Por : Domingo Caba Ramos
«Si
lo que usted va a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállese»
(Proverbio chino)
En la universidad tuve una alumna que era muy flaca, extremadamente flaca.
Sus amigos, compañeros de estudio y hasta sus propios familiares no la dejaban
en paz:
“¡Dios mío, qué esqueleto! “, “¡Tú
te ves fatal!”, “¡Muchacha, ponte a comer para que engordes!”, “¿Pero es el
Sida que tú tienes?, eran sólo
algunos de los flechazos articulatorios que diariamente recibía la brillante
estudiante de mercadeo.
Tengo un amigo que es gordo, extremadamente gordo. Su figura se ha
convertido en el blanco predilecto hacia el cual van dirigido los siguientes
dardos o proyectiles expresivos:
“¿Y cómo tú conseguiste toda
esa gordura?”, “¿Cómo cuántas libras tú pesas?”, “¡Tú te ves horrible con toda
esa manteca!”, “Cuando paras, yo quiero un marianito”, “¡Muchacho, ponte a
correr pa que baje esa panza!”, “Ese arroz como que te está aprovechando...”
Tuve una compañera de trabajo en cuyos años de noviazgo, la presión y el
asedio de amigos y relacionados la tenían casi al borde del siquiatra.
Preguntas como las que siguen, con amargura sin igual, tenía que escucharla
durante las veinticuatro horas del día:
“¿Cuántos años tú tienes de
amores?”, ¿Y es que ustedes no se piensan casar...? “Tú y tu novio ya son casi
hermanos”, “¿Y qué es lo que ustedes esperan…?
Mi amiga por fin contrae nupcias. De inmediato se prepara para
convertir en realidad el gran sueño de su vida: tener un hijo, sueño que jamás
pudo materializar, debido a que cada vez que paría, sus criaturas nacían
muertas. Su inmenso dolor parecía multiplicarse y su depresión se tornaba cada
vez más crónica desde el mismo instante en que su tímpano era martillado con
frases como estas:
“¡Muchacha, los hijos hay que
tenerlos!”, “Un matrimonio sin hijos no es matrimonio…”, “Ponte en tratamiento
pa que para…”, “Te vas a volver una viejita y no vas a tener un hijo…”
Obviamente que no hay que ser especialista en el tratamiento de la conducta
humana para imaginarse el negativo efecto que expresiones como las preindicadas
generan en la mente de quien desea tener un hijo, pero no puede.
A otro de mis amigos le sobra edad para casarse, pero permanece soltero o
“solterón”, como peyorativamente prefieren llamarlo algunos. Ha optado él por
disfrutar una vida bohemia o practicar el amor de los marineros, quienes, al
decir de Pablo Neruda, “besan y se van / en cada
puerto dejan un amor / y no vuelven más”. Por adoptar semejante
conducta, hasta mi “enllave” llegan casi a diario los más diversos, odiosos e
indelicados puyazos verbales:
“¿Ya te casaste…?”, “¿Y para
cuándo lo vas a dejar…? “¡Ese tipo es como raro o alguna maña debe tener…! “Ese
es un picaflor…”, “Ese carajo debe ser ‘pájaro’…”, “Es un bohemio que le gusta
estar con una hoy y otra mañana… “¿A qué le temes…?”
Los anteriores son sólo cinco de los tantos casos de indelicadezas o
imprudencias en que suelen incurrir muchos hablantes dominicanos en el uso
cotidiano de lengua, a las cuales podríamos
agregar preguntas no menos necia del tipo: ¿Cúantos
tú ganas?, ¿Cuál es tu edad?, etc. Se trata de conductas verbales típicas
de sociedades poco desarrolladas, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en
las que late el alma del suburbio y la cultura del vecindario. En ese tipo de
sociedades, cuando de la vida personal de los demás se trata, todo se indaga,
todo se informa, todo se pregunta. Y en vez de actuar como el sabio, se procede
como el necio:
El sabio utiliza la lengua con
sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza,
irrespeto, imprudencia y ligereza.
El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que
dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.
El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca
calla y “dice todo lo que se le viene a la
boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste
en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.
Olvidan los necios, en fin, que en el uso de la palabra hay que ser lo más
cauto o medido posible, muy especialmente en el instante en que haya que emitir
una opinión o formular una pregunta; pues de lo contrario, podría ocurrirnos lo
mismo que a la famosa mona curiosa de que nos habla la muy aleccionadora fábula
de la literatura infantil cubana: por sus reiteradas y necias preguntas, la muy
imprudente mona siempre tenía problemas o vivía en permanentes conflictos con
los demás animales.
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