LOS CRONISTAS DEPORTIVOS Y EL NOMBRE DE NUESTRO PAÍS
Por: Domingo Caba Ramos.
El fundador de la nacionalidad dominicana, Juan Pablo Duarte, en su muy famoso e histórico Juramento Trinitario, apunta lo siguiente:
«En nombre de la Santísima, augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente, juro y prometo, por mi honor y mi conciencia, en nombre de nuestro presidente, Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano, y a implantar una república libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera, que se denominará República Dominicana…»
Mientras que la Constitución de la República Dominicana, en su Art. 1, establece que:
« El pueblo dominicano constituye una Nación organizada en Estado libre e independiente, con el nombre de República Dominicana…»
Eso quiere decir que, según lo ideó el patricio y lo consignó luego el legislador en nuestra Carta Magna, el nombre de nuestro país es República Dominicana y no Dominicana, como se lee en las páginas deportivas y se escucha en la cadena de radio y televisión que todos los años transmite los juegos de beisbol correspondientes a la Serie del Caribe.
En otras palabras, aunque no existe en el mundo ningún país llamado Dominicana, nuestros cronistas deportivos persisten en llamar así a una nación cuyo verdadero nombre es República Dominicana, incurriendo de esa manera en una innecesaria distorsión de la esencia de la auténtica denominación.
Pero no solo los cronistas. En el mismo error incurre la Liga de Beisbol Profesional de la República Dominicana (LIDOM), cuando decide identificar el uniforme del equipo representativo de este país en la Serie del Caribe 2012 con el nombre de Dominicana.
Con esa errónea medida, ¿qué mensaje les transmite la LIDOM a los demás países que participan en esa caribeña competencia?
Sencillamente, que nuestro país se llama Dominicana. Por eso hoy no me extraña que estando hace ya varios años en México, un nativo de esta nación me preguntó que si yo era de Dominicana. Acto seguido le respondí: «No, de la República Dominicana».
El que el amigo mexicano creyera que así se llamaba mi patria , no me sorprendió, por cuanto es bien sabido que los medios de comunicación, conscientes o inconscientemente, y debido a la gran influencia que ejercen, trazan las pautas en el uso de la lengua. De tanto leer y escuchar el término Dominicana, es lógico, pues, que todo extranjero piense que así se llama la patria que hace casi dos siglos independizó Juan Pablo Duarte. Y hasta los niños dominicanos podrían pensar lo mismo.
Conviene tener siempre presente que la palabra República forma parte del nombre de nuestro país, razón por la cual nunca deberá omitirse cuando este se exprese, ya sea en forma oral como escrita.
Con el nombre de la República Dominicana, vale aclarar, sucede lo mismo que con el nombre de La Romana, cuyo artículo antepuesto (La) suele omitirse, a pesar de ser parte de dicho nombre. Cuando se refieren a esta ciudad, muchos cronistas deportivos prefieren decir simplemente Romana, como se aprecia en frases del tipo: « Hoy no habrá juego en Romana…»
En el uso de la lengua, vale siempre recordarlo, no debemos distorsionar la realidad. En tal virtud, los nombres que designan esa realidad, hay que emplearlos en su justa, auténtica y completa denominación.
jueves, 7 de febrero de 2013
jueves, 31 de enero de 2013
¿QUIÉN FUE JULIO JAIME JULIA
Por: Domingo Caba Ramos
En noviembre del pasado año, el Ministerio de Cultura organizó en Moca la VIII Feria Regional del Libro Espaillat 2012, esta vez dedicada al destacado intelectual mocano, Julio Jaime Julia (1922 - 1993). Al leer su nombre en la prensa, un periodista amigo me preguntó: ¿Quién fue Julio Jaime? Fue entonces cuando consideré oportuno publicar de nuevo dos artículos que años antes yo había escrito en el Listín Diario: 1) Julio Jaime Julia y el Caonabo de Oro, 2) Don Julio Jaime Julia (In Memoriam)
1. JULIO JAIME JULIA Y EL CAONABO DE ORO
«A raíz de la muerte de don Román Franco Fondeur en octubre del pasado año (1989), sobre él escribimos en este mismo diario lo siguiente:
"Este hombre de hablar pausado y de inocultable timidez amó como el que más a esa manifestación exclusivamente humana que todos conocemos con el nombre de cultura. Y merced a este amor puso todo su empeño, conocimientos y la mayor parte de sus años de vida al servicio de la educación, la ciencia y la cultura; pero muy especialmente, al servicio de la juventud”.
Lo mismo tenemos que decir en esta oportunidad acerca del doctor Julio Jaime Julia, prestante y digno representante de la intelectualidad dominicana, a quien la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores (ADPE) entregó recientemente el premio CAONABO DE ORO, una de las distinciones literarias de más alta categoría que esa entidad otorga cada año a figuras destacadas en el campo del periodismo y las letras dominicanas. Y es que Moca, la bien llamada heroica Villa del Viaducto, no sólo ha parido hombres capaces de liberar al país de las garras de odiosas dictaduras, sino también mujeres y hombres que como don Julio Jaime Julia han realizado una doble labor en favor del progreso educativo, científico, artístico y cultural de nuestra nación.
El doctor Julio J. Julia, además de poeta, historiador y abogado, es un fecundo escritor y un incansable investigador. Más de cincuenta títulos conforman su abundante cosecha bibliográfica, parte de los cuales afloran a mi mente: “Notas para la historia de Moca”, “Antología poética duartista”, “Gabriela Mistral en Santo Domingo”, “Del árbol del olvido”, “Antología de Américo Lugo”, “El libro jubilar de Pedro Henríquez Ureña”, “Antología de escritores mocanos”, “Guzmán Espaillat, el civilista”, “Para la historia del Ateneo Dominicano”, etc.
Forma parte del reducido grupo de dominicanos que más libros han escrito y a la cabeza de los cuales figura el fenecido historiador don Emilio Rodríguez Demorizi.
Este “honesto intelectual de sobria vida y pensar alto”, como justicieramente lo calificó el doctor Mariano Lebrón Saviñón, ha consagrado la mayor parte de su existencia al quehacer cultural, ámbito en el que además de acucioso investigador ha brillado como un verdadero orientador. De ahí que haya recorrido toda la provincia Espaillat y gran parte de la Región del Cibao dictando conferencias o participando en actividades afines, en tanto que su residencia ha perdido su naturaleza privada para convertirse en una especie de “archivo” público a cuyo seno van a parar cuantos estudiantes y personas necesitan realizar una tarea escolar, una tesis de grado o desarrollar cualquier otro trabajo de investigación.
Pero no sólo eso.
El Dr. Julia también ha desempeñado importantes funciones vinculadas al mundo de la cultura: Director del Archivo General de la Nación (Santo Domingo). Presidente del Ateneo Dominicano (Santo Domingo), Director de la Biblioteca Pública “Gabriel Morillo” (Moca), Director del Departamento de Extensión Cultural del Ayuntamiento de Moca, Director - fundador del Grupo Cultural “Pedro Henríquez Ureña” (Moca) y miembro del consejo de redacción de la revista “Presencia Mocana”, entre otras.
Conforme a semejante proceder, queda claramente establecido que para el autor de “Nueva antología de poetas mocanos” el conocimiento sólo tiene validez en la medida en que se intercambie o comparta con los demás. Y que el egoísmo intelectual, cualidad bastante consustancial a las mentalidades mediocres, jamás ha encontrado posada en la mente y comportamiento del egregio escritor mocano que nos ocupa.
En tal virtud, quienes hemos tenido la grata oportunidad de saborear el néctar de sus jugosos aportes, no podíamos sentirnos más que regocijados con la decisión adoptada por la ADPE de conceder el CAONABO DE ORO de este año a quien de manera desinteresada consagró su juventud y ha puesto su talento y saber al servicio de su comunidad, de la región del Cibao y de su país en general» (Listín Diario: 6 / 11 / 90)
2. DON JULIO JAIME JULIA (In Memoriam)
La infausta noticia me la transmitió uno de mis hermanos por la vía telefónica: “Murió el doctor Jaime Julia”. Luego de reponerme del natural sobresalto que producen informes de esta naturaleza, sentencié en voz alta, como si tratara de que el viento dispersara el mensaje por todos los rincones del territorio nacional: “Con la muerte de este hombre, Moca pierde a uno de sus más ilustres hijos y las letras dominicanas a uno de sus más dignos y fieles representantes.”
Aunque había leído parte de sus libros, al doctor Julia tuve el honor de conocerlo directamente en 1979 cuando participaba de un curso de Historia Comparada por él organizado en su pueblo natal e impartido por connotados historiadores dominicanos.
De voz pausada, impecable dicción, lento caminar, escasa carne e investigador incansable, la vida de este artífice de la cultura dominicana, se desenvolvió en medio de los más altos valores de espíritu y estuvo signada por sustanciales y nobles realizaciones. Cincuenta libros publicados, veinte inéditos y las diferentes funciones que ocupó al frente de importantes instituciones culturales (Archivo General de la Nación, Ateneo Dominicano, etc.) constituyen muestras más que fehacientes de lo antes dicho.
En noviembre de 1990 la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores decidió otorgarle el premio CAONABO DE ORO, una de las distinciones de más prestigio que esa entidad concede años tras años a quienes han brillado en el campo de las letras nacionales. Para la ocasión escribimos en las páginas de este mismo diario, entre otras ideas:
“Este honesto intelectual de sobria vida y pensar alto, como justicieramente lo calificó el doctor Mariano Lebrón Saviñón, ha consagrado la mayor parte de su existencia al quehacer cultural, ámbito en el que además de acucioso investigador ha brillado como un verdadero orientador. De ahí que haya recorrido toda la provincia Espaillat y gran parte de la Región del Cibao dictando conferencias o participando en actividades afines, en tanto que su residencia ha perdido su naturaleza privada para convertirse en una especie de archivo público a cuyo seno van a parar cuantos estudiantes y personas necesitan realizar una tarea escolar, una tesis de grado o realizar cualquier otro trabajo de investigación”.
Con él estreché amistad en 1983. Me encontraba en el proceso de elaboración de la tesis de grado para optar por el título de Licenciado en Filosofías y Letras. Faltaban unos datos y un amigo me informó que sólo el doctor Jaime Julia podría disponer de los mismos. Y en efecto, así sucedió. Partí hacia su vieja y añorada casona y allí me recibió el autor de “Antología de Américo Lugo” con la más deferente receptividad.
Departimos animadamente. Encasillarlo en el tópico específico que ocupaba mi atención resultó una tarea mucho más que difícil. En la medida en que su emoción aumentaba, se iban abriendo las puertas de su rico e inagotable almacén cognoscitivo y en tal virtud saltaba de un tema a otro, de un libro a otro, de una experiencia a otra. Y me habló, con sorprendente propiedad, de los más diversos aspectos del saber humano.
Ya al final del edificante encuentro puso en mis manos unos apuntes manuscritos. “Sé que te servirán bastante para los fines de la investigación que realizas”, expresó con inconfundible satisfacción. Y acto seguido aclaró: “Tales datos formarán parte de mi próximo libro. Tú te conviertes así en la primera persona que los manejas”. Obviamente se refería al texto que pocos años después publicaría con el título de “Notas para la historia de Moca” (1985)
Así era don Julio Jaime Julia, un verdadero artífice de la cultura dominicana. Parodiando las palabras que en su libro “Haz de luces” expresara acerca de la insigne educadora higüeyana Mercedes Alfau Pilier, ante la sentida muerte del destacado intelectual mocano que nos ocupa, entendemos de rigor finalizar las consideraciones precedentes afirmando:
¡La colectividad mocana jamás olvidará a aquel corazón nobilísimo que sólo latió para el bien de su pueblo! (Listín Diario: 15 - 5 - 93)
Por: Domingo Caba Ramos
En noviembre del pasado año, el Ministerio de Cultura organizó en Moca la VIII Feria Regional del Libro Espaillat 2012, esta vez dedicada al destacado intelectual mocano, Julio Jaime Julia (1922 - 1993). Al leer su nombre en la prensa, un periodista amigo me preguntó: ¿Quién fue Julio Jaime? Fue entonces cuando consideré oportuno publicar de nuevo dos artículos que años antes yo había escrito en el Listín Diario: 1) Julio Jaime Julia y el Caonabo de Oro, 2) Don Julio Jaime Julia (In Memoriam)
1. JULIO JAIME JULIA Y EL CAONABO DE ORO
«A raíz de la muerte de don Román Franco Fondeur en octubre del pasado año (1989), sobre él escribimos en este mismo diario lo siguiente:
"Este hombre de hablar pausado y de inocultable timidez amó como el que más a esa manifestación exclusivamente humana que todos conocemos con el nombre de cultura. Y merced a este amor puso todo su empeño, conocimientos y la mayor parte de sus años de vida al servicio de la educación, la ciencia y la cultura; pero muy especialmente, al servicio de la juventud”.
Lo mismo tenemos que decir en esta oportunidad acerca del doctor Julio Jaime Julia, prestante y digno representante de la intelectualidad dominicana, a quien la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores (ADPE) entregó recientemente el premio CAONABO DE ORO, una de las distinciones literarias de más alta categoría que esa entidad otorga cada año a figuras destacadas en el campo del periodismo y las letras dominicanas. Y es que Moca, la bien llamada heroica Villa del Viaducto, no sólo ha parido hombres capaces de liberar al país de las garras de odiosas dictaduras, sino también mujeres y hombres que como don Julio Jaime Julia han realizado una doble labor en favor del progreso educativo, científico, artístico y cultural de nuestra nación.
El doctor Julio J. Julia, además de poeta, historiador y abogado, es un fecundo escritor y un incansable investigador. Más de cincuenta títulos conforman su abundante cosecha bibliográfica, parte de los cuales afloran a mi mente: “Notas para la historia de Moca”, “Antología poética duartista”, “Gabriela Mistral en Santo Domingo”, “Del árbol del olvido”, “Antología de Américo Lugo”, “El libro jubilar de Pedro Henríquez Ureña”, “Antología de escritores mocanos”, “Guzmán Espaillat, el civilista”, “Para la historia del Ateneo Dominicano”, etc.
Forma parte del reducido grupo de dominicanos que más libros han escrito y a la cabeza de los cuales figura el fenecido historiador don Emilio Rodríguez Demorizi.
Este “honesto intelectual de sobria vida y pensar alto”, como justicieramente lo calificó el doctor Mariano Lebrón Saviñón, ha consagrado la mayor parte de su existencia al quehacer cultural, ámbito en el que además de acucioso investigador ha brillado como un verdadero orientador. De ahí que haya recorrido toda la provincia Espaillat y gran parte de la Región del Cibao dictando conferencias o participando en actividades afines, en tanto que su residencia ha perdido su naturaleza privada para convertirse en una especie de “archivo” público a cuyo seno van a parar cuantos estudiantes y personas necesitan realizar una tarea escolar, una tesis de grado o desarrollar cualquier otro trabajo de investigación.
Pero no sólo eso.
El Dr. Julia también ha desempeñado importantes funciones vinculadas al mundo de la cultura: Director del Archivo General de la Nación (Santo Domingo). Presidente del Ateneo Dominicano (Santo Domingo), Director de la Biblioteca Pública “Gabriel Morillo” (Moca), Director del Departamento de Extensión Cultural del Ayuntamiento de Moca, Director - fundador del Grupo Cultural “Pedro Henríquez Ureña” (Moca) y miembro del consejo de redacción de la revista “Presencia Mocana”, entre otras.
Conforme a semejante proceder, queda claramente establecido que para el autor de “Nueva antología de poetas mocanos” el conocimiento sólo tiene validez en la medida en que se intercambie o comparta con los demás. Y que el egoísmo intelectual, cualidad bastante consustancial a las mentalidades mediocres, jamás ha encontrado posada en la mente y comportamiento del egregio escritor mocano que nos ocupa.
En tal virtud, quienes hemos tenido la grata oportunidad de saborear el néctar de sus jugosos aportes, no podíamos sentirnos más que regocijados con la decisión adoptada por la ADPE de conceder el CAONABO DE ORO de este año a quien de manera desinteresada consagró su juventud y ha puesto su talento y saber al servicio de su comunidad, de la región del Cibao y de su país en general» (Listín Diario: 6 / 11 / 90)
2. DON JULIO JAIME JULIA (In Memoriam)
La infausta noticia me la transmitió uno de mis hermanos por la vía telefónica: “Murió el doctor Jaime Julia”. Luego de reponerme del natural sobresalto que producen informes de esta naturaleza, sentencié en voz alta, como si tratara de que el viento dispersara el mensaje por todos los rincones del territorio nacional: “Con la muerte de este hombre, Moca pierde a uno de sus más ilustres hijos y las letras dominicanas a uno de sus más dignos y fieles representantes.”
Aunque había leído parte de sus libros, al doctor Julia tuve el honor de conocerlo directamente en 1979 cuando participaba de un curso de Historia Comparada por él organizado en su pueblo natal e impartido por connotados historiadores dominicanos.
De voz pausada, impecable dicción, lento caminar, escasa carne e investigador incansable, la vida de este artífice de la cultura dominicana, se desenvolvió en medio de los más altos valores de espíritu y estuvo signada por sustanciales y nobles realizaciones. Cincuenta libros publicados, veinte inéditos y las diferentes funciones que ocupó al frente de importantes instituciones culturales (Archivo General de la Nación, Ateneo Dominicano, etc.) constituyen muestras más que fehacientes de lo antes dicho.
En noviembre de 1990 la Asociación Dominicana de Periodistas y Escritores decidió otorgarle el premio CAONABO DE ORO, una de las distinciones de más prestigio que esa entidad concede años tras años a quienes han brillado en el campo de las letras nacionales. Para la ocasión escribimos en las páginas de este mismo diario, entre otras ideas:
“Este honesto intelectual de sobria vida y pensar alto, como justicieramente lo calificó el doctor Mariano Lebrón Saviñón, ha consagrado la mayor parte de su existencia al quehacer cultural, ámbito en el que además de acucioso investigador ha brillado como un verdadero orientador. De ahí que haya recorrido toda la provincia Espaillat y gran parte de la Región del Cibao dictando conferencias o participando en actividades afines, en tanto que su residencia ha perdido su naturaleza privada para convertirse en una especie de archivo público a cuyo seno van a parar cuantos estudiantes y personas necesitan realizar una tarea escolar, una tesis de grado o realizar cualquier otro trabajo de investigación”.
Con él estreché amistad en 1983. Me encontraba en el proceso de elaboración de la tesis de grado para optar por el título de Licenciado en Filosofías y Letras. Faltaban unos datos y un amigo me informó que sólo el doctor Jaime Julia podría disponer de los mismos. Y en efecto, así sucedió. Partí hacia su vieja y añorada casona y allí me recibió el autor de “Antología de Américo Lugo” con la más deferente receptividad.
Departimos animadamente. Encasillarlo en el tópico específico que ocupaba mi atención resultó una tarea mucho más que difícil. En la medida en que su emoción aumentaba, se iban abriendo las puertas de su rico e inagotable almacén cognoscitivo y en tal virtud saltaba de un tema a otro, de un libro a otro, de una experiencia a otra. Y me habló, con sorprendente propiedad, de los más diversos aspectos del saber humano.
Ya al final del edificante encuentro puso en mis manos unos apuntes manuscritos. “Sé que te servirán bastante para los fines de la investigación que realizas”, expresó con inconfundible satisfacción. Y acto seguido aclaró: “Tales datos formarán parte de mi próximo libro. Tú te conviertes así en la primera persona que los manejas”. Obviamente se refería al texto que pocos años después publicaría con el título de “Notas para la historia de Moca” (1985)
Así era don Julio Jaime Julia, un verdadero artífice de la cultura dominicana. Parodiando las palabras que en su libro “Haz de luces” expresara acerca de la insigne educadora higüeyana Mercedes Alfau Pilier, ante la sentida muerte del destacado intelectual mocano que nos ocupa, entendemos de rigor finalizar las consideraciones precedentes afirmando:
¡La colectividad mocana jamás olvidará a aquel corazón nobilísimo que sólo latió para el bien de su pueblo! (Listín Diario: 15 - 5 - 93)
jueves, 24 de enero de 2013
DUARTE : SÍMBOLO DE VIRTUD, ENTREGA Y PATRIOTISMO
Por : Domingo Caba Ramos
Juan Pablo Duarte, nuestro ilustre y siempre venerado Padre de la Patria, nació en la ciudad de Santo Domingo el 26 de enero de 1813 y falleció en Caracas, Venezuela, el 16 de julio de 1876. Es mucho lo que se ha escrito y escribirá acerca de la grandeza histórica de este digno patriota.
Son muchos los hechos que en ese sentido registra nuestra historia. Hechos, en cada uno de los cuales late el fervor patriótico, entrega, desprendimiento y ausencia de protagonismo. Hechos en los que se pone de manifiesto cómo en la mente del fundador de la República sólo un interés tenía cabida: el destino, la felicidad y el progreso del pueblo dominicano. Veamos sólo algunas de esas acciones:
Estando en el exilio, y no habiendo recursos que hicieran posible la continuación de la lucha en pos de la independencia, envió una carta a su madre y familiares solicitándoles a estos la venta de los bienes heredados de su padre para comprar armas y pertrechos con miras a ser utilizados a favor de la causa independentista. En esa histórica correspondencia, entre otras ideas, el patricio apunta lo siguiente:
«El único medio que encuentro para reunirme con ustedes es independizar la Patria. Para conseguirlo se necesitan recursos, recursos supremos, y cuyos recursos son, que ustedes de mancomún conmigo y nuestro hermano Vicente ofrendemos en aras de la Patria lo que a costa del amor y trabajo de nuestro padre hemos heredado…»
En dos oportunidades rechazó la presidencia de la República que notables ciudadanos de Santiago y Puerto Planta le ofertaron mediante proclama pública. En el primer caso, el 4 de julio de 1844, Duarte, institucionalista como siempre, rechazó tan alta y prestigiosa posición por entender que la forma como se quería elevarle hasta el solio presidencial violentaba por completo el espíritu de la ley. Estas fueron sus palabras al respecto :
« Yo no aceptaría ese honor sino en el caso de que se celebraran elecciones libres y que la mayoría de mis compatriotas, sin presión de ninguna índole, me eligiera para tan alto cargo…»
Y en Puerto Plata, cuatro días después, rechazó de nuevo el cargo argumentando que:
« Me habéis dado una prueba de vuestro amor, y mi corazón reconocido debe dárosla de gratitud. Ella es ardiente como los votos que formulo por su felicidad. Sed felices, hijos de Puerto Plata, y mi corazón estará satisfecho, aun exonerado del mando que queréis que obtenga; pero sed justos lo primero, si queréis ser felices, pues ese es el primer deber del hombre; y sed unidos, y así apagaréis la tea de la discordia, y venceréis a vuestros enemigos, y la patria será libre y salva, y vuestros votos serán cumplidos, y yo obtendré la mayor recompensa, la única a que aspiro la de veros libres, felices, independientes y tranquilos…»
Una vez proclamada la independencia, se constituyó una junta de gobierno, la Junta Central Gubernativa, la cual tendría como finalidad organizar y dirigir los destinos del país hasta tanto se celebraran elecciones libres. Duarte, no obstante sobrarle méritos para presidir el citado gobierno provisional, fue designado como simple vocal, en tanto que Tomás Bobadilla, el mismo que no creía en la lucha de los trinitarios, se le nombró presidente. El patricio, sin embargo, aceptó resignadamente el secundario cargo.
El 21 de marzo de 1844, la Junta Central Gubernativa lo designa jefe de una división que debía dirigirse al sur de nuestro país a combatir las fuerzas haitianas comandadas por el general Riviere Herard. De regreso a la capital dio a conocer un informe en el que rendía cuentas para justificar un gasto de 173 pesos, de mil que se le habían entregado, y devolvió al Estado los 827 pesos restantes. Vale resaltar que al recibir ese dinero no se entregó recibo ni tampoco se le exigió que debía rendir la cuenta referida.
La noche del 10 de agosto de 1844 Duarte, junto a otros patriotas, abandona el país, desterrado y acusado por Pedro Santana de traidores de la Patria. En su poema“ Romance”, conformado por versos épicos de indiscutible acento intimista, nuestro Padre de la Patria funde su yo individual en un ellos colectivo, representado por sus compañeros de partida , describiendo así tan aciago acontecimiento en tercera persona del plural, como si se tratara de un simple testigo del hecho relatado y no el principal protagonista de la innoble medida ejecutada por el tirano presidente :
« Ellos que al nombre de Dios,
patria y libertad se alzaran,
ellos que al pueblo le dieron,
la independencia anhelada,
lanzados fueron del suelo,
por cuya dicha lucharán…»
Compare la conducta y acciones antes referidas, simples muestras de las tantas ejecutadas por el patricio en vida, con las llevadas a cabo por los políticos que les ha correspondido regir los destinos de República Dominicana desde 1844 hasta la fecha, y entonces usted muy pronto se convencerá de una vez y para siempre que ningún otro dominicano ha podido igualar en virtud, grandeza moral, heroica y patriótica al padre de nuestra independencia.
lunes, 21 de enero de 2013
¡PÁNICO DE NUEVO EN EL VALLE! : EL LEÓN ANDA SUELTO.
( A mis amigos aguiluchos : Pedro Domínguez Brito, Carlos José Rosario y Robert Cabrera)
Por: Domingo Caba Ramos
La verdad es la verdad y no se puede ocultar: en el Valle hay pánico. El león despertó de un profundo y aparente sueño que en noviembre y la primera quincena de diciembre del pasado año lo mantuvo postrado en su guarida, y al despertar recobró su natural bravura y protagonismo como único y verdadero “Rey de la selva”
Durante mes y medio, el león había perdido el brillo de su melena impresionante, apagado el fuego de su mirada penetrante y silenciado el eco de sus rugidos desafiantes. Y mientras esto sucedía, los demás animalillos, entre ellos el águila, se movían libremente, y hasta con cierto aire triunfal, por los competitivos senderos de la selva beisbolística dominicana.
¡Hay pánico en el Valle!
El terror se percibe y el miedo se respira. Es que el león despertó y anda suelto en la pradera, desplazándose lentamente con sus galantes movimientos, exhibiendo su melena impresionante, emitiendo sus rugidos aterradores, impactando con su mirada imponente y utilizando el poder destructor de su poderosa mandíbula para devorar a cuantas débiles avecillas osen desafiar su autoridad o interponerse en su camino.
¡Hay pánico en el Valle!
El león despertó. Y al despertar se levantó, sacudió su melena, expandió su vista por los contornos del bosque y muy pronto pudo darse cuenta de que durante su inexplicable letargo, algunos animales de menor jerarquía, como el águila , el toro y el elefante, habían intentado desplazarlo de su trono. Entonces emitió el más rabioso y contundente de los rugidos, como si tratara de recordarles a los seres que conforman su fáunico territorio que “Aquí el único y verdadero Rey de la Selva soy yo”.
Y al escucharlo, todos temblaron de miedo y huyeron despavoridos: el águila, “como alma que lleva el diablo”, desorientada o sin saber qué hacer, se hundió en el primer nido que encontró; el toro permaneció inmóvil en su corral, el elefante ni siquiera se atrevió a blandir su moco, en tanto que el tigre, tembloroso, con la cola entre las piernas y sus garras escondidas, buscó amparo ,ascendiendo raudamente hasta la copa de un árbol o internándose entre la espesura del bosque.
Después de la estampida, solo el águila se envalentonó y se atrevió a enfrentarlo, talvez por considerarse aún reina de las aves o confiada en la ayuda que pueda proporcionarle el poder mágico de un “cucharímbico” incienso o las “sansónicas” trenzas de su “Many” redentor. Y merced a ese histórico reinado, la osada, atrevida y cuasi discapacitada avecilla , al parecer, se ha sentido siempre con la confianza y seguridad de vencer nada más y nada menos que al mismo “Rey de todos los animales”
¡Hay pánico en el Valle!
Desde que el león despertó, el Valle aquel, disque “de la muerte”, hoy de los muertos, se encuentra actualmente bajo el dominio del invencible melenudo. Pero mientras el águila sueña con vencer a la temible fiera, esta, sin inmutarse, continúa desplazándose con pasos firmes y convencidos de su indestructible poderío. Y seguirá ejecutando su plan devastador hasta culminar clavando sus mortíferas garras en el buche carnoso del ave provocadora.
Y cuando así suceda, todos los escogiditas amarraremos nuestras voces para en el más armónico y triunfal de los coros, pregonar, a mandíbulas batientes y con las palabras de un otrora narrador escarlata:
¡Lluvia de gozo!
¡Escogido campeón!
( A mis amigos aguiluchos : Pedro Domínguez Brito, Carlos José Rosario y Robert Cabrera)
Por: Domingo Caba Ramos
La verdad es la verdad y no se puede ocultar: en el Valle hay pánico. El león despertó de un profundo y aparente sueño que en noviembre y la primera quincena de diciembre del pasado año lo mantuvo postrado en su guarida, y al despertar recobró su natural bravura y protagonismo como único y verdadero “Rey de la selva”
Durante mes y medio, el león había perdido el brillo de su melena impresionante, apagado el fuego de su mirada penetrante y silenciado el eco de sus rugidos desafiantes. Y mientras esto sucedía, los demás animalillos, entre ellos el águila, se movían libremente, y hasta con cierto aire triunfal, por los competitivos senderos de la selva beisbolística dominicana.
¡Hay pánico en el Valle!
El terror se percibe y el miedo se respira. Es que el león despertó y anda suelto en la pradera, desplazándose lentamente con sus galantes movimientos, exhibiendo su melena impresionante, emitiendo sus rugidos aterradores, impactando con su mirada imponente y utilizando el poder destructor de su poderosa mandíbula para devorar a cuantas débiles avecillas osen desafiar su autoridad o interponerse en su camino.
¡Hay pánico en el Valle!
El león despertó. Y al despertar se levantó, sacudió su melena, expandió su vista por los contornos del bosque y muy pronto pudo darse cuenta de que durante su inexplicable letargo, algunos animales de menor jerarquía, como el águila , el toro y el elefante, habían intentado desplazarlo de su trono. Entonces emitió el más rabioso y contundente de los rugidos, como si tratara de recordarles a los seres que conforman su fáunico territorio que “Aquí el único y verdadero Rey de la Selva soy yo”.
Y al escucharlo, todos temblaron de miedo y huyeron despavoridos: el águila, “como alma que lleva el diablo”, desorientada o sin saber qué hacer, se hundió en el primer nido que encontró; el toro permaneció inmóvil en su corral, el elefante ni siquiera se atrevió a blandir su moco, en tanto que el tigre, tembloroso, con la cola entre las piernas y sus garras escondidas, buscó amparo ,ascendiendo raudamente hasta la copa de un árbol o internándose entre la espesura del bosque.
Después de la estampida, solo el águila se envalentonó y se atrevió a enfrentarlo, talvez por considerarse aún reina de las aves o confiada en la ayuda que pueda proporcionarle el poder mágico de un “cucharímbico” incienso o las “sansónicas” trenzas de su “Many” redentor. Y merced a ese histórico reinado, la osada, atrevida y cuasi discapacitada avecilla , al parecer, se ha sentido siempre con la confianza y seguridad de vencer nada más y nada menos que al mismo “Rey de todos los animales”
¡Hay pánico en el Valle!
Desde que el león despertó, el Valle aquel, disque “de la muerte”, hoy de los muertos, se encuentra actualmente bajo el dominio del invencible melenudo. Pero mientras el águila sueña con vencer a la temible fiera, esta, sin inmutarse, continúa desplazándose con pasos firmes y convencidos de su indestructible poderío. Y seguirá ejecutando su plan devastador hasta culminar clavando sus mortíferas garras en el buche carnoso del ave provocadora.
Y cuando así suceda, todos los escogiditas amarraremos nuestras voces para en el más armónico y triunfal de los coros, pregonar, a mandíbulas batientes y con las palabras de un otrora narrador escarlata:
¡Lluvia de gozo!
¡Escogido campeón!
jueves, 17 de enero de 2013
¿EXISTE LA FELICIDAD?
Prof.
Domingo Caba Ramos.
Sobre este
tema, históricamente, es mucho lo que se
ha escrito y discutido. Sólo hay que recordar las reflexiones filosóficas de
los pensadores griegos pertenecientes al período posaristotélico mejor conocido
como Helenismo. Surgen en este las llamadas escuelas helenísticas ( Cinismo,
Estoicismo, Escepticismo, Epicureísmo, Eclecticismo…) , las cuales tenían en común que todas
utilizaron la filosofía como medio para presentar un ideal de vida o la concepción de
que la vida es una búsqueda continua de la felicidad, y la filosofía la única
vía aceptada para encontrarla. ¿Dónde
encontrar la felicidad? Los epicúreos responden que “en placer” Los estoicos
dicen que “en la virtud”, y los escépticos afirman que “en la
imperturbabilidad”
En términos
más específicos, los representantes de la escuela cínica consideraban que la base de la
felicidad y la virtud se encontraba en el desprecio a las normas sociales establecidas,
en la renuncia a la riqueza y a todas las satisfacciones provenientes de los
sentidos. Siguiendo a Sócrates, Antístenes creía que el ideal de vida buena es
el que se basa en la autosuficiencia y en la libertad. Por eso despreciaba los
bienes materiales ya que siempre nos atan. La autonomía del sabio debe estar
por encima de las costumbres y convenciones o normas sociales
Los
pensadores de la escuela estoica (estoicos)
afirmaban, en otro orden, que la felicidad radica en liberarse de las pasiones, en el autodominio,
en el sosiego del alma, en la indiferencia y en el vivir conforme a la naturaleza.
Las pasiones tienen que ser controladas por la razón., pues nos provocan
intranquilidad y desasosiego. Su ideal era la ataraxia (“apatía”), la condena de toda emoción.
El
escepticismo es la concepción, escuela o corriente filosófica opuesta al
dogmatismo que sostiene que no se puede alcanzar la verdad y que el
conocimiento es imposible. Pone en duda la posibilidad del conocimiento de la
realidad objetiva. Los escépticos dudan de todas las formas del conocimiento.
El sujeto no puede aprehender el objeto. La objetividad es imposible, pues los
factores subjetivos lo impiden. El escepticismo, en consecuencia, se asocia al agnosticismo.
. El
escepticismo, al igual que las demás escuelas helenísticas, tuvo como objetivo
presentar un ideal de vida. En tal
virtud sostenía, como los escépticos, que para
alcanzar la felicidad o tranquilidad del alma, la ataraxia, vale decir, la
imperturbabilidad, tranquilidad del ánimo. Para esta corriente, la vida feliz se consigue
mediante el autodominio. El hombre sabio usa la razón para evitar que las
circunstancias del momento perturben su serenidad. Con la razón, debemos
distanciarnos de las circunstancias que nos alteran. La gente es infeliz porque
se deja abrumar por demasiados elementos.
El
epicureísmo fue fundada por Epicuro
(341-270 a. d. C). Como las demás
doctrinas helenísticas, la filosofía de Epicuro se convierte en un medio para
dar a conocer sus postulados de carácter ético y presentar lo que a su juicio
debe ser el nivel o modo de vida que debe llevarse a cabo. Afirman los
epicúreos que la felicidad consiste en dominar las pasiones, llevar una vida tranquila y eliminar cualquier
práctica que pueda complicarla o todo lo que sea capaz de atormentar al ser
humano, como la tristeza, la angustia, el aburrimiento, el dolor, y las
preocupaciones inútiles. El sabio es autosuficiente. No necesita grandes
riquezas y lujos para ser feliz. La felicidad se obtiene evitando el dolor.
Así
reflexionaban estos pensadores acerca de la felicidad. Son muchos, sin embargo,
los que piensan que la felicidad no existe, sino momentos felices. Y parecen
tener razón quienes así opinan cuando en
apenas segundos pasamos de un espacio jubiloso a otro de gran tristeza,
o cuando hoy navegamos en el mar del placer, mientras que mañana se nos verá
postrado en la sala de cirugía tratando de eliminar el mal que de permanecer
podría borrar para siempre la sonrisa de nuestros rostros.
jueves, 10 de enero de 2013
EL PLAN NACIONAL DE ALFABETIZACION : UN COMPROMISO DE TODOS .
Por: Domingo Caba Ramos.
“La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo…”
(Paulo Freire)
En su discurso de juramentación como presidente de la República Dominicana, el pasado 16 de agosto, el licenciado Danilo Medina expresó lo siguiente:
« Una de nuestras primeras acciones de gobierno será declarar la eliminación del analfabetismo como alta prioridad nacional. Tenemos que sentir como una ofensa nacional, social y personal, que existan hermanos y hermanas esclavizados por la ignorancia»
Y acto seguido invita a los dominicanos, casi a manera de ruego, a cooperar con el Plan:
«Desde este momento, invitamos a todos los dominicanos y dominicanas de buena voluntad, a ser protagonistas de esta hermosa epopeya. ¡Vamos Compatriotas, que nadie se quede rezagado! ¡Llevemos el amor y la esperanza hechos letras a más de 700,000 dominicanos y dominicanas, que nos están esperando! ¡Será una victoria que recordaremos para siempre! ¡La educación es el nuevo nombre de la libertad!»
El Plan, como lo había anunciado el Presidente, se inició el lunes de la presente semana. Y como bien lo había solicitado este, nadie debe permanecer rezagado e indiferente frente a esta feliz y patriótica iniciativa. Un plan que si bien fue concebido y está siendo financiado por el Gobierno, en su ejecución debemos participar todos los que como el sacerdote y educador brasileño, Paulo Freire, creemos que solo a través de la educación se rompen las cadenas de la opresión y abren las puertas de la libertad. Todos los que entendemos que no existe liberación sin educación.
« La alfabetización – apunta José Barreiro en el prólogo al libro La educación como practica de la libertad, del antes citado pedagogo – solo será auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad nacional, en la medida en que le pierda el miedo a la libertad, en la medida en que pueda crear en el educando un proceso de recreación, de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad» (1979: 14). Estos propósitos, indiscutiblemente, solo es posible alcanzarlos cuando el iletrado se convierte “en dueño de su propia voz”
¿ Por qué y para qué alfabetizar?
Para Pablo Freire “educar es concienciar”. O como bien lo explica su prologuista, Barreiro :
« La conciencia del analfabeto es una conciencia oprimida. Enseñarle a leer y escribir es algo más que darle un simple mecanismo de expresión. Se trata de procurar en él, concomitantemente, un proceso de concienciación,o sea, de liberación de su conciencia con vistas a su posterior integración en su realidad nacional, como sujeto de su historia y de la historia…» (Ob. Cit. )
Por eso entendemos que el Plan Nacional de Alfabetización que en esta semana se puso en marcha en nuestro país, no debe tener banderas ni colores, esto es, no debe asumirse con apasionamiento, sectarismo o fanatismo partidario. Si realmente presumimos de patriotas y nacionalistas, debemos poner nuestra voluntad al servicio de esta noble y patriótica misión. Debemos contribuir para que cada iletrado dominicano abandone su mundo sombrío, se encuentre con la luz, transforme su conciencia y se convierta en protagonista de su propia historia.
El Plan Nacional de Alfabetización es, en fin, un compromiso de todos.
Por: Domingo Caba Ramos.
“La educación verdadera es praxis, reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo…”
(Paulo Freire)
En su discurso de juramentación como presidente de la República Dominicana, el pasado 16 de agosto, el licenciado Danilo Medina expresó lo siguiente:
« Una de nuestras primeras acciones de gobierno será declarar la eliminación del analfabetismo como alta prioridad nacional. Tenemos que sentir como una ofensa nacional, social y personal, que existan hermanos y hermanas esclavizados por la ignorancia»
Y acto seguido invita a los dominicanos, casi a manera de ruego, a cooperar con el Plan:
«Desde este momento, invitamos a todos los dominicanos y dominicanas de buena voluntad, a ser protagonistas de esta hermosa epopeya. ¡Vamos Compatriotas, que nadie se quede rezagado! ¡Llevemos el amor y la esperanza hechos letras a más de 700,000 dominicanos y dominicanas, que nos están esperando! ¡Será una victoria que recordaremos para siempre! ¡La educación es el nuevo nombre de la libertad!»
El Plan, como lo había anunciado el Presidente, se inició el lunes de la presente semana. Y como bien lo había solicitado este, nadie debe permanecer rezagado e indiferente frente a esta feliz y patriótica iniciativa. Un plan que si bien fue concebido y está siendo financiado por el Gobierno, en su ejecución debemos participar todos los que como el sacerdote y educador brasileño, Paulo Freire, creemos que solo a través de la educación se rompen las cadenas de la opresión y abren las puertas de la libertad. Todos los que entendemos que no existe liberación sin educación.
« La alfabetización – apunta José Barreiro en el prólogo al libro La educación como practica de la libertad, del antes citado pedagogo – solo será auténticamente humanista en la medida en que procure la integración del individuo a su realidad nacional, en la medida en que le pierda el miedo a la libertad, en la medida en que pueda crear en el educando un proceso de recreación, de búsqueda, de independencia y, a la vez, de solidaridad» (1979: 14). Estos propósitos, indiscutiblemente, solo es posible alcanzarlos cuando el iletrado se convierte “en dueño de su propia voz”
¿ Por qué y para qué alfabetizar?
Para Pablo Freire “educar es concienciar”. O como bien lo explica su prologuista, Barreiro :
« La conciencia del analfabeto es una conciencia oprimida. Enseñarle a leer y escribir es algo más que darle un simple mecanismo de expresión. Se trata de procurar en él, concomitantemente, un proceso de concienciación,o sea, de liberación de su conciencia con vistas a su posterior integración en su realidad nacional, como sujeto de su historia y de la historia…» (Ob. Cit. )
Por eso entendemos que el Plan Nacional de Alfabetización que en esta semana se puso en marcha en nuestro país, no debe tener banderas ni colores, esto es, no debe asumirse con apasionamiento, sectarismo o fanatismo partidario. Si realmente presumimos de patriotas y nacionalistas, debemos poner nuestra voluntad al servicio de esta noble y patriótica misión. Debemos contribuir para que cada iletrado dominicano abandone su mundo sombrío, se encuentre con la luz, transforme su conciencia y se convierta en protagonista de su propia historia.
El Plan Nacional de Alfabetización es, en fin, un compromiso de todos.
sábado, 29 de diciembre de 2012
LA ENSEÑANZA DE LA LITERATURA Y EL ALTO COSTO DE LAS OBRAS LITERARIAS.
Por: Domingo Caba Ramos.
“El hábito y el amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal”.
(Pedro Henríquez Ureña)
Casi todos los tratadistas en la materia, y nuestra práctica docente así lo confirma, coinciden en postular que el modo más efectivo de enseñar literatura consiste en poner al alumno en contacto directo y constante con el texto literario.
“La literatura-apunta José Romera Castillo - es un instrumento válido en la formación de los individuos porque se proyecta sobre la problemática vital de estos, sirve para transformar la realidad y, a la vez, es instrumento de goce y placer” (Didáctica de la Lengua y la Literatura, 1979, pág. 145).
Y en lo que respecta a las metas que se persiguen con su enseñanza, el connotado metodólogo y crítico literario español plantea que con la literatura se pueden conseguir, entre otros objetivos:
a) Incrementar la capacidad de observación, reflexión, análisis, crítica y comunicación, para conseguir que el docente no sea un autómata, sino dueño de sí mismo.
b) Conocer para comprender mejor el pensamiento ajeno y, así, ejercitar el suyo.
c) Utilizar mejor el lenguaje, teniendo los textos literarios como espejo en donde mirarse.
d) Proporcionar hábitos críticos sobre todo con el comentario de textos.
e) Iniciar a los alumnos en la escritura creadora, es decir, en la manifestación de sus pensamientos y sentimientos para desarrollar la capacidad creativa.
Nótese la gran importancia que en cada uno de los objetivos propuestos confiere el autor a la práctica de la lectura, análisis y crítica de obras literarias. Y es que el máximo propósito de todo programa, clase o curso de literatura debe estar dirigido a desarrollar la capacidad creativa, de análisis y el espíritu crítico del educando, de tal manera que este cuente con las habilidades necesarias que le permitan descubrir los valores estéticos, así como desentrañar las ideas, mensaje o sentido profundo de un texto literario.
Para que dicho propósito se materialice, Romera Castillo entiende que “el papel del profesor se ha de invertir al tradicional. El docente será un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. Sus conocimientos, por mucho que sepa, son débiles, para basar en ellos su autoridad o una autoridad de saberlo todo que raya más con la magia que con la ciencia”. (ob. cit., pág. 147).
Solo así el estudiante encontrará sentido a la clase de literatura. Solo así el profesor logrará vencer o desterrar, como bien lo aconsejaba el ilustre poeta Antonio Machado, “la solemne tristeza de las aulas”.
Nuestro gran maestro y lingüista, Pedro Henríquez Ureña, en un enjundioso trabajo titulado “Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común”, formula al respecto la siguiente pregunta: ¿Cómo habremos entonces de enseñar literatura en nuestras escuelas secundarias? Y acto seguido responde:
“Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. En nuestros pueblos de la América española esta manera de enseñanza demanda gran atención del profesor: hay que acostumbrar al estudiante a leer mucho y hay que comprobar que lee; hay que habituarlo a la lectura de obras difíciles, allanándole la vía con explicaciones y aclaraciones de orden histórico y lingüístico, pero también haciéndole comprender que nada de sólido y duradero se alcanza sin trabajo”. (Tomado de la Revista Scritura, del Departamento de Letras de la UASD, No. 2, 1981. pág.137)
Sabemos que en el sistema educativo dominicano resulta mucho más que difícil cumplir estrictamente con estos principios metodológicos. La razón es bastante sencilla: muchas, por no decir la mayoría, de esas grandes obras que atinadamente recomienda leer el hijo mayor de Salomé Ureña no aparecen en las librerías, muy especialmente en las ubicadas fuera de la capital del país, y cuando aparecen, sus precios son tan altos que ningún estudiante de escasos recursos económicos estaría en condición de comprarlas.
En Santiago, por ejemplo, no hay para qué buscar, entre otras, obras tan brillantes en su género como la tragicomedia M’hijo el dotor, del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez; El señor presidente, del narrador guatemalteco Miguel Ángel Asturias; Los gobernadores del rocío, del novelista haitiano Jacques Roumain; Lavorágine, del colombiano José Eustasio Rivera, y Solo cenizas hallarás, del destacado narrador dominicano, Pedro Vergés. Y si usted pregunta cuántos cuestan, por ejemplos, obras maestras como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez o Los hermanos Karamasov, del novelista ruso Fedor Dostoievski, le responderán que RD$775 la primera y RD$675 la segunda.
Ante tan adversa realidad, al profesor de literatura no le queda otro camino que apelar a la poco recomendada práctica del fragmentarismo, la que si bien tiene su importancia, toda vez que un fragmento, llámese este capítulo, estrofa, acto, etc., puede despertar el interés por el contenido total de la obra, tiene de negativo que impide al alumno formarse sobre esta, esa visión general que sólo se logra con la lectura completa del texto literario.
Ahora que ya el 4% del PIB para la educación se pondrá en ejecución, se impone, pues, la necesidad de que el Estado Dominicano, a través del Ministerio de Educación, implemente una política cultural tendente a abaratar los precios de las obras literarias, de manera que el verbalismo expositivo no cubra todo el tiempo en que se desarrolla la acción docente, y la enseñanza de la literatura resulte, en consecuencia, más activa, dinámica, significativa y, sobre todo, placentera.
Por: Domingo Caba Ramos.
“El hábito y el amor a la lectura literaria forman la mejor llave que podemos entregar al niño para abrirle el mundo de la cultura universal”.
(Pedro Henríquez Ureña)
Casi todos los tratadistas en la materia, y nuestra práctica docente así lo confirma, coinciden en postular que el modo más efectivo de enseñar literatura consiste en poner al alumno en contacto directo y constante con el texto literario.
“La literatura-apunta José Romera Castillo - es un instrumento válido en la formación de los individuos porque se proyecta sobre la problemática vital de estos, sirve para transformar la realidad y, a la vez, es instrumento de goce y placer” (Didáctica de la Lengua y la Literatura, 1979, pág. 145).
Y en lo que respecta a las metas que se persiguen con su enseñanza, el connotado metodólogo y crítico literario español plantea que con la literatura se pueden conseguir, entre otros objetivos:
a) Incrementar la capacidad de observación, reflexión, análisis, crítica y comunicación, para conseguir que el docente no sea un autómata, sino dueño de sí mismo.
b) Conocer para comprender mejor el pensamiento ajeno y, así, ejercitar el suyo.
c) Utilizar mejor el lenguaje, teniendo los textos literarios como espejo en donde mirarse.
d) Proporcionar hábitos críticos sobre todo con el comentario de textos.
e) Iniciar a los alumnos en la escritura creadora, es decir, en la manifestación de sus pensamientos y sentimientos para desarrollar la capacidad creativa.
Nótese la gran importancia que en cada uno de los objetivos propuestos confiere el autor a la práctica de la lectura, análisis y crítica de obras literarias. Y es que el máximo propósito de todo programa, clase o curso de literatura debe estar dirigido a desarrollar la capacidad creativa, de análisis y el espíritu crítico del educando, de tal manera que este cuente con las habilidades necesarias que le permitan descubrir los valores estéticos, así como desentrañar las ideas, mensaje o sentido profundo de un texto literario.
Para que dicho propósito se materialice, Romera Castillo entiende que “el papel del profesor se ha de invertir al tradicional. El docente será un orientador, un sembrador de semillas, no un señor feudal. Sus conocimientos, por mucho que sepa, son débiles, para basar en ellos su autoridad o una autoridad de saberlo todo que raya más con la magia que con la ciencia”. (ob. cit., pág. 147).
Solo así el estudiante encontrará sentido a la clase de literatura. Solo así el profesor logrará vencer o desterrar, como bien lo aconsejaba el ilustre poeta Antonio Machado, “la solemne tristeza de las aulas”.
Nuestro gran maestro y lingüista, Pedro Henríquez Ureña, en un enjundioso trabajo titulado “Aspectos de la enseñanza literaria en la escuela común”, formula al respecto la siguiente pregunta: ¿Cómo habremos entonces de enseñar literatura en nuestras escuelas secundarias? Y acto seguido responde:
“Del único modo posible: poniendo al estudiante en contacto con grandes obras. En nuestros pueblos de la América española esta manera de enseñanza demanda gran atención del profesor: hay que acostumbrar al estudiante a leer mucho y hay que comprobar que lee; hay que habituarlo a la lectura de obras difíciles, allanándole la vía con explicaciones y aclaraciones de orden histórico y lingüístico, pero también haciéndole comprender que nada de sólido y duradero se alcanza sin trabajo”. (Tomado de la Revista Scritura, del Departamento de Letras de la UASD, No. 2, 1981. pág.137)
Sabemos que en el sistema educativo dominicano resulta mucho más que difícil cumplir estrictamente con estos principios metodológicos. La razón es bastante sencilla: muchas, por no decir la mayoría, de esas grandes obras que atinadamente recomienda leer el hijo mayor de Salomé Ureña no aparecen en las librerías, muy especialmente en las ubicadas fuera de la capital del país, y cuando aparecen, sus precios son tan altos que ningún estudiante de escasos recursos económicos estaría en condición de comprarlas.
En Santiago, por ejemplo, no hay para qué buscar, entre otras, obras tan brillantes en su género como la tragicomedia M’hijo el dotor, del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez; El señor presidente, del narrador guatemalteco Miguel Ángel Asturias; Los gobernadores del rocío, del novelista haitiano Jacques Roumain; Lavorágine, del colombiano José Eustasio Rivera, y Solo cenizas hallarás, del destacado narrador dominicano, Pedro Vergés. Y si usted pregunta cuántos cuestan, por ejemplos, obras maestras como Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez o Los hermanos Karamasov, del novelista ruso Fedor Dostoievski, le responderán que RD$775 la primera y RD$675 la segunda.
Ante tan adversa realidad, al profesor de literatura no le queda otro camino que apelar a la poco recomendada práctica del fragmentarismo, la que si bien tiene su importancia, toda vez que un fragmento, llámese este capítulo, estrofa, acto, etc., puede despertar el interés por el contenido total de la obra, tiene de negativo que impide al alumno formarse sobre esta, esa visión general que sólo se logra con la lectura completa del texto literario.
Ahora que ya el 4% del PIB para la educación se pondrá en ejecución, se impone, pues, la necesidad de que el Estado Dominicano, a través del Ministerio de Educación, implemente una política cultural tendente a abaratar los precios de las obras literarias, de manera que el verbalismo expositivo no cubra todo el tiempo en que se desarrolla la acción docente, y la enseñanza de la literatura resulte, en consecuencia, más activa, dinámica, significativa y, sobre todo, placentera.
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