hagan difícil la comunicación entre personas que viven alejadas unas de otras. Esa falta de contacto conduce a la diferenciación lingüística…”
(Orlando Alba)
Imagen del pueblo de Baní
El hecho ocurrió en la tarde de un domingo cualquiera del año 1991, en la playa”Quemaíto”, allá, en la lejana ciudad de Barahona.
Las olas rugían cual león embravecido, y como víbora endiablada se desplazaban raudamente por la pista sin límites de la marítima ruta, expulsando hacia las arenas encendidas todo aquello que encontraba a su paso.
Los rayos del sol parecían descender más verticales o candentes que de costumbre, y asociados a una seca brisa que en el ambiente azotaba, quemaban y ennegrecían el rostro de los alegres bañistas. Y en medio del agua refrescante, una pareja de jóvenes de ambos sexos, banilejo él y barahonera ella, escenificaban el más ardiente y cloacal de los enfrentamientos verbales; pero a pesar de la verbal contienda , el mundo, a su alrededor, se comportaba con la más fría indiferencia, vale decir, cada quien parecía estar concentrado en sus privativas acciones y particulares intereses : unos nadaban sin parar, otros jugaban con la arena, un borracho ordeñaba la última botella, dos pescadores adolescentes se zambullían hasta lo más profundo del mar detrás de la presa deseada, mientras que un tanto apartado de los demás, una pareja intercambiaba besos de amor, los cuales, generaban un tenue sonido que en ocasiones se confundía con el eco rumoroso de las olas.
Yo, en cambio, le di seguimiento al otro intercambio (de insultos e improperios), que nada tenía de amoroso y tierno. El llevado a cabo por el banilejo y la barahonera.
Ella, la barahonera, una rubia gordiflona de inconfundible perfil prostibulario, exhibía en la parte delantera e interior de su diminuto traje de baño un “pote” de ron Brugal recién encetado, del cual tomaba al mismo ritmo en que se desarrollaba la encendida discusión .El, de mundano y “tigueril” aspecto, apenas podía hablar. Los signos de la embriaguez yacían plasmados en su rostro de libador sin tregua.
La batalla verbal comenzó, como reza la frase popular, “tú me dices y yo te digo”
La rubia parecía una metralleta. De su boca, más que sonidos articulados, lo que verdaderamente salían eran proyectiles convertidos en palabras. Y entre disparo y disparo, levantaba su codo para impulsar hacia su estómago un sorbo del espirituoso líquido poéticamente calificado por el gran José Martí como la “dulce maldición de las Antillas”
Frente a cada andanada, el banilejo temblaba de rabia, muy especialmente cuando ella lo mandaba a “picá o sembrá hielo pa’ Baní.” :
-“Vete, vete, a sembrá hielo pa’Baní…” - repetía con inocultable sarcasmo, al mismo tiempo que en sus labios se dibujaba una irónica sonrisa.
La furia del hombre era incontenible. El fondo semántico del denostador mandato atrapó mi atención y despertó la curiosidad propia de mi formación lingüística. De ahí que muy pronto entendí que no podía regresar al Cibao sin saber por qué el banilejo que nos ocupa se molestaba tanto cuando lo mandaban a “sembrá hielo pa’ Baní.”
¿Qué significado soporta semejante expresión en esa parte de nuestro país?- me pregunté y pregunté. Y la respuesta no se hizo esperar, ni pudo ser más folklórica:
“Desde hace mucho tiempo - respondió un moreno y barrigón barahonero con aire de versado dialectólogo- ha circulado por estas zonas la versión de que los hombres banilejos son fríos en la cama, esto es, en las relaciones sexuales. Y por esa razón-continuó – la mejor manera de ofenderlos o molestarlos es mandándolos a sembrar hielo”
La respuesta no logró convencerme por considerarla muy impresionista, subjetiva y carente de fundamentación empírica.
Prefiero conferirle valor a la historia que da cuenta de que existía en Baní un señor acaudalado llamado Tomás Velásquez que solía comprar hielo en la Capital para ser utilizado en las fiestas que se celebraban en su residencia. Para conservar o evitar que el hielo se derritiera, don Tomás lo enterraba en el patio de su majestuosa casa. Merced a esta experiencia, los capitaleños que asistían a dichas fiestas, propalaron la noticia de que habían visto en Baní a alguien sembrando hielo.
Sin embargo, oída la pintoresca explicación que me dio el barahonero antes citado, sólo me limité a comentar:
“Cosas de nuestra lengua. Cosas de nuestras variantes regionales. Cosas de nuestras variaciones diatópicas. Cosas de una lengua, la española, la cual si bien posee rasgos comunes que permiten la intercomunicación entre usuarios residentes en regiones y comunidades diferentes, también posee rasgos particulares que definen las variantes propias de una comunidad lingüística determinada”
jueves, 5 de mayo de 2016
PERFIL SICOLÓGICO DE LA ENVIDIA
Por: Domingo Caba Ramos.
“Espero que tengas una buena razón para envidiarme, pues yo tengo miles para que tu envidia no me importe” (Anónimo)
¿QUÉ ES LA ENVIDIA?
1. La «Tristeza o pesar del bien ajeno» - se lee en el diccionario académico.
2. La «Pasión de los mediocres” – apunta, entre otros conceptos, José Ingenieros (1877 – 1925 ) en su muy leída y citada obra “El hombre mediocre” ( *)
Del primer concepto se infiere que el germen moral de la envidia yace en el sufrimiento que se genera frente al triunfo ajeno, triunfo que el envidioso asume como su propia derrota. Por esa razón, al igual que los hipócritas, los envidiosos se tornan renuentes a reconocer los méritos y el éxito de de los demás, y cuando elogian, sus elogios resultan ser siempre falsos, irónicos, simulados o carentes de sinceridad. Esto quiere decir, que entre la envidia y la hipocresía, las fronteras que las diferencian son bastante difusas. La segunda constiuye lamás fiel expresión de la primera.
El gran parecido entre una y otra lacra de la personalidad, lo describe magistralmente José Ingenieros, cuando acerca de la envidia afirma que «Es pasión traidora y propicia a las hipocresías» (p.138)
La envidia – amplía Ingenieros en la precitada obra - « Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia» (p.137)
Los envidiosos son seres inauténticos, peligrosos, angustiados, sumidos en una tristeza eterna, avergonzados de sus fracasos y ausencia de méritos; y su agria reacción, sin sospecharlo, se traduce en el más auténtico homenaje al ser envidiado. Ingenieros así lo concibe al establecer que:
«Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno» (Ídem)
Entre las diversas lacras que empañan el comportamiento humano (hipocresía, envidia, traición, celos, mentira, simulación…), la envidia, para Ingenieros, es la más innoble de todas. Entiende al respecto el afamado escritor, siquiatra y sicólogo argentino que la envidia:
«Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia – argumenta Ingenieros - se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno. Esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal…» (Ídem)
« Entre las malas pasiones – resume el autor - ninguna la aventaja…» (Ídem)
POR SU CONDUCTA LINGÜÍSTICA “LOS CONOCERÉIS”
¿Cómo identificar a los seres envidiosos?
Basta escucharlos con detenimiento y analizar lo que dicen. Siempre están recordándole el pasado de pobreza y humildad a todo aquel que en base a trabajo y sacrificio ha triunfado o escalado hasta la cima del éxito. De este siempre dirán que es “privón”, “arrogante”, “orgulloso” o “comparón”. Veamos algunas de sus rabiosas expresiones:
1. « ¡Señores, quien era Salustiano!, “un pata rajá”, y mírenlo ahora… Después que consiguió tres pesos, ya no saluda a nadie…»
2. « ¡Pero a ese “pata polvosa” parece que ya se le olvidó de dónde viene o dónde nació y se crio!»
3. « ¡No lo soporto por engreído y comparón! Parece que ya no recuerda quién era, un “rullío" …»
4. «Ese tipo era un simple operario en la Zona Franca y ahora porque tiene un cargo en el gobierno se cree que es “la última Coca-Cola”»
Todo aquel que así se expresa o constantemente vive resaltando las antiguas carencias o penurias del triunfador, es porque la envidia le está devorando el alma o quemando las entrañas. Se trata de palabras que, en su sentido profundo, entrañan pesar, sufrimiento y delatan una rabiosa resistencia a aceptar el triunfo de los demás. Palabras, en fin, que ponen de manifiesto el tormentoso dolor que sentimos cuando vemos que alguien disfruta el éxito y bienestar que tanto deseamos.
( *) - Publicaciones América, S.A., Santo Domingo, s/f, pág. 137
“Espero que tengas una buena razón para envidiarme, pues yo tengo miles para que tu envidia no me importe” (Anónimo)
¿QUÉ ES LA ENVIDIA?
1. La «Tristeza o pesar del bien ajeno» - se lee en el diccionario académico.
2. La «Pasión de los mediocres” – apunta, entre otros conceptos, José Ingenieros (1877 – 1925 ) en su muy leída y citada obra “El hombre mediocre” ( *)
Del primer concepto se infiere que el germen moral de la envidia yace en el sufrimiento que se genera frente al triunfo ajeno, triunfo que el envidioso asume como su propia derrota. Por esa razón, al igual que los hipócritas, los envidiosos se tornan renuentes a reconocer los méritos y el éxito de de los demás, y cuando elogian, sus elogios resultan ser siempre falsos, irónicos, simulados o carentes de sinceridad. Esto quiere decir, que entre la envidia y la hipocresía, las fronteras que las diferencian son bastante difusas. La segunda constiuye lamás fiel expresión de la primera.
El gran parecido entre una y otra lacra de la personalidad, lo describe magistralmente José Ingenieros, cuando acerca de la envidia afirma que «Es pasión traidora y propicia a las hipocresías» (p.138)
La envidia – amplía Ingenieros en la precitada obra - « Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la insignificancia propia» (p.137)
Los envidiosos son seres inauténticos, peligrosos, angustiados, sumidos en una tristeza eterna, avergonzados de sus fracasos y ausencia de méritos; y su agria reacción, sin sospecharlo, se traduce en el más auténtico homenaje al ser envidiado. Ingenieros así lo concibe al establecer que:
«Por sus horcas caudinas pasan, tarde o temprano, los que viven esclavos de la vanidad: desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de su propia tristura, sin sospechar que su ladrido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno» (Ídem)
Entre las diversas lacras que empañan el comportamiento humano (hipocresía, envidia, traición, celos, mentira, simulación…), la envidia, para Ingenieros, es la más innoble de todas. Entiende al respecto el afamado escritor, siquiatra y sicólogo argentino que la envidia:
«Es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. El que envidia – argumenta Ingenieros - se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno. Esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al metal…» (Ídem)
« Entre las malas pasiones – resume el autor - ninguna la aventaja…» (Ídem)
POR SU CONDUCTA LINGÜÍSTICA “LOS CONOCERÉIS”
¿Cómo identificar a los seres envidiosos?
Basta escucharlos con detenimiento y analizar lo que dicen. Siempre están recordándole el pasado de pobreza y humildad a todo aquel que en base a trabajo y sacrificio ha triunfado o escalado hasta la cima del éxito. De este siempre dirán que es “privón”, “arrogante”, “orgulloso” o “comparón”. Veamos algunas de sus rabiosas expresiones:
1. « ¡Señores, quien era Salustiano!, “un pata rajá”, y mírenlo ahora… Después que consiguió tres pesos, ya no saluda a nadie…»
2. « ¡Pero a ese “pata polvosa” parece que ya se le olvidó de dónde viene o dónde nació y se crio!»
3. « ¡No lo soporto por engreído y comparón! Parece que ya no recuerda quién era, un “rullío" …»
4. «Ese tipo era un simple operario en la Zona Franca y ahora porque tiene un cargo en el gobierno se cree que es “la última Coca-Cola”»
Todo aquel que así se expresa o constantemente vive resaltando las antiguas carencias o penurias del triunfador, es porque la envidia le está devorando el alma o quemando las entrañas. Se trata de palabras que, en su sentido profundo, entrañan pesar, sufrimiento y delatan una rabiosa resistencia a aceptar el triunfo de los demás. Palabras, en fin, que ponen de manifiesto el tormentoso dolor que sentimos cuando vemos que alguien disfruta el éxito y bienestar que tanto deseamos.
( *) - Publicaciones América, S.A., Santo Domingo, s/f, pág. 137
domingo, 24 de abril de 2016
RESPETO, PRUDENCIA Y DELICADEZA EN EL USO DE LA LENGUA
Por: Domingo Caba Ramos
Cuando yo estudiaba en la UASD ( licenciatura en Filosofía y Letras), recuerdo que uno de mis profesores que había cursado estudios lingüísticos y filológicos en Francia nos contó que recién llegado a esta nación europea, en la tarde de un domingo cualquiera, por fijar su mirada en una pareja que ardientemente o con pasión desbordada se besaba en un parque público , fue momentáneamente detenido por agentes policiales. Se le acusó de violar el derecho a la intimidad.
¿Por qué le sucedió eso a mi siempre recodado maestro?
Sencillamente, porque junto con su ropa y demás pertenencias, también metió en la maleta, y se llevó a París, el aldeanismo, la cultura de vecindario, el suburbio y el barrio de la República Dominicana. Se trata del mismo aldeanismo y subdesarrollo mental que recientemente mostró el periodista Álvaro Arvelo cuando tronó muy preocupado, porque el padre del niño que hace unos trajo al mundo la Lic. Jenny Berenice, fiscal del Distrito Nacional, no se conoce.
¿Qué le importa a este deslenguado “comunicador” quién es o quién no es el padre de la bella criatura de la eficiente funcionaria judicial o de cualquier otra mujer que haya decidido concebir hijos al margen de una relación formal?
Por conductas lingüísticas parecidas a la del señor Arvelo, hace ya varios años escribí un artículo titulado “Preguntas, afirmaciones y otras indelicadezas expresivas”, texto que por considerarlo de interés, nos permitimos compartir de nuevo con nuestros amables lectores:
PREGUNTAS, AFIRMACIONES Y OTRAS INDELIVADEZAS EXPRESIVAS.
« Si lo que usted va a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállese»
(Proverbio chino)
En la universidad tuve una alumna que era muy flaca, extremadamente flaca. Sus amigos, compañeros de estudio y hasta sus propios familiares no la dejaban en paz:
“¡Dios mío, qué esqueleto!”, “Tú te ves fatal”, “¡Muchacha, ponte a comer para que engordes!”, “¿Pero es el Sida que tú tienes?, eran sólo algunos de los flechazos articulatorios que diariamente recibía la brillante estudiante de mercadeo.
Tengo un amigo que es gordo, extremadamente gordo. Su figura se ha convertido en el blanco predilecto hacia el cual van dirigido los siguientes dardos o proyectiles expresivos:
“¿Y como tú conseguiste toda esa gordura?”, “¿Como cuántas libras tú pesas?”, “¡Tú te ves horrible con toda esa manteca!”, “Cuando paras, yo quiero un marranito”, “¡Muchacho, ponte a correr pa que baje esa panza!”, “Ese arroz como que te está aprovechando...”
Tuve una compañera de trabajo en cuyos años de noviazgo, la presión y el asedio de amigos y relacionados la tenían casi al borde del siquiatra:
“¿Cuántos años tú tienes de amores?”, ¿Y es que ustedes no se piensan casar...? “Tú y tu novio ya son casi hermanos”, “¿Y qué es lo que ustedes esperan…?
Mi amiga por fin contrae nupcias. De inmediato se prepara para convertir en realidad el gran sueño de su vida: tener un hijo, sueño que jamás pudo materializar, debido a que cada vez que paría, sus criaturas nacían muertas. Su inmenso dolor parecía multiplicarse y su depresión se tornaba cada vez más crónica desde el mismo instante en que su tímpano era martillado con frases como estas:
“¡Muchacha, los hijos hay que tenerlos!”, “Un matrimonio sin hijos no es matrimonio…”, “Ponte en tratamiento pa que para…”, “Te vas a volver una viejita y no vas a tener un hijo…”
Obviamente que no hay que ser sicólogo para imaginarse el negativo efecto que expresiones como las preindicadas generan en la mente de quien desea tener un hijo, pero no puede.
A otro de mis amigos le sobra edad para casarse, pero permanece soltero o “solterón”, como peyorativamente prefieren llamarlo algunos. Ha optado él por disfrutar una vida bohemia o practicar el amor de los marineros, quienes, al decir de Pablo Neruda, “besan y se van / en cada puerto dejan un amor / y no vuelven más”. Por adoptar semejante conducta, hasta mi “enllave” llegan casi a diario los más diversos, odiosos e indelicados puyazos verbales:
“¿Ya te casaste…?”, “¿Y para cuándo lo vas a dejar…? “¡Ese tipo es como raro o alguna maña debe tener…! “Ese es un picaflor…”, “Ese carajo debe ser ‘pájaro’…”, “Es un bohemio que le gusta estar con una hoy y otra mañana… “¿A qué le temes…?”
Los anteriores son sólo cinco de los tantos casos de indelicadezas o imprudencias en que suelen incurrir muchos hablantes dominicanos en el uso cotidiano de lengua. Se trata de conductas verbales típicas de sociedades poco desarrolladas, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en las que late el alma del suburbio y la cultura del vecindario. En ese tipo de sociedades, cuando de la vida personal de los demás se trata, todo se indaga, afirma y pregunta. Y en vez de actuar como el sabio, procedemos como el necio.
El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza.
El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.
El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.
Olvidan los necios, en fin, que en el uso de la palabra hay que ser lo más cauto o medido posible, muy especialmente en el instante en que haya que emitir una opinión o formular una pregunta; pues de lo contrario, podría ocurrirnos lo mismo que a la famosa mona curiosa de que nos habla la literatura cubana: por sus reiteradas y necias preguntas, siempre tenía problemas o vivía en permanentes conflictos con los demás animales.
Cuando yo estudiaba en la UASD ( licenciatura en Filosofía y Letras), recuerdo que uno de mis profesores que había cursado estudios lingüísticos y filológicos en Francia nos contó que recién llegado a esta nación europea, en la tarde de un domingo cualquiera, por fijar su mirada en una pareja que ardientemente o con pasión desbordada se besaba en un parque público , fue momentáneamente detenido por agentes policiales. Se le acusó de violar el derecho a la intimidad.
¿Por qué le sucedió eso a mi siempre recodado maestro?
Sencillamente, porque junto con su ropa y demás pertenencias, también metió en la maleta, y se llevó a París, el aldeanismo, la cultura de vecindario, el suburbio y el barrio de la República Dominicana. Se trata del mismo aldeanismo y subdesarrollo mental que recientemente mostró el periodista Álvaro Arvelo cuando tronó muy preocupado, porque el padre del niño que hace unos trajo al mundo la Lic. Jenny Berenice, fiscal del Distrito Nacional, no se conoce.
¿Qué le importa a este deslenguado “comunicador” quién es o quién no es el padre de la bella criatura de la eficiente funcionaria judicial o de cualquier otra mujer que haya decidido concebir hijos al margen de una relación formal?
Minucias
de esa naturaleza solo llenan las agendas de las mentes mediocres y /o de las
comadres de barrios. Lo qué sí importa y tiene valor es la felicidad que siente
la jubilosa madre cada vez que besa,
abraza y sostiene entre sus brazos a su tierno retoño. Lo demás no es más que chisme de "mala monta"
Por conductas lingüísticas parecidas a la del señor Arvelo, hace ya varios años escribí un artículo titulado “Preguntas, afirmaciones y otras indelicadezas expresivas”, texto que por considerarlo de interés, nos permitimos compartir de nuevo con nuestros amables lectores:
PREGUNTAS, AFIRMACIONES Y OTRAS INDELIVADEZAS EXPRESIVAS.
« Si lo que usted va a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállese»
(Proverbio chino)
En la universidad tuve una alumna que era muy flaca, extremadamente flaca. Sus amigos, compañeros de estudio y hasta sus propios familiares no la dejaban en paz:
“¡Dios mío, qué esqueleto!”, “Tú te ves fatal”, “¡Muchacha, ponte a comer para que engordes!”, “¿Pero es el Sida que tú tienes?, eran sólo algunos de los flechazos articulatorios que diariamente recibía la brillante estudiante de mercadeo.
Tengo un amigo que es gordo, extremadamente gordo. Su figura se ha convertido en el blanco predilecto hacia el cual van dirigido los siguientes dardos o proyectiles expresivos:
“¿Y como tú conseguiste toda esa gordura?”, “¿Como cuántas libras tú pesas?”, “¡Tú te ves horrible con toda esa manteca!”, “Cuando paras, yo quiero un marranito”, “¡Muchacho, ponte a correr pa que baje esa panza!”, “Ese arroz como que te está aprovechando...”
Tuve una compañera de trabajo en cuyos años de noviazgo, la presión y el asedio de amigos y relacionados la tenían casi al borde del siquiatra:
“¿Cuántos años tú tienes de amores?”, ¿Y es que ustedes no se piensan casar...? “Tú y tu novio ya son casi hermanos”, “¿Y qué es lo que ustedes esperan…?
Mi amiga por fin contrae nupcias. De inmediato se prepara para convertir en realidad el gran sueño de su vida: tener un hijo, sueño que jamás pudo materializar, debido a que cada vez que paría, sus criaturas nacían muertas. Su inmenso dolor parecía multiplicarse y su depresión se tornaba cada vez más crónica desde el mismo instante en que su tímpano era martillado con frases como estas:
“¡Muchacha, los hijos hay que tenerlos!”, “Un matrimonio sin hijos no es matrimonio…”, “Ponte en tratamiento pa que para…”, “Te vas a volver una viejita y no vas a tener un hijo…”
Obviamente que no hay que ser sicólogo para imaginarse el negativo efecto que expresiones como las preindicadas generan en la mente de quien desea tener un hijo, pero no puede.
A otro de mis amigos le sobra edad para casarse, pero permanece soltero o “solterón”, como peyorativamente prefieren llamarlo algunos. Ha optado él por disfrutar una vida bohemia o practicar el amor de los marineros, quienes, al decir de Pablo Neruda, “besan y se van / en cada puerto dejan un amor / y no vuelven más”. Por adoptar semejante conducta, hasta mi “enllave” llegan casi a diario los más diversos, odiosos e indelicados puyazos verbales:
“¿Ya te casaste…?”, “¿Y para cuándo lo vas a dejar…? “¡Ese tipo es como raro o alguna maña debe tener…! “Ese es un picaflor…”, “Ese carajo debe ser ‘pájaro’…”, “Es un bohemio que le gusta estar con una hoy y otra mañana… “¿A qué le temes…?”
Los anteriores son sólo cinco de los tantos casos de indelicadezas o imprudencias en que suelen incurrir muchos hablantes dominicanos en el uso cotidiano de lengua. Se trata de conductas verbales típicas de sociedades poco desarrolladas, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en las que late el alma del suburbio y la cultura del vecindario. En ese tipo de sociedades, cuando de la vida personal de los demás se trata, todo se indaga, afirma y pregunta. Y en vez de actuar como el sabio, procedemos como el necio.
El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza.
El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.
El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.
Olvidan los necios, en fin, que en el uso de la palabra hay que ser lo más cauto o medido posible, muy especialmente en el instante en que haya que emitir una opinión o formular una pregunta; pues de lo contrario, podría ocurrirnos lo mismo que a la famosa mona curiosa de que nos habla la literatura cubana: por sus reiteradas y necias preguntas, siempre tenía problemas o vivía en permanentes conflictos con los demás animales.
sábado, 9 de abril de 2016
NACIMIENTO DE LA PRENSA NACIONAL
Por: Domingo Caba Ramos
La prensa nació con la fundación de los primeros periódicos dominicanos en 1821.El día 5 de abril de este año comenzó a circular el El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo, dirigido y redactado por el Dr. Antonio María Pineda, convirtiéndose este en el primer periódico fundado en Santo Domingo. Es por eso que el día 5 de abril de cada año, en la República Dominicana se celebra el Día del periodista dominicano.
Se trató de un periódico particular de cuatro páginas y formato mediano. Circulaba cada jueves y en él se publicaban los estados mensuales de recaudación e inversión de las rentas públicas, todo lo referente al comercio, la entrada y salida de buques y otras noticias importantes de la misma clase. Su última edición salió a la luz pública el 26 de julio de 1821.Se trató de una hoja suelta publicada una vez a la semana.
Antonio María Pineda era nativo de las Islas Canarias. En Santo Domingo, donde llegó muy joven, cursó estudios y obtuvo una sólida formación cultural. Obtuvo el título de medicina en la Universidad Santo Tomás de Aquino (hoy UASD), centro en el cual más tarde ejerció como catedrático. Fue considerado como una de las figuras más ilustres de su tiempo.
Tras la segunda edición de “El Telégrafo Constitucional”, aparece “El Duende”, esta vez dirigido por José Núñez de Cáceres. Circulaba cada domingo y se limitaba a comunicar las noticias más relevantes de España y a insertar algunos avisos. En él se publicaron los primeros anuncios comerciales de Santo Domingo. Dejó de existir el 15 de julio de 1821. Se trata, El Duende, del segundo periódico dominicano.
Como se puede apreciar, tanto “El Telégrafo Constitucional” como “El Duende” circulaban cada ocho días, no diariamente. Fue el periodista y escritor, César Nicolás Penson, quien en 1882 funda el primer periódico de circulación diaria, el primer diario dominicano, titulado “El Telegrama”
¡MUCHAS FELICIDADES! A TODOS LOS PERIODISTAS DOMINICANOS EN SU DÍA; PERO MUY ESPECIALMENTE A AQUELLOS QUE EN SU EJERCICIO PROFESIONAL SE HAN CARACTERIZADO POR NO VENDER SUS PALABRAS Y SU SILENCIO.
La prensa nació con la fundación de los primeros periódicos dominicanos en 1821.El día 5 de abril de este año comenzó a circular el El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo, dirigido y redactado por el Dr. Antonio María Pineda, convirtiéndose este en el primer periódico fundado en Santo Domingo. Es por eso que el día 5 de abril de cada año, en la República Dominicana se celebra el Día del periodista dominicano.
Se trató de un periódico particular de cuatro páginas y formato mediano. Circulaba cada jueves y en él se publicaban los estados mensuales de recaudación e inversión de las rentas públicas, todo lo referente al comercio, la entrada y salida de buques y otras noticias importantes de la misma clase. Su última edición salió a la luz pública el 26 de julio de 1821.Se trató de una hoja suelta publicada una vez a la semana.
Antonio María Pineda era nativo de las Islas Canarias. En Santo Domingo, donde llegó muy joven, cursó estudios y obtuvo una sólida formación cultural. Obtuvo el título de medicina en la Universidad Santo Tomás de Aquino (hoy UASD), centro en el cual más tarde ejerció como catedrático. Fue considerado como una de las figuras más ilustres de su tiempo.
Tras la segunda edición de “El Telégrafo Constitucional”, aparece “El Duende”, esta vez dirigido por José Núñez de Cáceres. Circulaba cada domingo y se limitaba a comunicar las noticias más relevantes de España y a insertar algunos avisos. En él se publicaron los primeros anuncios comerciales de Santo Domingo. Dejó de existir el 15 de julio de 1821. Se trata, El Duende, del segundo periódico dominicano.
Como se puede apreciar, tanto “El Telégrafo Constitucional” como “El Duende” circulaban cada ocho días, no diariamente. Fue el periodista y escritor, César Nicolás Penson, quien en 1882 funda el primer periódico de circulación diaria, el primer diario dominicano, titulado “El Telegrama”
¡MUCHAS FELICIDADES! A TODOS LOS PERIODISTAS DOMINICANOS EN SU DÍA; PERO MUY ESPECIALMENTE A AQUELLOS QUE EN SU EJERCICIO PROFESIONAL SE HAN CARACTERIZADO POR NO VENDER SUS PALABRAS Y SU SILENCIO.
domingo, 3 de abril de 2016
HUSSAÍNO GERMOSÉN (In Memoriam)
(Publicado en la prensa nacional el 10 de abril del 2011 )
Por : Domingo Caba Ramos.
Maestro Hussaíno Germosén
El martes, 29/3/2011, falleció a los ochenta y dos años de edad el brillante músico, maestro y director de orquesta tamborileño, Hussaíno Germosén. Con su muerte, Tamboril pierde a uno de sus más distinguidos hijos y Moca, Santiago y el Cibao a uno de sus músicos más preclaros.
Además de padecer graves problemas de salud , había perdido por completo la visión; pero aun en esas condiciones físicas, permaneció durante muchos años al frente de la banda de música de su venerada Pajiza Aldea (Tamboril)
Hussaíno Silfredo Germosén Germosén nació en el municipio de Tamboril, de la provincia de Santiago, el 1 de septiembre de 1929. Hijo de don Manuel de Jesús Germosén y doña Cándida Rosa Germosén, cursó sus estudios primarios en la Escuela Sergio A. Hernández, de su pueblo natal, los secundarios en el Liceo “Francisco Guzmán Comprés”, de la ciudad de Moca y en la P.U.C.M.M inició, pero no terminó, estudios universitarios.
Su sólida formación musical la adquirió gracias a su talento natural y a los diversos estudios que al respecto realizó: en la Academia Municipal de Tamboril estudió música con sus tíos Miguel y Clemente Germosén; en Santiago de los Caballeros, con el profesor Federico G. Camejo y en Moca estudió Armonía y Composición con el maestro Arístides G. Rojas; y piano, con doña Gilda Cruzado de Gitte.
En la región del Cibao fundó y dirigió varias orquestas y bandas de música. También fundó y dirigió academias musicales. En Moca, entre los años 1950 y 1971, fundó la Banda de Música, la Orquesta Quisqueya y la Academia Municipal de Música. En Tamboril funda y dirige la Banda Municipal de Música, la Academia Municipal de Música y la orquesta Sonido 2000. Y en 1979 crea, en Santiago, la prestigiosísima orquesta “Los Caballeros Montecarlo”, compuesta en su totalidad por verdaderos maestros del arte musical.
Aparte de brillar como maestro de música, director de orquesta y virtuoso instrumentista, especialmente del clarinete y el saxofón, este “ Hombre regla”, como lo denominaban sus hermanos, se destacó también como fino compositor de piezas musicales. Compuso marchas, danzones y Zarzuelas; así como sus memorables “Swits 2 de mayo”, dedicada a los héroes y mártires del 2 de mayo, y la “Swits 30 de marzo”, compuesta en honor a los héroes de la Batalla de Santiago.
Incursionó, además, en el arte literario con creaciones tanto en versos como en prosa que desafortunadamente nunca publicó . En 1994 puso en circulación el libro “Tamboril por fuera y por dentro”
Aunque tamborileño de nacimiento, Hussaíno Germosén residió gran parte de su vida en Moca (1950 – 1971), ciudad en la que supo ganarse el cariño y respeto de toda la población, y en la que fue venerado como uno más de sus hijos. Aquí, este reputado artista y caballeroso ser humano, no sólo se convirtió en uno de los principales promotores del arte musical mocano, sino que fue miembro fundador del Club Activo “20 – 30” y de la Sociedad Mutualista “Los Doce” Aquí procreó cinco de sus siete hijos, entre ellos, el Ing. José Germosén, director del otrora conjunto musical “Los astros del ritmo”, y calificado por su condiscípulo, del maestro Luis Ovalles, como un excelente saxofonista. Y aquí, en Moca, formó Hussaíno toda una generación de experimentados músicos, muchos de los cuales brillaron dentro y/o fuera del país, como fue el caso del ya citado y destacado saxofonista Luis Ovalles, director de la famosa y ya disuelta orquesta “Los Juveniles de Moca”
El juicio de los discípulos pone de manifiesto la grandeza del maestro:
« Hussaíno Germosén – apunta Luis Ovalles - sentó las bases de nuestra formación musical. Una formación musical bastante sólida. A todos sus alumnos nos trataba por igual, incluyendo sus propios hijos. Fueron muchos los músicos excelentes que pasaron por sus manos, entre ellos: Nelson Díaz, director del desaparecido conjunto “Nelson Díaz y sus estrellas”, Francisco Santos, Fabio Collado, Freddy Tejada, José Germosén y el diestro percusionista mejor conocido con el nombre de Musiquito. Fue el maestro Hussaíno – concluye Ovalles con inocultable sentimientos de afectos – una persona muy humanitaria, un ser humano excepcional, no sólo como músico, sino como persona. Para mí, más que mi maestro, fue como mi padre, un ejemplo a seguir. Cuando llegó a Moca, nosotros éramos muchachos, y él supo volcar toda su capacidad para proporcionarnos a todos una sólida base musical»
Dos destacados músicos : José Germosén y el maestro Luis Ovalles, ambos alumnos e hijo el primero del maestro Hussaíno Germosén.
«Fue un ser humano ejemplar – confiesa Andrés Marte - un verdadero profesor. Fue mi maestro de música y lo recuerdo por el gran interés que mostraba siempre en que sus alumnos aprendieran bien sus lecciones. Qué Dios lo acoja en su santo seno y que descanse en paz este ilustre ciudadano, ejemplo de servicio al prójimo»
«No sólo fue mi padre –afirma su hijo José Germosén, con voz un tanto entrecortada -, sino también mi maestro. Y de él sólo tengo que decir que como padre, músico, maestro y director de orquesta fue, sencillamente, ¡EXCELENTE! »
Pero la más sentida muestra de cariño y el más conmovedor de los testimonios, nos los presenta otro de sus agradecidos pupilos:
«Con gran tristeza recibí la noticia de la muerte de Hussaíno Germosén. Siempre le estaré agradecido por haber sido él quien primero me instruyó en el arte del solfeo y luego en la disciplina del clarinete y el saxofón. Fue este hombre, sencillo y muy educado, quien me dio la primera oportunidad de tocar en una orquesta grande: "Hussaino Germosen y su orquesta H. G.". A su lado aprendí la dinámica que requiere la interpretación de la música bailable. Hace varios años el maestro se enteró de que yo estaba de visita en Moca y allá se dirigió acompañado de un joven amigo suyo. Estando sentados en mi humilde sala, él sacó un clarinete que guardaba en un bolso negro, lo ensambló y me dijo: “Franco, he venido a saludarle y también a tocarle una canción que usted tocaba cuando era un jovencito”. Tomó aquel instrumento e interpretó la canción norteamericana "Star Dust" (Polvo De Estrella), y estoy seguro que es la mejor versión que he escuchado de la misma. En ese momento, mis ojos se vieron obligados a humedecerse, pues este hombre a quien tanto le debía y ya privado de la visión, me había hecho el honor más grande como persona y como músico. Por la forma en que vivió y actuó en su paso por este mundo, confió en que el Señor ha tenido misericordia de su alma. ¡Maestro querido, muchas gracias por enseñarme y haberme permitido ser su amigo!»
Eso fue el maestro Hussaíno Germosén: uno de los músicos del siglo XX de mayor relieve de la Región y orgullo, no sólo de Tamboril, Moca, Santiago y el Cibao, sino también de la República Dominicana
Por : Domingo Caba Ramos.
Maestro Hussaíno Germosén
El martes, 29/3/2011, falleció a los ochenta y dos años de edad el brillante músico, maestro y director de orquesta tamborileño, Hussaíno Germosén. Con su muerte, Tamboril pierde a uno de sus más distinguidos hijos y Moca, Santiago y el Cibao a uno de sus músicos más preclaros.
Además de padecer graves problemas de salud , había perdido por completo la visión; pero aun en esas condiciones físicas, permaneció durante muchos años al frente de la banda de música de su venerada Pajiza Aldea (Tamboril)
Hussaíno Silfredo Germosén Germosén nació en el municipio de Tamboril, de la provincia de Santiago, el 1 de septiembre de 1929. Hijo de don Manuel de Jesús Germosén y doña Cándida Rosa Germosén, cursó sus estudios primarios en la Escuela Sergio A. Hernández, de su pueblo natal, los secundarios en el Liceo “Francisco Guzmán Comprés”, de la ciudad de Moca y en la P.U.C.M.M inició, pero no terminó, estudios universitarios.
Su sólida formación musical la adquirió gracias a su talento natural y a los diversos estudios que al respecto realizó: en la Academia Municipal de Tamboril estudió música con sus tíos Miguel y Clemente Germosén; en Santiago de los Caballeros, con el profesor Federico G. Camejo y en Moca estudió Armonía y Composición con el maestro Arístides G. Rojas; y piano, con doña Gilda Cruzado de Gitte.
En la región del Cibao fundó y dirigió varias orquestas y bandas de música. También fundó y dirigió academias musicales. En Moca, entre los años 1950 y 1971, fundó la Banda de Música, la Orquesta Quisqueya y la Academia Municipal de Música. En Tamboril funda y dirige la Banda Municipal de Música, la Academia Municipal de Música y la orquesta Sonido 2000. Y en 1979 crea, en Santiago, la prestigiosísima orquesta “Los Caballeros Montecarlo”, compuesta en su totalidad por verdaderos maestros del arte musical.
Aparte de brillar como maestro de música, director de orquesta y virtuoso instrumentista, especialmente del clarinete y el saxofón, este “ Hombre regla”, como lo denominaban sus hermanos, se destacó también como fino compositor de piezas musicales. Compuso marchas, danzones y Zarzuelas; así como sus memorables “Swits 2 de mayo”, dedicada a los héroes y mártires del 2 de mayo, y la “Swits 30 de marzo”, compuesta en honor a los héroes de la Batalla de Santiago.
Incursionó, además, en el arte literario con creaciones tanto en versos como en prosa que desafortunadamente nunca publicó . En 1994 puso en circulación el libro “Tamboril por fuera y por dentro”
Aunque tamborileño de nacimiento, Hussaíno Germosén residió gran parte de su vida en Moca (1950 – 1971), ciudad en la que supo ganarse el cariño y respeto de toda la población, y en la que fue venerado como uno más de sus hijos. Aquí, este reputado artista y caballeroso ser humano, no sólo se convirtió en uno de los principales promotores del arte musical mocano, sino que fue miembro fundador del Club Activo “20 – 30” y de la Sociedad Mutualista “Los Doce” Aquí procreó cinco de sus siete hijos, entre ellos, el Ing. José Germosén, director del otrora conjunto musical “Los astros del ritmo”, y calificado por su condiscípulo, del maestro Luis Ovalles, como un excelente saxofonista. Y aquí, en Moca, formó Hussaíno toda una generación de experimentados músicos, muchos de los cuales brillaron dentro y/o fuera del país, como fue el caso del ya citado y destacado saxofonista Luis Ovalles, director de la famosa y ya disuelta orquesta “Los Juveniles de Moca”
El juicio de los discípulos pone de manifiesto la grandeza del maestro:
« Hussaíno Germosén – apunta Luis Ovalles - sentó las bases de nuestra formación musical. Una formación musical bastante sólida. A todos sus alumnos nos trataba por igual, incluyendo sus propios hijos. Fueron muchos los músicos excelentes que pasaron por sus manos, entre ellos: Nelson Díaz, director del desaparecido conjunto “Nelson Díaz y sus estrellas”, Francisco Santos, Fabio Collado, Freddy Tejada, José Germosén y el diestro percusionista mejor conocido con el nombre de Musiquito. Fue el maestro Hussaíno – concluye Ovalles con inocultable sentimientos de afectos – una persona muy humanitaria, un ser humano excepcional, no sólo como músico, sino como persona. Para mí, más que mi maestro, fue como mi padre, un ejemplo a seguir. Cuando llegó a Moca, nosotros éramos muchachos, y él supo volcar toda su capacidad para proporcionarnos a todos una sólida base musical»
Dos destacados músicos : José Germosén y el maestro Luis Ovalles, ambos alumnos e hijo el primero del maestro Hussaíno Germosén.
«Fue un ser humano ejemplar – confiesa Andrés Marte - un verdadero profesor. Fue mi maestro de música y lo recuerdo por el gran interés que mostraba siempre en que sus alumnos aprendieran bien sus lecciones. Qué Dios lo acoja en su santo seno y que descanse en paz este ilustre ciudadano, ejemplo de servicio al prójimo»
«No sólo fue mi padre –afirma su hijo José Germosén, con voz un tanto entrecortada -, sino también mi maestro. Y de él sólo tengo que decir que como padre, músico, maestro y director de orquesta fue, sencillamente, ¡EXCELENTE! »
Pero la más sentida muestra de cariño y el más conmovedor de los testimonios, nos los presenta otro de sus agradecidos pupilos:
«Con gran tristeza recibí la noticia de la muerte de Hussaíno Germosén. Siempre le estaré agradecido por haber sido él quien primero me instruyó en el arte del solfeo y luego en la disciplina del clarinete y el saxofón. Fue este hombre, sencillo y muy educado, quien me dio la primera oportunidad de tocar en una orquesta grande: "Hussaino Germosen y su orquesta H. G.". A su lado aprendí la dinámica que requiere la interpretación de la música bailable. Hace varios años el maestro se enteró de que yo estaba de visita en Moca y allá se dirigió acompañado de un joven amigo suyo. Estando sentados en mi humilde sala, él sacó un clarinete que guardaba en un bolso negro, lo ensambló y me dijo: “Franco, he venido a saludarle y también a tocarle una canción que usted tocaba cuando era un jovencito”. Tomó aquel instrumento e interpretó la canción norteamericana "Star Dust" (Polvo De Estrella), y estoy seguro que es la mejor versión que he escuchado de la misma. En ese momento, mis ojos se vieron obligados a humedecerse, pues este hombre a quien tanto le debía y ya privado de la visión, me había hecho el honor más grande como persona y como músico. Por la forma en que vivió y actuó en su paso por este mundo, confió en que el Señor ha tenido misericordia de su alma. ¡Maestro querido, muchas gracias por enseñarme y haberme permitido ser su amigo!»
Eso fue el maestro Hussaíno Germosén: uno de los músicos del siglo XX de mayor relieve de la Región y orgullo, no sólo de Tamboril, Moca, Santiago y el Cibao, sino también de la República Dominicana
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