Por : Domingo Caba Ramos.
En diciembre del pasado año, el presidente Danilo Medina, mediante decreto 329-13, aumentó hasta quince mil pesos mensuales el salario mínimo de las pensiones y jubilaciones de los maestros, con retroactividad a partir de octubre de 2013. Se trató, con justicia hay que decirlo, de un apreciable incremento en términos relativos, por cuanto existían maestros que devengaban los irrisorios montos de ocho mil, siete mil, seis mil, cinco mil y hasta menos de cuatro mil pesos mensuales, por lo que al elevarlos a quince mil, eso representó, para una gran cantidad de maestros, un aumento de más de un 100%.
Hasta ahí todo estuvo bien, y por esa razón los educadores beneficiados recibieron y aplaudieron con mucho júbilo la medida presidencial. Hasta el propio ministro de Educación, Carlos Amarante Baret, desbordante de emoción, afirmó en el acto en que se anunció el aumento que “hoy el presidente Danilo Medina decide ponerle fin a la agonía que han venido sufriendo miles de maestros a nivel nacional al ser pensionados con menos de cinco mil pesos mensuales”.
Lo que en realidad no anda bien es la inexplicable irregularidad como se efectúa el pago de la cantidad aumentada, a tal grado que el correspondiente al mes de octubre, en vez del día 18 de este mes, según lo establecido, los maestros lo cobraron el 11 de noviembre, vale decir, casi un mes después. De manera que la agonía de una buena parte de los maestros pensionados y jubilados persiste en lo que al pago respecta. Digo de una buena parte, porque es bueno que los amables lectores sepan o recuerden que extrañamente no todos los profesores pensionados y jubilados están registrados en una misma institución, esto es, unos cobran a través del Ministerio de Hacienda y otros, vía el Instituto Nacional de Bienestar Magisterial (INABIMA).
También conviene recordar que según el Ministerio de Hacienda estableció, en noviembre del 2013, el pago a los pensionados y jubilados civiles debe realizarse los días 18 de cada mes.
¿Qué sucede con los maestros?
Que los que cobran vía INABIMA reciben de manera regular su pago completo en la fecha antes indicada, vale decir el día 18, mientras que a los que les pagan a través del Ministerio de Hacienda, en esta fecha solo reciben el monto devengado antes del aumento, en tanto que el monto aumentado (completivo), le llega un día cualquiera, sin fecha fija, como sucedió, como ya dijimos, en octubre, cuyo pago completivo se efectuó el 11 de noviembre. Solo en el pasado mes de septiembre estos exservidores recibieron sus salarios completos.
En otras palabras, si un maestro cobraba cinco mil pesos antes del aumento, eso continúa recibiendo todos los días 18, mientras que los diez mil pesos restantes, por concepto de completivo, los cobra cuando el mes ha terminado o en la primera o segunda semana del mes siguiente.
¿Es posible que eso ocurra en un momento en que se habla de revolución en la educación dominicana? ¿Cómo es posible que los servidores de una misma institución estén registrados en nóminas diferentes? ¿Cómo es posible que en Era de la tecnología y la automatización de los procesos no se pueda diseñar un sistema informático de manera tal que el pago completo a los maestros pensionados y jubilados se realice sin fallar en la fecha oficialmente establecida? ¿No resulta hasta cierto punto un cuadro lastimero ver a un maestro yendo cuatro y hasta y cinco veces en un día a un cajero automático a revisar si definitivamente fueron depositados los “chelitos” milagrosos? ¿Merecen esos educadores semejante trato, luego de haber dejado su juventud en las aulas escolares?
El ministro de educación, Carlos Amarante Baret, tiene la última palabra.
viernes, 14 de noviembre de 2014
lunes, 10 de noviembre de 2014
¿”CORROBORO, CORROBORO” O “CORREBURRO, CORREBURRO”?
Por: Domingo Caba Ramos.
“Señora: El legislador dominicano es un tipo curioso, alto o bajo de estatura; blanco, indio o moreno de color; delgado o grueso; feo o buen mozo; que estos son los caracteres variables o comunes; su aspecto no es del todo desagradable y hasta parece un hombre civilizado…”
- Francisco Moscoso Puello – “Cartas a Evelina” (1913)
-Dime, querido Vidal,
tú que eres medio letrado,
para ser buen diputado,
a un Congreso Nacional
¿debe ser hombre leal,
de inteligencia y decoro?
No sea penguinche, Teodoro
, que para un congreso ir,
no hay más que saber decir,
corroboro, corroboro.
Si es así, amigo Vidal,
yo tengo un loro educado,
que sería buen diputado,
a un Congreso Nacional,
pues él aunque es animal,
no se venderá por oro,
y sabe tanto mi loro,
que si uno habla por allá,
él contesta por acá,
corroboro. Corroboro.
-Pues Vidal, a mi entender,
creí que los diputados,
eran patriotas y honrados,
y de bastante saber,
que el pueblo sabía escoger,
hombres serios como un toro,
y nunca elegir un moro,
para que sea mal cristiano
, ¿no es así, querido hermano?
corroboro, corroboro.
En los gobiernos pasados,
los jefes que gobernaban,
ellos mismos arreglaban,
moldes para diputados ,
y algunos salían dañados,
pues no servían para coro,
pero otros, créalo, Teodoro,
que antes de al Congreso ir,
los enseñaban a decir,
corroboro, corroboro.
Al pie de las décimas, su autor, el entonces llamado “Cantor del Yaque”, nos presenta un relato anecdótico que no podía ser más jocoso y aleccionador:
« No recuerdo en qué pueblo de la República – escribe Alix - fue que eligieron un diputado al Congreso, y después de elegido le pusieron un maestro para enseñarlo a decir ‘corroboro, corroboro’. Tenía el diputado en cuestión una memoria tan feliz que sólo un mes necesitó para aprenderse la lección, la cual durante el viaje de su pueblo a la capital, repetía diciendo: “para que no se te olvide, corroboro, corroboro, corroboro”. Bien»
Ya en el Congreso, – continúa el poeta – y tan pronto como dejara la palabra un diputado mejor elegido, se levanta nuestro héroe, diciendo: ¿“Me dejan meter el pico…?” Comprendiendo el presidente del Congreso la significación de estas palabras, le contestó que sí, que tenía la palabra. El diputado, después de toser quince veces, escupir y pasarle el pie a lo que había escupido, se tiró del fondillo, que tenía entre peña y peña, se alzó los pantalones y dijo: “Señores: como mi vale, el que acaba de hablar, él yo somos… así… (juntando los dos índices) para que no se te olvide, " ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!"
El Congreso se alarmó y hubo tamaña barahúnda. Unos sacaban revólveres, sus puñales otros, y creyendo que el diputado, que estaba frente a la escalera del edificio, había visto subir algunos hombres armados con intenciones hostiles; pero este, al ver que él era la causa de semejante alboroto, gritó:"¡Alto!, señores, ¡alto! que me he equivocado; yo no he querido decir socorro, yo he querido decir “correburro” Un amigo de este le contestó: "Tampoco es así, colega. Usted querrá decir corroboro, ¿no es así? Sí, señor, justamente, es eso es lo yo he querido decir y se me había olvidado»
Alix termina su relato advirtiendo que:
«Es pues necesario que todos los pueblos de la república tengan presente esta circunstancia para que cuando vuelvan a ofrecerse elecciones para diputados elijan hombres inteligentes y dignos de ocupar tan delicado puesto para abolir para siempre a los correburros»
Se trata de una sabia advertencia que todos los dominicanos deberíamos tener presente en el momento de votar en las elecciones que cada cuatro años se llevan a cabo para elegir a los diputados y senadores que aparentemente nos “representarán” en el Congreso Nacional.
domingo, 9 de noviembre de 2014
MOSEÑOR FLORES
(Notas : El presente artículo fue publicado en La Información por monseñor Benito Ángeles, rector de la Universidad Tecnológica del Cibao, el día 13 de junio de 1991. Por considerarlo de interés, en esa ocasión me permití reproducirlo en mi libro " Tamboril, su gente y su cultura y otros ensayos" (2000). Y por considerarlo de interés lo publico ahora en este espacio. D.C.)
MONSEÑOR FLORES: 25 AÑOS DE EPISCOPADO
Por : Monseñor Benito Ángeles
«Es mejor hablar de la vida de monseñor Flores que de sus obras. Aunque no podemos separar la una de la otra. Su vida episcopal en La Vega, ha sido siempre encauzar el pensamiento transmitido por Mateo 20, 28: “no he venido a ser servido sino a servir”.
Son 25 años de episcopado, todos ellos en La Vega. Un episcopado de fecundidad, trabajo, sacrificio, entrega, renuncias, generosidad, testimonio de fe, pobreza, humildad, amor, nunca buscando a sí mismo, sino el bien y lo mejor para los demás. Monseñor Flores, un hombre de Dios y de su pueblo, sacerdote por excelencia.
Cuántas energías y fuerzas gastadas para promover las vocaciones sacerdotales y religiosas. De ahí su primer lanzamiento a una obra que ya ha dejado ver tantos frutos: el Seminario Menor Santo Cura de Arz., en Pontón, La Vega. No menos atención ha sabido dar a la defensa de la justicia y la promoción de los campesinos y obreros. Ocho (8) volúmenes de consumo interno resumen todos sus trabajos escritos sólo sobre justicia social. Siempre al lado de los más pobres para promoverlos, evangelizarlos y ofrecerles asistencia de caridad. De aquí la creación y construcción de los Centros de Promoción Campesina, Instituto Diocesano de Catequesis y Caritas Diocesanas.
Ante las inclemencias del tiempo provocadas por el ciclón David en 1979, fundó en bien de los damnificados la Asociación Pro - Educación y Desarrollo, Inc., para organizar la distribución de solares y ayudar a construir casitas a familias pobres. Otra expresión de su afán por los pobres se manifiesta en su dedicación incondicional, como grandes y tantas las obras en que directa e indirectamente ha estado implicado monseñor Flores Santana.
Veamos algunas tan significativas como importantes, para el desarrollo religioso, social y cultural. Nos referimos a :
La puesta en valor del Sitio Histórico de la Concepción de La Vega. La Zona Franca Industrial de La Vega, entre otros. Algunos datos biográficos nos dan luz para conocer más de cerca a un mitrado sellado por el servicio con amor. Monseñor Juan Antonio Flores Santana.
Nació el día 3 de julio del 1927 en Bocas de Licey, Tamboril, provincia de Santiago, República Dominicana. Hijo legítimo de Faustino de Jesús Flores y Secundina Santana. En 1941 ingresó al Seminario Menor en el Santo Cerro, La Vega, donde por cinco años hizo estudios de bachillerato y Humanidades; luego 3 años de Filosofía en el Seminario Mayor Santo Tomás de Aquino, en Santo Domingo, estudios equivalentes a los de licenciatura. Luego fue becado por la Pontificia Universidad de Comillas (España) para estudiar Teología, el 1 de octubre de 1950.
Obtuvo la licenciatura, Magna Cum Laude, en Teología en 1954. Se ordenó Sacerdote el 12 de julio de 1953 en la Pontificia Universidad de Comillas (España). Se graduó de Licenciado en Derecho Canónico por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma, Magna Cum Laude, en 1956. Hizo el doctorado en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad de Comillas (España), de 1958 a 1959.
Fue canciller del obispado y párroco de Santiago y luego profesor de Filosofía y Ciencias Jurídicas en la Universidad Católica Madre y Maestra de Santiago de los Caballeros. Rector del Seminario Menor San Pio X, en esa misma ciudad, de 1963 a 1966. Nombrado obispo de La Vega el 12 de junio de 1966. Fue presidente de las Comisiones Episcopales de Pastoral Familiar y de Catequesis. Miembro del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) por varios años y de la III Conferencia en Puebla, México.
Ha escrito varios libros: “Dios y El Hombre” (600 págs.); “Vivamos con gozo nuestro sacerdocio”; “Sectas en América Latina”; “La Isla Española, Cuna de la Evangelización de América, Primicias en La Vega Real”; “Los Últimos Sucesos del Hombre y su Situación Definitiva” y otros libros más pequeños.
FELICIDADES! MONSEÑOR FLORES, en sus 25 años de Episcopado de Obispo de nuestra amada diócesis de La Vega.
La Vega, el Cibao y el País le aman de corazón y agradecen su generosa entrega.»
domingo, 2 de noviembre de 2014
¿ES CORRECTO PRONUNCIAR LA Z EN HISPANOAMÉRICA?
Por: Domingo Caba Ramos.
La pregunta que sirve de título al presente artículo es muy común en los cursos de lengua española que se imparten en nuestras universidades. La respuesta a tan importante cuestionamiento lingüístico bien podría resumirse como sigue:
Una de las características del español de América es el seseo. Consiste este fenómeno lingüístico en pronunciar como s las letras z y c, esta última ante las vocales e, i, (ciguapa – ceguera). Tales letras representan el mismo sonido, vale decir, no debe establecerse entre ellas distinción fonética. De ahí que la sílaba za, en la palabra zapato, deba pronunciarse igual que sa, en sapo. O, lo que es lo mismo, en el mundo hispánico se escribirá “zapato”, pero se pronunciará siempre “sapato”.
No sucede igual en el centro, norte y este de España, en cuyas hablas se pronuncia como z la s y la c que precede a las vocales e, i, originándose así el fenómeno llamado ceceo. En tal virtud, un hablante ceceante dirá [zemana] por semana, [revizión] por revisión, [zemento] por cemento, [zine] por cine.
Aunque el ceceo es un fenómeno dialectal presente en algunas zonas del sur de España, su difusión en esa zona es de mucho menor extensión que el seseo.
“El seseo – se lee en el Diccionario panhispánico de dudas – es general en toda Hispanoamérica, lo es en Canarias y en parte de Andalucía, y se da en algunos puntos de Murcia y Bandajoz. También existe seseo entre las clases populares de Valencia, Cataluña, Mallorca y el País Vasco, cuando hablan castellano, y se da asimismo en algunas zonas rurales de Galicia. El seseo meridional español (andaluz y canario) y el hispanoamericano gozan de total aceptación en la norma culta” (2005: 598) .
De la cita e ideas preindicadas se infiere lo siguiente:
a) Todos los hispanoamericanos son seseantes, por tanto, en esta parte del mundo hispanohablante, la letra z carece por completo de esencia fonética o sonido propio, esto es, funciona no como fonema, sino como la expresión gráfica del fonema /s/. Lo mismo sucede con la c, la cual se pronuncia como s ( ante e,i ) y como k ( ante a,o, u ).
b) Conforme a lo expresado en el apartado anterior, en Hispanoamérica es inaceptable pronunciar la z con una articulación distinta de la que se da a la s, como lo enseñaba el maestro dominicano en la escuela antigua. Vale recordar al respecto lo que siempre nos decía un profesor y destacado lingüista en mis años de estudios en la UASD: “Quien en Hispanoamérica mete la z en la pronunciación, también mete la pata…”
c) Si bien el ceceo cubre un radio de acción que abarca la mayor parte de España, no es verdad que todos los españoles son ceceantes o “hablan con la zeta”, como se afirma popularmente. Este fenómeno, como ya se explicó, sólo se verifica en el centro, norte y este de España. Los canarios en su totalidad, así como una buena parte de andaluces, murcianos, catalanes y gallegos, son seseantes, vale decir, pronuncian las palabras “azul”, “cine”, “Saturno” y “corazón”, como las articula un dominicano, un colombiano o un cubano. Dirían, pues [ asul], [ sine] , [ Saturno] y [ corazón ]
jueves, 30 de octubre de 2014
EL VIAJE DE LA LENGUA ( 3 )
Por: Domingo Caba Ramos
(Consideraciones sobre el español de América)
Tercera parte
Desde los primeros informes remitidos a los Reyes Católicos, Colón insertó en su Diario de navegación la afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con amor y no por fuerza” Y al referirse a los indios de la Española, los describe y presenta a los Reyes afirmando que son «la mejor gente del mundo y más mansas; y sobre todo que tengo mucha esperanza en Nuestro Señor de que Vuestras Altezas los harán todos cristianos…» Con estas palabras, fácil resulta apreciarlo, el Almirante comenzaba a sentar las bases de la empresa que más tarde las páginas de la historia registrarían con el nombre de Evangelización de América.
«Al exponer tales conceptos – aclara al respecto Max Henríquez Ureña –Colón era el intérprete de un propósito que sabía grato a los Reyes Católicos: la conquista espiritual del Nuevo Mundo» (“Panorama histórico de la literatura dominicana” (1965, tomo 1, Pág. 14)
Para hacer posible ese ideal, la lengua jugaría un importante papel por cuanto la cristianización implicaba necesariamente un proceso previo de hispanización o castellanización. Como bien lo concibe Ángel Rosenblat cuando sostiene que « Las instrucciones Reales de toda la primera época involucraban la enseñanza del español» (La hispanización de América, Pág. 193) Y más adelante (Pág. 194) enfatiza la idea al considerar que « El castellano era el instrumento de la catequización…»
La enseñanza de la doctrina cristiana, y con ella la del español, estuvo a cargo de los frailes (fundamentalmente franciscanos y dominicos) que viajaban en las expediciones a cumplir dicha misión en cada uno de los territorios conquistados. Acudían, al decir de Rosenblat, a “hispanizar” o a “castellanizar” al Nuevo Mundo.
Pero la labor evangelizadora de los misioneros no resultó tan sencilla como pudo haberlo concebido Colón y sus gentes. Es cierto que la convivencia entre indios y españoles favoreció el intercambio de lenguas en uno y otro sentido. Es cierto que un grupo considerable de nativos aprendió la lengua de los conquistadores; pero también es cierto que la gran mayoría de la población indígena se resistió a abandonar sus hábitos lingüísticos, mostrando, en consecuencia, un abierto rechazo por la lengua española.
Ante este hecho, los predicadores muy pronto comprendieron que los objetivos hispanizadores trazados por la corona no se alcanzarían a través de la enseñanza del español a los aborígenes. Que era necesario invertir el método de acción seguido hasta ese momento, vale decir, en lugar de los indios dedicarse al aprendizaje de la lengua de los conquistadores, eran estos quienes debían aprender las lenguas de aquellos para filtrar por medio de ellas los patrones culturales del imperio español y destruir por efecto de esta filtración los modelos culturales nativos, o, como apunta Rosenblat, para « penetrar en ese mundo misterioso y temible de los indios, conocer sus costumbres, comprender su mentalidad, descifrar sus sentimientos y pensamientos, describir su historia, su vida» ( Ob. Cit.,Pág. 198 )
Podría pensarse que en virtud de este cambio de actitud, las lenguas aborígenes terminaron imponiéndose sobre el español, pero realmente no sucedió así. Los españoles, lo mismo que su religión y sus costumbres, lograron implantar su lengua en las nuevas tierras descubiertas. Y no podía ocurrir de otra forma, toda vez que el poder imperial que ellos representaban necesariamente tenía que ponerse de manifiesto en el plano de la lengua, y esta realidad, unida al maltrato que de ellos recibían los indios, dio origen a que muy pronto desaparecieran no sólo las lenguas de estos, sino también ellos mismos como raza. En este orden, y refiriéndose a los indios de las Antillas mayores, don Jacobo de Lara afirma que poco después del descubrimiento “Se había extinguido la lengua taína en dichas islas, sobre todo en La Española donde el puñado de indios que aún quedaba, hablaba el idioma de sus conquistadores, un castellano salpicado de taíno…” (“Sobre Pedro Henríquez Ureña y otros ensayos”, 1982, Pág. 275)
En términos parecidos se expresa Maximiliano Jiménez Sabater, al sostener que "por desigual, el enfrentamiento lingüístico entre taínos y españoles, estos no solamente lograron ir imponiendo su idioma al nuevo pueblo sojuzgado, sino que por espacio de sesenta años provocaron el exterminio de una población calculada entre 300,000 a más de un millón de habitantes” (“El español en República Dominicana” Suplemento Isla Abierta, No. 292, marzo, 1987)
De todos modos, lo que nadie osa negar es que como producto de ese enfrentamiento se operó un proceso de adopción recíproca en el que por un lado voces del español pasaron a las lenguas nativas de América y, por otro, palabras y conceptos aprendidos en los nuevos territorios fueron incorporados por los conquistadores en la lengua peninsular.
Desaparecidos los indios, la Corona apeló al recurso de introducir negros africanos al Nuevo Mundo en condición de esclavos para reemplazar la ya extinguida fuerza de trabajo indígena, generándose así, un nuevo conflicto idiomático que habría de incidir de manera significativa en la conformación del español de América, puesto que como resultado del mismo, el grupo étnico emergente logró asimilar en forma casi absoluta la lengua de sus amos, la cual, a su vez, se enriqueció bastante con el aporte lingüístico africano. Merced a esta realidad, el español de América se constituye en la expresión última, vale decir, la expresión lingüística resultante de la mezcla del español peninsular con las lenguas aborígenes americanas y algunas lenguas africanas.
Algunos estudiosos de la lengua han sido lo suficientemente específicos al proponer los períodos de conformación del español americano. Guillermo Guitarte, por ejemplo, propone tres etapas:
1) Período de origen.
2) Período de institucionalización.
3) Período de independencia.
El primero de esos períodos abarca la época más temprana de la colonización. El segundo comprende la segunda época, y el tercero cubre la época posterior a la independencia de los pueblos hispanoamericanos.
(Consideraciones sobre el español de América)
Tercera parte
Desde los primeros informes remitidos a los Reyes Católicos, Colón insertó en su Diario de navegación la afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con amor y no por fuerza” Y al referirse a los indios de la Española, los describe y presenta a los Reyes afirmando que son «la mejor gente del mundo y más mansas; y sobre todo que tengo mucha esperanza en Nuestro Señor de que Vuestras Altezas los harán todos cristianos…» Con estas palabras, fácil resulta apreciarlo, el Almirante comenzaba a sentar las bases de la empresa que más tarde las páginas de la historia registrarían con el nombre de Evangelización de América.
«Al exponer tales conceptos – aclara al respecto Max Henríquez Ureña –Colón era el intérprete de un propósito que sabía grato a los Reyes Católicos: la conquista espiritual del Nuevo Mundo» (“Panorama histórico de la literatura dominicana” (1965, tomo 1, Pág. 14)
Para hacer posible ese ideal, la lengua jugaría un importante papel por cuanto la cristianización implicaba necesariamente un proceso previo de hispanización o castellanización. Como bien lo concibe Ángel Rosenblat cuando sostiene que « Las instrucciones Reales de toda la primera época involucraban la enseñanza del español» (La hispanización de América, Pág. 193) Y más adelante (Pág. 194) enfatiza la idea al considerar que « El castellano era el instrumento de la catequización…»
La enseñanza de la doctrina cristiana, y con ella la del español, estuvo a cargo de los frailes (fundamentalmente franciscanos y dominicos) que viajaban en las expediciones a cumplir dicha misión en cada uno de los territorios conquistados. Acudían, al decir de Rosenblat, a “hispanizar” o a “castellanizar” al Nuevo Mundo.
Pero la labor evangelizadora de los misioneros no resultó tan sencilla como pudo haberlo concebido Colón y sus gentes. Es cierto que la convivencia entre indios y españoles favoreció el intercambio de lenguas en uno y otro sentido. Es cierto que un grupo considerable de nativos aprendió la lengua de los conquistadores; pero también es cierto que la gran mayoría de la población indígena se resistió a abandonar sus hábitos lingüísticos, mostrando, en consecuencia, un abierto rechazo por la lengua española.
Ante este hecho, los predicadores muy pronto comprendieron que los objetivos hispanizadores trazados por la corona no se alcanzarían a través de la enseñanza del español a los aborígenes. Que era necesario invertir el método de acción seguido hasta ese momento, vale decir, en lugar de los indios dedicarse al aprendizaje de la lengua de los conquistadores, eran estos quienes debían aprender las lenguas de aquellos para filtrar por medio de ellas los patrones culturales del imperio español y destruir por efecto de esta filtración los modelos culturales nativos, o, como apunta Rosenblat, para « penetrar en ese mundo misterioso y temible de los indios, conocer sus costumbres, comprender su mentalidad, descifrar sus sentimientos y pensamientos, describir su historia, su vida» ( Ob. Cit.,Pág. 198 )
Podría pensarse que en virtud de este cambio de actitud, las lenguas aborígenes terminaron imponiéndose sobre el español, pero realmente no sucedió así. Los españoles, lo mismo que su religión y sus costumbres, lograron implantar su lengua en las nuevas tierras descubiertas. Y no podía ocurrir de otra forma, toda vez que el poder imperial que ellos representaban necesariamente tenía que ponerse de manifiesto en el plano de la lengua, y esta realidad, unida al maltrato que de ellos recibían los indios, dio origen a que muy pronto desaparecieran no sólo las lenguas de estos, sino también ellos mismos como raza. En este orden, y refiriéndose a los indios de las Antillas mayores, don Jacobo de Lara afirma que poco después del descubrimiento “Se había extinguido la lengua taína en dichas islas, sobre todo en La Española donde el puñado de indios que aún quedaba, hablaba el idioma de sus conquistadores, un castellano salpicado de taíno…” (“Sobre Pedro Henríquez Ureña y otros ensayos”, 1982, Pág. 275)
En términos parecidos se expresa Maximiliano Jiménez Sabater, al sostener que "por desigual, el enfrentamiento lingüístico entre taínos y españoles, estos no solamente lograron ir imponiendo su idioma al nuevo pueblo sojuzgado, sino que por espacio de sesenta años provocaron el exterminio de una población calculada entre 300,000 a más de un millón de habitantes” (“El español en República Dominicana” Suplemento Isla Abierta, No. 292, marzo, 1987)
De todos modos, lo que nadie osa negar es que como producto de ese enfrentamiento se operó un proceso de adopción recíproca en el que por un lado voces del español pasaron a las lenguas nativas de América y, por otro, palabras y conceptos aprendidos en los nuevos territorios fueron incorporados por los conquistadores en la lengua peninsular.
Desaparecidos los indios, la Corona apeló al recurso de introducir negros africanos al Nuevo Mundo en condición de esclavos para reemplazar la ya extinguida fuerza de trabajo indígena, generándose así, un nuevo conflicto idiomático que habría de incidir de manera significativa en la conformación del español de América, puesto que como resultado del mismo, el grupo étnico emergente logró asimilar en forma casi absoluta la lengua de sus amos, la cual, a su vez, se enriqueció bastante con el aporte lingüístico africano. Merced a esta realidad, el español de América se constituye en la expresión última, vale decir, la expresión lingüística resultante de la mezcla del español peninsular con las lenguas aborígenes americanas y algunas lenguas africanas.
Algunos estudiosos de la lengua han sido lo suficientemente específicos al proponer los períodos de conformación del español americano. Guillermo Guitarte, por ejemplo, propone tres etapas:
1) Período de origen.
2) Período de institucionalización.
3) Período de independencia.
El primero de esos períodos abarca la época más temprana de la colonización. El segundo comprende la segunda época, y el tercero cubre la época posterior a la independencia de los pueblos hispanoamericanos.
viernes, 24 de octubre de 2014
EL VIAJE DE LA LENGUA ( 2 )
Por: Domingo Caba Ramos
(Consideraciones sobre el español de América)
- Segunda parte -
Quizás no exista otra variante dialectal que como el español de América haya sido objeto de tantos estudios dentro y fuera del mundo hispanohablante. Talvez no nos encontremos con otra modalidad lingüística acerca de la cual se hayan formulado tantas teorías y juicios contrapuestos. No obstante esta realidad, el destacado investigador, lingüista y dialectólogo español, nacionalizado mexicano, Juan Miguel Lope Blanch (1927/2002), considera que el español de América continúa siendo “un ilustre desconocido…”
Entre las diversas teorías que se han propuestos en su intento de explicar el desarrollo histórico del español de América, se destacan, por su importancia y relevancia, las que versan acerca de la base dialectal, delimitación en áreas lingüísticas y la influencia del sustrato indígena en su conformación.
En el presente trabajo, si bien serán abordados otros aspectos de vital interés relacionados con el tema tratado, se prestará especial atención a los tres problemas antes citados. Del español de América, serán objeto de enfoque y tratamiento, entre otros, los aspectos siguientes: origen, períodos de conformación, base lingüística, áreas dialectales, características, variedad y unidad. Tal enfoque habrá de realizarse, como es natural, a partir de la lectura de algunos de los trabajos que acerca de esta modalidad idiomática han sido escritos por famosos dialectólogos americanos y europeos, tales como Pedro H. Ureña, M.L. Wagner, L. Canfield, Amado Alonso, Juan Miguel Lope Blanch, Ángel Rosenblat, Guillermo Guitarte, Rodolfo Lenz y Germán de Granda Gutiérrez.
Las ideas y/o posturas teóricas de cada uno de estos autores serán sometidas a un proceso de dialéctica confrontación por entender que sólo así podemos formarnos una idea más objetiva de la compleja realidad dialectal del ámbito lingüístico hispanoamericano.
Como ya fue expresado en la primera parte de este ensayo, el español de América comenzó a formarse a partir del mismo día en que Cristóbal Colón pisó por primera vez tierras americanas (oct.12, 1492). En el curso del proceso formativo o largo camino recorrido por esta variante del español peninsular han debido mediar estadios o momentos decisivos para su nacimiento y posterior desarrollo. En ese sentido, hay quienes hablan, Amado Alonso, entre otros, de las sucesivas nivelaciones del idioma que tuvieron lugar antes y durante la conquista, así como de los enfrentamientos lingüísticos que de estos acontecimientos se derivaron.
Lo de las nivelaciones se explica si se toma en cuenta que los expedicionarios que acompañaron procedían de diferentes regiones de España y hablaban, en tal virtud, dialectos distintos. Este hecho creaba la necesidad de nivelar u homogenizar esos dialectos como única manera de poder entenderse en el proyecto común que llevarían a cabo. De aquí que se hayan señalado tres tipos de nivelaciones:
a) Nivelación originada en Sevilla. Lugar en cuyo puerto los expedicionarios de procedencias diversas debieron adoptar un código lingüístico común por las necesidades prácticas que tenían para poder intercomunicarse.
b) Nivelación en Canarias. Lugar en el que los expedicionarios solían hacer escala en su ruta hacia el Nuevo Mundo.
c) Nivelación en Santo Domingo. Una tercera nivelación del español de América se materializó en Santo Domingo o Isla Española por ser este el punto geográfico a dónde venían a parar los expedicionarios para ser distribuidos hacia los demás territorios americanos.
“Santo Domingo – apunta Pedro Henríquez Ureña – fue el primer centro de americanización del español”. Y citando al afamado lingüista colombiano Rufino José Cuervos señala que: “Puede decirse que La Española fue en América el campo de aclimatación donde empezó la lengua castellana a acomodarse a las nuevas necesidades. Como en esta isla ordinariamente hacían escala y se formaban o reforzaban las expediciones sucesivas, iban llevando a cada parte el caudal lingüístico acopiado, que después seguían aumentando o acomodando en los nuevos países conquistados” (El español en Santo Domingo, 1978, Pág. 43)
En La Española los conquistadores aprendían nuevos términos los cuales eran llevados a las regiones que poco a poco iban explorando.
Enfrentamientos linguísticos.
El encuentro y convivencia entre indios y españoles dio lugar al primer choque cultural y, por ende, al primer enfrentamiento lingüístico del Nuevo Mundo. Este enfrentamiento entre el español y las lenguas aborígenes americanas estuvo propiciado por las aspiraciones expansionistas del imperio español. En otras palabras, fue el resultado del proceso de conquista y colonización llevado a cabo por Cristóbal al servicio de la corona española.
El primer problema que confrontaron los españoles desde el mismo instante en que sentaron planta en América fue de naturaleza lingüística, toda vez que no poseían una terminología común que les permitiera entenderse con los indios y dominar sin grandes tropiezos la nueva realidad. Se trataba, pues, de infranqueables barreras idiomáticas que exploradores y colonizadores tenían que vencer como única manera de materializar las hegemónicas intenciones de la ambiciosa empresa colombina.
Tan pronto el descubridor entró en contacto con el llamado Nuevo Mundo, pudo darse cuenta que la conquista política de este solo podía ser posible a partir de la conquista espiritual de los indios que lo poblaban, de tal modo que estos aceptaran pacíficamente el nuevo orden que se le trataba de imponer. De ahí que registrara en su diario de navegación la famosa afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que por fuerza”. Merced a este empeño, y convencidos de que sin unidad lingüística no puede haber dominio político, los españoles optaron por aprender las lenguas de los aborígenes y al mismo tiempo la corona recomendó que se enseñara a estos el idioma de los conquistadores.
De esta manera se cumplió lo expresado por Antonio de Nebrija cuando en el prólogo de su Gramática Castellana (1492) escribió aquello de que “siempre la lengua fue compañera del imperio”
(Consideraciones sobre el español de América)
- Segunda parte -
Quizás no exista otra variante dialectal que como el español de América haya sido objeto de tantos estudios dentro y fuera del mundo hispanohablante. Talvez no nos encontremos con otra modalidad lingüística acerca de la cual se hayan formulado tantas teorías y juicios contrapuestos. No obstante esta realidad, el destacado investigador, lingüista y dialectólogo español, nacionalizado mexicano, Juan Miguel Lope Blanch (1927/2002), considera que el español de América continúa siendo “un ilustre desconocido…”
Entre las diversas teorías que se han propuestos en su intento de explicar el desarrollo histórico del español de América, se destacan, por su importancia y relevancia, las que versan acerca de la base dialectal, delimitación en áreas lingüísticas y la influencia del sustrato indígena en su conformación.
Las ideas y/o posturas teóricas de cada uno de estos autores serán sometidas a un proceso de dialéctica confrontación por entender que sólo así podemos formarnos una idea más objetiva de la compleja realidad dialectal del ámbito lingüístico hispanoamericano.
Como ya fue expresado en la primera parte de este ensayo, el español de América comenzó a formarse a partir del mismo día en que Cristóbal Colón pisó por primera vez tierras americanas (oct.12, 1492). En el curso del proceso formativo o largo camino recorrido por esta variante del español peninsular han debido mediar estadios o momentos decisivos para su nacimiento y posterior desarrollo. En ese sentido, hay quienes hablan, Amado Alonso, entre otros, de las sucesivas nivelaciones del idioma que tuvieron lugar antes y durante la conquista, así como de los enfrentamientos lingüísticos que de estos acontecimientos se derivaron.
Lo de las nivelaciones se explica si se toma en cuenta que los expedicionarios que acompañaron procedían de diferentes regiones de España y hablaban, en tal virtud, dialectos distintos. Este hecho creaba la necesidad de nivelar u homogenizar esos dialectos como única manera de poder entenderse en el proyecto común que llevarían a cabo. De aquí que se hayan señalado tres tipos de nivelaciones:
a) Nivelación originada en Sevilla. Lugar en cuyo puerto los expedicionarios de procedencias diversas debieron adoptar un código lingüístico común por las necesidades prácticas que tenían para poder intercomunicarse.
b) Nivelación en Canarias. Lugar en el que los expedicionarios solían hacer escala en su ruta hacia el Nuevo Mundo.
c) Nivelación en Santo Domingo. Una tercera nivelación del español de América se materializó en Santo Domingo o Isla Española por ser este el punto geográfico a dónde venían a parar los expedicionarios para ser distribuidos hacia los demás territorios americanos.
“Santo Domingo – apunta Pedro Henríquez Ureña – fue el primer centro de americanización del español”. Y citando al afamado lingüista colombiano Rufino José Cuervos señala que: “Puede decirse que La Española fue en América el campo de aclimatación donde empezó la lengua castellana a acomodarse a las nuevas necesidades. Como en esta isla ordinariamente hacían escala y se formaban o reforzaban las expediciones sucesivas, iban llevando a cada parte el caudal lingüístico acopiado, que después seguían aumentando o acomodando en los nuevos países conquistados” (El español en Santo Domingo, 1978, Pág. 43)
En La Española los conquistadores aprendían nuevos términos los cuales eran llevados a las regiones que poco a poco iban explorando.
Enfrentamientos linguísticos.
El encuentro y convivencia entre indios y españoles dio lugar al primer choque cultural y, por ende, al primer enfrentamiento lingüístico del Nuevo Mundo. Este enfrentamiento entre el español y las lenguas aborígenes americanas estuvo propiciado por las aspiraciones expansionistas del imperio español. En otras palabras, fue el resultado del proceso de conquista y colonización llevado a cabo por Cristóbal al servicio de la corona española.
El primer problema que confrontaron los españoles desde el mismo instante en que sentaron planta en América fue de naturaleza lingüística, toda vez que no poseían una terminología común que les permitiera entenderse con los indios y dominar sin grandes tropiezos la nueva realidad. Se trataba, pues, de infranqueables barreras idiomáticas que exploradores y colonizadores tenían que vencer como única manera de materializar las hegemónicas intenciones de la ambiciosa empresa colombina.
Tan pronto el descubridor entró en contacto con el llamado Nuevo Mundo, pudo darse cuenta que la conquista política de este solo podía ser posible a partir de la conquista espiritual de los indios que lo poblaban, de tal modo que estos aceptaran pacíficamente el nuevo orden que se le trataba de imponer. De ahí que registrara en su diario de navegación la famosa afirmación de que la raza aborigen “mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que por fuerza”. Merced a este empeño, y convencidos de que sin unidad lingüística no puede haber dominio político, los españoles optaron por aprender las lenguas de los aborígenes y al mismo tiempo la corona recomendó que se enseñara a estos el idioma de los conquistadores.
De esta manera se cumplió lo expresado por Antonio de Nebrija cuando en el prólogo de su Gramática Castellana (1492) escribió aquello de que “siempre la lengua fue compañera del imperio”
sábado, 18 de octubre de 2014
TÍTULO NO ES LO MISMO QUE OCUPACIÓN
Por: Domingo Caba Ramos.
El autor cuando recibió su título de Maestría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo ( UASD )
Acerca de las voces “Ocupación” y “Título”, apunta el diccionario académico lo siguiente:
OCUPACIÓN:
1. Trabajo o cuidado que impide emplear el tiempo en otra cosa. 2. Trabajo, empleo, oficio. 3. Actividad, entretenimiento.
TÍTULO:
“Testimonio o instrumento dado para ejercer un empleo, dignidad o profesión”
De los conceptos precedentes, claramente se infiere que un título es una especie de facultad o poder que se le otorga a alguien para ejercer un trabajo, oficio u ocupación. Esto parece no entenderlo la Junta Central Electoral cuando en el proceso de expedición de la nueva cédula de identidad y electoral acepta que en el reglón OCUPACIÓN, se coloque el título que obtuvo la persona (Lic., Dr., Ing.) en vez del oficio que esta realiza para captar los ingresos que le permitan resolver los múltiples problemas que la vida le plantea.
Una ocupación es una actividad, un oficio, una profesión, un quehacer. Un título generalmente es un documento que faculta para ejercer esa ocupación, oficio o profesión. Por ejemplo, si usted es licenciado o doctor en Derecho y “ejerce profesionalmente la dirección y defensa de las partes en toda clase de procesos o el asesoramiento y consejo jurídico” (DRAE), lo lógico es que consigne ABOGADO en la ocupación y no Lic. o Dr., títulos que también se otorgan a quienes han cursado otras carreras, tales como Educación, Sicología, Administración, Comunicación Social, Medicina etc.
Igualmente quien se haya graduado de doctor en Medicina, en lugar de DOCTOR, lo que debería consignarse como verdadera ocupación es MÉDICO por aquello de que es la persona que habitualmente profesa o ejerce la medicina. Por esa razón, cuando en mi nueva cédula el empleado que me asistió (uno de mis exalumnos universitarios) se adelantó y escribió que mi ocupación era LICENCIADO, le dije con el más cortés pero imperativo y firme acento: « Favor corregir eso y donde dice LICENCIADO escriba MAESTRO, por la sencilla razón de que en mi trabajo universitario yo desempeño el puesto de MAESTRO, no de LICENCIADO»
Más por respeto que por convencimiento, el susodicho empleado procedió a realizar la corrección.
Ahora bien, si por vanidad, arrogancia o presunción el ciudadano insiste en que se le coloque el título y no la profesión u oficio específico, es papel de la Junta Central Electoral no aceptar ese caprichoso, ilógico y artificioso juego. Desafortunadamente, en nuestro país no existe tradición de solicitar asesoría lingüística antes de ejecutar medidas que impliquen el uso de términos que puedan generar dudas, contradicción o confusión. Por esa razón, en la nueva cédula de identidad y electoral para indicar la ocupación se está colocando el título recibido en lugar del oficio que ejerce la persona.
El autor cuando recibió su título de Maestría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo ( UASD )
Acerca de las voces “Ocupación” y “Título”, apunta el diccionario académico lo siguiente:
OCUPACIÓN:
1. Trabajo o cuidado que impide emplear el tiempo en otra cosa. 2. Trabajo, empleo, oficio. 3. Actividad, entretenimiento.
TÍTULO:
“Testimonio o instrumento dado para ejercer un empleo, dignidad o profesión”
De los conceptos precedentes, claramente se infiere que un título es una especie de facultad o poder que se le otorga a alguien para ejercer un trabajo, oficio u ocupación. Esto parece no entenderlo la Junta Central Electoral cuando en el proceso de expedición de la nueva cédula de identidad y electoral acepta que en el reglón OCUPACIÓN, se coloque el título que obtuvo la persona (Lic., Dr., Ing.) en vez del oficio que esta realiza para captar los ingresos que le permitan resolver los múltiples problemas que la vida le plantea.
Una ocupación es una actividad, un oficio, una profesión, un quehacer. Un título generalmente es un documento que faculta para ejercer esa ocupación, oficio o profesión. Por ejemplo, si usted es licenciado o doctor en Derecho y “ejerce profesionalmente la dirección y defensa de las partes en toda clase de procesos o el asesoramiento y consejo jurídico” (DRAE), lo lógico es que consigne ABOGADO en la ocupación y no Lic. o Dr., títulos que también se otorgan a quienes han cursado otras carreras, tales como Educación, Sicología, Administración, Comunicación Social, Medicina etc.
Igualmente quien se haya graduado de doctor en Medicina, en lugar de DOCTOR, lo que debería consignarse como verdadera ocupación es MÉDICO por aquello de que es la persona que habitualmente profesa o ejerce la medicina. Por esa razón, cuando en mi nueva cédula el empleado que me asistió (uno de mis exalumnos universitarios) se adelantó y escribió que mi ocupación era LICENCIADO, le dije con el más cortés pero imperativo y firme acento: « Favor corregir eso y donde dice LICENCIADO escriba MAESTRO, por la sencilla razón de que en mi trabajo universitario yo desempeño el puesto de MAESTRO, no de LICENCIADO»
Más por respeto que por convencimiento, el susodicho empleado procedió a realizar la corrección.
Ahora bien, si por vanidad, arrogancia o presunción el ciudadano insiste en que se le coloque el título y no la profesión u oficio específico, es papel de la Junta Central Electoral no aceptar ese caprichoso, ilógico y artificioso juego. Desafortunadamente, en nuestro país no existe tradición de solicitar asesoría lingüística antes de ejecutar medidas que impliquen el uso de términos que puedan generar dudas, contradicción o confusión. Por esa razón, en la nueva cédula de identidad y electoral para indicar la ocupación se está colocando el título recibido en lugar del oficio que ejerce la persona.
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