sábado, 10 de noviembre de 2012

DE NUESTRA LENGUA FÁUNICA Y VEGETARIANA. 

(Al mi maestro y lingüista, Dr. Celso Benavides – In Memoriam)  
Por: Domingo Caba Ramos.

Pienso que a pesar de lo mucho que en la República Dominicana  hemos avanzado en el orden material, científico y tecnológico, nuestro país continúa siendo una aldea.

Pienso que a pesar del Metro, la red de internet,  las imponentes torres arquitectónicas,  la exorbitante cantidad de publicaciones periódicas y canales de televisión, de ser el nuestro uno de los países de América con más universidades y el primero en usar teléfonos celulares (1987), la conducta y creencias  del dominicano promedio están matizadas por visibles rasgos aldeanos.

Pienso, finalmente, que hasta el más desarrollado de nuestros grandes centros urbanos, bien podríamos considerarlo, con las palabras de  don Héctor Inchaustegui Cabral, como una “Ciudad Rural”. Talvez sea esta una de las principales razones que conducen a los hablantes dominicanos a denominar su realidad  valiéndose de comparaciones  mediante el uso de imágenes, símiles y metáforas lexicalizadas que aluden al mundo animal y vegetal.

A muchas de esas construcciones comparativas, vale confesarlo, no les encontramos explicación o coherencia lógica desde el punto de vista semántico; pero independientemente de esto, lo cierto es que tales formas expresivas  forman parte de nuestro repertorio lingüístico, razón por la cual los dominicoparlantes, sin exceptuar niveles socioculturales, las utilizamos en nuestra diaria conversación. El español dominicano lo describimos en tal virtud como lengua fáunica, zoológica, botánica o vegetariana. Algunos ejemplos valdrían a modo de ilustración.

Una acción ejecutada con celeridad o prontitud es, en nuestro país, un acto realizado “en lo que dicen berenjena”  (Y a propósito de berenjena, resulta extraño y un tanto curioso que esta palabra, formada por cuatro sílabas, sea empleada como símbolo de rapidez, a sabiendas de que existen otras que por estar constituidas por una o dos sílabas se pronuncian mucho más rápido)

_« Ya no te quiero, por tanto, me importa un “pepino” lo que hagas con tu vida…»… - le dice Andrómeda a su esposo Bernabé. (No sé por qué siempre tiene que ser un pepino lo que nunca importa, y no un melón, un limón, un tomate, etc.)

Incurrir en sacrificios en pos de la supervivencia es lo mismo que guayar la “yuca”. Ser dichoso es nacer como la “auyama” Una mujer bella y elegante es un “tronco” de hembra. Sorprender en una acción a quien procede en forma inadvertida es atraparlo asando “batata”. Molestarse o ser afectado por un sentimiento de intensa ira es ponerse como un “ají  o rojo como un “tomate”. Desplomarse al suelo de repente es caerse como una “guanábana”.

El más antiguo miembro de una institución, más que un ser humano es un viejo “roble”. Del anciano que luce fuerte y vigoroso se dirá que está como un “campeche”, en tanto que se denominará “ñame” a todo ser racional que en su comportamiento muestre signos de torpeza y brutalidad. (Tampoco entiendo por qué se insiste en presentar a nuestro jugoso ñame tropical como símbolo de torpeza y falta de inteligencia) 

Contestarle firmemente a alguien, destacando las  razones y  verdades que este no desearía escuchar es, sencillamente, mandarlo a freír “tuzas”.  Enfrentar un problema en forma superficial equivale a  tratarlo por la “rama”.  Y para resaltar la imposibilidad de superar el problema de conducta no corregido en la infancia, el botánico refrán no se  hace esperar: “Árbol que nace torcido jamás sus ramas  endereza”                                                                                         

Cuando se encuentre en círculos de amigos, sin importar, vale reiterarlo, la clase social a que pertenezcan, preste mucha atención a las intervenciones de cada uno y posiblemente escuchará expresiones como las siguientes:

a)     -“¡Diablo, qué ‘vaina’…! mientras los funcionarios están en las ‘papas’, el pueblo sigue guayando la ‘yuca…’”

b)    -“Al senador Winston Guerrero se le ha puesto la ‘piña’ agria. Están pagando diez millones por su cabeza y un general acaba de demandarlo por difamación. La verdad es que ese tipo no es ‘manguito’ ni mucho menos un ‘maíz’: para echarle la ‘cuaba’  o acusar al gobernador, al fiscal y al comandante de la policía de Baní de proteger a los narcotraficantes en esta zona, hay que ser muy valiente. Los acusados no son chivitos  jarto e ‘jobos’ ”…

c)     -“No me desprecies y olvides que de cualquier ‘yagua’ vieja sale tremendo alacrán”

d)    -“Pensé – dice Rufo, el Bichán – que la novia de mi amigo Eustaquio era otra cosa; pero es un ‘fleco’ viejo y con unos ‘calabazos’…

Y para indicar que una realidad, aunque desafortunada tenemos que aceptarla, la frase  utilizada no podía ser menos vegetariana y folklórica:

 “El ‘tabaco’ es fuerte, pero que fumárselo…”

El mundo animal, igual o talvez más que el vegetal, está permanentemente presente en el habla popular dominicana. Esta se nos presenta pletórica de referencias zoológicas que en forma figurada aluden a las más diversas manifestaciones de la vida nacional.  Así se pone de manifiesto en otro parlamento, protagonizado esta vez por nuestro pintoresco y ya mencionado personaje, Rufo, el Bichán:

« Al barrio ha llegado  un tipo que priva en bichán y “león”. Parece que él no sabe que aquí el único “león” y  bichán soy yo, Rufo, el “caballo”, el “toro” y verdadero “pato” macho del barrio. Me informan – continúa Rufo – que al carajo ese, parece que yo no le caigo bien; pero más le vale que no choque conmigo, pues él debe saber que frente a mí no es más que un simple “pollito”, que aunque priva en “tíguere”, todo el mundo dice que es un “bobo” viejo, más pendejo que una “gallina”, y cuando lo atacan, corre más que una “guinea”. Que de la guardia lo botaron por “gato” e irresponsable, ya que acostumbraba a salir de “lechuza” o abandonar su trabajo sin el permiso de sus superiores. Por eso, si me sigue provocando, le daré una paliza que lo pondré a ver “animitas” y muerto ese “abejón”»

Pero no sólo son fáunicas o zoológicas en el español dominicano las voces puestas en boca del precitado, barrial  y folklórico personaje.


En nuestro país le llaman ‘perro’ a una persona  si es odiosa o poco cortés; ‘puerco’, si es antihigiénica; ‘gato’, al ladrón; ‘burro ’, al iletrado o a quien actúa en forma terca e irracional; ‘chivo o culebro’, a quien da muestras de sospecha y desconfianza, o procede de manera esquiva frente a los demás; ‘avispa y cacata’, a la mujer conflictiva, de espíritu bélico o muy dada al pleito; ‘pato’, a quien muestra destrezas al nadar; ‘gallina’, a las personas cobardes ;‘cotorra’, a quien  habla demasiado; ‘mono’ o ‘mona’ , al hombre  mujer  feos o desprovistos de atractivos físicos, ‘pichón’, al joven inexperto; ‘zorro’, al muy astuto, ‘tiguerito’, al niño travieso o de reducida edad , ‘pájaro’ al hombre  homosexual o afeminado.

“¿Por qué los dominicanos hablamos así, tan diferentes a los hablantes de otros países americanos?” – me preguntó en una ocasión, bastante inquieta, una amiga y ejecutiva bancaria de la ciudad de Santiago.

Tales  formas de expresión  – le respondí - forman parte de las numerosas variantes dialectales propias del dialecto dominicano. Este dialecto, en su vinculación con el español de América y el español peninsular, comparte una serie de rasgos lingüísticos comunes que permiten el entendimiento, la comprensión y la intercomunicación entre los hablantes de los países del llamado mundo hispánico; pero al mismo tiempo, y como parte de su proceso evolutivo, poco a poco va creando sus particulares giros expresivos, los cuales, en última instancia, se constituyen en sus rasgos diferenciadores. De ahí que no siempre un mismo término soporte igual significado en todas las comunidades hispanohablantes. Como bien aparece consignado en la muy famosa copla del no menos famoso son cubano:

«En Cuba merengues hacemos,
sancochados en una paila,
lo que en Quisqueya se baila,
en Cuba nos lo comemos…»

La explicación es bastante sencilla: para los cubanos, merengue es un dulce especial elaborado con azúcar y clara de huevo, mientras que para los dominicanos no es más que su principal ritmo folklórico.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                   
  Lo cierto es que así se comporta nuestra lengua o variante dialectal llamada español dominicano:desde que empezamos a hablarla, comenzamos  a pasear la flora y la fauna dominicana por los senderos comunicativos de nuestra cotidiana práctica lingüística.



viernes, 2 de noviembre de 2012

DON ALFREDO RAMOS : UN CANTOR POPULAR PERDIDO EN LAS MARAÑAS DEL ANONIMATO.
 
(In Memoriam)

Por : Domingo Caba Ramos.

El 9 de mayo de 1991 murió en la comunidad de don Pedro, Tamboril, a la edad de 83 años, el destacado poeta popular Alfredo Ramos y Ramos.

Músico, poeta, agricultor, ejemplar padre de familia y poseedor de un jovial y alegre espíritu, don Alfredo poseía un talento poético natural y un dominio asombroso del arte de la versificación. Como buen cultor de la poesía popular descolló en la décima que, como todos sabemos, es la estrofa por excelencia de este tipo de expresión poética.

Al decir de uno de sus hijos, el profesor Máximo Ramos, don Alfredo escribió “montones de décimas”, pudiéndose apreciar en una gran parte de ellas, afirmamos nosotros, una clara influencia de ese genio del verso popular que se llamó Juan Antonio Alix y un apego fiel a los cánones o principios que norman la versificación tradicional española. Poseía igualmente el talento repentista o don de la improvisación del Maestro Mónica (Meso Mónica), otro de los grandes bardos populares dominicanos de todos los tiempos.

A don Alfredo Ramos apenas si lo conocí. Solo en una sola oportunidad tuve el honor de conversar con él. Por la investigación, supe que había ganado más de un concurso de décimas, entre ellos, el Concurso Tierra y Alma, organizado en 1980 por los ministerios de Educación y Agricultura, así como otros de los tantos organizados por Radio Santa María. Que era un asiduo lector, y que sólo cursó el cuarto año del nivel básico. Mas le sobró talento para crear bellas espinelas como por ejemplo esta, de inconfundible tono humorístico y en la que el autor destaca la gran sagacidad mostrada por los ladrones en el momento de realizar sus pillas acciones:

“A un señor por desventura
lo mataron sin piedad
para con facilidad
robarle la dentadura
pues como el ladrón procura
trabajar curiosamente
en un acto sorprendente
según lo menciona el caso
le dieron cuatro balazos
y le llevaron los dientes.”

O como en las que siguen, compuestas en 1984 y dedicadas al magisterio en lucha:

“Les inculco no reduzcan,
ni se cansen de luchar,
que así podrán alcanzar,
lo que en tantos años buscan,
sus avances no los truncan,
pues ya muy claro se ve,
que esos malvados tupés,
que en nada son competentes,
lo que buscan brutalmente,
es destruir la A.D.P."

Su bajo nivel académico o falta de formación teórica contrasta notablemente con su capacidad para hilvanar versos. El bien pudo haber expresado con las palabras del gaucho Martín Fierro:

Yo no soy cantor letrao,
más si me pongo a cantar,
no tengo cuando acabar,
y me envejezco cantando:
las coplas me van brotando
como agua del manantial”.

Los historiadores literarios dominicanos, lamentablemente, toman muy poco en cuanta a estos fieles representantes del folklore poético nacional. El más claro ejemplo de este planteo lo constituye el caso del poeta santiaguero Luis Camejo, quien no obstante ser uno de nuestros más brillantes epigramistas, apenas conocemos su producción quienes de una u otra forma estamos vinculados al fabuloso mundo de la literatura. En los programas escolares y libros de textos su nombre brilla por su ausencia.

Creemos, sin embargo, que es justo reconocer el don creativo de todos aquellos vates populares que a través de la historia se han encargado de brindarnos la sabia de su arte en nuestros campos, aldeas, villas y ciudades. Como el destacado decimero tamborileño, don Alfredo Ramos y Ramos, quien en vida se distinguió como:

UN INGENIOSO CANTOR POPULAR PERDIDO EN LAS MARAÑAS DEL ANONIMATO.

jueves, 25 de octubre de 2012

EN TORNO A LAS MULETILLAS


 Por: Domingo Caba Ramos.

 Existen hablantes que no pueden iniciar una conversación sin tener que pronunciar el famoso “eeeh...” Otros repiten mucho palabras como: “¿Sabe?”, “bueno...”, “¿Comprende?”, “entonces...”, “¿tú ve...'?”, “¡Por Dios!..”, “y vaina...”, “eteeh”, “tú me entiendes”, " ¿No…?

 A un famoso y octogenario comunicador capitaleño, Alvarito Arvelo, en el popular programa de comentarios en que labora, se le hace más que difícil afirmar algo sin concluir casi siempre preguntando: ¿Verdad…?; mientras que un dinámico gestor cultural y apreciado amigo nuestro, no puede desarrollar una idea sin iniciarla con su ya muy característico " Real y efectivamente… "

 Cuando cursaba estudios de maestría en la UASD, me tocó recibir clases de un profesor que solía generar risa e indisciplina en el aula, por cuanto cada vez que afirmaba algo terminaba siempre preguntando: “¿Si o no?”.

 En los primeros meses del año 1990 se transmitía por uno de los canales de televisión de Santiago un programa de análisis sobre asuntos electorales. En boca de uno de los dos periodistas que lo conducían estaba tan presente la expresión “¡Por Dios...!”, que un día cualquiera, y en sólo media hora de programa, el aludido comunicador articuló dieciocho veces la susodicha invocación.

 ¿Y qué decir de las archimanejadas frases: “Pues nada…” y “ni modo...” Posiblemente, en la actualidad, sean estas dos, las muletillas más populares o de mayor presencia en el habla dominicana.

 Los diccionarios coinciden en la valoración semántica del término al establecer que muletilla es:

 A.- “Voz o frase que repite una persona muchas veces en la conversación” (Pequeño Larousse Ilustrado).

B.- “Palabra o expresión que se intercala innecesariamente en el lenguaje y constituye una especie de apoyo en la expresión” (Diccionario Kapelusz de la Lengua Española).

 C.- “Voz o frase que, inadvertidamente y por hábito vicioso, repite una persona con mucha frecuencia en la conversación” (Diccionario Enciclopédico Quillet).

 Muletilla es diminutivo de muleta, y muleta no es más que el palo en el cual se apoya quien tiene dificultad para caminar. De este planteo se infiere que la muletilla es al hablante lo que la muleta al caminante. O, lo que es lo mismo, cuando el sujeto comunicante confronta problemas al hablar, suele entonces valerse de una muletilla como soporte o punto de apoyo hasta tanto fluya a su repertorio lingüístico la palabra o expresión deseada. De ahí que mientras mayor sea la pobreza léxica del individuo, mayor será su tendencia a emplear una o más muletillas en su diaria conversación.

 Conviene aclarar, sin embargo, que en ocasiones el uso de una determinada muletilla se inscribe dentro de la llamada función fática de la lengua, vale decir, el emisor (hablante) la emplea con el propósito de mantener el circuito de la comunicación o asegurarse de que el receptor (oyente) esta descodificado o entendiendo debidamente el mensaje transmitido. Este era el caso del famoso “¿Comprende?”, del profesor Juan Bosch, fecundo y veteranísimo escritor cuyo elevado dominio del léxico español a nadie se le ocurriría poner en duda ni siquiera por un segundo. Y es que las muletillas, sin discriminar niveles académicos o socioculturales, se nos presentan como una especie de “telaraña lingüística”. El hablante que en sus redes resulte atrapado, difícilmente pueda liberarse de ellas.

martes, 16 de octubre de 2012

«EL ABOGADO DEL DIABLO»
  Por: Domingo Caba Ramos.


Nació en San Francisco de Macorís el 18 de julio de 1931. Abogado prominente, sofista de fácil, fluido y engañoso verbo, y presidente de un partidito o “ventorrillo” político de parasitaria naturaleza, compuesto por sus cuatro hijos y quizás algunos de sus nietos u otros parientes cercanos. Un supuesto “partido”, especie de club familiar llamado Fuerza Nacional Progresista, estructurado con dos únicos propósitos: lograr que el PLD se mantenga siempre en el poder y evitar que el PRD nunca gane unas elecciones.

 Consciente de su histórica impopularidad o de que la mayor parte de los dominicanos “no lo soportan”, el ejercicio del poder siempre lo ha concebido para otro, nunca para él. Se trata de un ser que parece haber nacido para incubar y expeler odios, maldad, intrigas y conflictos. Por eso, su simple tono de voz genera angustia, intranquilidad, desasosiego y depresión.

 Trujillista de turbia imagen y defensor de los gobiernos represivos que durante los famosos doce años encabezó Joaquín Balaguer, el siniestro personaje que nos ocupa siempre ha estado al lado del mal y presto a defender los peores intereses. Por eso ha sido señalado durante años, y con sobradas razones, como “El abogado del diablo”.

Su nombre, desafortunadamente y con letras malditas, yace grabado en mi memoria desde 1978, año en cuyas elecciones presidenciales desempeñó un rol protagónico o contribuyó de manera significativa para que se materializara el "Madrugonazo" o "Fallo Histórico", maniobra mediante la cual Joaquín Balaguer logró despojar fraudulentamente al Partido Revolucionario Dominicano de seis senadores, lo que le permitió a su partido mantener una mayoría en el Senado.

 Ante tan nefasta y antipatriótica maniobra, unida a los fraudulentos intentos del presidente Balaguer de continuar en el Palacio Nacional, el pueblo amarró sus voces en un solo grito de protesta para reclamar que se respetara la voluntad popular que el líder reformista, con el apoyo del “abogado del Diablo” y otros seres de las tinieblas, pretendían robarle a ese mismo pueblo. Este, en lugar de demandar que se respetara dicha voluntad, se alió al Partido Reformista para vulnerarla y pisotearla.

 Por eso no me extrañó que desde que el actual Procurador General de la República, Francisco Domínguez Brito, en un gesto que todos a quien le duela nuestro país debió apoyar y aplaudir, anunció recientemente que solicitaría a la Suprema Corte de Justicia reactivar el expediente de corrupción en contra del senador Félix Bautista, la reacción adversa del famoso abogado, hoy presidente de la Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental, no se hizo esperar.

 El hombre de la “ética e integridad gubernamental” no está de acuerdo de que se reabra un expediente acusatorio en contra de un funcionario acusado de cometer actos de corrupción. No está de acuerdo con que se procese a los funcionarios corruptos y antiéticos, y mucho menos si esos funcionarios formaron parte de la administración que encabezó su jefe Leonel Fernández.

 Ese mismo hombre de la “ética e integridad gubernamental” fue el abogado de un banquero sentenciado y enviado a la cárcel por incurrir en acciones corruptas y antiéticas: Ramón Báez Figueroa. Aunque todos lo llaman Vincho, el nombre de pila del antiético Director de Ética de quien estamos hablando es Marino Vinicio Castillo Rodríguez.

 Ese es el Vincho histórico. El ser a quien por sus venenos verbales, hasta el expresidente Leonel Fernández le temía “como el Diablo a la cruz”, razón por cual nunca se atrevió a separarlo de su gobierno.

Danilo Medina, no sé si también por temor o agradecimiento, va, igualmente, por el mismo camino: no solo lo confirmó en el puesto en el que lo había nombrado Leonel, sino que lo ascendió de nivel.

Ese es el auténtico Vincho Castillo: para la minoría, quizás un Dios o héroe nacional. Para la mayoría, un verdadero “Abogado del Diablo”, y uno de los seres a quien el pueblo dominicano nada, absolutamente nada, tiene que agradecerle.

martes, 25 de septiembre de 2012

NOTAS PARA EL CONOCIMIENTO, ANÁLISIS Y COMPRENSIÓN DEL HIMNO NACIONAL DOMINICANO



Por: Domingo Caba Ramos

 « El Himno Nacional es la composición musical de José Reyes con letras de Emilio Prud – Homme, y es único e invariable» Constitución de la República Dominicana. (Artículo 33)




 ¿Qué sabe el dominicano promedio acerca del Himno Nacional? ¿Sabrá que su estructura poética está conformada por doce estrofas y no por las cuatro que se cantan? ¿Sabrá por qué razón no se interpretan todas las estrofas? ¿Habrá leído alguna vez las ocho estrofas restantes? ¿Habrá leído y analizado completamente el Himno con el fin de desentrañar el contenido profundo latente en sus versos? En fin, ¿sabe cada dominicano que canta o tararea su himno, qué se dice en cada uno de sus versos?

 UN POCO DE HISTORIA.

 EL Himno Nacional Dominicano, composición consagrada por la Ley No. 700, de fecha 30 de mayo de 1934, es una composición lírico – épica compuesta en 1883 por el abogado, maestro y poeta puertoplateño, Emilio Prud – Homme (1856 – 1932) y el músico José Reyes (1835 – 1905). Contrario a lo que podría pensarse, la música del Himno fue escrita primero que sus letras.

 Se tocó por primera vez el 17 de agosto de 1883 en una velada que celebró la prensa nacional en la Logia Esperanza, Santo Domingo, para celebrar el vigésimo aniversario de la Restauración de la Republica Dominicana; pero su lento proceso de popularización se llevó a cabo a partir del 27 de febrero de 1884, fecha en que se realizó el traslado al país de los restos de Juan Pablo Duarte, fallecido en Caracas, Venezuela, en 1876. Ese día, el Himno Nacional se tocó durante todo el recorrido que llevó los restos del patricio desde el puerto de Santo Domingo hasta la Catedral Primada de América.

 En los diez primeros años de su creación, el Himno tuvo muy poca difusión, vale decir, solo se escuchaba en la capital de la República y en días tan especiales como el 27 de febrero y el 16 de agosto de cada año. Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es a partir del año 1894 cuando se inicia el verdadero proceso de difusión del canto patriótico, debido a las múltiples ocasiones que hubo que interpretarlo para solemnizar los diversos actos organizados para celebrar el cincuentenario de la Independencia Nacional.

 En 1897, el Congreso Nacional, luego de encendidas discusiones, resolvió aprobarlo como Himno Nacional de la República Dominicana. El general Ulises Heureaux (Lilís), entonces presidente del país, y entre cuyos desafectos políticos se contaba a Emilio Prud – Homme, engavetó, en lugar de promulgar la pieza legislativa, concediéndole así al tirano Trujillo la honrosa oportunidad de declarar oficial el himno, al promulgar, el 30 de mayo de 1934, la ley que durante treinta y siete años había permanecido engavetada.

No fue este, sin embargo, el primer canto patriótico dominicano. En marzo de 1844, días después de proclamada la Independencia Nacional, el poeta y patriota Félix María del Monte (1819 -1899) y el coronel músico, Juan Bautista Alfonseca (1810 – 1875) compusieron el himno que nuestra historia literaria registra con los títulos de “Canción Dominicana” o “Himno a la Independencia”. Este himno, talvés por su esencia más antihaitiana y prohispánica que dominicana, caló muy poco en el gusto y sentimiento del pueblo. Esa ausencia de dominicanidad es posible apreciarla, por ejemplo, en el primer verso del patriótico texto, en el cual el poeta llama “españoles” a los dominicanos:

 « Al arma españoles, 
volad a la lid, 
tomad por divisa, 
vencer o morir»

 Lo contrario sucede con el himno de Prud – Homme, en cuyo primer verso se emplea nuestro original e histórico gentilicio: “Quisqueyanos “.

 «Quisqueyanos valientes, alcemos,
 nuestro canto con viva emoción…»

 Acerca de Prud - Homme y su Canto a la Patria, apunta Carlos Federico Pérez lo siguiente:

« Sin embargo, fue su estro el que acertó con el tono vibrante, pleno de sonoridades, del Himno Nacional. Si a esta pieza ha de asignársele una filiación literaria, desde luego que le convendría la romántica, por su calidad en la expresión del entusiasmo patriótico, al unísono con el fervor por la libertad» (Evolución poética dominicana, 1987, p.202)

 ¿De qué trata el Himno? ¿A qué realidad alude? ¿Qué ideas intenta transmitirnos el autor en los cuarenta y ocho versos que lo conforman? ¿Cuándo y dónde debe tocarse el Himno?

El Himno Nacional dominicano, como ya escribimos al inicio del presente ensayo, es un canto lírico – épico. Lírico, porque en la mayor parte de sus versos se invoca, alaba, exhorta, valora, excita, se despierta sentimientos y aparece plasmado el yo particular del poeta. Épico, porque en dicha composición, se alude a varios de los hechos que se desarrollaron en nuestras dos principales gestas independentistas: la Independencia Nacional y la Restauración de la República Dominicana. Una independencia cuyo logro el poeta invita (primera estrofa) a celebrar cantando valientemente nuestro Himno y mostrándole al mundo orgullosamente nuestra bandera:

 “Quisqueyanos valientes, alcemos
 nuestro canto con viva emoción,
 y del mundo a la faz ostentemos,
 nuestro invicto, glorioso pendón”. 

Y acto seguido (segunda estrofa) eleva su voz de alabanza y reconocimiento a los dominicanos que de manera intrépida arriesgaron sus vidas y desafiaron la muerte en pos de ver a su patria “libre e independiente de toda potencia extranjera” como bien lo había soñado y proclamado el patricio Juan Pablo Duarte:

“¡Salve! el pueblo que, intrépido y fuerte,
 a la guerra a morir se lanzó,
 cuando en bélico reto de muerte 
sus cadenas de esclavo rompió”.

 Y así como ensalza el comportamiento de esos valientes patriotas, condena ácremente (tercera estrofa) a quienes proceden de manera indiferente, a los indolentes o que muy poco parece importarles el destino de la Patria, y a los que colaboran o se inclinan servilmente, en vez de combatirlo, frente al intruso que los pisotea, razones por las que entiende no merece ser libre un país poblado por ciudadanos en cuyos pechos no arde el fuego del patriotismo.

“Ningún pueblo ser libre merece
 si es esclavo, indolente y servil; 
si en su pecho llama no crece
 que templó el heroísmo viril”. 

Pero la República Dominicana no es uno de esos pueblos indiferentes, indolentes y serviles. Los dominicanos siempre permanecerán alertas, altivos, con la frente en alto y decididos a defender la soberanía nacional cuantas veces botas extrañas intenten pisotearla, esclavizarla, mancillarla y arrebatárnosla. Así lo expresa el poeta en la cuarta estrofa:

“Mas Quisqueya la indómita y brava 
siempre altiva la frente alzará; 
que si fuere mil veces esclava
 otras tantas ser libre sabrá” 

Después de proclamada la Independencia Nacional la noche del 27 de febrero de 1844, el haitiano invasor no se amilanó o dio por vencido. Se marchó a su tierra natal y organizó los ejércitos que pronto regresarían con miras a rescatar el terreno perdido. Es entonces cuando estallan en la recién fundada República las llamadas guerras de independencia. Esas batallas, ganadas todas por las liberadoras fuerzas dominicanas , fueron las siguientes : Fuente del Rodeo, Cabeza de las Marías, 19 de marzo, 30 de marzo, El Memiso, Tortuguero, Cachimán, La Estrelleta, Beller, El Número, Las Carreras,Santomé, Cambronal y Sabana Larga. A dos de estas bélicas contiendas se refiere Prud – Homme en la quinta estrofa de su himno:

“Que si dolo y ardid la expusieron 
de un intruso señor al desdén,
 ¡Las Carreras! ¡Beller! … campos fueron
 que cubiertos de glorias se ven”.

 En el Himno (sexta estrofa), además de las gestas gloriosas, se loa a los patricios que desarrollaron la heroica misión de encender la llama del patriotismo y la antorcha de la libertad:

 “Que en la cima de heroico baluarte,
 de los libres el verbo encarnó,
 donde el genio de Sánchez y Duarte 
a ser libre o morir enseñó”. 

 El 18 de marzo de 1861, cinco años después de haberse librado la última guerra contra los haitianos (la célebre Batalla de Sabana Larga), el presidente de turno, Pedro Santana, decide, inconsultamente, proclamar la anexión de la República Dominicana a España, echando al suelo, de esa manera, la independencia que veintisiete años antes había sido proclamada. Dos años después, el 16 de agosto de 1863, un reducido grupo de patriotas encabezados por el general Santiago Rodríguez, se reunió en el cerro de Capotillo, bajó del asta la bandera española y enarboló la tricolor dominicana, iniciándose así lo que nuestra historia patria registra con el nombre de Guerras de Restauración. Tal idea aparece épicamente relatada en la séptima estrofa del himno que nos ocupa:

“Y si pudo inconsulto caudillo
 de esas glorias el brillo empañar, 
de la guerra se vio en Capotillo
 la bandera de fuego ondear”. 

Uno de los recursos tácticos utilizados por los combatientes dominicanos en la guerra restauradora, consistió en incendiar poblaciones enteras con el propósito de dificultar el paso y libre accionar del ejército español. Quemada resultó la ciudad de Santiago por orden del general Gaspar Polanco, e incendiada fue también, días después, la ciudad de Puerto Plata. Estas y otras acciones bélicas ejecutadas por las tropas restauradoras, obligaron al gobierno español a emitir (3 de marzo de 1865) el decreto mediante el cual se anulaba la anexión y se ordenaba a las tropas españolas el retiro inmediato de la República Dominicana. Una vez más, nuestro ejército libertador resultó triunfante, y con el triunfo volvió a flotar, en el cielo de Quisqueya, el lienzo tricolor ideado por Juan Pablo Duarte. La octava estrofa del Himno así lo parece reseñarlo:

 “Y el incendio que atónito deja 
de Castilla al soberbio león, 
de las playas gloriosas se aleja, 
donde flota el cruzado pendón”.

 Luego de esta jubilosa y triunfante relación, el tono lírico de la composición reaparece y se eleva con emoción inocultable en las estrofas finales:

 a) Para invitar a cada dominicano (novena estrofa) a conservar su orgullo nacional y mantener siempre en alto su frente, y estar, en todo momento, listo para enfrentar con valentía y bravura, a toda fuerza extraña que intente nuevamente mancillar nuestra soberanía o aplastarnos con el ímpetu de su poderío.

“Compatriotas, mostremos erguida, 
nuestra frente, orgullosa de hoy más; 
que Quisqueya será destruida 
pero sierva de nuevo, jamás”.

 b) Para recordarnos ( décima estrofa) nuestra tradición de pueblo intrépido e invencible, que prefiere morir luchando con el propósito de lograr su libertad, en lugar de arrodillarse ante el enemigo que pretende esclavizarlo :

 “Que es santuario de amor cada pecho, 
do la patria se siente vivir;
 y es su escudo invencible, el derecho, 
y es su lema: ser libre o morir” 

c) Para invitar ( undécima estrofa) a los dominicanos a rememorar las acciones guerreras, “el clarín de la guerra”, cuyos triunfos sirvieron de base de sustentación a la independencia lograda :

“¡Libertad! que aún se yergue serena 
la victoria en su carro triunfal 
y el clarín de la guerra aún resuena 
pregonando la gloria inmortal”.

 d) Para en aras de fortalecer nuestra conciencia libertaria ( duodécima estrofa), invitamos, por fin, a pregonar y repetir, pletórico de emoción, el eco libertador que aún parece escucharse en los campos de batallas :

 “¡Libertad! Que los ecos se agiten
 mientras llenos de noble ansiedad 
nuestros campos de gloria repiten, 
¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!

 ¿POR QUE SOLO SE INTERPRETAN LAS CUATRO PRIMERAS ESTROFAS DEL HIMNO?

Como son tantas las versiones que, sin fundamento alguno, al respecto se han dado a conocer, procedí a consultar o recabar el parecer de una voz autorizada, la del historiador y laureado tenor dominicano, Arístides Inchaustegui Reinoso, con el fin de obtener de él la respuesta que más se corresponda con la verdad del caso. Inchaustegui, en su rol de cantante lírico, ha tenido que interpretar el Himno Nacional en múltiples ocasiones; pero además de cantarlo, es el dominicano que más ha investigado la historia de nuestro canto a la Patria.

 De inconmensurable valor y fuente necesaria de consulta es su muy documentado ensayo “Apuntes para la historia del Himno Nacional Dominicano”, publicado primero en el Suplemento sabatino del Listín Diario (1974) y luego en la revista Eme – Eme, Volumen 111, No.17, UCMM, 1975. Según este investigador, razones de seguridad motivaron que durante el gobierno de Trujillo se recortaran las estrofas del Himno para de esa manera reducir el tiempo de su ejecución.

"Trujillo – expresa Inchaustegui – fue quien oficializó el Himno el 30 de mayo de 1934 ; pero al ser tantas las estrofas que lo conforman, se consideró que el dictador no podía permanecer por tanto tiempo, inmóvil, de pie y expuesto al público, a que terminara de tocarse, ya que eso ponía en riesgo su vida . Para reducir el tiempo de su interpretación, se determinó tocar solamente las cuatros estrofas iniciales".

 Un minuto y veinticinco segundos es el tiempo promedio de duración del Himno Nacional. Si se tocara completo duraría cuatro minutos y quince segundos.

 ¿DONDE Y CUANDO DEBE INTERPRETARSE EL HIMNO?

No existe una ley ni una disposición oficial (decreto, resolución, ordenanza, etc.) que prescriba el uso del Himno Nacional Dominicano o que establezca cuándo y dónde debe tocarse este. Y como a nadie se le puede impedir de hacer lo que la ley no prohíbe, el Himno puede ser interpretado en todo momento y en cualquier lugar. Ni siquiera nuestra Carta Magna establece nada a respecto. Lo único que en este texto se lee acerca de la patriótica composición de Reyes y Prud – Homme es la escueta o brevísima descripción que a continuación se transcribe: « El Himno Nacional es la composición musical de José Reyes con letras de Emilio Prud – Homme, y es único e invariable» (Artículo 33).

Con los otros dos símbolos, el Escudo y la Bandera Nacional, sucede exactamente lo mismo. El uso de uno y otro no está reglamentado desde el punto legal, y en la Constitución de la República (Artículos 31 y 32) solo aparece una breve descripción acerca de cada uno de ellos. Debido a esa ausencia de prescripción jurídica, no resulta extraño presenciar, con inmenso pesar y no menos rabia, a nuestra enseña tricolor flotando en el patio de un prostíbulo o cubriendo el ataúd en cuyo interior yace el cadáver de un delincuente.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

YELIDÁ : EL POEMA DEL MULATAJE ANTILLANO. (*)


Por : Domingo Caba Ramos

« Tomás Hernández Franco, natural de Tamboril, Santiago de los Caballeros, República Dominicana, publica Yelidá en 1942, poema en el que proyecta el aliento paradisíaco de la topografía entroncada en la epopeya racial de la mulatía»

(Bruno Rosario Candelier)
                                                                Portada edición especial poema Yelidá. Editora Taller, 1985

Yelidá, de Tomás Hernández Franco (Tamboril, 29 de abril de 1904 – Santo Domingo, 1 de septiembre de 1952), junto a Compadre Mon (1942), de Manuel del Cabral; El poema de la hija reintegrada (1934), de Domingo Moreno Jimenes y Hay un país en el mundo (1949), de Pedro Mir, entre otros, forma parte de los textos capitales de la poesía dominicana del siglo XX. Fue compuesto en 1942 en El Salvador, año en que su autor desempeñaba funciones diplomáticas en esa nación suramericana.

1. ¿CÓMO FUE ESCRITO YELIDÁ?

La riqueza léxica, así como el extraordinario valor simbólico, literario y cultural que se aprecia en el poema contrastan poderosamente con la forma acelerada, repentista o casi improvisada como fue escrita dicha composición. Así lo testimonia la viuda del poeta, doña Amparo Tolentino, en una entrevista concedida al autor del presente artículo, años antes de su sentido fallecimiento:

« Tomás escribió a Yelidá prácticamente de un tirón – afirma doña Amparo. Recuerdo que esa tarde llegó de la Embajada, se sentó frente a su maquinilla y como si alguien le estuviera dictando los versos comenzó a escribir. El sonido de la máquina parecía una metralleta. No se detuvo hasta que llegó la hora de asistir a una de las habituales recepciones propias del servicio diplomático. El poema quedó así iniciado, el papel donde escribía lo dejó en la maquilla para continuarlo a su regreso. Y así fue. Cuando regresó en la noche, reinició el trabajo poético antes suspendido, y no se paró de la silla hasta que la obra quedó felizmente terminada. Esto ocurrió de manera rápida – continúa explicando doña Amparo. Me pidió que le corrigiera un verso, no recuerdo cuál. Le dije que estaba bien así. Extrajo el texto de la máquina y sin corregir una sola palabra lo envió a la imprenta, y ese texto es el que hoy todos conocemos con el título de YELIDÁ» (1)

Cuando compuso el poema, Hernández Franco conocía muy bien al pueblo haitiano, su cultura y el ritual mágico del vudú; pues en Haití había residido en su condición de  Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario y Secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe. También poseía vastos conocimientos de la poesía negroamericana, bastante cultivada en las Antillas durante las décadas de 1930 y 1940, como se demuestra en el ensayo que sobre el tema publicó en el mismo año en que fue puesto en circulación el poema Yelidá. (2)

Igualmente, y gracias a su estadía en Europa, donde cursó estudios, conoció a muy temprana edad la vanguardia literaria vigente en los años veinte. "En el Viejo Continente - habíamos escrito - Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, etc.) y publicó muchas de sus obras" (3).

Conforme a lo anteriormente indicado, Bruno Rosario Candelier, afamado crítico dominicano, es más explícito al afirmar que:

«Yelidá se produce por el contacto directo del autor con la vanguardia artística en París y por el contacto, directo y en vivo, con la realidad mágica y ritual del vudú en Haití» (4)

Esos conocimientos le permitieron al inspirado bardo tamborileño crear una obra poética de alegórica esencia e inconfundible acento vanguardista, y recrear, por vía de esta, la expresión haitiana de la cultura afroantillana.

Yelidá, desde el punto de vista de su construcción retórica, cumple con todos los rasgos formales de una alegoría (5). Nada en esta obra, en lo que a su contenido respecta, se expresa de manera directa, sino a través de símbolos, originales imágenes e impresionantes y complicadas metáforas que le imprimen al texto un alto nivel de hermetismo que, por lo común, impide que su contenido profundo pueda ser desentrañado cuando se lee por primera vez.

« La adecuación entre significado y significante - escribe al respecto José Alcántara Almánzar -se evidencia en el hábil manejo de las metáforas y el empleo de una simbología no siempre captada en una primera lectura del texto. Junto al uso de un lenguaje en el que abundan metáforas deslumbrantes y numerosas imágenes de increíble originalidad y eficacia - continúa explicando el conocido narrador y crítico literario - el poeta vertebró sabiamente los distintos elementos del texto, logrando una de las más acabadas composiciones épico - líricas del siglo veinte en la República Dominicana…» (6)

2. ¿DE QUE TRATA EL POEMA?

Describe la síntesis o fusión de dos razas, la negra, representada por Madam Suquí, y la blanca, representada por Erick, así como la variante que de esta fusión se genera : el mulato, expresión racial característica del ámbito americano, magistralmente simbolizada por la protagonista de la historia : Yelidá.

Estructuralmente conformado por 211 versos distribuidos en seis partes: “Un antes”, “Otro antes”, “Un después”, “Un paréntesis”, “Otro después” y “Un final”, Yelidá es un poema narrativo de carácter épico - lírico en el cual se cuenta una historia principal: la historia de una mulata, Yelidá, y otras dos historias secundarias: las del noruego Erick y la haitiana Madam Suquí, padres de Yelidá.

En los dos primeros antes (antes de la historia de Yelidá) se nos cuenta (“Un antes”) la historia de Erick, “el muchacho noruego que tenía alma de fiord y corazón de niebla…”, quinto hijo nacido a orillas del mar, “en la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas…”. Hijo “de padre ausente naufragado”, “nadador de algas profundas y arenas sorprendidas”, en fin, criado para los afanes del mar, Erick, adolescente aún, había desentrañado todos los misterios del mundo marino. Además de conocer “los nombres de los peces, de las puntas y cabos…”, así como “la oración del canal y la bahía…”, cuando apenas tenía quince años ya “conocía mil golfos…”

Ese gran dominio de su entorno o hábitat contrasta significativamente con su inocencia, ingenuidad y carencia de mundanos conocimientos. Tan inocente era, que a los veinte años, Erick todavía “era virgen dentro de sus botas de hule/ y creía que los niños nacen así como los peces/en la noche quieta de los reposos del mar…”

La tranquilidad mental del muchacho termina cuando su tío piloto le cuenta, en secretos, tentadoras “historias de islas/con puertos bruñidos y azules/donde centenares de mujeres subían carbón al barco/y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam –tam”.

Consciente estaba Erick “de que los marinos noruegos siempre desertaban en las islas, /pero cuando estaban bien borrachos los capitanes los metían a patadas/ en las bodegas sucias y entonces volvían a Noruega…”; pero fue tal el efecto motivador que esas eróticas historias generaron en su mente, que sin pensar en las patadas de los capitanes, “el marinero Erick”, a los veintidós años, decide ausentarse de Noruega y viajar a una de esas “islas de las montañas de azúcar” (Haití), y donde, según su experimentado tío, “las noches olían a cedro como las barricas de ron…”. Se estableció, específicamente, en la porción occidental (Haití) de la referida isla, marco en donde suceden los hechos poéticamente narrados.

Por esa razón, a los treinta años (Otro antes), lo encontramos no solo vendiendo arenques noruegos en el pueblo haitiano de Fort Liberté, sino también casado con la negra Madam Suquí (antes Mamasuel Suquiete), “virgen suelta por el muelle del pueblo”, y quien no obstante morar “en el burdel anclado…” había logrado preservar su himen gracias a los mágicos poderes del “amuleto de Mamualá Clarise…”

Suquí amó con pasión a Erick, atraída, no por su nobleza y rasgo de hombre bueno, sino por el blanco de su piel y el rubio de sus cabellos, esto es, “lo amaba porque era blanco y rubio…”. Por eso rezaba a sus dioses para no dejar de sentir en su piel negra el calor de su hombre blanco: “rezaba a Legbá y a Ogún por su hombre blanco/rezaba en la catedral por su hombre rubio…”

Erick también amó apasionadamente a la haitiana, pero no quería atarse carnalmente a esta, pues ello implicaría asumir la nueva realidad sociogeográfica con que el destino lo había puesto en contacto y desdecir de su identidad, en un momento en que su pensamiento no había podido apartarse del playero paisaje de su natal Noruega.

“… y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá
para sacarse de la carne a la muchacha negra
para ahuyentarla de su cabeza rubia…
para poder pensar en su playa noruega”

Pero Suquiete lo amaba con locura y no podía perderlo. Para preservarlo o “amarrarlo”, “cambió el amuleto de Mamualá Clarise/ por el corazón de una gallina negra”, bebedizo que Erick ingirió un “viernes bajo la luna llena…”, y fue esa la razón por la que “muy pronto los casó el obispo francés”

3. COMIENZA LA HISTORIA

Erick sucumbe ante los embrujos sexuales e irresistibles encantos y “encantamientos” de su negra esposa. Afectado por los estragos de la fiebre y los escalofríos se enferma y un día muere, “su alma sin brújula voló para Noruega/ donde todavía le quedaba el recuerdo”; pero antes, “varado sobre la carne fría y nocturna de Suquí”, ya había plantado la semilla que contribuyó al embarazo de esta y posterior nacimiento de Yelidá. Este acontecimiento, marca el punto de partida de la tercera parte del poema (“Un después”) e introduce al lector en la verdadera historia de Yelidá.

“Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno”

La niña recién nacida aparece “inerme entre los trapos”, “mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí”, la cual estaba muy regocijada por el gran regalo que le había dejado su “marido rubio”. Empezó a crecer con lentitud de espiga”, y en la medida que crecía iba mostrando los rasgos característicos de la raza mulata. Se trata de una joven doncella que no es ni negra ni blanca, sino el producto étnico resultado de la síntesis o fusión de estas dos razas: el mulato

“Negra un día sí y un día no
blanca los otros
nombre de vudú y apellido de kaes…”

4. LA AVENTURA DE LOS DIOSES Y EL TRIUNFO DE LA MULATÍA.

En la cuarta parte (“Un paréntesis”) se narra la aventura de los dioses noruegos en las Antillas.
Al enterarse de que Erick había fallecido, estas divinidades emprenden viaje hacia Haití, y ya aquí buscan a los dioses caribeños (Wangol, Badagris, Agoué, Ayidá – Queddó) a quienes les piden, implorantes y llorosos, salvar la última gota de la sangre de Erick que circulaba por las venas de Yelidá, “la escandinava inocencia de una gota de sangre”, generándose de esa manera un conflicto racial entre dioses negros y blancos, cada uno de los cuales luchaba por preservar la porción de la sangre de sus respectivas etnias, aprisionada en el cuerpo de mulata.

Los dioses nórdicos temían y se lamentaban del cruce biológico, de que su sangre, trasplantada en otro cuerpo ajeno a su mundo, por “la aventura de cosas de hombre” y “cosas de mujer “:

“Perdida iba a quedar para su ártico
en el flotante archipiélago encendido
perdida iba quedar para su mansa
vegetación de pinos ordenada
perdida iba a quedar para su lucha
de olas aceite y peces
perdida iba a quedar para Noruega
en las islas de fuego condenada”

Ese conflicto, se nos presenta como la más auténtica representación simbólica de la lucha histórica que tuvieron que librar los pueblos americanos, colonizados por las grandes naciones europeas, en pos del logro de su independencia o de su autodeterminación.

Pero el poder sobrenatural de los dioses afroantillanos se impone, vale decir, los dioses blancos fracasan en su intento, porque la noche en que llegan, “Yelidá había tenido su primer amante…”, y este hecho consolidaba sus vínculos insulares o la ataba fuertemente a la realidad sociocultural donde nació y creció. Por esa razón los dioses noruegos, “rota toda esperanza”, regresaron a su tierra"

Triunfan los dioses negros, y esa victoria entraña un significativo valor simbólico por cuanto representa el triunfo de nuestras raíces culturales, el triunfo de la raza mulata, el triunfo del ser americano.

En “Otro después” el poeta – narrador nos presente un perfil descriptivo acerca de los atributos sensuales y seductores de Yelidá:

“Con alma de araña para el macho cómplice del espasmo
Yelidá por el propio camino de su vientre
asesina del viento perdido entre los dientes de la gruta
ahí se estaba vegetal y ardiente
en húmeda humedad de hongo y de liquen
caliente como todo lo caliente…”

5. EL POEMA TERMINA, PERO NO LA HISTORIA

Un solo verso, “desconcertante”, al decir de Baeza Flores: “Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera”, conforma la parte última del poema (“Un final”), y cierra los diferentes estadios de la épica historia. Es como si el poeta quisiera dejar sentada en la mente del lector, la idea de que la historia de Yelidá quedó inconclusa y que ojalá surja alguien que un día cualquiera pueda terminarla.

El asunto central que se describe en Yelidá es la síntesis racial, la fusión de las razas blanca y negra que dan como resultado un nuevo engendro étnico: la raza mulata, expresión racial del continente americano. De ahí que esta composición, al decir del ya citado crítico, Rosario Candelier:

“… entraña una defensa de la cultura mulata y, simbólicamente, una forma de representar una parte muy significativa de nuestra idiosincrasia biológica, social y cultural. Lo que Yelidá representa – continúa el destacado escritor mocano – es la expresión de lo criollo en su doble dimensión histórica y mitológica, la epifanía de lo auténticamente mulato en su vertiente caribeña, antillana e insular». (7)


Pero la unión del negro con el blanco no solo va a engendrar un nuevo tipo racial, el mulato, sino también, una nueva cultura, la cultura mulata. Y es esa cultura la que magistralmente aparece descrita en el poema.


Con Yelidá, Tomás Hernández Franco aporta una de las obras poéticas de mayor trascendencia artística y significación literaria de la literatura dominicana. De perceptible y hondo aliento vanguardista, el poema constituye un fiel retrato de la realidad social, histórica y cultural de los pueblos afroantillanos, con sus rasgos entrañables: con sus magias y sus misterios; con sus religiones y sus mitos; con sus ritos y sus danzas; con sus costumbres, creencias y tradiciones.

Nos presenta este singular texto la visión panorámica y poetizada de una franja insular, en la que lo racial y lo sexual aparecen en primer plano, y en donde lo mágico y lo mítico se funden con la realidad, conformando, en última instancia, las bases de nuestra identidad, así como los lazos o raíces que definen y nos atan al ser americano. Unos nexos culturales que nos vinculan a un paisaje histórico que no ha sido, al parecer, del todo explorado. Un mundo, América, cuyos máximos anhelos faltan por materializarse, y cuya historia falta por escribirse en forma íntegra, razón por la cual el poeta decide terminar el relato afirmando que:

“Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera”

NOTAS:

1. La entrevista se realizó en Santo Domingo, el día 15 de febrero de 1989.

2. Hernández Franco, Tomás, Apuntes sobre poesía popular y poesía negra en las Antillas, San Salvador, Ateneo de El Salvador, 1942.

3. Caba Ramos, Domingo, Tomás Hernández Franco: Un ilustre desconocido, Suplemento Isla Abierta, Hoy, 20/4/91).

4. Rosario Candelier, Bruno, La creación mitopoética,Editora Taller, Santo Domingo,1985, p.55

5. Según el diccionario de la R.A.E, alegoría es la «Figura que consiste en hacer patentes en el discurso, por medio de metáforas consecutivas, un sentido recto y otro figurado, ambos completos, a fin de dar a entender una cosa expresando otra diferente»

6. Alcántara Almánzar, José, Estudios de poesía dominicana, Alfa y Omega, Santo domingo, 1979, p.149

7. Ídem, p. 67


(*) - Este ensayo  fue publicado  en  mi columna "Arcoiris" del diario La Información los días 31 de agosto, 7 y 14 de septiembre del 2012

Domingo Caba Ramos