LENGUA E IDENTIDAD
Por : Domingo Caba Ramos
No sé si se trata de una característica atribuible al género humano, pero lo cierto es que los dominicanos nos solazamos cuando nos identificamos con sociedades cuyo prestigio presumimos está muy encima de la nuestra. Esto se pone de manifiesto en el uso cotidiano de nuestra lengua, la cual suele presentarse abarrotada de voces procedentes del inglés, lengua esta que por pertenecer al imperio de cuya economía dependemos, su uso parece prestigiar al hablante que la practica.
Los ejemplos sobran:
En el seminario empresarial, el instructor nos anuncia que “en este momento haremos un “breik” (brake) para pasar al salón del lado a “lonchar” o disfrutar de un “coffe break”
Un viernes en la tarde me detengo a comprar un jugo en un establecimiento identificado con el nombre de” minimarkert”, y allí escucho la voz de un joven que le dice a otro más o menos lo siguiente:
“En el “car wash” del lado me están lavando el carro. Desde que esté listo, arrancaré hacia el salón “D’Angelo Estilo”, cerca de “Magna Motors”, para que me den un buen “look” o resalten mi envidiable “sex-appeal; porque desde esta noche me iré de “weekend” y hasta el lunes nadie me para. Si quieres, te recojo en el “lobby” del hotel, y “full time” nos iremos de parranda. Y si por el contrario deseas irte solo, puedo entregarte el número de teléfono de la “rent card” de un gran amigo mío, en donde te pueden alquilar un carro por buen precio…
Para las mentes transculturizadas, “gay” se oye mejor que homosexual; “marketing”, mejor que mercadotecnia; “feedback”, mejor que retroalimentar; “okey”, mejor que está bien; “bai” (bye) o “babai” (bye, bye) mejor que adiós; “happy hour”, mejor que hora feliz. Y en lugar del muy hispano y dominicano “¡Hola!”, distingue o prestigia más responder “¡jelou!” (¡hello!) a quien nos llama por teléfono.
Y, como si todo eso fuera poco, en el departamento de igualas médicas de una prestigiosa clínica de Santiago se lee el mandato u ordena a los asegurados , dominicanos casi todos, a que “ Please take a number” ( Por favor tome un número ) Y en la puerta de de entrada y salida de un clausurado restauran ubicado también una de las urbanizaciones de la Ciudad Corazón se agradecía la presencia a los clientes , también dominicanos en su mayoría, no con nuestra criolla
“Muchas gracias”, sino con la anglosajona inscripción “Thank you”.
En virtud de semejante práctica lingüística, fue que hace ya varios años expresaba yo, en un artículo publicado en uno de los periódicos de circulación nacional, que en nuestro país: “Para florecer y crecer necesitamos de otros aires y otros soles. El paisaje nativo nos produce nauseas. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made in” nos embriaga, y pletórico de emoción compramos en los Estados Unidos el pantalón que se fabrica en nuestras zonas francas…”
Cada vez que me encuentro frente a realidades lingüísticas como las antes señaladas, necesariamente tengo que preguntarme;
¿Todavía somos dominicanos?
viernes, 13 de agosto de 2010
miércoles, 4 de agosto de 2010
VIDA, PASION Y MUERTE DE LOS PRINCIPIOS.
Por : Domingo Caba Ramos
En nuestro país hubo un tiempo en que los principios reinaban, existían o tenían sólida vigencia. Era la época en que se le rendía culto a la verdad, al deber y a los valores éticos y morales. La época en que al dominicano común se le escuchaba decir con inocultable orgullo: "Yo no transijo con mis principios", "Por principios, no acepto o hago eso", " Primero muerto, antes que coger lo ajeno", " Pobre, pero honrado…, etc.,
Pero en el preciso instante en que los antivalores penetraron a su cuerpo vigoroso, los principios comenzaron a perder peso, enflaquecieron, se enfermaron y un buen día murieron. Sólo uno logró salvársele a la muerte: el muy conocido principio maquiavélico que establece aquello de que “El fin justifica los medios”.
A partir de ese momento los verdaderos valores fueron desplazados, los contravalores asumieron el poder y el respeto a los preceptos éticos empezó a considerarse como un comportamiento típico de seres ingenuos, tradicionales o atrasados. Emerge con toda su fuerza la muy famosa “cultura del vivo” y comienza a llamársele “pariguayo”, “tonto” o “pendejo” a toda persona caracterizada por su honesto comportamiento; pero muy particularmente a todo aquel que habiendo sido funcionario no se enriqueció ni hizo uso indebido de los fondos públicos.
En semejante contexto, cumplir o no con lo prometido poco parece importar. Sentimientos como la vergüenza y la culpa se van borrando progresivamente del mural de nuestras conciencias, y nuevas frases entran a formar parte del repertorio lingüístico de los dominicanos: “El serio no goza”, “Eso lo lograré caiga quien caiga”, “Punta de lápiz no mata a nadie”, “A quien yo le debo es que tiene que preocuparse”, “Por no aprovecharse o estar privando en serio , ahora se lo está llevando el diablo”, y otras expresiones que delatan hasta dónde ha llegado en nuestro país la corrupción de las costumbres.
Dentro de ese proceso de degradación moral es que se enmarcan, por citar sólo algunas, prácticas como el transfuguismo, la compra y venta de votos, los actos de corrupción cometidos recientemente en Aduanas y otras áreas de la administración pública, la extraña conducta de la dama imputada, quien en lugar de angustia y arrepentimiento, prefiere proyectar, en pleno tribunal, la más sensual , jubilosa y despampanante de las sonrisas, como si tratara de convencer al mundo de que nada malo ha hecho, nada ha pasado, a nada hay que temer … `
Y como resultado de ese estado de descomposición social, es que la mayor parte de los dominicanos rechaza y critica despiadadamente a todo aquel que actúa con honestidad o seriedad, y admira, idolatra y le rinde un culto casi sacrosanto a toda persona asociada al crimen, al dolo, y, muy especialmente, a quienes se han hecho ricos mediante el robo y los negocios ilícitos.
Por : Domingo Caba Ramos
En nuestro país hubo un tiempo en que los principios reinaban, existían o tenían sólida vigencia. Era la época en que se le rendía culto a la verdad, al deber y a los valores éticos y morales. La época en que al dominicano común se le escuchaba decir con inocultable orgullo: "Yo no transijo con mis principios", "Por principios, no acepto o hago eso", " Primero muerto, antes que coger lo ajeno", " Pobre, pero honrado…, etc.,
Pero en el preciso instante en que los antivalores penetraron a su cuerpo vigoroso, los principios comenzaron a perder peso, enflaquecieron, se enfermaron y un buen día murieron. Sólo uno logró salvársele a la muerte: el muy conocido principio maquiavélico que establece aquello de que “El fin justifica los medios”.
A partir de ese momento los verdaderos valores fueron desplazados, los contravalores asumieron el poder y el respeto a los preceptos éticos empezó a considerarse como un comportamiento típico de seres ingenuos, tradicionales o atrasados. Emerge con toda su fuerza la muy famosa “cultura del vivo” y comienza a llamársele “pariguayo”, “tonto” o “pendejo” a toda persona caracterizada por su honesto comportamiento; pero muy particularmente a todo aquel que habiendo sido funcionario no se enriqueció ni hizo uso indebido de los fondos públicos.
En semejante contexto, cumplir o no con lo prometido poco parece importar. Sentimientos como la vergüenza y la culpa se van borrando progresivamente del mural de nuestras conciencias, y nuevas frases entran a formar parte del repertorio lingüístico de los dominicanos: “El serio no goza”, “Eso lo lograré caiga quien caiga”, “Punta de lápiz no mata a nadie”, “A quien yo le debo es que tiene que preocuparse”, “Por no aprovecharse o estar privando en serio , ahora se lo está llevando el diablo”, y otras expresiones que delatan hasta dónde ha llegado en nuestro país la corrupción de las costumbres.
Dentro de ese proceso de degradación moral es que se enmarcan, por citar sólo algunas, prácticas como el transfuguismo, la compra y venta de votos, los actos de corrupción cometidos recientemente en Aduanas y otras áreas de la administración pública, la extraña conducta de la dama imputada, quien en lugar de angustia y arrepentimiento, prefiere proyectar, en pleno tribunal, la más sensual , jubilosa y despampanante de las sonrisas, como si tratara de convencer al mundo de que nada malo ha hecho, nada ha pasado, a nada hay que temer … `
Y como resultado de ese estado de descomposición social, es que la mayor parte de los dominicanos rechaza y critica despiadadamente a todo aquel que actúa con honestidad o seriedad, y admira, idolatra y le rinde un culto casi sacrosanto a toda persona asociada al crimen, al dolo, y, muy especialmente, a quienes se han hecho ricos mediante el robo y los negocios ilícitos.
viernes, 23 de julio de 2010
¿VALVERDE, MAO, O MAO, VALVERDE?
Por : Domingo Caba Ramos
Mao es el municipio principal, común cabecera o capital de la provincia Valverde; pero esta, en su condición de provincia, de ningún modo puede pertenecer al municipio de Mao. Sin embargo, tal parece que esa es la creencia de los periodistas, escritores, hablantes, en fin, de quienes utilizan tanto en la lengua oral como escrita la toponímica expresión Valverde, Mao, la cual, en la práctica de los hablantes dominicanos, se ha convertido en una especie de mito geográfico - gramatical.
Y es que pronunciar o escribir Valverde, Mao es tan impropio como decir República Dominicana, Santiago, o Santiago, Tamboril; pues con ello se estaría aseverando que la República Dominicana pertenece a Santiago y que esta última jurisdicción está comprendida dentro del territorio de Tamboril, cuando en la realidad lo que se da es el caso inverso.
Dígase, pues, Mao, Valverde o simplemente Mao. Esto último, por la razón de que no existe un principio normativo que obligue al hablante a mencionar el nombre de la provincia cada vez que se refiera al municipio cabecera, tal y como ocurre generalmente con los topónimos ya referidos,y cuya práctica, por su carácter exclusivo, resulta un tanto curiosa toda vez que no se realiza en el momento de denominar las demás provincias y capitales de provincias del país.
En otras palabras, tratándose de Mao y Valverde, los dominicanos siempre que nombramos uno de los dos términos inmediatamente nos referimos al otro, vale decir, siempre decimos Valverde, Mao; pero nunca se nos ha ocurrido expresar: Moca, Espaillat, San Francisco de Macorís, Duarte; Cotuí, Sánchez Ramírez, etc.
miércoles, 14 de julio de 2010
GABRIELA MISTRAL: Maestra y poetisa de América y del mundo.
Por : Domingo Caba Ramos
En abril del año 1989 se cumplió el primer centenario del nacimiento de la insigne poetisa y educadora chilena Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida con el nombre literario de Gabriela Mistral.
Esta trascendental mujer nació en el norte de Chile el día 7 de abril de 1889. En 1905, cuando tenía apenas dieciséis años de edad, publicó sus primeras composiciones poéticas, dedicándose al mismo tiempo a impartir docencia en los lugares más aislados de su país.
Su poesía, de carácter universalista, se distingue fundamentalmente por su gran ternura y dolor desolador. “A veces su poder emocional es tan grande - apunta Arturo Torres Ríoseco - que su poesía deja de ser expresión artística y se convierte, en cambio, en el grito desenfrenado de un evangelizador contra la injusticia y la cobardía” (Nueva Historia de la Gran Literatura Iberoamericana, 1961, pág. 124).
La obra poética de Gabriela Mistral se resume en los siguientes títulos: Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938) y Lagar (1954). También publicó un libro de carácter didáctico titulado Lecturas para mujeres (1923).
En 1945 la Academia Sueca reconoció la gran calidad de su universal producción literaria otorgándole el Premio Nóbel de Literatura, conviertiéndose en ese momento en la quinta mujer que alcanzaba tal distinción y el primer escritor americano que recibía un reconocimiento mundial de tal categoría. Seis años después, en 1951, obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su Chile natal.
Pero la autora de “Tala” y “Desolación” no sólo logró nombradía en el campo de las letras hispánicas. Lo mismo que nuestra Salome Ureña, Gabriela Mistral fue, además de excelente escritora, una brillante y consagrada educadora. Sus mayores preocupaciones fueron la educación de los niños, la liberación de los humildes y el futuro de los pueblos latinoamericanos.
“Aunque Gabriela Mistral es chilena de nacimiento-aclara Ríoseco - puede decirse que pertenece a todo el mundo de habla española. Su vida ha sido intensa y trágica, y su poesía es, por cierto, espejo de dolor. En su juventud-continúa Ríoseco - fue maestra rural y luego de diez años de distinguida labor pedagógica en Chile, fue invitada por el gobierno mexicano para colaborar en la reorganización del sistema escolar de aquel país” (Ob, Cit. Pág. 123).
Fue cónsul honorario de Chile en España y profesora de literatura chilena y latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico.
Mientras se desempeñaba en México como directora de una escuela-hogar que llevaba su propio nombre, publicó una serie de pensamientos que en conjunto sintetizan su labor educativa y conforman su ideario pedagógico. Entre esos pensamientos merecen citarse los siguientes:
a) Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto, la palabra.
b) Empecemos, las que enseñamos, por no acudir a los medios espurios para ascender. La carta de recomendación, oficial o no oficial, casi siempre es la muleta para el que no camina bien.
c) La maestra que no lee tiene que ser mala maestra.
d) Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo.
e) Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma.
f) La vanidad es el peor vicio de un maestro, porque el que se cree perfecto se ha cerrado, en verdad, todos los caminos de la perfección.
g) En el progreso o desprestigio de una escuela todos tenemos parte.
h) Los dedos del modelador deben ser a la vez firmes, suaves y amorosos.
i) El maestro que no respeta su mismo horario y lo altera sólo para su comodidad personal, enseña con eso el desorden y la falta de seriedad.
j) Es un vicio intolerable el de la instrucción que antes de dar conocimientos, no enseña métodos para estudiar.
k) Amenizar la enseñanza con la hermosa palabra, con la anécdota oportuna y la relación de cada conocimiento con la vida.
l) Hay derecho a la crítica, pero después de haber hecho con éxito lo que se critica.
Estas son sólo parte de las ideas pedagógicas de Gabriela Mistral. Asumirlas y ponerlas en práctica sería de vital importancia para el progreso y mejoramiento de la escuela dominicana.
Víctima de una cruel enfermedad, Gabriela Mistral muere el 10 de enero del 1957. Al referirse a su muerte, el profesor cubano Salvador Bueno, en el libro “Aproximaciones a la literatura hispanoamericana”, ed. Unión, La Habana, 1984, Págs. 422-423, destaca la labor intelectual de la poetisa chilena con las siguientes palabras:
“Sus poesías fueron leídas en todos los idiomas, cantadas por las tiernas voces de pequeñuelos de diversas partes del mundo, estudiadas por los más severos jueces de la tierra. En algunos sitios alzaron estatuas en su honra; en otros su nombre engalanó escuelas, en otro fue jaculatoria, verbo de alabanza. La tímida, tosca maestrica rural fue reina de la poesía que en todos los países del globo recibió homenajes de admiración de los poderosos y de los débiles, de los cultos y de los ignorantes, de los hombres, las mujeres, y, sobre todo, de los niños...”.
En abril del año 1989 se cumplió el primer centenario del nacimiento de la insigne poetisa y educadora chilena Lucila Godoy Alcayaga, mejor conocida con el nombre literario de Gabriela Mistral.
Esta trascendental mujer nació en el norte de Chile el día 7 de abril de 1889. En 1905, cuando tenía apenas dieciséis años de edad, publicó sus primeras composiciones poéticas, dedicándose al mismo tiempo a impartir docencia en los lugares más aislados de su país.
Su poesía, de carácter universalista, se distingue fundamentalmente por su gran ternura y dolor desolador. “A veces su poder emocional es tan grande - apunta Arturo Torres Ríoseco - que su poesía deja de ser expresión artística y se convierte, en cambio, en el grito desenfrenado de un evangelizador contra la injusticia y la cobardía” (Nueva Historia de la Gran Literatura Iberoamericana, 1961, pág. 124).
La obra poética de Gabriela Mistral se resume en los siguientes títulos: Desolación (1922), Ternura (1924), Tala (1938) y Lagar (1954). También publicó un libro de carácter didáctico titulado Lecturas para mujeres (1923).
En 1945 la Academia Sueca reconoció la gran calidad de su universal producción literaria otorgándole el Premio Nóbel de Literatura, conviertiéndose en ese momento en la quinta mujer que alcanzaba tal distinción y el primer escritor americano que recibía un reconocimiento mundial de tal categoría. Seis años después, en 1951, obtuvo el Premio Nacional de Literatura de su Chile natal.
Pero la autora de “Tala” y “Desolación” no sólo logró nombradía en el campo de las letras hispánicas. Lo mismo que nuestra Salome Ureña, Gabriela Mistral fue, además de excelente escritora, una brillante y consagrada educadora. Sus mayores preocupaciones fueron la educación de los niños, la liberación de los humildes y el futuro de los pueblos latinoamericanos.
“Aunque Gabriela Mistral es chilena de nacimiento-aclara Ríoseco - puede decirse que pertenece a todo el mundo de habla española. Su vida ha sido intensa y trágica, y su poesía es, por cierto, espejo de dolor. En su juventud-continúa Ríoseco - fue maestra rural y luego de diez años de distinguida labor pedagógica en Chile, fue invitada por el gobierno mexicano para colaborar en la reorganización del sistema escolar de aquel país” (Ob, Cit. Pág. 123).
Fue cónsul honorario de Chile en España y profesora de literatura chilena y latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico.
Mientras se desempeñaba en México como directora de una escuela-hogar que llevaba su propio nombre, publicó una serie de pensamientos que en conjunto sintetizan su labor educativa y conforman su ideario pedagógico. Entre esos pensamientos merecen citarse los siguientes:
a) Enseñar siempre: en el patio y en la calle como en la sala de clase. Enseñar con la actitud, el gesto, la palabra.
b) Empecemos, las que enseñamos, por no acudir a los medios espurios para ascender. La carta de recomendación, oficial o no oficial, casi siempre es la muleta para el que no camina bien.
c) La maestra que no lee tiene que ser mala maestra.
d) Para corregir no hay que temer. El peor maestro es el maestro con miedo.
e) Todo puede decirse; pero hay que dar con la forma. La más acre reprimenda puede hacerse sin deprimir ni envenenar un alma.
f) La vanidad es el peor vicio de un maestro, porque el que se cree perfecto se ha cerrado, en verdad, todos los caminos de la perfección.
g) En el progreso o desprestigio de una escuela todos tenemos parte.
h) Los dedos del modelador deben ser a la vez firmes, suaves y amorosos.
i) El maestro que no respeta su mismo horario y lo altera sólo para su comodidad personal, enseña con eso el desorden y la falta de seriedad.
j) Es un vicio intolerable el de la instrucción que antes de dar conocimientos, no enseña métodos para estudiar.
k) Amenizar la enseñanza con la hermosa palabra, con la anécdota oportuna y la relación de cada conocimiento con la vida.
l) Hay derecho a la crítica, pero después de haber hecho con éxito lo que se critica.
Estas son sólo parte de las ideas pedagógicas de Gabriela Mistral. Asumirlas y ponerlas en práctica sería de vital importancia para el progreso y mejoramiento de la escuela dominicana.
Víctima de una cruel enfermedad, Gabriela Mistral muere el 10 de enero del 1957. Al referirse a su muerte, el profesor cubano Salvador Bueno, en el libro “Aproximaciones a la literatura hispanoamericana”, ed. Unión, La Habana, 1984, Págs. 422-423, destaca la labor intelectual de la poetisa chilena con las siguientes palabras:
“Sus poesías fueron leídas en todos los idiomas, cantadas por las tiernas voces de pequeñuelos de diversas partes del mundo, estudiadas por los más severos jueces de la tierra. En algunos sitios alzaron estatuas en su honra; en otros su nombre engalanó escuelas, en otro fue jaculatoria, verbo de alabanza. La tímida, tosca maestrica rural fue reina de la poesía que en todos los países del globo recibió homenajes de admiración de los poderosos y de los débiles, de los cultos y de los ignorantes, de los hombres, las mujeres, y, sobre todo, de los niños...”.
jueves, 8 de julio de 2010
ERRORES Y CONFUSIONES EN EL USO DEL VERBO HABER.
( A mi amigo y periodista Ricardo Santana)
Por : Domingo Caba Ramos
Es mucho lo que se ha escrito acerca de esta forma verbal, y, muy particularmente, sobre los errores que se cometen o de las confusiones en que se incurre al emplearla tanto en la lengua oral como escrita. Pero a pesar de todo, los errores continúan y las confusiones persisten.
Haber, vale recordar, es un verbo irregular procedente del latín ‘habere’, el cual originalmente se empleaba con el mismo significado de ‘tener’, sentido este, actualmente un tanto en desuso, por cuanto para ello utilizamos frecuentemente la forma ‘tener’ o ‘poseer’.
En la actualidad, el verbo haber se emplea más como auxiliar para formar, seguido del participio de un verbo, los llamados tiempos compuestos de este: he tenido – habían llegado – habrán venido – habías podido, etc.
En tal caso, como bien lo establecen las reglas generales de la concordancia del español, dicho verbo debe concertar en número y persona con el sujeto correspondiente:
a) “Los apagones habían desaparecido…”
b) “El apagón había desaparecido…”
Esto quiere decir, que en su función de auxiliar, el verbo haber puede usarse tanto en plural como en singular. Todo dependerá del número en que se encuentre expresado el sujeto que realice la acción por él indicada.
Pero aparte de auxiliar, haber también funciona con impersonal, vale decir, cuando se presenta en aquellas oraciones carentes de sujeto o en las que no es posible identificar la persona gramatical que ejecuta la acción verbal. Se trata de un rol secundario en el que haber se emplea para expresar, siempre en tercera persona del singular, la presencia del ser u objeto designado por el sustantivo que en la frase aparece normalmente después del verbo. :
a) “En la toma de posesión habrá muchos invitados…”
b) “En Licey al Medio hubo tres personas heridas de balas…”
c) En el hospital había varios enfermos casi al borde de la muerte…”
Nótese que en la tres oraciones anteriores, por ser impersonales, no aparecen los sujetos o seres que realizan las acciones del verbo que nos ocupa (haber), sino los objetos directos (muchos invitados – tres personas – varios enfermos) en los cuales recaen dichas acciones. Y como quienes deben concordar en número y persona son el verbo y el sujeto y no el verbo y el objeto, es irregular la práctica muy frecuente de pluralizar el verbo haber en su forma impersonal, expresando erróneamente:
a) “En la toma de posesión habrán muchos invitados…”
b) “En Licey al Medio hubieron tres personas heridas de balas…”
c) “En el hospital habían varios enfermos casi al borde de la muerte…”
¿A qué se deben estos yerros?
Sencillamente, a que se ha confundido el sujeto (inexistente) con el objeto gramatical asumido o interpretado como sujeto. Y como en los ejemplos precitados, dicho objeto (objeto directo) aparece en plural (muchos invitados – tres personas – varios enfermos) el hablante, al percibirlo como sujeto, trata de forzar la concordancia en plural con el verbo que le antecede, originando así una falsa relación entre verbo y objeto. En virtud de esa confusión, no resulta extraño leer o escuchar oraciones irregularmente formuladas del tipo:
a) “En el Palacio Nacional habían veinte periodistas esperando al Presidente…”
b) “En la yola hubieron mujeres que lloraron como niños…”
c) “En el fin de semana habrán muchas presentaciones artísticas…”
En cada uno de los anteriores enunciados, pues, el verbo haber debió expresarse en tercera persona del singular. (Había/hubo/habrá)
Habemos o la trampa de la no inclusión.
La confusión objeto – sujeto también se pone de manifiesto cuando un objeto plural tiene carácter inclusivo, vale decir, cuando de una u otra forma el hablante queda dentro del mismo. Al no sentirse incluida o afectada por la acción verbal, la persona recurre a la personificación del verbo y a la modificación de la persona gramatical, y es entonces cuando surge la forma habemos en expresiones tales como:
a) “Habemos muchos dominicanos desesperados por la actual crisis económica…”
b) “Habemos muchos políticos serios…”
Se trata, habemos, de un arcaísmo carente por completo de pertinencia sintáctica y morfológica, por cuanto si conjugamos el verbo haber en todos los modos, personas y tiempos, descubriremos que la forma habemos no aparece. Particularmente en presente del modo indicativo (primera persona del plural) sí aparece hemos, pero nunca habemos. La Asociación de Academias de la Lengua Española, en su “Diccionario Panhispánico de dudas”, apunta al respecto lo siguiente:
“La primera persona del plural del presente de indicativo es hemos, y no la arcaica habemos, cuyo uso en la formación de los tiempos compuestos es hoy un vulgarismo propio del habla popular. También es propio del habla popular el uso de habemos con el sentido de ‘somos y estamos’” (2004, pág.330)
Y más adelante, en la misma página, el citado y muy consultado lexicón advierte lo siguiente:
“No debe usarse la forma arcaica habemos para formar la primera persona del plural del presente perfecto o antepresente de indicativo, como a veces ocurre en el habla popular…”
En su lugar se recomienda la forma impersonal “hay”. Merced a esta recomendación, lo correcto sería:
a) “Hay muchos políticos serios…”
b) “Hay muchos dominicanos desesperados por la actual crisis económica…”
Es posible que en casos como los ejemplos antes trascritos, el hablante o emisor del mensaje no se sienta incluido o se considere fuera de la acción expresada por el verbo, razón que lo impulsa a emplear la forma “ habemos”. Para su satisfacción, remediar la situación o enfatizar el carácter inclusivo del ‘hay’ impersonal, entonces se recomienda acompañar esta forma verbal de otras (estamos – somos, etc.) expresada en primera persona del plural. Así, en lugar de: “Habemos muchos dominicanos inconformes… y “Habemos muchos políticos serios…”, bien podría decirse:
a) “Hay muchos dominicanos que estamos desesperados…”
b) “Hay muchos políticos que somos serios…”
Ello hay…
Igualmente procederemos erróneamente al usar el verbo haber cuando a la forma impersonal “hay “le anteponemos la voz neutra “ello”, tanto al afirmar como al preguntar:
_“¿Ello hay clases el lunes?
_“Sí, ello hay…”
Semejante “fósil lingüístico”, tan presente en el habla dominicana, nada aporta, nada amplía, nada aclara y nada añade al sentido de la expresado. Y su uso lo único que contribuye es a violar el principio de economía lingüística o ley del menor esfuerzo. Se trata de una de las tantas “expresiones chatarra” que utilizamos los hispanoparlantes.
En resumen, el verbo haber tiene dos usos generales: funciona como auxiliar e impersonal. En el primer caso puede utilizarse tanto en plural como en singular: (había traído – habían traído), mientras que el segundo sólo se empleará en tercera persona del singular (había miles de personas - Habrá numerosas presentaciones artísticas…)
En relación con la expresión: “habemos” y la construcción léxica “Ello hay”, conviene siempre recordar que en la actualidad una y otra se consideran verdaderos arcaísmos, razón por la cual sus usos, a todas luces, carecen de pertinencia lingüística.
jueves, 1 de julio de 2010
ERRATAS Y ERRATONES EN LA PRENSA DOMINICANA.
Por : Domingo Caba Ramos.
Si leemos con detenimiento los diferentes diarios que circulan en nuestro país fácilmente descubriremos los gazapos o errores gramaticales que en esos medios se publican.
Discordancias, faltas ortográficas, errores conceptuales, uso inadecuado de los signos de puntuación, corte indebido de palabras al final del renglón y la presencia de frases ambiguas o pleonásticas, se destacan entre las más frecuentes de esas irregularidades. A cada uno de estos desaciertos nos hemos referido ya en otros artículos publicados en este medio. Esta vez trataremos acerca de otro de los aspectos que también tienen que ver con el uso irregular de la lengua en los medios de comunicación social de República Dominicana: las erratas.
¿Qué es una errata?
Una errata es, sencillamente, un error de imprenta. O, como la define el diccionario académico, es una “equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito…” Estos yerros de impresión casi siempre se originan a partir de la omisión, adición o cambio de letras o palabras.
Las erratas violentan por completo el sentido de lo expresado, alteran la estructura semántica de las palabras y lanzan al vacío de un solo porrazo todo el armazón conceptual concebido originalmente por el escritor.
Se trata de deslices lacerantes, mortificantes, inoportunos y siempre despreciables. Nada hiere más el alma del que escribe como la imprudente intervención de una errata traicionera.
Quien no haya tenido la experiencia de publicar un libro o escribir para un periódico o una revista ni siquiera se imagina el malestar o puyazo espiritual que se siente, como me sucedió hace diez años en este mismo diario, cuando escribimos “vaga penumbra” y nos publican “vaca penumera”. Cuando nos publican “suena” por “sueña”; “ aparato” por “apartado”; “prolongada” por “ prologada”; “ bastante vapulendo” por “ bastante vapuleado”; “ inverción” por “intervención”; “sibiste” por “ pudiste”; “ desertar” por "despertar” y “enseñamiento” por “ensañamiento”
Una errata puede transformar un tierno adjetivo, como sucedió en una ocasión con el cardenal López Rodríguez, en el más obsceno de los términos.
Pablo Neruda, el genial bardo chileno, autor de los famosos "Veinte poemas de amor y una canción desesperada"´, definió así los susodichos errores:
« Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación…» Y los clasificó en “erratas y erratones”
Los primeros, las erratas, explica el Premio Nóbel de Literatura, «se agazapan en el boscaje de consonantes y vocales, se visten de verde o de gris, son difíciles de descubrir como insectos o reptiles armados de lancetas encubiertos bajo el césped de la litografía. Los erratones, por el contrario, no disimulan sus dientes de roedores furiosos»
En relación con las erratas bien podría compilarse un abundante y no menos curioso anecdotario. El mismo Neruda relata un caso vinculado a uno de sus libros publicados.
"En mi nombrado libro – confiesa – me atacó un erratón bastante sanguinario:« Donde digo el “agua verde del idioma…”, la máquina se descompuso y apareció “el agua verde del idiota”… Sentí el mordisco en al alma»
Y cuenta, también, el error cometido por un impresor español en perjuicio de un poeta cubano: « Allí donde el versista había escrito “Yo siento un fuego atroz que me devora”, el impresor había colocado: “Yo siento un fuego atrás que me devora”…»
Por : Domingo Caba Ramos.
Si leemos con detenimiento los diferentes diarios que circulan en nuestro país fácilmente descubriremos los gazapos o errores gramaticales que en esos medios se publican.
Discordancias, faltas ortográficas, errores conceptuales, uso inadecuado de los signos de puntuación, corte indebido de palabras al final del renglón y la presencia de frases ambiguas o pleonásticas, se destacan entre las más frecuentes de esas irregularidades. A cada uno de estos desaciertos nos hemos referido ya en otros artículos publicados en este medio. Esta vez trataremos acerca de otro de los aspectos que también tienen que ver con el uso irregular de la lengua en los medios de comunicación social de República Dominicana: las erratas.
¿Qué es una errata?
Una errata es, sencillamente, un error de imprenta. O, como la define el diccionario académico, es una “equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito…” Estos yerros de impresión casi siempre se originan a partir de la omisión, adición o cambio de letras o palabras.
Las erratas violentan por completo el sentido de lo expresado, alteran la estructura semántica de las palabras y lanzan al vacío de un solo porrazo todo el armazón conceptual concebido originalmente por el escritor.
Se trata de deslices lacerantes, mortificantes, inoportunos y siempre despreciables. Nada hiere más el alma del que escribe como la imprudente intervención de una errata traicionera.
Quien no haya tenido la experiencia de publicar un libro o escribir para un periódico o una revista ni siquiera se imagina el malestar o puyazo espiritual que se siente, como me sucedió hace diez años en este mismo diario, cuando escribimos “vaga penumbra” y nos publican “vaca penumera”. Cuando nos publican “suena” por “sueña”; “ aparato” por “apartado”; “prolongada” por “ prologada”; “ bastante vapulendo” por “ bastante vapuleado”; “ inverción” por “intervención”; “sibiste” por “ pudiste”; “ desertar” por "despertar” y “enseñamiento” por “ensañamiento”
Una errata puede transformar un tierno adjetivo, como sucedió en una ocasión con el cardenal López Rodríguez, en el más obsceno de los términos.
Pablo Neruda, el genial bardo chileno, autor de los famosos "Veinte poemas de amor y una canción desesperada"´, definió así los susodichos errores:
« Las erratas son caries de los renglones, y duelen en profundidad cuando los versos toman el aire frío de la publicación…» Y los clasificó en “erratas y erratones”
Los primeros, las erratas, explica el Premio Nóbel de Literatura, «se agazapan en el boscaje de consonantes y vocales, se visten de verde o de gris, son difíciles de descubrir como insectos o reptiles armados de lancetas encubiertos bajo el césped de la litografía. Los erratones, por el contrario, no disimulan sus dientes de roedores furiosos»
En relación con las erratas bien podría compilarse un abundante y no menos curioso anecdotario. El mismo Neruda relata un caso vinculado a uno de sus libros publicados.
"En mi nombrado libro – confiesa – me atacó un erratón bastante sanguinario:« Donde digo el “agua verde del idioma…”, la máquina se descompuso y apareció “el agua verde del idiota”… Sentí el mordisco en al alma»
Y cuenta, también, el error cometido por un impresor español en perjuicio de un poeta cubano: « Allí donde el versista había escrito “Yo siento un fuego atroz que me devora”, el impresor había colocado: “Yo siento un fuego atrás que me devora”…»
jueves, 24 de junio de 2010
RECORDANDO A MIS MAESTROS
(A los profesores José Camejo y Pedro Caonabo Pichardo)
El próximo miércoles, 30 de junio, se celebrará en nuestro país el Día del Maestro. Los enjundiosos editoriales e impresionantes reportajes que con motivo de otras celebraciones se publican cada año en la prensa nacional, ese día, ténganlos por seguro, brillarán por su ausencia. Y es que más que al coronel aquel, el maestro dominicano si es verdad que no tiene quien le escriba. Y talvez muy pocos lo recuerdan. Ausentes estarán también aquellos regalitos que en épocas pasadas, con tanta ternura y amor, poníamos los alumnos en manos de nuestros profesores.
Yo, por mi parte, quiero aprovechar tan memorable fecha para recordar y rendir honor a muchos de mis ex maestros que en los diferentes niveles de enseñanza tuve el privilegio de saborear el néctar de sus sabias lecciones. Unos provistos de una sólida formación académica y/o pedagógica. Otros quizás no poseían siquiera el título de bachiller, esto es, teóricamente no conocían de Constructivismo, Funcionalismo u otras modernas corrientes educativas, ni mucho menos a los grandes pensadores de la educación universal. A estos últimos, sin embargo, difícilmente se les detectaba un trazo caligráfico irregular o una falta ortográfica en su escritura; pero con sus sombras y sus luces, todos tenían un rasgo común: enseñaban. Y enseñaban porque la mayoría de ellos disfrutaban el arte de enseñar, respetaban su trabajo, amaban a sus estudiantes, poseían mística docente, infundían valores, forjaban disciplina, actuaban con responsabilidad y, lo que es más importante: leían. Enseñaban, como bien lo recomendó Gabriela Mistral, “con su actitud, el gesto y la palabra”
Conforme a semejante contexto, en el nivel primario tengo necesariamente que recordar a mis queridos maestros Noel Ramón Peralta (Monchi), Arismendi Grullón y Leonardo Estrella (Leo), actualmente síndico de San Víctor. Mi formación profesional la asumo hoy como el edificio plantado sobre las bases que en un buen tiempo ellos supieron construir.
Olvidar no puedo en el nivel intermedio, Escuela Juan Pablo Duarte, San Víctor, Moca, a los profesores Rodolfo Rodríguez y su esposa, doña Milagros Luna; a mi profesor de español, Luis Jiménez, al director del plantel, Joaquín Medina y al maestro de matemáticas, Pedro Maximinio Reyes. De este último, muy vinculado afectivamente a mi familia, recuerdo siempre sus rabias y sus impulsos cuando nuestras bellaquerías desbordaban los límites de la paciencia. Y recuerdo igualmente que quien con él no aprendía matemáticas, no la aprendía con nadie, vale decir, nadie como él tenía tanto dominio y facilidad para enseñar tan compleja disciplina.
Del Liceo “Domingo Faustino Sarmiento”, Moca, fija yace en mi mente la imagen de la profesora Amada Ferreiras, maestra de Lengua Española y a quien todos llamábamos La querida, Frank Rosario, maestro de Filosofía y José Alba, maestro de Trigonometría. Y cómo no recordar al siempre pintoresco profesor de música Pablo Bienvenido de la Cruz.
En la Escuela Normal “Luis Núñez Molina”, donde cursé estudios pedagógicos durante dos años en la categoría de internado, razones sobran para recordar a consagrados educadores a quienes allí lo veíamos como padres y maestros: a la nunca olvidada Herminia Vda. Pimentel (doña Mamina), a Marino Henríquez (profe Maro); a los profesores Francisco Polanco y Alfredo Abel, luces que iluminaban el horizonte educativo dominicano; a Carmen Bejarán y a la maestra Mercedes María Reyes, entre otros.
Y cómo no recordar, finalmente, a mis profesores de la UASD, en los grados de licenciatura y maestría, Pedro Ureña Rib, Diógenes Céspedes, Carlisle González, Mukien Sang, Andrés Paniagua, Jesús Tellería, y, particularmente, a ese Maestro de maestros llamado Celso Benavides, uno de los académicos de más sólida formación linguística la República Dominicana.
Cuando en cualquier momento con uno de esos educadores antes mencionados me encuentro, de ningún modo siento que estoy frente a un colega o compañero de trabajo. Entiendo, al contrario, que estoy sencillamente frente a frente a mi maestro.
(A los profesores José Camejo y Pedro Caonabo Pichardo)
El próximo miércoles, 30 de junio, se celebrará en nuestro país el Día del Maestro. Los enjundiosos editoriales e impresionantes reportajes que con motivo de otras celebraciones se publican cada año en la prensa nacional, ese día, ténganlos por seguro, brillarán por su ausencia. Y es que más que al coronel aquel, el maestro dominicano si es verdad que no tiene quien le escriba. Y talvez muy pocos lo recuerdan. Ausentes estarán también aquellos regalitos que en épocas pasadas, con tanta ternura y amor, poníamos los alumnos en manos de nuestros profesores.
Yo, por mi parte, quiero aprovechar tan memorable fecha para recordar y rendir honor a muchos de mis ex maestros que en los diferentes niveles de enseñanza tuve el privilegio de saborear el néctar de sus sabias lecciones. Unos provistos de una sólida formación académica y/o pedagógica. Otros quizás no poseían siquiera el título de bachiller, esto es, teóricamente no conocían de Constructivismo, Funcionalismo u otras modernas corrientes educativas, ni mucho menos a los grandes pensadores de la educación universal. A estos últimos, sin embargo, difícilmente se les detectaba un trazo caligráfico irregular o una falta ortográfica en su escritura; pero con sus sombras y sus luces, todos tenían un rasgo común: enseñaban. Y enseñaban porque la mayoría de ellos disfrutaban el arte de enseñar, respetaban su trabajo, amaban a sus estudiantes, poseían mística docente, infundían valores, forjaban disciplina, actuaban con responsabilidad y, lo que es más importante: leían. Enseñaban, como bien lo recomendó Gabriela Mistral, “con su actitud, el gesto y la palabra”
Conforme a semejante contexto, en el nivel primario tengo necesariamente que recordar a mis queridos maestros Noel Ramón Peralta (Monchi), Arismendi Grullón y Leonardo Estrella (Leo), actualmente síndico de San Víctor. Mi formación profesional la asumo hoy como el edificio plantado sobre las bases que en un buen tiempo ellos supieron construir.
Olvidar no puedo en el nivel intermedio, Escuela Juan Pablo Duarte, San Víctor, Moca, a los profesores Rodolfo Rodríguez y su esposa, doña Milagros Luna; a mi profesor de español, Luis Jiménez, al director del plantel, Joaquín Medina y al maestro de matemáticas, Pedro Maximinio Reyes. De este último, muy vinculado afectivamente a mi familia, recuerdo siempre sus rabias y sus impulsos cuando nuestras bellaquerías desbordaban los límites de la paciencia. Y recuerdo igualmente que quien con él no aprendía matemáticas, no la aprendía con nadie, vale decir, nadie como él tenía tanto dominio y facilidad para enseñar tan compleja disciplina.
Del Liceo “Domingo Faustino Sarmiento”, Moca, fija yace en mi mente la imagen de la profesora Amada Ferreiras, maestra de Lengua Española y a quien todos llamábamos La querida, Frank Rosario, maestro de Filosofía y José Alba, maestro de Trigonometría. Y cómo no recordar al siempre pintoresco profesor de música Pablo Bienvenido de la Cruz.
En la Escuela Normal “Luis Núñez Molina”, donde cursé estudios pedagógicos durante dos años en la categoría de internado, razones sobran para recordar a consagrados educadores a quienes allí lo veíamos como padres y maestros: a la nunca olvidada Herminia Vda. Pimentel (doña Mamina), a Marino Henríquez (profe Maro); a los profesores Francisco Polanco y Alfredo Abel, luces que iluminaban el horizonte educativo dominicano; a Carmen Bejarán y a la maestra Mercedes María Reyes, entre otros.
Y cómo no recordar, finalmente, a mis profesores de la UASD, en los grados de licenciatura y maestría, Pedro Ureña Rib, Diógenes Céspedes, Carlisle González, Mukien Sang, Andrés Paniagua, Jesús Tellería, y, particularmente, a ese Maestro de maestros llamado Celso Benavides, uno de los académicos de más sólida formación linguística la República Dominicana.
Cuando en cualquier momento con uno de esos educadores antes mencionados me encuentro, de ningún modo siento que estoy frente a un colega o compañero de trabajo. Entiendo, al contrario, que estoy sencillamente frente a frente a mi maestro.
¡Felicidades a los aún viven y que sus restos descansen en paz los que ya fallecieron!
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