miércoles, 12 de septiembre de 2012

YELIDÁ : EL POEMA DEL MULATAJE ANTILLANO. (*)


Por : Domingo Caba Ramos

« Tomás Hernández Franco, natural de Tamboril, Santiago de los Caballeros, República Dominicana, publica Yelidá en 1942, poema en el que proyecta el aliento paradisíaco de la topografía entroncada en la epopeya racial de la mulatía»

(Bruno Rosario Candelier)
                                                                Portada edición especial poema Yelidá. Editora Taller, 1985

Yelidá, de Tomás Hernández Franco (Tamboril, 29 de abril de 1904 – Santo Domingo, 1 de septiembre de 1952), junto a Compadre Mon (1942), de Manuel del Cabral; El poema de la hija reintegrada (1934), de Domingo Moreno Jimenes y Hay un país en el mundo (1949), de Pedro Mir, entre otros, forma parte de los textos capitales de la poesía dominicana del siglo XX. Fue compuesto en 1942 en El Salvador, año en que su autor desempeñaba funciones diplomáticas en esa nación suramericana.

1. ¿CÓMO FUE ESCRITO YELIDÁ?

La riqueza léxica, así como el extraordinario valor simbólico, literario y cultural que se aprecia en el poema contrastan poderosamente con la forma acelerada, repentista o casi improvisada como fue escrita dicha composición. Así lo testimonia la viuda del poeta, doña Amparo Tolentino, en una entrevista concedida al autor del presente artículo, años antes de su sentido fallecimiento:

« Tomás escribió a Yelidá prácticamente de un tirón – afirma doña Amparo. Recuerdo que esa tarde llegó de la Embajada, se sentó frente a su maquinilla y como si alguien le estuviera dictando los versos comenzó a escribir. El sonido de la máquina parecía una metralleta. No se detuvo hasta que llegó la hora de asistir a una de las habituales recepciones propias del servicio diplomático. El poema quedó así iniciado, el papel donde escribía lo dejó en la maquilla para continuarlo a su regreso. Y así fue. Cuando regresó en la noche, reinició el trabajo poético antes suspendido, y no se paró de la silla hasta que la obra quedó felizmente terminada. Esto ocurrió de manera rápida – continúa explicando doña Amparo. Me pidió que le corrigiera un verso, no recuerdo cuál. Le dije que estaba bien así. Extrajo el texto de la máquina y sin corregir una sola palabra lo envió a la imprenta, y ese texto es el que hoy todos conocemos con el título de YELIDÁ» (1)

Cuando compuso el poema, Hernández Franco conocía muy bien al pueblo haitiano, su cultura y el ritual mágico del vudú; pues en Haití había residido en su condición de  Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario y Secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe. También poseía vastos conocimientos de la poesía negroamericana, bastante cultivada en las Antillas durante las décadas de 1930 y 1940, como se demuestra en el ensayo que sobre el tema publicó en el mismo año en que fue puesto en circulación el poema Yelidá. (2)

Igualmente, y gracias a su estadía en Europa, donde cursó estudios, conoció a muy temprana edad la vanguardia literaria vigente en los años veinte. "En el Viejo Continente - habíamos escrito - Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, etc.) y publicó muchas de sus obras" (3).

Conforme a lo anteriormente indicado, Bruno Rosario Candelier, afamado crítico dominicano, es más explícito al afirmar que:

«Yelidá se produce por el contacto directo del autor con la vanguardia artística en París y por el contacto, directo y en vivo, con la realidad mágica y ritual del vudú en Haití» (4)

Esos conocimientos le permitieron al inspirado bardo tamborileño crear una obra poética de alegórica esencia e inconfundible acento vanguardista, y recrear, por vía de esta, la expresión haitiana de la cultura afroantillana.

Yelidá, desde el punto de vista de su construcción retórica, cumple con todos los rasgos formales de una alegoría (5). Nada en esta obra, en lo que a su contenido respecta, se expresa de manera directa, sino a través de símbolos, originales imágenes e impresionantes y complicadas metáforas que le imprimen al texto un alto nivel de hermetismo que, por lo común, impide que su contenido profundo pueda ser desentrañado cuando se lee por primera vez.

« La adecuación entre significado y significante - escribe al respecto José Alcántara Almánzar -se evidencia en el hábil manejo de las metáforas y el empleo de una simbología no siempre captada en una primera lectura del texto. Junto al uso de un lenguaje en el que abundan metáforas deslumbrantes y numerosas imágenes de increíble originalidad y eficacia - continúa explicando el conocido narrador y crítico literario - el poeta vertebró sabiamente los distintos elementos del texto, logrando una de las más acabadas composiciones épico - líricas del siglo veinte en la República Dominicana…» (6)

2. ¿DE QUE TRATA EL POEMA?

Describe la síntesis o fusión de dos razas, la negra, representada por Madam Suquí, y la blanca, representada por Erick, así como la variante que de esta fusión se genera : el mulato, expresión racial característica del ámbito americano, magistralmente simbolizada por la protagonista de la historia : Yelidá.

Estructuralmente conformado por 211 versos distribuidos en seis partes: “Un antes”, “Otro antes”, “Un después”, “Un paréntesis”, “Otro después” y “Un final”, Yelidá es un poema narrativo de carácter épico - lírico en el cual se cuenta una historia principal: la historia de una mulata, Yelidá, y otras dos historias secundarias: las del noruego Erick y la haitiana Madam Suquí, padres de Yelidá.

En los dos primeros antes (antes de la historia de Yelidá) se nos cuenta (“Un antes”) la historia de Erick, “el muchacho noruego que tenía alma de fiord y corazón de niebla…”, quinto hijo nacido a orillas del mar, “en la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas…”. Hijo “de padre ausente naufragado”, “nadador de algas profundas y arenas sorprendidas”, en fin, criado para los afanes del mar, Erick, adolescente aún, había desentrañado todos los misterios del mundo marino. Además de conocer “los nombres de los peces, de las puntas y cabos…”, así como “la oración del canal y la bahía…”, cuando apenas tenía quince años ya “conocía mil golfos…”

Ese gran dominio de su entorno o hábitat contrasta significativamente con su inocencia, ingenuidad y carencia de mundanos conocimientos. Tan inocente era, que a los veinte años, Erick todavía “era virgen dentro de sus botas de hule/ y creía que los niños nacen así como los peces/en la noche quieta de los reposos del mar…”

La tranquilidad mental del muchacho termina cuando su tío piloto le cuenta, en secretos, tentadoras “historias de islas/con puertos bruñidos y azules/donde centenares de mujeres subían carbón al barco/y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam –tam”.

Consciente estaba Erick “de que los marinos noruegos siempre desertaban en las islas, /pero cuando estaban bien borrachos los capitanes los metían a patadas/ en las bodegas sucias y entonces volvían a Noruega…”; pero fue tal el efecto motivador que esas eróticas historias generaron en su mente, que sin pensar en las patadas de los capitanes, “el marinero Erick”, a los veintidós años, decide ausentarse de Noruega y viajar a una de esas “islas de las montañas de azúcar” (Haití), y donde, según su experimentado tío, “las noches olían a cedro como las barricas de ron…”. Se estableció, específicamente, en la porción occidental (Haití) de la referida isla, marco en donde suceden los hechos poéticamente narrados.

Por esa razón, a los treinta años (Otro antes), lo encontramos no solo vendiendo arenques noruegos en el pueblo haitiano de Fort Liberté, sino también casado con la negra Madam Suquí (antes Mamasuel Suquiete), “virgen suelta por el muelle del pueblo”, y quien no obstante morar “en el burdel anclado…” había logrado preservar su himen gracias a los mágicos poderes del “amuleto de Mamualá Clarise…”

Suquí amó con pasión a Erick, atraída, no por su nobleza y rasgo de hombre bueno, sino por el blanco de su piel y el rubio de sus cabellos, esto es, “lo amaba porque era blanco y rubio…”. Por eso rezaba a sus dioses para no dejar de sentir en su piel negra el calor de su hombre blanco: “rezaba a Legbá y a Ogún por su hombre blanco/rezaba en la catedral por su hombre rubio…”

Erick también amó apasionadamente a la haitiana, pero no quería atarse carnalmente a esta, pues ello implicaría asumir la nueva realidad sociogeográfica con que el destino lo había puesto en contacto y desdecir de su identidad, en un momento en que su pensamiento no había podido apartarse del playero paisaje de su natal Noruega.

“… y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá
para sacarse de la carne a la muchacha negra
para ahuyentarla de su cabeza rubia…
para poder pensar en su playa noruega”

Pero Suquiete lo amaba con locura y no podía perderlo. Para preservarlo o “amarrarlo”, “cambió el amuleto de Mamualá Clarise/ por el corazón de una gallina negra”, bebedizo que Erick ingirió un “viernes bajo la luna llena…”, y fue esa la razón por la que “muy pronto los casó el obispo francés”

3. COMIENZA LA HISTORIA

Erick sucumbe ante los embrujos sexuales e irresistibles encantos y “encantamientos” de su negra esposa. Afectado por los estragos de la fiebre y los escalofríos se enferma y un día muere, “su alma sin brújula voló para Noruega/ donde todavía le quedaba el recuerdo”; pero antes, “varado sobre la carne fría y nocturna de Suquí”, ya había plantado la semilla que contribuyó al embarazo de esta y posterior nacimiento de Yelidá. Este acontecimiento, marca el punto de partida de la tercera parte del poema (“Un después”) e introduce al lector en la verdadera historia de Yelidá.

“Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno”

La niña recién nacida aparece “inerme entre los trapos”, “mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí”, la cual estaba muy regocijada por el gran regalo que le había dejado su “marido rubio”. Empezó a crecer con lentitud de espiga”, y en la medida que crecía iba mostrando los rasgos característicos de la raza mulata. Se trata de una joven doncella que no es ni negra ni blanca, sino el producto étnico resultado de la síntesis o fusión de estas dos razas: el mulato

“Negra un día sí y un día no
blanca los otros
nombre de vudú y apellido de kaes…”

4. LA AVENTURA DE LOS DIOSES Y EL TRIUNFO DE LA MULATÍA.

En la cuarta parte (“Un paréntesis”) se narra la aventura de los dioses noruegos en las Antillas.
Al enterarse de que Erick había fallecido, estas divinidades emprenden viaje hacia Haití, y ya aquí buscan a los dioses caribeños (Wangol, Badagris, Agoué, Ayidá – Queddó) a quienes les piden, implorantes y llorosos, salvar la última gota de la sangre de Erick que circulaba por las venas de Yelidá, “la escandinava inocencia de una gota de sangre”, generándose de esa manera un conflicto racial entre dioses negros y blancos, cada uno de los cuales luchaba por preservar la porción de la sangre de sus respectivas etnias, aprisionada en el cuerpo de mulata.

Los dioses nórdicos temían y se lamentaban del cruce biológico, de que su sangre, trasplantada en otro cuerpo ajeno a su mundo, por “la aventura de cosas de hombre” y “cosas de mujer “:

“Perdida iba a quedar para su ártico
en el flotante archipiélago encendido
perdida iba quedar para su mansa
vegetación de pinos ordenada
perdida iba a quedar para su lucha
de olas aceite y peces
perdida iba a quedar para Noruega
en las islas de fuego condenada”

Ese conflicto, se nos presenta como la más auténtica representación simbólica de la lucha histórica que tuvieron que librar los pueblos americanos, colonizados por las grandes naciones europeas, en pos del logro de su independencia o de su autodeterminación.

Pero el poder sobrenatural de los dioses afroantillanos se impone, vale decir, los dioses blancos fracasan en su intento, porque la noche en que llegan, “Yelidá había tenido su primer amante…”, y este hecho consolidaba sus vínculos insulares o la ataba fuertemente a la realidad sociocultural donde nació y creció. Por esa razón los dioses noruegos, “rota toda esperanza”, regresaron a su tierra"

Triunfan los dioses negros, y esa victoria entraña un significativo valor simbólico por cuanto representa el triunfo de nuestras raíces culturales, el triunfo de la raza mulata, el triunfo del ser americano.

En “Otro después” el poeta – narrador nos presente un perfil descriptivo acerca de los atributos sensuales y seductores de Yelidá:

“Con alma de araña para el macho cómplice del espasmo
Yelidá por el propio camino de su vientre
asesina del viento perdido entre los dientes de la gruta
ahí se estaba vegetal y ardiente
en húmeda humedad de hongo y de liquen
caliente como todo lo caliente…”

5. EL POEMA TERMINA, PERO NO LA HISTORIA

Un solo verso, “desconcertante”, al decir de Baeza Flores: “Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera”, conforma la parte última del poema (“Un final”), y cierra los diferentes estadios de la épica historia. Es como si el poeta quisiera dejar sentada en la mente del lector, la idea de que la historia de Yelidá quedó inconclusa y que ojalá surja alguien que un día cualquiera pueda terminarla.

El asunto central que se describe en Yelidá es la síntesis racial, la fusión de las razas blanca y negra que dan como resultado un nuevo engendro étnico: la raza mulata, expresión racial del continente americano. De ahí que esta composición, al decir del ya citado crítico, Rosario Candelier:

“… entraña una defensa de la cultura mulata y, simbólicamente, una forma de representar una parte muy significativa de nuestra idiosincrasia biológica, social y cultural. Lo que Yelidá representa – continúa el destacado escritor mocano – es la expresión de lo criollo en su doble dimensión histórica y mitológica, la epifanía de lo auténticamente mulato en su vertiente caribeña, antillana e insular». (7)


Pero la unión del negro con el blanco no solo va a engendrar un nuevo tipo racial, el mulato, sino también, una nueva cultura, la cultura mulata. Y es esa cultura la que magistralmente aparece descrita en el poema.


Con Yelidá, Tomás Hernández Franco aporta una de las obras poéticas de mayor trascendencia artística y significación literaria de la literatura dominicana. De perceptible y hondo aliento vanguardista, el poema constituye un fiel retrato de la realidad social, histórica y cultural de los pueblos afroantillanos, con sus rasgos entrañables: con sus magias y sus misterios; con sus religiones y sus mitos; con sus ritos y sus danzas; con sus costumbres, creencias y tradiciones.

Nos presenta este singular texto la visión panorámica y poetizada de una franja insular, en la que lo racial y lo sexual aparecen en primer plano, y en donde lo mágico y lo mítico se funden con la realidad, conformando, en última instancia, las bases de nuestra identidad, así como los lazos o raíces que definen y nos atan al ser americano. Unos nexos culturales que nos vinculan a un paisaje histórico que no ha sido, al parecer, del todo explorado. Un mundo, América, cuyos máximos anhelos faltan por materializarse, y cuya historia falta por escribirse en forma íntegra, razón por la cual el poeta decide terminar el relato afirmando que:

“Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera”

NOTAS:

1. La entrevista se realizó en Santo Domingo, el día 15 de febrero de 1989.

2. Hernández Franco, Tomás, Apuntes sobre poesía popular y poesía negra en las Antillas, San Salvador, Ateneo de El Salvador, 1942.

3. Caba Ramos, Domingo, Tomás Hernández Franco: Un ilustre desconocido, Suplemento Isla Abierta, Hoy, 20/4/91).

4. Rosario Candelier, Bruno, La creación mitopoética,Editora Taller, Santo Domingo,1985, p.55

5. Según el diccionario de la R.A.E, alegoría es la «Figura que consiste en hacer patentes en el discurso, por medio de metáforas consecutivas, un sentido recto y otro figurado, ambos completos, a fin de dar a entender una cosa expresando otra diferente»

6. Alcántara Almánzar, José, Estudios de poesía dominicana, Alfa y Omega, Santo domingo, 1979, p.149

7. Ídem, p. 67


(*) - Este ensayo  fue publicado  en  mi columna "Arcoiris" del diario La Información los días 31 de agosto, 7 y 14 de septiembre del 2012

Domingo Caba Ramos

domingo, 2 de septiembre de 2012

EL DOCTOR JOAQUÍN BALAGUER : VISTO A TRAVÉS DE UN PRÓLOGO


Por: Domingo Caba Ramos



Siempre lo he dicho: para desmadejar los hilos causales que siempre movieron el comportamiento político del expresidente de la República Dominicana, doctor Joaquín Balaguer, es necesario leer las ideas o concepciones plasmadas en sus escritos.

En otras palabras, para conocer al auténtico Joaquín Balaguer tenemos, necesariamente, que estar en contacto y desentrañar el contenido profundo de su producción bibliográfica.

Entre todos sus textos, existe uno que a nuestro juicio, y coincidiendo así con el fenecido y otrora polémico escritor Juan Isidro Jiménez Grullón, retrata mejor que ningún otro la verdadera personalidad del autor de “Los carpinteros” y de “El cristo de la libertad”. Nos referimos al prólogo de su “Tebaida lírica”.

En 1922, cuando apenas tenía quince años de edad, el Dr. Balaguer publicó su primer libro de versos: “Claros de luna”, obra cuyo valor literario, al parecer, fue bastante vapuleado por la crítica literaria de entonces.

Balaguer, que nunca aceptó ni muchos menos perdonó las críticas de sus adversarios, aprovechó el prólogo del siguiente libro publicado, “Tebaida lírica” (1924), para responder en forma rabiosa a quienes osaron cuestionar las credenciales estéticas de los primeros “partos de su fantasía”. He aquí una especie de breve informe descriptivo acerca del contenido del prólogo en cuestión. Una sola oración le basta al autor para anunciar su ardiente ensañamiento:

“Abro este paréntesis para llenarlo de odio y de gratitud”.

¿A quién dice odiar quien fuera uno de los más brillantes oradores dominicanos? Estas son sus palabras al respecto:

Odio a los que en plazas y corrillos me combatieron acerbamente: odio a los poetas afeminados que envidian la virilidad de mi arte: odio a los consagrados que no han querido tenderle la mano al jovenzuelo imberbe que los abruma con su orgullo, y odio, finalmente, a todos los pachecos que, no atreviéndose a combatirme con la pluma, se encogieron de hombros cuando vieron al mozuelo audaz cruzar tras la apolínea caravana”.

Mientras su expresión de odio engloba a lo que él llama “rebaño de intelectuales imbéciles”, la nota de gratitud se reserva de manera exclusiva para César Tolentino quien “al aparecer mis Claros de Luna”, afirma Balaguer, “fue el primero que me saludó como a un compañero novel acogiendo en las columnas de La Información los partos de mi fantasía”.

Al tiempo de manifestar su único agradecimiento al entonces director del diario La Información, Balaguer confiesa que no precisa del concurso de los demás para desenvolverse como ente social. En tal sentido apunta lo siguiente:

“... Y a él es el primero y quizás al último que puedo agradecer algo, porque aún tengo el orgullo de ser, en nuestro medio árido, como una planta rara que sólo necesita vivir de la savia de su arte y del aire que respira en la atmósfera de sus sueños. Por eso pongo entre este zarzal de odios una sola flor de gratitud”

Pero ese “zarzal de odios” parece desbordar los límites del “rebaño de intelectuales imbéciles” de nuestro país, para volcarse en contra del medio geográfico en que nació y creció el eterno inquilino del Palacio Nacional. De ahí que más adelante exprese con furia incontenible:

“Yo aborrezco el ambiente en que me ha tocado nacer, pero aborrezco más a los intelectuales (con muy pocas excepciones) con quienes he tenido la mala suerte de codearme”.

En el párrafo que sigue, el Dr. Balaguer manifiesta en forma clara y precisa el alto placer que experimenta frente al encono, quejas o protestas de quienes lo enfrentan:

“Mi Tebaida Lírica-declara de manera enfática-molestará a muchos (yo gozo molestando) y algunos rebuznarán como borricos (yo gozo oyendo rebuznar) en la estéril sabana de las letras”.

Y concluye su famoso prólogo con un reto que no podía ser más sugerente o sintomático:

“Pero yo, como el poeta Adán Aguilar, a todos los espero para combatirlos, uno a uno como caballeros, a todos juntos como malandrines”.

En torno a las citas precedentes valdría concluir de la manera siguiente: Balaguer, el cual nació un día como hoy, 1 de septiembre, fue bastante coherente con su pensamiento, pues se necesita aborrecer "el ambiente en que me ha tocado nacer..." para convertirse en títere o mano derecha de un dictador como el presidente Trujillo, y haber encabezado él mismo un período de terror, corrupción y violación a los derechos humanos como fueron sus tristemente célebres doce años de gobiernos.

jueves, 30 de agosto de 2012


SINCERIZAR, DOLARIZAR Y OTRAS VERBALIZACIONES

«No siempre lo primero es lo mejor que acude a la pluma. Si no se vigila el espíritu, si no lo fuerza a esmerarse, suele segregar trivialidades…»

(Manual del español urgente)

El verbo forma parte de las llamadas categorías gramaticales. Se caracteriza por su función esencialmente predicativa, expresa la actitud síquica del hablante y sitúa la significación, mediante sus tiempos, en el presente, en el pasado y en el futuro.

El idioma español, como toda lengua, cuenta con lo que bien podría denominarse su “menú” de verbos, el cual yace contenido en el diccionario académico y otros textos publicados por la Real Academia Española (RAE);pero al margen de este “menú”, y en virtud de esa capacidad verbalizadora que poseen los hablantes dominicanos, cada cierto también surgen nuevas formas verbales, resultados de la conversión de un nombre o adjetivo en verbo (Verbalización), formas estas que merced a su propia naturaleza casi siempre se traducen en verdaderas extravagancias léxicas.

Como gestores y promotores de esas realizaciones hay que situar en primer plano a los comunicadores, políticos, tecnócratas y administradores del Estado. Y en una auténtica extravagancia léxica se incurre cada vez que se habla de “dolarizar” y “sincerizar” la economía, “correccionalizar” el expediente, “aperturar” la cuenta e “importantizar” el hecho. También cuando se habla de “resolutar”, “sectorizar” y “arrabalizar”.

La Agencia EFE, en su bien pensado y consultado Manual del español urgente (1995), dice al respecto lo siguiente:

«No es buena la actitud de muchos periodistas que escriben con absoluta despreocupación, sin preguntarse jamás si será razonable su manera de escribir; que cifran su ideal en el empleo de palabras recién oídas o leídas plenas de “modernidad”; que las forjan al buen tuntún; que les hacen decir lo que no significan; que se aferran a ciertos vocablos como si no existieran otros y que aún muestran mayor desenfado con la sintaxis. En gran medida, la comunicación periodística se realiza hoy gracias a que el lector suple la información defectuosa que se le sirve, y, si no puede suplirla, malentiende o entiende a medias. Hay que insistir en el consejo de releer y corregir reflexivamente antes de transmitir» (pág. 18)

Si se procediera acorde con lo planteado en la cita antes transcrita, en lugar de “aperturar”, por ejemplo, se dijera “abrir”; “emitir la resolución”, en lugar de “resolutar” y “dividir en sectores”, en lugar de “sectorizar”



domingo, 19 de agosto de 2012


EL VERDADERO ROSTRO DE ALVARITO ARVELO.

El periodista Álvaro Arvelo (Alvarito) es uno de los comunicadores que más daños o distorsión ha causado en el pensamiento social y lingüístico de la República Dominicana, tanto que en mi condición de educador y lingüista siempre he recomendado a los padres que no permitan que sus niños y adolescentes escuchen el programa "El gobierno de la mañana", pues podrían copiar la conducta lingüística e incorporar a su léxico los exabruptos, “malas palabras” o inmundicias verbales a que nos tiene acostumbrado el anciano , narcisista y arrogante comunicador.

En los países con un alto nivel de analfabetismo como el nuestro, es común, sin embargo, la práctica de endiosar a todo aquel que, como Alvarito, hace gala de ser una especie de “Salomón resucitado”, contribuyendo ese endiosamiento a encumbrar aún más su ego, potenciar sus inconductas y creerse que ciertamente es un verdadero Dios.

Pero no se crea que los emotivos, caprichosos y muchas veces interesados ($) juicios de este señor son nuevos. Note, por ejemplo, como especifico y comento en el artículo que sigue, lo que fue capaz de proponer públicamente en 1988:

PESIMISMO Y NACIONALISMO
Por: Domingo Caba Ramos.

En su muy leída columna “Cápsulas” (El Nacional 20 - 6 - 88) el periodista Álvaro Arvelo hijo, publicó una serie de consideraciones que causaron bastante revuelo en el ánimo de muchos lectores.

Entre otras ideas, Arvelo hijo expresaba en la referida columna que en virtud de que los dominicanos no podían resolver los diversos problemas que los afectan, éstos debían solicitar su incorporación a los Estados Unidos, conformando de esa manera el Estado número 51 del poderoso imperio del norte.

Alvarito Arvelo nos presenta unos juicios valorativos del hombre dominicano que no podían ser más negativos y aterradores. Según él, los dominicanos constituyen en su totalidad un pueblo de vagos, chismosos, traidores, sadomasoquistas, ladrones, ingratos, maleducados, intrigantes, arribistas y todo lo malo del género humano.

Y como para ponerle la “tapa al pomo”, el destacado comunicador señala que “este es un pueblo inferior, este es un pueblo mediocre, la dominicanidad es una ficción, esto no es un país, esto no es una república, esto no es más que un revolcadero de burros”.

Reitero que todos estos argumentos mellaron profundamente el sentimiento nacionalista de muchos dominicanos que talvez pensaron que el periodista que nos ocupa estaba afirmando algo nuevo u original.

Pero la realidad es otra.

Álvaro Arvelo hijo, lo único que ha hecho es recrear viejas tesis pesimistas sustentadas en el siglo pasado por aquellos dominicanos que provistos de una mentalidad colonialista sostenían que nuestro pueblo era incapaz de labrarse su propio destino sin la ayuda de una potencia extranjera. Álvaro Arvelo lo único que ha hecho es resucitar con nuevos matices expresivos las tesis pesimistas asumidas por los más connotados representantes del pensamiento social de principio de siglo (Francisco Moscoso Puello, José Ramón López, Federico García Godoy, etc.) y que la literatura sociológica dominicana ha recogido bajo el nombre de: “EL GRAN PESIMISMO DOMINICANO”.

Como Arvelo hijo pensó Buenaventura Báez cuando en enero de 1844 sometió al rey de Francia un proyecto (PLAN LEVASSEUR) para el establecimiento de un protectorado francés en la parte oriental de la isla de Santo Domingo a cambio de que Francia otorgara la ayuda necesaria para lograr la separación dominicana de Haití.

Como Alvarito Arvelo pensó Pedro Santana cuando en 1861 anexó nuestra República a España, argumentando que los dominicanos por sí solos no estaban aptos para garantizar la independencia y enfrentar a nuevos invasores haitianos.

Igual que Álvaro Arvelo pensaba Francisco Moscoso Puello cuando en sus famosas “CARTAS A EVELINA” (1974) escribió que el hombre dominicano es un ser “turbulento y haragán, casi no sirve para nada. En ocasiones es un verdadero estorbo. Y es además, un cofre de vicios. Bailar, jugar y emborracharse y robar son sus cualidades características. Es un hombre primitivo todavía. Vive distanciado de toda idea elevada. Entregado a pasiones muy bajas. Nada le ha entusiasmado ni nada le estimula. Sólo vive para el amor y para la ratería. Tiene muchas características del mono, su compatriota más distinguido”. (Págs. 52 /53).

Y como Álvaro Arvelo hijo pensaba José Ramón López cuando en su ensayo “La Alimentación y la raza” (1975) sostenía que “el campesino dominicano era un ser vicioso, violento, haragán, bruto, jugador, homicida y degenerado”.

Fácilmente se advierte que las ideas de Alvarito Arvelo, Moscoso Puello y José Ramón López confluyen en un punto común por cuanto en ellas se expresa una visión pesimista de nuestro pueblo y una imagen peyorativa del hombre dominicano.

Queda demostrado, pues, que los criterios expuestos por el autor de las cápsulas en su polémico artículo se inscriben en una corriente del pensamiento social que tuvo su raíz en el pasado siglo pero que aún cuenta con ilustres representantes, entre los que se destacan no sólo el distinguido periodista a quien nos hemos referido, sino también todos aquellos dominicanos que proclaman que el nuestro es un país de “chimichurris”, de “cherchorcitos”, de “lambocitos”, de “locos2, de “comecheques por la izquierda”, de “bandiditos”, etc.

Respetamos aunque rechazamos de manera radical los conceptos emitidos por el señor Álvaro Arvelo hijo. Porque si así hubiera pensado Juan Pablo Duarte es posible que hoy estuviéramos gobernados por haitianos, franceses, españoles, ingleses o quien sabe.

Y porque el día en que tengamos que admitir que nuestra patria debería ser incorporada a otra nación más próspera, ese mismo día nos marcharíamos hacia el país cuya protección ambicionamos y nos apartaríamos para siempre de nuestros “vagos” “chismosos” y “traidores” compatriotas, dejando tras nosotros el cielo, los mares y el heroísmo de este bello y querido pueblo dominicano.

(El Nuevo Diario: 11 - 7 - 88)


lunes, 13 de agosto de 2012

CELSO BENAVIDES
(In Memoriam)
Por: Domingo Caba Ramos.

¡Ha muerto Celso Benavides! ¡Ha muerto un sabio! ¡Ha muerto un gran Maestro!

Abogado, lingüista, investigador, Miembro Correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua, profesor meritísimo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y uno de los académicos de más sólida formación lingüística de la República Dominicana, con su muerte el país pierde a un maestro de inigualables virtudes y quien con mayor entrega y rigor reflexivo asumió la enseñanza de la lengua.

Humilde, metódico, exigente, disciplinado, organizado, puntual, responsable, competente y cumplidor, todo en grado sumo, son solo algunos de los rasgos que definen el perfil profesional de este sabio educador.

El nombre de Celso Benavides quizás le suene y diga muy poco a quienes no han estado vinculados al mundo académico y, de manera muy particular, a la UASD. No así, a todos aquellos que tuvimos la honra y privilegio de tenerlo como maestro y saborear el dulce néctar de sus sabias enseñanzas.

Fue él un verdadero MAESTRO de maestros, así con mayúscula. El maestro que no solo se complacía con informar o dar conocimientos, sino que formaba en valores, forjaba conciencias y enseñaba métodos de estudios que contribuyeran al desarrollo individual del estudiante. El maestro que tuvo la virtud de marcar positivamente a cada de los discípulos que recibimos sus orientadoras lecciones. Porque, ¿qué estudiante, especialmente de Educación y Lingüística, no recuerda con aprecio y respeto a este consagrado y digno educador? ¿Qué enseñante dominicano por él formado no se siente comprometido a poner en práctica las enseñanzas transmitidas por su antiguo maestro y pregonar pletórico de orgullo: “Yo fui alumno de Celso Benavides”?

De Celso podemos decir con toda propiedad que enseñó “con la actitud, el gesto y la palabra”, como lo recomendara la educadora e insigne poetisa chilena, Gabriela Mistral. Que en su edificio mental, como es común en el comportamiento de todo sabio, la vanidad nunca encontró posada. Y que si existiera en nuestro país un premio a la “Excelencia Docente”, a él habría que otorgárselo; aunque ya de manera póstuma.

Andrés L. Mateo, brillante escritor y también profesor de la UASD, minutos después del fallecimiento del doctor Benavides, escribió acerca de este lo siguiente:

No es un nombre sonoro, vida de bajo perfil público, pero un hombre consagrado a la enseñanza de la lengua española y a la lingüística, cuya obra todo el que vive en el mundo académico dominicano reconoce. No exagero si digo que su nombre está ligado a los poquísimos enseñantes de la lengua que en nuestro país alcanzan el grado de la excelencia profesoral. Dedicado, minucioso, perspicaz y profundo, por sus diestras orientaciones atravesaron una enorme cantidad de los profesores dominicanos que hoy sirven al sistema educativo. Autor de libros de lingüística y enseñanza del español, profesor meritísimo de la UASD, es un ejemplo de vida dedicada a la construcción del bien común.” (Tomado de su muro en Facebook, viernes, 11/8/2012)

Poseía el maestro Benavides un elevadísimo sentido de la calidad que rayaba en el perfeccionismo. Por esa razón se llevó a la tumba la mayor parte de su dilatado saber, dejando así de publicar la cantidad de libros que todos hubiéramos deseado. Apenas escribió dos textos, de extraordinario valor para el conocimiento de la lengua, y pioneros en su género: Fundamentos de historia de la lengua española (1985) e Introducción a la Lingüística (1986), escrito este último en colaboración con el profesor Carlisle González Tapia.

Cuando me enteré de su muerte, a mis labios afloró la misma interrogante que pronunciara el brillante bardo nicaragüense Rubén Darío, cuando al enterarse de que José Martí, uno de los precursores del movimiento literario por aquel fundado, el Modernismo, había muerto en combate, preguntó casi en forma automática : “¿Maestro, que has hecho?”

Cuando me enteré de su muerte, igualmente se me ocurrió preguntar: ¿Por qué, maestro, decidiste abandonar tan de repente este complejo pero agradable mundo de los mortales?

Hasta ese momento estuve convencido de que en verdad existían muertes repentinas, quizás porque había olvidado las sentenciosas palabras de ese genio del verso español llamado Francisco Quevedo y Villegas y las cuales yacen resumidas en el siguiente cuestionamiento:“¿Cómo puede morirse de repente quien desde que nace ve que va corriendo la vida, y lleva consigo la muerte?”

En este doloroso y triste momento, maestro Benavides, nos encontramos aquí, no para decirte adiós, sino para expresar con solemne y esperanzador acento: ¡Hasta luego Maestro!

 ¡Hasta luego Maestro!, te dicen tus amigos, parientes y relacionados.

¡Hasta luego Maestro!, te dicen los profesores y alumnos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

¡Hasta luego Maestro!, te dice esa gran legión de educadores que lograste formar durante tu larga carrera docente.

¡Hasta luego Maestro!, te decimos los estudiantes de la Maestría en Educación Superior: Mención Lingüística, que con tanto entusiasmo tú coordinaste en el Centro Universitario Regional de Santiago (CURSA)

Que tus restos gocen del descanso eterno y sean siempre iluminados por las mismas luces con las que tú supiste alumbrar las mentes oscuras de tantas generaciones de discípulos. Inclinados reverentemente frente a tu cadáver, nos despedimos de ti con las mismas palabras utilizadas por la maestra y poetisa dominicana, Salomé Ureña, para honrar la memoria del eximio pensador y educador puertorriqueño, Eugenio María de Hostos:

“Te vas, pero germinará la simiente que dejas en el surco y los frutos del porvenir se fecundarán con las sabias de tus doctrinas pedagógicas. ¡Adiós!, cuando en las horas tranquilas que te esperan bajo otro cielo, acuda a tu memoria un pensamiento de amargura en el cual palpite el nombre de mi patria, piensa también que hay en ella corazones amigos que te recuerdan y almas agradecidas que te bendicen”.














martes, 31 de julio de 2012

PREGUNTAS, AFIRMACIONES Y OTRAS INDELICADEZAS EXPRESIVAS.


Por : Domingo Caba Ramos


« Si lo que usted va a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállese»
 (Proverbio chino)

En la universidad tuve una alumna que era muy flaca, extremadamente flaca. Sus amigos, compañeros de estudio y hasta sus propios familiares no la dejaban en paz:

“¡Dios mío, qué esqueleto!”, “Tú te ves fatal”, “¡Muchacha, ponte a comer para que engordes!”, “¿Pero es el Sida que tú tienes?, eran sólo algunos de los flechazos articulatorios que diariamente recibía la brillante estudiante de mercadeo.

Tengo un amigo que es gordo, extremadamente gordo. Su figura se ha convertido en el blanco predilecto hacia el cual van dirigido los siguientes dardos o proyectiles expresivos:

“¿Y como tú conseguiste toda esa gordura?”, “¿Como cuántas libras tú pesas?”, “¡Tú te ves horrible con toda esa manteca!”, “Cuando paras, yo quiero un marranito”, “¡Muchacho, ponte a correr pa que baje esa panza!”, “Ese arroz como que te está aprovechando”…

Tuve una compañera de trabajo en cuyos años de noviazgo, la presión y el asedio de amigos y relacionados la tenían casi al borde del siquiatra:


“¿Cuántos años tú tienes de amores?”, ¿Y es que ustedes no se piensan casar...? “Tú y tu novio ya son casi hermanos”, “¿Y qué es lo que ustedes esperan…?

Mi amiga por fin contrae nupcias. De inmediato se prepara para convertir en realidad el gran sueño de su vida: tener un hijo, sueño que jamás pudo materializar, debido a que cada vez que paría, sus criaturas nacían muertas. Su inmenso dolor parecía multiplicarse y su depresión se tornaba cada vez más crónica desde el mismo instante en que su tímpano era martillado con frases como estas:

“¡Muchacha, los hijos hay que tenerlos!”, “Un matrimonio sin hijos no es matrimonio…”, “Ponte en tratamiento pa que para…”, “Te vas a volver una viejita y no vas a tener un hijo…”

Obviamente que no hay que ser sicólogo para imaginarse el negativo efecto que expresiones como las preindicadas generan en la mente de quien desea tener un hijo, pero no puede.

A otro de mis amigos le sobra edad para casarse, pero permanece soltero o “solterón”, como peyorativamente prefieren llamarlo algunos. Ha optado él por disfrutar una vida bohemia o practicar el amor de los marineros, quienes, al decir de Pablo Neruda, “besan y se van / en cada puerto dejan un amor / y no vuelven más”. Por adoptar semejante conducta, hasta mi “enllave” llegan casi a diario los más diversos, odiosos e indelicados puyazos verbales:

“¿Ya te casaste…?”, “¿Y para cuándo lo vas a dejar…? “¡Ese tipo es como raro o alguna maña debe tener…! “Ese es un picaflor…”, “Ese carajo debe ser ‘pájaro’…”, “Es un bohemio que le gusta estar con una hoy y otra mañana… “¿A qué le temes…?”

Dentro de ese marco de imprudencia expresiva se inscriben preguntas como las siguientes : ¿Cuántos ganas? ¿Qué edad tienes…?

Los anteriores son sólo algunos de los tantos casos de indelicadezas en que suelen incurrir muchos hablantes dominicanos en el uso cotidiano de lengua. Se trata de conductas verbales típicas de sociedades poco desarrolladas, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en las que late el alma del suburbio y la cultura del vecindario. En ese tipo de sociedades, cuando de la vida personal de los demás se trata, todo se indaga, afirma y pregunta. Y en vez de actuar como el sabio, procedemos como el necio.

El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza.

El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.

El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.

Olvidan los necios, en fin, que en el uso de la palabra hay que ser lo más cauto o medido posible, muy especialmente en el instante en que haya que emitir una opinión o formular una pregunta; pues de lo contrario, podría ocurrirnos lo mismo que a la famosa mona curiosa de que nos habla la literatura cubana: por sus reiteradas y necias preguntas, siempre tena problemas o vivía en permanentes conflictos con los demás animales.

viernes, 29 de junio de 2012

AL MAESTRO SIN CARIÑO
(A Pedro, Gernalda y Basilio Caba)

Como repite mi exalumno y hoy destacado académico, Pancho Zapata, formo parte de una “dinastía” magisterial conformada por los hermanos a quienes está dedicado el presente artículo. Dinastía a la que me integré como cuarto y último miembro, y a la cabeza de la cual se encuentra mi hermano Pedro, competente y consagrado educador, a quien sin pasión tenemos que considerar como uno de los más nobles seres humanos paridos en nuestro hermoso y siempre amado Valle del Cibao.

Fiel amigo, excelente y amoroso padre, esposo ejemplar y hermano solidario, él fue el ejemplo a seguir en nuestra tortuosa, pero placentera trayectoria docente. El mismo ejemplo que en términos del comportamiento general a todos, tempranamente, nos inyectó nuestra fenecida y siempre recordada madre: doña Librada.

Fue Pedro el primero en inculcarnos la idea de que un buen maestro tiene que desempeñar sus delicadas funciones con entrega y responsabilidad, planificar siempre las clases que imparte, leer e investigar mucho para mantenerse actualizado sobre los principales acontecimientos que se verifican en el mundo de la ciencia y la cultura, enseñar siempre con el ejemplo, y, sobre todo, respetar a los alumnos y mostrar interés por todo lo que ataña a la formación general de estos.

Exmaestro y director de educación básica y media en el municipio de Moca, el hoy abogado, master en derecho internacional y profesor universitario, nos enseñó que si bien las autoridades no son dadas a reconocer o incentivar la labor del maestro, no por esta razón, este debe comportarse de manera irresponsable en el ejercicio de sus funciones. Y nos enseñó también, que no es verdad que el maestro es un apóstol, como históricamente, política y maliciosamente, han querido presentarlo los sustentadores del status quo, con el deliberado propósito de invalidar cualquier tipo de lucha reivindicativa. Y que si así fuera, entonces estaríamos frente a frente a un apóstol muy singular: un apóstol afectado por las mismas necesidades y problemas vitales que sufren los demás seres. Un apóstol que viste, que se enferma, que paga agua y luz, que se alimenta, que necesita divertirse, comprar libros y actualizar sus conocimientos, que paga alquiler de casa, que compra leche, que pasea, baila y bebe ron, wisky, cerveza y vino. Un apóstol que tiene que enfrentar los múltiples problemas económicos que la vida le plantea. Un apóstol, en fin, que necesita tener resueltas sus condiciones materiales de existencia, y que está en el deber de reclamar sus derechos en pos de una vida mejor.

Lo expresado en el párrafo anterior, debo resumirlo afirmando que yo creo en el maestro responsable, en el que actualiza sus conocimientos y abraza con pasión el noble oficio que ejerce; pero yo también creo que el trabajo docente debe ser científicamente supervisado, y a la luz de esa supervisión, al maestro que revele un buen desempeño, hay que motivarlo, incentivarlo y mejorarle sus condiciones de vida. Porque como muy sabiamente dijo en una ocasión el presidente de la General Motors : “ Ningún empleado podrá trabajar con calidad ni mucho menos identificarse con la empresa si está desmotivado, no devenga un salario justo, ni disfruta de una plan de incentivos que le permitan resolver sus problemas fundamentales”

Este sábado, 30 de junio, se celebrará en nuestro país el “Día del maestro”. El día del ser que ejerce el más noble y digno de los oficios del universo. Ese día no habrá gran despliegue publicitario, como ocurre en otras fechas, ni se publicarán, en la prensa nacional, enjundiosos editoriales, espectaculares reportajes o apasionados artículos exaltando el trabajo de este abnegado servidor.

Y es que no obstante la importancia de la labor que realiza, al maestro casi nadie lo incentiva, motiva o reconoce su trabajo. Nadie parece entender que sólo él es capaz de borrar las tinieblas de la ignorancia y abrir las puertas del conocimiento. Al contrario, como recompensa , el maestro dominicano, extrañamente, lo único que recibe es crítica e interesados cuestionamientos, realidad que lo convierte en el gran vilipendiado. Como bien se registra en las letras de la canción: “El cura cree que es ateo / y el alcalde comunista / y el cabo jefe de puesto/ dice que es un anarquista…”

La sociedad sólo le pide, pero muy poco le da, empezando por quien más debería concederle ¬: el Estado Dominicano. “Te pago como obrero, pero debes enseñar como un científico…”, parece ser la máxima social dominicana.

Estamos conscientes de que tan adversa actitud podría estar alimentada por la práctica irregular de muchos profesores que no han sabido comportarse a la altura de su investidura; pero que debido a la ausencia de un científico procedimiento de supervisión docente, desafortunadamente se mantienen activos provocando más daños que beneficios dentro del sistema educativo. Un sistema injusto, sectario, politizado y altamente contaminado ideológicamente. Un sistema que muy poco ha hecho para premiar y retener a sus mejores talentos, y que no ha sido capaz de establecer categorizaciones importantes técnicamente estructuradas en virtud de las competencias y desempeño de cada quien, evitando así que todos los educadores sean “medidos con la misma vara” o valorados de la misma forma.

Un sistema, en fin, al cual muy pocas veces se refieren o parecen exonerar de culpas, en los que a sus males atañen, quienes de manera impresionista critican despiadadamente la gestión del maestro, tratando de presentarlo como único culpable de la mala calidad de la enseñanza y demás fallas vigentes en la escuela dominicana , olvidando, talvez, que la mala práctica que en la base del mismo pueda incurrir un maestro , no es más que la viva expresión de las irregularidades cometidas en su cúspide por las autoridades que lo administran, las cuales consumen más tiempo defendiendo rabiosamente los intereses del partido en el poder que diseñando planes y programas orientados a desarrollar y modernizar la enseñanza pública. Autoridades que no propician las condiciones materiales y espirituales requeridas para que en nuestras escuelas reine la paz, nunca se interrumpan las clases, y el maestro se sienta motivado a ejercer su trabajo con alegría, dedicación, gusto y entusiasmo.

Para los maestros de verdad. Para ese maestro sin cariño, activo o pensionado, que en medio de tan desmotivador y adverso panorama laboral es y fue capaz capaz de ejercer con responsabilidad el delicado oficio que la sociedad puso en sus manos, vayan nuestro más sentido y sincero reconocimiento.