miércoles, 15 de mayo de 2013

EL BOGOTAZO: VISTO Y RELATADO POR TOMÁS HERNÁNDEZ FRANCO.
  (Al Ing. Rafael Tomás Hernández Ramos)

 Por: Domingo Caba Ramos.

El día 9 de abril de 1948,  mientras se llevaba a cabo en Bogotá, Colombia, la Novena Conferencia Internacional Americana, muere, asesinado en plena vía pública de la capital colombiana, el fogoso y carismático líder liberal Jorge Eliécer Gaitán (1903 – 1948), originando tan repudiado crimen la revuelta cívico – popular que la historia iberoamericana registra con el nombre de El Bogotazo.

El asesinato del popularísimo líder, considerado por el doctor Joaquín Balaguer (1906-2002) como “el mayor conductor de masas que he conocido”, provocó violentos disturbios y un incontrolable motín popular en todo el territorio colombiano; pero especialmente en la capital, que costó numerosas víctimas y depredaciones.

 En torno al histórico acontecimiento, Balaguer, quien junto al poeta, narrador y periodista tamborileño Tomás Hernández Franco, participaba en la precitada Conferencia como delegado, en representación de la República Dominicana, en su libro autobiográfico “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, 1998, pág.313, apunta lo siguiente :

 « Cuando una hora después descendimos hacia la Plaza Santander, caminando hacia el antiguo Hotel Granada, ya desaparecido, advertimos que las calles empezaban a ser invadidas por multitudes vociferantes que se hacían rápidamente dueñas de la ciudad. Bogotá fue prácticamente saqueada. El palacio de San Carlos, asiento del Ministro de Relaciones Exteriores, había sido convertido en un montón de ruinas. El Palacio del Arzobispado, así como numerosos conventos fueron pastos de las llamas. Hubo un miembro de la Delegación Dominicana, el poeta Tomás Hernández Franco, que se mezcló imprudentemente entre los revoltosos y estuvo a punto de perder la vida arrastrado por la marea de esos tumultos callejeros…» 

Como podrá apreciarse, Hernández Franco (1904 -1952), además de testigo y relator, fue también actor en los hechos que conformaron el famoso Bogotazo. Sus impresiones acerca de este histórico acontecimiento están contenidas en un interesantísimo texto – reportaje muy poco conocido en el mundo literario dominicano, cuyo contenido se trascribe a continuación, consciente de su inmenso valor histórico, periodístico y literario:

BOGOTÁ (*)

“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana” 

 (Luis de Mesa Neira)

«Eran las 8 de la mañana cuando terminaba de leer un comentario sustantivo del doctor Luis López Mesa, dirigiéndome al Hotel Granada para desayunarme. Bogotá no había querido compartir la aurora y permanecía escondida en el casquete inmenso de la lluvia.

 La ciudad vivía sin inmutarse en lo más mínimo bajo el azote de la lluvia pertinaz. ¿Qué más daba un aguacero prolongado, si el agua benéfica hermoseaba la ornamentación caprichosa de sus grandes monumentos, la belleza sugerente de sus carreras y de sus paseos, y ponía en movimiento a millares de autos, tranvías y autobuses que le daban a la metrópolis arrestos de ciudad gigante? 

El Hotel Granada era un colmenar. Entraban y salían los forasteros. Eran rostros de hombres que confluían de toda América, y las terrazas y los pasillos y los mil compartimientos constituían sitios propicios a los más diversos cambios de impresiones. Yo abandoné el hotel, y fui de compras por tiendas y por bazares, dejando apartados muchísimos objetos que luego se me enviarían al “Granada”. 

Entretanto, el tiempo se iba engullendo las horas. Era ya el mediodía. Seguían moviéndose por la Carretera Sétima, y en la fauces lejanas de la avenida iban perdiéndose el sin fin de transeúntes y carromotores. Yo, regresado a mi hospedaje, había hecho de mi ventana balcón que no dejaba. Desde allí observé, cómo acercándose ya la una, salían de oficinas y de comercios, de fábricas y de bufetes, las lindas bogotanas y los graves caballeros que arrebataban a los golfos “El Espectador”, “El Siglo”, o “El Tiempo”, en tanto que la vocinglería de los radios, bocinas y sirenas multiplicaban la manifestación potente de vida que daba la ciudad bajo la lluvia.

 Miré el reloj. Faltaban diez minutos para la una de la tarde, cuando de pronto unas detonaciones de revólver y un caramillo que se hacía casi a mis pies, hacíame volverme rápido hacia poniente: a menos de veinte codos yacía el Dr. Jorge Eliécer Gaitán, a quien había visto dejar su bufete en asocio de Plinio Mendoza Neira y de otras relevantes figuras del liberalismo colombiano, para dirigirse a un restaurant a hacer del buen yantar un motivo para continuar la ininterrumpida charla política.

 Disparar sobre Gaitán y manifestarse a plenitud el corazón de la ciudad hecho ansiedad y confusión demoledora, fue uno. No pude distinguir más que el peso avasallador de la multitud enardecida: eran mujeres y eran hombres; eran chicos y eran viejos, todos con los rostros crispados, los brazos en altos, los puños amenazantes, convergiendo hacia el sitio de la tragedia, volcando autos y derribando tranvías, destruyendo ventanas e incendiando edificios. Era un ciclón colosal, sin nombre, inenarrable, del que no destacó más que, en un instante dado, segundos después de los disparos hechos al ídolo del liberalismo colombiano, que un muchacho alto, rubio, vigoroso que gritaba a voz en cuello : ¡Viva la revolución! ¡Abajo la Panamericana!, y tras él seguía la multitud enfebrecida, delirante, desenfrenada, destruyendo, destruyendo y destruyendo con fervor implacable y salvaje.

 La tromba humana seguía atropellando. Por todas partes oíanse, disparos, descargas de metralla, llamas, caras siniestras, ruidos disímiles e ininterrumpidos y lluvia. La lluvia continuaba más fuerte, más inclemente que nunca. Bogotá era un remolino de pasiones desbordadas. «Mataron a Gaitán!, se oía decir a veces, y hombres y mujeres inundados en llanto y en cólera continuaban su marcha sin reposo y su acción destructora. Yo fui absorbido por aquella tromba humana y salvaje. Me olvidé de mi condición de diplomático. ¿Quién iba a saberlo? Yo tampoco lo sabía. Lo había olvidado. Yo no era yo. Era un ion perdido entre aquel maremágnum incontrolable. 

Había dejado mi hotel y quise avanzar sin saber a dónde, ni por qué. Me empujaba una fuerza ciega, como ciega era aquella ola embravecida y apasionada que se olvidó de la lluvia, del trabajo, de la amistad y hasta de Dios. Caminé. Dí unos pasos. Retrocedí. Caí cien veces y otras tantas me levantó el grupo que pateaba y vociferaba, que disparaba tiros y blandía cuchillos y maderos, que lanzaba piedras y recibía ráfagas de metralla y lluvia de granadas y de gases lacrimógenos. En un momento dado, cuando había peleado yo con aquella masa anónima, arrebaté un rifle a un policía y avancé, disparando, haciendo fuego a diestro y siniestro, quebrando a culatazo a quien se me oponía. No sé cómo no me mataron. Yo continuaba ebrio de rabia y de locura, llegando a las cercanías de la antañona iglesia de San Fernando que ya no era más que un hacinamiento de ruinas humeantes.

 El agua continuaba cayendo a cántaros. Serían ya las cinco de la tarde, y el combate continuaba. Estaba yo en las vecindades del Capitolio y a mis pies, casi, cayeron, barridos por el plomo vomitado por la riflería, quién sabe cuántos hombres. Paré un instante. Por un décimo de segundo me hice la pregunta de por qué estaba allí, en medio del peligro, cuando un machetazo despegaba la cabeza a un muchacho que gritaba casi a mi diestra. Entonces me acerqué a un muro, casi en el momento en que un poste ornamental caía arrancado de cuajo por un grupo rabioso que inundaba la plaza.

 Alguien me habló. No sé qué me dijo. No pude avanzar más. No supe qué fue de mí. Había perdido el conocimiento. Se había hecho la sombra en mi cerebro. Yo no era yo. ¿Era cierto cuanto estaba viendo? A las ocho de la noche, la batahola sin nombre entraba a su término. Amainaba un poco. No así los incendios que seguían consumiendo manzanas enteras. Treinta y cinco edificios inmensos estaban hechos pavesas y no sé cuántos centenares de pequeñas edificaciones, barriadas enteras habían corrido igual suerte. Bogotá estaba en escombros.

 Ocho horas habían bastado para quebrar todo el encanto de aquella urbe magnífica y orgullosa que se había convertido en el asiento de todo un continente. Ocho horas de furia humana, llegada a los extremos más inexplicables, había sido suficientes para producir una catástrofe que no la habría hecho mayor un terremoto ni un ciclón. Ocho horas de fuego, de lanzamientos de gases y de combate cuerpo a cuerpo en mil sitios distintos al mismo tiempo, botaron a la Atenas de América con su tradición de civilización helena gaya maestría y su belleza y modernidad no igualada a mil leguas a la redonda. Bogotá era esa noche un hacinamiento humeante.

 Y no había sido pesadilla todo aquello. Era la visión directa de aquella gran tragedia, cuando todo un pueblo se arrancó furioso a Dios y se convirtió en bestia incontrolada e indómita, dejando lejos, perdida como epitafio a lo que Bogotá y Colombia habían sido, la frase de López de Mesa: 

“Ser colombiano es ser digno del cumplimiento de la más alta función humana”» 


 (*) - Este texto, escrito por Hernández Franco tres semanas después de ocurrido el hecho que se relata, permaneció inédito hasta 1990, año en que lo publiqué en el periódico La Información, de Santiago. Años más tarde, el 28 de mayo del 2003, fue publicado en la edición especial del suplemento literario “Biblioteca” (Listín Diario), dirigido  por el escritor y exministro de Cultura, José Rafael Lantigua. A partir de esta fecha ha sido publicado en otros medios, entre estos, la revista literaria Mythos , julio 2010. : https://issuu.com/revistamythos/docs/mythos_46   (D.C.).

lunes, 6 de mayo de 2013

¿EL MARATÓN O LA MARATÓN ?
  Por: Domingo Caba Ramos.

 En un cable de prensa publicado en el diario ecuatoriano El Universo (17/4/2013) se lee lo siguiente:

 «Las dos bombas que estallaron en medio de una multitud cerca de la meta en la Maratón de Boston causando la muerte de tres personas dispararon una búsqueda exhaustiva de los autores de un ataque que la Casa Blanca dijo que sería tratado como "un acto terrorista"»

 Sobre el mismo hecho, la agencia de noticias británica Reuters informó que :

«Las bombas usadas el lunes contra el Maratón de Boston, que causaron tres muertos y 176 heridos, fueron fabricadas usando ollas a presión como superestructura, pólvora como el explosivo y perdigones como metralla adicional»

Nótese que mientras en el primer cable se habla de “la maratón”, en femenino; el segundo se refiere a “el maratón”, en masculino. Ante esta doble forma genérica, sé que más de un lector se preguntará de inmediato, ¿cuál, entonces, es la forma correcta, “el maratón” o “la maratón”?

 Es posible que la mayoría afirme que la primera, pues se escucha más agradable y concordante, y al mismo tiempo rechace la segunda por percibirla discordante, chocante y desagradable, toda vez que la voz masculina maratón aparece modificada por un determinante femenino (la), sintagma que a todas luces contraviene una de las reglas generales de la concordancia que establece que el artículo concuerda con el sustantivo en género y número.

Sin embargo, según el criterio académico, ambas formas, “el maratón” y “la maratón”, son adecuadas; vale decir, la palabra maratón puede emplearse tanto en masculino como en femenino. Acerca de dicha palabra, el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, p.417, establece lo siguiente:

 maratón. ‘Carrera pedestre de resistencia’ y, en general, ‘competición de resistencia o actividad larga e intensa’. Esta voz comenzó a circular en el primer tercio del siglo xx con género masculino; posteriormente, por influjo del género de prueba o carrera, se ha ido extendiendo su uso en femenino, también válido: «Kurtis fue segundo en el maratón de Hong Kong» (Clarín [Arg.] 3.7.87); «Lo vimos de pantalón corto y cintillo corriendo una maratón» (Hoy [Chile] 2-8.6.97). No debe usarse la grafía marathón.

  De la cita anterior se infiere que el término maratón puede utilizarse en doble género, primero, porque dicha palabra, por su propia naturaleza, pertenece al género masculino (concordancia gramatical)); segundo, porque alude a dos formas femeninas: a una ‘carrera’ y a una ‘competición’ (concordancia de sentido). Merced a este juicio, son gramaticalmente válidos enunciados del tipo:

 1. Él nunca ha competido en un maratón.
 2. Él nunca ha competido en una maratón.

viernes, 26 de abril de 2013

LA MAGIA DE LA LECTURA .

Por: Domingo Caba Ramos


 La lectura es una actividad, una operación, un proceso mental que capacita al hombre para alcanzar diferentes metas y enfrentar muchos de los problemas que la vida le plantea.

 En los tiempos modernos la lectura ocupa un lugar de primerísima importancia. Cada vez se hace más imperiosa la necesidad de poseer una mayor información y formación cultural, esto es, de estar al día de los últimos acontecimientos acaecidos tanto en el ámbito nacional como internacional. Y eso, obviamente, solo se logra a través de la lectura.

 La lectura nutre el intelecto, recrea el espíritu, activa la imaginación y orienta el rumbo que conduce a la meta deseada. Ella nos permite captar una nueva y más amplia visión del mundo y un agudo conocimiento del medio que nos rodea.

La lectura franquea el camino del arte y abre las puertas del conocimiento científico. Los grandes hombres y mujeres de la humanidad fueron antes que todo, grandes lectores.

 Emmanuel Kant, por ejemplo, gracias a su constante actividad lectora, logró forjarse un dominio casi enciclopédico de la filosofía y cultura universal sin haber salido nunca de su natal pueblecito, Konigsberg (Alemania); en tanto que de Miguel Cervantes, autor de una de la más genial de las novelas escritas en lengua española, El Quijote, se afirma que leía hasta los papeles rotos que encontraba en la calle.

 Es innegable la poderosa influencia que ejerce un libro en el desarrollo histórico social. “Del destino de los libros - apunta M. Ilim - depende con frecuencia el destino de las gentes, de los pueblos y hasta de los países”.

 La lectura actúa como soporte teórico de la práctica profesional. Esto quiere decir que un médico, maestro, abogado, ingeniero o cualquier otro profesional que no se actualice mediante la lectura constante, está condenado a ser un profesional mediocre o atrasado académicamente.

 Urge, pues, incentivar la lectura de obras literarias, tratados científicos, periódicos, revistas y todo tipo de material bibliográfico. Como reza en la muy conocida frase: " Quien no lee no tiene derecho a la palabra"

 La escuela, en este sentido, está llamada a desempeñar un papel protagónico, vale decir, se hace necesario que la lectura cubra un espacio privilegiado en el trabajo escolar. Porque como bien observó don Pedro Henríquez Ureña: “El hábito y amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal”.

 Sabemos, como afirma el gran humanista dominicano, que el bajo “desarrollo de las bibliotecas públicas y de las bibliotecas escolares no permite todavía a los maestros disponer de la variedad de libros que necesitarían para revelar al niño la multitud de casos interesantes que le brinda la lectura”. Pero entendemos, no obstante, que unidos, optimistas y animados de la mejor intención es mucho lo que podemos hacer para que en República Dominicana se ensanche cada vez más el reducido círculo de lectores que hasta ahora tenemos.

 Sólo así podemos evitar que los dominicanos continúen “pesando” los libros antes de leerlos. Y sólo así evitaremos que unas lindas jóvenes vuelvan a declarar en un Concurso de Belleza que América fue descubierta en 1980, que este continente fue descubierto por Juan Pablo Duarte, que a Juan Bosch se le concedió el Premio Nóbel de Literatura, que Gabriel García Márquez es dominicano y que Confucio fue un “sabio chino, japonés que inventó la confusión”

viernes, 19 de abril de 2013

LECTURA Y ORTOGRAFÍA
 (Con motivo del Día internacional del libro : 24 de abril)

 Por : Domingo Caba Ramos.

 Cuando yo ejercía como Gerente de Recursos Humanos en un prestigioso grupo empresarial de Santiago, un ingeniero industrial me remitió, vía correo electrónico, una breve comunicación parte de cuyo texto decía así:

« La reunión se llebara a cabo a la sinco de la tarde en el salon de conferencia y en ella trataremos asunto muy inportante para la compañía y para todo los empleado…»

 Al saber que un profesional graduado en una de las más prestigiosas universidades del país era el autor de semejante texto , una pregunta afloró casi de manera inconsciente a mis labios:

 ¿Cómo es posible que una persona provista de un título universitario pueda incurrir en tan elementales desaciertos ortográficos?

 Y aunque me imaginaba la respuesta, no tardé mucho en confirmarla. El susodicho ingeniero es uno de los tantos dominicanos que sufren de “lecturofobia”, de los muchos que pesan los libros antes de leerlos, o los cierran para siempre si estos son muy voluminosos. Cuando estudiante lo obligaron a leer tres obras literarias, las únicas que ha leído en su vida. En los periódicos quizás mensualmente suele leer una que otra nota deportiva y, como si todo eso esto fuera poco, parece disfrutar cuando afirma que “las librerías conmigo difícilmente progresen”

 En el 2000, por ejemplo, le envié a mi apreciado y siempre recordado amigo un ejemplar del libro que en octubre de ese año puse en circulación. Seis meses después nos encontramos y le pregunté sobre la impresión que el texto le había causado.

 -“Creo que leí el índice” – me contestó con el más frío desparpajo y sorprendente naturalidad.

-“Si logré que tú leyeras aunque fuera el índice de mi libro, pienso que entonces valió la pena publicarlo” - le respondí en forma irónica y con el mismo desparpajo.

Pedagógicamente está más que comprobado que el poco hábito de lectura constituye una de las principales causas que originan las faltas ortográficas. Que a escribir correctamente aprendemos cuando internalizamos en nuestros cerebros o nos familiarizamos con la imagen gráfica de esos dibujitos llamados letras. Y ese proceso de familiarización o fijación de los rasgos físicos de las palabras sólo es posible lograrlo a través de la lectura constante. O, lo que es lo mismo, a mayor actividad lectora, mayor calidad de la escritura.

Por eso no resulta extraño que personas con muy bajo nivel de instrucción, pero muy dedicadas a la práctica de la lectura, muestren un dominio ortográfico, cuando no perfecto, aceptable. Y por eso no tiene nada de extraño que profesionales como el ingeniero precitado escriban tal y como aparece en la nota más arriba transcrita. Porque como muy acertadamente afirma el lingüista y profesor universitario, Santiago Cabanes:

« La lengua hablada entra por el oído y sale por la boca; los mudos los son por sordos. Pero la lengua escrita entra por los ojos y sale por la punta del lapicero o por la pantalla de la computadora; y todo por la magia de la lectura. Por lo tanto: buena escritura = mucha y buena lectura»

jueves, 11 de abril de 2013

DE LO GRACIOSO A LO RIDÍCULO.
(Exabrupto de un bachatero emocionado)

Por: Domingo Caba Ramos.


 Durante la dictadura de Trujillo, por razones políticas, cientos de dominicanos perdieron la vida, cientos fueron torturados y cientos sufrieron los rigores de injustas prisiones. Como resultado de esa realidad, cientos de hijos quedaron huérfanos, cientos de esposas quedaron viudas y cientos de madres perdieron a sus hijos. El dolor no se aparta de las víctimas del tenebroso régimen, y las cicatrices de las torturas, como huellas malditas, aún yacen plasmadas en los cuerpos de los que lograron escapársele a la muerte.

 Cuando un bachatero llamado Anthony Santos, emborrachado por la emoción e impulsado, talvez, por el endiosamiento y la ignorancia, incurre en el irrespeto de alabar públicamente a Trujillo, insulta, se burla, ofende y les falta el respeto, no solo a quienes desaparecieron, fueron asesinados y padecieron los tormentos de las cárceles trujillistas, sino también a esas viudas, a esos huérfanos y a esas madres adoloridas.

 Su inoportuno, ridículo y desagradable « ¡Viva Trujillo!, constituye un hecho sin precedente en nuestro país, por cuanto en el tiempo que llevo respirando, jamás había visto que alguien, en un acto público, se atreviera a ensalzar la imagen del sanguinario dictador.

Me informan que este bachatero, cuando en las fiestas que ameniza, sus emociones alcanzan el tope , suele incurrir en todo tipo de exabruptos, disparates o extravagancias léxicas y en cuantas prácticas le permitan "hacerse el gracioso"; pero él debería saber que esa gracia se torna ridícula y odiosa cuando de manera torpe e irracional se atreve a emitir un ¡Viva Trujillo! en un acto observado por miles de niños, jóvenes y adolescentes, y posiblemente por muchos de los dominicanos que sufrieron los rigores de la de férrea dictadura.

¿A qué se debe semejante conducta lingüística?

Anthony Santos, tenemos que admitirlo, es el más popular y cotizado cantante de bachata de la República Dominicana. Su popularidad ha alcanzado niveles que desbordan los límites de la idolatría y el endiosamiento. Como existe una estrecha relación entre la conducta lingüística y el autoconcepto de la persona, es común que cuando un individuo se siente endiosado, idolatrado y magnificado por la valoración social, más si carece de formación académica y emerge de la pobreza extrema, entienda que está por encima del bien y el mal, que todo lo que dice “le luce” o genera gracia, que las leyes no rozan su epidermis, razón por la cual todo lo puede decir sin temor a ser penalizado. Es exactamente lo que sucede con el anciano comunicador Álvaro Arvelo (Alvarito), el más endiosado dominicano después de la muerte de Balaguer, cuyas “pleberías”, pestilencias y deformadoras cloacas verbales gravitan de manera negativa en el habla de los dominicanos.

 ¿Sabrá Anthony Santos quién fue realmente Trujillo? ¿Sabrá que existe una ley en nuestro país que prohíbe la propaganda trujillista? ¿Entenderá que cada lugar demanda un tipo espacial de comportamiento? ¿Entenderá que en la solemnidad del Teatro Nacional no se puede actuar y hablar igual que en el bullicio e informalidad de  un rancho típico?

Ojalá que el popular y talentoso bachatero noroestano no repita tan repudiado comportamiento y, en tal virtud, quizás convenga recordarle lo que no hace mucho escribí en uno de mis artículos:

 «El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza. El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar. El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar»

sábado, 6 de abril de 2013

LO QUE ES Y LO QUE PARECE EN EL USO DE LA LENGUA.

 Por: Domingo Caba Ramos.

1. «′B′ DE BURRO» y «′B′ DE VACA» 

Las letras como las personas tienen sus nombres (“pe”, “equis”, “ene”, “jota”, “hache”, “efe”, “zeta, etc.) Y así como en el género humano el nombre sirve para distinguir a una persona de otra, en el abecedario, los nombres de los signos que lo conforman sirven para diferenciar una letra de otra. Es el caso de las grafías “b” y “v”. Aunque fonéticamente se pronuncian de la misma forma, una y otra acusan notables diferencias, no sólo ortográficas, sino también nominales. La primera se llama be (denominación recomendable) En América recibe también los nombres de “be alta” y “be larga”.

 La segunda se denomina “uve” (recomendable), pero los hablantes americanos la llaman indistintamente “ve”, “ve corta”, “ve baja” y “ve chica”.

 En la República Dominicana, como resultado, talvez, de una distorsión en la enseñanza de la lengua española o de un falso concepto aprendido en la escuela antigua, esa distinción se establece de manera un tanto zoológica o “con pintoresca nomenclatura”, llamándole “be de burro” a la “b” y “ve de vaca” a la “v”.

Se trata del mismo error en que se incurre cuando se habla de “c”( ce ) de casa y “k” (ca) de kilómetro” Es como si se quisiera dejar establecido que aparte de las empleadas para escribir las palabras burro y vaca, existen en nuestro idioma otros tipos de bes.

Conviene aclarar que las letras “b” y “v” representan el mismo fonema /b/ en todos los países de habla española: el sonido consonántico bilabial sonoro /b/, esto es, no existe, como se ha enseñado y piensan muchos, diferencia alguna en la pronunciación de las letras “b” y “v”. Como bien lo establece al respecto don Manuel Seco en su Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española:

 « La pronunciación de v es en español idéntica a la de b. Las dos letras corresponden a un mismo fonema, /b/; se pronuncian igual, por tanto, cabo y cavo; vaca y baca; sabia y savia; /tubo y tuvo. Pretender pronunciar v con articulación labiodental es un error de algunos locutores y profesores que se pasan de correctos…» (1986:371).

 En otras palabras, la articulación labiodental de la "v” jamás ha existido en español. Cuando así ocurre, se trata de un equivocado prurito de corrección basado también en erróneas recomendaciones del pasado.

 2.- CELEBRAR / CONMEMORAR.

 Celebrar – se lee en el “Manual de español urgente” (1995) – no debe confundirse con conmemorar» Y no deben confundirse tales voces, por cuanto una y otra entrañan significados diferentes.

 Pero la confusión, especialmente en nuestros medios periodísticos, existe y persiste. Y esta se pone de manifiesto cuando se conmemora el “Día internacional de la mujer”. Para referirse a tal fecha, periodistas, comentaristas y columnistas emplean indistintamente los verbos “celebrar” y “conmemorar”.

 Según el Diccionario de la Lengua Española (Real Academia Española, duodécima edición, 1970), ‘celebrar’ y ‘conmemorar’ soportan los siguientes significados:

« Celebrar.- Alabar, aplaudir, encarecer a una persona o cosa» (pág.288).

 «Conmemorar.- Hacer memoria o conmemoración» - ( pág. 344).

 « Conmemoración.- Memoria o recuerdo que se hace de una persona o cosa» (pág.344).

 De los conceptos preindicados, obviamente se infiere que el verbo celebrar lleva envuelta la idea de festejos, aplausos, júbilo y otros sentimientos de alegría; en tanto que conmemorar alude a simples recuerdos de situaciones vinculadas a hechos y personas que han impactado negativamente nuestras conciencias . En tal virtud, puede celebrarse la fecha de nacimiento de un pariente o la de un héroe nacional, Duarte, por ejemplo; pero jamás la fecha de su muerte. Esta deberá conmemorarse.

 El día 30 de mayo de cada año, los dominicanos podemos celebrar “con bombos y platillos”, toda vez que en una fecha igual nos quitamos de encima la férrea dictadura que durante tres décadas encabezó el tirano presidente Rafael Leonidas Trujillo Molina; pero no así el 28 de abril, puesto que un día como ese ocurrió un acontecimiento bastante luctuoso para el pueblo dominicano: el irrespeto o mancillamiento a nuestra soberanía llevado a cabo por tropas del ejército norteamericano. Y merced a lo antes expresado, igualmente resultaría ilógico celebrar el “Día internacional de la mujer”, ya que un 8 de marzo ocurrió en Nueva York un trágico hecho, el asesinato de un grupo de obreras que reclamaban reivindicaciones laborales, hecho que por su trágica e inhumana esencia a nadie se le ocurriría festejar, sino conmemorar.

 Conforme a los juicios precedentes valdría entonces tenerlo siempre presente: no es lo mismo ‘celebrar’ que ‘conmemorar’

martes, 2 de abril de 2013


DESDE LAS ALTURAS DEL PEÑON.
 (Breve crónica de una caminata anunciada)

Por: Domingo Caba Ramos

“La belleza del monte es múltiple, infinita, cuando lo dora la luz del sol, cuando lo azota la tormenta, cuando lo bate la lluvia, a toda hora, en cada estación, eternamente...”

 (Francisco Moscoso Puello: Cañas y bueyes)


 Domingo, 7 de agosto de 1994.

 Cuando el reloj marcó las 9:00 a.m., ya todos los socios ( activos y honorarios) del Club Rotario Tamboril estábamos concentrados alrededor de los tres vehículos que nos trasladarían hasta la entrada del angosto sendero que conduce hacia una de las más impresionantes y talvez menos exploradas de las elevaciones pertenecientes a la Cordillera Septentrional: El pico Peñón.

 En el seno del pueblo la mañana ardía. Mañana calurosa de agosto. Mañana de verano. Más, allá, en el corazón de la montaña, divisábamos la presencia de espesos y negros nubarrones, los cuales parecían anunciar la llegada inminente de la lluvia refrescante.

 Una simple señal del Ing. Agrónomo Domingo Rodríguez, quien además de fungir de cicerón tuvo a su cargo la coordinación de todo lo relativo al muy instructivo y recreativo viaje, bastó para que de inmediato emprendiéramos la marcha.

 Apenas unos pocos minutos de carrera y ya nos encontrábamos ascendiendo por la empinada carretera que comunica las comunidades de Canca La Piedra y Carlos Díaz.

 Las veloces camionetas, diestramente piloteadas por don Pablo Henríquez, Porfirio Guzmán y el veterano mecánico Danilo Rodríguez, mejor conocido con el mote de “San Víctor”, más que correr, parecían danzar al tener que moverse de manera irregular por la tortuosa y bailarina ruta.

 Antes de las diez llegamos a la comunidad de Arroyo del Toro. Aquí estacionamos los vehículos para iniciar nuestra caminata hacia la entrada del monte, y aquí también apareció Julián, el atento jovencito que nos sirvió de guía.

 - “Allá, en el pico, nadie debe lanzar desperdicios, escribir nombres en los árboles ni mucho menos extraer plantas para llevar a sus hogares” - sentenció el Ing. Rodríguez, actual macero del Club, consagrado ecologista y dos veces presidente de la Sociedad Ecológica del Cibao (SOECI). Y sin mediar palabras dio comienzo a sus botánicas explicaciones:

 - “¿Ustedes ven aquellas matas, parecidas a la palma? Esas son las manaclas y pertenecen a la misma familia de la cana, el guano, coco, es decir, al grupo de las llamadas plantas palmeras…”

Empezamos a subir.

 Muy pronto la respiración de todos se tornaría más acelerada, los pasos más lentos y largas columnas de sudor comenzarían a descender por los cuerpos agotados.

 Producto del cansancio, Albita, cual Jesucristo azotado, completó su tercera caída. A don Félix Henríquez lo vimos rodar como el ágil pelotero que se desliza en el robo de base, en tanto que al doctor Carlos Tejada fue necesario “remolcarlo” y hasta se valoró la posibilidad de aplicarle respiración boca a boca.

 - “Esa otra mata - continúa nuestro orientador - se llama Guayullo y suele utilizarse como insecticida o repelente de insectos”.

 - “Cuando yo nací - amplía don Braulio López, con aire de experto naturalista - ya los campesinos lo usaban como repelente, así cuando las gallinas tenían piojillos les forraban el nido de guayullo e inmediatamente el piojillo moría”. Luego le escucharíamos susurrar, con orgullo inocultable: - “Ven, que yo no soy fácil”.

 En el transcurso de la travesía hubo un momento de tensión e inquietud y fue que Carlos José Rosario, presidente de los rotarios excursionistas, desapareció sorpresivamente y no respondía a nuestros insistentes llamados. Cuando reapareció pudimos comprobar que el “presi” no se había extraviado ni estaba realizando “oficio particular alguno de carácter fisiológico”,  como pensaban mentes morbosas, sino devorando guayabas en medio de la espesura del bosque.

 Pero a pesar de las dificultades, logramos llegar hasta la misma cima del Peñón.

 - “La cumbre del Peñón - interviene nuevamente Domingo - es el límite exacto entre las provincias de Santiago y Puerto Plata y está situada a una altura de unos mil metros sobre el nivel del mar. Nótese la gran abundancia de helechos. Cuando en un lugar nos encontramos con este tipo de vegetal, esto indica que en dicho lugar la pluviometría sobrepasa los dos mil doscientos milímetros, vale decir, que es mucha la lluvia que cae en esta zona”.

 Y en lo que respecta a las características del terreno, expresa lo siguiente:

 - “Estas tierras son de clase 6 y 7, esto es, suelos de muy poca fertilidad. Según las investigaciones, existían en este sitio grandes minas de ámbar, las cuales con el tiempo se han petrificados. Como podrá apreciarse - apunta con evidente amargura - ya no hay árboles, todos fueron cortados indiscriminadamente y por eso hoy sólo percibimos la presencia de hierbas y arbustos. En tal virtud pienso - puntualiza finalmente - que el presidente de la República debiera emitir un decreto mediante el cual se declare este monte como zona vedada para que así no penetre nadie a su interior y mediante el proceso de reforestación natural, vuelvan a levantarse los frondosos árboles que en épocas pasadas yacían plantados en este serrano y fresco ambiente” 

Es la una de la tarde, hora propicia para picar y cherchar bajo la sombra extasiante producida por las ramas entretejidas que nos sirvieron de techo protector. A partir de este instante ya no percibíamos las ilustrativas descripciones científicas relativas a la flora rastreada, sino las sazonadas ocurrencias de don Braulio, las mudas sonrisas de César Rodríguez y Publio Germosén, el inarmónico ronquido, cuando dormía, de Lourdes Tapia, la incansable secretaria ejecutiva de SOECI, la risa explosiva de Camucha y los cuentos multicolores de Domingo y Julio Rosario, este último, síndico tamborileño recién electo.

 Y entre chistes y tragamientos yo esparcía mi espíritu contemplando desde las alturas del Peñón la siempre imponente imagen del monumento santiagués, la iglesia Corazón de Jesús de Moca, con su cúpula rozando las estrellas, la chimenea de la cementera esparciendo hacia el infinito su humo blanquecino, el desplazamiento de los automóviles, las calles, carreteras, las copas de los árboles que vistos desde arriba semejan hileras interminables de cómodos o confortables colchones tachonados de verdes hojas. Y en fin, los múltiples encantos que a la vista nos presenta nuestro bien amado Valle del Cibao.

 A las 2:00 p.m., emprendimos el viaje de regreso.

 Cuando por última vez clavé la mirada en el vientre de la cumbre recorrida, de nuevo afloraron a mi memoria las palabras del artista literario inicialmente citado en la presente crónica:

 “La belleza del monte es múltiple, infinita, cuando la dora la luz del sol, cuando lo azota la tormenta, cuando lo bate la lluvia, a toda hora, en cada día, en cada estación, eternamente...”

 (La Información: 26 - 8 - 94)