domingo, 1 de noviembre de 2009
“ME VOY TAMBORIL” O EL GRITO DE LA NOSTALGIA.
( A Jorgelaine Morel )
Por : Domingo Caba Ramos.
En 1973, el poeta tamborileño Dagoberto López, presionado por las circunstancias, organiza su maleta y decide marcharse hacia la Villa de Manhattan, New York, dejando tras sí, el cielo, el aire y las gentes de la patria chica que lo vio nacer.
El inmenso dolor que semejante partida le produce, aparece fielmente expresado en un poema suyo titulado “Me voy Tamboril”, compuesto en junio del antes citado año, días antes de marcharse. Se trata, a mi juicio, de una de las más nostálgicas piezas poéticas escritas en la República Dominicana durante las últimas cuatro décadas.
Y es que nada produce más dolor, tristeza y desaliento que abandonar voluntaria o involuntariamente el suelo patrio donde nacimos. Como bien lo expresa el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén, al confesar que :
“No hay martirio más grande que el hondo desconsuelo,
de supirar ausente de los paternos lares,
y deshojar la rosa negra de los pesares,
bajo la indiferencia de otro mar y otro cielo”
Es entonces cuando aparece ese sentimiento de angustia, ese intimismo romántico y esos recuerdos o evocaciones del paisaje local que poetas de todas las latitudes han sabido plasmar en versos de inconfundible y desgarrador acento melancólico. Es entonces cuando saltan a la luz los más bellos poemas pletóricos de nostalgia y amor por el lar nativo, como los siguientes versos de nuestro inmenso José Joaquín Pérez, considerado como uno de “los primeros altos poetas que tuvieron las letras dominicanas” y “el supremo cantor de las emociones de los desterrados dominicanos”:
“Detrás de esas olas dejamos un mundo,
de afectos, de goce, de llanto y dolor,
y al monstruo de Ganges sorbiendo iracundo,
mil vidas de seres que son nuestro amor…”
“Me voy Tamboril” parece ser uno de esos poemas.
La composición, conviene precisarlo, vale más por el sentido sentimental que encierra que por su valor estético, el cual apenas se percibe si se lo compara con el que se aprecia en los versos de madurez escritos y publicados posteriormente por el autor en libros como ”En el idioma de tus ojos” (1999), “ Muecas al viento – Alas” (1999 ), “ La palabra como cuerpo del delito” ( 2001) y “Cantos de ámbar” ( 2007 ) Son estos textos, y no sus versos de iniciación, los que consagran como tal al inspirado bardo tamborileño.
La susodicha pieza poética se inicia anunciando con el más dramático y doloroso de los acentos:
“Se acerca la hora…
me voy Tamboril, y voy a llevarme,
las cosas pequeñas de mi vida triste,
las que llevo siempre, en lo más profundo,
de mis cicatrices”
¿Cuáles son esas pequeñas cosas que tan aferradas permanecen en el mundo interior del poe-
ta? :
”Tus cortos caminos/ tus tristes andanzas / tu nubosa gente / y su andar despacio / mis palomitas muertas / mi perro Boca Negra / mi gallinita ciega / que nunca pudo ver / la sabanita rota / de mi camita enferma / mis matitas pequeñas / de rosas carolinas...”
Pero no sólo los tristes recuerdos parecen embriagar el alma atormentada del poeta. En tanto ser irreverente, cuestionador, rebelde, contestatario y poseedor de una fina sensibilidad social, Dagoberto López arrastra o se lleva consigo la angustia y amargura de los demás, incluyendo a sus amigos ya fallecidos. Así lo expresa en líricos y descarnados versos generadores de ronchas y escozor, por cuanto los mismos entrañan una aguda crítica al sistema político – social vigente:
“Me voy pueblo mío / Y me llevo en mi alma tantas cosas tristes / mis amigos ya muertos / la anemia innoble que en tu seno vive / el sudor que limpia de los tabaqueros / la miseria incrustada en todo tu aleo / la limosna triste de los indigentes / el rancho apagado y el fogón sin leña”
Sin abandonar en ningún momento el tono crítico de su canto, el poeta confiesa que también ocuparán un espacio importante en su mente acongojada las calles inservibles de su Pajiza Aldea:
“tus calles lodosas / paridas y eternas / la Vásquez, la Sánchez / la Duarte y la Mella / la Real descalza / de huecos parida”
Y se lleva también, en el cofre de sus recuerdos, las imágenes de los personajes o tipos pintorescos, sin cuya mención o referencia resultaría imposible escribir la verdadera historia de nuestros pueblos:
“Me llevo también / tus ansias / y tus risas / al loco Cudemo / a Jampa y manolo / a Piche Pelota / a Carrao y a Trepa / esos son tus locos / Son tus alegrías / los que hoy son tristeza / de mi cruel partida”
Y como en el mundo del inconsciente en que habitan estos seres desclasados nunca faltan aquellos que alardean de sus heroicos protagonismos , el poeta expresa el deseo de que se marchen junto a él dos de los personajes que parecen haber logrado fama en ese aspecto :
“ Déjame llevarme a dos aguajeros : / a Niñito Torres / e igualmente a Jero…”
En el mundo tormentoso de sus telúricas evocaciones, no podía faltar esa “quietud municipal” a la que antes le había cantado su compueblano y eximio poeta, Tomás Hernández Franco:
“Quiero también irme con tus noches quietas / con tus alborotos de lejanas grietas…”
Tampoco podía faltar el dinamismo laboral y activismo sociopolítico propios del acendrado espíritu vanguardista que caracterizó a Tamboril en la época de los doce años de gobierno que encabezó Joaquín Balaguer, particularmente durante la década del setenta. Por eso confiesa que igualmente desea marcharse: “con los estudiantes que rebeldes luchan / con el olor tibio de los panaderos / con el saborear de los cacaeros / con las mariposas y el salchichonero, / con tu pisoteado sindicato obrero / con tus margaritas y tus hijos huérfanos / con tus grandes paros en contra del lobo / con tu respetado sudor de pendejo / con tus maricones, el Pao y Gamelo”
Pero no sólo los pálpitos de la vida social de su querido municipio habrán de preñar de dolor y melancolía el alma atribulada del sensible vate que casi inicia su partida. Los elementos que conforman el paisaje natural, alrededor del cual creció y se desarrolló, también aparecen proyectados en la pantalla inapagable de sus recuerdos:
“Déjame llevarme todo lo que quiero / tu río sin agua / tu arroyo en el cerro / tus noches sin luna y tus días lluviosos / que tanto bañaron mi cuerpo de niño / con sus aguaceros. /Me llevo en fin / pueblo / tus tupidos montes...”
Y cual viajero que desde la escalinata del avión envía su último adiós al ser querido que yace en tierra, el poeta concluye su lírico canto con un grito casi desesperado:
“Me voy Tamboril.
Me voy,
pero vuelvo…”
Y aunque no de forma definitiva volvió. Cada cierto tiempo Dagoberto López regresa a su país, a su pueblo. Para dormir en su “camita enferma”, arroparse con su “sabanita rota”, echarle maíz a su “gallinita ciega”, acariciar a su “perro Boca Negra” y mojar sus “matitas pequeñas” de “rosas carolinas”. Y al poner pies en tierras dominicanas quizás no cese de repetir los románticos versos ( “La vuelta al hogar” ) escritos por José Joaquín Pérez en el buque que lo reintegraba a la patria ( 1874 ), luego de permanecer seis años de ausencia en Venezuela, desterrado por orden del presidente y dictador Buenaventura Báez :
“¡Mi dulce Ozama! Tu bardo amante,
a tus riberas torna a cantar,
y tras él deja, por ti anhelante,
lejanos climas y humilde historia,
tierna memoria,
del peregrino vuelta al hogar...”
DAGOBERTO LOPEZ, ¿QUIEN ES?
Sencillamente un ser altamente irreverente, polémico, contestatario y eterno cuestionador de sistema establecido. Sinceramente, un digno hijo de Tamboril que un día cualquiera se vio obligado a emigrar a otro país esperando encontrar allí el bienestar que el suyo le negaba. Un poeta de fino estro y provisto de plena conciencia del arte de poetizar o de su quehacer escritural. Un cultor de la palabra artística que como Pablo Neruda ha entendido que “La poesía también es un oficio” Un consagrado gestor cultural y activo representante de la diáspora dominicana en Nueva York. Un poeta sin el título del blasonero, pero con la cultura general y literaria del letrado. Un tamborileño que al llegar a Manhattan, en lugar de preguntar cómo realizar turbios negocios que lo enriquecieran económicamente, prefirió investigar dónde encontrar libros edificantes que lo nutrieran espiritualmente.
Por eso a los pocos días de su arribo a los Estados Unidos, se incorporó al trabajo cutural, comunal y político. Allí ha sido miembro activo de numerosas agrupaciones culturales y publicado varios libros y opúsculos de poesías. Entre estos : “ Poemas de islas ( 1982 ), “Brillín” ( 1986 ), “Guardatorio a mi vieja Pajiza” (1984 ), “Autodeterminación” ( 1984 ) “ Cuatro coños repetidos alumbran siempre el camino” ( 1985) , “Elegía sangrante” (1992 ), “ Tamboril – Fotografía familiar” (1996),”En el idioma de tus ojos” (1999), “ Muecas al viento – Alas” (1999 ), “ La palabra como cuerpo del delito” (Coautor- 2001) “Cantos de ámbar” ( 2007 )
En 1976 obtuvo el primer lugar en el concurso literario América Rota, organizado por el Centro de Poesía Latinoamericana de New York. En 1982 ganó el primer y tercer lugar en el IV concurso de ASEUTAM, en su pueblo natal, Tamboril. En el 2000 ganó el concurso literario organizado por la Revista Libre, E.U.
Dagoberto López es, además, miembro fundador del grupo Palabra: Expresión Cultural (PEC), el cual tiene como tarea principal difundir o promover la cultura dominicana en los Estados Unidos.
miércoles, 21 de octubre de 2009
JOHAN ROSARIO.
Por : Domingo Caba Ramos.
El mundo de las letras y la comunicación social siempre han sido su mundo. Un mundo en el que se involucró a muy temprana edad, o cuando aún no había cruzado las fronteras de la pubertad. Le faltaban pocos ciclos para terminar la carrera de Comunicación Social cuando decidió subirse en el avión para integrarse a la lista de los miles de exiliados económicos que residen en Nueva York. Pensé que esa inserción en la siempre tentadora sociedad norteamericana marcaría el final de sus inclinaciones literarias y prácticas escriturales. Pero, afortunadamente, no sucedió así.
Si la memoria no me traiciona, creo que fue en 1999 cuando lo conocí e intercambiamos palabras por primera vez. Con singular respeto e inigualable cortesía, una tarde cualquiera del antes citado año se acercó a mí un jovencito de unos quince o dieciséis años de edad, piel morena, reducida estatura y con los rasgos de la adolescencia plasmados en su rostro mulato. Me buscaba para entregarme un ejemplar de la revista “El Tamborileño”, medio informativo del cual él era uno de sus fundadores y redactores principales.
Quizás por haber yo impartido clases durante muchos años en los dos liceos (nocturno y matutino) del pueblo, él me conocía mucho más de lo que me imaginaba. De ahí que en ese primer contacto, me tratara con la misma familiaridad, respeto y afecto del alumno que se encuentra de repente con su antiguo maestro.
Tan pronto me vio, se identificó y acto seguido procedió a poner en mis manos el susodicho órgano informativo. Pero no se crea que todo terminó ahí. El “mozuelo imberbe”, como diría un extinto escritor y crítico literario dominicano, no desperdició tiempo y palabras, y de inmediato me habló de los más diversos temas.
De entrada me confesó que leía y disfrutaba mucho mis artículos, que lamentaba no haber sido mi alumno, aunque esperaba serlo algún día en la universidad. Me habló de sus estudios, de sus inquietudes literarias, de sus lecturas, libros y autores favoritos. Me expresó su parecer acerca de la prensa dominicana, mostrando especial admiración por el periódico El Nacional y su director, Radhamés Gómez Pepín. Me informó que ocasionalmente publicaba artículos en los periódicos “La Información” y “El Siglo” Y me habló sobre sus intenciones de estudiar periodismo tan pronto se graduara de bachiller.
Ciertamente me sorprendieron sobremanera la precocidad intelectual, temprano accionar cultural y preocupaciones literarias del inquieto chico que tenía enfrente, en un medio, el dominicano, donde el libro y la lectura parecen ser enemigos irreconciliables de jóvenes y adolescentes. Y fue entonces cuando dije para mí:
“Si este jovencito mantiene vivas esas inquietudes, es posible que en el futuro, además de un gran periodista, se convierta en un excelente escritor”
Después de ese primer encuentro, creo que intercambiamos ideas no más de tres veces. No lo volví a ver más. Cuando pregunté las razones, me informaron que se había marchado (2002) junto a sus padres para los Estados Unidos.
“ Hasta aquí llegaron sus inquietudes intelectuales y vocación literaria” – afirmé casi en forma automática, convencido de que en Nueva York, por lo que allí he visto y se me ha dicho, el tiempo apenas alcanza para trabajar y producir dinero. Que ni siquiera para escribir una carta a un amigo o familiar sobra tiempo. Y que cuando de muy jóvenes se trata, la mente sólo está presta para la lujuria, la ostentación y el goce desenfrenado.
“Muy pronto lo veré – continué mi monólogo interior - con su garganta bordeada de lujosas cadenas, desplazándose, en estado de embriaguez, por las calles polvorientas de su Pajiza Aldea , en un moderno carro con radio a todo volumen, sonando la última bachata”
Agraciadamente me equivoqué, y no me arrepiento de que así haya ocurrido.
En Nueva York no sólo continuó la labor periodística iniciada en su país, sino que incursionó en el fabuloso y siempre complejo ámbito de la creación literaria. Merced a esa artística iniciativa, tres años después de llegar a esta ciudad, pública el libro de cuentos “Retos de corazón” (2005), su primera obra, la cual tuvo una inesperada y muy buena acogida.
Al año siguiente (2006) funda la “Revista Latina”, órgano impreso que circulaba mensualmente en tres de los principales estados norteamericanos. En Supercanal Caribe produce un espacio semanal llamado “La Hora Latina”, generador de gran impacto en la comunidad hispana establecida en los Estados Unidos. Con ese mismo nombre publica también en la red de internet un blog informativo (www.lahoralatina.blogspot.com ) muy seguido o visitado por lectores residentes dentro y fuera de nuestro país.
Debido a su estelar ejercicio periodístico y defensa constante de los mejores intereses de la comunidad hispana radicada en Nueva York, fue reconocido en abril del presente año, por la Alcaldía de esta ciudad y el Concejo Municipal, conjuntamente con la Seccional del Colegio Dominicano de Periodistas e ( CDP ) en esta imperial demarcación, como “ ELMEJOR PERIODISTA DOMINICANO DEL 2008” establecido en esta urbe. Tres meses después puso en circulación aquí su segundo libro de cuentos, “Amores que matan”, el cual también verá la luz en su pueblo, Tamboril, el jueves 22 de octubre del año en curso.
Pero no sólo eso.
El escritor y periodista que nos ocupa será objeto de otro importante reconocimiento en la ciudad de Nueva York por el éxito alcanzado por su programa “La Hora Latina” Recibirá la distinción otorgada por los prestigiosos “Premios Estrellas”, ideados con el propósito de reconocer la labor de las figuras que en los Estados Unidos se han destacado en el mundo del arte y el espectáculo.
Tan preciado galardón lo recibirá en un solemne acto en el que también serán reconocidos, entre otras personalidades, el empresario Ramón Gómez Díaz y nuestro Rey del merengue, Joseíto Mateo.
Para orgullo de él y del pueblo que lo vio nacer, esa distinción será recibida por el otrora “mozuelo imberbe” al que hasta ahora me he referido, vale decir, por el mismo mulatico aquel con cara de niño, redactor y distribuidor de la Revista “El Tamborileño”, nacido un día 24 de enero de 1982 en el popular barrio “Los Fritíos” del municipio de Tamboril, Repúblicas Dominicana, y que hoy todos conocemos con el nombre de Johan Rosario.
Admito y reitero que me equivoqué.
Las inquietudes periodísticas y literarias de Johan Rosario no sólo han permanecido encendidas como en sus años de adolescencia, sino que las mismas han generado sus frutos, como ya lo hemos visto, logrando en sólo siete años de residencia en la llamada “Ciudad de los Rascacielos” conquistar un espacio, establecer un nombre y lograr unas metas que otros con más tiempo allí no han podido alcanzar.
Con su permanencia en el mundo de las letras, Johan no hizo más que seguir el buen ejemplo de otros compueblanos suyo, tales como Aurelio Rosario, Anastasio Jiménez ( Tatán ), Ramón Martínez ( Martín ) y el destacado poeta Dagoberto López, los cuales, al llegar a Nueva York prefirieron mantenerse activos en el quehacer cultural, preservando así sus hábitos intelectuales y prácticas lectoras y/o escriturales, en lugar de arrastrarse en el polvo inmundo de ilícitas negociaciones.
Ellos, lo mismo que Johan, trabajan fuertemente en los Estados Unidos para poder sobrevivir, pero reservan espacios para leer o escribir un libro, componer un poema, asistir a una tertulia, encuentro o acto cultural y redactar un enjundioso reportaje periodístico.
Felicidades a Johan Rosario. Pienso que su esfuerzo ha valido la pena. Y eso a todos debe regocijarnos. Porque cada premio y éxito suyo, se convierte en el premio y éxito de todos los dominicanos; pero muy especialmente, en el premio y éxito de todos los tamborileños que siguen y valoran su trabajo.
Esperamos que este joven narrador e inquieto comunicador nativo de Tamboril, no desmaye en el logro de sus metas literarias , y continúe, mediante el uso de la palabra , construyendo mundos imaginarios o poniéndonos en contacto con el mundo real a través de sus acuciosos reportes periodísticos.
Por : Domingo Caba Ramos.
El mundo de las letras y la comunicación social siempre han sido su mundo. Un mundo en el que se involucró a muy temprana edad, o cuando aún no había cruzado las fronteras de la pubertad. Le faltaban pocos ciclos para terminar la carrera de Comunicación Social cuando decidió subirse en el avión para integrarse a la lista de los miles de exiliados económicos que residen en Nueva York. Pensé que esa inserción en la siempre tentadora sociedad norteamericana marcaría el final de sus inclinaciones literarias y prácticas escriturales. Pero, afortunadamente, no sucedió así.
Si la memoria no me traiciona, creo que fue en 1999 cuando lo conocí e intercambiamos palabras por primera vez. Con singular respeto e inigualable cortesía, una tarde cualquiera del antes citado año se acercó a mí un jovencito de unos quince o dieciséis años de edad, piel morena, reducida estatura y con los rasgos de la adolescencia plasmados en su rostro mulato. Me buscaba para entregarme un ejemplar de la revista “El Tamborileño”, medio informativo del cual él era uno de sus fundadores y redactores principales.
Quizás por haber yo impartido clases durante muchos años en los dos liceos (nocturno y matutino) del pueblo, él me conocía mucho más de lo que me imaginaba. De ahí que en ese primer contacto, me tratara con la misma familiaridad, respeto y afecto del alumno que se encuentra de repente con su antiguo maestro.
Tan pronto me vio, se identificó y acto seguido procedió a poner en mis manos el susodicho órgano informativo. Pero no se crea que todo terminó ahí. El “mozuelo imberbe”, como diría un extinto escritor y crítico literario dominicano, no desperdició tiempo y palabras, y de inmediato me habló de los más diversos temas.
De entrada me confesó que leía y disfrutaba mucho mis artículos, que lamentaba no haber sido mi alumno, aunque esperaba serlo algún día en la universidad. Me habló de sus estudios, de sus inquietudes literarias, de sus lecturas, libros y autores favoritos. Me expresó su parecer acerca de la prensa dominicana, mostrando especial admiración por el periódico El Nacional y su director, Radhamés Gómez Pepín. Me informó que ocasionalmente publicaba artículos en los periódicos “La Información” y “El Siglo” Y me habló sobre sus intenciones de estudiar periodismo tan pronto se graduara de bachiller.
Ciertamente me sorprendieron sobremanera la precocidad intelectual, temprano accionar cultural y preocupaciones literarias del inquieto chico que tenía enfrente, en un medio, el dominicano, donde el libro y la lectura parecen ser enemigos irreconciliables de jóvenes y adolescentes. Y fue entonces cuando dije para mí:
“Si este jovencito mantiene vivas esas inquietudes, es posible que en el futuro, además de un gran periodista, se convierta en un excelente escritor”
Después de ese primer encuentro, creo que intercambiamos ideas no más de tres veces. No lo volví a ver más. Cuando pregunté las razones, me informaron que se había marchado (2002) junto a sus padres para los Estados Unidos.
“ Hasta aquí llegaron sus inquietudes intelectuales y vocación literaria” – afirmé casi en forma automática, convencido de que en Nueva York, por lo que allí he visto y se me ha dicho, el tiempo apenas alcanza para trabajar y producir dinero. Que ni siquiera para escribir una carta a un amigo o familiar sobra tiempo. Y que cuando de muy jóvenes se trata, la mente sólo está presta para la lujuria, la ostentación y el goce desenfrenado.
“Muy pronto lo veré – continué mi monólogo interior - con su garganta bordeada de lujosas cadenas, desplazándose, en estado de embriaguez, por las calles polvorientas de su Pajiza Aldea , en un moderno carro con radio a todo volumen, sonando la última bachata”
Agraciadamente me equivoqué, y no me arrepiento de que así haya ocurrido.
En Nueva York no sólo continuó la labor periodística iniciada en su país, sino que incursionó en el fabuloso y siempre complejo ámbito de la creación literaria. Merced a esa artística iniciativa, tres años después de llegar a esta ciudad, pública el libro de cuentos “Retos de corazón” (2005), su primera obra, la cual tuvo una inesperada y muy buena acogida.
Al año siguiente (2006) funda la “Revista Latina”, órgano impreso que circulaba mensualmente en tres de los principales estados norteamericanos. En Supercanal Caribe produce un espacio semanal llamado “La Hora Latina”, generador de gran impacto en la comunidad hispana establecida en los Estados Unidos. Con ese mismo nombre publica también en la red de internet un blog informativo (www.lahoralatina.blogspot.com ) muy seguido o visitado por lectores residentes dentro y fuera de nuestro país.
Debido a su estelar ejercicio periodístico y defensa constante de los mejores intereses de la comunidad hispana radicada en Nueva York, fue reconocido en abril del presente año, por la Alcaldía de esta ciudad y el Concejo Municipal, conjuntamente con la Seccional del Colegio Dominicano de Periodistas e ( CDP ) en esta imperial demarcación, como “ ELMEJOR PERIODISTA DOMINICANO DEL 2008” establecido en esta urbe. Tres meses después puso en circulación aquí su segundo libro de cuentos, “Amores que matan”, el cual también verá la luz en su pueblo, Tamboril, el jueves 22 de octubre del año en curso.
Pero no sólo eso.
El escritor y periodista que nos ocupa será objeto de otro importante reconocimiento en la ciudad de Nueva York por el éxito alcanzado por su programa “La Hora Latina” Recibirá la distinción otorgada por los prestigiosos “Premios Estrellas”, ideados con el propósito de reconocer la labor de las figuras que en los Estados Unidos se han destacado en el mundo del arte y el espectáculo.
Tan preciado galardón lo recibirá en un solemne acto en el que también serán reconocidos, entre otras personalidades, el empresario Ramón Gómez Díaz y nuestro Rey del merengue, Joseíto Mateo.
Para orgullo de él y del pueblo que lo vio nacer, esa distinción será recibida por el otrora “mozuelo imberbe” al que hasta ahora me he referido, vale decir, por el mismo mulatico aquel con cara de niño, redactor y distribuidor de la Revista “El Tamborileño”, nacido un día 24 de enero de 1982 en el popular barrio “Los Fritíos” del municipio de Tamboril, Repúblicas Dominicana, y que hoy todos conocemos con el nombre de Johan Rosario.
Admito y reitero que me equivoqué.
Las inquietudes periodísticas y literarias de Johan Rosario no sólo han permanecido encendidas como en sus años de adolescencia, sino que las mismas han generado sus frutos, como ya lo hemos visto, logrando en sólo siete años de residencia en la llamada “Ciudad de los Rascacielos” conquistar un espacio, establecer un nombre y lograr unas metas que otros con más tiempo allí no han podido alcanzar.
Con su permanencia en el mundo de las letras, Johan no hizo más que seguir el buen ejemplo de otros compueblanos suyo, tales como Aurelio Rosario, Anastasio Jiménez ( Tatán ), Ramón Martínez ( Martín ) y el destacado poeta Dagoberto López, los cuales, al llegar a Nueva York prefirieron mantenerse activos en el quehacer cultural, preservando así sus hábitos intelectuales y prácticas lectoras y/o escriturales, en lugar de arrastrarse en el polvo inmundo de ilícitas negociaciones.
Ellos, lo mismo que Johan, trabajan fuertemente en los Estados Unidos para poder sobrevivir, pero reservan espacios para leer o escribir un libro, componer un poema, asistir a una tertulia, encuentro o acto cultural y redactar un enjundioso reportaje periodístico.
Felicidades a Johan Rosario. Pienso que su esfuerzo ha valido la pena. Y eso a todos debe regocijarnos. Porque cada premio y éxito suyo, se convierte en el premio y éxito de todos los dominicanos; pero muy especialmente, en el premio y éxito de todos los tamborileños que siguen y valoran su trabajo.
Esperamos que este joven narrador e inquieto comunicador nativo de Tamboril, no desmaye en el logro de sus metas literarias , y continúe, mediante el uso de la palabra , construyendo mundos imaginarios o poniéndonos en contacto con el mundo real a través de sus acuciosos reportes periodísticos.
jueves, 15 de octubre de 2009
EL AMOR AL PAISAJE LOCAL EN UNA EPISTOLA DE TOMAS H. FRANCO (*)
El poeta tamborileño Tomás Hernández Franco, que fue un eterno viajero en virtud de los diferentes cargos públicos y diplomáticos que desempeñó, también supo plasmar en forma magistral la recóndita tristeza que produce la ausencia del suelo nativo. Lo expresa en un poema epistolar de incomparable acento elegíaco,"Poema anclado para el hijo viajero", dedicado a su hijo mayor, Tomás Hernández Tolentino, cuando este apenas había cumplido un año y medio de edad.:
"POEMA ANCLADO PARA EL HIJO VIAJERO"
"Tomasito, mi hijo:
Estoy pensando ahora, hoy, en el título de un poema que para ti llevo en el alma desde hace tantos días. Solamente en el título, porque es el título del poema que será para tí, lo único claro, ya hecho, definitivo que hasta ahora poseo. Con otros poemas me ha ocurrido igual. Con muchas otras cosas en la vida, también, pero, algún día te hablaré de todo eso. Ahora se trata del título del poema: “Poema anclado, para el hijo viajero". Vuelvo hoy a glosar ese título. Apenas tenemos una semana mudados a esta nueva casa, que nos es la mía, que no ha de ser tuya: es el número 159 de
Esa cualidad tuya, o ese defecto tuyo (todavía no lo sé bien) constituye el tema del poema de que te hablo. Eres el hijo viajero.
Tienes casi quince meses de nacido. Ni un año y medio, siquieras. Debiste nacer en El Salvador. América Central. Pudiste haber nacido en Costa Rica, pues para allá salíamos. Era casi de rigor que nacieras en México. Pero naciste en
Por eso sueño un poema anclado, hierro clavado para siempre en la tierra más honda, para tí, mi viajerito infatigable.
Tú no tienes una casa tuya. Al menos, la tuya, la que es la mía y de tu madre, donde yo pasé todos los años de mi infancia, te es todavía, desgraciadamente, casi desconocida. En ella has vivido días solamente, como en todas las otras que has vivido: casas de alquiler, casas de huéspedes, hoteles, aviones.
Me preocupa, hijito mío, todo eso de tí y de todo lo cual tengo yo la culpa.
Hubiera querido verte crecer en tu casa, en esa casa que es mía y de tu madre, la de Tamboril, la única, donde vivieron mis padres y mi madre, tus abuelos, donde también vivieron mis abuelos, tus bisabuelos. Creo que hubiera sido una ventaja para tí, tener tu paisaje, que es, desde que se nace, la manera más exacta y sencilla de tener una patria. Tener algún árbol muy viejo constantemente frente a tus ojos, tener centenares que crecieran al tiempo que tú creces. Oír cada noche, desde tu cuna, el murmullo del mismo arroyo, conocer los nombres de las mismas flores y el canto mañanero de los mismos pájaros. Ver a muchas gentes que envejezcan, casi sin que ni tú ni ellos puedan darse cuenta y que mueran tranquilamente. Ver a muchos niños de tu edad ir creciendo contigo, saberles las cualidades y los nombres. Y si algún día tienes que viajar realmente, si tienes que alejarte de todo eso, que te lo puedas llevar y que te lo lleves dentro del pecho, muy anclado en el recuerdo, para que nunca puedas olvidar el camino de volver, hijito mío!
¿A dónde tendré que llevarte mañana, pasado mañana, viajerito mío, todavía sin recuerdo y sin paisaje para asegurarte el deseo de retorno? Pienso que ahora, hoy, te es igual estar aquí como en otra parte cualquiera. Y eso es horrible. Todos tenemos en el mundo un sitio en el cual debiéramos estar para siempre, o, en el cual, al menos, todos quisiéramos estar para siempre. Tamboril, es mi sitio. El sitio de tu padre. Ojalá lo escojas tú también como tuyo: para querer vivir y para morir. Para tener tu paisaje, anclado dentro de ti.
Es, quizás, todo lo que pienso de ti hoy, en esta tarde de lluvia, en esta casa extraña que no es tuya ni mía y que tú casi conoces ya mejor que yo, por esa maravillosa facultad de adaptación que te proporciona tu carencia de nostalgias, tu incapacidad de recuerdo!
Tomás Hernández Franco
Abril, de 1944
(*) - Versión fiel, incluyendo la puntuación, del texto original, manuscrito, que descansa en los archivos del autor ( DC ) del presente artículo. Publicado en mi columna "Arcoiris" ( 3/6/2000) del diario La Información y reproducido en mi libro "Tamboril, su gente y su cultura ( Y otros ensayos)", 2000, págs : 79 -81
domingo, 27 de septiembre de 2009
TAMBORIL, SUS MUJERES Y TABARE
Por : Domingo Caba Ramos.
En una entrevista concedida en 1988 a un periodista y escritor chileno, el doctor Joaquín Balaguer, crítico literario y entonces presidente de la República, declaró, entre otras cosas, que “Hay una región aquí llamada El Cibao, y un sitio, un pueblo que se llama Tamboril, donde las señoras recitaban constantemente “Tabaré” (Listín Diario, 30 /11 /88)
La noticia resultó un tanto curiosa y hasta cierto punto sorprendente.
Pero lo cierto es que en la segunda mitad del pasado siglo , cuando todavía en Tamboril ni siquiera existía parque público, los habitantes de este municipio utilizaban como tal una extensa explanada ubicada en el mismo corazón del pequeño poblado y allí, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes, las damas de mayor nivel de instrucción solían reunirse en horas de la tarde para leer y recitar en forma rotativa los épicos y románticos versos del monumental poema compuesto por el inspirado bardo uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (1855 - 1931).
¿Qué es Tabaré?
Tabaré, libro publicado en 1888 y traducido a todos los idiomas del mundo, es un hermoso poema narrativo en el que se relata la invasión de los conquistadores españoles en el territorio de los indios Charrúa. Merced a esta relación central, en el poema se cuenta la trágica historia de amor de una joven española y un joven mestizo: los amores de Blanca y Tabaré.
La popularidad que alcanzó esta obra en la población tamborileña fue de tal magnitud que, al decir del fenecido historiador y exdirector del Archivo Histórico de Santiago, don Román Franco Fondeur, los santiagueros llegaron a identificar a Tamboril como la "Tierra de Tabaré".
Vista esta realidad valdría preguntarse: ¿Por qué concitó Tabaré tanto interés entre los habitantes de una zona que aparte de carecer de tradición literaria estaba matizada por indiscutibles rasgos aldeanos? ¿Qué tan estrechas estaban las relaciones diplomáticas entre Uruguay y República Dominicana? ¿Quién o quiénes sembraron en el corazón de esas ilustres señoras el amor por esta genial obra poética?
Realmente no lo sabemos.
Los resultados emanados de las investigaciones que hemos realizado al respecto resultan poco convincentes por cuanto los mismos parten de respuestas que apenas trascienden el marco de la simple especulación.
La extraordinaria afición que sintieron los tamborileños por Tabaré, según opinan muchos, talvéz se debió al embrujante tono romántico - amoroso de sus versos, o debido a que en la época en que se hizo popular aún se respiraban los aires del Romanticismo en el ambiente literario dominicano.
Mas de ser así, habría nuevamente que preguntarse:
¿Por qué en lugar de Tabaré, la atención de las ya referidas damas lectoras no se concentró en otras piezas poéticas también de carácter romántico como los bellos poemas de la dominicana Salomé Ureña, en el libro “La cautiva”, de Esteban Echeverría; en “Martín Fierro”, de José Hernández, o en una obra en prosa que como “María”, de Jorge Isaacs, aborda igualmente la temática amorosa, posee mayor fuerza dramática y en el período que nos ocupa estaba considerada como el libro más leído en el continente americano?
Todas estas interrogantes vienen al caso porque entendemos que algún motivo de índole cultural tuvo que haber influido para que los moradores de la llamada PAJIZA ALDEA se encariñaran casi de manera ciega por lo que Anatole France llamó la "Epopeya Nacional de Uruguay"
La raíz de tan singular aficción talvez nunca lleguemos a conocerla, pero la misma pone de manifiesto o sitúa a Tamboril como un pueblo de tradición lectora y apegado a los más elevados valores de la cultura. Tradición que en mayor o menor grado aún se mantiene vigente.
Lo que sí conocemos desde ya es que en la fresca tarde de un lejano domingo, mientras los chiquillos correteaban en el amplio patio y los novios intercambiaban dulces miradas de amor, un grupo de cultas damas tamborileñas, indiferentes a todo lo que sucedía en a su alrededor, se acomodaban en el tronco de los samanes, y al son de la música intermitente de la brisa, se les escuchaba declamar con sopránicos acentos, versos como los siguientes:
“¡Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
balancearon los verdes camalotes,
y en el silencio del juncal murieron..."
Por : Domingo Caba Ramos.
En una entrevista concedida en 1988 a un periodista y escritor chileno, el doctor Joaquín Balaguer, crítico literario y entonces presidente de la República, declaró, entre otras cosas, que “Hay una región aquí llamada El Cibao, y un sitio, un pueblo que se llama Tamboril, donde las señoras recitaban constantemente “Tabaré” (Listín Diario, 30 /11 /88)
La noticia resultó un tanto curiosa y hasta cierto punto sorprendente.
Pero lo cierto es que en la segunda mitad del pasado siglo , cuando todavía en Tamboril ni siquiera existía parque público, los habitantes de este municipio utilizaban como tal una extensa explanada ubicada en el mismo corazón del pequeño poblado y allí, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes, las damas de mayor nivel de instrucción solían reunirse en horas de la tarde para leer y recitar en forma rotativa los épicos y románticos versos del monumental poema compuesto por el inspirado bardo uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (1855 - 1931).
¿Qué es Tabaré?
Tabaré, libro publicado en 1888 y traducido a todos los idiomas del mundo, es un hermoso poema narrativo en el que se relata la invasión de los conquistadores españoles en el territorio de los indios Charrúa. Merced a esta relación central, en el poema se cuenta la trágica historia de amor de una joven española y un joven mestizo: los amores de Blanca y Tabaré.
La popularidad que alcanzó esta obra en la población tamborileña fue de tal magnitud que, al decir del fenecido historiador y exdirector del Archivo Histórico de Santiago, don Román Franco Fondeur, los santiagueros llegaron a identificar a Tamboril como la "Tierra de Tabaré".
Vista esta realidad valdría preguntarse: ¿Por qué concitó Tabaré tanto interés entre los habitantes de una zona que aparte de carecer de tradición literaria estaba matizada por indiscutibles rasgos aldeanos? ¿Qué tan estrechas estaban las relaciones diplomáticas entre Uruguay y República Dominicana? ¿Quién o quiénes sembraron en el corazón de esas ilustres señoras el amor por esta genial obra poética?
Realmente no lo sabemos.
Los resultados emanados de las investigaciones que hemos realizado al respecto resultan poco convincentes por cuanto los mismos parten de respuestas que apenas trascienden el marco de la simple especulación.
La extraordinaria afición que sintieron los tamborileños por Tabaré, según opinan muchos, talvéz se debió al embrujante tono romántico - amoroso de sus versos, o debido a que en la época en que se hizo popular aún se respiraban los aires del Romanticismo en el ambiente literario dominicano.
Mas de ser así, habría nuevamente que preguntarse:
¿Por qué en lugar de Tabaré, la atención de las ya referidas damas lectoras no se concentró en otras piezas poéticas también de carácter romántico como los bellos poemas de la dominicana Salomé Ureña, en el libro “La cautiva”, de Esteban Echeverría; en “Martín Fierro”, de José Hernández, o en una obra en prosa que como “María”, de Jorge Isaacs, aborda igualmente la temática amorosa, posee mayor fuerza dramática y en el período que nos ocupa estaba considerada como el libro más leído en el continente americano?
Todas estas interrogantes vienen al caso porque entendemos que algún motivo de índole cultural tuvo que haber influido para que los moradores de la llamada PAJIZA ALDEA se encariñaran casi de manera ciega por lo que Anatole France llamó la "Epopeya Nacional de Uruguay"
La raíz de tan singular aficción talvez nunca lleguemos a conocerla, pero la misma pone de manifiesto o sitúa a Tamboril como un pueblo de tradición lectora y apegado a los más elevados valores de la cultura. Tradición que en mayor o menor grado aún se mantiene vigente.
Lo que sí conocemos desde ya es que en la fresca tarde de un lejano domingo, mientras los chiquillos correteaban en el amplio patio y los novios intercambiaban dulces miradas de amor, un grupo de cultas damas tamborileñas, indiferentes a todo lo que sucedía en a su alrededor, se acomodaban en el tronco de los samanes, y al son de la música intermitente de la brisa, se les escuchaba declamar con sopránicos acentos, versos como los siguientes:
“¡Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
balancearon los verdes camalotes,
y en el silencio del juncal murieron..."
viernes, 25 de septiembre de 2009
EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD LINGUISTICA DE LOS DOMINICANOS.
Por : Domingo Caba Ramos
“… no hay un español mejor, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio. Al margen queda lo que la comunidad considera correcto y eso lo es en cada sitio de manera diferente. El espaol mejor es el que hablan las gentes instruidas de cada pas : espontáneo sin afectación, correcto sin pedantería, asequible por todos los oyentes"
(Manuel Alvar)
El tema que hoy ocupa nuestra atención atañe a uno de los conceptos con que opera la sociolingüística: al de actitudes lingüísticas, que no son más que todas aquellas reacciones subjetivas a partir de las cuales el sujeto hablante rechaza o asume determinadas estructuras de su lengua materna.
Si toda actitud emana de una creencia, valdría entonces preguntarse:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su lengua? Tan pronto como intentamos dar respuesta a esta interrogante, otro cuestionamiento aflora necesariamente a nuestra mente:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su país?
Sencillamente que somos inferiores al resto de las demás naciones. Y conforme a esta concepción, el dominicano no cree ni confía en lo dominicano. Sufrimos, pues, de "dominicanofobia".
Nada de lo nuestro sirve. El plátano embrutece.El merengue despierta las bajas pasiones. Bailar o escuchar ritmos extraños prestigia. El paisaje nativo nos produce náusea. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made In” nos embriaga.
Pletóricos de satisfacción compramos en Estados Unidos el pantalón que se fabrica en una de nuestras zonas francas. Para florecer y crecer necesitamos de otros aires y de otros soles.“La atmósfera de este país, sentenció uno de nuestros escritores, no es propicia al desarrollo superior de los espíritus”. Acostumbramos a autodescribirnos con los más despectivos e hirientes calificativos. Somos holgazanes, viciosos, lambones, turbulentos, ladrones, jugadores, primitivos y borrachones.
Imbuidos por ese dominicanofóbico sentimiento, el célebre Tomás Bobadillas jamás confió en que los dominicanos por sí solos lograrían la Independencia Nacional. Por eso llamó locos e ilusos a Duarte y demás trinitarios.
Pedro Santana, por la misma razón, anexó la República a España. De igual manera, procedió Buenaventura Báez. Y hasta un patriota del calibre de Félix María del Monte prefirió, en su famoso “Himno a la Independencia”, invocar al español y no a sus compatriotas:
“Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir”.
Hace siete años falleció un veterano escritor y político local, quien en uno de sus primeros libros dijo aborrecer “el ambiente en que me ha tocado nacer”.
Esa es la creencia que los dominicanos tienen acerca de la patria en que nacieron. Y ese es el mismo criterio que poseen en torno a su lengua.
Perciben el español que hablan y escriben como el más inferior de los dialectos que forman parte del mundo hispánico. De ahí que suelan afirmar con inusitada insistencia que los colombianos, argentinos, boricuas, etc., hablan mejor que nosotros; juicio que por partir de una visión preceptista o normativista de la lengua carece por completo de soporte lingüístico. Y es que desde el punto de vista científico no existen lenguas superiores a otras, ni sociedades cuyos hablantes hablen mejor que otros.
La lengua cumple una función fundamental: establecer la comunicación entre las personas . Lo de bien o mal son simples valores, conceptos axiológicos cuyo tratamiento escapa al interés de la ciencia. Son apreciaciones que se estructuran en función de una norma gramatical impuesta por una comunidad lingüística determinada.
“Desde una perspectiva teórica, científica y lingüística - apunta Orlando Alba al respecto - de ninguna manera se justifica afirmar que una variedad geográfica de la lengua es mejor que otra" (La identidad lingüística de los dominicanos, 2009: 14) Tal razonamiento conduce al afamado lingüista a afirmar con indiscutible acierto:
“Cuando un hablante asume una actitud negativa con respecto a su lengua, pensando que es inferior a otra, simplemente revela una opinión subjetiva que no se fundamenta necesariamente en razones lingüísticas, sino en hechos de carácter extralingüístico" (ob. cit., págs. 18-19)
Para los nacidos en esta tierra de Quisqueya la norma lingüística parece imponerla siempre el extranjero.
Hablar a lo dominicano despretigia o resta distinción. De ahí nuestra tendencia a imitar el habla de otras naciones o a identificar con nombres en inglés a establecimientos comerciales.
Y a saludar, cuando nos llaman por teléfono, no con un criollo “buenos días” o “buenas tardes”, sino con un afamado y cantarín :
¡“Jelou”!
domingo, 13 de septiembre de 2009
LA “PAJIZA ALDEA” DE TOMAS HERNANDEZ FRANCO.
Por : Domingo Caba Ramos
“Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
(Tomás H. Franco).
Uno de los rasgos que más distingue a los habitantes del municipio de Tamboril es el acendrado amor que estos sienten por su pueblo. Quizás no exista otra zona en el país cuyos moradores muestren mayor cariño o defiendan con tanto ardor el lar paterno que los vio nacer y crecer.
La más genuina y representativa muestra del tamborileño auténtico podemos encontrarla en Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), talentoso y original poeta, quien no desperdiciaba oportunidad alguna para expresar el gran aprecio que sentía por su “PAJIZA ALDEA”, poética y afectiva denominación acuñada y empleada por él para referirse a su pueblo.
Al decir de los más antiguos pobladores de Tamboril, en la primera mitad del pasado siglo, la mayor parte de los hogares de este municipio estaban parcial o totalmente techados de cana. Cuentan estas mismas personas que una tarde cualquiera a Hernández Franco se le ocurrió montarse en un avión y sobrevolar por encima del reducido caserío de lo que entonces no pasaba de ser más que una simple aldea, y al observar las casas desde las alturas pudo percibir que las mismas, mas bien semejaban grandes montones de pajas. A partir de esa experiencia Tamboril empezaría a conocerse con el artístico nombre de “Pajiza Aldea”.
Hernández Franco amó entrañablemente a Tamboril. Así lo testimonian quienes lo conocieron de cerca, y así se pone de manifiesto en muchas de sus obras. En sus poesías, cuentos, conferencias, cartas y artículos periodísticos nunca faltó espacio para insertar la lírica alusión acerca de su venerada “Patria Chica”. Como bien lo ha dicho su hijo Rafael Luciano:
“Papá fue un embajador literario y un cantor permanente de su Pajiza Aldea”.
Los ejemplos sobran.
En el cuento “El asalto de los generales”; cuya acción parece desarrollarse en algún punto del municipio que nos ocupa, Tomás H. Franco inicia la descripción del ambiente geográfico de esta manera:
“Aldea suspendida en final del crepúsculo. El samán había acabado de cerrar los millares de sus hojas, una por una, mesticulosamente, como quien cuenta billetes de banco”.
En la conferencia “El sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, dictada por Hernández Franco en el teatro “Apolo” de Tamboril, en octubre de 1931, el afamado bardo tamborileño dice a modo de introducción que :
“Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes caminos de la fantasía y del ensueño, y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón”
Y ya al final de sus palabras introductorias envuelve su voz en el más lírico y fraternal de los acentos para aclararnos pletórico de emoción que :
“Por imperiosas urgencias de la vida, frente a otros públicos he escrito y frente a otros públicos he hablado y aquí he vuelto siempre, porque naturalmente aquí se polariza mi existencia, pero nunca me he sentido un simbad de quien pretende contar maravillas y a la vida aldeana me reintegro sin esfuerzo porque aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad..”
En la medianoche de un día cualquiera Tamboril dormía. Todo estaba en silencio. El poeta abandonó su lecho para salir a contemplar el rostro plateado de la luna, a escuchar el sinfónico concierto de los grillos madrugadores y sostener un diálogo confidencial con la brisa parlanchina que se desprendía de la copa de los samanes. En tan íntimo y emotivo momento, el poeta aprovechó para tejer en su mente los descriptivos, sentimentales y rítmicos versos de un soneto cuyo primer cuarteto y primer terceto dicen así:
MEDIA NOCHE
Es muy puro el encanto de esta noche de luna,
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata,
y un arroyo murmura, como un canto de cuna,
monorrítmicamente su perenne sonata.
Todo es paz en la aldea. El viejo campanario
sobre su cruz sostiene un buho funerario
como un perverso emblema de horror y brujería.
Así le cantó Tomás Hernández Franco a su pueblo, a Tamboril, a su Pajiza Aldea.
Por : Domingo Caba Ramos
“Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
(Tomás H. Franco).
Uno de los rasgos que más distingue a los habitantes del municipio de Tamboril es el acendrado amor que estos sienten por su pueblo. Quizás no exista otra zona en el país cuyos moradores muestren mayor cariño o defiendan con tanto ardor el lar paterno que los vio nacer y crecer.
La más genuina y representativa muestra del tamborileño auténtico podemos encontrarla en Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), talentoso y original poeta, quien no desperdiciaba oportunidad alguna para expresar el gran aprecio que sentía por su “PAJIZA ALDEA”, poética y afectiva denominación acuñada y empleada por él para referirse a su pueblo.
Al decir de los más antiguos pobladores de Tamboril, en la primera mitad del pasado siglo, la mayor parte de los hogares de este municipio estaban parcial o totalmente techados de cana. Cuentan estas mismas personas que una tarde cualquiera a Hernández Franco se le ocurrió montarse en un avión y sobrevolar por encima del reducido caserío de lo que entonces no pasaba de ser más que una simple aldea, y al observar las casas desde las alturas pudo percibir que las mismas, mas bien semejaban grandes montones de pajas. A partir de esa experiencia Tamboril empezaría a conocerse con el artístico nombre de “Pajiza Aldea”.
Hernández Franco amó entrañablemente a Tamboril. Así lo testimonian quienes lo conocieron de cerca, y así se pone de manifiesto en muchas de sus obras. En sus poesías, cuentos, conferencias, cartas y artículos periodísticos nunca faltó espacio para insertar la lírica alusión acerca de su venerada “Patria Chica”. Como bien lo ha dicho su hijo Rafael Luciano:
“Papá fue un embajador literario y un cantor permanente de su Pajiza Aldea”.
Los ejemplos sobran.
En el cuento “El asalto de los generales”; cuya acción parece desarrollarse en algún punto del municipio que nos ocupa, Tomás H. Franco inicia la descripción del ambiente geográfico de esta manera:
“Aldea suspendida en final del crepúsculo. El samán había acabado de cerrar los millares de sus hojas, una por una, mesticulosamente, como quien cuenta billetes de banco”.
En la conferencia “El sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, dictada por Hernández Franco en el teatro “Apolo” de Tamboril, en octubre de 1931, el afamado bardo tamborileño dice a modo de introducción que :
“Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes caminos de la fantasía y del ensueño, y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón”
Y ya al final de sus palabras introductorias envuelve su voz en el más lírico y fraternal de los acentos para aclararnos pletórico de emoción que :
“Por imperiosas urgencias de la vida, frente a otros públicos he escrito y frente a otros públicos he hablado y aquí he vuelto siempre, porque naturalmente aquí se polariza mi existencia, pero nunca me he sentido un simbad de quien pretende contar maravillas y a la vida aldeana me reintegro sin esfuerzo porque aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad..”
En la medianoche de un día cualquiera Tamboril dormía. Todo estaba en silencio. El poeta abandonó su lecho para salir a contemplar el rostro plateado de la luna, a escuchar el sinfónico concierto de los grillos madrugadores y sostener un diálogo confidencial con la brisa parlanchina que se desprendía de la copa de los samanes. En tan íntimo y emotivo momento, el poeta aprovechó para tejer en su mente los descriptivos, sentimentales y rítmicos versos de un soneto cuyo primer cuarteto y primer terceto dicen así:
MEDIA NOCHE
Es muy puro el encanto de esta noche de luna,
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata,
y un arroyo murmura, como un canto de cuna,
monorrítmicamente su perenne sonata.
Todo es paz en la aldea. El viejo campanario
sobre su cruz sostiene un buho funerario
como un perverso emblema de horror y brujería.
Así le cantó Tomás Hernández Franco a su pueblo, a Tamboril, a su Pajiza Aldea.
jueves, 10 de septiembre de 2009
CAPSULAS LEXICOSEMANTICAS
Por : Domingo Caba Ramos
1. Reanudar y reiniciar.
Son muchos los hablantes o usuarios de nuestra lengua que consideran que los verbos reanudar y reiniciar significan lo mismo. Nada más apartado de la realidad. Tales formas verbales no son sinónimas. Una y otra entrañan distintos valores significativos.
Reiniciar debe emplearse para aludir al hecho de volver a principio de una actividad suspendida.
Reanudar, por el contrario, es la forma recomendada para referirse a algo que vuelve a ponerse en marcha a partir del punto en que se suspendió. Merced a estos conceptos se infiere que para reiniciar algo es necesario volver al principio. De ahí que se reanuda, no se reinicia, el juego momentáneamente suspendido por causa de la lluvia, vale decir, se arranca desde el punto en que se interrumpió.
Ahora bien, si la lluvia no para y el juego hay que suspenderlo en forma definitiva, cuando todavía no había sido declarado oficial, el mismo habrá de reiniciarse, no reanudarse, en una nueva fecha. En tal caso, dicho juego deberá comenzar desde el principio, y no desde el punto en que fue suspendido.
2. Veredicto final.
En la prensa, tanto nacional como internacional, es común encontrarse con el uso frecuente de la construcción léxica veredicto final. Al usarse esta, ciertamente se incurre en caso de pleonasmo o redundancia, toda vez que el término veredicto es en sí mismo un dictamen o fallo final emitido por juez, jurado o autoridad competente. Por ser así, el solo uso de veredicto basta para garantizar el justo sentido de lo expresado. El adjetivo final sobra, nada agrega, no hace falta.
Por : Domingo Caba Ramos
1. Reanudar y reiniciar.
Son muchos los hablantes o usuarios de nuestra lengua que consideran que los verbos reanudar y reiniciar significan lo mismo. Nada más apartado de la realidad. Tales formas verbales no son sinónimas. Una y otra entrañan distintos valores significativos.
Reiniciar debe emplearse para aludir al hecho de volver a principio de una actividad suspendida.
Reanudar, por el contrario, es la forma recomendada para referirse a algo que vuelve a ponerse en marcha a partir del punto en que se suspendió. Merced a estos conceptos se infiere que para reiniciar algo es necesario volver al principio. De ahí que se reanuda, no se reinicia, el juego momentáneamente suspendido por causa de la lluvia, vale decir, se arranca desde el punto en que se interrumpió.
Ahora bien, si la lluvia no para y el juego hay que suspenderlo en forma definitiva, cuando todavía no había sido declarado oficial, el mismo habrá de reiniciarse, no reanudarse, en una nueva fecha. En tal caso, dicho juego deberá comenzar desde el principio, y no desde el punto en que fue suspendido.
2. Veredicto final.
En la prensa, tanto nacional como internacional, es común encontrarse con el uso frecuente de la construcción léxica veredicto final. Al usarse esta, ciertamente se incurre en caso de pleonasmo o redundancia, toda vez que el término veredicto es en sí mismo un dictamen o fallo final emitido por juez, jurado o autoridad competente. Por ser así, el solo uso de veredicto basta para garantizar el justo sentido de lo expresado. El adjetivo final sobra, nada agrega, no hace falta.
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