TAMBORIL, SUS MUJERES Y TABARE
Por : Domingo Caba Ramos.
En una entrevista concedida en 1988 a un periodista y escritor chileno, el doctor Joaquín Balaguer, crítico literario y entonces presidente de la República, declaró, entre otras cosas, que “Hay una región aquí llamada El Cibao, y un sitio, un pueblo que se llama Tamboril, donde las señoras recitaban constantemente “Tabaré” (Listín Diario, 30 /11 /88)
La noticia resultó un tanto curiosa y hasta cierto punto sorprendente.
Pero lo cierto es que en la segunda mitad del pasado siglo , cuando todavía en Tamboril ni siquiera existía parque público, los habitantes de este municipio utilizaban como tal una extensa explanada ubicada en el mismo corazón del pequeño poblado y allí, bajo la sombra protectora de tres imponentes samanes, las damas de mayor nivel de instrucción solían reunirse en horas de la tarde para leer y recitar en forma rotativa los épicos y románticos versos del monumental poema compuesto por el inspirado bardo uruguayo Juan Zorrilla de San Martín (1855 - 1931).
¿Qué es Tabaré?
Tabaré, libro publicado en 1888 y traducido a todos los idiomas del mundo, es un hermoso poema narrativo en el que se relata la invasión de los conquistadores españoles en el territorio de los indios Charrúa. Merced a esta relación central, en el poema se cuenta la trágica historia de amor de una joven española y un joven mestizo: los amores de Blanca y Tabaré.
La popularidad que alcanzó esta obra en la población tamborileña fue de tal magnitud que, al decir del fenecido historiador y exdirector del Archivo Histórico de Santiago, don Román Franco Fondeur, los santiagueros llegaron a identificar a Tamboril como la "Tierra de Tabaré".
Vista esta realidad valdría preguntarse: ¿Por qué concitó Tabaré tanto interés entre los habitantes de una zona que aparte de carecer de tradición literaria estaba matizada por indiscutibles rasgos aldeanos? ¿Qué tan estrechas estaban las relaciones diplomáticas entre Uruguay y República Dominicana? ¿Quién o quiénes sembraron en el corazón de esas ilustres señoras el amor por esta genial obra poética?
Realmente no lo sabemos.
Los resultados emanados de las investigaciones que hemos realizado al respecto resultan poco convincentes por cuanto los mismos parten de respuestas que apenas trascienden el marco de la simple especulación.
La extraordinaria afición que sintieron los tamborileños por Tabaré, según opinan muchos, talvéz se debió al embrujante tono romántico - amoroso de sus versos, o debido a que en la época en que se hizo popular aún se respiraban los aires del Romanticismo en el ambiente literario dominicano.
Mas de ser así, habría nuevamente que preguntarse:
¿Por qué en lugar de Tabaré, la atención de las ya referidas damas lectoras no se concentró en otras piezas poéticas también de carácter romántico como los bellos poemas de la dominicana Salomé Ureña, en el libro “La cautiva”, de Esteban Echeverría; en “Martín Fierro”, de José Hernández, o en una obra en prosa que como “María”, de Jorge Isaacs, aborda igualmente la temática amorosa, posee mayor fuerza dramática y en el período que nos ocupa estaba considerada como el libro más leído en el continente americano?
Todas estas interrogantes vienen al caso porque entendemos que algún motivo de índole cultural tuvo que haber influido para que los moradores de la llamada PAJIZA ALDEA se encariñaran casi de manera ciega por lo que Anatole France llamó la "Epopeya Nacional de Uruguay"
La raíz de tan singular aficción talvez nunca lleguemos a conocerla, pero la misma pone de manifiesto o sitúa a Tamboril como un pueblo de tradición lectora y apegado a los más elevados valores de la cultura. Tradición que en mayor o menor grado aún se mantiene vigente.
Lo que sí conocemos desde ya es que en la fresca tarde de un lejano domingo, mientras los chiquillos correteaban en el amplio patio y los novios intercambiaban dulces miradas de amor, un grupo de cultas damas tamborileñas, indiferentes a todo lo que sucedía en a su alrededor, se acomodaban en el tronco de los samanes, y al son de la música intermitente de la brisa, se les escuchaba declamar con sopránicos acentos, versos como los siguientes:
“¡Cayó la flor al río!
Los temblorosos círculos concéntricos
balancearon los verdes camalotes,
y en el silencio del juncal murieron..."
domingo, 27 de septiembre de 2009
viernes, 25 de septiembre de 2009
EL COMPLEJO DE INFERIORIDAD LINGUISTICA DE LOS DOMINICANOS.
Por : Domingo Caba Ramos
“… no hay un español mejor, sino un español de cada sitio para las exigencias de cada sitio. Al margen queda lo que la comunidad considera correcto y eso lo es en cada sitio de manera diferente. El espaol mejor es el que hablan las gentes instruidas de cada pas : espontáneo sin afectación, correcto sin pedantería, asequible por todos los oyentes"
(Manuel Alvar)
El tema que hoy ocupa nuestra atención atañe a uno de los conceptos con que opera la sociolingüística: al de actitudes lingüísticas, que no son más que todas aquellas reacciones subjetivas a partir de las cuales el sujeto hablante rechaza o asume determinadas estructuras de su lengua materna.
Si toda actitud emana de una creencia, valdría entonces preguntarse:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su lengua? Tan pronto como intentamos dar respuesta a esta interrogante, otro cuestionamiento aflora necesariamente a nuestra mente:
¿Qué piensan los dominicanos acerca de su país?
Sencillamente que somos inferiores al resto de las demás naciones. Y conforme a esta concepción, el dominicano no cree ni confía en lo dominicano. Sufrimos, pues, de "dominicanofobia".
Nada de lo nuestro sirve. El plátano embrutece.El merengue despierta las bajas pasiones. Bailar o escuchar ritmos extraños prestigia. El paisaje nativo nos produce náusea. El cielo extranjero nos deslumbra. La inscripción “Made In” nos embriaga.
Pletóricos de satisfacción compramos en Estados Unidos el pantalón que se fabrica en una de nuestras zonas francas. Para florecer y crecer necesitamos de otros aires y de otros soles.“La atmósfera de este país, sentenció uno de nuestros escritores, no es propicia al desarrollo superior de los espíritus”. Acostumbramos a autodescribirnos con los más despectivos e hirientes calificativos. Somos holgazanes, viciosos, lambones, turbulentos, ladrones, jugadores, primitivos y borrachones.
Imbuidos por ese dominicanofóbico sentimiento, el célebre Tomás Bobadillas jamás confió en que los dominicanos por sí solos lograrían la Independencia Nacional. Por eso llamó locos e ilusos a Duarte y demás trinitarios.
Pedro Santana, por la misma razón, anexó la República a España. De igual manera, procedió Buenaventura Báez. Y hasta un patriota del calibre de Félix María del Monte prefirió, en su famoso “Himno a la Independencia”, invocar al español y no a sus compatriotas:
“Al arma españoles,
volad a la lid,
tomad por divisa,
vencer o morir”.
Hace siete años falleció un veterano escritor y político local, quien en uno de sus primeros libros dijo aborrecer “el ambiente en que me ha tocado nacer”.
Esa es la creencia que los dominicanos tienen acerca de la patria en que nacieron. Y ese es el mismo criterio que poseen en torno a su lengua.
Perciben el español que hablan y escriben como el más inferior de los dialectos que forman parte del mundo hispánico. De ahí que suelan afirmar con inusitada insistencia que los colombianos, argentinos, boricuas, etc., hablan mejor que nosotros; juicio que por partir de una visión preceptista o normativista de la lengua carece por completo de soporte lingüístico. Y es que desde el punto de vista científico no existen lenguas superiores a otras, ni sociedades cuyos hablantes hablen mejor que otros.
La lengua cumple una función fundamental: establecer la comunicación entre las personas . Lo de bien o mal son simples valores, conceptos axiológicos cuyo tratamiento escapa al interés de la ciencia. Son apreciaciones que se estructuran en función de una norma gramatical impuesta por una comunidad lingüística determinada.
“Desde una perspectiva teórica, científica y lingüística - apunta Orlando Alba al respecto - de ninguna manera se justifica afirmar que una variedad geográfica de la lengua es mejor que otra" (La identidad lingüística de los dominicanos, 2009: 14) Tal razonamiento conduce al afamado lingüista a afirmar con indiscutible acierto:
“Cuando un hablante asume una actitud negativa con respecto a su lengua, pensando que es inferior a otra, simplemente revela una opinión subjetiva que no se fundamenta necesariamente en razones lingüísticas, sino en hechos de carácter extralingüístico" (ob. cit., págs. 18-19)
Para los nacidos en esta tierra de Quisqueya la norma lingüística parece imponerla siempre el extranjero.
Hablar a lo dominicano despretigia o resta distinción. De ahí nuestra tendencia a imitar el habla de otras naciones o a identificar con nombres en inglés a establecimientos comerciales.
Y a saludar, cuando nos llaman por teléfono, no con un criollo “buenos días” o “buenas tardes”, sino con un afamado y cantarín :
¡“Jelou”!
domingo, 13 de septiembre de 2009
LA “PAJIZA ALDEA” DE TOMAS HERNANDEZ FRANCO.
Por : Domingo Caba Ramos
“Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
(Tomás H. Franco).
Uno de los rasgos que más distingue a los habitantes del municipio de Tamboril es el acendrado amor que estos sienten por su pueblo. Quizás no exista otra zona en el país cuyos moradores muestren mayor cariño o defiendan con tanto ardor el lar paterno que los vio nacer y crecer.
La más genuina y representativa muestra del tamborileño auténtico podemos encontrarla en Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), talentoso y original poeta, quien no desperdiciaba oportunidad alguna para expresar el gran aprecio que sentía por su “PAJIZA ALDEA”, poética y afectiva denominación acuñada y empleada por él para referirse a su pueblo.
Al decir de los más antiguos pobladores de Tamboril, en la primera mitad del pasado siglo, la mayor parte de los hogares de este municipio estaban parcial o totalmente techados de cana. Cuentan estas mismas personas que una tarde cualquiera a Hernández Franco se le ocurrió montarse en un avión y sobrevolar por encima del reducido caserío de lo que entonces no pasaba de ser más que una simple aldea, y al observar las casas desde las alturas pudo percibir que las mismas, mas bien semejaban grandes montones de pajas. A partir de esa experiencia Tamboril empezaría a conocerse con el artístico nombre de “Pajiza Aldea”.
Hernández Franco amó entrañablemente a Tamboril. Así lo testimonian quienes lo conocieron de cerca, y así se pone de manifiesto en muchas de sus obras. En sus poesías, cuentos, conferencias, cartas y artículos periodísticos nunca faltó espacio para insertar la lírica alusión acerca de su venerada “Patria Chica”. Como bien lo ha dicho su hijo Rafael Luciano:
“Papá fue un embajador literario y un cantor permanente de su Pajiza Aldea”.
Los ejemplos sobran.
En el cuento “El asalto de los generales”; cuya acción parece desarrollarse en algún punto del municipio que nos ocupa, Tomás H. Franco inicia la descripción del ambiente geográfico de esta manera:
“Aldea suspendida en final del crepúsculo. El samán había acabado de cerrar los millares de sus hojas, una por una, mesticulosamente, como quien cuenta billetes de banco”.
En la conferencia “El sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, dictada por Hernández Franco en el teatro “Apolo” de Tamboril, en octubre de 1931, el afamado bardo tamborileño dice a modo de introducción que :
“Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes caminos de la fantasía y del ensueño, y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón”
Y ya al final de sus palabras introductorias envuelve su voz en el más lírico y fraternal de los acentos para aclararnos pletórico de emoción que :
“Por imperiosas urgencias de la vida, frente a otros públicos he escrito y frente a otros públicos he hablado y aquí he vuelto siempre, porque naturalmente aquí se polariza mi existencia, pero nunca me he sentido un simbad de quien pretende contar maravillas y a la vida aldeana me reintegro sin esfuerzo porque aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad..”
En la medianoche de un día cualquiera Tamboril dormía. Todo estaba en silencio. El poeta abandonó su lecho para salir a contemplar el rostro plateado de la luna, a escuchar el sinfónico concierto de los grillos madrugadores y sostener un diálogo confidencial con la brisa parlanchina que se desprendía de la copa de los samanes. En tan íntimo y emotivo momento, el poeta aprovechó para tejer en su mente los descriptivos, sentimentales y rítmicos versos de un soneto cuyo primer cuarteto y primer terceto dicen así:
MEDIA NOCHE
Es muy puro el encanto de esta noche de luna,
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata,
y un arroyo murmura, como un canto de cuna,
monorrítmicamente su perenne sonata.
Todo es paz en la aldea. El viejo campanario
sobre su cruz sostiene un buho funerario
como un perverso emblema de horror y brujería.
Así le cantó Tomás Hernández Franco a su pueblo, a Tamboril, a su Pajiza Aldea.
Por : Domingo Caba Ramos
“Yo fui tamborileño en París, en New York, en Centroamérica y en Santiago”
(Tomás H. Franco).
Uno de los rasgos que más distingue a los habitantes del municipio de Tamboril es el acendrado amor que estos sienten por su pueblo. Quizás no exista otra zona en el país cuyos moradores muestren mayor cariño o defiendan con tanto ardor el lar paterno que los vio nacer y crecer.
La más genuina y representativa muestra del tamborileño auténtico podemos encontrarla en Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), talentoso y original poeta, quien no desperdiciaba oportunidad alguna para expresar el gran aprecio que sentía por su “PAJIZA ALDEA”, poética y afectiva denominación acuñada y empleada por él para referirse a su pueblo.
Al decir de los más antiguos pobladores de Tamboril, en la primera mitad del pasado siglo, la mayor parte de los hogares de este municipio estaban parcial o totalmente techados de cana. Cuentan estas mismas personas que una tarde cualquiera a Hernández Franco se le ocurrió montarse en un avión y sobrevolar por encima del reducido caserío de lo que entonces no pasaba de ser más que una simple aldea, y al observar las casas desde las alturas pudo percibir que las mismas, mas bien semejaban grandes montones de pajas. A partir de esa experiencia Tamboril empezaría a conocerse con el artístico nombre de “Pajiza Aldea”.
Hernández Franco amó entrañablemente a Tamboril. Así lo testimonian quienes lo conocieron de cerca, y así se pone de manifiesto en muchas de sus obras. En sus poesías, cuentos, conferencias, cartas y artículos periodísticos nunca faltó espacio para insertar la lírica alusión acerca de su venerada “Patria Chica”. Como bien lo ha dicho su hijo Rafael Luciano:
“Papá fue un embajador literario y un cantor permanente de su Pajiza Aldea”.
Los ejemplos sobran.
En el cuento “El asalto de los generales”; cuya acción parece desarrollarse en algún punto del municipio que nos ocupa, Tomás H. Franco inicia la descripción del ambiente geográfico de esta manera:
“Aldea suspendida en final del crepúsculo. El samán había acabado de cerrar los millares de sus hojas, una por una, mesticulosamente, como quien cuenta billetes de banco”.
En la conferencia “El sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, dictada por Hernández Franco en el teatro “Apolo” de Tamboril, en octubre de 1931, el afamado bardo tamborileño dice a modo de introducción que :
“Tamboril fue el trampolín desde el cual lancéme hacia la vida, por las rutas sin huellas del mar y por los vírgenes caminos de la fantasía y del ensueño, y siempre, en las horas del recuerdo, en la nostálgica evocación del viajero, la patria lejana me cabía en el corazón”
Y ya al final de sus palabras introductorias envuelve su voz en el más lírico y fraternal de los acentos para aclararnos pletórico de emoción que :
“Por imperiosas urgencias de la vida, frente a otros públicos he escrito y frente a otros públicos he hablado y aquí he vuelto siempre, porque naturalmente aquí se polariza mi existencia, pero nunca me he sentido un simbad de quien pretende contar maravillas y a la vida aldeana me reintegro sin esfuerzo porque aldeano he sido siempre en mi orgullo y en mi sinceridad..”
En la medianoche de un día cualquiera Tamboril dormía. Todo estaba en silencio. El poeta abandonó su lecho para salir a contemplar el rostro plateado de la luna, a escuchar el sinfónico concierto de los grillos madrugadores y sostener un diálogo confidencial con la brisa parlanchina que se desprendía de la copa de los samanes. En tan íntimo y emotivo momento, el poeta aprovechó para tejer en su mente los descriptivos, sentimentales y rítmicos versos de un soneto cuyo primer cuarteto y primer terceto dicen así:
MEDIA NOCHE
Es muy puro el encanto de esta noche de luna,
la aldea se ha dormido bajo un cielo de plata,
y un arroyo murmura, como un canto de cuna,
monorrítmicamente su perenne sonata.
Todo es paz en la aldea. El viejo campanario
sobre su cruz sostiene un buho funerario
como un perverso emblema de horror y brujería.
Así le cantó Tomás Hernández Franco a su pueblo, a Tamboril, a su Pajiza Aldea.
jueves, 10 de septiembre de 2009
CAPSULAS LEXICOSEMANTICAS
Por : Domingo Caba Ramos
1. Reanudar y reiniciar.
Son muchos los hablantes o usuarios de nuestra lengua que consideran que los verbos reanudar y reiniciar significan lo mismo. Nada más apartado de la realidad. Tales formas verbales no son sinónimas. Una y otra entrañan distintos valores significativos.
Reiniciar debe emplearse para aludir al hecho de volver a principio de una actividad suspendida.
Reanudar, por el contrario, es la forma recomendada para referirse a algo que vuelve a ponerse en marcha a partir del punto en que se suspendió. Merced a estos conceptos se infiere que para reiniciar algo es necesario volver al principio. De ahí que se reanuda, no se reinicia, el juego momentáneamente suspendido por causa de la lluvia, vale decir, se arranca desde el punto en que se interrumpió.
Ahora bien, si la lluvia no para y el juego hay que suspenderlo en forma definitiva, cuando todavía no había sido declarado oficial, el mismo habrá de reiniciarse, no reanudarse, en una nueva fecha. En tal caso, dicho juego deberá comenzar desde el principio, y no desde el punto en que fue suspendido.
2. Veredicto final.
En la prensa, tanto nacional como internacional, es común encontrarse con el uso frecuente de la construcción léxica veredicto final. Al usarse esta, ciertamente se incurre en caso de pleonasmo o redundancia, toda vez que el término veredicto es en sí mismo un dictamen o fallo final emitido por juez, jurado o autoridad competente. Por ser así, el solo uso de veredicto basta para garantizar el justo sentido de lo expresado. El adjetivo final sobra, nada agrega, no hace falta.
Por : Domingo Caba Ramos
1. Reanudar y reiniciar.
Son muchos los hablantes o usuarios de nuestra lengua que consideran que los verbos reanudar y reiniciar significan lo mismo. Nada más apartado de la realidad. Tales formas verbales no son sinónimas. Una y otra entrañan distintos valores significativos.
Reiniciar debe emplearse para aludir al hecho de volver a principio de una actividad suspendida.
Reanudar, por el contrario, es la forma recomendada para referirse a algo que vuelve a ponerse en marcha a partir del punto en que se suspendió. Merced a estos conceptos se infiere que para reiniciar algo es necesario volver al principio. De ahí que se reanuda, no se reinicia, el juego momentáneamente suspendido por causa de la lluvia, vale decir, se arranca desde el punto en que se interrumpió.
Ahora bien, si la lluvia no para y el juego hay que suspenderlo en forma definitiva, cuando todavía no había sido declarado oficial, el mismo habrá de reiniciarse, no reanudarse, en una nueva fecha. En tal caso, dicho juego deberá comenzar desde el principio, y no desde el punto en que fue suspendido.
2. Veredicto final.
En la prensa, tanto nacional como internacional, es común encontrarse con el uso frecuente de la construcción léxica veredicto final. Al usarse esta, ciertamente se incurre en caso de pleonasmo o redundancia, toda vez que el término veredicto es en sí mismo un dictamen o fallo final emitido por juez, jurado o autoridad competente. Por ser así, el solo uso de veredicto basta para garantizar el justo sentido de lo expresado. El adjetivo final sobra, nada agrega, no hace falta.
sábado, 5 de septiembre de 2009
TOMAS HERNANDEZ FRANCO: UN ILUSTRE DESCONOCIDO
Por : Domingo Caba Ramos.
Don Héctor Inchaustegui Cabral (1912 - 1978), en el prólogo al libro “La Poesía Dominicana en el Siglo XX” (1975, Tomo I), del poeta y crítico chileno Alberto Baeza Flores (1914), escribe lo siguiente:
“La Literatura Dominicana no ha tenido las proyecciones que a uno se le antoja que merece. Quiero decir: las obras de los autores dominicanos no han logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos” (P. VIII). Y al explicar los motivos que generan tal indiferencia, don Héctor señala de manera enfática que “Aquí nadie se ocupa de nadie que se haya muerto y si hay excepciones, son muy escasas: libro editado por escritor desaparecido, libro enterrado con su autor” (P. IX).
Las palabras de Inchaustegui Cabral cobran fuerza y validez a la luz de innúmeros ejemplos extraídos de nuestra historia literaria. El más vivo de ellos lo constituye el anonimato en que yace sepultado el nombre de eximio poeta y escritor tamborileño Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), quien no obstante ser uno de los máximos exponentes de la poesía dominicana y una de las figuras representativas de la literatura hispanoamericana, su obra, por no haber “logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos”, resulta desconocida en el ambiente cultural dominicano, y por esa razón hoy su nombre es ignorado casi de manera total hasta en el mismo pueblo que lo vio nacer. En sintonía con esta idea debemos decir, sin temor a errar, que de la producción literaria de Tomás Hernández Franco apenas si se conoce su obra maestra: el poema YELIDA (1942). De las demás composiciones, por no decir nada, es muy poco lo que se sabe.
Tomás Rafael Hernández Franco. Poeta, cuentista, ensayista, orador, periodista y diplomático. De temperamento bohemio y espíritu aventurero, nació en el municipio de Tamboril, en la provincia de Santiago de los Caballeros, el 29 de abril de 1904 y murió en la ciudad de Santo Domingo el día 1 de septiembre de 1952. Fueron sus padres el comerciante don Rafael Hernández Almánzar y doña Dolores Franco Bidó. Cursó los estudios básicos en su pueblo natal y en Santiago y de aquí viajó a Europa a estudiar Derecho en la mundialmente famosa Universidad de la Sorbona de París, Francia, carrera que pronto hubo de abandonar para dedicarse por completo al estudio y cultivo de las letras.
En el Viejo Continente Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, etc.) y publicó muchas de sus obras.
Sobre su permanencia en el mundo parisiense el crítico literario Pedro René Contín Aybar nos presenta un informe bastante resumido al sostener que “tuvo una vida accidentada, multiforme, aventurera y muy pocos instantes de resposo. Vivió en Europa, casi siempre en París, donde además de estudiante, poeta, bohemio, conferenciante, adinerado, en la pobreza, feliz, angustiado, batallador fue hasta... ¡boxeador!” (In Memoriam)Cuadernos Dominicanos de Cultura No. 118, septiembre 1952).
Residió en Francia hasta 1929, año en que tuvo que regresar al país con motivo de la muerte de su señora madre.
Contrajo nupcias en dos oportunidades. La primera unión, de la cual no nacieron hijos, se llevó a cabo con la joven Thelma Hernández. Luego se divorció y se casó nuevamente con la distinguida dama doña Amparo Tolentino, hija del escritor Vicente Tolentino Rojas, logrando procrear dos hijos: Tomás y Rafael Luciano, ambos herederos fieles de la vocación poética de su padre. El primero de ellos, Tomás Hernández Tolentino, publicó en 1960 un libro de versos intitulado “Poemas de mi otro Yo”, y por la gran calidad que se advierte en muchas de sus composiciones estamos seguros de que su autor, de no haber sido por su muerte a destiempo, hubiera brillado con luz propia en el exigente horizonte poético dominicano.
Fuera del matrimonio Hernández Franco procreó dos hijos: Norma Guareño y Salvador.
La vida de este” genial inspirado”, como lo llamó Máximo Lovatón Pittaluga, giró alrededor de tres actividades fundamentales: el periodismo, la política y la literatura.
Su labor periodística se inicia antes de los 15 años en el diario La Información, órgano en el que aparte de redactor, tanto en Santiago como en París, llegó a compartir su dirección con los entonces jóvenes escritores Rafael César Tolentino y Joaquín Balaguer.
Colaboró igualmente en el desaparecido diario La Nación y formó parte del Consejo de dirección de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, revistas literarias publicadas a partir de 1943 y en las cuales colaboraban los más connotados intelectuales de la época.
Hernández Franco tuvo una destacada participación en la vida política de la nación.
Tan pronto regresó de Europa desarrolló una intensa campaña de prensa desde la tribuna del periódico La Información contra el gobierno del presidente y general Horacio Vásquez, y aliado a Rafael Estrella Ureña, se integró de manera militante al movimiento cívico del 23 de febrero de 1930 que puso fin al ejercicio presidencial del político mocano.
En la administración pública y en el servicio diplomático desempeñó con probidad y competencia numerosas funciones oficiales. Fue Subsecretario de Estado, Diputado al Congreso Nacional por la provincia de Santiago, Oficial Mayor de la Secretaría de Agricultura, Cónsul en Amberes, Enviado Extraordinario y Ministro Pleniponteciario en Haití, Encargado de negocios en Cuba, Secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe, La Habana y San Salvador. También cumplió funciones consulares en Francia, Bélgica y otras naciones europeas. Además representó a la República Dominicana en varias conferencias internacionales. Mientras participaba en una de ellas, en la Conferencia Internacional del Trabajo celebrada en Bogotá, Colombia, en 1943, le correspondió defender con las armas en las manos las más nobles causas enarboladas por el movimiento popular de carácter conspirativo que la historia americana registra con el nombre de EL BOGOTAZO.
No obstante haber desempeñado todos estos cargos, Tomás Hernández Franco murió en medio de la más absoluta pobreza.
LABOR LITERARIA
En la vida y trayectoria de Tomás Hernández Franco resalta sobremanera no sólo su gran talento y fértil imaginación sino también su impresionante precocidad intelectual. Bachiller a los 16 años, ya a los 14 lo encontramos escribiendo sobre literatura y arte vanguardista en las páginas del periódico La Información.
En 1921 publica sus dos primeros libros: “Rezos bohemios” y “Capitulario”, después de haber leído, al decir de Pierre Loiselet, a Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Herrera Reissig y José Santos Chocano, de quienes probablemente recibió la influencia modernista que se percibe en todos sus libros de iniciación.
Aunque escribió cuentos y ensayos, Hernández Franco fue antes que todo poeta. Entre sus mejores cuentos se destacan “El asalto de los generales” y “Anselma y Malena” El primero de ellos, vale aclarar, fue seleccionado por la Yale University, en los Estados Unidos, para ser incluido en una antología de cuentos españoles e hispanoamericanos destinada a los estudiantes norteamericanos que tomaban los cursos lingüísticos que se impartían en esa prestigiosa institución docente.
Dio a conocer dos libros de cuentos: “El hombre que había perdido su eje” (París, 1925) y “Cibao” Esta obra, de la cual forman parte los dos cuentos mencionados en el párrafo anterior, fue editada en nuestro país en noviembre de 1951. Se trata del último libro de Tomás Hernández Franco.
En París dictó una conferencia en Francés, cuando apenas tenía 19 años, con el título de “La Poesía en la República Dominicana” Esta conferencia, leída en la Universidad de la Soborna, fue luego publicada en forma de libro en la misma capital francesa.
Otros de sus ensayos fueron “La más bella revolución de América” (Amberes, 1930) y “Apuntes sobre poesía negra y popular en las Antillas” (El Salvador, 1942).
Como ya dijimos antes, Hernández Franco descolló en la poesía. Entre sus obras poéticas merecen citarse “Rezos bohemios” (Santiago, 1921); “De amor, inquietud, cansancio” (París, 1923); “Canciones del litoral alegre” (Ciudad Trujillo, 1936) y “Yelidá”, su obra cumbre, escrita y publicada en El Salvador en 1942, cuando su autor se desempeñaba como Secretario de la Legación Dominicana en aquel país centroamericano.
Junto a los destacados poetas Héctor Inchaustegui Cabral, Pedro Mir y Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco formó parte de los llamados Independientes del 40.
En junio de 1952 compuso en Tamboril “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, triste hecho acaecido la noche del 1 de septiembre de 1952.
Además de artista literario, Hernández Franco sentía una extraordinaria afición por los deportes. Su pensamiento deportivo aparece magistralmente expresado en “El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, título de la conferencia leída por el propio autor en el teatro “APOLO” de Tamboril, la noche del 27 de octubre de 1931 en provecho del tem de beisbol “SENADORES” de este municipio. En esa disertación, cuyo propósito central estuvo dirigido a poner de manifiesto los estrechos vínculos que unen al arte con el deporte, el bardo tamborileño supo plasmar al mismo tiempo todo el amor que siempre sintió por su “PAJIZA ALDEA”, afectiva y poética denominación que solía usar para referirse a su pueblo Tamboril.
¡Pero no sólo eso!
Hernández Franco fue también promotor de boxeo en Santiago y cuando estudiaba en París se coronó campeón amateur de boxeo universitario al noquear o derrotar a un estudiante alemán que ostentaba tan importante galardón.
El mismo día , o en los días próximos a su muerte, fueron muchas las voces que se levantaron para lamentar el caso y exaltar sus glorias.
“La irreparable muerte del distinguido escritor dominicano - reseñó el periódico La Nación - quien fue uno de los más apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales” (sept. 1952).
Por su parte el diario La Información emitió también sus consideraciones al respecto, al opinar que :
“La muerte arrastra con Tomás Hernández Franco, a uno de los más caracterizados talentos del país; su inteligencia y su cultura rielaron paralelamente con sus magníficas condiciones de hombre bueno. En el periodismo dominicano, principalmente como redactor de La Información, su pluma tuvo aureolas proceras, sobre todo en la prosa combativa y mordaz. Era capaz de enrolar una sentencia en una frase corta. “En la oratoria dominicana - continúa diciendo La Información - tuvo la virtud de arrebatar muchedumbre, tanto por los conceptos como por la elocuencia de su peroración. Fue poeta, gran poeta, trilló luminosamente las reformas de la métrica y de la consonancia haciendo obra verdaderamente artística” (sept. 1, 1852).
En un artículo titulado “Tomás Hernández Franco: Positivo valor nacional”, publicado en las mismas páginas del rotativo santigués, el escrito Máximo Lovatón Pittaluga nos presenta lo que entendemos como el mejor retrato intelectual del autor de Yelidá:
“Era Tomás Hernández Franco, el dominicano que traspasó triunfal las fronteras literarias, la más genuina expresión del talento en los trópicos de Hispanoamérica. Es el cuentista que deleita, el orador tonante en la barricada política, festivo en la charla del culto salón, de austera expresión, de seriedad en el Ateneo, la más ática y fácil de las plumas que militaron en el periodismo dominicano por espacio de más de 25 años y el mismo que nos sorprende y provoca desconcertante admiración con YELIDA, su maravilloso poema en versos, gloria verdadera de las letras nacionales, escasamente conocido en este nuestro medio a donde impera el sórdido materialismo, injusto a veces con nuestros positivos valores. Yelidá sólo consagra el nombre de Hernández Franco entre los grandes poetas de América" (La Información, sept. 3, 1952).
En junio de 1952 compuso en Tamboril “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, la noche del 1 de septiembre de 1952.
Don Héctor Inchaustegui Cabral (1912 - 1978), en el prólogo al libro “La Poesía Dominicana en el Siglo XX” (1975, Tomo I), del poeta y crítico chileno Alberto Baeza Flores (1914), escribe lo siguiente:
“La Literatura Dominicana no ha tenido las proyecciones que a uno se le antoja que merece. Quiero decir: las obras de los autores dominicanos no han logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos” (P. VIII). Y al explicar los motivos que generan tal indiferencia, don Héctor señala de manera enfática que “Aquí nadie se ocupa de nadie que se haya muerto y si hay excepciones, son muy escasas: libro editado por escritor desaparecido, libro enterrado con su autor” (P. IX).
Las palabras de Inchaustegui Cabral cobran fuerza y validez a la luz de innúmeros ejemplos extraídos de nuestra historia literaria. El más vivo de ellos lo constituye el anonimato en que yace sepultado el nombre de eximio poeta y escritor tamborileño Tomás Hernández Franco (1904 - 1952), quien no obstante ser uno de los máximos exponentes de la poesía dominicana y una de las figuras representativas de la literatura hispanoamericana, su obra, por no haber “logrado la circulación que haría hincharse de orgullo nuestros pechos”, resulta desconocida en el ambiente cultural dominicano, y por esa razón hoy su nombre es ignorado casi de manera total hasta en el mismo pueblo que lo vio nacer. En sintonía con esta idea debemos decir, sin temor a errar, que de la producción literaria de Tomás Hernández Franco apenas si se conoce su obra maestra: el poema YELIDA (1942). De las demás composiciones, por no decir nada, es muy poco lo que se sabe.
Tomás Rafael Hernández Franco. Poeta, cuentista, ensayista, orador, periodista y diplomático. De temperamento bohemio y espíritu aventurero, nació en el municipio de Tamboril, en la provincia de Santiago de los Caballeros, el 29 de abril de 1904 y murió en la ciudad de Santo Domingo el día 1 de septiembre de 1952. Fueron sus padres el comerciante don Rafael Hernández Almánzar y doña Dolores Franco Bidó. Cursó los estudios básicos en su pueblo natal y en Santiago y de aquí viajó a Europa a estudiar Derecho en la mundialmente famosa Universidad de la Sorbona de París, Francia, carrera que pronto hubo de abandonar para dedicarse por completo al estudio y cultivo de las letras.
En el Viejo Continente Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época (Cubismo, Futurismo, Dadaísmo, etc.) y publicó muchas de sus obras.
Sobre su permanencia en el mundo parisiense el crítico literario Pedro René Contín Aybar nos presenta un informe bastante resumido al sostener que “tuvo una vida accidentada, multiforme, aventurera y muy pocos instantes de resposo. Vivió en Europa, casi siempre en París, donde además de estudiante, poeta, bohemio, conferenciante, adinerado, en la pobreza, feliz, angustiado, batallador fue hasta... ¡boxeador!” (In Memoriam)Cuadernos Dominicanos de Cultura No. 118, septiembre 1952).
Residió en Francia hasta 1929, año en que tuvo que regresar al país con motivo de la muerte de su señora madre.
Contrajo nupcias en dos oportunidades. La primera unión, de la cual no nacieron hijos, se llevó a cabo con la joven Thelma Hernández. Luego se divorció y se casó nuevamente con la distinguida dama doña Amparo Tolentino, hija del escritor Vicente Tolentino Rojas, logrando procrear dos hijos: Tomás y Rafael Luciano, ambos herederos fieles de la vocación poética de su padre. El primero de ellos, Tomás Hernández Tolentino, publicó en 1960 un libro de versos intitulado “Poemas de mi otro Yo”, y por la gran calidad que se advierte en muchas de sus composiciones estamos seguros de que su autor, de no haber sido por su muerte a destiempo, hubiera brillado con luz propia en el exigente horizonte poético dominicano.
Fuera del matrimonio Hernández Franco procreó dos hijos: Norma Guareño y Salvador.
La vida de este” genial inspirado”, como lo llamó Máximo Lovatón Pittaluga, giró alrededor de tres actividades fundamentales: el periodismo, la política y la literatura.
Su labor periodística se inicia antes de los 15 años en el diario La Información, órgano en el que aparte de redactor, tanto en Santiago como en París, llegó a compartir su dirección con los entonces jóvenes escritores Rafael César Tolentino y Joaquín Balaguer.
Colaboró igualmente en el desaparecido diario La Nación y formó parte del Consejo de dirección de los Cuadernos Dominicanos de Cultura, revistas literarias publicadas a partir de 1943 y en las cuales colaboraban los más connotados intelectuales de la época.
Hernández Franco tuvo una destacada participación en la vida política de la nación.
Tan pronto regresó de Europa desarrolló una intensa campaña de prensa desde la tribuna del periódico La Información contra el gobierno del presidente y general Horacio Vásquez, y aliado a Rafael Estrella Ureña, se integró de manera militante al movimiento cívico del 23 de febrero de 1930 que puso fin al ejercicio presidencial del político mocano.
En la administración pública y en el servicio diplomático desempeñó con probidad y competencia numerosas funciones oficiales. Fue Subsecretario de Estado, Diputado al Congreso Nacional por la provincia de Santiago, Oficial Mayor de la Secretaría de Agricultura, Cónsul en Amberes, Enviado Extraordinario y Ministro Pleniponteciario en Haití, Encargado de negocios en Cuba, Secretario de la Legación Dominicana en Puerto Príncipe, La Habana y San Salvador. También cumplió funciones consulares en Francia, Bélgica y otras naciones europeas. Además representó a la República Dominicana en varias conferencias internacionales. Mientras participaba en una de ellas, en la Conferencia Internacional del Trabajo celebrada en Bogotá, Colombia, en 1943, le correspondió defender con las armas en las manos las más nobles causas enarboladas por el movimiento popular de carácter conspirativo que la historia americana registra con el nombre de EL BOGOTAZO.
No obstante haber desempeñado todos estos cargos, Tomás Hernández Franco murió en medio de la más absoluta pobreza.
LABOR LITERARIA
En la vida y trayectoria de Tomás Hernández Franco resalta sobremanera no sólo su gran talento y fértil imaginación sino también su impresionante precocidad intelectual. Bachiller a los 16 años, ya a los 14 lo encontramos escribiendo sobre literatura y arte vanguardista en las páginas del periódico La Información.
En 1921 publica sus dos primeros libros: “Rezos bohemios” y “Capitulario”, después de haber leído, al decir de Pierre Loiselet, a Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Herrera Reissig y José Santos Chocano, de quienes probablemente recibió la influencia modernista que se percibe en todos sus libros de iniciación.
Aunque escribió cuentos y ensayos, Hernández Franco fue antes que todo poeta. Entre sus mejores cuentos se destacan “El asalto de los generales” y “Anselma y Malena” El primero de ellos, vale aclarar, fue seleccionado por la Yale University, en los Estados Unidos, para ser incluido en una antología de cuentos españoles e hispanoamericanos destinada a los estudiantes norteamericanos que tomaban los cursos lingüísticos que se impartían en esa prestigiosa institución docente.
Dio a conocer dos libros de cuentos: “El hombre que había perdido su eje” (París, 1925) y “Cibao” Esta obra, de la cual forman parte los dos cuentos mencionados en el párrafo anterior, fue editada en nuestro país en noviembre de 1951. Se trata del último libro de Tomás Hernández Franco.
En París dictó una conferencia en Francés, cuando apenas tenía 19 años, con el título de “La Poesía en la República Dominicana” Esta conferencia, leída en la Universidad de la Soborna, fue luego publicada en forma de libro en la misma capital francesa.
Otros de sus ensayos fueron “La más bella revolución de América” (Amberes, 1930) y “Apuntes sobre poesía negra y popular en las Antillas” (El Salvador, 1942).
Como ya dijimos antes, Hernández Franco descolló en la poesía. Entre sus obras poéticas merecen citarse “Rezos bohemios” (Santiago, 1921); “De amor, inquietud, cansancio” (París, 1923); “Canciones del litoral alegre” (Ciudad Trujillo, 1936) y “Yelidá”, su obra cumbre, escrita y publicada en El Salvador en 1942, cuando su autor se desempeñaba como Secretario de la Legación Dominicana en aquel país centroamericano.
Junto a los destacados poetas Héctor Inchaustegui Cabral, Pedro Mir y Manuel del Cabral, Tomás Hernández Franco formó parte de los llamados Independientes del 40.
En junio de 1952 compuso en Tamboril “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, triste hecho acaecido la noche del 1 de septiembre de 1952.
Además de artista literario, Hernández Franco sentía una extraordinaria afición por los deportes. Su pensamiento deportivo aparece magistralmente expresado en “El Sport, su historia, su simbolismo, su filosofía y su influencia moral y material en la civilización”, título de la conferencia leída por el propio autor en el teatro “APOLO” de Tamboril, la noche del 27 de octubre de 1931 en provecho del tem de beisbol “SENADORES” de este municipio. En esa disertación, cuyo propósito central estuvo dirigido a poner de manifiesto los estrechos vínculos que unen al arte con el deporte, el bardo tamborileño supo plasmar al mismo tiempo todo el amor que siempre sintió por su “PAJIZA ALDEA”, afectiva y poética denominación que solía usar para referirse a su pueblo Tamboril.
¡Pero no sólo eso!
Hernández Franco fue también promotor de boxeo en Santiago y cuando estudiaba en París se coronó campeón amateur de boxeo universitario al noquear o derrotar a un estudiante alemán que ostentaba tan importante galardón.
El mismo día , o en los días próximos a su muerte, fueron muchas las voces que se levantaron para lamentar el caso y exaltar sus glorias.
“La irreparable muerte del distinguido escritor dominicano - reseñó el periódico La Nación - quien fue uno de los más apreciados colaboradores de este diario, enluta las letras nacionales” (sept. 1952).
Por su parte el diario La Información emitió también sus consideraciones al respecto, al opinar que :
“La muerte arrastra con Tomás Hernández Franco, a uno de los más caracterizados talentos del país; su inteligencia y su cultura rielaron paralelamente con sus magníficas condiciones de hombre bueno. En el periodismo dominicano, principalmente como redactor de La Información, su pluma tuvo aureolas proceras, sobre todo en la prosa combativa y mordaz. Era capaz de enrolar una sentencia en una frase corta. “En la oratoria dominicana - continúa diciendo La Información - tuvo la virtud de arrebatar muchedumbre, tanto por los conceptos como por la elocuencia de su peroración. Fue poeta, gran poeta, trilló luminosamente las reformas de la métrica y de la consonancia haciendo obra verdaderamente artística” (sept. 1, 1852).
En un artículo titulado “Tomás Hernández Franco: Positivo valor nacional”, publicado en las mismas páginas del rotativo santigués, el escrito Máximo Lovatón Pittaluga nos presenta lo que entendemos como el mejor retrato intelectual del autor de Yelidá:
“Era Tomás Hernández Franco, el dominicano que traspasó triunfal las fronteras literarias, la más genuina expresión del talento en los trópicos de Hispanoamérica. Es el cuentista que deleita, el orador tonante en la barricada política, festivo en la charla del culto salón, de austera expresión, de seriedad en el Ateneo, la más ática y fácil de las plumas que militaron en el periodismo dominicano por espacio de más de 25 años y el mismo que nos sorprende y provoca desconcertante admiración con YELIDA, su maravilloso poema en versos, gloria verdadera de las letras nacionales, escasamente conocido en este nuestro medio a donde impera el sórdido materialismo, injusto a veces con nuestros positivos valores. Yelidá sólo consagra el nombre de Hernández Franco entre los grandes poetas de América" (La Información, sept. 3, 1952).
En junio de 1952 compuso en Tamboril “En esta alta cuesta de la noche”, su último poema, en el cual parece presentir y anunciar la muerte que tres meses después lo sorprendería en su lecho de enfermo del Hospital Salvador B. Gautier, la noche del 1 de septiembre de 1952.
sábado, 29 de agosto de 2009
USO DISCORDANTE DE LA VARIANTE SI
Por : Domingo Caba Ramos
Cuando del uso de la lengua se trata, abundan los errores que de tanto repetirse semejan o parecen verdades incontrovertibles. Es el caso de la archiusada frase “volver en sí”, bastante concordante o acertada cuando se refiere a la tercera persona, tanto del plural como del singular ( él, ella, ellas, ellos ) ; pero muy discordante o desacertada cuando alude a la primera y segunda persona del singular ( yo, tú ), o a la primera persona del plural ( nosotros )
Conforme al juicio precedente, vale recordar que al pronombre de tercera persona corresponde, entre otras, la variante sí ; al de primera persona ( yo ) , la variante mí ; al de segunda persona ( tú ) , la variante ti , y al de primera persona del plural ( nosotros ) la variante nos. Y merced a esta aclaración, carecerían de pertinencia gramatical, oraciones del tipo :
a) «Perdí el conocimiento y media hora después volví en sí».
b) « Perdiste el conocimiento y media hora después volviste en sí».
d) «Perdimos el conocimiento y media hora después volvimos en sí».
Y por la misma razón, resultarían válidas, desde el punto de vista sintáctico, las formas:
a) «Perdió el conocimiento y media hora después volvió en sí».
a) «Perdí el conocimiento y media hora después volví en mí».
c) « Perdiste el conocimiento y media hora después volviste en ti».
d) «Perdimos el conocimiento y media hora después volvimos en nos».
Por : Domingo Caba Ramos
Cuando del uso de la lengua se trata, abundan los errores que de tanto repetirse semejan o parecen verdades incontrovertibles. Es el caso de la archiusada frase “volver en sí”, bastante concordante o acertada cuando se refiere a la tercera persona, tanto del plural como del singular ( él, ella, ellas, ellos ) ; pero muy discordante o desacertada cuando alude a la primera y segunda persona del singular ( yo, tú ), o a la primera persona del plural ( nosotros )
Conforme al juicio precedente, vale recordar que al pronombre de tercera persona corresponde, entre otras, la variante sí ; al de primera persona ( yo ) , la variante mí ; al de segunda persona ( tú ) , la variante ti , y al de primera persona del plural ( nosotros ) la variante nos. Y merced a esta aclaración, carecerían de pertinencia gramatical, oraciones del tipo :
a) «Perdí el conocimiento y media hora después volví en sí».
b) « Perdiste el conocimiento y media hora después volviste en sí».
d) «Perdimos el conocimiento y media hora después volvimos en sí».
Y por la misma razón, resultarían válidas, desde el punto de vista sintáctico, las formas:
a) «Perdió el conocimiento y media hora después volvió en sí».
a) «Perdí el conocimiento y media hora después volví en mí».
c) « Perdiste el conocimiento y media hora después volviste en ti».
d) «Perdimos el conocimiento y media hora después volvimos en nos».
jueves, 20 de agosto de 2009
ANDRES ACEVEDO Y SUS POESIAS PARA NIÑOS
2 de 2
« La literatura para niños implica un lenguaje claro y comunicativo, que satisfaga el apetito natural de sueños y aventuras mediante ese mundo verbal de fabulaciones que articulan signos y símbolos portadores de sentido»
(Bruno Rosario Candelier)
¿POR QUE ESCRIBIR POESIAS PARA NIÑOS?
Crear poesías para niños constituye un ejercicio escritural más complejo o menos sencillo de lo que parece. Para cultivarla, aparte de estar prevalido de la sensibilidad artística y aliento creativo requeridos para tal fin, el adulto que la concibe debe poseer alma de niño, amar a los niños, sentir como niño y penetrar en lo más íntimo o recóndito de esa zona casi extraterritorial que conforma el siempre fantástico y tierno mundo de la niñez. O, para decirlo con palabras parecidas a las de Pedro Henríquez Ureña, para escribir versos infantiles es condición necesaria que el adulto no haya perdido su corazón de niño.
La desvinculación del poeta infantil con el universo psicológico de la infancia origina, como bien lo apunta Acevedo, que muchos temas sean enfocados “desde la perspectiva del creador adulto, y no desde el entorno vivencial del infante” Y origina igualmente que muchas creaciones no pasen de ser lo que la inmensa Gabriela Mistral consideró como “simples balbuceos de docentes”
Andrés Acevedo muestra plena conciencia de su oficio de escritor, y parece estar muy convencido o sentir gran satisfacción de haberse dedicado a recrear el mundo de los menores con el rítmico y lírico acento de sus cantos infantiles. Merced a este planteo, ninguna sorpresa pueden causar las razones vertidas por este aedo de la chiquillada, cuando confiesa que escribe poesías para niños debido al “amor que siento hacia ellos…”, para testimoniar la “ magia contenida de su mundo”, “ recrear una y otra vez mi pasado de niño…” y “ … dejar constancia de la imprescindible armonización entre la naturaleza y la infancia…”
Javier Villegas Fernández, destacado poeta peruano, Premio Nacional de Poesía y consagrado cultor del verso infantil, explica también las razones que lo llevaron a escribir ese tipo de literatura:
« Escribimos literatura infantil – argumenta Villegas F. - porque constituye la mejor manera de expresar el sentimiento de ese niño que todos llevamos dentro, porque sólo mediante ella se pueden inventar mundos fantásticos, en donde todo se torna real gracias a la fantasía y porque a través de ella la realidad y la fantasía se complementan, se vuelven una armonía para penetrar con mucha sutileza en las zonas más recónditas del alma de los niños.
Para que la poesía infantil sea aceptada como tal o encasillada en su justo lugar, ya se afirmó en otra parte del presente trabajo, lo estético de imponerse a lo didáctico; lo artístico a lo instrumental; lo bello, a lo utilitario. Una poesía que en primer término lleve al deleite espiritual y no la lección instruccional. Pero además de su naturaleza estética, esta expresión poética, ha de cumplir con otras características tales como: musicalidad, brevedad, sencillez y claridad.
La producción poética de Andrés Acevedo, vale reiterarlo, cumple con cada uno de esos rasgos. Ha logrado este artista literario y conocido animador cultural crear:
A ) Una poesía en la que sin marginar el mensaje, sentido o configuración semántica del verso, se prioriza la esencia estética e imaginativa del mismo :
« Yo quiero subir
al cielo infinito
para sonreír
con los angelitos » ( “ARCOIRIS DERRETIDO”, p. 13)
B) Una poesía clara y sencilla:
« Tengo dos gatitos
con saco y corbata
que son vecinitos
de una vieja rata» ( VERSOS PARA NIÑOS RECITADORES», p.16)
C) Una poesía breve y musical:
«La luna asoma
su miradita.
por la casona
de mi abuelita» (“VUELVETE MI NIÑO”, p.32)
En la literatura dominicana, la poesía para niños ha contado con muy pocos cultivadores. Y para estos no existen distinciones institucionalmente establecidas. Quizás se deba esto al prejuicio o falsa concepción de que a la producción de este tipo de expresión poética sólo se dedican aquellos que carecen del talento requerido para componer versos para adultos o que, naturalmente, entrañen mayor nivel de complejidad temática y/o estructural.
Olvidan talvez quienes así piensan, que si bien la infantil es literatura para menores, no se trata por eso de una literatura menor. Se trata, al contrario, de una literatura (poesía, cuento, teatro) entre cuyos cultores se encuentran registrados verdaderos clásicos del género o autores de la estatura literaria de Gabriela Mistral, Emilio Ballagas, Juan Ramón Jiménez, Julio Cortázar, Pedro Henríquez Ureña, Federico García Lorca, José Martí, Mark Twain y Antoine de Saint Exupery, entre otros.
En nuestro país, cual Quijote sin Sancho, Andrés Acevedo ha decidido abrirse caminos y formar parte de la lista de poetas que han decidido construir sus mundos imaginarios teniendo como centro al niño. Ojalá que a pesar del panorama nada motivador y, si se quiere adverso, en que desarrolla la literatura para niños en la República Dominicana, Acevedo continúe deleitando a los infantes, y, por qué no, también a los adultos, con los bellos cantos emanados de su siempre activa y fértil imaginación.
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