jueves, 23 de junio de 2011

“IBANO", “ESTABANO”, “ VENIANO” Y OTROS ERRORES.

La semana pasada (17/6/2010) apareció publicado en el periódico Listín Diario un interesante reportaje en cuyo primer párrafo se lee lo siguiente:

“Pudiera parecer insólito, pero hay maestras de educación básica que escriben los verbos hacer y haber sin h, y dicen “íbano” por íbamos o “estábano” por estábamos”

En el párrafo siguiente se aclara que: “Estos y otros errores ortográficos fueron encontrados en un estudio realizado por el Instituto Nacional de Educación Inicial (INEDI), con profesoras de primero a quinto grado de escuelas públicas y colegios privados”

Al detallar los resultados del referido estudio, el prestigioso diario revela que el 88.6% de esas educadoras “cometió faltas ortográficas al emplear diversas formas de los verbos haber y hacer sin h, y muchas escribieron con h la preposición a”.

También que “ el 67% incurrió en otras faltas ,“tales como: el uso de y por ll, s por c y viceversa, b por v, s por z, q por g y r por l…”; que “el 37% no pronuncia la “s” al final en el plural, ni las b, c, d, p, x y t, en sílabas inversas…” , y que “el 67% dice “íbano” en lugar de íbamos, “veníanos” por veníamos, “plurar” por plural, así como “estábano” por estábamos”

El informe causó impacto y preocupación en la sociedad dominicana. En virtud de lo que en este se afirma, valdría preguntarse:

¿Por qué los maestros incurren en esos desaciertos ortográficos? Por muchas de las razones que luego detallaremos.

Describir el problema sin aporta las causas que lo originan, en nada se contribuye a su definitiva solución.

¿Quién selecciona y contrata a los maestros que laboran en el sector público?

Sencillamente, el Estado Dominicano.

¿Cuáles son los criterios de selección o perfil requerido por el Estado para contratar a un maestro?

Sencillamente, que sea simpatizante del partido en el poder, o que esté “pegao” con un “compañerito del partido”.

Si el candidato cumple con esas condiciones, el que escriba“íbano“, “estábanos” o “ veníanos” poco importa. Lo que sí importa es que se puso un “compañero” a trabajar; pero si por el contrario el aspirante a ejercer el puesto no ha dado muestras de compromiso o simpatía con el partido gobernante, “que apunte para otro lado”, que no sueñe ni piense en el empleo, pues aunque escriba mejor que Cervantes y tenga mejor formación pedagógica que Eugenio María de Hostos, al puesto no irá.

Una de mis ex alumnas, estudiante de Letras, por ejemplo, se graduó con honores hace tres años en una universidad de Santiago. Para lograr su nombramiento en un liceo de aquí, no han valido su curriculum, las gestiones ni las recomendaciones nuestras. Ahí sigue sin empleo. Responsable, lectora activa, excelente ortografía y excelente redacción, carece, sin embargo, de la condición más relevante para merecer el puesto: haber participado en una marcha o bandereo de campaña del Partido de la Liberación Dominicana.

Por la misma razón no se le ha completado las dos tandas en el nivel medio (Santiago) a un hermano nuestro, maestro de larga data, graduado en la PUCMM, lector voraz y, posiblemente, uno de los más capaces y responsables educadores del Cibao.

Aunque en uno más que en otro, vale aclarar, en todos los gobiernos ocurre lo mismo: cada funcionario desea nombrar primero a “su gente” y marginar a los profesionales sin banderías políticas y, muy particularmente, a todo aquel que no simpatice por el partido en el poder.

En materia de reclutamiento y selección de personal, semejante práctica, por subjetiva y carente de soportes técnicos no funciona, mucho menos en un ámbito laboral que como el docente requiere estar dotado de unas competencias que no cualquier candidato posee. Y mientras esa aberrante práctica persista, jamás podrá hablarse de desarrollo de la educación, transformación de la escuela y mejoramiento de la calidad de la enseñanza en la República Dominicana.

A todo lo anterior se suman, como factores generadores de la incompetencia ortográfica mostrada, no sólo por maestras, sino también por maestros:

a) La ausencia de un científico sistema de supervisión docente diseñado y aplicado por el Ministerio de Educación.

b) La contratación en muchos colegios privados de “muchachos” que apenas inician sus estudios pedagógicos.

c) Falta de motivación o incentivos al trabajo magisterial. Al maestro se le pide mucho, pero muy poco se le da.

d) Las notables deficiencias y el espíritu permisible que se aprecia en el sistema de evaluación educativa en las escuelas de formación docente, merced al cual logran graduarse maestros que, por su probada incompetencia estudiantil, nunca debieron calzarse una toga y un birrete.

e) Estudiantes que, sin gustarle, elijen la carrera docente talvez porque no pueden pagar otra o porque se sienten incapaz de asimilar el contenido programático de la que desearían cursar.

f) Maestros rutinarios, apagados, que no leen, que no se actualizan, que no asumen con orgullo, ética y conciencia la noble labor que realizan, ni se insertan de manera activa y/o productiva en el mundo de la cultura. De ese tipo de maestros no se puede esperar que superen sus debilidades profesionales ni muchos menos que cambien positivamente su conducta lingüística.

Y, lo que es más preocupante aún, maestros, desafortunadamente, permeados por los involutivos rasgos de una posmodernidad de esencia “light” que aconseja “cogerlo suave”, “vivir la vida” y no “fuñir” ni “matarse” mucho.

domingo, 12 de junio de 2011

CAPSULAS LEXICOSEMANTICAS

1. ¿Por qué « Jons»?

HOMS es la abreviatura o sigla del nombre del Hospital Metropolitano de Santiago. La sigla de una palabra escrita en idioma español, pero que a muchos comunicadores sociales y demás hablantes de nuestro país, y particularmente del Cibao, les ha cogido con pronunciar como si se tratara de una voz propia de la lengua inglesa: “jons”, en lugar de “ons”.

Quizás actúen por analogía quienes persisten en el uso de esa ánglica pronunciación, por cuanto se sabe que en inglés la letra h suele articularse como j cuando aparece en posición inicial de palabras seguida de vocal, como bien se puede apreciar y comprobar en palabras como ‘home’, ‘how’ y ‘house’, entre otras. Tal práctica talvez pueda deberse al hecho de percibir el sonido “ jons” mucho más prestigioso y eufónico que el muy castellano “ ons”. Sin embargo, no importa la razón a que se apele. Si bien la fuerza del uso ha convertido en norma la realización fonética de la primera de las siglas precedentes, desde el punto de vista lingüístico no existen razones que justifiquen el uso de “ jons”, en lugar de “ ons”, en el momento de articular el nombre del Hospital Metropolitano de Santiago ( HOMS)

2. «Medio ambiente y medioambiental»

En la bases del concurso patrocinado por una prestigiosa empresa de Santiago, hace ya varios años, el periodista, en su programa de televisión, leyó el título del tema propuesto: “Periodismo y medioambiente”, y , un tanto confundido, no tardó en llamarme para compartir conmigo su idiomática inquietud :

- “Pensé - me dijo - que medio ambiente se escribía en dos palabras y no en una, como la veo escrita por aquí”.

“ - Así es - le respondí. No sucede lo mismo, sin embargo, cuando se trata de su adjetivo correspondiente: medioambiental, el cual sí debe escribirse en una sola palabra”

Vale destacar que medio ambiente es una forma pleonástica o redundante de decir medio o ambiente, toda vez que medio, lo mismo que ambiente, se define como el “ conjunto de circunstancias o condiciones exteriores en que vive alguien o algo”

3. «El interior del país»

Esta frase se emplea comúnmente para designar cualquier lugar o pueblo de nuestro país, distante de la capital de la República; pero sucede que según el criterio académico, interior es lo “Que está en la parte de adentro” o lo “Que está muy adentro”

Conforme a estos conceptos, sólo podríamos admitir como pueblos, sitios o lugares del interior del país aquellos situados geográficamente en el centro o “muy adentro” del territorio nacional. Por la misma razón quedarían excluidos de esa categoría los sectores alejados del centro o no ubicados “muy adentro”, como serían las comunidades fronterizas o las pertenecientes a nuestro litoral, tales como Miches, Samaná, Puerto Plata, Dajabón, etc. Si por el contrario se persiste en considerar como del interior a esos pueblos costeros, entonces también tendríamos que admitir como tal todo lo que corresponda a la parte costera o litoral de la ciudad de Santo Domingo.

4. «El Sur profundo»

¿Existe en nuestro país un sur no profundo? Honestamente no lo sé. Mas así parecen concebirlo quienes cada vez que se refieren a esa zona de la República Dominicana siempre hablan de sur profundo.

El adjetivo profundo, además de “intenso o muy vivo” entraña la idea de hondura o gran penetración. En virtud de esto, inconcebible sería considerar como honda, intensa y penetrante a la histórica, heroica y lejana región sureña. Talvez, en tales casos, en lugar de profundidad, al hablante lo que le interesa sea subrayar la idea de lejanía; y en lugar de profundo, quizás lata en su mente la idea que más se corresponde con el sentido estricto de lo expresado: la idea de sur lejano.

5. «A la altura del kilómetro… »

“El accidente se produjo a la altura del kilómetro cinco de la Autopista Duarte...”- se lee en una nota de prensa publicada recientemente en uno de nuestros diarios.

Confieso sinceramente que ignoro, y me gustaría conocer, los instrumentos técnicos de que se valen muchos de los periodistas dominicanos para determinar la “altura” o “pendiente” de un determinado kilómetro.

¿ No será esa “ a la altura del ...” una de esas famosas “expresiones chatarra” que tanto vulneran la esencia del Principio de Economía Lingüística, principio que,en el caso que nos ocupa, bien pudo respetarse si el redactor hubiera escrito : “ El accidente se produjo en el kilómetro cinco de la Autopista Duarte ...”

6. «Los añitos de Luisito»

La madre, evidentemente alegre, llama al programa de radio y solicita que le toquen “un pianito para mi niño Luisito que hoy cumple dos añitos”

Sabido es que no existen años más grandes ni más pequeños que otros, no importa que los mismos, en el plano humano, se refieran tanto a niños como a adultos. En otras palabras, un año es siempre un año. Sin embargo, resulta altamente curioso cómo la tierna madre de Luisito, mediante el proceso de transferencia semántica, y apelando al valor afectivo que entraña todo diminutivo, intenta destacar la corta edad del hijo casi recién nacido, concentrando la idea de pequeñez , no en la estatura de su niño apreciado, sino en los años por este cumplidos.

Pero “añito”, conviene destacarlo, en su sentido profundo no sólo envuelve la idea de corta edad y baja estatura, sino también de amor, ternura y afecto. Significa esto, que contrario a lo se pueda creer y se nos ha enseñado tradicionalmente en la escuela, los diminutivos, más que sentido de pequeñez, en su estructura semántica concentra un profundo contenido sentimental , esto es, soporta la idea relativa a los más diversos sentimientos : amor, odio, desprecio, burla, ternura…

domingo, 5 de junio de 2011

PRESENCIA DE TAMBORIL EN LAS OBRAS DE TOMAS HERNANDEZ FRANCO . ( * )

Por : Domingo Caba Ramos

"Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”.

( Tomás Hernández Franco )
                                                                                    Tomás Hernández Franco

Si nos adentramos en el contenido que encierra el título del presente trabajo, fácilmente nos daremos cuenta  de que el mismo sugiere el propósito que motivó su elaboración: descubrir en los escritos del poeta y escritor Tomás H. Franco (Tamboril, Santiago, 29/04/1904 - Santo Domingo, 01/09/1952) las referencias o alusiones directas o indirectas que este hace acerca del pueblo que lo vio nacer y crecer.

Pretendemos de esa manera demostrar que la intervención de determinadas ideas y palabras en los textos literarios de este autor cumplen una función referencial, es decir, no obedecen a una intencionalidad meramente gratuita, sino que constituyen la expresión de un estado de ánimo íntimo y personal. Se trata de ideas y palabras, la mayoría de las veces empleadas de manera reiterativa, que tienen en cada texto unas connotaciones afectivas y sentimentales, reveladoras de ese profundo sentimiento de amor que siempre supo proyectar el destacado bardo tamborileño sobre su paisaje nativo, sobre su Pajiza Aldea, que es lo mismo que decir, sobre Tamboril.

Nuestro estudio estará fundamentado en cinco textos suyos entre los que se incluyen su primer libro de versos: Rezos Bohemios (1921) y su último libro de cuentos: Cibao (1951).

Para los fines del presente análisis incluimos igualmente la conferencia que con el título de “El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, dictara Hernández Franco en Tamboril en 1931, la epístola que escribió en 1944 a su hijo mayor, "Poema anclado para el hijo viajero",  y uno de los cinco poemas que fueron publicados después de su muerte: Puedo Jurar Ahora (1952).

Antes de entrar en detalle en torno al tema que nos ocupa, creemos pertinente hacer algunas precisiones por entender que estas  podrían servir de soporte teórico al análisis que realizaremos a los textos precitados, y sin las cuales, talvéz, dicho tema dejaría de ser comprendido en toda su magnitud .

De entrada vale recordar que Tomás Rafael Hernández Franco nació en Tamboril, municipio enclavado al pie de la Cordillera Septentrional, el día 29 de abril de 1904, justamente en el mismo año en que se integró al mundo de los mortales el inspirado y genial poeta chileno Pablo Neruda (1904 - 1973). Nació, pues, a principio de siglo, en una época en que la sociedad dominicana comenzaba a formarse y  preocuparse por su desarrollo material y cultural. Fue periodista, ensayista, cuentista, conferencista, deportista, poeta y diplomático. Desempeñó importantes funciones en la administración pública y en el servicio exterior, misión esta que le permitió viajar y residir en numerosos países latinoamericanos y europeos, en uno de los cuales, El Salvador, compuso y publicó su obra maestra: El poema Yelidá (1942).

En vida se distinguió por el entrañable amor que en todo momento sintió por su pueblo, al cual solía identificar con el afectivo y tierno nombre de Aldea o Pajiza Aldea. Ese cariño, ese sentimiento de amor y afecto mostrado por Hernández Franco hacia la comunidad de Tamboril aparece magistralmente resumido en la siguiente frase suya: "Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago” 

Falleció en la ciudad de Santo Domingo  el día 1 de septiembre de 1952.


TAMBORIL: UNA CIUDAD RURAL

En su muy documentado libro La Poesía dominicana en el siglo XX, tomo II, 1975, el poeta y crítico chileno, don Alberto Baeza Flores (1914), sostiene que en los pueblos pequeños lo rural es lo próximo y significa una presencia, en tanto que en la gran ciudad, lo rural suele estar más retirado. Estas son sus palabras al respecto:“En la vida de la ciudad grande el campo siempre está más lejos y hay que ir a él. En la vida de la ciudad provinciana, íntima, familiar, el campo está ahí cerca, a la mano” (P. 411).

El contenido de la cita precedente resulta bastante revelador para los fines de nuestro estudio  debido a la estrecha  relación que guarda  con  las características sociogeográficas del Tamboril en que nació, vivió y al cual le cantó Tomás H. Franco en la mayoría de sus obras : un Tamboril con  escaso desarrollo urbanístico y poblacional, constituido por una sola calle, habitado por un reducido número de moradores, rodeado de árboles gigantescos y bañados por las mansas aguas del río Licey.

El Tamboril de Hernández Franco era, en tal virtud, un Tamboril pequeño y casi despoblado, libre de los ruidos impertinentes que los tiempos modernos con su progreso electrónico y tecnológico han logrado sembrar en el seno de este municipio. Era un Tamboril pacífico, tranquilo y silencioso. Era una aldea o, si se quiere, era simplemente: una ciudad rural.

Y en ese mundo casi campestre, en un hermoso y amplio patio, a escasos metros de la iglesia católica, entre robles y platanales, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes y muy próximo a la ribera del ya mencionado arroyo Licey, estaba ubicada la casa donde residió, junto a su familia, el poeta tamborileño, autor de Yelida. Este hogar, como es fácil advertir, yacía plantado en medio de una naturaleza física que debió imprimir imperecedera huella en la vida y obra del poeta, logrando que de su fértil imaginación creadora emanaran los más bellos y líricos cantos inspirados en ese entorno vivencial en que se desenvolvió su infancia y su juventud. A propósito de estos señalamientos, el destacado escritor y  crítico literario, Bruno Rosario Candelier, apunta lo siguiente :

“Tomás Hernández Franco recibió en este pueblo de Tamboril sus primeras orientaciones, se nutrió afectivamente con las raíces telúricas, con las raíces familiares que emanaban de aquí, y a partir de sus contactos culturales con el mundo, eso le permitió afianzar o ampliar su base cultural y proyectarla con una dimensión realmente extraordinaria, aquí y fuera de la República Dominicana” (Conferencia dictada en Tamboril el 17 de Octubre de 1988).

En lo que atañe a los tres preindicados samanes, sepultados inescrupulosamente por la mano ingrata del hombre, hay que señalar  que  tales árboles forman parte importante de la historia de Tamboril. Toda la vida de este pueblo discurrió alrededor de estos tres históricos, simbólicos y señoriales árboles. En una época en que aquí no existía parque público, los tamborileños utilizaron el tronco de los samanes como su sitio de recreación. Allí se daban citas los más disímiles tipos humanos: los niños, a jugar y ejecutar sus infantiles travesuras; los bohemios, a libar alguna copa de licor; los enamorados a sostener un romántico y confidencial diálogo, y las damas distinguidas  del pueblo, a leer los versos románticos del el poema Tabaré.

Con el seudónimo de Gabriel Silveira Leal, en un poema intitulado Al Samán de Tamboril, y publicado en 1944 en el #7 de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, Hernández Franco describe así al árbol que inspiró sus versos:

“Este árbol es mi vida. Este árbol es mi infancia. Está en medio del poblado, en la explanada que aísla mi casa de las demás y donde por el día vienen a jugar los niños, al salir de la escuela, y en las noches es asilo de los sueños de los enamorados y bahía donde los solitarios anclan meditaciones y esperanzas. Es un bello Samán de relucientes hojas, que de repente se han ido a volar, como mis pensamientos.”

Como apreciaremos más adelante, la obra de Tomás H. Franco está estrechamente condicionada por esa realidad geográfica, social y humana de su tierra,  y en muchas de sus creaciones está presente ese gran aliento telúrico o profundo enraizamiento tamborileño que siempre le caracterizó.

Vistas estas consideraciones generales, pasaremos de inmediato al análisis textual con miras a determinar cómo aparece expuesta la realidad tamborileña en los versos y en la prosa de Tomás Hernández Franco.

Iniciaremos con su primer libro publicado: Rezos Bohemios (1921). De esta obra, prologada por el vegano J. Furcy Pichardo y escrita cuando su autor tenía apenas dieciséis años de edad, estudiaremos los cinco sonetos insertos en el apartado que lleva por título En la calma aldeana, constituidos, al decir del referido prologuista, por “Versos felices de concepción y ejecución, prestigiados por cierta fuerza de expresión que desea ser personal y que es loable”. “En dichos versos-continúa argumentando. F. Pichardo -Hernández Franco pinta la vida o el sueño de su Aldea gentilísima y romántica”, y al describir esa “Aldea ilusionada de sus cantos” lo hizo con los términos que designaban a aquellos seres y objetos del mundo natural y social que estuvieron íntimamente asociados a su ambiente familiar. De ahí que sustantivos como arroyo, río, roble, samán, campana y aldea o sus derivados aparezcan en toda su obra con inusitada frecuencia.

En cada uno de los sonetos se describe el paisaje local, el paisaje tamborileño.

En el primero de ellos, Media noche, el poeta nos presenta a un Tamboril callado, dormido, sereno y apacible en una noche iluminada por los rayos inspiradores de la luna. Ese silencio aldeano sólo es quebrantado por el canto monótono del arroyo murmurador:

Es muy puro el encanto de esta noche de luna;
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata
y un arroyo murmura, como un canto de cuna
monorrítmicamente su perenne sonata.

Los robles también duermen como gigantes buenos
bajo el celeste amparo de esta noche tan clara
¡taciturnos, sombríos, sufridos y serenos,
son como los vencidos de una epopeya rara!

Todos es paz en la aldea. El viejo campanario...

Nótese cómo en las estrofas anteriores el paisaje, más que simple telón de fondo, actúa como un ser de carne y hueso, aparece humanizado. El poeta, valiéndose de recursos metonímicos y prosopopéyicos de incomparable valor afectivo, actualiza y vivifica la naturaleza haciéndola de esa manera partícipe, testigo o confidente de su estado de ánimo. A tono con este planteo observamos que en lugar de los habitantes de la aldea, quien duerme es la propia aldea; el arroyo murmura, no suena; en tanto que los robles gigantescos gozan del humano privilegio de dormir, sufrir y permanecer en silencio. Todo esto indica que no obstante el tono modernista que se aprecia en estos versos de iniciación de Hernández Franco, en ellos subyacen igualmente reminiscencias típicas de la mentalidad y sensibilidad románticas.

Ese intimismo o subjetivismo romántico junto a la paz que se respira en la media noche descrita en el soneto, son rasgos constantes en la obra literaria del escritor tamborileño.

Mientras que en Media noche Hernández Franco le cantaba a su pueblo describiéndolo en una noche de luna, tranquila y silenciosa, en el soneto que sigue, Tristeza del domingo, nos lo presenta en medio de una tarde dominical, triste y melancólica:

“Tristeza del domingo. La gris melancolía
que padece el paisaje, ha llenado la tarde...
(1er. Cuarteto, V. 1 y 2)

“.... Florece en mí el fastidio que me infunde lo igual,
... todo es igual, lo mismo... el arroyo que ríe...
el viento que murmura por entre el robledal.

(2do. Cuart., V. 1 al 3)

“No hay una nota alegre en la tarde aldeana
el sol se va ocultando por la sierra lejana
mientras leo un soneto del divino Musset...”

(1er. Terceto)

“Y decora esta tarde, la silueta exquisita,
que veo en la lejanía, de una mujer bonita...”

(2do. Terc., V. 1 y 2)

Conviene destacar en esta vespertina descripción el contraste que se establece entre la tristeza que invade a la tarde con la socarrona sonrisa del arroyo, esto es, sólo dos hechos contribuyeron a imprimirle un toque de alegría a aquel domingo sombrío: la presencia lejana de una bella mujer y la risa incierta del río que una vez más parece proceder indiferente a lo que sucede en el medio que lo rodea. También es oportuno aclarar que cuando el poeta habla de sierra lejana, obviamente se está refiriendo a una de las tantas lomas que circundan al municipio.

El profundo fervor religioso que siempre ha caracterizado al pueblo de Tamboril lo encontramos genialmente plasmado en los dos cuartetos del soneto que lleva por título "En la vaga penumbra" :

“En la semi - inconsciencia de esta vida aldeana
cuando caen en la noche los primeros crespones
vibra pausadamente la voz de una campana
como un eco gigante de muchas oraciones...

Hay beatitud sencilla en la rústica escena;
florecen “Padres Nuestros” en labios temblorosos
y alguna novia triste desahoga su pena,
rezando por el novio, con los ojos llorosos...”

En La aldea está triste, Tomás H. Franco, cual romántico bohemio, proyecta sobre el paisaje local toda la intimidad o sentimientos que en él despertó la rápida partida de una linda dama que como un sueño fantástico pasó un día por su añorada aldea:

La aldea está muy triste desde que tú te has ido,
le falta tu alegría, le falta tu belleza...
¡y hasta mis propios versos por tú se han conmovido
al contar esta pura y aldeana tristeza!”

(1er. cuart.)

Y como si el río fuera el gran confidente o testigo de sus juegos sentimentales, el poeta pregunta a la fugaz visitante:

“¿... Te acuerda del arroyo que siempre gluglutea,
cual si contase un cuento pasional a la aldea
envuelto en el misterio de un divino secreto?...”

(1er. Terc.)

En la primera estrofa vemos cómo desaparece el yo interior del poeta para fundirse en el yo colectivo encarnado en una naturaleza personificada:

“La aldea está muy triste desde que tú te has ido...”


Hombre y medio ambiente se funden en un solo ser, formado así un todo homogéneo de tal modo que el sufrimiento y tristeza del poeta es el sufrimiento y tristeza del ambiente aldeano.

En el último soneto, En la paz del crepúsculo, Hernández Franco nos ofrece otra viva descripción de su natal terruño en ese instante del día en que los últimos rayos del sol empiezan a despedirse para ceder su turno a la noche:

“El crepúsculo vierte su divina tristeza
en el bello paisaje. Una franja grisácea
es un río que canta, con su eterna pereza
arrullando la muerte de la tarde violácea...”

Entre los componentes del mundo natural y social en torno al cual se desenvolvió la vida de Tomás H. Franco, vale resaltar el papel protagónico desempeñado por el arroyo que con tanta insistencia se menciona en los versos. Pero no se crea que se trata de un río imaginario, creado por la mente fantástica del poeta. Ese río cantarín, risueño y murmurador cruzaba por detrás de la casa de la familia Hernández Franco, esto es, existió realmente ( río Licey), como existieron también los robles, los samanes, la sierra lejana, las campanas de la iglesia y esa quietud municipal que se respira en las muestras poéticas que hemos analizado.

El 27 de octubre de 1931 Tomás H. Franco dictó en el Teatro “Apolo” de Tamboril la conferencia titulada El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización.

Antes de entrar en materia, el disertante nos presenta una breve introducción que bien podría considerarse como un canto de amor a su pueblo. Tal sentimiento de gratitud y cariño lo encontramos expresado desde el mismo inicio de la disertación:

“Pláceme sobre manera ocupar esta tribuna y frente a este público, porque en cierta forma es como una oportunidad de pagar una deuda de cariño contraída desde mi infancia, porque aquí en Tamboril mismo y mucho antes de lanzarme por mis propias fuerzas en las sendas de la curiosidad literaria, mi imaginación se nutrió de una tradición de cultura y de amabilidad que parece haber sido de todo tiempo patrimonio o herencia, timbre o blasón de esta comunidad”.

Hernández Franco paseó a Tamboril por todos los confines del mundo. De él se cuenta que a dondequiera que iba, su mayor orgullo consistía en proclamar su origen aldeano. Y en cada país que vivió los recuerdos de la patria chica afloraban a su mente:

“... Siempre, en las horas del recuerdo, en la
nostálgica evocación del viajero, la patria lejana
me cabía en el corazón...”

El poeta, que cada acaba de regresar a la tierra amada, muestra en la susodicha disertación  la humildad del recién llegado y el acendrado amor que siente por sus raíces pueblerinas:

“... Siempre llegué sin la jactanciosa actitud de
quien pretende contar maravillas y a la vida
aldeana me reintegré sin esfuerzo porque aldeano
he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad...”

TAMBORIL EN LOS CUENTOS DE TOMAS H. FRANCO.

En la cuentística de Hernández Franco lo mismo que en sus poesías, artículos y conferencias, está presente la atmosfera tamborileña. La narrativa de este autor es rica en referencias que responden fielmente a las vivencias personales o experiencias vividas en su lar nativo. Esa presencia se evidencia, entre otros relatos, en los cuentos contenidos en el tercer y último volumen publicado: Cibao (1951). Ya anterior a esta colección había dado a la luz pública: Capitulario (1921) y El hombre que perdió su eje (1925).

Los hechos que se narran en "Cibao", contrario a lo que podría interpretarse a juzgar por el título, no reflejan la vida de la región cibaeña en general sino la tamborileña en particular.

Del libro Cibao (Ediciones Sargazo, 1973) seleccionaremos tres cuentos que consideramos de particular interés por contener muchos de los elementos descriptivos y referenciales que permiten validar el planteamiento que hemos insertado en el párrafo anterior. Nos referimos a Mingo, Anselma y Malena y El asalto de los generales

Santa Ana fue por muchos años la santa patrona de Tamboril. Cuéntase que las fiestas patronales que en su honor se celebraban, las cuales coincidían con la cosecha de tabaco, eran muy concurridas; especialmente por los habitantes de los campos vecinos quienes embriagados por la alegría del momento incurrían en desbordadas o desenfrenadas romerías que degeneraban casi siempre en sangrientas y mortales riñas. En el cuento Mingo se lee al respecto:

`“Los matones que durante las fiestas de la señora
Ana venían desde lejos, con sus ladeados
sombreros de jipijapa, sus pañuelos colorados y
las grandes cachas blancas de sus Colts, a jugar
a los dados y a emborracharse con aguardiente
blanco...” (P. 41).

En Anselma y Malena se narra una historia de amor, los amores de Anselma y Malena con el coronel de dragones. En dicho relato es obvia la presencia de algunos toques descriptivos de inconfundible sabor localista:

“La aldea nunca tuvo más de una
calle y esa calle bastó siempre para
todas las divisiones del amor, del odio y
del dinero... “(P. 64).

El narrador nos informa que Malena nunca se enteró de los amores entre su marido y Anselma. Y acto seguido concluye:

“La aldea no había hecho ni un
guiño de malicia porque aquello no
tenía importancia” (P. 66).

Uno de los mejores cuentos de Tomás Hernández Franco y quizás el de mayor fuerza dramática es El asalto de los generales. Esta pieza narrativa, como podrá inferirse, trata de una acción bélica, de un levantamiento armado. Previo a la presentación de los hechos, el cuento se inicia con una  descripción del ambiente, rica en imágenes sensibles que le imprimen un colorido  singular al lugar o espacio donde suceden los hechos:

“Aldea suspendida en final del crepúsculo. El samán había acabado de cerrar los millares de sus hojas, una por una, meticulosamente, como quien cuenta billetes de banco. Un grillo desató la locura irritante de su canto, alto surtidor de fuente invisible. Chirriaba una rueda en retorno cansado. Bolas de equilibrio sobre las pértigas, las gallinas recontaban las plumas de sus alas sin vuelo. El platanal, unánime y manso, dialogaba en ligera brisa confidencial. Tímidas vanguardias de estrellas en cielo claro y más alto. Paz.” P. 85).

La siguiente intervención es mucho más explícita:

“Papá, por Dios, esa es una tontería. Deme cien hombres o cincuenta o veinticinco, y yo le desalojo a esa gente de la aldea” (p. 92).

Lo mismo que esta:

“A tiro de fusil de la aldea se reunieron en compacto núcleo de cosa decisiva...” (p. 93)

En uno de sus poemas póstumos, Puedo jurar ahora (1952), el poeta recuerda al padre en el momento en que sembraba sus venerados samanes:

Puedo jurar ahora que yo lo he visto.
Y que ese recuerdo solo fuera capaz para llenar toda mi vida,
que vi el crepúsculo detenido entre sus manos
mientras estaban sus manos sembrando el árbol...”

Pero donde los recuerdos de infancia y juventud, el fervor aldeano y la emoción ante el paisaje local, alcanzan su máxima expresión en los escritos de Tomás H. Franco, es en el texto Poema anclado para el hijo viajero,  epístola de incomparable acento elegíaco dedicada a su hijo mayor, Tomás Hernández Tolerntino (Tomasito), cuando este apenas acababa de nacer. El poeta, merced al gran afecto que siempre mostró hacia su pueblo, supo plasmar en forma magistral la recóndita tristeza que produce la ausencia del suelo paterno. Su lectura, como se podrá apreciar , nos remite al genio de un José Joaquín Pérez:

“¡Mi dulce Ozama! Tu bardo amante
a tus riberas torna a cantar...”

(La vuelta al hogar)

O a un Nicolás Guillén:

No hay martirio más grande que el hondo desconsuelo
de suspirar ausente de los paternos lares
y deshojar la rosa negra de los pesares
bajo la indiferencia de otro sol y otro cielo.”

(Páginas Vueltas)

En su Poema anclado para el hijo viajero escribe el autor de Yelidá:

“Apenas tenemos una semana mudados a esta nueva casa, que no es la mía, que no ha de ser tuya: es la número 159 de la Avenida Independencia, en Ciudad Trujillo”.

Las ideas que siguen reseñan la vida diplomática del poeta:

“Eres el hijo viajero. Tienes casi quince meses de nacido. Ni un año y medio siquiera. Debiste nacer en El Salvador, América Central. Pudiste haber nacido en Costa Rica, pues para allá salíamos. Era casi de rigor que nacieras en México. Pero naciste en la Habana. Pocos meses después, llegamos contigo a tus pies, a este, a esta ciudad que no es la mía, ni la de tu madre”.

Abrumado cada vez más por los recuerdos emocionales de su tierra, el padre envuelve su voz en el más nostálgico de los acentos para proseguir diciendo al hijo:

“Tu no tienes una casa tuya. Al menos la tuya, la que es mía y de tu madre, donde yo pasé todos los años de mi infancia, te es todavía, desgraciadamente, casi desconocida. En ella ha vivido días solamente, como en todas las otras que has vivido: casas de alquiler, casas de huéspedes, hoteles, aviones”.

La añoranza inspira en el padre el deseo de que su hijo esté junto a lo suyo:

“Hubiera querido verte crecer en tu casa, en esa casa que es mía y de tu madre, la de Tamboril, la única, donde vivieron mi padre y mi madre, tus abuelos, donde también vivieron mis abuelos y tus bisabuelos. Creo que hubiera sido una ventaja para ti tener tu paisaje, que es, desde que se nace, la manera más exacta y sencilla de tener una patria”.

Finalmente escribe el poeta:

“Todos tenemos en el mundo un sitio en el cual debiéramos estar para siempre, o en el cual, al menos, todos quisiéramos estar para siempre: Tamboril es mi sitio. El sitio de tu padre. Ojalá lo escojas tú también como tuyo: para querer vivir y morir, para tener tu paisaje anclado dentro de tí”.

Tomás Rafael Hernández Franco, el poeta dominicano que le cantó a los mares del trópico y al mulato de las Antillas, el autor de uno de los más grandes poemas escritos en nuestro país y el mismo que dio a conocer por primera vez a nuestros principales poetas en los círculos literarios del Viejo Continente, también supo dedicar a su pueblo, como hemos intentado demostrar, los más bellos, líricos y hermosos cantos.

(* ) - Publicado por primera vez en el Suplemento Cultural “Coloquio” (- El Siglo - 20 - 5 - 89) y posteriormente en mi libro " Tamboril, su gente y su cultura ( y otros ensayos ) ", Editora Teófilo, 2000, págs. 26/37

jueves, 19 de mayo de 2011

TRUJILLO Y EL HIMNO NACIONAL

El 30 de mayo de 1934, el entonces presidente de la República Dominicana, Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina, promulgó la ley que declaraba oficial el himno que treinta y siete años antes (1883) habían compuesto el laureado músico José Reyes ( 1835-1905 ) y el poeta y maestro puertoplateño Emilio Prud - Homme (1856 - 1932). Según lo establece nuestra Constitución, “ es único e invariable” ( Art.33)

Del Himno Nacional es muy poco lo que sabe el dominicano promedio. Pero como toda manifestación humana, nuestro canto a la Patria también tiene su historia.

Compuesto en el primer semestre de 1883, se tocó y cantó por primera vez el día 17 de agosto de ese mismo año en una de las veladas patrióticas celebradas por la prensa nacional en los salones de la Logia Esperanza (Santo Domingo), para conmemorar el vigésimo aniversario de la Restauración política de la República.

Conviene aclarar, sin embargo, que este no fue el primer himno patriótico que se compuso en el país. Treinta y nueve años antes ( 1844 ), el poeta y patriota Félix María del Monte (1819 -1899), y el coronel músico Juan Bautista Alfonseca (1810 - 1875), compusieron la misma noche en que se proclamó la independencia nacional, el himno que nuestra historia literaria registra con el nombre de Canción dominicana.

El himno de Félix María del Monte , contrario a lo sucedido con el de Reyes y Prud - Homme, no caló en el gusto del pueblo, y nunca logró el reconocimiento oficial, y ello se debió, posiblemente, a que la referida pieza poética, más que dominicana, mejor puede considerársele como un canto antihaitiano y prohispánico , carente por completo de un genuino sentimiento dominicanita.

En los primeros años de su creación, el Himno Nacional tuvo poca difusión. Apenas se escuchaba en la ciudad capital y sólo los días 27 de febrero y 16 de agosto de cada año.Al decir del maestro José de Jesús Ravelo, es en 1894, año en que se celebró el cincuentenario de la Independencia Nacional, cuando realmente se inicia la popularidad del Himno, debido a las muchas veces que hubo que ejecutarlo para solemnizar los diferentes actos que se desarrollaron como parte de dicha celebración.

Luego se oye en Azua, después en Puerto Plata y en el Cibao se difunde con motivo de inauguración el Ferrocarril Santiago - Puerto Plata, celebrada el 16 de agosto del 1897. En este mismo año, el Congreso Nacional resolvió declararlo oficialmente mediante ley, Himno Nacional de la República Dominicana. Para entonces gobernaba el país el general Ulises Heureaux (Lilís), el cual engavetó, en lugar de promulgar la ley , dándole así oportunidad al dictador Trujillo de consumar la oficialización definitiva del Himno el día 30 de mayo de 1934.

Trujillo - apunta Arístides Incháustegui - oficializó el Himno, lo que no pudo conseguir fue formar parte de sus versos”. Extraño comportamiento este, asumido por un gobernante que aprovechó su mandato presidencial para “trujillizar” al país, identificando con su nombre o el de algún pariente cercano, a pueblos, calles, parques, instituciones, etc. y que incluso fue capaz de modificar nuestra Constitución para cambiar el nombre de Santo Domingo, capital de la República, por el de Ciudad Trujillo.

No faltaron, naturalmente, poetas serviles que animados por el solo propósito de conseguir o mantener intacto el favor del jefe propusieron insertar el nombre de este en una de las estrofas del Himno. A tono con esa idea, el ya citado tenor e historiador dominicano afirma que :

“En vez, cuando algún poeta llegó tan lejos como a ofrecer, para su inclusión en el Himno Nacional: 'Trujillo creador de la paz', el pueblo que sabía que Trujillo no había creado nada (y mucho menos la paz), guardó silencio, y hasta los incondicionales de siempre prefirieron respetar ese silencio” (Eme, Eme, No. 17, Pág. 95).

Con ese silencio, el Himno Nacional, composición musical consagrada por la ley No. 700, de fecha 30 de mayo del 1934, se convirtió en uno de los pocos valores nuestros que Trujillo respetó.

sábado, 14 de mayo de 2011



LA GRAN LECCION DE MONSEÑOR MERIÑO


Monseñor Fernando Arturo de Meriño (1833 - 1906) fue uno de los dominicanos que más se distinguió o mayor prestigio alcanzó durante la segunda mitad del siglo XIX.

Además de desempeñar los más altos cargos de la nación, este ilustre sacerdote también adquirió fama de brillantísimo orador, por lo que ha sido considerado, con sobradas razones, como el padre de la oratoria dominicana. Entre sus discursos memorables se registran el que pronunció desde el púlpito para recriminarle con dureza y valentía al general Pedro Santana, presidente del país, sus aviesos propósitos de anexar la República a España (1861) y el que pronunció el 8 de diciembre de 1865 para en su condición de presidente de la Asamblea Nacional recibir el juramento a Buenaventura Báez, nuevamente ascendido al solio presidencial. Una y otra pieza oratoria condujeron al osado “Padrecito”, como lo llamaba Santana, a morder el polvo amargo del exilio.

Cuando se consumó la anexión (18 de marzo de 1861 ), Báez se encontraba en Europa y en lugar de regresar a su tierra para sumarse al movimiento restaurador, optó por prestar sus servicios nada más y nada menos que a la misma monarquía, la española, bajo cuyo protectorado se había extinguido la independencia dominicana.

Cuando el ejército español abandona el territorio dominicano en febrero de 1865, ¡oh ironía de la vida!, Buenaventura Báez, el mismo que había permanecido enfundado en el uniforme de Mariscal de Campo del ejército español, regresa, y meses después es juramentado presidente de la República.

Meriño no podía callar ante tan oportunista y traicionera conducta, y con su verbo de acero lanza al rostro del mandatario recién juramentado la siguiente admonición:

« ¡Profundos e inescrutables secretos de la providencia...! Mientras vagabais por playas extranjeras, extraño a los grandes acontecimientos verificados en vuestra patria, cuando parecía que estabais más alejado del solio y que el poder supremo sería confiado a la diestra victoriosa de alguno de los adalides de la independencia..., tienen lugar en este país sucesos extraordinarios... Vuestra estrella se levanta sobre los horizontes de la República y se os llama a ocupar la silla de la primera magistratura. Tan inesperado acontecimiento tiene aún atónitos a muchos que lo contemplan... »

Y acto seguido le advierte, con la misma virulencia, sobre el enjuiciamiento a que podría ser sometido si en el desempeño de sus funciones viola la ley y no trabaja por el bien de la patria:

« Empero yo, que sólo debo hablaros el lenguaje franco de la verdad; que he sido como vos aleccionado en la escuela del infortunio, en la que se estudian con provecho las raras vicisitudes de la vida, nos prescindiré de deciros, que no os alucinéis por ello; que en pueblos como el nuestro, valiéndome de la expresión de un ilustre orador americano, “Tan fácil es pasar del destierro al solio, como del solio a la barra del senado” »

En su histórico discurso, el entonces llamado “Pico de Oro” utilizó la tribuna parlamentaria no sólo para condenar el oportunismo de Báez y la ascensión de este a un poder que no merecía, sino para criticar con su ardiente verbo las antipatrióticas acciones llevadas a cabo por tiranos, traidores, oportunistas y demás enemigos del pueblo. Y aprovechó también para sugerirle al dictador el tipo de gobierno que debía desarrollar en bien de la nación dominicana:

« Gobernar un país, vos lo sabéis, ciudadano Presidente, es servir sus intereses con rectitud y fidelidad; hacer que la Ley impere a la propiedad, afianzando el amor al trabajo con todas las garantías posibles; favorecer la difusión de las ciencias para que el pueblo se ilustre, y conociendo sus deberes y derechos, no dé cabida a las perniciosas influencias de los enemigos del orden y de la prosperidad; cimentar sobre bases sólidas la paz interior y exterior para facilitar el ensanche del comercio, de la industria y de todos los elementos de público bienestar; esforzarse, en fin, en que la moralidad eche hondas raíces en el corazón de los ciudadanos, para que de este modo el progreso sea una verdad, y se ame la paz y se respeten las leyes y las autoridades, y la libertad se mantenga en el orden…»

Meriño entiende que el progreso de la Nación sólo es posible si quienes la dirigen poseen un alto nivel de moralidad. Para ello aconseja escoger los mejores hombres sin importar banderías políticas:

«La moralidad es la base inalterable del bien público y sin ella la prosperidad de la nación es una quimera ... Escoged siempre a los ciudadanos de conocida honradez, a quienes solamente se deben encomendar los destinos públicos, poseyendo aptitudes para desempeñarlos. Escogedles de cualquier partido político que sean, que entre hombres de bien, un gobierno ilustrado no debe hacer diferencia »

Sólo así podrá evitarse la repetición de un triste pasado que el mismo prelado se encarga de rememorar:

« Tiempos hemos tenido en que el vicio y el crimen, apoyados en los brazos de la tiranía, invadieron los puestos públicos e hicieron de los bienes de la nación su patrimonio. Del reinado de la inmoralidad vino la venta de la patria »

Y de la misma forma que establece quiénes deben gobernar al país, Meriño sostiene que deben ser excluidos de la administración pública los malos ciudadanos, los que se adueñan de la propiedad ajena, los desfalcadores de los bienes nacionales, los que negocian con la justicia, los que especulan en utilidad propia con los empleos y los que tránsfugas de todos los partidos, sin profesar ningunos principios, sólo aspiran a medrar, estimulados por la sed hipócrita de innoble ambición.

Ya en la parte final de su discurso, el entonces Príncipe de la Iglesia Católica insiste en su interés de que para gobernar a la nación sean escogidos los buenos patriotas y los hombres de principios por cuanto estos, según sus palabras, « están siempre dispuestos a prestar sus servicios a los gobiernos progresistas y liberales, a los gobiernos verdaderamente nacionales. Ellos sólo les niegan su apoyo cuando les ven posponer los intereses públicos a los privados, cuando comprenden que el despotismo ha ahuyentado la justicia del solio del poder, cuando, en fin, en vez del mandatario elegido para labrar la felicidad del pueblo, se descubre en la silla presidencial al tirano sanguinario, al inepto y perjudicial gobernante, o al especulador audaz que amontona colosal fortuna, usurpando las riquezas que el pueblo le confiara para que le diese paz, libertad y progreso »

Ojalá que tan edificante lección pueda ser conocida, asimilada y puesta en práctica, no sólo por todos los que en la República Dominicana logren terciarse en sus pechos la banda presidencial, sino por todos los que desempeñen o piensen desempeñar un cargo público.

lunes, 9 de mayo de 2011

EL HOMBRE LIGHT

¿Conoce usted los rasgos caracterizadores del hombre light? ¿Conoce usted el perfil psicológico de este nuevo personaje, típico de la postmodernidad?

El Dr. Enrique Rojas (1949), afamado investigador, ensayista y siquiatra español, lo describe en forma magistral en su libro “El hombre light (1996)

El hombre light, al decir del citado autor, emerge en sociedades moralmente enfermas. Entre ese individuo y los llamados productos light no existen diferencias algunas. Así como estos productos carecen de grasa, alcohol, azúcar, caloría, glucosa, cafeína, nicotina y otros elementos esenciales, el light es un ente sin sustancia, principios, contenido, idaeales y valores. Se trata de un ser, hombre o mujer, sumamente superficial, “entregado al dinero, al poder, al éxito y al gozo ilimitado y sin restricciones” (pág.11), un individuo “relativamente bien informado, pero con escasa educación humana” (pág. 13) Un ser frío que no cree en casi nada y cuyas opiniones cambian rápidamente y se ha apartado de los valores trascendentes.

Plantea Rojas que este hombre carece de referentes. En su mundo interior posee un profundo vacío existencial, y no es feliz aun cuando tenga todas sus necesidades materiales resueltas. Su condición de persona light, lo transforma en un sujeto insustancial, indiferente, consumista, falso, hipócrita, materialista, simulador y dueño de una conducta desprovista de sólidos principios.

Apunta el reputado profesional de la conducta, que al hombre light “Todo le interesa, pero a nivel superficial; no es capaz de hacer la síntesis de aquello que percibe, y, en consecuencia, se ha ido convirtiendo en un sujeto trivial, ligero, frívolo. Que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta. Todo se torna en él etéreo, leve, volátil, banal, permisivo…” (pág.14)

El hedonismo y la permisividad, según Rojas, constituyen las dos notas distintivas del comportamiento light.

A la persona light nada le atormenta. Nada le preocupa. Nada le quita el sueño. Siempre que logre sus propósitos, para él el mundo está perfecto. Es un ser eminentemente ataráxico, hedonista y aséptico, en cuyo cerebro brillan por su ausencia valores como la vergüenza, la pasión, el sentimiento de culpa, la solidaridad, la lealtad, la sinceridad, la seriedad y la responsabilidad, entre otros.

« Estamos – subraya Enrique Rojas – en la era del plástico, el nuevo signos de los tiempos» (p.17). Era en que «el ideal aséptico es la nueva utopía» (p.16)

Y así es.

Como afirma el citado escritor madrileño, en nuestras cotidianas relaciones interpersonales estamos rodeados de personas plásticas, frívolas, livianas, fofas y acomodaticias. De seres descomprometidos o desvinculados de casi todo lo que los rodea. De seres con un ansia desmedida de protagonismo, cuyo propósito fundamental es despertar admiración y envidia. Seres para quien el protagonismo ajeno poco importa y hasta cierto grado le asquea, apelando, en tal virtud, a todos los recursos par opacarlo.

En términos generales, el hombre light se caracteriza porque es un ser:

Hedonista: el placer para él está por encima de todo.

Débil de pensamiento: sus convicciones carecen de firmeza y sus opiniones cambian con facilidad.

Ideológicamente pragmatista.

Plástico o superficial

Frío, indiferente o neutral: se resiste a asumir compromisos.

Carente de valores y /o principios trascendentes.

Ciegamente aferrado a lo que está de moda o vigente socialmente.

Moralmente vacío.

Individualista y materialista: débil concepto de la solidaridad y colaboración humanas.

¿Dónde encontrar a este tipo de persona?

Sencillamente mire a su alrededor, observe con detenimiento y ahí usted encontrará no sólo uno, sino decenas de estos inauténticos, plásticos y muchas veces ponzoñosos personajes.

martes, 3 de mayo de 2011

PRECISIONES LEXICOSEMANTICAS

1. ¿Adecúa o adecua?

ADECUAR es una de las tantas formas verbales cuyos usos generan vacilaciones, dudas y confusiones, muy especialmente cuando se emplea en primera, segunda y tercera persona, tanto del plural como del singular: adecue, adecúe, adecúen, adecua, adecúa, adecúan, adecuo, adecúo…

En cuanto al acento, ‘adecuar’, verbo regular, siempre se conjugó como 'averiguar', conservando en todas las formas de su conjugación el diptongo correspondiente (ua, ue, uo), y, en tal virtud, se consideraba equivocada la acentuación en variantes como 'adecúa’ y ‘adecúe’.

Sin embargo, la Asociación de Academias de la Lengua Española, en su Diccionario Panhispánico de Dudas (2005) registra como válida la acentuación antes considerada errónea, vale decir, además de conjugarlo como 'averiguar', la docta institución lingüística admite que ‘adecuar’ se conjugue como ‘actuar’; aunque recomienda el uso preferencial de la primera forma (adecue, adecua, etc.).

«En el uso culto – se lee en el antes citado texto - se acentúa preferentemente como ‘averiguar’; pero hoy es frecuente, y también válida, su acentuación como ‘actuar’» (pág. 19)

Según el mandato académico, son válidas, pues, las dos acentuaciones: con hiato (‘adecúa’) y con diptongo (‘adecua’). Y en virtud de ese mismo criterio, tan válido sería decir: “Es preciso que la nueva ley se ‘adecúe’ a la sociedad…”, como “Es preciso que la nueva ley se ‘adecue’ a la sociedad…”


2. ¿Electo o elegido?

Elegir, lo mismo que atender, confundir, resultar, soltar, bendecir y otros verbos del español, cuando se expresa en participio, adopta dos formas: una regular (elegido) y otra irregular (electo). Aunque en el uso cotidiano de la lengua, una y otra forma suelen confundirse en el plano de la significación, conviene aclarar que tales verboides soportan significados diferentes.

Elegido es el participio verbal o forma exclusiva usada en la formación de los tiempos compuestos y de la pasiva perifrástica: “Ella ha elegido ese hombre para su esposo” , “Leonel Fernández fue elegido (no electo) presidente de la República"

La forma irregular electo sólo se emplea cuando se aplica al que ha sido elegido para desempeñar un cargo o dignidad, pero que todavía no ha tomado posesión del mismo: a) “El presidente electo (no elegido) de República Dominicana hablará tan pronto regrese de Italia” b) “El diputado electo abandonó su barrio desde el mismo momento en que fue elegido para desempeñar tan importante función”

Se considera inaceptable el uso del referido adjetivo (electo), no así elegido, para formar los tiempos compuestos o la pasiva perifrástica de elegir, como en oraciones del tipo: "El señor Gómez fue de nuevo electo presidente de la junta de vecinos…” En tal caso debió escribirse "… fue de nuevo elegido…"

3. ¿Presidente o presidenta?

La Real Academia Española, en la decimonovena edición (1970) de su Diccionario de la Lengua Española, no registra el término “presidenta”. Sólo aparece ‘presidente’, asignándole, entre otros significados: a) « Que preside» b) « El que preside» Tampoco lo registra el académico y laureado lexicógrafo español, don Manuel Seco, en su muy valioso y consultado “Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española” (1986), texto en el que sólo se hace alusión al susodicho vocablo, “presidenta”, para definirlo como el femenino del nombre ‘presidente’

La fuerza del uso e intensificación de la presión ejercida por grupos feministas a partir de 1989, en pos del uso igualitario de la lengua, fue determinante para que la entidad rectora del uso del idioma español decidiera incluir la voz “presidenta” en la vigésima segunda edición (2001) de su diccionario, ofreciendo acerca de ella las siguientes acepciones:

Presidenta.

1. f. Mujer que preside.
2. f. presidente : cabeza de un gobierno, consejo, tribunal, junta, sociedad, etc.)
3. f. presidente : jefa del Estado.
4. f. coloq. Mujer del presidente.

También figura “presidenta” como entrada en el « Diccionario Panhispánico de dudas», publicado en el 2005 por la Real Academia Española y la Asociación de Academias Españolas. Y en él ‘presidenta’, lo mismo que presidente, se define como la « ‘Persona que preside algo’ y, en una república, jefe del Estado. Por su terminación, puede funcionar como común en cuanto al género (el/la presidente); pero el uso mayoritario ha consolidado el femenino específico presidenta.» (pág. 520)

Resulta a todas luces extraño el tratamiento genérico que se le ha dado al vocablo ‘presidente’, participio activo del verbo presidir, por cuanto otros participios iguales, tales como estudiante, comandante, oyente, dirigente, cantante, paciente, residente, ayudante, entre otros, no han recibido el mismo tratamiento gramatical en términos de la duplicidad genérica, esto es, no están admitidas las voces ‘estudianta’, ‘comandanta’, ‘oyenta’, ‘dirigenta’ ,’cantanta’, ‘pacienta’, ‘residenta’ y ‘ayudanta’.

No se descarta, sin embargo, que el uso de dobletes genéricos del tipo estudiante/estudianta; comandante/comandanta; oyente/oyenta; cantante/ cantanta y ayudante/ayudanta comience a ser demandado por los grupos de presión de orientación feminista y demás defensores y/o propulsores de la llamada lengua con perspectivas de género, mejor conocida como lengua no sexista.